Advertencia para el lector

«Rechazado o aceptado, perseguido o premiado, el escritor que merezca este nombre seguirá arrojándoles a los hombres el espectáculo no siempre grato de sus miserias y tormentos.»
Mario Vargas Llosa, La literatura es fuego.

2014/06/29

Tú lo haces mejor

En Hildebrandt en sus trece Nro. 208 del 27 de junio de 2014
En la edición 208 del semanario Hildebrandt en sus trece aparece la historia Tú lo haces mejor. La semana pasada apareció Y beberé de nuevo. Acá un fragmento de la última historia:

Se había señalado el tumor que, poco a poco, se apoderaba de su vientre.
—Acá está todo, acá —repitió—. ¡Acá!
Me aproximé a la puerta sin despedirme de mano. Supuse que ese viejo sórdido tenía una crisis nerviosa o que estaba desvariando (quizá producto de algún fármaco). Ahora todo era feo, anómalo, pernicioso: su comportamiento, su salud, el horrendo decorado de su vivienda, su café, la barriga tocada por la muerte. 

2014/06/26

Qué lindo sería ser durante 5 segundos él

"Messi es de esas personas que tú piensas que no está... pero está", dice Sabella.
¿Cuál es tu sueño?
-Y jugar en la selección argentina.
Mascherano dice: "Qué lindo sería ser durante cinco segundos él".
 Álex de la Iglesia es un director español que no me convence. Sin embargo el tráiler de esta película emociona y promete mucho. Lo esperamos atentos.


2014/06/24

Luis Suárez y la rabia / Mondragón el más viejo de todos

Así mordió el uruguayo Luis Suárez al italiano Giorgio Chiellini.
Ésta es la marca del delantero uruguayo Luis Suárez. ¿Aparte de ordenar siete pruebas antidopaje a un equipo centroamericano también la FIFA hace pruebas para detectar la rabia? Hace unos días el uruguayo dijo que, cuando era niño, veía a Gabriel Omar Batistuta como su modelo. No, Batistuta siempre fue un caballero dentro y fuera de cancha. Al Bati no le llegas ni a los toperoles, Luisito Suárez. La FIFA tiene la palabra: muerto el perro... se acaba la rabia.

Yo era un mocoso que coleccionaba El Gráfico cuando Faryd Camilo Mondragón ya atajaba en Independiente y ganó la Supercopa Sudamericana en Brasil (en el Maracaná ante Flamengo) con el equipo del que es hincha Andrés Calamaro (y que acaba de volver a primera división).
Mondragón es el jugador más veterano de la historia de los mundiales (jugó los últimos 5 minutos del partido Colombia 4 - Japón 1).


2014/06/14

¡El "Puma" Carranza presidente!

En Hildebrandt en sus trece Nro. 206, viernes 13 de junio del 2014.
Acá un fragmento de ¡Carranza presidente!, una historia en Hildebrandt en sus trece:

En su fuero íntimo, le parecía injusto que un don nadie, un personaje gris, fuera el nuevo mandamás.
–Sí –le dije–. Gané por mayoría.
Recuerdo que en aquella ocasión –rociada de anisado, chicha de jora y cervezas– di un breve discurso citando, de memoria (y seguramente mal), un hermoso prólogo de un libro de cuentos de Gabriel García Márquez –Doce cuentos peregrinos–, en donde el colombiano contaba que, a través de un sueño que le permitió presenciar su propia muerte –habría que decir, su propio entierro–, cayó en la cuenta de que morir era no estar más con los amigos.
Pocos de mis compañeros tomaron en serio ese mensaje. Quizá por que no supe darlo, pues soy un mal orador y un pésimo ‘político’. 

2014/06/13

Amo el fútbol y por eso detesto los mundiales


Escribe: César Hildebrandt

Los mundiales siempre han sido un fraude. Lo fueron cuando Chile, a patadas, sacó a Italia de la competencia en 1962. O cuando Italia, a la mala y al estilo fascista, obtuvo la copa en 1934. O cuando Argentina, para pasar a la siguiente ronda, goleó a un Perú vendido y maniatado en 1978. O cuando Inglaterra venció a Alemania después de un gol fantasma en 1966. O cuando Materazzi hizo expulsar a Zidane. O cuando Didí, con su perversa alineación, nos obligó a perder frente a Brasil en 1970. Y no sigo porque me cansa esta enumeración de la cochinada en pantaloncito.

