Advertencia para el lector

«Rechazado o aceptado, perseguido o premiado, el escritor que merezca este nombre seguirá arrojándoles a los hombres el espectáculo no siempre grato de sus miserias y tormentos.»
Mario Vargas Llosa, La literatura es fuego.

2011/02/20

En el umbral de la vida (1958): desgarradora e instructiva

Junten a tres mujeres grávidas en una habitación. O mejor: que sea Bergman quien las junte, y, a pesar de lo que se viene, dense por bien servidos.
Un drama con un trío de historias que convergen en el umbral de la vida. Este señor sueco tiene –porque gracias a su dilatada filmografía sigue vivo– una capacidad portentosa para entrar en el alma de las mujeres y hablar sin cortapisas de temas sensibles: el embarazo (deseado y no deseado), el aborto.
Bergman no sólo ha sido un artista excepcional, sino un pionero., un paradigma Un fenómeno capaz de explorar con lupa todas las aristas -la complejidad- de los seres humanos.

¿Qué nos dice el propio director al respecto?

Lo que vi fue una historia bien contada, algo prolija, de tres mujeres en una habitación de hospital. Todo era sincero, cálido e inteligente, en general extraordinariamente interpretada (…) Recuerdo que pusieron personal médico en las salas en que se proyectó. La gente se desmayaba de espanto. Al mismo tiempo recuerdo que el asesor médico de la película me dejó estar presente en un parto en el hospital Carolino. Fue una experiencia desgarradora e instructiva. Es verdad que yo tenía cinco hijos, sin embargo nunca había presenciado ninguno de los partos (era así en esa época). Me emborrachaba o me quedaba jugando con mis trenes de juguete o iba al cine o ensayaba o filmaba o me dedicaba a señoras impropias. No me acuerdo muy bien. En todo caso, el parto fue espléndido y nada complicado. La madre era joven y robusta y dio a luz entre gritos y risas. El ambiente era casi alegre. Yo estuve a punto de desmayarme dos veces, y tuve que salir y darme con la cabeza en la pared para despejarme. Luego volví aturdido y agradecido.

2011/02/17

De cuyes, carneros, toros... y de Elizabeth Costello

Desde muy niño, pude ver –por televisión, jamás en vivo– algunas corridas de toros. Seguramente las de Acho, en Lima, o acaso las que importábamos de México o de la Madre Patria.
Valga aclarar, de arranque, que yo siempre estaba –¿aun estoy?– del lado del toro; y, en consecuencia, guardaba la secreta esperanza de que quizá el pesado animal alguna vez consiguiera salir victorioso de la contienda (no tardé mucho en descubrir que esto no era improbable, sino imposible).
Celebraba con una mezcla de odio y placer –un espíritu revanchista visceral que se apodera de uno– cuando el astado conseguía embestir con éxito al torero: herirlo o levantarlo en peso y luego tumbarlo. Así, al verlo caído y asistido por sus congéneres, soñaba con una tregua o un fin de la horrorosa faena.
Cuando intuía que se acercaba el final, cambiaba de canal, pues casi nunca podía soportar ver al toro desparramarse de una manera truculenta ante una multitud exultante (pocas experiencias como ésta, me enseñaron, con tamaña aspereza, que nosotros también somos animales y nunca dejaremos de serlo).



En casa de la Mamá María, mi abuela materna, presencié por única vez cómo se degollaba a un carnerito para, más tarde, degustar una pantagrúelica cena. Recuerdo con nitidez cómo el filudo cuchillo traspasa el cogote y la sangre chisporrotea, mientras el animalito se deja caer y da sus últimas boqueadas.
Esa tarde no pude probar un bocado de la comida, la experiencia me había tocado. Pero, en verdad, su efecto no fue muy profundo, porque hasta el día de hoy sigo siendo un animal carnívoro.
Con los cuyes, en cambio, ya he cerrado filas. Una de las hermanas de mi padre criaba, en los altos de su antigua casa, cuyes y gallos de pelea. En cierta oportunidad nos invitó a almorzar y tuve el infortunio de ver a mi primo sacudiendo de una manera salvaje al inofensivo animal.
Desde que vi cómo echaban un mortal hilito de sangre por la nariz me juré jamás comer el cuy.
No obstante -y a despecho de estos infelices recuerdos de infancia-, haría mal en ocultar, que la mano de un maestro, como lo es Pedro Almodóvar, puede hacer que uno se enamore de las corridas, pues ellas son también rito y ceremonia. Gracias a Hable con ella, entendí (o intenté hacerlo) que el torero es un artista que se juega la vida y, hasta de cierta forma, se merece respeto o admiración.
Todos estos recuerdos los escupo en el teclado, casi al paso, por culpa de la maldita de Elizabeth Costello (*), quien viene a continuación.




