2007/05/30

¿Estamos aquí, o en Jauja?

A País de Jauja, y a todos los jaujinos que habitan en mí.

I

“Todos vuelven a Jauja... menos yo”, solía decir mi papá mientras descansaba alegremente en una de las dos mecedoras gemelas que había en esa desangelada ramada que era, para ambos —aunque más para él—, el bastión del letargo y la añoranza.
Me hablaba siempre, mezclando ansia y deseo, de un paraje, ahora remoto, de invencible belleza, magia y colorido en el que él había crecido: “Allí aprendí todo lo malo, todo lo bueno y todo lo feo... lo agradable y, también, lo insoportable, lo tonto y lo ridículo”.
—¿Tú sabes que fue la primera capital del Perú? —preguntaba dejando rezumar un secreto orgullo que modulaba con discreción su semblante.
—Me lo has repetido tanto que prefiero olvidarlo.
—Es que, en realidad, muy pocos lo saben, hijo; casi nadie. Y los que lo saben lo ignoran, o prefieren olvidarlo, como lo haces tú.
—Estamos en Lima, papá, la única capital. Lima es el Perú. Yo nací aquí, aquí viviremos; y aquí también moriremos: Jauja es tu pasado. ¡Mira para adelante, ahora ésta es nuestra casa!
—Todos vuelven a Jauja... menos yo.
—¿Quiénes son Todos?
—Nadie —respondía sin ganas y cerraba los ojos, como para que nadie, que no sea él, se asome en lo que parecía ser algo estrictamente privado: su tierra y sus recuerdos más nítidos.
¿Quiénes eran Todos? ¿Sus familiares? ¿Sus amigos? No lo sabía, a veces me dejaba llevar por la intriga y, con persistencia, reformulaba la misma pregunta con alguna que otra variante. La respuesta no admitía nuevos esbozos y siempre era terminante (con los ojos cerrados): Nadie.

II

Cuando papá desfallecía, yo estaba poderosamente convencido de que él me pediría una sola cosa: que lo entierren en Jauja. Pero me equivoqué: no fue un, sino dos pedidos; y fueron más simples de lo que yo vaticinaba:
—Te pido dos cosas, nada más, toma nota si puedes, porque tú y tu madre no tienen buena memoria.
—Te escucho atento, papá.
—Quiero una estampita de la Mamanchic Rosario.
—¿De quién? —pregunté azuzado por mi ignorancia.
—¡Mamanchic Rosario! La patrona de Jauja —levantó la voz y, por un instante, pareció recuperarse—. Me la pones en el bolsillo de mi camisa, mirando hacia el cielo... hacia la eternidad...
—¿Qué más, papá? —le preguntaba tomando una de sus temblorosas manos y tratando de contener el llanto—. Pide lo que quieras.
—Quiero huaynos en el sepelio. Tu madre sabe cuáles son los que me gustan. Es todo: siempre fui un hombre simple y déjame decirlo con vanidad.
—Si quieres nos vamos mañana mismo para Jauja, tal vez ahí te recuperas. No conozco tu tierra. Vamos, papá, ¡quiero conocer Jauja!
—No, hijo, a ti nunca te interesó mi Jauja... y quizá estuvo bien. Moriré en Lima y así debe ser: todos vuelven a Jauja... menos yo.

III

Dicen que nuestros padres muertos viven en nosotros y que, igualmente, nosotros, al morir, viviremos en nuestros hijos. Debe ser cierto, porque desde que murió mi padre siento como, no sé, una especie de nostalgia de Jauja. Ahora tengo una voluminosa colección de huaynos jaujinos que iluminan mis tardes dominicales (el primer par de discos lo compré para el sepelio de mi padre, tal como él me lo encargó), me enamoré del picante de cuy y del ajiaco de papa. He decorado mi cuarto con una enorme foto de la Plaza de Armas de Jauja que contemplo arrobado al levantarme, y sobre la cabecera de mi cama se erige la imagen de la Mamanchic Rosario.
Eso no es todo: acabo de terminar de leer una hermosa novela. Se llama País de Jauja y, gracias a esta extensa lectura, ahora hago lo que debí hacer hace mucho: viajar a Jauja en busca de mis raíces.
“Ya falta poco”, afirma la señora del asiento delantero y siento que la emoción y la pena se confunden con la altura y me desestabilizan. En menos de una hora llegaré y todo habrá terminado (o, quizá, recién ahora comenzará). Siento como si ya hubiera venido antes, tal vez es papá que está dentro de mí... o tal vez todo esto sea sólo una mentira que trato de sostener como sea para soportar su muerte. No lo sé. Pero ahora ya sé quiénes eran Todos, esos Todos a los que se refería mi viejo:
—Todos vuelven a Jauja... menos yo.
Esos Todos eran sus Recuerdos. Todos volvían a Jauja menos él: porque esa cárcel que era su cuerpo no lo dejaba escapar de esa Lima en la que siempre se sintió un foráneo, un convidado de piedra.
Ahora ya nada le impide volver, porque ese cuerpo —esa prisión— se extinguió para siempre: él ya volvió (y volverá conmigo), él ya está en Jauja (y arribará conmigo).
Papá: estás ausente y, a la vez, presente. Eres nada y, a la vez, todo. Ahora eres eternidad y Jauja el punto de encuentro, el epicentro de tu universo espiritual donde, inagotables, estallan los recuerdos que alimentan tu —mi— alma.
—¿Estamos aquí, o en Jauja? —me pregunta mi mamá al despertar. Me quedo callado. Le acomodo el chal y le alcanzo una revista para entretenerla y, así, evitar una respuesta desafortunada que disipe su perplejidad.