Ayer, un japonés que parecía Fujimori decidió que Brasil tenía que ganar con su ayuda e inventó un penal donde sólo hubo una caída histriónica. Eso, muchos minutos después de no haber expulsado al sobrestimado Neymar por agredir a un rival. La falta imaginaria y el gol deshonroso del impune Neymar hicieron que Croacia adelantara sus líneas lo que facilitó el tercer gol de Brasil. Me hizo recordar a Wembley en 1966, cuando los alemanes, desesperados por empatar luego del gol validado indebidamente a los ingleses, precipitaron el desenlace. A mí me encanta el fútbol por las mismas razones que a los demás mortales: porque en el juego uno ve lo que en la vida es muy difícil de ver. En el fútbol alguien gana, hay metas  cumplidas, emociones. La grisura de la vida, en cambio, carece de arcos. En la vida de las gentes no hay goles que cantar. La vida es un empate ceniciento con un rival que es uno mismo. Por eso se ama el fútbol: porque
de esos minutos sale un neto vencedor y un claro derrotado y todo es fácil de ver y de apreciar. Una suma, una resta, una copa, un grito: eso es el fútbol. En la vida hay, por lo general, un atasco en el medio campo, una sobrepoblación en las defensas y una multitud de arqueros que te impedirán la pasión del gol. El score en las lápidas, el resumen aritmético de las vidas, debiera ser 0-0. En la vida no hay tiempo suplementario ni definición forzada por penales. La parca mira su reloj y te la canta. Nada más.

Amo el fútbol y por eso detesto los mundiales, que son lo más parecido a la FIFA, esa mafia de sebosos probablemente suizos que organizan los resultados, escogen a sus sicarios de pito en la boca y se quedan con el grueso del dinero. El fútbol se maleó el día en que la FIFA fue la ONU de la pelota, el Consejo de Seguridad de los campeonatos, la Cosa Nostra de los penales por encargo. Lo de ayer fue una vergüenza más. Brasil, que tiene a un millón de japoneses en su seno, ganó pero dio náuseas futbolísticas. Es la medianía vestida de verde, pero el destino trazado en Zúrich quiere verlo campeón de entrecasa. Y así será, si es que las cosas salen según lo planeado por Blatter.

Miraré este Mundial con especial escepticismo. Con la suspicacia de la experiencia. Con la sospecha que se merece un juego donde el factor mafia –los árbitros, encarnación de la FIFA– sigue siendo decisivo. El día en que las computadoras se hagan cargo de las decisiones y los penales se calculen por parámetros de movimiento y fricción y los fueras de juego por ojos justos y electrónicos y los fouls por referentes de una memoria maquinal, ese será el día en que el fútbol será confiable. Mientras tanto, a seguir creyendo que los partidos son impredecibles. Que en eso consiste la ilusión del Mundial.

Publicado en Hildebrandt en sus trece.

2014/06/11

Ansiosos por el fútbol: once remates al arco

Stábile, Kempes, Messi, Maradona, Batistuta y Caniggia.
«Ni pálpitos ni cábalas. Cada vez me importa menos qué camiseta tienen los jugadores que me brindan la alegría del juego bien jugado. Eso sí, mi mujer, Helena, y yo estamos muy atareados. Desde que estamos juntos en la vida, hace 38 años, el primer día de cada Mundial colgamos en la puerta de entrada un cartel hecho por nosotros mismos que dice “cerrado por fútbol” y no lo quitamos hasta que hay campeón».

Eduardo Galeano
UNO

            —Papi, ¿cuándo vas a volver a jugar como en los videos?
            Ésta fue la pregunta que le hizo una de sus hijas a Diego Armando Maradona en 1996, año en que se recordó que una década atrás, en 1986, el astro argentino le marcó el gol del siglo XX a Inglaterra en el estadio Azteca de la ciudad de México. A raíz de esta anotación, Hernán Casciari, escritor argentino, escribió un notable relato titulado «10.6 segundos»: el jugador da en total 44 pasos, y toca la pelota 12 veces, siempre de zurda, la jugada completa dura 10.6 segundos.

DOS

El día de la final de la copa del mundo de Francia 1998, donde el local, en el Stade de France, enfrentaba al en ese momento campeón defensor del título, Brasil, le preguntaron a un niño francés:
—¿Quién quieres que gane el partido?
El muchacho, sin titubear, dijo:
—¡Brasil!
—¿Y por qué quieres que gane Brasil si tú eres francés?
—Porque ellos son muy pobres.
¿Alguien alguna vez habló del fútbol y la religión como el opio de los pueblos? Basta, por favor.

