Advertencia para el lector

«Rechazado o aceptado, perseguido o premiado, el escritor que merezca este nombre seguirá arrojándoles a los hombres el espectáculo no siempre grato de sus miserias y tormentos.»
Mario Vargas Llosa, La literatura es fuego.

2012/01/31

Melgar, campéon nacional 1981: ¿Acaso nosotros no somos peruanos?

La portada del diario El Pueblo del lunes 01 de febrero de 1982 anuncia la consecución de la hazaña: ¡MELGAR CAMPEÓN!

Hace pocos días el F.B.C. Melgar de Arequipa disputó sin mucha fortuna la Copa Ciudad de Rosario, en Argentina. Debo confesar que me resultaba demasiado extraño escuchar a los relatores de TyC Sports (canal deportivo argentino) decir “Melgar de Perú”. Esto viene a cuento a raíz de que hoy, 31 de enero, de cumplen 30 años de la única estrella que adorna la preciosa camiseta rojinegra: el título nacional de 1981.

En un interesante reportaje que, al parecer, hicieron estudiantes de la UNSA hace algunos años, el periodista Marcio Soto y el gran Genaro Neyra cuentan que el día que los rojinegros disputaron el partido decisivo por el título contra el Sporting Cristal, en Lima (31 de enero de 1982), pasó algo inaudito: las barras de Universitario (que había disputado el partido preliminar y aguardaba por una victoria de los rimenses) y de Sporting Cristal se unieron. De esta manera, el estadio Nacional, atestado de fanáticos limeños, cremas y celestes que coreaban al unísono:

–¡Perú, Perú, Perú!

El equipo rojinegro saltó al campo sintiendo el aliento contra Arequipa, es decir, a favor del Perú (aunque esto a muchos les resulte contradictorio). Seguramente en ningún otro evento deportivo se pudo notar con tanta claridad ese ombliguismo limeño que los hace creerse el Perú entero.

–¿Pero acaso nosotros no somos peruanos? –se preguntaba Neyra y era seguramente la misma pregunta que se hacían futbolistas mistianos y periodistas que fueron testigos de excepción de la jornada más gloriosa del viejo y querido fútbol arequipeño.

Al final el grito de ¡Perú, Perú, Perú! se tuvo aplacar hasta desaparecer para darle derecho de ciudad, en la propia Lima, al de ¡Arequipa, Arequipa, Arequipa! ¿Lo volveremos a hacer?

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Actualización del 03 de febrero

Ayer, el diario deportivo Líbero hizo eco de esa nota (citando fragmentos de mi texto): Lo que tu viejo no te conto: Cuando la 'U' y Cristal gritaron contra Melgar.

Además un interesante artículo que encontré en Dechalaca.com hace un repaso por todo el torneo que consagró campeón al club arequipeño. Copio acá los párrafos finales: "Los cremas necesitaban ganar y esperar una caída mistiana para forzar un partido extra por el título: cumplieron con lo primero, pues vencieron 3-1 a los huaralinos. Cuando Melgar salió para jugar el encuentro ante los rimenses, los hinchas de la ‘U’ permanecieron en las graderías, alentaron a Cristal y corearon el “¡Perú, Perú!” (...) Pero Melgar estaba preparado para contrarrestar la presión y las mofas: apenas a los 10’, Jorge Ramírez cobró un tiro libre y Genaro Neyra aplicó un furibundo cabezazo que Ramón Quiroga manoteó: el balón se estrelló en el horizontal, quedó picando, y el propio Neyra llegó al rebote; con un zurdazo, hizo vibrar a toda la Ciudad Blanca. Según las crónicas, los hinchas capitalinos se pusieron a cantar el Himno Nacional. No fue la única contrariedad que debieron soportar los mistianos: a los 76’, el árbitro Edison Pérez Núñez expulsó a su arquero, Emilio Campana. El portero suplente, Arnaldo Suclla, tuvo que ingresar por Víctor Gutiérrez: a los 82’ no pudo bloquear un fuerte disparo de Julio César Uribe, que significó el 1-1. Cristal, con todo el estadio a su favor, arremetió contra la portería rojinegra: el árbitro dio cinco minutos de tiempo adicional, que en Arequipa resultaron eternos. Pero el pitazo final finalmente llegó y así terminó de escribirse una de las páginas más importantes en la historia del fútbol peruano. La historia del primer campeón provinciano. La historia del Melgar campeón".