Este relato apareció en Letralia.

2007/04/24

Los peligros del betún


Tengo miedo de embetunar mis zapatos, soy muy torpe como mi padre (a él no lo conozco, pero eso es lo que me repite mi mamá cuando hago algo mal, o sea, casi siempre). Si yo pudiera, desaparecería mis zapatos, porque cada vez que intento lustrarlos, algo malo pasa, y termino con las medias grasientas, manchadas. Y, así trate de ocultárselo, mi madre parece bruja: siempre me descubre. Me da dos cachetadas antes de perseguirme con el chicote. Ahí no acaba todo: cuando regreso de la escuela, me castiga haciendo lavar mis medias y también la ropa de todos... A veces pienso que me gustaría ser como Fabricio, el limpiabotas de la plazuela que hay a media cuadra de mi quinta... sus medias son viejitas, pero son las más limpias del mundo. Además, él no va a la escuela y, lo mejor de todo, tampoco tiene mamá.
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Los peligros del betún apareció en la edición de Abril de La Siega, revista de literatura, arte y cultura.

2007/04/09

SE PROHÍBE ESTAR TRISTE (*)



En el portal literario chileno Letras.s5.com aparecen los comentarios de Erick Tejada acerca de URGENTE: Necesito un retazo de felicidad.

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Hace ya varias décadas, algún audaz poeta adosó una severa advertencia entre las métricas páginas de su obra mayor, padeciendo quizá, aún con optimismo, las agonías del mundo contemporáneo. Aquel –a todas luces– ignorado letrero decía tajantemente: “SE PROHÍBE ESTAR TRISTE”.

Ya entre nosotros, otro aviso, acaso de la misma especie, es el que preside desde la tapa esta colección de cuentos ensamblada por Orlando Mazeyra Guillén; uno que dice: “URGENTE: NECESITO UN RETAZO DE FELICIDAD”. Este llamado impaciente, podría ser tranquilamente, el coro de las multitudes de todos los tiempos, y así, podría ser también el hilo de continuidad de las historias escogidas para esta compilación.

Estas lecturas, que discurren entre lo cotidiano y lo recurrente (la soledad, el cuerpo, el amor, la locura, la muerte, la violencia, lo absurdo, la “primera vez”…), acusan casi siempre un ritmo sereno, tensionado sólo a veces por el contrapunto de una prosa exacta y una trama obscena.

Los profusos discursos introspectivos de personajes y narradores, recrean esa facultad que, según han dicho los sociólogos optimistas, distingue a la modernidad tardía: la reflexividad, esto es, la capacidad de los individuos de posicionarse crítica y reflexivamente frente a las instituciones, frente a las totalidades heredadas de la modernidad. Para los menos complacientes, a los que personalmente me suscribo, se trata simplemente del reino postmoderno de la incertidumbre.

Con todo, en estas historias se ensayan caminos hacia la felicidad que, como ha dicho Alfredo Bryce, “no es más que la condición natural ‘óptima’ de nuestro ser terrenal”. O bien, en su defecto, se testimonia su ausencia. Así, por ejemplo, una puta que se llamará Infancia puede ser un buen pretexto para intentar ser feliz cuando no se es más un infante; mientras que un ojo izquierdo trastornado y vidente, evoca sin filtros visiones tan íntimas y tan ajenas, que resultan graciosamente tormentosas.

Las ficciones de Orlando Mazeyra Guillén, como él mismo sugiere con el epígrafe que toma de Ernesto Sábato, brotan de un mundo defectuoso e imperfecto. La postmodernidad es, pues, un tiempo definido no por lo que es, sino por lo que ha dejado de ser, y donde, como ya se ha dicho, lo único que se da por descontado, es decir, las únicas certezas, son la inseguridad y la incertidumbre.

