Advertencia para el lector

«Rechazado o aceptado, perseguido o premiado, el escritor que merezca este nombre seguirá arrojándoles a los hombres el espectáculo no siempre grato de sus miserias y tormentos.»
Mario Vargas Llosa, La literatura es fuego.

2012/09/29

FERNANDO AMPUERO, ¿ACASO UN PERUANO PERFECTO?

En la foto, de izquierda a derecha: Julio Ramón Ribeyro, Fernando Ampuero y Toño Cisneros. HOY, SÁBADO 29 DE SETIEMBRE, PRESENTA A LAS 7 P.M. SU ANTOLOGÍA PERSONAL EN LA FIL AREQUIPA.


Por Orlando Mazeyra Guillén

«No pensé que fueras tan alto», me dijo Fernando Ampuero cuando lo abordé momentos antes de la presentación de su  Antología Personal (Punto de Lectura, 2012) en un conocido restorán miraflorino. Un comentario banal que se le puede hacer a  quien uno acaba de conocer, pero que traigo a cuento porque recuerdo que, en uno de sus libros, él señala algo que, en vez de pertinente aclaración, me sabe a rotundo embeleco: «nada personal tengo contra los sujetos de baja estatura. Muchos de mis amigos son personas pequeñas, por quienes siento enorme respeto, afecto y admiración: gente abierta y simpática, almas transparentes que saben que la calidad humana no se mide con un centímetro». ¿La bonhomía tiene relación con la estatura de las personas? Claro que no. Un narrador tan ducho como Ampuero, sin duda, lo sabe (aunque el estereotipo lo lleve concluir que todos los no limeños somos necesariamente cortos de estatura).
Este comentario, en vez de quedar como una mera anécdota, me lanzó a indagar, otra vez, acerca de los indefinibles límites entre realidad (verdad) y ficción (mentira). Quizá algunos, por qué no, tenemos especial fijación en la apariencia física, es decir, en la envoltura antes que en el contenido. Por ejemplo, en su última novela El peruano imperfecto (Alfaguara, 2011) parece poner en práctica —¿deliberadamente a medias?— el streaptease invertido explicado por Mario Vargas Llosa en Historia secreta de una novela. Pedro José de Arancibia, el álter ego de Ampuero, «es alto y delgado, de porte atlético, tiene el buen gusto de no teñirse las canas y, bendición de sus genes del lado paterno, carece de arrugas». Corro ahora el riesgo del exabrupto al convencerme de que acá hay un exhibicionismo desbocado que delata algo que llamaremos una de las obsesiones de este importante narrador nacido en Lima en 1949: mirarse al espejo. Ejercitar una vanidad galopante. Lo cual no es delito, sin embargo me interesa poner en relieve, pues quizá sea una de las razones por la que es resistido por mucha gente (la entrevista que le hice fue censurada en una novel revista limeña porque el director lo consideraba un escritor antipático. Ésta finalmente apareció en el diario El Pueblo de Arequipa).
«La verdad está en la ficción. En ella es donde el termómetro espiritual da su medición exacta», afirma Martín Amis y uno como lector de El peruano imperfecto —ironías de por medio— puede encontrarse con la medición exacta de la estatura espiritual del autor de uno de los mejores cuentos peruanos que yo haya leído: Taxi driver, sin Robert DeNiro.