TRES

            —Nosotros nos odiamos más —le dijo a Juan Villoro el chofer que lo recogió en el aeropuerto de Ezeiza (Buenos Aires). En una crónica el escritor mexicano nos cuenta que el taxista: «se refería al encono entre los equipos que protagonizan el clásico de la ciudad de Rosario (de donde son oriundos Lionel Messi y Ángel Di María): Newell’s Old Boys y Rosario Central (los «leprosos» y los «canallas», respectivamente). En el trayecto, el taxista le contó cosas acerca «de la capacidad de ira de los suyos y la desgracia de la tía Teresita, apóstata de la familia que se negaba a apoyar al equipo canalla. El eje de su discurso era el rencor. En los grandes días, el fútbol era asunto de desprecio, y nadie odiaba como un canalla [es decir, un hincha de Rosario Central, como Fito Páez]. Por desgracia, los medios inflaban repudios menores, como Boca-River. El piloto remató su argumento en plan teológico: Dios está en todas partes pero despacha en Buenos Aires».

CUATRO

Se equivocó el notable escritor suicida David Foster Wallace cuando afirmó que en los deportes masculinos nadie habla nunca de belleza, ni de elegancia, ni del cuerpo. Claro que sí: no hay nada más bello que ver lanzar un tiro libre a Juan Román Riquelme o gozar de una pared de Andrés Iniesta con Lionel Messi. ¿No recuerdan acaso la elegancia del juego de Enzo Francescoli? ¿Ya olvidaron su apodo? ¡Príncipe! Claro, el apelativo no es gratuito: pocos futbolistas son tan elegantes como Enzo, ese crack uruguayo que derrochó talento en los noventa con la camiseta del Club Atlético River Plate. Un ferviente admirador de Francescoli (que disfrutó de su paso por el fútbol francés cuando el delantero uruguayo fue campeón de la liga francesa con el Olympique de Marsella) no tuvo mejor idea que ponerle Enzo a su hijo (el mejor homenaje del hincha: darle el nombre de tu ídolo a tu vástago). Me refiero a otro elegante, majestuoso, excepcional jugador: Zinedine Zidane, el monje, o Zizou, llámenlo como quieran. ¿Y el cuerpo? No han notado cómo se eleva Diego Godín, ese defensor uruguayo y arquea el cuerpo antes de dar un testazo certero. Sí, es el héroe de discreto, no el de Vargas Llosa, sino el de Madrid. La prensa madridista  le puso ese apelativo luego del decisivo gol contra el Barcelona que le dio el título de la liga española al equipo de Joaquín Sabina y compañía.

CINCO

Y hablando de héroes discretos… Mario Vargas Llosa fue cronista del mundial de España 1982, y algún periodista aprovechó para preguntarle al novelista arequipeño algo que, al parecer, todavía no tiene respuesta precisa: ¿Qué es Maradona? ¿Un marciano o acaso un barrilete cósmico como lo denominó, en 1986, el periodista uruguayo naturalizado argentino Víctor Hugo Morales? Vargas Llosa largó una respuesta contundente: «Maradona es una de esas deidades vivientes que los hombres crean para adorarse en ellas». Exacto: uno de esos dioses vivientes que los hombres crean para adorarse a través de ellos. MVLL hablaba de Maradona, pero —casi siempre, cuando elogia a un artista descollante— también hablaba de él mismo. Estoy convencido.

SEIS

«Soy partidario de un fútbol más urgente y menos paciente. Porque soy ansioso. Y también porque soy argentino», confiesa Marcelo Bielsa, entrenador obsesivo, compulsivo, frenético, quien, también ha confesado que consume clonazepam para controlar la ansiedad durante los partidos. Una ansiedad perentoria, sin duda, que lo hizo renunciar a la selección argentina cuando él pasaba por su mejor momento. Y es que el fútbol también es inexplicable, contradictorio.
Cuando no aceptó la oferta de Manuel Burga, admiré mucho más a Bielsa.