Así, uno puede encontrarse con una hija con sobrepeso para los cánones estéticos dominantes del occidente, a la que Mazeyra hace balbucear entre sus malestares anímicos el discurso postmoderno del cuerpo como el último reducto de la libertad y de la agencia humana. Nótese la paradoja, subrayada por Zygmunt Bauman, donde la libertad supuestamente conquistada por la humanidad en nuestros días, sólo puede redundar en la angustiante sensación de impotencia para modificar nuestro entorno. Así, la preocupación obsesiva por la gordura, y a fin de cuentas el cuerpo, es, como ha explicado este gran pensador contemporáneo, uno de los últimos recursos de la autonomía individual sobre una de esas parcelas del sufrimiento producidas por la condición postmoderna, a través de la cual se canaliza el terror por la desprotección y la disolución del sentido de comunidad y de lo público. Se trata pues, de la privatización también de los miedos, lo que hace imposible enfrentarlos colectivamente.

De manera tal, que en medio de esta orfandad, y tal como indica Bryce, el amor se convierte en el último refugio del sentimiento de pertenencia de hombres y mujeres; de ahí la extraordinaria importancia que, hoy por hoy, la pasión amorosa reviste. Mazeyra también así lo ha fabulado, y por eso uno de sus personajes “sufre en silencio; canta sintiendo que, por culpa de ella, la soledad está adherida a todo su ser”. Y, cuando en el penúltimo párrafo del cuento, el personaje se deshace irreversiblemente de los que mensajes de la mujer que lo desdeña, por lo que llega a sentirse “victorioso, pero también desolado”, Mazeyra ilustra con sutileza esa trágica secuencia, en donde la aflicción de saberse aislado y de correr a solas con las alegrías y las penas, es el correlato inevitable del éxito individualista, de la individualidad privatizada.

En “Ella siempre está”, el cuarto relato de la colección –si es que uno lee el libro como “rollo chino”, “del principio al final, como niño bueno–, Mazeyra nos sujeta a la lectura con un lenguaje amable, elegante y profundo a la vez. La ceguera temida y aborrecida de una abuela al inicio, deja de serlo cuando quien narra descubre la omnipotencia creativa de sólo cerrar los ojos. La sosegada y pacífica belleza de estos párrafos demanda ser contemplada con el propio sentido, por lo que me limitaré a decir que en el diálogo postrero entre la fallecida y el narrador, en el altísimo suceso del “instante eterno” en que ellos saborearon “la Verdad como nadie nunca antes lo había hecho”, estalla, en opinión de este prescindible comentarista, el momento culminante del primer libro que Mazeyra nos entrega. Lo anacrónico del pasaje –recuérdese que la verdad y lo verdadero son rasgos de un tiempo fenecido– le aporta, inmejorablemente, solemnidad a este estadio cumbre de la prosa de Mazeyra.

“Todo comenzó en la Universidad” es el cuento más extenso de la antología, y es también la pieza que más de sociología incorpora en el discurso literario. En esta narración cadenciosa y proporcionada, escrita con el lenguaje preciso para neutralizar quizá la perversidad de sus tópicos, es posible toparse con la peruanidad que nunca fue más que añicos, retazos inconexos de un proyecto fallido. La obscenidad del racismo es contada con la naturalidad con la que aquí es vivida, y a continuación enerva y apasiona al lector. Mazeyra logra su explícito propósito de llevarnos hasta el final de la historia, dejando en el camino bellezas de catálogos, hijitos de papá, bravatas oligárquicas y regionalismos insulsos en clave de humor negro; el poema “La ciudad de los extremos” es un divertido manifiesto postbelaundista del arequipeñismo menguante. Y para el veloz remate, se precipitan una Barbie cornuda, un negro degollado, un arequipeño sodomita, un inmigrante horrorizado y un antihéroe que al final se queda con la mujer.

Orlando Mazeyra Guillén ha dado cuenta en este libro de una vocación suya irrenunciable, cuya determinación puede percibirse con nitidez en la quinta lectura que aquí nos alcanza: “Escribes”, que es, de pronto, un involuntario manifiesto de su propio temperamento. El autor ha creado, ha vivido y ha hecho vivir con categoría esas “vidas alternas” que atribuye a uno de sus personajes, esas realidades paralelas que desde la literatura, el cine o la música es posible inventar para el consuelo del mundo y el alivio de los mortales. La irrupción creadora de Mazeyra ha dejado ya secuelas memorables, y le toca ahora imponerse a la fugacidad de una época que se empeña en hacer perecible y comercial a la virtud. De la resolución de esta historia estaremos al pendiente.

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(*) Erick Tejada Sánchez es estudiante de la Escuela Profesional de Sociología de la Universidad Nacional de San Agustín de Arequipa. Fundador de la Revista de Política y Cultura ESPERGESIA. Obtuvo el segundo premio en la Bienal Nacional de Cuento Mario Vargas Llosa 2003 y, también, el Tercer Premio del Concurso Beca BID América Latina 2005.

2007/04/02

Palabras de Oswaldo Reynoso

En el portal Libros Peruanos aparecen algunas de las palabras que pronunció Oswaldo Reynoso, la noche que presentó mi libro de relatos URGENTE: Necesito un retazo de felicidad.

