2011/02/20

En el umbral de la vida (1958): desgarradora e instructiva

Junten a tres mujeres grávidas en una habitación. O mejor: que sea Bergman quien las junte, y, a pesar de lo que se viene, dense por bien servidos.
Un drama con un trío de historias que convergen en el umbral de la vida. Este señor sueco tiene –porque gracias a su dilatada filmografía sigue vivo– una capacidad portentosa para entrar en el alma de las mujeres y hablar sin cortapisas de temas sensibles: el embarazo (deseado y no deseado), el aborto.
Bergman no sólo ha sido un artista excepcional, sino un pionero., un paradigma Un fenómeno capaz de explorar con lupa todas las aristas -la complejidad- de los seres humanos.

¿Qué nos dice el propio director al respecto?

Lo que vi fue una historia bien contada, algo prolija, de tres mujeres en una habitación de hospital. Todo era sincero, cálido e inteligente, en general extraordinariamente interpretada (…) Recuerdo que pusieron personal médico en las salas en que se proyectó. La gente se desmayaba de espanto. Al mismo tiempo recuerdo que el asesor médico de la película me dejó estar presente en un parto en el hospital Carolino. Fue una experiencia desgarradora e instructiva. Es verdad que yo tenía cinco hijos, sin embargo nunca había presenciado ninguno de los partos (era así en esa época). Me emborrachaba o me quedaba jugando con mis trenes de juguete o iba al cine o ensayaba o filmaba o me dedicaba a señoras impropias. No me acuerdo muy bien. En todo caso, el parto fue espléndido y nada complicado. La madre era joven y robusta y dio a luz entre gritos y risas. El ambiente era casi alegre. Yo estuve a punto de desmayarme dos veces, y tuve que salir y darme con la cabeza en la pared para despejarme. Luego volví aturdido y agradecido.

2011/02/17

De cuyes, carneros, toros... y de Elizabeth Costello

Desde muy niño, pude ver –por televisión, jamás en vivo– algunas corridas de toros. Seguramente las de Acho, en Lima, o acaso las que importábamos de México o de la Madre Patria.
Valga aclarar, de arranque, que yo siempre estaba –¿aun estoy?– del lado del toro; y, en consecuencia, guardaba la secreta esperanza de que quizá el pesado animal alguna vez consiguiera salir victorioso de la contienda (no tardé mucho en descubrir que esto no era improbable, sino imposible).
Celebraba con una mezcla de odio y placer –un espíritu revanchista visceral que se apodera de uno– cuando el astado conseguía embestir con éxito al torero: herirlo o levantarlo en peso y luego tumbarlo. Así, al verlo caído y asistido por sus congéneres, soñaba con una tregua o un fin de la horrorosa faena.
Cuando intuía que se acercaba el final, cambiaba de canal, pues casi nunca podía soportar ver al toro desparramarse de una manera truculenta ante una multitud exultante (pocas experiencias como ésta, me enseñaron, con tamaña aspereza, que nosotros también somos animales y nunca dejaremos de serlo).



En casa de la Mamá María, mi abuela materna, presencié por única vez cómo se degollaba a un carnerito para, más tarde, degustar una pantagrúelica cena. Recuerdo con nitidez cómo el filudo cuchillo traspasa el cogote y la sangre chisporrotea, mientras el animalito se deja caer y da sus últimas boqueadas.
Esa tarde no pude probar un bocado de la comida, la experiencia me había tocado. Pero, en verdad, su efecto no fue muy profundo, porque hasta el día de hoy sigo siendo un animal carnívoro.
Con los cuyes, en cambio, ya he cerrado filas. Una de las hermanas de mi padre criaba, en los altos de su antigua casa, cuyes y gallos de pelea. En cierta oportunidad nos invitó a almorzar y tuve el infortunio de ver a mi primo sacudiendo de una manera salvaje al inofensivo animal.
Desde que vi cómo echaban un mortal hilito de sangre por la nariz me juré jamás comer el cuy.
No obstante -y a despecho de estos infelices recuerdos de infancia-, haría mal en ocultar, que la mano de un maestro, como lo es Pedro Almodóvar, puede hacer que uno se enamore de las corridas, pues ellas son también rito y ceremonia. Gracias a Hable con ella, entendí (o intenté hacerlo) que el torero es un artista que se juega la vida y, hasta de cierta forma, se merece respeto o admiración.
Todos estos recuerdos los escupo en el teclado, casi al paso, por culpa de la maldita de Elizabeth Costello (*), quien viene a continuación.




Los animales no esconden sus excrementos y practican el acto sexual en público. Carecen de sentido de la vergüenza: eso es lo que los distingue de nosotros. Pero la idea básica sigue siendo la suciedad. Los animales tienen hábitos sucios; así que están excluidos. La vergüenza es lo que lo convierte a uno en ser humano, la vergüenza por estar sucio. Adán y Eva: el mito fundacional. Antes no éramos más que animales que vivíamos todos juntos.




En mi opinión, las corridas de toros nos dan una pista. Matemos a la bestia por todos los medios, dicen, pero convirtámoslo en un combate, en un ritual, y honremos a nuestro adversario por su fuerza y su bravura. Y comámoslo, después de haberlo vencido, para que su fuerza y su coraje entren en nosotros. Mirémoslo a los ojos antes de matarlo y démosle las gracias después. Cantemos canciones sobre él.
»A eso lo llamamos primitivismo. Es una actitud fácil de criticar. Es muy masculina, muy masculinista. No hay que confiar en sus ramificaciones políticas. Pero, a fin de cuentas, a un nivel ético, sigue habiendo algo atractivo en ella.
»Sin embargo, también es poco práctico. Uno no alimenta a cuatro mil millones de personas mediante los esfuerzos de toreros y cazadores de ciervos armados con arcos y flechas. Somos demasiados. No hay tiempo para respetar y honrar a todos los animales que necesitamos para alimentarnos. Necesitamos fábricas de muerte. Necesitamos animales de fábrica. Chicago nos mostró la forma. Los nazis aprendieron a procesar cuerpos de los mataderos de Chicago.