Los animales no esconden sus excrementos y practican el acto sexual en público. Carecen de sentido de la vergüenza: eso es lo que los distingue de nosotros. Pero la idea básica sigue siendo la suciedad. Los animales tienen hábitos sucios; así que están excluidos. La vergüenza es lo que lo convierte a uno en ser humano, la vergüenza por estar sucio. Adán y Eva: el mito fundacional. Antes no éramos más que animales que vivíamos todos juntos.




En mi opinión, las corridas de toros nos dan una pista. Matemos a la bestia por todos los medios, dicen, pero convirtámoslo en un combate, en un ritual, y honremos a nuestro adversario por su fuerza y su bravura. Y comámoslo, después de haberlo vencido, para que su fuerza y su coraje entren en nosotros. Mirémoslo a los ojos antes de matarlo y démosle las gracias después. Cantemos canciones sobre él.
»A eso lo llamamos primitivismo. Es una actitud fácil de criticar. Es muy masculina, muy masculinista. No hay que confiar en sus ramificaciones políticas. Pero, a fin de cuentas, a un nivel ético, sigue habiendo algo atractivo en ella.
»Sin embargo, también es poco práctico. Uno no alimenta a cuatro mil millones de personas mediante los esfuerzos de toreros y cazadores de ciervos armados con arcos y flechas. Somos demasiados. No hay tiempo para respetar y honrar a todos los animales que necesitamos para alimentarnos. Necesitamos fábricas de muerte. Necesitamos animales de fábrica. Chicago nos mostró la forma. Los nazis aprendieron a procesar cuerpos de los mataderos de Chicago.



La gente se queja de que tratamos a los animales como a objetos, pero la verdad es que los tratamos como a prisioneros de guerra. ¿Sabías que cuando se abrieron al público los primeros zoos los guardianes tenían que proteger a los animales porque el público los atacaba? El público pensaba que los animales estaban allí para que la gente los atacara y los insultara, como a los prisioneros en un desfile de victoria. Una vez libramos una guerra contra los animales, que llamamos caza, aunque en realidad la guerra y la caza son lo mismo (Aristóteles lo vio claramente). La guerra se prolongó durante millones de años. Hace unos pocos siglos que la ganamos, cuando inventamos las armas de fuego. Solamente después de lograr una victoria absoluta nos hemos podido permitir cultivar la compasión. Pero nuestra compasión es muy frágil.

Debajo hay una actitud más primitiva. El prisionero de guerra no pertenece a nuestra tribu. Podemos hacer lo que queramos con él. Podemos sacrificarlo a nuestros dioses. Podemos degollarlo, sacarle el corazón y tirarlo al fuego. En lo tocante a los prisioneros de guerra no hay leyes.

Pero por lo general no se mata a los prisioneros de guerra. Se los convierte en esclavos.

En cuanto a la idea de que los animales son demasiado estúpidos para hablar por sí mismos, piensen en la siguiente secuencia de eventos. Cuando Albert Camus era niño en Argelia, su abuela le dijo que le trajera una de las gallinas del corral de su casa. Él obedeció y luego observó cómo la abuela le cortaba la cabeza al animal con un cuchillo de cocina y recogía la sangre en un cubo para no manchar el suelo.
»El grito de agonía de aquella gallina se grabó con tanta fuerza en la memoria del chico que en mil novecientos cincuenta y ocho le hizo escribir un ataque apasionado contra la guillotina. En parte como resultado de aquella polémica, Francia abolió la pena capital. ¿Quién puede decir entonces que la gallina no habló?


Cualquiera que diga que a los animales la vida les importa menos que a nosotros no ha sostenido en sus manos a un animal que lucha por su vida. Todo el ser del animal se vuelca en esa lucha, sin reservas. Estoy de acuerdo cuando usted dice que a la lucha le falta una dimensión de horror imaginativo o intelectual. El horror intelectual no se encuentra en la modalidad del ser de los animales: todo su ser está en la carne viva.



(*) Elizabeth Costello es el álter ego de J. M. Coetzee

2011/02/16

127 Horas & La carretera


Las últimas dos películas que me llevaron al estremecimiento, la turbación y el llanto fueron: 127 horas y La Carretera.

