Advertencia para el lector

«Rechazado o aceptado, perseguido o premiado, el escritor que merezca este nombre seguirá arrojándoles a los hombres el espectáculo no siempre grato de sus miserias y tormentos.»
Mario Vargas Llosa, La literatura es fuego.

2010/10/30

50 años de una leyenda: Para Maradona, que hay uno solo

2010/10/18

García Márquez: el abuelo, la vocación y otras yerbas...

GGM y MVLl, los premios Nobel de Colombia y el Perú, respectivamente.

Fue también el abuelo quien me hizo el primer contacto con la letra escrita a los cinco años, una tarde en que me llevó a conocer los animales de un circo que estaba de paso en Cataca bajo una carpa grande como una iglesia. El que más me llamó la atención fue un rumiante maltrecho y desolado con una expresión de madre espantosa.
-Es un camello- me dijo el abuelo.
Alguien que estaba cerca le salió al paso:
-Perdón, coronel, es un dromedario.
Puedo imaginarme ahora cómo debió sentirse el abuelo porque alguien lo hubiera corregido en presencia del nieto. Sin pensarlo siquiera, lo superó con una pregunta digna:
-¿Cuál es la diferencia?
-No la sé -le dijo el otro-, pero este es un dromedario.
El abuelo no era un hombre culto, ni pretendía serlo, pues se había fugado de la escuela pública de Riohacha para irse a tirar tiros en una de las incontables guerras civiles del Caribe. Nunca volvió a estudiar, pero toda la vida fue consciente de sus vacíos y tenía un avidez de conocimientos inmediatos que compensaba de sobra sus defectos. Aquella tarde del circo volvió abatido a la oficina y consultó el diccionario con una atención infantil. Entonces supo él y supe yo para siempre la diferencia entre un dromedario y un camello. Al final me puso el glorioso tumbaburros en el regazo y me dijo:
-Este libro no solo lo sabe todo, sino que es el único que nunca se equivoca.
Era un mamotreto ilustrado con un atlante colosal en el lomo, y en cuyos hombros se asentaba la bóveda del universo. Yo no sabía leer ni escribir, pero podía imaginarme cuánta razón tenía el coronel si eran casi dos mil páginas grandes, abigarradas y con dibujos preciosos. En la iglesia me había asombrado el tamaño del misal, pero el diccionario era más grueso. Fue como asomarme al mundo entero por primera vez.
-¿Cuántas palabras tendrá? -pregunté.
-Todas- dijo el abuelo.
La verdad es que yo no necesitaba entonces de la palabra escrita, porque lograba expresar con dibujos todo lo que me impresionaba. A los cuatro años había dibujado a un mago que le cortaba la cabeza a su mujer y se la volvía a pegar, como lo había hecho Richardine a su paso por el salón Olympia. La secuencia gráfica empezaba con la decapitación a serrucho, seguía con la exhibición triunfal de la cabeza sangrante y terminaba con la mujer que agradecía los aplausos con la cabeza puesta. Las historietas gráficas estaban ya inventadas pero solo las conocí más tarde en el suplemento en colores de los periódicos dominicales. Entonces empecé a inventar cuentos dibujados y sin diálogos. Sin embargo, cuando el abuelo me regaló el diccionario me despertó tal curiosidad por las palabras que lo leía como una novela, en orden alfabético y sin entenderlo apenas. Así fue mi primer contacto con el que habría de ser el libro fundamental en mi destino de escritor.

Aptitudes y vocaciones

Las aptitudes y las vocaciones no siempre vienen juntas. De ahí el desastre de cantantes de voces sublimes que no llegan a ninguna parte por falta de juicio, o de pintores que sacrifican toda una vida a una profesión errada, o de escritores prolíficos que no tienen nada que decir. Sólo cuando las dos se juntan hay posibilidades de que algo suceda, pero no por arte de magia: todavía falta la disciplina, el estudio, la técnica y un poder de superación para toda la vida.