La gente se queja de que tratamos a los animales como a objetos, pero la verdad es que los tratamos como a prisioneros de guerra. ¿Sabías que cuando se abrieron al público los primeros zoos los guardianes tenían que proteger a los animales porque el público los atacaba? El público pensaba que los animales estaban allí para que la gente los atacara y los insultara, como a los prisioneros en un desfile de victoria. Una vez libramos una guerra contra los animales, que llamamos caza, aunque en realidad la guerra y la caza son lo mismo (Aristóteles lo vio claramente). La guerra se prolongó durante millones de años. Hace unos pocos siglos que la ganamos, cuando inventamos las armas de fuego. Solamente después de lograr una victoria absoluta nos hemos podido permitir cultivar la compasión. Pero nuestra compasión es muy frágil.

Debajo hay una actitud más primitiva. El prisionero de guerra no pertenece a nuestra tribu. Podemos hacer lo que queramos con él. Podemos sacrificarlo a nuestros dioses. Podemos degollarlo, sacarle el corazón y tirarlo al fuego. En lo tocante a los prisioneros de guerra no hay leyes.

Pero por lo general no se mata a los prisioneros de guerra. Se los convierte en esclavos.

En cuanto a la idea de que los animales son demasiado estúpidos para hablar por sí mismos, piensen en la siguiente secuencia de eventos. Cuando Albert Camus era niño en Argelia, su abuela le dijo que le trajera una de las gallinas del corral de su casa. Él obedeció y luego observó cómo la abuela le cortaba la cabeza al animal con un cuchillo de cocina y recogía la sangre en un cubo para no manchar el suelo.
»El grito de agonía de aquella gallina se grabó con tanta fuerza en la memoria del chico que en mil novecientos cincuenta y ocho le hizo escribir un ataque apasionado contra la guillotina. En parte como resultado de aquella polémica, Francia abolió la pena capital. ¿Quién puede decir entonces que la gallina no habló?


Cualquiera que diga que a los animales la vida les importa menos que a nosotros no ha sostenido en sus manos a un animal que lucha por su vida. Todo el ser del animal se vuelca en esa lucha, sin reservas. Estoy de acuerdo cuando usted dice que a la lucha le falta una dimensión de horror imaginativo o intelectual. El horror intelectual no se encuentra en la modalidad del ser de los animales: todo su ser está en la carne viva.



(*) Elizabeth Costello es el álter ego de J. M. Coetzee

2011/02/16

127 Horas & La carretera


Las últimas dos películas que me llevaron al estremecimiento, la turbación y el llanto fueron: 127 horas y La Carretera.

127 horas, del premiado director Danny Boyle (¿Quién quiere ser millonario?) cuenta la historia real -habría que decir la odisea- de Aron Ralston (en la imagen).
La desesperación, el delirio pero sobre todo un poderoso afán de sobrevivencia hacen de esta película una historia (real, insisto) inolvidable. Algunos datos para el público sensible: es la cinta que ha provocado 17 desmayos, 3 ataques de epilepsia y decenas de escenas de histeria, desmayos y vómito en salas de Europa y Australia. Basada en una historia real, la cinta recrea la experiencia que vivió Aron Ralston quien quedó atrapado debajo de una piedra y para liberarse se amputó su brazo con una navaja. La experiencia es tan real que algunos espectadores no la soportan.

Por otro lado, La Carretera, basada en la novela del narrador estadounidense Cormac McCarthy, es un drama futurista (quizá más cercano de lo que pensamos) en donde padre e hijo luchan por sobrevivir en un mundo que da sus últimas boqueadas: Viggo Mortensen y Kodi Smit-McPhee. La historia es cruda y el final conmovedor.






2011/01/29

He aprendido...


He aprendido que escribir es empeñarse y es dejarse llevar en la misma medida en que es contar algo que se sabe y también aventurarse en lo que no se sabe y no habrá manera de que llegue a saberse si no es mediante la escritura misma.

He aprendido que los únicos estimulantes que necesito para escribir están dentro de mí mismo, en la orgía electroquímica de los neurotransmisores que combinan súbitamente imágenes del recuerdo o de la fantasía en un sueño lúcido. Por comparación con esa efervescencia el efecto de cualquier droga, de la nicotina o del alcohol es una bagatela, un gasto inútil de energía física y mental.

He aprendido que el ejercicio físico y las tareas prácticas ayudan a que se dispare la imaginación y a que las ideas, las imágenes, las conexiones, las palabras, surjan más velozmente. Gracias a la ebriedad de oxígeno de una carrera o de una buena caminata o a la atención alerta y la multiplicidad de pequeñas tareas necesarias para cocinar un arroz he inventado personajes o situaciones o giros argumentales que de otra manera no habrían surgido.

La literatura es mi afición y mi trabajo, pero no creo que sea lo más importante de la vida, ni mucho menos que se baste para darle sentido. Más que la literatura me importa el bienestar de las personas que quiero: mi mujer, nuestros hijos, nuestra doble y complicada familia. Mi padre murió en marzo de 2004 y todavía me acuerdo mucho de él, y pienso en cómo sería si hubiera seguido viviendo, internándose en la vejez que le daba tanto miedo.

Creo que el escritor continúa el oficio inmemorial de los narradores de cuentos, que daban forma mediante relatos orales a la experiencia compartida del mundo. Contar y escuchar historias no es un capricho, ni una sofisticación intelectual: es un rasgo universal de la condición humana, que está en todas las sociedades y arranca en la primera edad de la vida. Quizás por eso no me atrae mucho la literatura que se vuelca sobre sí misma, que tiene al escritor y a la escritura como focos principales de atención. Cervantes y Galdós, Virginia Woolf y James Joyce, Borges y Onetti, Proust y Flaubert, entre tantos otros, me han enseñado lo mismo, de muy diversas maneras: a buscar la forma más eficaz de contar la realidad visible del mundo y la invisible de la conciencia humana. Pero también aprendo mucho de la música y de la pintura, y del cine, aunque lo frecuento menos que cuando era más joven.

Antonio Muñoz Molina

2011/01/17

Ni pan ni circo: sólo un triciclo maltrecho llamado PERÚ



Triciclo con zapato, un vaso de chicha, un buen reloj,
camisas, chucherías, de todo en las calles, y en montón:
persigna la “primera venta”, las calles están repletas
empuja el triciclo ambulante llamado ¡PERÚ!

Los micros están repletos, la gente se apresta a trabajar:
obreros, empleados, doctor, enfermera, y hasta un capitán,
van mirando sus relojes mientras el microbusero
impulsa estos pistones llamados ¡PERÚ!