Ante la angustiosa mirada del mundialista Ramón Quiroga, la pelota se introduce en el marco en forma violenta y remece las mallas a los 10 minutos de la primera etapa luego del sensacional partido librado por Melgar contra Cristal. La desesperación de los zagueros cerveceros es, asimismo, evidente. Al unísono, un grito de alegría y triunfo remeció el coloso de José Díaz emergido de la sufrida y nutrida barra mistiana apostada en la tribuna sur del estadio Nacional. Genaro Neyra, autor de la conquista, celebra su conquista a todo pulmón. Corrió por el campo eufórico, desafiante, ante la presencia de miles de capitalinos hostiles (El Pueblo, 01 de enero 1982).



La emoción embarga al crack Benigno Pérez Valverde (mi profesor de educación física en La Salle), cuando dentro del ómnibus que los trasladó del aeropuerto a la ciudad, miles de aficionados y personas de toda condición social, ovacionaron a los jugadores, flamantes campeones nacionales.


La foto realmente no necesita leyenda. Es Arequipa que ayer se volcó a nuestro Plaza Mayor para recibir a su equipo predilecto que trajo consigo el título del ser el mejor del Perú y el pasaje para disputar la Copa Libertadores de América (El Pueblo).

Nota.- Todas las fotografías las tomé del archivo periodístico del diario El Pueblo.

2012/01/22

CUANDO ME FUI, NO ME ALEJÉ: ALADINO VIVE EN AREQUIPA

Pero sé que eres bueno y que algún día encontrarás un corazón a la altura de tu inocencia. Así termina el libro Los Inocentes de Oswaldo Reynoso. El graffiti de la foto es de Lima.

Por Orlando Mazeyra Guillén

Publicado en el diario El Pueblo, 22 de enero de 2012.

El narrador Oswaldo Reynoso Díaz (Arequipa, 1931) es, sin ápice de duda, uno de los clásicos peruanos contemporáneos. Si bien es cierto que, siendo muy joven, emigró a Lima y posteriormente a países como Venezuela y China; el grueso de su obra está ambientado en la capital del Perú, desde aquel notable debut literario con Los Inocentes (1961). Es por este destierro libremente elegido que, en el ámbito local, muchos críticos se muestran reticentes a incluirlo dentro del conjunto de los imprescindibles narradores arequipeños a secas; es decir, de aquellos que, habiendo o no nacido en Arequipa, han encuadrado su obra en la Ciudad Blanca (o, en todo caso, en la región Arequipa).

Veremos que, en el caso del autor de En octubre no hay milagros, nos encontramos ante un artista cuya segunda parte de su fecunda obra —a partir de su retorno al Perú en los inicios de los años noventa— está impregnada de rutilantes evocaciones que refieren a su infancia en Arequipa (vivió en el tradicional barrio de San Lázaro y participó en la revolución de 1950) y, cómo no, a sus fáusticos veranos en el puerto bravo de Mollendo (punto de quiebre en su vida). Haremos especial énfasis en su novela breve En busca de Aladino (1993), hermoso trabajo en donde, con su extraordinario halo poético, intenta volver, en sus propias palabras, a lo que debió de ser la maravilla de su adolescencia en Arequipa, que no es (no fue) otra cosa que la limpia moral de la piel, a contrapelo de una ciudad conservadora que atentaba contra su espíritu tan sensible como libérrimo.