127 horas, del premiado director Danny Boyle (¿Quién quiere ser millonario?) cuenta la historia real -habría que decir la odisea- de Aron Ralston (en la imagen).
La desesperación, el delirio pero sobre todo un poderoso afán de sobrevivencia hacen de esta película una historia (real, insisto) inolvidable. Algunos datos para el público sensible: es la cinta que ha provocado 17 desmayos, 3 ataques de epilepsia y decenas de escenas de histeria, desmayos y vómito en salas de Europa y Australia. Basada en una historia real, la cinta recrea la experiencia que vivió Aron Ralston quien quedó atrapado debajo de una piedra y para liberarse se amputó su brazo con una navaja. La experiencia es tan real que algunos espectadores no la soportan.

Por otro lado, La Carretera, basada en la novela del narrador estadounidense Cormac McCarthy, es un drama futurista (quizá más cercano de lo que pensamos) en donde padre e hijo luchan por sobrevivir en un mundo que da sus últimas boqueadas: Viggo Mortensen y Kodi Smit-McPhee. La historia es cruda y el final conmovedor.






2011/02/14

14 de febrero... Te quiero igual

Personalmente entiendo el amor como el deseo casi desesperado de que alguien perdure, a pesar de sus deficiencias y de su vulnerabilidad. Por eso sólo puedo amar a seres mortales. (…) El verdadero amor se aferra con determinación temblorosa a lo que puede desvanecerse.
Fernando Savater


Flaca, no me claves, tus puñales, por la espalda: tan profundo, no me duelen, no me hacen mal.Lejos, en el centro, de la tierra, las raíces del amor, donde estaban, quedarán. Entre no me olvides me dejé nuestro abriles olvidados en el fondo del placar, en el cuarto de invitados eran tiempos dorados, un pasado mejor. Aunque casi me equivoco y te digo poco a poco: no me mientas, no me digas la verdad no te quedes callada, no levantes la voz, ni me pidas perdón.
Andrés Calamaro



El 14 de febrero puede, entre muchas otras cosas, convertirse en otra fecha para los regalitos o esa ansiedad que produce, en algunas mujeres, llegar a esta fecha sin pareja. No sé. ¡Hay tantas historias! Yo sí quiero un 14 de febrero como pretexto para amar, para recordar que, cuando estás con ella -y ella se llama Johanna- el tiempo podría detenerse. ¡Busquemos la llama doble de Octavio Paz y volvamos a esa sensación de infinitud que nos procura el ser amado! ¡Feliz día del Amor y la Amistad!
Johanna, sé que te quiero... Y espero que, como hoy, siempre puedas -Como AC, nuestro AC- decirme: TE QUIERO IGUAL.

"Todos los días oímos esta frase: nuestro siglo es el siglo de la comunicación. Es un lugar común que, como todos, encierra un equívoco. Los medios modernos de transmisión de las noticias son prodigiosos; lo son mucho menos las formas en que usamos esos medios y la índole de las noticias e informaciones que se transmiten en ellos. Los medios muchas veces manipulan la información y, además, nos inundan con trivialidades. Pero aun sin esos defectos toda comunicación, incluso la directa y sin intermediarios, es equívoca. El diálogo, que es la forma más alta de comunicación que conocemos, siempre es un afrontamiento de alteridades irreductibles. Su carácter contradictorio consiste en que es un intercambio de informaciones concretas y singulares para el que las recibe. Digo verde y aludo a una sensación particular, única e inseparable de un instante, un lugar y un estado psíquico y físico: la luz cayendo sobre la yedra verde esta tarde un poco fría de primavera. Mi interlocutor escucha una serie de sonidos, percibe una situación y vislumbra la idea de verde. ¿Hay posibilidades de comunicación concreta? Sí, aunque el equívoco nunca desaparece del todo. Somos hombres, no ángeles. Los sentidos nos comunican con el mundo y, simultáneamente, nos encierran en nosotros mismos: las sensaciones son subjetivas e indecibles. El pensamiento y el lenguaje son puentes pero, precisamente por serlo, no suprimen la distancia entre nosotros y la realidad exterior. Con esta salvedad, puede decirse que la poesía, la fiesta y el amor son formas de comunicación concreta, es decir, de comunión. Nueva dificultad: la comunión es indecible y, en cierto modo, excluye la comunicación: no es un intercambio de noticias sino una fusión. En el caso de la poesía, la comunión comienza en una zona de silencio, precisamente cuando termina el poema. Podría definirse al poema como un organismo verbal productor de silencios. En la fiesta —pienso, ante todo, en los ritos y en otras ceremonias religiosas— la fusión se opera en sentido contrario: no el regreso al silencio, refugio de la subjetividad, sino entrada en el gran todo colectivo: el yo se vuelve un nosotros. En el amor, la contradicción entre comunicación y comunión es aún más patente.