(Fragmento de «Triciclo Perú» de Los Mojarras).

____

Acerca del Perú, dejó dicho en su momento el maestro Julio Ramón Ribeyro: «somos un pueblo no sólo pobre y jodido y maltratado, sino privado hasta de esos júbilos inmateriales que son los júbilos deportivos: ni pan ni circo (circo sí, pero en el cual nos comen los leones o el gladiador rival nos despedaza). No creo que las victorias deportivas aplaquen el hambre de un pueblo, pero les proporciona una satisfacción cualitativa, interior, que forma parte de los bienes de la vida».

Que esta reflexión de un escritor amante del buen fútbol, nos sirva para recordar que en setiembre del 2010, un mediocre entrenador que, aparte de estar acostumbrado a pelear la baja, hace diez años fracasó rotundamente en la Ciudad Blanca con la generación Sub-17 de Jefferson Farfán y Paolo Guerrero, dijo, sin el menor empacho, que lo peor para nuestro seleccionado Sub-20 no era la falta de partidos internacionales, lo verdaderamente dañino para la rojiblanca era jugar de locales en Arequipa. Según César Gonzáles, más conocido como Chalaca, «jugar en Arequipa es peor que jugar en Chile. Los arequipeños no apoyan a los valores peruanos».

Quisiera, a nombre del aficionado local (y en especial en mi calidad de hincha del F.B.C. Melgar, como buen arequipeño), decirle a él y a todos los obtusos que piensan que la selección peruana es exclusividad de los capitalinos ombliguistas, que, al pie del Misti, los arequipeños atiborramos el estadio Monumental: un lleno de bandera que nos hizo recordar la inauguración de este coloso deportivo, allá por el año 1995, en un choque entre el F.B.C. Melgar y Alianza Lima (más de uno, invadido por la nostalgia, recordará ese intenso partido y, por supuesto, el certero cabezazo de Jorge Luis “el Pato” Tapia que selló el empate 1-1 entre rojinegros y victorianos).

Decía, pues, que colmamos las graderías de nuestro mejor escenario deportivo ansiosos de disfrutar de una victoria de nuestro joven seleccionado para, de una buena vez (y después de mucho tiempo), hacer morder el polvo de la derrota al rival de siempre. Por eso alentamos sin remilgos a once futbolistas que nada tenían de equipo: simplemente una suma (o habría que decir resta) de individualidades con distintas y clamorosas taras: fútbol amarrete en los delanteros, defensas inseguros y unos volantes bisoños que están tan verdes que no parecen comprender que ellos constituyen el necesario tránsito entre la defensa y el ataque (y viceversa).

Chile, por su parte, ya tiene una marca registrada desde que Harold Mayne-Nicholls (la antípoda de Burga) tuvo el acierto de contratar a Marcelo Bielsa (que preparó a este equipo juvenil antes de su arribo a Arequipa, mientras Markarián sólo se ocupa de los mayores, primera gran diferencia). El rival se valió de una elogiosa solidaridad aunada a un juego efectivo y paciente que los puso arriba comenzando el segundo tiempo. Ese equipo modesto, pero comprometido, aprovechó entonces el nerviosismo y la fragilidad defensiva de los ¿locales? para darnos el tiro de gracia. Dos a cero y, claro, Burga no se despeina, la taquilla es su inocultable recompensa, por supuesto. Eso lo aprendió de su mejor maestro: Nicolás Atilio Delfino Puchinelli, quien vendría a ser para el fútbol peruano lo que Agustín Mantilla es para el Apra.

La prensa deportiva limeña, para variar, hizo bien su tarea: nos vendieron un arquerazo (y no a ese manojo de nervios que nunca brindó seguridad) y a una «nueva generación» para empezar el cambio. Humo, señores, sólo humo. Por eso el Perú jamás participó de un mundial Sub-20. No hay vuelta de página, seguimos en lo mismo: nos hemos hecho viejos sumando «nuevas generaciones» y «nuevos procesos». Llevamos 40 años buscando al heredero de Teófilo Cubillas y nos encontramos nada menos que con Reimond Manco. Pero vamos más allá, ¿acaso Claudio Pizarro ha hecho méritos, con la camiseta nacional, para ponerse esa cinta del Capitán de América, Héctor Chumpitaz? No, porque sus récords empiezan y terminan en Alemania. La mecha se apaga ni bien pisa el aeropuerto Jorge Chávez… para dar paso a los caballos y a las apuestas, ¿verdad?

Manuel Burga Seoane (o el «aprendiz de pobre diablo» diría César Hildebrandt) es sinónimo de fracaso, el vergonzoso emblema de un fútbol que da manotazos de ahogado de cuando en cuando… la personificación del pícaro o criollazo que se sirve de los imbéciles (prensa y afición, si me permiten) para amasar dinero, viajar a cuerpo de rey y reelegirse de manera grosera.

Sean hidalgos, señores periodistas capitalinos, y resalten que Arequipa quiso ser generosa con una sarta de borrachines que aprendieron bien la lección de los “mayorcitos”. Estos peloteros cambiaron el lugar, pero no las malas costumbres: esta vez no fue el hotel El Golf de La Molina, sino el El Lago de Sabandía. Francachela y jarana con el visto bueno de Ferrín. ¡Feliz 2011 y a seguir fracasando!

(Hoy, Deporte Total, el bloque deportivo del diario El Comercio de Lima afirma que el “Perú debutó de la peor manera posible: con una derrota ante Chile que lo dejó mal parado y con el mundo (y Arequipa) en contra”.
PARA LA PACHOTADA Y LA BROMITA INNECESARIA SÍ SOMOS PILAS, ¿NO?)

A estas alturas hay que reconocer que Chile empezó a ejercer una paternidad futbolera que, duele cotejarlo, guarda coherencia con la paternidad económica que muestran sus copiosas inversiones y sus flamantes centros comerciales: los chilenos nos pintan la cara, en Lima o Arequipa, y no pasa nada. Duele llenar el estadio, la garganta está rota y las ilusiones aplastadas por botines mapochos. Así no vale… Así no juega Perú… ¿Cuándo rayos nos pondremos si no a competir, aunque sea a tratar de jugar en serio? ¿Alguien les hará entender a nuestros juveniles que el fútbol es una profesión y como tal se debe asumir con responsabilidad, y no como un derrotero que busca la camioneta del año y el coqueteo con la vedette del momento? ¿Saben qué le dice el fútbol chileno a su par peruano? “Tócame, que soy realidad”. Burga, por su parte, muestra la sonrisa cínica de costumbre, pues se sabe intocable: una mentira andante cuyo blindaje se hace más patente con los nuevos fracasos.