No es lo mismo la enseñanza artística que la educación artística. Ésta es una función social, y así como se enseñan las matemáticas o las ciencias, debe enseñarse desde la escuela primaria el aprecio y el goce de las artes y las letras. La enseñanza artística, en cambio, es una carrera especializada para estudiantes con aptitudes y vocaciones específicas, cuyo objetivo es formar artistas y maestros como profesionales del arte.
No hay que esperar a que las vocaciones lleguen: hay que salir a buscarlas. Están en todas partes, más puras cuanto más olvidadas. Son ellas las que sustentan la vida eterna de la música callejera, la pintura primitiva de brocha y sapolín en los palacios municipales, la poesía en carne viva de las cantinas, el torrente incontenible de la cultura popular que es el padre y la madre de todas las artes.

2010/10/16

El día que me tocó nacer (de Contracorriente)



Para Johanna

Ven, échate a mi lado, y descubramos el amor aquí los dos
que yo ya no puedo parar esta avalancha de calor
y aunque me falten las palabras y me sobre el dolor
quiero que sepas que a ti te doy todo lo que me ha dado Dios
ven, enséñame un mundo que muchos no quieren ver
llévame hasta el cielo y, por favor, no me dejes caer
Que estas alas tardan años de sudor
y este corazón no tiene paciencia ni tiempo pa’ perder
Ay… Ay, ay, ay, amor... ¡si supieras cuánto te he esperado!,
¡si supieras cuánto me costó crecer!
que si me hubieras visto el día que me tocó nacer,
el día que me tocó nacer…
Ven, échate a mi lado y desatemos las heridas bajo el sol
mirémonos, cara a cara, frente a frente, sin temor
y es que es más fácil con el aire y tratar de entender
que este vals es para todos y hay que saber bailarlo bien
Ay… Ay, ay, ay, amor... ¡si supieras cuánto te he esperado!,
¡si supieras cuánto me costó crecer!
que si me hubieras visto el día que me tocó nacer
el día que me tocó nacer
A ver, a ver,
y cuando pienso en ti me siento en casa,
y cuando estás aquí me importa nada,
si te siento lejos, te sueño con ilusión y desenfreno,
y cuando me tocas, soy pleno de lado a lado y cuerpo entero,
y cuando me miras, yo entiendo
que sin ti yo vivir no puedo
Hey… hey… na na na na neee
Ay, ay, Heyyy
Ven, amor, amor
Ven ,amor, y sáname...
Ay ay, heyy...
Ven. amor, amor
Ven, amor, y sáname
Ay, ay, heyy
Ven, amor, amor
Ven, amor, y sáname

Composición e interpretación:
Javier Fuentes-León

2010/10/15

Viaje a la ficción a través de la vida: sábado 16 (4 p.m.)

Este sábado 16 de octubre, estaremos a partir de las 4p.m. en el Aula Nro. 1 de la Facultad de Derecho de la UNSA (av. Venezuela s/n) hablando del VIAJE A LA FICCIÓN A TRAVÉS DE LA VIDA (Onetti, Vargas Llosa, Reynoso, Gabo): cómo uno escribe historias de qué se vale (literatura, vida, amigos, cine, música).
Un diálogo abierto poniendo énfasis en el Premio Nobel Arequipeño.El ingreso es “muy libre”.
Y, en la previa se tocará el tema “Bienestar Animal; circos y animales” que no tiene nada que ver con el Congreso ni con los apristas. Se ha invitado a los amigos de Arequipa Antitaurina.

Mario pasionario
Contra viento y marea
Lo que el Nobel significa para el Perú
Catorce minutos de reflexión

2010/10/08

Mario Vargas Llosa o el peligroso antídoto contra la Realidad

«El Perú soy yo, aunque a algunos peruanos no les guste. Yo le puedo agradecer a mi país, lo que yo soy: un escritor. Yo soy el Perú y lo que yo escribo es el Perú también

Mario Vargas Llosa, Premio Nóbel de Literatura 2010

«Afortunadamente, la obra de Vargas Llosa está netamente situada a la izquierda de su autor.»

