Advertencia para el lector

«Rechazado o aceptado, perseguido o premiado, el escritor que merezca este nombre seguirá arrojándoles a los hombres el espectáculo no siempre grato de sus miserias y tormentos.»
Mario Vargas Llosa, La literatura es fuego.

2011/06/17

18 de junio: el español, una lengua que nos une

El sábado 18 de junio se celebra "El día E", la fiesta de todos los que hablamos español.

"Mi palabra favorita en español es Jesús: mi capacidad proviene de Él" (Juan Luis Guerra).

"Hay una palabra que me parece que reúne, bastante, o se ajusta a diferentes situaciones y es la palabra Verdad. Me parece que con la Verdad se puede caminar y respirar mejor. A veces, preferimos una mentira piadosa que la verdad... Muchas veces damos vueltas alrededor de las cosas y no nos damos cuenta de que sería mucho más fácil, mucho más sencillo, si nos ajustáramos solmente a la verdad" (Ricardo Darín).


"La palabra en español que más me gusta es la palabra Libertad. Creo que la palabra Libertad resume las mejores aspiraciones de los seres humanos" (Mario Vargas Llosa).

"Mi palabra favorita en español y en todas las lenguas que yo pudiera aprender va a ser siempre la misma: Gracias. Es la palabra más bonita que existe en español. Yo tengo muchos motivos por dar las gracias" (Raphael).

2011/06/15

Es posible contar un montón de mentiras, diciendo sólo la verdad



Este hombre tomó a una nación destruida.
Recuperó su economía, y le devolvió el orgullo a su pueblo.
En sus cuatro primeros años de gobierno, el número de desempleados cayó de 6 millones a 900 mil personas.
Este hombre hizo que el Producto Bruto Interno (PBI) creciera 102% y duplicó la renta per cápita.
Aumentó las ganancias de las empresas de 175 millones a 5 mil millones de marcos.
Y redujo la hiperinflación a un máximo de 25% anual.
Este hombre adoraba la música y la pintura, y cuando era joven, imaginaba seguir una carrera artística.
Es posible contar un montón de mentiras, diciendo sólo la verdad. Por eso, es necesario tener mucho cuidado con la información del periódico que usted recibe.
UNA LECCIÓN PARA LA "GRAN PRENSA" PERUANA.


2011/06/13

El optimista del gol se llevó el arco de La Bombonera


Algunos mezquinos suelen recordar a Martín Palermo por los tres penales marrados contra Colombia en la Copa América Paraguay 1999 (olvidando, quizá deliberadamente, los "huevos" que hay que tener para patear tres penales en un mismo partido). Otros, el año pasado, no entendían cómo Maradona lo había llevado al mundial de fútbol Sudáfrica 2010.
Martín Palermo, hincha de Estudiantes de la Plata (como Ernesto Sábato), es el máximo artillero de la historia del club más tradicional de Argentina: Boca Juniors.
El regalo que le dieron el día de su último partido en el estadio xeneize: ¡el arco de la Bombonera!
Argentina, siempre lo he sostenido, es el país donde el fútbol se vive como una auténtica religión, un pasión que capaz de horadar a toda la nación gaucha.
Bautizado por el “Virrey” Carlos Bianchi como el “optimista del gol”, este larguirucho delantero pasó a la historia del fútbol mundial.
Sé que las comparaciones son odiosas. Pero hace pocos días los brasileros despidieron a Ronaldo (sí, al que marcó más goles en los mundiales de fútbol); si cotejan la despedida del “fenómeno” Ronaldo con el “titán” Palermo comprenderán por qué la Argentina es la tierra de las hinchadas más palpitantes del mundo. Entenderán quizá por qué estás despedidas, como la del más grande (¡Maradó!) me mueven hasta las lágrimas. Y entenderán por qué Martín Palermo es también conocido como “el hombre que hace llover”.
Larga vida al ¡GOLEADOR! Larga vida al fútbol argentino que es PASIÓN.





2011/06/11

Exhumando relatos: ¿CONOCES A MARCIAL MENA?


Sólo una pregunta (para comenzar bien y no irme por las tangentes como suelo hacerlo casi siempre): ¿conoces a Marcial Mena? Yo intuyo que sí: Marcial es un joven solitario, un tipo real, un sujeto que está hastiado de esa maldita indecisión congénita que lo ha catapultado al inextricable dédalo del fracaso.