Ferrín ya ensaya un lavado de manos: “asumo la responsabilidad en la derrota del domingo”, dijo el entrenador uruguayo antes de sacar el látigo: “pero no soy responsable de los últimos 20 años en los que el Perú no gana nada”. Pilatos no lo hubiera hecho mejor.

Este texto transido de impotencia y desazón, y escrito al calor de una derrota que duele el doble por el rival que tuvimos enfrente, se lo hice llegar al periodista limeño (Cable Mágico Deportes) Alberto Beingolea, quien me dijo: “todos estamos molestos, Orlando, ¿cuáles son tus propuestas?”. Conclusión: la prensa vende humo pero, a falta de ideas, le pide a la afición que proponga algo nuevo (y la actitud es insoportablemente elocuente en el caso de Beingolea, pues él aspira a una curul congresal). ¡Así estamos: ni pan ni circo, como decía el bueno de Ribeyro! Es imposible cambiar si la cabeza está podrida (embriagada de poder) y la prensa obnubilada fabricando nuevas coartadas para hacernos creer que estamos “¡RUMBO A BRASIL 2014!”. Amañar elecciones y comprar votos para eternizarse en el poder es renunciar al cambio (gracias Aníbal Calle, otro arribista amateur). Manuel Gonzáles Prada pedía que los viejos se fueran a la tumba, para que los jóvenes se pongan manos a la obra. La truculenta realidad nos obliga a seguir recurriendo a Cubillas, Chumpitaz y Cachito Ramírez para escapar de estos atroces descalabros deportivos y recordar que algún día fuimos un equipo digno. ¿En qué momento se jodió el fútbol peruano, Zavalita? No importa, pues a Markarián le dicen “el Mago”, ésa es nuestra única esperanza.

Nota final.- La violencia no se justifica, pero Burga provoca al aficionado arequipeño haciéndose presente en el estadio. A los muchachos, a pesar de sus falencias y errores, hay que apoyarlos. No nos queda otra. Además, y esto es lo más importante: no nos podemos bajar, porque ésta no es la combi de fantoches de Barba, Kouri o Bayly, no estamos hablando tampoco del helicóptero que soporta el ego colosal y la prominente barriga de ese fiasco apellidado García Pérez; ni siquiera podemos apelar a las ostentosas camionetas que le “arriendan” a Humala… o del avión presidencial que lleva a Toledo a Punta Sal.

Este es el triciclo (o lo que queda de él): nuestro triciclo maltrecho llamado PERÚ. Sigamos pedaleando y recordemos a José Saramago: La derrota tiene algo positivo: nunca es definitiva. En cambio, la victoria tiene algo negativo: jamás es definitiva.

2011/01/14

Todas las mañanas cuando me despierto, pienso...



(...) "Les voy a proponer saltar a otro tema, si el salto no les molesta".

Borges: He venido saltando desde hace 75 años.

Sábato: Todos. ¿Qué le parece como salto eso del despertar cada mañana? "Recuérdenme a las nueve". Así se decía antes, en el campo, cuando yo era chico. "Recordarlo", como quien se ha olvidado de la existencia. Cuando dormimos el alma viaja fuera del espacio y del tiempo.

(Borges se ha quedado pensativo. Inmóvil, parece evocar algo. Hay un silencio en Sábato, esperando).

Borges: Todas las mañanas cuando me despierto, pienso: "Soy Borges, estoy viviendo en la calle Maipú, mi madre está en la pieza contigua, muy enferma, y vuelvo..."

Sábato: De los dos Borges, seguramente el que sueña es el más auténtico. Porque lo que escribe debe representar más ese mundo de la noche. Además, recuerdo que usted comenzó a escribir los cuentos fantásticos después de ese golpe en la cabeza...

(La mano de Borges señala en la cabeza un rastro. Me hace que lo toque para que compruebe que existe. Explica que fue contra una persiana de "fierro").

Borges: Recuerdo que en el sanatorio no podía dormir, porque si lo hacía tenía alucinaciones. Cuando estuve mejor y me dijeron que había estado a punto de morir, me puse a llorar. Todo esto fue allá por 1945, creo. O antes. Estaba empleado en la Biblioteca de Almagro.

Sábato: Sí, antes de que lo ascendieran a inspector de gallinas.

Borges: Fíjese que me dieron ese puesto para humillarme y renuncié el mismo día. Recuerdo que a un amigo mío le pregunté, por qué habiendo cuarenta empleados en la Biblioteca me echaban a mí, que era escritor. Me preguntó si yo no había estado con los aliados durante la guerra. Le respondí que sí. Y entonces ¿qué quiere?, me dijo. Me di cuenta de que esa lógica era irrefutable.

2011/01/12

¿Messi es el mejor del Planeta Fútbol?



¿Lionel Messi (Rosario, 1987) es el mejor futbolista del mundo?
Primero: no se puede caer en la mezquindad producto del fracaso argentino en Sudáfrica. Su mundial no fue mediocre. Todo lo contrario: Lio fue, sin duda, la figura de Argentina ,a pesar de no marcar un sólo gol (muchísimos palos).
Segundo: al enterarme de que recibió otra vez el Balón de Oro pensé, de inmediato, que jugó a su favor al marketing. Pues, lo sabemos todos, la FIFA sólo piensa en fichas: seguir hinchando sus arcas a costa de los que ponen sus piernas y su arte en el césped de juego. Y ahí el rosarino no tiene competencia.
Tecero: hace algunas semanas Grondona lo declaró el mejor 10 de la historia del fútbol argentino. Una exageración que sólo se puede aceptar si hablamos de Messi. No obstante, Maradona sigue siendo el mejor de la historia. Si Messi gana una copa del mundo estará un peldaño abajo.
Dejo, como inobjetable testimonio, una columna del siempre lúcido Jorge Barraza.

Los futbolistas salvaron a Messi de los periodistas

Que el Balón de Oro 2010 concedido a Messi haya generado sorpresa, en algunos casos perplejidad o polémica es, como mínimo, insólito. O absurdo. Entregar el premio de mejor futbolista del mundo justamente al mejor del mundo nunca puede causar estupor ni asombro. Menos, indignación (en España).