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Mazeyra: Autor de raza
Por Oswaldo Reynoso

La narrativa de Orlando Mazeyra Guillén es muy fresca. "Urgente: necesito un retazo de felicidad" es un libro bien escrito. Aunque hay que aclarar qué significa "escribir bien", porque la gente cree que basta con tener un buen argumento para escribir un cuento; pero no se trata de eso. La literatura es un arte que se hace con palabras, y lo que se le debe exigir a un cuentista es que maneje bien su lenguaje y le dé sentido artístico a sus historias. Si no hay ese sentido artístico, el autor nos puede contar las historias más maravillosas del mundo (con las mejores técnicas narrativas del mundo), pero no es un creador.
En el libro de Mazeyra sí hay belleza: belleza en el uso de la palabra. ¿Y cómo se adquiere esa belleza? Es un misterio que, hasta el momento, ninguna ciencia –ni la psicología ni la sociología ni nadie– ha descubierto. ¿Por qué Picasso comienza a pintar y sus obras tienen ese valor? No se sabe. Y belleza es lo que yo he encontrado en los relatos de este libro.
Hay que recordar que cuando un escritor publica un libro con varios relatos, el lector puede toparse con diversos temas, en donde, por más esfuerzo que se haga, no se encuentra, no se identifica al escritor: es lo que yo llamo "florilegio" (la lectura del relato no nos dice nada en relación con el autor). Ésta no es una propuesta –consciente– del autor, sino, más bien, es el resultado de la concepción que el autor tiene del mundo, de su vida y del arte: lo que da unidad a un libro de cuentos con diferentes temas. Y, ¿cómo podríamos señalar esta concepción del mundo de Orlando Mazeyra? Repito, el autor no es consciente; pero, de pronto, en un relato aparece una frase que le da significado a todo el libro, y dice lo siguiente: "… si me pongo en su lugar, pienso que sería genial estar loco… para no ver la realidad o para verla con otros ojos…" (pág. 26). Este el fundamento del autor: sería genial estar loco para no ver la realidad o para verla con otros ojos. Y, efectivamente, en estos cuentos se ve la realidad (o con locura, o con otros ojos).
Pero, también, hay un relato corto que nos da la clave íntegra de la concepción del autor, de lo que quiere transmitir en este conjunto de historias, pues una lectura un poco ligera puede dar la impresión de que él toma diferentes temas. Pero, en el fondo, todo buen autor, toma temas centrales (con diferentes personajes y con diferentes situaciones). Ese otro relato que nos da la clave de lo que el autor nos quiere decir a través de todas las historias se llama "La Talega", y dice:


"Ese anciano de mirada perdida siempre camina arrastrando una pesada talega color cereza. Los cuentistas del vecindario dicen que adentro lleva tres enormes espejos. Dos de ellos ya están rotos: el primero lo rompió cuando descubrió su primera arruga; y el segundo fue a parar al suelo cuando contempló su primera cana. El tercer espejo sigue intacto… algunos arguyen que su avanzada ceguera le impide dar cuenta del último espejo. Yo creo que se romperá cuando el viejo esté cara a cara con la Muerte" (pág. 57)

"La Talega" es un hermoso y muy profundo relato corto, en el cual se sintetiza la intención artística de Orlando Mazeyra; intención que los lectores podrán encontrar al leer los otros relatos. Y, porque, además, hay historias que a uno, efectivamente, lo dejan en suspenso: son relatos abiertos (en donde el uno puede encontrar diferentes finales). No todos los cuentos de este libro tienen un argumento cerrado, sino que la historia se abre y es un estímulo para la imaginación del lector.
En este libro hay historias con algunos elementos absurdos –aparentemente absurdos– que le dan sentido a una vida; como en el caso específico del último relato, que es el que le da título al libro: "Urgente: necesito un retazo de felicidad". Cuando se lee ese relato, se siente, al final, una gran conmoción; que es precisamente lo que logra un autor de raza cuando se introduce en esta aventura de la escritura.

Oswaldo Reynoso
Lima, 8 de marzo de 2007

2007/03/21

El huésped



Llegó con una ruma de libros en los brazos. Me dijo que sólo se quedaría por unos cuantos días y que no se lo dijera a nadie. Pero ya lleva varios meses en casa. Es alto, muy alto. Mirada serena y barba tupida. Le gusta leer y escribir por las mañanas, escucha jazz por las tardes, y contempla a mi gata por las noches (en realidad, conversa con ella; es más: juraría que la enamora). Ayer me habló con dilección de una tal Maga y me contó una esplendente historia acerca de una Casa Tomada: "De ahí me vengo", me dijo con un relente de resignación, y me dio las buenas noches entregándome un libro con la indicación de que lo empezara a leer de inmediato. No le hice caso. Y ahora no puedo dormir: esa historia me ha trastocado.
Pensándolo bien, desde que llegó, él no ha hecho más que embadurnar mi vida de irrealidad e ilusionismo.
¿Cuándo se irá? ¿Habrá tomado mi casa?
La lámpara de mi mesa de noche alumbra la portada del libro.