Mario Benedetti

En la foto: Saramago y Vargas Llosa: los emisarios del demonio

Corría el año dos mil. Todo era algoritmos, geometría computacional, matemáticas discretas (todavía me sigo preguntando, con pretenciosa malicia, ¿cómo serán las indiscretas?), y tenía pendiente un trabajo particularmente aterrador: programar un compilador informático. Ese fue uno de los tantos encargos universitarios que nunca hice; porque, aparte de ser un estudiante mediocre, se me ocurrió, de buenas a primeras, escapar de esa vida plana y absurda que nada tenía que ver conmigo. Esa existencia que, día a día, me condenaba a ser poco menos que una posma, un individuo derrotado, aplastado por sus circunstancias y sus malas elecciones.

La desazón se intensificaba y se hacía más patente cuando recordaba que me había convertido en la antípoda de aquella «persona-personaje» de brazos alzados ante una lluvia de papel picado que descubrí en las páginas de El pez en el agua, un libro en donde la realidad y la ficción se conjuntan e hibridan con maestría única, dando paso a un testimonio lúcido y descarnado de un escritor que ejerció su oficio –que hoy, a sus 74 años, lo sigue ejerciendo con una vitalidad encomiable– con fe e insania arrolladoras.

Tengo bien forrado, y lleno de anotaciones, ese ejemplar de La Casa Verde que adquirí cerca del Parque Duhamel por poco más de cinco soles. Mientras leía esas páginas fui descubriendo que mi vida era ésa y ninguna otra: la Mangachería se me antojaba como un lugar formidable para tomar unas buenas cervezas antes de irse de putas, y, sin duda, Los Inconquistables podrían ser mis amigos (los mejores que he conocido).

No sólo me enamoré de Bonifacia, pude ser tan salvaje y rebelde como el Jaguar y tan insobornable y recto como el teniente Gamboa… tan idealista y obcecado indagador de la realidad nacional como Santiago Zavala… tan delirante como Pedro Camacho. Pero éste –el mundo que empezaba a conocer, el mundo alterno que nos brinda la lectura de ficciones tan imprescindibles como las vargasllosianas– no es un pasatiempo inocuo o «solamente entretenido». Y el que afirme eso nunca ha leído como hay que hacerlo (como yo siempre he leído a Mario Vargas Llosa): ¡con rabioso fervor!

Llegó el momento en que con los libros no me bastaba. Necesitaba algo más: quería vivir como los «perros» que pasaban semanas enteras encerrados en el Leoncio Prado. Así, arrojado por el exabrupto y las ganas de vivir me lancé por entero a la noche arequipeña, pues ansiaba conocer a mi propia Pies Dorados. Karicia, de alguna manera, llegó a colmar mis expectativas. Digo «de alguna manera» porque la realidad, la propia y la ajena, debe estar colmada de añadidos –mentiras, sueños, excesos– y omisiones para llegar a ser edificante. O, al menos, intentar serlo.

Los excesos vinieron solos y me hicieron pasar muy malos ratos (que, a pesar de todo y como corresponde, siempre se recuerdan con prudente nostalgia).

Llegué, trémulo y en calidad de pecador irredento, un domingo por la tarde a la Iglesia de los padres capuchinos. Dispuesto a confesarme y a pedirle al padre Julio Carpignano que intercediera por mí; que me disculpara con el que «Todo lo puede», porque hay que ser lo bastante imbécil como para creer que la vida real podía ser como la ficción. En suma, venía a ponerme de rodillas y, pusilánime, pedir una nueva oportunidad (otra más).

–¿Qué has estado haciendo con tu vida, hijo? –me preguntó aquel padre barbado de origen italiano.

–Leo mucho a Vargas Llosa y a Saramago –le respondí.

–¡Ah, los emisarios del demonio! –concluyó él, con un gesto de absoluta reprobación–. No debes leer, ¡no los debes leer!

Al mirarlo, creí –craso error– liberarme para siempre de las ataduras de la religión.