«¿Qué es hoy el Perú? —se pregunta Pedro José de Arancibia— No lo sé, ni tampoco sé si alguien lo sabe. Si unos siglos atrás se mencionaba esta palabra, Pirú o Perú, el habitante de otros mundos pensaba en los incas, El Dorado o el Cusco, o bien imaginaba la Lima vista por los viajeros, europeos y decimonónicos, y por Ricardo Palma, las tapadas y algunas leyendas pintorescas. Ahora, para nativos y extranjeros, la traducimos en imágenes: pisco sour, cebiche, papa a la huancaína, Titicaca, Vargas Llosa,Machu Picchu, líneas de Nasca, líneas de cocaína». Este último Ampuero, como se podrá notar, a pesar de ser entretenido, es prescindible y ligero. Yo prefiero a aquél que luego de darse unas vueltas por la calle Ocoña, la que él llama el Wall Street del dólar informal, decidió escribir una novela, Caramelo verde (1992), «conjuro indispensable (sea usted autor o lector) contra el sinsentido de la existencia».
También me declaro lector atento del Ampuero que nos acerca con solvencia al autor de El viejo y el mar, uno de sus escritores predilectos: «Todo el mundo quiere a Hemingway. Todo el mundo lo odia. Los valores que animan su obra, dicen algunos, ya no interesan. ¿Quién admira a un cazador en un mundo ecologista?  ¿Quién celebra a un boxeador en plena decadencia del machismo? Aquellos que lo quieren, rescatan la tensión y belleza de su estilo, claro, sencillo, cero colesterol, así como la calidad de sus cuentos, que consideran-lo-mejor-de-su-universo-creativo. Los que lo odian, lo tildan de obsoleto. Ambas opiniones sacan lustre al lugar común. Sin embargo, Hemingway sigue entre nosotros. Y esto, por cierto, no se debe a que hoy nos apasione la pesca, los toros, la guerra o el alcoholismo, sus temas recurrentes. Nos apasiona, creo yo, lo que está detrás de su enorme y publicitadísimo vitalismo: la soledad y la derrota
Ampuero alguna vez me dijo que si a Shakespeare le hubiera tocado nacer en estos tiempos, lo más seguro es que hace rato lo hubieran mandado a parir. Aprecio también al narrador que sabe dar sobrios consejos a aquellos que le confiamos nuestras tribulaciones literarias: «en este mundo ya nadie triunfa. El triunfo es una ilusión óptica, ya que la humanidad ha perdido el carnet de trascendencia. Uno no debe buscar eso. Uno solo debe buscar hacer las cosas cada día mejor. No temerle al fracaso. El fracaso es un cómplice, un aliado: muchas veces nos da una mano para salir del hoyo. Como decía el gran Cortázar, la vida es caer y levantarse».
Para matizar mi impresión, quizá apresurada, sobre este reconocido periodista (y, desde luego, también poeta) dejo una de las preguntas que le formulé hace pocos meses:
En el mundillo literario limeño se habla mucho de su vanidad, el periodista Beto Ortiz ironiza sobre su legendaria pose "ta-qué-rico-que-soy". En esto, ¿cuánto hay de verdad y cuánto hay de mentira (envidia)?
—¿Qué raro que esa gente piense que soy vanidoso? —me respondió— ¿No estarán todos equivocados? La vanidad, en todo caso, es un saludable movimiento del alma. Cura la melancolía y sirve de antibiótico natural contra la infecciosa impertinencia de quienes nos malquieren. 
Yo me arriesgo: él es un peruano perfecto. Y además, claro que sí, un narrador de polenta.