EL ESCAPE DE LA REPRESIÓN EN BUSCA DE UNA FELICIDAD LLAMADA ALADINO

Reynoso confesó en una entrevista que, cuando era adolescente, le urgía escapar de una sociedad tan pacata como la arequipeña. No obstante, y parafraseando a Fito Páez, luego de leer sus tres últimas entregas literarias: Los eunucos inmortales (1995), El goce de la piel (2005) o Las tres estaciones (2006), podría decirse que, cuando se fue, no se alejó: «Realmente, yo de todas maneras quería salir de Arequipa, porque era un lugar demasiado tradicional, machista, represor. Al homosexual se le miraba como a una lacra, como a una persona enferma y, al mismo tiempo, significaba una vergüenza y una carga para la familia. Había algunos homosexuales muy conocidos, que en cierta forma se habían impuesto, porque trabajaban en la Corte y algunos eran profesores universitarios. Pero tenían una vida muy dolorosa. Eran la mofa de la ciudad. El Colegio de La Independencia Americana, cuando celebraba un aniversario, organizaba un desfile de carros alegóricos y representaban a la Corte de Justicia como un nido de maricones. Por otro lado, había una gran represión religiosa. Lima, en ese entonces, se presentaba como una ciudad un poco más abierta, sin tanta opresión, lo que no quiere decir que no la hubiera»[1].

DESIERTO, MAR Y SEXO: ALADINO RONDABA POR AREQUIPA

Luego de una larga estadía en la China pos-maoísta, vuelve al Perú y escribe una nouvelle titulada En busca de Aladino, donde el autor narra su tentativa quimérica de encontrar al mítico personaje de Sheherezada (¿o encontrarse a sí mismo, reinventarse, valiéndose de un personaje ficticio?).

Y, a través de las páginas del libro que traemos a colación, descubrimos que nada educa mejor que la frontera y la distancia. Así, el narrador sucumbe ante la añoranza y se pone cara a cara con sus mejores años —la educación sentimental— en su patria chica: «Ahora, cuando en Beijing escribo este relato después de diez años del viaje a Xinjiang, encuentro en mi libreta de apuntes lo siguiente: “Siempre tuve miedo al desierto y al mar. Desierto, mar y sexo: iguales”. Y es posible que al llegar a Turfán haya sentido el estremecimiento de mi infancia en la campiña de Arequipa: calor seco, verdes campos de cultivo reptando por laderas pedregosas hasta la falda de los volcanes cubiertos de nieve»[2]. La irresistible presencia de Malte, en medio de la arena y el mar mollendino, en las páginas posteriores, pone en relieve ese homo-erotismo tan frecuente en la obra reynosiana: «Das la vuelta y me miras: en tu rostro descubro la inmovilidad completa del tao y el pecado no existe: sólo la límpida moral de la piel y en las playas de Mollendo donde por primera vez vi el mar yo tenía catorce años y era casto por miedo al infierno inculcado en oscuras y abovedadas iglesias de sillar donde ardían grandes cirios como avisos luminosos anunciando los tormentos de Satanás y con el brazo extendido la renuncia a los pecados de la carne y antes la muerte que el sexo como mártires cristianos y ahí en la playa con Malte y otros amigos en la noche marina jugando a tumbarse unos a otros sobre la arena y luego conturbados Malte grita: Ahora, a corrérsela»[3].

EL ATEO SEXUAL COMO PERTURBADOR SOCIAL

El mérito de Reynoso va más allá del mero recuerdo de ambientes (el mar, iglesias, playas, campiña mistiana, plazas, etcétera) o momentos trascendentales en la historia arequipeña, pues cumple la atingencia de Mario Vargas Llosa: ser el eterno aguafiestas. No se trata, desde luego, de una mera especulación el estimar que, de haberse afincado en Arequipa, sería, incluso hoy en día, un réprobo.