Mario Vargas Llosa siempre dejó en claro que la censura acarrea peores males que los que pretende combatir. Y me pongo como ejemplo porque soy lo que tengo más a la mano y porque vivimos en una sociedad que –de una manera más edulcorada– te dice lo mismo que me decía el padre Julio. Por suerte, no le hice caso y jamás volví a confesarme. Lo que sí hice fue leer y releer toda esa profusa obra de uno de los más célebres emisarios del demonio, que empezó con Los Jefes (siempre vuelvo a la ternura e inocencia del primer amor en el cuento «Día domingo») y termina, por ahora, en El sueño del celta.

Mientras Estocolmo espera al novelista más brillante que ha conocido el Perú, yo espero, con lápiz y papel, su nueva novela. Este premio colosal no le aumenta ni le resta nada a su obra. Pues fuimos los lectores los que con placer y gratitud lo declaramos el tótem de la narrativa nacional. Vargas Llosa alcanzó el parnaso hace mucho, pero la Academia Sueca vestirá de gala en diciembre para reconocer de una vez por todas al hombre metódico, trabajador y comprometido, «terco como buen arequipeño», que no se cansó de darle bofetadas a la realidad para demostrarnos que, en cuestiones literarias (y en otras yerbas), sólo los insubordinados, los pertinaces sin parangón, son los que, zancadillas de por medio, llegan a la cima, que no es un ni mil premios, sino: la libertad.

Hoy hay jarana en La Casa Verde. Aunque no lo podemos confirmar, se dice que don Anselmo ha murmurado que la casa paga y que todos estamos invitados: desde el Jaguar hasta el Poeta, pasando por Lituma, don Rigoberto, Fonchito, Koke, Pantaleón Pantoja, Zavalita, la tía Julia, Mascarita, Pichulita Cuéllar, Alejandro Mayta, doña Lucrecia, Ambrosio y, por supuesto, la Pies Dorados.

Antes de terminar, vale traer a cuento estas palabras de ese lector lúcido y omnívoro que es el periodista y escritor César Hildebrandt: «Básicamente creo que mi respeto por el valor literario de Vargas Llosa no se ha movido un milímetro. Sigo creyendo que sus tres primeras novelas son las mejores que se han escrito en el Perú, pero largamente. Incluyo en esta comparación personal y arbitraria a Arguedas y a Alegría. Todo lo que ha pasado después será dentro de muchos años, cuando todos estemos debidamente enterrados, anécdota, cosa menor. Mario es el mejor novelista que ha parido este país de tan pocos novelistas. Es un fenómeno».

Ahora te digo, Mario (porque estoy tan emocionado que me permito tutearte): los peruanos hicimos bien, hace una punta de años, cuando no te escogimos como nuestro presidente. Acertamos como pocas veces porque, ayer, hoy y siempre, te elegimos como nuestro NOVELISTA (sí, con mayúsculas, ¡MAESTRO!). Y eso la posteridad lo agradece.

Arequipa, 07 de octubre de 2010.
Publicado hoy en el diario El Pueblo de Arequipa
y en el blog de escritor Gabriel Ruiz Ortega.

2010/10/07

Mario Vargas Llosa ya es NOBEL DE LITERATURA

El escritor peruano Mario Vargas Llosa ganó hoy el Premio Nobel de Literatura 2010 por su "cartografía de las estructuras del poder y aceradas imágenes de la resistencia, la rebelión y la derrota del individuo", según la explicación de la Academia Sueca.
El escritor arequipeño está en Nueva York, donde da clases en la Universidad de Princeton.

"Se había levantado a las cinco de la mañana para presentar una clase, cuando recibió nuestra llamada a las siete menos cuarto, mientras trabajaba intensamente", dijo Englund.

Hoy hay jarana en La Casa Verde, don Anselmo dice que la casa paga y todos estamos invitados: desde el Jaguar hasta el Poeta, pasando por Lituma, don Rigoberto, Fonchito, Koke, Zavalita y, desde luego, la tía Julia, Mascarita, Pichulita Cuéllar, Pantaleón Pantoja, Alejandro Mayta y, por supuesto, la Pies Dorados.