Él está harto de ser un manojo de titubeos; pero, sobre todo, Marcial está extenuado de vivir rodeado de jóvenes desalentadores que lo tildan de ser un mero «idealista». Sus amigos lo llaman soñador, necio, iluso o simplemente despistado, por el simple hecho de que él está peligrosamente convencido de que los jóvenes de su pasiva generación son los únicos que pueden –¡y deben!– cambiar el mortal rumbo que sigue su vergonzoso y desorientado país tercermundista ("¡país que no vale un carajo!", como suele disparar su abuelo Orlando cada vez que la selección nacional muerde polvo de la derrota).

Para evadir a esa indiferencia desdeñosa que cree que todos muestran hacia él, Marcial decidió aislarse del mundo, pues alejarse de los demás significaba para él la mejor manera de apartarse de la agobiante incomprensión y del severo rechazo. Nunca imaginó que el remedio iba resultar siendo peor que la enfermedad, porque, en su soledad extrema, él ha cultivado una siniestra compañera: la frustración; pero Marcial intenta huir de ese sentimiento, oscuro y corrosivo, que le carcome a cuentagotas el escaso ego que aún se insinúa en su más recóndito interior.

Pero, ¿por qué razón se siente frustrado? ¿Cuál es su verdadero problema? Marcial sabe muy bien que todo este embrollo empezó hace varios años, cuando un día se sintió inflamado con la ilusión de llegar a ser un reconocido periodista; pero su propia indecisión, añadida a la enorme cuota de pesimismo que le inyectó su entorno íntimo, le hicieron estrangular a esa vocación que él veía como el único medio que lo podría llevar a alcanzar esa ansiada felicidad que todo ser humano persigue.

Marcial inmoló a su vocación más genuina: el periodismo ("carrerucha para acribillarse de hambre", diría su madre antes de dibujar una elocuente mueca); se dejó llevar por esos intereses metálicos que le impone un mundo consumista… y eligió como nueva aspiración a la rutilante y vertiginosa ingeniería informática.

Él está a punto de ser un flamante ingeniero informático, pero cada vez que explora su interior –cosa que lamentablemente hace muy a menudo–, siente ese obstinado vacío que, opresivo, lo somete y que lo obliga a chapotear en el hediondo fango de sus ingratos recuerdos y sueños marchitos.

Un día de esos (o mejor dicho, un día de aquéllos), Marcial, solo, ensimismado, siente unas desenfrenadas ganas de escribir. Esta actividad, que lo convierte en una especie de reo de la pluma y el papel, lo empieza cautivar. Él cree haber encontrado una nueva pasión, muy parecida pero más intensa y cautivante que la anterior. Marcial escribe, escribe y no para de escribir… Pero, poco a poco, va descubriendo la siempre truculenta realidad: Marcial no sirve para esos complejos menesteres.

Fue la tradicional Semana Santa mistiana, el breve periodo en el que Marcial quiso entregarse por completo a la insaciable creación literaria. Pero su falta de talento y su anémica imaginación lo llevaron a evocar los pasajes más recordados de su somnolienta vida: su solitaria infancia en Pucallpa, su etapa escolar en Colegio San Jerónimo y su todavía inconclusa vida universitaria. Él trató de amalgamar recuerdos pero, debido a su impericia, no pudo evitar salirse siempre del contexto: sus narraciones –al menos para mí– se ven desafortunadamente invadidas por percepciones superficiales y por un costumbrismo enfermizo que alcanza cotas intolerables.

En algún momento –momento que, para ser honestos, ni él ni yo recordamos con certeza–, Marcial percibió que sus narraciones eran turbias, aburridas y poco descriptivas; esto fue achatando de a pocos sus deseos de escribir. Y, después de casi una semana de trabajo intermitente, él dejó de escribir… dejó de escribir para nunca más volverlo a hacer.

¿Fracasó? Sí, pero no. ¿Cómo así? Con todas sus limitaciones de por medio, Marcial elaboró una obra rara, una obra distinta. Él cree haber escrito una novela mediocre ("una novela a la altura de su autor", como alguna vez sentenció él mismo después de apurar nerviosamente un vaso de cerveza en el bar La Ramadita); pero lo cierto es que cualquier lector medianamente avispado puede percatarse al instante de que lo suyo no es novela por ningún lado… son simples anécdotas empapadas con una pizca de ficción, relatos entrelazados, recuerdos rebuscados, memorias distorsionadas…

La primera vez que terminé de revisar sus manuscritos, apagué el velador de mi mesa de noche preguntándome "¿conoces a Marcial Mena?". Llegué, en medio de la oscuridad de mi tibia alcoba, a una conclusión apurada (que es un símil de la conclusión a la que llego cada vez que Marcial merodea mis pensamientos): no lo conozco y a veces estimo que nadie lo conoce. Valgan verdades: ¡juraría que ni él mismo se conoce en absoluto!