No puede ser jamás un dislate dar el Oscar a Robert De Niro o los Guantes de Oro a Muhammad Ali en el esplendor de sus carreras. ¿Cómo alguien podría escandalizarse porque Vargas Llosa recibe el Nobel de Literatura?

Tuvo que ser José Mourinho -olvidando que es el técnico del Madrid- quien aportara un soplo de sensatez en medio de la estupidez: "Un Balón de Oro en las manos de Messi siempre está en buenas manos. Es un jugador de otro planeta", resumió. Paolo Maldini ya había sentado posición: "Yo a Messi le daría un Balón de Oro cada año".

Desde luego, había tres candidatos excelentes y cualquiera de ellos que ganara hubiese estado perfecto. Por fútbol, por rendimiento, méritos, clase y porque todos tenemos una preferencia determinada, nuestro voto era para Xavi. Por razones de edad, para el fabuloso conductor del Barcelona era ahora o nunca. No se dio.

Iniesta era un prospecto razonable e igualmente merecía el galardón. Es una pieza esencial del fantástico Barcelona, ha sido campeón del mundo esta temporada, marcó el gol de la victoria en la final.

Sin embargo, la corona fue para el artista que nos deslumbra en cada partido que juega, que a los 23 años (aunque le falten títulos, goles y recorrrido) ya tercia en la comparación con Pelé y Maradona. Para un jugador que ha marcado la bestialidad de 60 goles en 64 partidos en el año correspondiente al premio; que además es un irresistible asistidor y buen recuperador. Una estrella con absoluto sentido de equipo.

Hablar de las bondades de Messi es redundante, empalagoso. No amerita una línea más de esta columna. Para los "estupefactos", caben algunas consideraciones.

1) En años mundialistas, la Copa del Mundo determina en buena medida al Balón de Oro. Sin embargo, el de Sudáfrica fue un Mundial discreto, de fútbol pobre, hasta decepcionante. En ese marco, España resultó un campeón correcto. O bueno. No deslumbró. Concretó mucho menos de lo que intentó. Y cuidado, fue el justo y merecido ganador. Pero en esa España no hubo una figura excluyente. Emerge Iniesta por el gol de la final o Xavi por su magnífica semifinal ante Alemania. Por eso, esta vez el Mundial tuvo menos influencia en la elección del Balón de Oro que en otras ocasiones. Además, esta es una distinción individual, no hay que premiar a España por su título con este Balón.

2) "Iniesta es excelente, pero si lo que decide es únicamente el Mundial, entonces el Balón de Oro debería ser para Forlán, que fue el mejor del torneo", razonó ayer Waldemar Victorino, aquel goleador de Nacional y la Celeste en los '80, con quien compartimos un café. Brillante reflexión.

3) A Messi se le achaca no haber sido campeón con Argentina. Si todos entendemos que el fútbol es un juego colectivo, ¿por qué exigir que un jugador gane solo el Mundial...?

4) "La FIFA es una vergüenza", "Blatter antiespañol", tronaron en España. La FIFA no elige: son los entrenadores y capitanes de todas las selecciones del mundo quienes lo hacen. Esta vez, dada la unificación del Jugador Mundial de la FIFA con el Balón de Oro de France Football, también votaron los periodistas. Y acá perdió nivel el nombramiento: en general, los periodistas no están a la altura de los jugadores ni de los técnicos: saben menos. Igual, no existe un galardón mejor organizado, más transparente ni calificado: al instante de conocerse el vencedor, se da a publicidad el voto individual de cada uno. FIFA y France Football sólo recogen el sufragio.

5) Lo habíamos anticipado, a Messi pueden salvarlo los futbolistas y los entrenadores. Ellos saben dimensionar las proezas que hace dentro de una cancha. Entre 154 periodistas, Messi apenas logró 18 primeros puestos (90 puntos), Iniesta 40 (200). Los 136 directores técnicos votantes encumbraron a Messi: 51 a 30. Y los 136 futbolistas lo dieron ganador también a Leo por 45 a 26. Clarísimo: para quienes más conocen del asunto, Messi.

6) El premio otorga 5 puntos a quien obtiene un primer puesto, 3 al segundo y 1 al tercero. En este escenario, será muy difícil que Messi no esté definiendo el Balón de Oro en los próximos años. ¿Cómo no incluirlo entre los tres primeros?

Ni indignación ni asombros ni escándalos, Messi es un Balón de Oro irreprochable.


2011/01/05

La voluntad de crear (*)

"Confusamente, deseó perder la voluntad y la imaginación y ejecutar el plan como una máquina ciega. Pasaba días enteros abandonado a una rutina que decidía por él, empujado dulcemente a acciones que apenas notaba; ahora era distinto, se había impuesto lo de esta noche, sentía una lucidez insólita".
(*) No. No es el Serrano Cava. Es el mismo Mario Vargas Llosa en pleno proceso creativo: desconcertado a veces, anulado, bloqueado. Perdiendo de cuando en cuando esa voluntad creativa. Pero... volviendo al ruedo... como el mismo Serrano en este fragmento de La ciudad y los perros.

2010/12/10

La Compañía de Jesús


Angel de la guarda,
dulce compañía:
no me desampares
ni de noche ni de día...

En la edición de diciembre del Proyecto Sherezade aparece mi relato La Compañía de Jesús que es, o vendría a ser, un pequeño tributo a la noche, a mis amigos –cómplices de las más impensadas incursiones nocturnas– y, desde luego, a mí mismo.
Mi mamá me cuenta que luego de rezarle al Ángel de la guarda (cosa que hacía todas las noches antes de acostarme), alguna vez le pregunté:
–Mamá, ¿en qué parte de mi cama va a dormir el Ángel de la guarda?
–¿Por qué me preguntas eso, hijito?
–Porque quiero hacerle un campito

A pesar de mi errática fe, intuyo que Algo o Alguien siempre estuvo a mi lado.

No lo podría demostrar, desde luego. Se trata de un pálpito o quizá –y esta idea me seduce más– de una ficción espléndida. Todavía faltan cosas por develar(se). Ojalá la vida alcance.
De volver a la infancia, le volvería a rezar a mi Ángel de la guarda. Y, sin duda, le haría un campito mucho más grande.
___
La Compañía de Jesús es la historia de un joven de Arequipa a quien un amigo aconseja que se gane un dinero extra ejerciendo la prostitución. Para leer el cuento hacer clic aquí (o ir al enlace: http://home.cc.umanitoba.ca/~fernand4/compania.html).