2012/09/25

Chismografía y escándalo: CARTA ABIERTA A CARLOS MENESES CORNEJO (director del diario El Pueblo)

Esta foto de una ex prostituta brasilera que se desnudó en la FIL Arequipa fue la portada del diario El Pueblo de Arequipa del lunes 24 de setiembre. El día anterior se había homenajeado a Edgardo Rivera Martínez y, además, había presentado un nuevo libro de cuentos el ancashino Óscar Colchado Lucio. El diario El Pueblo no sólo no los menciona en la portada, sino que no aparecen en ninguna página interior. Lamentable. 

Arequipa, martes 25 de setiembre de 2012.

Sr. Don Carlos Meneses Cornejo
Director Periodístico del diario El Pueblo de Arequipa
Presente.-

Quien le dirige esta misiva, sabido es por usted, colabora periódicamente en su medio periodístico con entregas de índole cultural —artículos, entrevistas, crónicas y ficciones; sólo por citar a algunos de los personajes que he incluido hasta el momento en mis notas: entrevista al periodista César Hildebrandt, al cantautor Daniel F, la actriz Tatiana Astengo, el periodista Guillermo Giacosa, el escritor arequipeño Oswaldo Reynoso, el historiador Juan Guillermo Carpio Muñoz, al biógrafo de Mario Vargas Llosa, J. J. Armas Marcelo, los escritores limeños Alonso Cueto y  Fernando Ampuero, etcétera—, y no he percibido (ni percibo) por éstas ninguna retribución (ni siquiera un ejemplar de cortesía del diario). Y, si me lo permite, lo seguiría haciendo, pues para quien la literatura y el periodismo (o una bienhechora amalgama de ambos) constituyen un placer, no espera nada a cambio… pues en el ejercicio de ambos ya encuentra la mejor recompensa.
            Así como he publicado diversos textos —¡ay!— también he sido censurado en no pocas publicaciones como, por ejemplo, una nota nocturna sobre los fletes arequipeños o algún relato autobiográfico que apareció en el semanario limeño Hildebrandt en sus trece. Sin embargo, hay que hacer de tripas, corazón, y seguir para adelante: escribir, escribir y escribir.
            En no pocas ocasiones se me ha dicho que El Pueblo es un diario conservador y poco afecto a los escándalos o noticias morbosas que busquen herir susceptibilidades y, por lo tanto,  hay que tener cuidado con las notas que uno pretende publicar. Y todo esto es comprensible (quiero decir, respetable): uno no puede imponerse por sobre la línea editorial de un medio periodístico, pues es ésta la que lo sostiene y define. Esto viene a cuento porque me sorprendió sobremanera que el día viernes 21 de setiembre no se informara nada sobre la inauguración de la IV Feria del Libro de Arequipa, la cual es el evento cultural más importante de la ciudad que ningún medio de prensa puede (ni debe) permitirse pasar por alto. El día domingo, en cambio, apareció una nota firmada por el señor José Carlos Mestas, bajo el desafortunado título «Brasilera enseña cómo no dar un mal “polvo”», se le dedicó casi media página para contarnos la historia de una ex puta brasilera que se presentó en el recinto ferial del Parque Libertad de Expresión (de la presentación, en simultáneo, del consagrado escritor arequipeño Oswaldo Reynoso no se dijo ni pío).
            Un enemigo de la censura como yo celebra esta inesperada, y ojalá no fugaz, apertura del diario El Pueblo; aunque sí, vale aclararlo, considero que la actividad que llevó a cabo la hermosa señorita brasilera era más acorde para ejecutarse en una zona rosa (de la que todavía carecemos) que en una feria libresca (la compatriota de la  desaparecida escritora Clarice Lispector decidió mostrar sus tetas en un lugar al que acuden padres de familia con su hijos, muchos menores de edad, para buscar algún libro y, ¡oh, sorpresa!, se encuentran con un show putañero gratuito).
            Hay un viejo dicho que reza: está bien culantro… ¡pero no tanto! El día lunes 24 de setiembre la dama de compañía jubilada prematuramente apareció en la portada de El Pueblo que, considerándola una de las noticias más importantes de la ciudad, informó: “Vanessa de Oliveira se desnudó ayer (sic) en el estrado principal del auditorio José Ruiz Rosas de la Feria Internacional del Libro (…) antes de que se produjera la espectacular acción, la escritora autora de siete libros sobre sexo cayó del estrado sin hacerse daño”.
¿Qué quiere decir civilización del espectáculo?, se pregunta Mario Vargas Llosa y, de inmediato, él mismo nos da su respuesta: “la de un mundo donde el primer lugar la tabla de valores vigente lo ocupa el entretenimiento, y donde divertirse, escapar del aburrimiento, es la pasión universal. Este ideal de vida es perfectamente legítimo, sin duda. Sólo un puritano fanático podría reprochar a los miembros de una sociedad que quieran dar solaz, esparcimiento, humor y diversión a unas vidas encuadradas por lo general en rutinas deprimentes y a veces embrutecedoras. Pero convertir esa natural propensión a pasarlo bien en un valor supremo tiene consecuencias inesperadas: la banalización de la cultura, la generalización de la frivolidad y, en el campo de la información, que prolifere el periodismo irresponsable de la chismografía y escándalo”.