Ya sé. Sólo me queda abrir el libro, perderme en las páginas y confundirme con los personajes que encuentre... sólo así podré escapar de esta ansiedad y de este huésped... de este visitante que quizá se vaya de mi casa; pero que, para bien o para mal, ya es parte de mi vida.

2007/03/13

“Creo que es el temor a la muerte lo que, de manera determinante, me ha lanzado a la escritura”


He colocado en la bitácora de mi libro URGENTE: Necesito un retazo de felicidad la entrevista que me hiciera el escritor Gabriel Ruiz-Ortega a propósito de la aparición de mi libro de relatos en la ciudad de Lima.

Acá un fragmento:


(...) La Muerte es, si no el que más, uno de los temas que más me persigue. En el cuento "Ella siempre está", por ejemplo, el título habla de la Muerte y su de su presencia permanente en mi vida. La Muerte es, también, el tema central de uno de los microrrelatos del libro: "La Talega".Creo que es el temor a la muerte lo que, de manera determinante, me ha lanzado a la escritura. Yo, al igual que el maestro Onetti, cuando era todavía un muchacho tuve un descubrimiento terrible; descubrí que todas las personas que yo quería iban a morirse algún día, de esa impresión no me he repuesto todavía. Por suerte, ahora puedo abrir el primer ejemplar de mi libro, que salió hace pocos días de la imprenta, y en esas páginas encuentro -más que frases elaboradas o historias memorables- una victoria simbólica: mi revancha ante la muerte... mi primera revancha, porque, sin duda, vendrán más. Puedo morirme mañana pero quedarán mis historias, invictas, esperando a un lector que talvez no llegue... pero si llega le habré ganado otra vez a la muerte. Lo que trato de decir es algo que ya dijo en alguna ocasión Reinaldo Arenas: la muerte siempre ha estado muy cerca de mí; ha sido siempre para mí una compañera tan fiel, que a veces lamento morirme solamente porque entonces talvez la muerte me abandone para siempre.

Lee toda la entrevista aquí.
En la foto: Juan Carlos Onetti, un cigarrillo y un libro, ¿para qué más?

2007/03/07

Invitación


Bizarro Ediciones se complace en inaugurar la colección de Narrativa de su sello editorial invitándolos a la presentación de URGENTE: Necesito un retazo de felicidad, primer libro de cuentos de Orlando Mazeyra Guillén. La presentación estará a cargo de los escritores Oswaldo Reynoso, Javier Arévalo y Max Palacios, editor de Bizarro Ediciones.
Fecha: Jueves 08 de marzo de 2007.
Hora: 7:00 P.M.
Lugar: JAZZ ZONE Av. La Paz 656 Pasaje El Suche MIRAFLORES (altura de la cuadra 4 de Alcanfores)
INGRESO LIBRE

2007/02/12

Literatura al Margen


Hoy, con una pifia en el nombre de la editorial, la Agencia peruana de noticias y la sección cultural del diario El Peruano dan cuenta de la aparición de Bizarro Ediciones. Acá, un fragmento de la nota:


Literatura al margen
Nueva editorial Bizarro Ediciones difundirá estética underground

Un nuevo sello editorial irrumpe en la escena cultural peruana. Se trata de Bizarro Ediciones y es dirigido por el narrador chiclayano Max Palacios. Esta casa editora nace, señala su fundador, con la intención de difundir la obra de escritores jóvenes que aborden temáticas marginales y underground.

Primeros lanzamientos serán de autores debutantes y jóvenes
El primero que circula en edición no venal es la maqueta de poesía de M. Samanez titulada Eskizos. Los otros dos son la selección de cuentos URGENTE: Necesito un retazo de felicidad, del arequipeño Orlando Mazeyra Guillén, y el libro experimental de poesía visual Recortes de la memoria. El libro de la sombra, obra conjunta de José Antonio Galloso y “Pescador”.
Max Palacios confiesa que su aspiración es que su sello cumpla un papel promotor, similar a la editorial Santo Oficio en la década de 1990. Señala como referentes de la estética que busca a los españoles Ray Loriga y al primer Juan Manuel de Prada, agregando que lo suyo va por lo vivencial, pues “lo metaliterario no va conmigo”.

En la foto: portada de mi primer libro de relatos.

2007/02/01

Postal del errante


Eric me anima, arengando a todo pulmón: lo vamos a lograr, ¡no mires hacia atrás! En mi mente el rostro de Irina se congela, rogando: por el amor de Dios, ¡no te vayas!, quédate conmigo. Siento latidos, espasmos que no provienen de mi corazón: es el mar, tiene vida y me advierte algo que mi desasosiego no logra descifrar. Eric se persigna mirando al cielo. La balsa se mece con una rara armonía y yo sigo con un pánico atroz, sin saber por qué tengo que huir a escondidas de mi única patria.