2010/12/07

Elogio de la lectura y la ficción: discurso Nobel de Mario Vargas Llosa


Aprendí a leer a los cinco años, en la clase del hermano Justiniano, en el Colegio De La Salle, en Cochabamba (Bolivia). Es la cosa más importante que me ha pasado en la vida. Casi setenta años después recuerdo con nitidez cómo esa magia, traducir las palabras de los libros en imágenes, enriqueció mi vida, rompiendo las barreras del tiempo y del espacio y permitiéndome viajar con el capitán Nemo veinte mil leguas de viaje submarino, luchar junto a d’Artagnan, Athos, Portos y Aramís contra las intrigas que amenazan a la Reina en los tiempos del sinuoso Richelieu, o arrastrarme por las entrañas de París, convertido en Jean Valjean, con el cuerpo inerte de Marius a cuestas.
La lectura convertía el sueño en vida y la vida en sueño y ponía al alcance del pedacito de hombre que era yo el universo de la literatura. Mi madre me contó que las primeras cosas que escribí fueron continuaciones de las historias que leía pues me apenaba que se terminaran o quería enmendarles el final. Y acaso sea eso lo que me he pasado la vida haciendo sin saberlo: prolongando en el tiempo, mientras crecía, maduraba y envejecía, las historias que llenaron mi infancia de exaltación y de aventuras.
Me gustaría que mi madre estuviera aquí, ella que solía emocionarse y llorar leyendo los poemas de Amado Nervo y de Pablo Neruda, y también el abuelo Pedro, de gran nariz y calva reluciente, que celebraba mis versos, y el tío Lucho que tanto me animó a volcarme en cuerpo y alma a escribir aunque la literatura, en aquel tiempo y lugar, alimentara tan mal a sus cultores. Toda la vida he tenido a mi lado gentes así, que me querían y alentaban, y me contagiaban su fe cuando dudaba. Gracias a ellos y, sin duda, también, a mi terquedad y algo de suerte, he podido dedicar buena parte de mi tiempo a esta pasión, vicio y maravilla que es escribir, crear una vida paralela donde refugiarnos contra la adversidad, que vuelve natural lo extraordinario y extraordinario lo natural, disipa el caos, embellece lo feo, eterniza el instante y torna la muerte un espectáculo pasajero.
No era fácil escribir historias. Al volverse palabras, los proyectos se marchitaban en el papel y las ideas e imágenes desfallecían. ¿Cómo reanimarlos? Por fortuna, allí estaban los maestros para aprender de ellos y seguir su ejemplo. Flaubert me enseñó que el talento es una disciplina tenaz y una larga paciencia. Faulkner, que es la forma –la escritura y la estructura– lo que engrandece o empobrece los temas. Martorell, Cervantes, Dickens, Balzac, Tolstoi, Conrad, Thomas Mann, que el número y la ambición son tan importantes en una novela como la destreza estilística y la estrategia narrativa. Sartre, que las palabras son actos y que una novela, una obra de teatro, un ensayo, comprometidos con la actualidad y las mejores opciones, pueden cambiar el curso de la historia. Camus y Orwell, que una literatura desprovista de moral es inhumana y Malraux que el heroísmo y la épica cabían en la actualidad tanto como en el tiempo de los argonautas, la Odisea y la Ilíada.
Si convocara en este discurso a todos los escritores a los que debo algo o mucho sus sombras nos sumirían en la oscuridad. Son innumerables. Además de revelarme los secretos del oficio de contar, me hicieron explorar los abismos de lo humano, admirar sus hazañas y horrorizarme con sus desvaríos. Fueron los amigos más serviciales, los animadores de mi vocación, en cuyos libros descubrí que, aun en las peores circunstancias, hay esperanzas y que vale la pena vivir, aunque fuera sólo porque sin la vida no podríamos leer ni fantasear historias.
Algunas veces me pregunté si en países como el mío, con escasos lectores y tantos pobres, analfabetos e injusticias, donde la cultura era privilegio de tan pocos, escribir no era un lujo solipsista. Pero estas dudas nunca asfixiaron mi vocación y seguí siempre escribiendo, incluso en aquellos períodos en que los trabajos alimenticios absorbían casi todo mi tiempo. Creo que hice lo justo, pues, si para que la literatura florezca en una sociedad fuera requisito alcanzar primero la alta cultura, la libertad, la prosperidad y la justicia, ella no hubiera existido nunca. Por el contrario, gracias a la literatura, a las conciencias que formó, a los deseos y anhelos que inspiró, al desencanto de lo real con que volvemos del viaje a una bella fantasía, la civilización es ahora menos cruel que cuando los contadores de cuentos comenzaron a humanizar la vida con sus fábulas. Seríamos peores de lo que somos sin los buenos libros que leímos, más conformistas, menos inquietos e insumisos y el espíritu crítico, motor del progreso, ni siquiera existiría. Igual que escribir, leer es protestar contra las insuficiencias de la vida. Quien busca en la ficción lo que no tiene, dice, sin necesidad de decirlo, ni siquiera saberlo, que la vida tal como es no nos basta para colmar nuestra sed de absoluto, fundamento de la condición humana, y que debería ser mejor. Inventamos las ficciones para poder vivir de alguna manera las muchas vidas que quisiéramos tener cuando apenas disponemos de una sola.
Sin las ficciones seríamos menos conscientes de la importancia de la libertad para que la vida sea vivible y del infierno en que se convierte cuando es conculcada por un tirano, una ideología o una religión. Quienes dudan de que la literatura, además de sumirnos en el sueño de la belleza y la felicidad, nos alerta contra toda forma de opresión, pregúntense por qué todos los regímenes empeñados en controlar la conducta de los ciudadanos de la cuna a la tumba, la temen tanto que establecen sistemas de censura para reprimirla y vigilan con tanta suspicacia a los escritores independientes. Lo hacen porque saben el riesgo que corren dejando que la imaginación discurra por los libros, lo sediciosas que se vuelven las ficciones cuando el lector coteja la libertad que las hace posibles y que en ellas se ejerce, con el oscurantismo y el miedo que lo acechan en el mundo real. Lo quieran o no, lo sepan o no, los fabuladores, al inventar historias, propagan la insatisfacción, mostrando que el mundo está mal hecho, que la vida de la fantasía es más rica que la de la rutina cotidiana. Esa comprobación, si echa raíces en la sensibilidad y la conciencia, vuelve a los ciudadanos más difíciles de manipular, de aceptar las mentiras de quienes quisieran hacerles creer que, entre barrotes, inquisidores y carceleros viven más seguros y mejor.