SIETE

Octubre de 1997. Estamos bebiendo cerca de la plaza de Armas de Cusco. Disfrutamos de nuestro viaje de promoción en el ombligo del mundo y calentamos motores para alentar a la selección nacional. Jugamos el penúltimo partido de las eliminatorias rumbo a Francia 1998. El clásico del Pacífico. Sí, Perú contra Chile. Un hincha convicto y confeso no necesitará que le explique que contra Chile nunca es un partido más.
Decía que se equivocaba David Foster Wallace diciendo que en deportes como en el fútbol no nos fijamos en la belleza, ni en la elegancia, ni en el cuerpo. Sí, lo hacemos, por supuesto. Pero acierta cuando afirma: «Los hombres pueden profesar su “amor” al deporte, pero ese amor siempre se tiene que proyectar y representar con la simbología de la guerra: la oposición entre avanzar y ser eliminado». Claro que sí sobre todo —hablando de los mundiales— a partir de los octavos de final: matar o morir. Así de simple.
Wallace menciona «la jerarquía, el rango y el estatus, las estadísticas obsesivas y el análisis técnico, el fervor tribal y/o nacionalista, los uniformes, el ruido de la barras, los estandartes, el entrechocar los pechos, el pintarse la cara con los colores de tu equipo, etcétera (…) Por razones que resultan difíciles de entender, a muchos los códigos de la guerra nos resultan más seguros que los del amor».
Lo dicho: Perú-Chile nunca es un partido más. Está en juego otra cosa. Nos dicen que dejemos atrás rencillas del pasado, que demos vuelta de página, que somos países hermanos y, mucho bla bla bla, sin embargo todo eso se hace polvo cuando Gary Medel, un volante chileno vence al guardameta rojiblanco Raúl Fernández y se dirige a la tribuna popular en donde están agolpados todos los hinchas peruanos (muchos de ellos migrantes, compatriotas que viven en Santiago) y hace un gesto de asco, de mal olor: ¡apestan, lárguense de aquí! Sí, lo sé, un futbolista no representa a un país —ni siquiera Maradona o Pelé representan a Argentina o Brasil según corresponda— pero es inevitable: el fútbol es una guerra simbólica y está bien que sea así a condición de que tengamos claro que la batalla (siempre simbólica) empieza en el minuto cero y termina en el noventa.
Decía, pues, que estaba en Cusco esperando el Perú-Chile: si empatábamos estábamos con un pie en Francia 1998. Clima optimista. Chile estaba presionado, tenía que ganar sí o sí. Entonces jugaron su partido aparte: recibieron al equipo de Oblitas con banderas del morro de Arica, muñecos que representaban a Grau y éste lucía ahorcado. La selección peruana, como casi siempre, arrugó en Santiago. Nos clavaron cuatro —Marcelo Salas besó el escudo de la camiseta mapocha en la cara del guardameta Balerio, un uruguayo nacionalizado peruano— y luego hasta un carabinero agredió a nuestro capitán: Juan Reynoso, actual entrenador del Melgar.
En el living del hotel cusqueño yo lloré y no quería saber nada. Otra ilusión rota. A mis amigos se les pasó rápido la pena: se cambiaron y se dirigieron a una discoteca muy concurrida a buscar gringas o lo que hubiera. Yo no pude: me quedé llorando en mi habitación mientras escuchaba los comentarios vía Radio Programas del Perú.

OCHO
El himno de Italia 1990 es la mejor composición musical futbolera que he escuchado. El de 1990 es un mundial que me remite a Maradona, el más brillante de todos los futbolistas que vi jugar, y a la magia de Goycochea, el atajapenales. No siempre gana el mejor, lo sabemos todos —«somos once contra once», repite como loro el pelotero peruano antes de una nueva derrota—: si este deporte estuviera regido por la lógica entonces el partido Brasil-Argentina de octavos de final de 1990 hubiera terminado, mínimo, 6-0, a favor de Brasil, por supuesto. Pero no. Si el rival es notoriamente superior en técnica, en trabajo en equipo, puedes suplir tus carencias con «huevos», sí, con lo que ponen las gallinas o lo que Luján Manera llamaba «la fuerza testicular». El fútbol es un deporte viril y «el futbolista peruano es muy blando» (Sergio Markarián dixit).

NUEVE
Un acto de fe: siempre es mejor jugarlo que verlo. La atención que tienes que prestar a los movimientos de tus pares: compañeros de equipo y rivales. Los desplazamientos, tu ubicación en la cancha y, sobre todo, el desplazamiento del balón. Concentración pura. Te distraes y cagas. Cuando tienes miedo del rival tienes que utilizar esa angustia como un impulso. Maradona utilizaba la bronca como combustible y Jorge Valdano hablaba del miedo escénico, saltar a un estadio repleto de hinchas. No sólo hay que enfrentar al rival sino a la tribuna, sobre todo cuando juegas de visita o no sabes ser local a estadio lleno como le ocurre a mi equipo de fútbol: el Melgar. Sí, es mejor jugarlo que verlo. Te olvidas de todo: de la chica que te dejó, de los problemas en casa, de que ya no hay plata en la billetera. Una válvula de escape: un grito de gol, aunque no haya tribunas y sólo tú y algunos pocos amigos celebren la conquista.