Mario Vargas Llosa: el magnífico asesino

Vargas Llosa estampa su firma en García Márquez: historia de un deicidio

«Gamboa ríe. Deja de caminar, queda en el centro del aula. Tiene los brazos cruzados, los músculos se insinúan bajo la camisa crema y sus ojos abarcan de una mirada todo el conjunto, como en las campañas, cuando lanza a su compañía entre el fango y la hace rampar sobre la hierba o los pedruscos con un simple movimiento de la mano o un pitazo cortante: los cadetes a sus órdenes se enorgullecen al ver la exasperación de los oficiales y cadetes de las otras compañías, que siempre terminan cercados, emboscados, pulverizados. Cuando Gamboa, con el casco reluciendo en la mañana, apunta con el dedo una alta tapia de adobes y exclama (sereno, impávido ante el enemigo invisible que ocupa las cumbres y los desfiladeros vecinos y aun la lengua de playa en que se asientan los acantilados): "¡Crúcenla pájaros!", los cadetes de la primera compañía arrancan como bólidos, las bayonetas caladas apuntando al cielo y los corazones henchidos de un coraje ilimitado, atraviesan las chacras pisoteando con ferocidad los sembríos –¡ah, si fueran cabezas de chilenos o ecuatorianos, ah, si bajo las suelas de los botines saltara la sangre, si murieran!».

Fragmento de La ciudad y los perros.
I
Una chica, al verlo a poco menos de un par de metros, se queda corta, casi paralizada. No tiene el valor suficiente como para acercarse y pedirle un autógrafo. Entonces ella, con una mirada cómplice acompañada de una poco sutil seña, envía a su solícito enamorado. «Yo no firmo piratería», responde de manera tajante y devuelve intacto un ejemplar de Travesuras de la niña mala que debe de costar algo más de diez Nuevos Soles y es idéntico al que yo tengo en mi recámara.
Es Mario Vargas Llosa, que ha llegado otra vez a su ciudad natal, no para combatir la piratería denegando firmas, sino para hacerla –casi, simbólicamente– innecesaria inaugurando la Biblioteca Regional que lleva su nombre tan celebrado y, a la vez, tan mentado aquí, allá y acullá.
Me conmueve la decepción de la muchacha, pues yo podría haber estado (estoy) en su lugar: soy un hijo de piratería libresca, musical y cinemera (por cierto, no lo digo con orgullo; aunque tampoco con vergüenza). Pero, no hay tiempo que perder en divagaciones de esta índole, pues traigo conmigo un ejemplar histórico y, obviamente, original (García Márquez: historia de un deicidio). Trato de abrirme paso entre los libros estirados y abiertos de par en par, los bolígrafos que buscan llegar a sus ancianas manos y, por supuesto, las ganas desenfrenadas de poder alcanzar al novelista más talentoso que hayan conocido estas tierras.
«Es un libro muy importante para mí», le digo, ganado por la chismografía, con un vago afán provocador, y lo abro precisamente en donde aparecen los apellidos del genio literario de Aracataca: GARCÍA MÁRQUEZ. «Este es un libro muy especial», apostilla él, con una media sonrisa, algo forzada, que tal vez esconde la verdadera historia del puñetazo más famoso y amarillista de la literatura universal (¿cuál de los dos se animará a concluir sus memorias?, pues sabemos que el peruano ventiló buena parte de su vida en El pez en el agua y, por su parte, el colombiano publicó un delicioso mamotreto con bajo el título Vivir para contarla; pero ambos escamotearon esa etapa de amistad y admiración compartida: fines de los años 60 e inicios de los 70).
Mientras termina de estampar sus iniciales, lo miro a los ojos, trato de escrudiñarlo sin éxito. Es un hombre imponente. Estoy sumido en el estimulante convencimiento de que estoy con el sujeto que me abrió las puertas de la narrativa con sus libros; en otras palabras, me cambió la vida: «Don Mario, ¿cómo se hace para llegar tan lejos?». El ya está cansado de esa y otras interrogantes que rayan en el lugar común. Pero cumple su libreto, casi puedo adivinar su respuesta: «Trabajo, más trabajo, ¡mucho esfuerzo!». Es así como se forjó, emulando a Flaubert, trabajando obsesivamente, leyendo con lápiz y papel a William Faulkner: el genio no nace, se hace. Vargas Llosa es una muestra palpable de lo que pueden lograr la dedicación, la pasión y la testarudez entendida de la mejor manera: «Es usted un maestro». Termino con otro lugar común, con otra verdad grande como la flamante Biblioteca Regional. Darle su nombre a una biblioteca y hacer de este ambiente un punto de encuentro de lectores y escritores debe ser la mejor manera de rendirle un homenaje a un artista de pluma infatigable que ya anuncia la inminente aparición de su último esfuerzo de galeote, seguramente para fines de año: El sueño del celta.