La buena literatura tiende puentes entre gentes distintas y, haciéndonos gozar, sufrir o sorprendernos, nos une por debajo de las lenguas, creencias, usos, costumbres y prejuicios que nos separan. Cuando la gran ballena blanca sepulta al capitán Ahab en el mar, se encoge el corazón de los lectores idénticamente en Tokio, Lima o Tombuctú. Cuando Emma Bovary se traga el arsénico, Anna Karenina se arroja al tren y Julián Sorel sube al patíbulo, y cuando, en El Sur, el urbano doctor Juan Dahlmann sale de aquella pulpería de la pampa a enfrentarse al cuchillo de un matón, o advertimos que todos los pobladores de Comala, el pueblo de Pedro Páramo, están muertos, el estremecimiento es semejante en el lector que adora a Buda, Confucio, Cristo, Alá o es un agnóstico, vista saco y corbata, chilaba, kimono o bombachas. La literatura crea una fraternidad dentro de la diversidad humana y eclipsa las fronteras que erigen entre hombres y mujeres la ignorancia, las ideologías, las religiones, los idiomas y la estupidez.
Como todas las épocas han tenido sus espantos, la nuestra es la de los fanáticos, la de los terroristas suicidas, antigua especie convencida de que matando se gana el paraíso, que la sangre de los inocentes lava las afrentas colectivas, corrige las injusticias e impone la verdad sobre las falsas creencias. Innumerables víctimas son inmoladas cada día en diversos lugares del mundo por quienes se sienten poseedores de verdades absolutas. Creíamos que, con el desplome de los imperios totalitarios, la convivencia, la paz, el pluralismo, los derechos humanos, se impondrían y el mundo dejaría atrás los holocaustos, genocidios, invasiones y guerras de exterminio. Nada de eso ha ocurrido. Nuevas formas de barbarie proliferan atizadas por el fanatismo y, con la multiplicación de armas de destrucción masiva, no se puede excluir que cualquier grupúsculo de enloquecidos redentores provoque un día un cataclismo nuclear. Hay que salirles al paso, enfrentarlos y derrotarlos. No son muchos, aunque el estruendo de sus crímenes retumbe por todo el planeta y nos abrumen de horror las pesadillas que provocan. No debemos dejarnos intimidar por quienes quisieran arrebatarnos la libertad que hemos ido conquistando en la larga hazaña de la civilización. Defendamos la democracia liberal, que, con todas sus limitaciones, sigue significando el pluralismo político, la convivencia, la tolerancia, los derechos humanos, el respeto a la crítica, la legalidad, las elecciones libres, la alternancia en el poder, todo aquello que nos ha ido sacando de la vida feral y acercándonos –aunque nunca llegaremos a alcanzarla– a la hermosa y perfecta vida que finge la literatura, aquella que sólo inventándola, escribiéndola y leyéndola podemos merecer. Enfrentándonos a los fanáticos homicidas defendemos nuestro derecho a soñar y a hacer nuestros sueños realidad.
En mi juventud, como muchos escritores de mi generación, fui marxista y creí que el socialismo sería el remedio para la explotación y las injusticias sociales que arreciaban en mi país, América Latina y el resto del Tercer Mundo. Mi decepción del estatismo y el colectivismo y mi tránsito hacia el demócrata y el liberal que soy –que trato de ser– fue largo, difícil, y se llevó a cabo despacio y a raíz de episodios como la conversión de la Revolución Cubana, que me había entusiasmado al principio, al modelo autoritario y vertical de la Unión Soviética, el testimonio de los disidentes que conseguía escurrirse entre las alambradas del Gulag, la invasión de Checoeslovaquia por los países del Pacto de Varsovia, y gracias a pensadores como Raymond Aron, Jean-François Revel, Isaiah Berlin y Karl Popper, a quienes debo mi revalorización de la cultura democrática y de las sociedades abiertas. Esos maestros fueron un ejemplo de lucidez y gallardía cuando la intelligentsia de Occidente parecía, por frivolidad u oportunismo, haber sucumbido al hechizo del socialismo soviético, o, peor todavía, al aquelarre sanguinario de la revolución cultural china.
De niño soñaba con llegar algún día a París porque, deslumbrado con la literatura francesa, creía que vivir allí y respirar el aire que respiraron Balzac, Stendhal, Baudelaire, Proust, me ayudaría a convertirme en un verdadero escritor, que si no salía del Perú sólo sería un seudo escritor de días domingos y feriados. Y la verdad es que debo a Francia, a la cultura francesa, enseñanzas inolvidables, como que la literatura es tanto una vocación como una disciplina, un trabajo y una terquedad. Viví allí cuando Sartre y Camus estaban vivos y escribiendo, en los años de Ionesco, Beckett, Bataille y Cioran, del descubrimiento del teatro de Brecht y el cine de Ingmar Bergman, el TNP de Jean Vilar y el Odéon de Jean Louis Barrault, de la Nouvelle Vague y le Nouveau Roman y los discursos, bellísimas piezas literarias, de André Malraux, y, tal vez, el espectáculo más teatral de la Europa de aquel tiempo, las conferencias de prensa y los truenos olímpicos del general de Gaulle. Pero, acaso, lo que más le agradezco a Francia sea el descubrimiento de América Latina. Allí aprendí que el Perú era parte de una vasta comunidad a la que hermanaban la historia, la geografía, la problemática social y política, una cierta manera de ser y la sabrosa lengua en que hablaba y escribía. Y que en esos mismos años producía una literatura novedosa y pujante. Allí leí a Borges, a Octavio Paz, Cortázar, García Márquez, Fuentes, Cabrera Infante, Rulfo, Onetti, Carpentier, Edwards, Donoso y muchos otros, cuyos escritos estaban revolucionando la narrativa en lengua española y gracias a los cuales Europa y buena parte del mundo descubrían que América Latina no era sólo el continente de los golpes de Estado, los caudillos de opereta, los guerrilleros barbudos y las maracas del mambo y el chachachá, sino también ideas, formas artísticas y fantasías literarias que trascendían lo pintoresco y hablaban un lenguaje universal.