DIEZ
            —¡Me mataste, me mataste! —exclamó Carlos Salvador Bilardo negándose a elegir entre el placer que produce meter un gol o el que produce el orgasmo. Años después, Luis Figo dejó dicho que ver jugar a Messi es, precisamente, «como tener un orgasmo». Habría entonces que replantearle la pregunta al entrenador argentino: ¿qué le produce más placer? ¿Hacer el amor con su mujer o ver jugar a Lionel Messi?

ONCE

            «A once personas se les acelera el pulso al usarla… al resto se nos acelera con sólo mirarla», rezaba la publicidad que aparecía en los años 90 en la contratapa de la revista deportiva El Gráfico con la camiseta argentina. Una buena forma de anticipar lo que ocurrirá durante el mundial: los privilegiados dentro del césped, dejando la piel por sus colores. Y los exonerados en la tribuna… o, ¡qué nos queda!, siguiendo las incidencias a través de un televisor o una computadora. Hasta una radio sirve cuando no hay imágenes si es que la imaginación es buena. Peor es nada. O, como diría el loco amor de Tilsa Lozano luego de una nueva derrota de la selección, Juan Manuel Vargas: «Es lo que hay».

2014/06/09

Este 10 de junio estaremos en "Martes literarios" de la Alianza Francesa

El martes 10 de junio a las 7 de la noche en la Alianza Francesa.
Gloria Mendoza Borda tuvo la gentileza de invitarme a los Martes Literarios de la Alianza Francesa. Recuerdo que la primera vez que fui invitado a este evento recién estaba terminando mi segundo libro de narrativa, La prosperidad reclusa. Era junio del 2009. Cinco años después, y con otro libro publicado, vuelvo a conversar, esta vez con Carlos Rivera, sobre mi obra narrativa y a leer algún texto inédito. Están todos cordialmente invitados.

Lugar: Alianza Francesa de Arequipa 
(calle Santa Catalina 208).
Día: martes 10 de junio. Hora: 7 p.m.
INGRESO LIBRE.

2014/06/07

Mi última historia en Hildebrandt en sus trece 205

En Hildebrandt en sus trece Nro. 205
Mi última historia ya aparece en Hildebrandt en sus trece Nro. 205.
Acá un fragmento:

(...) durante el velorio se apareció, con un pequeño arreglo floral, Abimael Guzmán Reinoso. Algunos testigos, como el portero, inclusive hablaban de una “lanchaza”: un viejo Dodge negro que permaneció encendido, echando de rato en rato un espeso humo obscuro por el tubo de escape, en la puerta del colegio mientras Guzmán ingresaba a la comunidad de los Hermanos para despedirse de quien fuera uno de sus más recordados maestros.

2014/06/02

Ella

Her (Ella) una brillante película de Spike Jonze.
«Tal vez en esta ocasión hubiera podido llenar ese hoyo en mi corazón, pero probablemente no. ¿Sabes? A veces siento que ya he sentido todo lo que voy a sentir jamás. Y que, de aquí en adelante, nunca voy a sentir algo nuevo: sólo versiones pequeñas de lo que ya he sentido (…) No sé lo que quiero… nunca. Siempre estoy confundido y ella tiene razón: todo lo que hago es lastimar y confundir a los que me rodean

Vamos, no tengas miedo: enamórate de un sistema operativo. A ver qué pasa…
Joaquín Phoenix la rompe en el papel de Theodore, un hombre con alma de mujer que escribe hermosas cartas de amor. Samantha es, literalmente, su amor cibernético: la hermosa voz que proviene de un sistema operativo dotado de una sorprendente inteligencia artificial. Y, así, la amistad se torna en algo intenso (más intenso que un amor de carne y hueso).
La historia es singularísima, emotiva y transmite: te pone en la piel de Theodore. Una película que lo deja a uno con una sensación de un vacío increíble. Pero también pleno. El final es redondo. ¡Muy buena!
Spike Jonze, quien escribió y dirigió Her, es un capazo.