            Chismografía y escándalo. ¡Lo que vende! Si el pueblo quiere circo, pues no seamos cortos ni perezosos: ¡hay que dárselo! ¿Verdad? El día domingo por la mañana se presentó un escritor imprescindible en la narrativa peruana: Edgardo Rivera Martínez, autor de la celebrada novela País de Jauja, finalista del premio Rómulo Gallegos y considerada la mejor novela peruana publicada durante la década de los noventa. Más tarde presentó su primera publicación en Arequipa (Travesía Editora) otro escritor peruano de primera fila como el ancashino Óscar Colchado Lucio, autor de la novela Rosa Cuchillo y de La casa del cerro El Pino (cuento ganador del premio Juan Rulfo 2002, organizado por Radio Francia Internacional). Fue lamentable, decepcionante, triste, no encontrar el día lunes 24 de setiembre ni una sola mención a estos autores peruanos. Ni una sola mención en el diario que usted dirige (pero sí la foto en portada de una brasilera con las tetas al aire, un evento que había ocurrido ya dos días atrás). Los libros no importan, sin embargo, un par de senos —sobre todo si son importados de Brasil— se venden como pan caliente. Mejor que mejor si salen en portada.
            Acierta otra vez el Premio Nobel de Literatura, MVLL, cuando nos informa que “en nuestros días, en que lo que se espera de los artistas no es el talento, ni la destreza, sino la pose y el escándalo, sus atrevimientos no son más que las máscaras de un nuevo conformismo. Lo que era antes revolucionario se ha vuelto moda, pasatiempo, juego, un ácido sutil que desnaturaliza el quehacer artístico”. No he presenciado ese triste espectáculo de la ex-hetaira pues, a la misma hora, estuvimos presentando el nuevo libro del escritor arequipeño Oswaldo Reynoso, no obstante, sí sabíamos a qué venía la brasilera.
Luego de todo esto, esfumado el estupor y la contrariedad, también me siento estafado. Sobre todo si el día viernes 21 de setiembre, tres conocidos periodistas que han trabajado con usted (Jorge Turpo, Christian Ticona, Carlos Rivera) junto a escritores como Giovanni Barletti y quien le escribe, participamos de una mesa sobre “La bendita (o maldita) manía de contar historias” en el auditorio de la Biblioteca Regional Mario Vargas Llosa. Un auditorio que lucía casi en tinieblas. “No tenemos micrófonos”, nos dijo uno de los jóvenes colaboradores de la FIL. Nosotros insistimos y, a pesar de todos estos percances, llevamos a cabo el evento. Luego nos empezaron a cortar la luz. Cualquier incauto hubiera pensado de que se trataba de un boicot. No, no era eso: desorden, caos… y no habíamos prometido un show de calatos.
            En  aras de la pluralidad y de la libertad de expresión tan manoseadas espero que usted publique esta protesta que quiero hacer pública a través de su medio. Las autoridades tienen mucho que ver en esto: el señor Juan Manuel Guillén Benavides que sólo aparece en las fotitos cuando el Nobel nos visita y mejor ni mencionar a nuestro alcalde que no pierde el tiempo en lanzarse a las piscinas de Tingo para buscar portadas o entregar medalla de la “cultura” a todo aquel que aparezca en la televisión (no local, el requisito es aparecer en canales limeños, por supuesto). Alfredo Zegarra Tejada que le pone Palacio de Bellas Artes Mario Vargas Llosa a un coliseo horroroso que más parece un platillo volador (pero, claro, no se puede hablar mal del señor alcalde porque pone publicidad en el diario, por eso también sacaron las columnas del reconocido sociólogo José Luis Vargas Gutiérrez).
¿Es cultura todo este embeleco? No, es una farsa montada con la aquiescencia de todas nuestras autoridades locales. La culpa también es nuestra, porque los elegimos (¡y hasta reelegimos al impresentable Guillén tapándonos las narices!). En esta provinciana ciudad también somos presas de la civilización del espectáculo que en todo se entromete y lo deforma. Hoy por hoy, en nuestro país, el periodista más influyente de nuestra televisión es Beto Ortiz (si no que lo diga nuestro presidente regional que también tiene  varias fotitos con él en la biblioteca regional, pero coloca a gente inepta a cargo del auditorio que lleva el nombre de nuestro mejor novelista en la Feria del Libro del parque Libertad de Expresión). Todos sabemos el por qué. La culpa es nuestra: de todos los lectores y televidentes que no reclamamos y mantenemos un silencio cómplice. Como leí hace mucho en un libro de Eduardo Galeano: HEMOS GUARDADO UN SILENCIO BASTANTE PARECIDO A LA ESTUPIDEZ. ¡Basta ya! ¿En qué momento se jodió Arequipa, don Carlos Meneses?

            Atentamente,
ORLANDO MAZEYRA GUILLÉN
DNI 40764299