Luego de su merecida consagración (en los años sesenta llegaron a acusar a su novela En octubre no hay milagros de hediondez pornográfica; hoy es un libro que se considera imprescindible dentro del Plan Lector Nacional), nos conviene acogerlo, comprenderlo en su real dimensión —una estética que funde la calle, la taberna, quizá hasta el hampa, con la poesía— y abrazarlo a través de una lectura ávida y libre de prejuicios: «Las mismas sociedades que exiliaron y rechazaron al escritor, pueden pensar ahora que conviene asimilarlo, integrarlo, conferirle una especie de estatuto oficial. Es preciso, por eso, recordar a nuestras sociedades lo que les espera. Advertirles que la literatura es fuego, que ella significa inconformismo y rebelión, que la razón del ser del escritor es la protesta, la contradicción y la crítica. Explicarles que no hay término medio: que la sociedad suprime para siempre esa facultad humana que es la creación artística y elimina de una vez por todas a ese perturbador social que es el escritor o admite la literatura en su seno y en ese caso no tiene más remedio que aceptar un perpetuo torrente de agresiones, de ironías, de sátiras, que irán de lo adjetivo a lo esencial, de lo pasajero a lo permanente, del vértice a la base de la pirámide social. Las cosas son así y no hay escapatoria: el escritor ha sido, es y seguirá siendo un descontento»[4]. Oswaldo Reynoso es un escéptico de la fe cristiana, pero un firme prosélito de la moral corporal. Dejó de creer en Dios a partir de su descubrimiento del sexo. Ese momento, diáfano y esplendente, lo hizo un deicida más; un artista comprometido que, en palabras del crítico Gustavo Faverón, es «un autor que parece haber asumido la responsabilidad de recibir él los golpes, estrellarse con las vallas y experimentar los deslices para que otros vengan detrás y encuentren el camino más o menos desbrozado»[5]. Estamos, en conclusión, ante un estilista de la palabra que no sólo nació y vivió dos décadas en Arequipa, sino que asume su misión de perturbador social, de contestatario por antonomasia: un narrador arequipeño cabal cuya obra es el resultado de una Arequipa que lo atribuló, pero, a su vez extraña paradoja, azuzó su desencuentro con el mundo, para regalarnos novelas memorables: «Siempre me he considerado un ateo sexual, porque dejé de creer en Dios después de mi primera masturbación frente al mar. Esta experiencia de inicios de mi adolescencia la he narrado en varias formas en los relatos que he escrito en los últimos años. Mi primaria la hice en un colegio de Hermanos Cristianos de La Salle (…) Recuerdo que había un Hermano que nos hablaba mañana y tarde de los horrores del infierno. Nos hacía poner la mano sobre la llama de una vela y cuando la retirábamos para no quemarnos nos decía: el infierno son millones de millones de velas que arden eternamente y en su puerta hay un gran letrero que dice: por siempre jamás, es decir para toda la eternidad. Luego nos hablaba de los pecados y ponía un especial regusto en describir con detalle los diferentes pecados de la carne que podían acosarnos. Para terminar la función nos hacía levantar la mano derecha al estilo fascista frente al altar mayor para hacer la renuncia a Satanás y a la carne y la entrega de nuestra propia vida si alguna vez pecábamos sobre todo contra la carne. Antes la muerte que el pecado, resonaba nuestra promesa en la oscura y abovedada iglesia de sillar»[6] . En los años cincuenta, Reynoso decidió irse de Arequipa —a la que sólo ha vuelto de visita o para recibir merecidos homenajes—, no obstante, jamás se alejó de la tierra que lo vio nacer. Concluimos que no debió buscar a Aladino en la lejana China, sino empezar por casa, aquélla que siempre sabrá acogerlos, a Aladino y a él: que son uno solo, una portentosa ficción.

REFERENCIAS

[1] Entrevista a Oswaldo Reynoso, Revista Casa de Citas Nº 4, 2007.

[2] Reynoso, Oswaldo, En busca de Aladino, 1993, pp. 13-17.