El encuentro erótico comienza con la visión del cuerpo deseado. Vestido o desnudo, el cuerpo es una presencia: una forma que, por un instante, es todas las formas del mundo. Apenas abrazamos esa forma, dejamos de percibirla como presencia y la asimos como una materia concreta, palpable, que cabe en nuestros brazos y que, no obstante, es ilimitada. Al abrazar a la presencia, dejamos de verla y ella misma deja de ser presencia. Dispersión del cuerpo deseado: vemos sólo unos ojos que nos miran, una garganta iluminada por la luz de una lámpara y pronto vuelta a la noche, el brillo de un muslo, la sombra que desciende del ombligo al sexo. Cada uno de estos fragmentos ve por sí solo pero alude a la totalidad del cuerpo. Ese cuerpo que, de pronto, se ha vuelto infinito. El cuerpo de mi pareja deja de ser una forma y se convierte en una substancia informe e inmensa en la que, al mismo tiempo, me pierdo y me recobro. Nos perdemos como personas y nos recobramos como sensaciones. A medida que la sensación se hace más intensa, el cuerpo que abrazamos se hace más y más inmenso. Sensación de infinitud: perdemos cuerpo en ese cuerpo. El abrazo carnal es el apogeo del cuerpo y la pérdida del cuerpo. También es la experiencia de la pérdida de la identidad: dispersión de las formas en mil sensaciones y visiones, caída en una substancia oceánica, evaporación de la esencia. No hay forma ni presencia: hay la ola que nos mece, la cabalgata por las llanuras de la noche. Experiencia circular: se inicia por la abolición del cuerpo de la pareja, convertido en una substancia infinita que palpita, se expande, se contrae y nos encierra en las aguas primordiales; un instante después, la substancia se desvanece, el cuerpo vuelve a ser cuerpo y reaparece la presencia. Sólo podemos percibir a la mujer amada como forma que esconde una alteridad irreductible o como substancia que se anula y nos anula.

La condenación del amor carnal como un pecado contra el espíritu no es cristiana sino platónica. Para Platón la forma es la idea, la esencia. El cuerpo es una presencia en el sentido real de la palabra: la manifestación sensible de la esencia. Es el trasunto, la copia de un arquetipo divino: la idea eterna. Por esto, en el Fedro y en El Banquete, el amor más alto es la contemplación del cuerpo hermoso: contemplación arrobada de la forma que es esencia. El abrazo carnal entraña una degradación de la forma en substancia y de la idea en sensación. Por esto también Eros es invisible; no es una presencia: es la obscuridad palpitante que rodea a Psiquis y la arrastra en una caída sin fin. El enamorado ve la presencia bañada por la luz de la idea; quiere asirla pero cae en la tiniebla de un cuerpo que se dispersa en fragmentos. La presencia reniega de su forma, regresa a la substancia original para, al fin, anularse. Anulación de la presencia, disolución de la forma: pecado contra la esencia. Todo pecado atrae un castigo: vueltos del arrebato, nos encontramos de nuevo frente a un cuerpo y un alma otra vez extraños. Entonces surge la pregunta ritual: ¿en qué piensas? Y la respuesta: en nada. Palabras que se repiten en interminables galerías de ecos.

No es extraño que Platón haya condenado al amor físico. Sin embargo, no condenó a la reproducción. En El Banquete llama divino al deseo de procrear: es ansia de inmortalidad. Cierto, los hijos del alma, las ideas, son mejores que los hijos de la carne; sin embargo, en Las leyes exalta a la reproducción corporal. La razón: es un deber político engendrar ciudadanos y mujeres que sean capaces de asegurar la continuidad de la vida en la ciudad. Aparte de esta consideración ética y política, Platón percibió claramente la vertiente pánica del amor, su conexión con el mundo de la sexualidad animal y quiso romperla. Fue coherente consigo mismo y con su visión del mundo de las ideas incorruptibles, pero hay una contradicción insalvable en la concepción platónica del erotismo: sin el cuerpo y el deseo que enciende en el amante, no hay ascensión hacia los arquetipos. Para contemplar las formas eternas y participar en la esencia, hay que pasar por el cuerpo. No hay otro camino. En esto el platonismo es el opuesto a la visión cristiana: el Eros platónico busca la desencarnación mientras que el misticismo cristiano es sobre todo un amor de encarnación, a ejemplo de Cristo, que se hizo carne para salvarnos. A pesar de esta diferencia, ambos coinciden en su voluntad de romper con este mundo y subir al todo . El platónico por la escala de la contemplación, el cristiano por el amor a una divinidad que, misterio inefable, ha encarnado en un cuerpo.