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Ésta es una de las tres microhistorias que acaban de aparecer en la Biblioteca Cervantes Virtual. Para leerlas pueden hacer clic aquí.

2007/01/22

Hermano Cerdo #11


Acaba de aparecer la primera entrega del 2007 de la Revista Literaria mexicana HermanoCerdo. Hay un texto mío, los que quieran ir al sumario, pueden hacer clic aquí.

2007/01/17

¿Pena de muerte, señor presidente? (*)

¿Pena de muerte, señor presidente? No. Y, no se haga el sueco, porque usted lo sabe: ésta no es sino otra muestra más de su consabida gimnasia actoral, de su pirotecnia populista, de su ilusionismo galopante.
Le ha sentado mal la amnistía colectiva, y a nosotros, los estafados, nos quedan poco más de cuatro año de cólicos recurrentes: esos que llevan su semblante de embustero redomado. Basta de cuentos, por favor. ¿Acaso Federico Danton fue vacunado contra la rubéola? ¿Acaso desapareció el carné del partido y se convocaron a los mejores? ¿Fue el examen a los profesores otra de las elucubraciones itinerantes de los compañeros para lucrar y amañar resultados?
Si en verdad usted cree en la pena de muerte, entonces que los malos mandatarios sean los encargados de probar el filo de las guillotinas. Nos hicieron cholitos otra vez, ésa es la única pena posible. La embriagadora pena que nos horada y nos acusa como pueblo que no se cansa de autoflagelarse. Para esta pena no hay vacuna ni cura… lo saben usted, Fujimori y todos los que exigen una nueva oportunidad para volver a equivocarse a costa nuestra.
(*)Texto editado en la sección Cartas de los lectores del diario La República (17/01/2007):

2007/01/04

La Revista AXOLOTL

Con un nombre sacado del venero cortazariano, la revista AXOLOTL de Argentina ofrece narrativa, poesía e imagen. También convoca al II Certamen Axolotl en los géneros de Cuento y Poesía. En la primera versión de dicho certamen 3:15 p.m. obtuvo una de las menciones.

2006/11/09

VOLVER

Me vas a hacer llorar, y los fantasmas no lloran...
Carmen Maura en Volver


Pues yo no soy un fantasma y puedo Volver a llorar y emocionarme como el que más con última película del ganador del Premio Príncipe de Asturias de las Artes. El tango que le da nombre a película –que muchos lo habrán escuchado de labios de Gardel– es, para mí, el detonante de la historia (o uno de los detonantes, como en el caso de la canción, en vivo, de Caetano Veloso en HABLE CON ELLA).
¡Volver a Almodóvar siempre será una experiencia fascinante!

2006/11/03

¿Aguantaré, doña Anselma?

"Doña Anselma era una vieja frutera serrana que, desde que llegué a parar aquí injustamente, había profesado un inexplicable cariño por mí..."

Léelo todo haciendo clic aquí.

2006/10/18

HermanoCerdo # 8

He publicado, en la octava entrega de HermanoCerdo, el relato Mi primera flaca.


Nadie pensó que HermanoCerdo llegaría al número ocho; tampoco nadie pensó que Rocky tendría una secuela número seis; mucho menos era de imaginarse que un coreano sería el Secretario General de la Organización de la Naciones Unidas (o miembro de nuestro consejo honorario). ¿Qué sigue? ¿Un Papa polaco? Últimamente los coreanos han dado mucho de qué hablar, y además, Philip Roth no ganó el premio Nobel de literatura. En HermanoCerdo, México, decimos: hay algo en Suecia que huele a podrido. Este número de HermanoCerdo se publica bajo protesta.
Nos sentimos muy orgullosos de este número ocho, y para demostrarlo hemos tenido encuentros sexuales con extraños en los ascensores. Tenemos un par de historias inéditas: "Viva la Tropicana" de Leonard Michaels, un maestro desconocido en Hispanoamérica, y "Eeldrop y Appleplex"; aparentemente el único texto de ficción escrito por T.S. Eliot y hasta hora inédito en español. A pesar de que es un número de lujo, tuvimos que prescindir del maestro Javier G.Cozzolino, escritor argento, pues no pudimos reunir los 500 dólares que nos exigía a cambio de una entrega más. HermanoCerdo está en quiebra.
Incluimos una crónica de Abril Olmos Loya sobre el Chicago de Saul Bellow: un recorrido por los bajos fondos puertorriqueños, salsa y estadísticas de bateo. También ficción de Eduardo Varas, J.S.de Monfort, Orlando Mazeyra, José Luis Justes Amador, viejo sabio. Nuestra sección en portugués dirigida por Edgardo Dieleke presenta "Contradança" de Paloma Vidal.
HermanoCerdo Internacional también estrena página donde pueden descargarse el número actual y los anteriores, artículos e historias selectas, así como las biografías de los miembros de la conspiración porcina.
Los editores

2006/09/21

La muerte siempre está

La muerte es, para mí, una de esas obsesiones tenaces que sabes que, hagas lo que hagas (y como Reyna a Maradona en 1985), siempre van a estar soplando tu nuca. Y, en cierto sentido, estoy agradecido por eso. Sólo quien valora la vida tiene miedo de morir.