[3] Reynoso, Oswaldo, En busca de Aladino, 1993, p. 30.

[4] Vargas Llosa, Mario, La literatura es fuego,1967.

[5] Faverón, Gustavo, El amor es un dios materialista. Revista Hueso Húmero Nº 47, 2005.

[6] Entrevista a Oswaldo Reynoso, diario Página 12, Argentina, 2009.

2012/01/10

Eduardo Rada: las nuevas iglesias son los malls

Eduardo Rada, además de una vasta formación académica, cuenta con cinco colecciones de libros, entre poemas, cuentos y ensayos. Además dirigió la Cátedra Walt Whitman en el Instituto Cultural Peruano Norteamericano del distrito de Miraflores (Lima), donde tradujo el Canto de mí mismo que fue publicado por la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP). Desde el año 1997 dirige la Cátedra de Estudios Occidentales y Orientales en el Centro Cultural Ricardo Palma donde actualmente enseña a los Clásicos Orientales más importantes de China, India y Japón. El lunes 9 de enero tuve la suerte de conversar con él, sentados en el atrio de la Catedral de Arequipa.



«Cuando estuve estudiando un posgrado en Estados Unidos me di cuenta de la importancia del lenguaje poético, porque es sintético, directo. Sin duda, hay distintas formas de hacer poesía, pero la que a mí me interesa es la poesía transparente, precisa, lo demás, creo, es palabreo. La poesía es esencia. La poesía que sobrevive es la que hace tomar conciencia a la gente. La escritura de poesía no es —como piensa Platón— un goce estético de deshojar margaritas. Es un tomar conciencia para descubrir la verdad (y la mentira), para descubrir cómo nos atropella la sociedad, cómo nos descerebra el sistema, cómo nos enceguece. Lamentablemente la educación tradicional no nos ayuda a tomar conciencia: ¿para qué nos sirve sacar un título o conseguir un cartón?»

—Usted ha incursionado en el periodismo.

He hecho periodismo cultural en radio. Entrevisté a alrededor de quinientos poetas hasta que la dictadura nefasta de Alberto Fujimori y Vladimiro Montesinos me sacó del aire por defender la democracia.

Los medios capitalinos y la cultura

«Son medios capitalinos y capitalistas. La prensa escrita, por citar sólo un ejemplo, ha vuelto a la página cultural una prolongación de los chismes del espectáculo y de la superficialidad. Shakira sale en una página completa del periódico más conocido del Perú —El Comercio— y de Poesía en el Parque, que tenemos más de quince años, con las justas sale una línea: los viernes a las siete de la noche».

Poesía en el Parque: una apuesta de larga vigencia

«Es una propuesta que traje de los Estados Unidos con la idea de la poesía masiva, democratizar la poesía, que ésta no sea elitista, que llegue a todos, a los extramuros del mundo, como diría Verástegui. El año 1990, hicimos Poetas por la Paz, contra Sendero Luminoso y contra el MRTA, con jóvenes poetas peruanos de distintas universidades. El año 1992, en la destrucción de Tarata, hicimos Poesía en el Parque de Miraflores como un evento anual, una maratón contra el terrorismo y se mantuvo durante diez años. El año 1996 nació Poesía en el Parque de manera semanal. Entonces esto demuestra que todo pasó y la poesía quedó. Y la poesía es muy actual porque es como el twitter: hay que ir al grano, no hay que palabrear más, ya nos cansamos del palabreo. Entonces la poesía se ha renovado y la gente no se ha enterado… y los poetas tampoco».

¿Qué circunstancias lo han traído a Arequipa?