II

«Abrió los ojos a las cuatro de la madrugada y pensó: “Hoy comienzas a cambiar el mundo, Florita”. No la abrumaba la perspectiva de poner en marcha la maquinaria que al cabo de unos años transformaría a la humanidad, desapareciendo la injusticia». El comienzo de El paraíso en la otra esquina (2003), es, para este prescindible lector, una invitación a imaginar el instante en que Vargas Llosa se dijo a sí mismo, con una convicción a la altura de su talento: hoy comienzas a cambiar la literatura (que es una forma virtual de cambiar el mundo, nuestro mundo, fabricando uno paralelo que fisgonee sin pudores lo mejor y lo peor que llevamos en las entrañas). Y lo hizo añadiendo ingredientes capitales: su resentimiento, su nostalgia, su crítica. Muy a su manera –heredero de Faulkner, Flaubert y, a veces a pesar suyo, de Sartre– es un continuador de primer orden de «la tradición de ese invisible linaje de contadores ambulantes de historias», pues la literatura, el oficio mismo ancestral de contar relatos, desboca su corazón «con más fuerza que lo hayan hecho nunca el miedo o el amor» (El hablador, 1987).
Este domingo 28 de marzo, el novelista mayor de las letras peruanas cumple 74 años y el mejor regalo que puede ofrecerle un diletante disfrazado de escribidor, es este farragoso colage que alterna entre la anécdota, la rendida admiración, las citas librescas y, cómo no, sus discursos más incandescentes en donde nos anunciaba que él es un aguafiestas por definición: «la literatura es fuego, que ella significa inconformismo y rebelión, que la razón del ser del escritor es la protesta, la contradicción y la crítica. Explicarles que no hay término medio: que la sociedad suprime para siempre esa facultad humana que es la creación artística y elimina de una vez por todas a ese perturbador social que es el escritor o admite la literatura en su seno y en ese caso no tiene más remedio que aceptar un perpetuo torrente de agresiones, de ironías, de sátiras, que irán de lo adjetivo a lo esencial, de lo pasajero a lo permanente, del vértice a la base de la pirámide social. Las cosas son así y no hay escapatoria: el escritor ha sido, es y seguirá siendo un descontento. Nadie que esté satisfecho es capaz de escribir, nadie que esté de acuerdo, reconciliado con la realidad, cometería el ambicioso desatino de inventar realidades verbales. La vocación literaria nace del desacuerdo de un hombre con el mundo, de la intuición de deficiencias, vacíos y escorias a su alrededor. La literatura es una forma de insurrección permanente y ella no admite las camisas de fuerza. Todas las tentativas destinadas a doblegar su naturaleza airada, díscola, fracasarán. La literatura puede morir pero no será nunca conformista» (Caracas, 1967).