No sé cómo hacerlo -talvez este relato sirva en algo-, pero hay muchas cosas que tengo que agradecerle a la vida, y, a su vez, tengo muchas cosas que agradecerle a la muerte (a mis pequeñas muertes personales y a las grandes muertes ajenas). Vida y muerte: de ambas aprendo… y a ambas estoy atado desde que nací (¿y hasta que me muera?).

Intuyo, como en el relato que es motivo de este post, que la muerte nunca es buena: es fría y oscura, es invierno eterno que entumece músculos y es, también, aura ponzoñosa que, en realidad, nos mata a todos. De a poquitos o de a pocazos, pero nos mata a todos. Porque la muerte de tu padre te mata un tanto, la muerte de tu abuela te agota otro poco y así sucesivamente… hasta que la muerte grande –la definitiva– disuelve a las pequeñas… para morir con ellas.
¿Hay que temerle a la muerte? Desde luego. Hay que temerle amando a su contracara -la vida, la que nos permite ser conscientes de nuestra finitud-; hay que temerle con un temor que, en el fondo, abrigue una esperanza. La esperanza de que también ella sea buena como esa suerte de sediciosa ingravidez que desvanece los sentidos... tan buena como esa sensación que me empujó a escribir LA MUERTE SIEMPRE ESTÁ, relato dedicado a María Jesús, mi abuela.
Lee el relato haciendo clic aquí.

2006/09/15

SE ARRIENDA: Bienvenidos a la cordura

El pasado es un país extranjero.
Allí hacen las cosas de otro modo

L.P. Hartley




Luego de saborear como el que más la victoria de Coronel Bolognesi sobre el Colo Colo de Chile (por la Copa Sudamericana, en el estadio Jorge Basadre de Tacna), decidí conseguir el primer largometraje del escritor chileno Alberto Fuguet. Antes ya había visto –más de cinco veces, solo y acompañado– Tinta roja (dirigida por Pancho Lombardi, tacneño hincha del ‘Bolo’) y leído la novela en cuestión.

No he visto película latinoamericana que esté en tanta consonancia con Escribes.

Gastón Fernández no quiere ser escritor. Es compositor: un artista que, soñando y soñando, se quedó en sueños (ensueños). El personaje es el típico joven clasemediero con debilidades artísticas, quien, en primera instancia, recibe el apoyo familiar (paterno, para ser específicos). Un apoyo que con el tiempo se va desgastando porque Gastón no produce, y para pertenecer al sistema hay que producir (dinero, obviamente, otra cosa no sirve… como no sirve lo que no tiene precio, lo que no puede arrendarse o subastarse).
El problema es que Gastón se ha hecho viejo, quizá sin darse cuenta. Lo peor de todo es que no hay el menor asomo de coherencia entre su vanidad y su realidad (y no es bueno “pasarse la realidad por la raja”, como dijeron sus camaradas, aquellos que supieron ingresar al sistema en el momento correcto… porque no se puede vivir “haciendo poemitas o vendiendo artesanías”).

La repelencia es recíproca: de él hacia el Sistema y del Sistema hacia a él. Pero todo tiene un tiempo límite. Es hora de insertarse, de pedir disculpas agachando la cabeza, de acceder a él.
Ya no podía ser siendo el inútil de la familia y su padre le dio el empujón necesario. Gastón entró al negocio familiar (arriendos, una inmobiliaria que pertenece a su progenitor). Empezó a arrendar casas, habitaciones, departamentos… y, sin darse cuenta, empezó, también, a arrendar su esencia, sus convicciones e ideales.
Para sentirnos menos mal, o para adormecer al abogio con coartadas eficaces, hay que buscar a alguien que esté peor que nosotros. Escapar -gracias a otros- de nosotros mismos y de la puntillosa retrospección es un medida estimable. Eso hizo Gastón. Arrendó su insatisfacción. El pretexto perfecto: una confesión de uno de sus clientes que tuvo un padre desquiciado que casi lo mata a punta de balazos.
Gastón descubrió que tenía un buen padre y quiso empezar de cero. ¿Arrendando? Talvez.
La batalla, en este caso, la ganó la cordura, pues, como dice Hildebrandt, “La cordura gana casi siempre por unanimidad. Consiste en un adiestramiento del olvido. O sea, debes olvidar que el mundo podría cambiar, que no fue siempre este hervor de hormigas adictas a las figuritas. Debes olvidar tu cólera e integrarte. Y por último, debes olvidar que has olvidado.”
Gastón Fernández debe empezar por olvidarse de su pasado… ese país extranjero que lo acusa, lo seduce y también lo ensalza; porque está impregnado de ese odio afectuoso que nadie podrá arrendar.