Todos los años vengo a Arequipa en dos oportunidades. Mis amigos viven en Arequipa, me alojo en la casa de mi mejor amigo. Volver a Arequipa es como retornar al pasado, es como no olvidar nuestras raíces: con la modernidad perdemos a la familia, a las amistades, no tenemos tiempo para nada, ojalá no lo perdamos. ¡No hay que perder las raíces! Lo que vale en el mundo global es ser local, cuanto más local eres, más global puedes llegar a ser porque marcas una diferencia. Arequipa es una tierra maravillosa…

Pero nos estamos limeñizando…

Limeñizando, europeizando, norteamericanizando… y olvidando el valor real que tenemos. Nos estamos globalizando a la mala. Y la globalización se transforma entonces en una despiadada tiranía mediática y tecnológica.

¿Poesía en el Parque en Arequipa?

Habría que tomar el reto de Lima y no ver solamente a Lima como el enemigo, como el monstruo centralista, sino que también copiemos cosas buenas de Lima.

¿Cómo enganchar a la gente? Para algunas personas escuchar poesía es una pérdida de tiempo…

Dicen ellos, pero una pérdida de tiempo es ver una telenovela o un noticiero o escuchar a un político que habla sandeces. La poesía es conciencia colectiva, yo invito al alcalde o al presidente de la región a que hagamos, acá, en la plaza de armas: tres minutos por persona y listo. Nos han hecho pensar que a la gente le interesa un comino la cultura y que la cultura es algo elitista, pero la cultura es lo humano, nace de la vida cotidiana, de alguna manera en este momento estamos haciendo poesía, estamos tomando conciencia de la escritura como medio para despertar a la gente. Pero hay un problema central: la educación que nos hipnotiza. La sociedad es un cáncer y el método para propagar este cáncer es la educación. Con la educación te convierten en un zombie, en un descerebrado. Antes era la religión, pero como ya la religión entró a otro nivel, ahora la educación es el método.

Salimos de las cavernas para entrar en las tabernas

¿Qué religión profesa?

La poesía. Yo me hice poeta, aunque suene a cliché, cuando leí el poema Masa de César Vallejo, porque me enseñó que la poesía es de todos. El poeta tiene un don: la palabra. Y la poesía también tiene que renovarse, tiene que utilizar el power point, tiene que utilizar los videos, las redes sociales, internet, para llegar a la gente. No podemos quedarnos en las cavernas… Salimos de las cavernas para terminar en las tabernas y ése es un problema.

Las nuevas iglesias son los malls

«Hay intereses creados que evitan una auténtica difusión de la cultura: la iglesia y los monopolios, las grandes transnacionales. Ahora, en Arequipa, están orgullosos porque tienen malls gigantescos. Las nuevas iglesias son los malls. Creemos que hay que copiar a los otros para ser iguales a ellos. Nuestro valor supremo, digo yo, es lo que más nos avergüenza, ¿y qué nos avergüenza más? Ser mestizos. ¡Somos mestizos, somos una fusión y eso es la comida peruana que está en boca de todos en el mundo! Algún día estará la cultura peruana en boga y no lo hemos sabido aprovechar a Mario Vargas Llosa en el buen sentido de la palabra».

Reciclando a Ernesto Sabato

«En el año 2001 estuve en Argentina y leí una frase de Ernesto Sabato que me llamó mucho la atención: la vida se vive en borrador. Yo le arreglé el final: la vida se vive en borrador, pero la poesía la pasa en limpio. Ese es el trabajo del poeta: reciclar».

¿Por qué escribe?

—Lo primero que se me viene a la cabeza: para no aburrirme. Segundo: para conocerme. Y tercero: para tener conciencia.

Y uno toma conciencia —o, al menos, intenta hacerlo— cuando conversa con el jovial Eduardo Rada, Doctor en Administración de Negocios Globales en la Universidad Ricardo Palma, Master en Sociología, en Psicología Social y en Literatura Inglesa, además de estudios en Filosofía y Literatura en la Universidad Estatal de New York, quien está, una vez más de paso, por la Ciudad Blanca para no perder contacto con los amigos (y con el añorado pasado): «Como te decía, yo vengo a Arequipa dos veces al año, para recordar lo que no hay que olvidar, para recordar que la modernidad mal entendida es un peligro si es que no somos conscientes, Arequipa todavía está a tiempo, pero, si nos vamos a rodear de malls como antes de iglesias, vamos a ser un “producto de consumo” y nada más… Vengo a Arequipa como para reencontrarme con el pasado y ahora me encuentro con Wong, con Metro, y me sorprende que la gente esté fascinada con esto en vez de estar fascinada con la Plaza de Armas, el convento de Santa Catalina o con la Catedral…»