Permítame, don Mario, caer en el indecoroso acto de convencerme de que, sin piratería, sus libros jamás habrían de llegar a mis manos. En suma: la llama -el fuego que es la literatura-, sin herramientas ni medios adecuados, jamás habría de encenderse. No hubiera podido ser lo poco que soy. Eso, a usted, debe importarle nada; mi confesión no debe moverle siquiera un pelo de su nívea cabellera. Pero a mí sí me importa tanto como lo que cada uno de sus libros y relatos me enseñaron, me hicieron un subersivo de la realidad, me pusieron contra todos, contra mí mismo, «contra Dios, contra la creación de Dios que es la realidad. Escribir es una tentativa de corrección, cambio o abolición de la realidad real, de su sustitución por la realidad ficticia que el novelista crea. Este es un disidente: crea vida ilusoria, crea mundos verbales, porque no acepta la vida y el mundo tal como son (o como cree que son). La raíz de su vocación es un sentimiento de insatisfacción contra la vida: cada novela es un deicidio secreto, un asesinato simbólico de la realidad». Escribir como único –válido, legítimo, irrenunciable– homenaje al hijo más pródigo de Arequipa, aquél que nació en el Boulevard Parra, y deambuló por el mundo haciendo de su historia, muchas historias. Escribir como si se nos fuera la vida en ello, aun a riesgo de que no seamos tan magníficos y memorables asesinos como Mario Vargas Llosa.

Arequipa, 28 de marzo de 2010.
Publicado hoy en el diario El Pueblo de Arequipa

2010/10/05

Una pregunta a Carlos Fuentes: el Cuento vs. la Novela

En la Feria del Libro Arequipa 2010, y ante un auditorio escaso, me llamaron, entre otras cosas, “escritor compulsivo” y matizaron esto indicando que ésa debía ser la causa de mis altibajos (no emocionales, sino narrativos).
También se dijo por ahí que, La prosperidad reclusa, anuncia a un novelista.
Nunca he escrito una novela (ni siquiera la he iniciado). A lo mucho tengo por ahí un cuento largo. Pero, gracias a las Entrevistas Digitales de el diario El País de Madrid, le pude preguntar al notable escritor mexicano Carlos Fuentes acerca del mito de la diferencia entre el cuento y la novela.

¿Qué opina del mito que dice que escribir cuentos es más complicado que hacer novelas?

Carlos Fuentes: "Es una realidad. En una novela uno puede meter cualquier género. En un cuento, como un poema, tiene una metodología y hay que tener brevedad y acabar con una sorpresa. Una novela es un trasatlántico y un cuento un barquito cerca de la costa".

Por otro lado, el concierto de Andrés Calamaro en nuestra ciudad -hoy confirmado en su portal oficial Calamaro.com- ya es un hecho. Será el sábado 13 de noviembre en el Jardín de la Cerveza Arequipeña.

Estoy colgando canciones de su nuevo álbum On the rock y también las mejores de su repertorio:


Calamaro confirma conciertos en el Perú (www.calamaro.com)

2010/10/01

Las extrañas cartas para Nicolás

Aunque, como el maestro Juan Carlos Onetti, «me estoy acostumbrando a ser un perdedor sistemático, a ser un permanente segundón», comparto con los muchos lectores de Siete Esquinas este cuento breve que quedó finalista en el último Concurso de El Búho.

A Guillermo Giacosa.

Empecé a dejar sobres cerrados en las bancas de casi todas las iglesias de Arequipa desde la tarde en que me diagnosticaron esa innombrable enfermedad. Aunque decir «diagnosticaron» no sería preciso, porque nadie lo hizo. Así que desestime esa afirmación, pues se trató simplemente de un examen de sangre al que siempre me resistí: ahora, usted y los aquí presentes entenderán el por qué de mi reticencia. Pero no nos vayamos por las ramas, pues su interrogante iba dirigida al origen de esas «extrañas cartas», como las llama con cierto asco. Y le confieso que, al oírlo, sentí un vago escozor que podría ser síntoma de mi extraviada vergüenza o, acaso, otra alerta del inexorable avance de la enfermedad.
Sí, ya lo sé. No me apure, porque me pone nervioso. Nos casamos hace siete años y nos iba relativamente bien. Alquilamos un cuartito por Umacollo y empezamos a «intentar». Ese verbo se volvió la palabra recurrente de nuestras noches, luego del noticiero de las diez. Ella quería ser mamá a toda costa, pero tenía un problema hormonal, algo que tiene que ver con la prolactina, ¿me entiende? Podríamos llamar al doctor Lopera, su ginecólogo, para que se lo explique mejor...

Para leerlo todo, clic acá: Las extrañas cartas para Nicolás