Antes de terminar, agrego una sola cosa: cierta mañana dominical, saliendo de la parroquia del vecindario, Lucrecia, la extraña novia de Marcial, se me acercó discretamente para ponerme al tanto de que una buena cantidad de los manuscritos de su novio andaban dispersos por toda la ciudad: «Ni siquiera el propio Marcial sabe quién demonios sacó tantas copias». Por suerte, mi mala conciencia alcanzó a permitirme un gesto de moderada sorpresa. «Incluso, y aunque parezca mentira: ¡están apareciendo algunos de sus relatos en algunos periódicos e internet!», agregó muy ofuscada. Debe ser cierto, porque de no ser así, tú, amigo lector, no estarías leyendo estas líneas… Y ya que no te conozco (y aún a sabiendas de que tu respuesta es bastante obvia), cumplo con formularte la misma pregunta que les hago a todos los que se animan a revisar sus manuscritos: ¿acaso tú conoces a Marcial Mena?

Si encuentras a alguien que lo conozca, llámenlo: díganle que ya no escriba, que lo mejor que puede hacer es dejarse vencer por la hoja en blanco… porque dejarse llevar –escribir, escribir, escribir– sería volver a caer en la tentación del fracaso.

Yo, antes que verlo escribiendo, prefiero saberlo muerto… y tú sabes que no exagero.

M.M.

2011/06/07

¡Viva el Perú, carajo!

Por Guillermo Giacosa

No pondré nombres porque el discurso y las preocupaciones eran las mismas. Todas sus preocupaciones recorrían idéntico camino y las resumiría en un par de frases engañosas pero, a fuer de repetidas, reveladoras: “la gente quiere saber”, “el pueblo peruano quiere saber”. ¿Qué es lo que la gente o el pueblo peruano querían saber, según estos aguerridos periodistas, repentinamente devenidos en los representantes naturales de lo que realmente interesa al grueso de la población?
Pues el nombre del futuro primer ministro, el nombre del futuro ministro de economía o qué iban hacer para que la Bolsa no reaccionara negativamente. También querían que les dijeran que los TLC se iban a respetar, que las líneas maestras de la economía no se alterarían, en realidad querían que les dijeran que todo iba e ser como antes y que las elecciones sólo habían sido la parte coral del sainete democrático que reclama este acto. Querían que les dijeran que Ollanta era solo un espejismo y que mañana todo seguiría igual. Bajo la consigna, lógica pero falaz, de que no hay que detener el crecimiento económico, se arrogaban la representatividad del pueblo, mutaban en la gente de todos los días, de la que suda para llegar a fin de mes entregando porciones de su humanidad y querían una respuesta. Nunca escuché tantas veces invocar la gente y nunca estuve tan seguro que sustituían la gente por el nosotros, sin intuir que entre ellos y la gente que invocaban hay un abismo de privilegios que sin ser injustos deforman la percepción de la realidad.
¿Alguien, en su sano juicio, cree que a la multitud reunida en la Plaza 2 de Mayo le interesaban los nombres de los futuros ministros, o la actitud ante los TLC, etc.? En ese día, al menos, no. Esa multitud, que cumplió con la tarea histórica de impedir que se repita la dictadura, sólo quería festejar, quería sentir que la manipulación a la que son sometidos a diario tiene un límite y que ellos habían sabido trazarlo al desoír la incalificable campaña mediática contra su candidato.
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Comparto desde el muro de Facebook del escritor Selenco Vega la nueva versión del cuento de Tito Monterroso:

Parece que Vargas Llosa está cobrándose todas las deudas pendientes. El año pasado fue el Nobel. Hoy, como dice El Útero de Marita, se la cobró a Fujimori, luego de veinte años. Augusto Monterroso lo habría dicho así: "Y cuando despertó (el Chino en la DIROES) Mario Vargas Llosa todavía estaba allí".