Uña y mugre

Salvador Arteaga era el mejor amigo de mi padre. Uña y mugre. Luego de compartir las aulas de la facultad de derecho de la Universidad Nacional de San Agustín, trabajaron juntos, desde muy jóvenes, en el estudio de abogados Berciani y, al parecer, éste se había sentido bastante incómodo por aparecer con nombre y apellido en mi última novela
Lee la historia completa acá: Orlando Mazeyra Guillén: Uña y mugre - Badosa.com

2012/01/05

Justicia popular


Por Giovanni Barletti

Miró por la ventana una vez más y a tiempo retiró la cabeza, una piedra hizo trizas el vidrio y avivó los gritos de la multitud enardecida.

—Agarra la puerta, huevón. Hay que esperar a que venga la policía —le dijo a su asistente que, confundido, corrió hacia la puerta y se apoyó en ella.

Agazapado tras la cortina permaneció mirando a las personas que seguían acumulándose fuera de la casa y escuchó con claridad cómo cedía la reja y las patadas que descargaban contra la puerta principal. Cogió su teléfono y revisó la lista de sus contactos hasta dos veces, completamente desconcentrado, sin decidirse a llamar a alguien. Barrió rápidamente el suelo y pasó varios minutos en el baño bajando la palanca del inodoro y dejando correr el agua; salió sacudiendo dos botellas y las colocó debajo del escritorio, luego se dejó caer en su sillón sin dejar en ningún momento de fumar, secándose constantemente el sudor del rostro con el puño de su camisa. Desde ahí repasaba mentalmente la sucesión de los hechos y se levantó para examinar la superficie de uno de los sillones. Por último hizo una llamada breve y apoyó todo su peso contra la puerta, junto a su asistente, que prefirió permanecer en silencio.

De repente las sirenas de un patrullero acallaron los gritos, dos policías fueron informados al instante de los hechos e hicieron lo posible por despejar la entrada. La muchedumbre crecía a cada minuto y muchos no sabían qué había pasado, estirando el cuello llegaban a mirar a una mujer desfalleciente y a varias señoras que le hacían aire con lo que tenían a mano; también llamaba la atención un grupo de niños que lloraba sin tregua y por la excitación general concluían que se trataba de algo grave. Aquellos extraños no sabían si entristecerse o sentirse afortunados ya que la desgracia, cualquiera que sea, esta vez no les tocó a ellos.

Pronto penetraron en el edificio y se condujeron por el camino que casi todos conocían bien, subieron las escaleras y arremetieron contra la puerta de la oficina. Los gritos de una mujer se hicieron audibles en medio del escándalo, era la madre del asistente y clamaba por la integridad de su hijo, que nada tenía que ver en el asunto. Esa pausa se le antojó inacabable y permaneció mirando una franja de cielo límpido que se colaba por el hueco de la ventana. Calculó la hora y pensó que su esposa e hijos lo estarían esperando para almorzar, jugando en el jardín, sin preocuparse por nada. Claramente pudo verlos en ese momento, pero su ensueño se vio interrumpido por los golpes enfurecidos de la tromba. A lo lejos las sirenas de los patrulleros se hacían presentes y calculó esta vez cuánto tiempo tendrían que aguantar la puerta para poder entregarse a las autoridades.

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Giovanni Barletti (Moquegua, 1988) Estudia Derecho en la UCSM de Arequipa. Publicó en el 2009 la colección de cuentos El que no corre vuela y más recientemente Dabai, Chelo, dabai.