2006/09/04

Travesuras de la niña mala



La reseña que hizo Johnny Zeballos acerca de la última novela de Mario Vargas Llosa, la leí en El Hablador hace una semana y, hasta hoy -que acabo de leer el blog de Gustavo Faverón-, me estuvo dando vueltas por la cabeza. Para liberarnos de algo, a veces no nos queda otra cosa que escribir... una buena oportunidad para volver a postear.
Luego de leer los más de diez extensos párrafos, me sentí decepcionado y hasta quizá estafado (porque no encontré nada de lo que mi lectura personal me dejó; seguramente yo estaba pidiendo demasiado y hacía mal en desestimar una crítica por el simple hecho de no estar en sintonía con, digamos, mi ‘reseña privada’).
A mitad de la reseña me topé con algunas afirmaciones (“en Travesuras de la niña mala, el notable escritor parece rivalizar con Alfredo Bryce Echenique”) que me llevaron a preguntarme si acaso el autor de la misma había leído cabalmente la novela de Vargas Llosa. Me pareció que no. En todo caso, la había leído mal.

Si Zeballos, en primer lugar, hubiera prescindido del autor, su crítica sería distinta a la resultante, que miente, Pero miente mal, porque aborda cualquier novela menos Travesuras de la niña mala.
Soy realista, en mis novelas trato siempre de mentir con conocimiento de causa”, dice el narrador –alter ego de MVLL- de Historia de Mayta. Y creo que eso lo podría suscribir cualquier buen crítico o reseñista, porque la crítica, si es audaz y atrevida (y más allá de su rigor y academicismo), también miente, porque da una visión singular, sesgada, única; en donde también están inmersos los prejuicios, las aversiones, las fobias, pasiones y desencantos del crítico.
La crítica puede ser valiosísima para adentrarse en el mundo y las maneras de un autor, y, a veces, un ensayo crítico constituye en sí mismo una obra de creación. Ni más ni menos que una gran novela o un gran poema”, nos dice MVLL en Cartas a un joven novelista.

Quizá pido mucho y, a su vez, confundo la reseña con la crítica erudita. En realidad, no pido nada: exijo que un reseñista mienta –está en su pleno derecho– con conocimiento de causa. Hablo de argumentos certeros e inferencias edificantes, y no de píldoras para el bostezo y la repulsa.
Yo no soy un crítico, ni cuento con las armas para serlo, pero, a mi manera y para vindicar un libro que he disfrutado de principio a fin, puedo decir que en Travesuras de la niña mala, Vargas Llosa se sirve de una historia de amor para explorar la naturaleza de la ficción y para dar cuenta, subrepticiamente, de sus razones e inseguridades literarias (hablo de lo que lo ha llevado a dedicar toda una vida a la invención de historias): “vivir en esa ficción le daba razones para sentirse más segura, menos amenazada, que vivir en la verdad. Para todo el mundo es más difícil vivir en la verdad que en la mentira (…) todos quienes viven buena parte de su vida encerrados en fantasías que construyen para abolir la vida verdadera, saben y no saben lo que están haciendo”.
Esta novela, más allá de dejarme un testimonio ondulante acerca de la peripatética e insufrible aventura amorosa de Ricardo Somocurcio con su niña mala, me permite comprender que toda una vida no basta para develar de dónde nace, por qué lo hace, y hacia dónde va la voluntad de crear; me da, también, nuevas señas para reinterpretar o mirar de otra manera, libros como El pez en el agua; para entender que apuestas desbocadas por la trashumancia y el cosmopolitismo hacen de los apátridas a rajatabla una especie de seres etéreos, porque están y no están, pues ya no pertenecen a ningún lado: “allá [en Europa] , he terminado por convertirme en un ser sin raíces, en un fantasma. Nunca seré un francés [o un español], aunque tenga un pasaporte que diga que lo soy. Allá seré siempre un métèque. Y he dejado de ser peruano, porque aquí [en Lima] me siento todavía más extranjero que en París”.
Ricardo Somocurcio es, como el autor de la novela, más que un individuo libre, un alma sensible. Envidio mucho esa sensibilidad que muchas veces nos hace falta para poder comprender o reseñar una novela. A veces contamos con muchas armas, pero no con el calibre imprescindible.

2006/08/12

La talega




Ese anciano de mirada perdida siempre camina arrastrando una pesada talega color cereza. Los cuentistas del vecindario dicen que adentro lleva tres enormes espejos. Dos de ellos ya están rotos: el primero lo rompió cuando descubrió su primera arruga; y el segundo fue a parar al suelo cuando contempló su primera cana. El tercer espejo sigue intacto… algunos arguyen que su avanzada ceguera le impide dar cuenta del último espejo. Yo creo que se romperá cuando el viejo esté cara a cara con la Muerte.
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Este microrrelato también lo publiqué en Gambito de peón del escritor Ricardo Sumalavia.
© Orlando Mazeyra Guillén, 2006.