Unidos en su negación de este mundo, el platonismo y el cristianismo vuelven a separarse en otro punto fundamental. En la contemplación platónica hay participación, no reciprocidad: las formas eternas no aman al hombre; en cambio, el Dios cristiano padece por los hombres, el Creador está enamorado de sus criaturas. Al amar a Dios, dicen los teólogos y los místicos, le devolvemos, pobremente, el inmenso amor que nos tiene. El amor humano, tal como lo conocemos y vivimos en Occidente desde la época del «amor cortés», nació de la confluencia entre el platonismo y el cristianismo y, asimismo, de sus oposiciones. El amor humano, es decir, el verdadero amor, no niega al cuerpo ni al mundo. Tampoco aspira a otro ni se ve como un tránsito hacia una eternidad más allá del cambio y del tiempo. El amor es amor no a este mundo sino de este mundo; está atado a la tierra por la fuerza de gravedad del cuerpo, que es placer y muerte. Sin alma —o como quiera llamarse a ese soplo que hace de cada hombre y de cada mujer una persona— no hay amor pero tampoco lo hay sin cuerpo. Por el cuerpo, el amor es erotismo y así se comunica con las fuerzas más vastas y ocultas de la vida. Ambos, el amor y el erotismo —llama doble— se alimentan del fuego original: la sexualidad. Amor y erotismo regresan siempre a la fuente primordial, a Pan y a su alarido que hace temblar la selva" (Octavio Paz, La llama doble).




2011/02/04

Es mi playa: Chabelos en Arequipa el 11 de febrero



-Amor, ¿vamos a la playa?
-Vamos, gordo.

Es verano, partiremos hacia el sur,
con mi rubia esposa,
a mi casa hermosa…
qué alegría: 180 manejar, en mi camioneta… que me regaló papá…
laralai...sí… larilai

Llego al grifo: taque lleno, sí, señor...
97 pues... ag, si no me cagas el motor
Pringles, Gatorade and Red Bull pa´ llevar...
no me preocupo: lo pago con mi Mastercard
larala laaaaa lirala

En el verano uno se la pasa bien,
en mi casa me la paso súper bien,
en mi playa, aquí me la paso bien,
en mi playa, me la paso súper bien…

Después de un lindo viaje llego a mi mansión…
Dos mil metros cuadrados, piscina y lindos cuadros...
los chicos hacen travesuras sin parar,
los cuida la empleada, de blanco uniformada…

Es muy lindo por la arena caminar,
saludo a mis vecinos... son todos súper finos…
no entran cholos: todo es felicidad,
solo mi portero que es negro, pero es bueno…
sí, lirili...liiii lirili

Es mi playa, sólo para mi familia..
fuera de aquí: ésta es zona restringida..
toda una playa sólo para mis amigos..
sólo gente como yo serán bienvenidos ¡A MI PARTY!

aston aston... alarm
aston aston... alarm
aaaaalarm
uf uf ahh
alarm
larlalaralrlaurubru
alarm

en mi playa, aquí me la paso bien...
en mi casa me la paso súper bien...
es mi playa, aquí me la paso bien...
en mi playa, me la paso súper bien

ya es de noche, un vinito tomaré…
haré una parrillada: chorizos, carnes y cheesecake…
después de eso mi mujer vomitará, porque se siente gorda…
no importa: está de moda...

Ya dormiditos, soñaremos con el sol...
ahora estoy cansado: ni pienses que tiramos…
gracias, Diosito, por todo lo que me das..
pues Dios es súperfino y es Dios de mis amigos
siiiiii lirili..siiii lairalai

es mi playa, solo para mi familia..
fuera de aquí: ésta es zona restringida..
toda una playa sólo para mis amigos...
solo gente como yo serán bienvenidos

-¡FUERA! ¡FUERA, CHOLO! ¡FUERA! ¡FUERAAAA!
-HELAO, GLACIAL HELAO…
-¡FUERAAAA!
-SANGUCHE DE POLLO...
-¡FUERAAA! ¡FUERAAAA!
-Anda, maricón de mierda.