De entonces a esta época, no sin tropiezos y resbalones, América Latina ha ido progresando, aunque, como decía el verso de César Vallejo, todavía Hay, hermanos, muchísimo que hacer. Padecemos menos dictaduras que antaño, sólo Cuba y su candidata a secundarla, Venezuela, y algunas seudodemocracias populistas y payasas, como las de Bolivia y Nicaragua. Pero en el resto del continente, mal que mal, la democracia está funcionando, apoyada en amplios consensos populares, y, por primera vez en nuestra historia, tenemos una izquierda y una derecha que, como en Brasil, Chile, Uruguay, Perú, Colombia, República Dominicana, México y casi todo Centroamérica, respetan la legalidad, la libertad de crítica, las elecciones y la renovación en el poder. Ése es el buen camino y, si persevera en él, combate la insidiosa corrupción y sigue integrándose al mundo, América Latina dejará por fin de ser el continente del futuro y pasará a serlo del presente.
Nunca me he sentido un extranjero en Europa, ni, en verdad, en ninguna parte. En todos los lugares donde he vivido, en París, en Londres, en Barcelona, en Madrid, en Berlín, en Washington, Nueva York, Brasil o la República Dominicana, me sentí en mi casa. Siempre he hallado una querencia donde podía vivir en paz y trabajando, aprender cosas, alentar ilusiones, encontrar amigos, buenas lecturas y temas para escribir. No me parece que haberme convertido, sin proponérmelo, en un ciudadano del mundo, haya debilitado eso que llaman “las raíces”, mis vínculos con mi propio país –lo que tampoco tendría mucha importancia–, porque, si así fuera, las experiencias peruanas no seguirían alimentándome como escritor y no asomarían siempre en mis historias, aun cuando éstas parezcan ocurrir muy lejos del Perú. Creo que vivir tanto tiempo fuera del país donde nací ha fortalecido más bien aquellos vínculos, añadiéndoles una perspectiva más lúcida, y la nostalgia, que sabe diferenciar lo adjetivo y lo sustancial y mantiene reverberando los recuerdos. El amor al país en que uno nació no puede ser obligatorio, sino, al igual que cualquier otro amor, un movimiento espontáneo del corazón, como el que une a los amantes, a padres e hijos, a los amigos entre sí.
Al Perú yo lo llevo en las entrañas porque en él nací, crecí, me formé, y viví aquellas experiencias de niñez y juventud que modelaron mi personalidad, fraguaron mi vocación, y porque allí amé, odié, gocé, sufrí y soñé. Lo que en él ocurre me afecta más, me conmueve y exaspera más que lo que sucede en otras partes. No lo he buscado ni me lo he impuesto, simplemente es así. Algunos compatriotas me acusaron de traidor y estuve a punto de perder la ciudadanía cuando, durante la última dictadura, pedí a los gobiernos democráticos del mundo que penalizaran al régimen con sanciones diplomáticas y económicas, como lo he hecho siempre con todas las dictaduras, de cualquier índole, la de Pinochet, la de Fidel Castro, la de los talibanes en Afganistán, la de los imanes de Irán, la del apartheid de Africa del Sur, la de los sátrapas uniformados de Birmania (hoy Myanmar). Y lo volvería a hacer mañana si –el destino no lo quiera y los peruanos no lo permitan– el Perú fuera víctima una vez más de un golpe de estado que aniquilara nuestra frágil democracia. Aquella no fue la acción precipitada y pasional de un resentido, como escribieron algunos polígrafos acostumbrados a juzgar a los demás desde su propia pequeñez. Fue un acto coherente con mi convicción de que una dictadura representa el mal absoluto para un país, una fuente de brutalidad y corrupción y de heridas profundas que tardan mucho en cerrar, envenenan su futuro y crean hábitos y prácticas malsanas que se prolongan a lo largo de las generaciones demorando la reconstrucción democrática. Por eso, las dictaduras deben ser combatidas sin contemplaciones, por todos los medios a nuestro alcance, incluidas las sanciones económicas. Es lamentable que los gobiernos democráticos, en vez de dar el ejemplo, solidarizándose con quienes, como las Damas de Blanco en Cuba, los resistentes venezolanos, o Aung San Suu Kyi y Liu Xiaobo, que se enfrentan con temeridad a las dictaduras que sufren, se muestren a menudo complacientes no con ellos sino con sus verdugos. Aquellos valientes, luchando por su libertad, también luchan por la nuestra.
Un compatriota mío, José María Arguedas, llamó al Perú el país de “todas las sangres”. No creo que haya fórmula que lo defina mejor. Eso somos y eso llevamos dentro todos los peruanos, nos guste o no: una suma de tradiciones, razas, creencias y culturas procedentes de los cuatro puntos cardinales. A mí me enorgullece sentirme heredero de las culturas prehispánicas que fabricaron los tejidos y mantos de plumas de Nazca y Paracas y los ceramios mochicas o incas que se exhiben en los mejores museos del mundo, de los constructores de Machu Picchu, el Gran Chimú, Chan Chan, Kuelap, Sipán, las huacas de La Bruja y del Sol y de la Luna, y de los españoles que, con sus alforjas, espadas y caballos, trajeron al Perú a Grecia, Roma, la tradición judeo-cristiana, el Renacimiento, Cervantes, Quevedo y Góngora, y la lengua recia de Castilla que los Andes dulcificaron. Y de que con España llegara también el África con su reciedumbre, su música y su efervescente imaginación a enriquecer la heterogeneidad peruana. Si escarbamos un poco descubrimos que el Perú, como el Aleph de Borges, es en pequeño formato el mundo entero. ¡Qué extraordinario privilegio el de un país que no tiene una identidad porque las tiene todas!
La conquista de América fue cruel y violenta, como todas las conquistas, desde luego, y debemos criticarla, pero sin olvidar, al hacerlo, que quienes cometieron aquellos despojos y crímenes fueron, en gran número, nuestros bisabuelos y tatarabuelos, los españoles que fueron a América y allí se acriollaron, no los que se quedaron en su tierra. Aquellas críticas, para ser justas, deben ser una autocrítica. Porque, al independizarnos de España, hace doscientos años, quienes asumieron el poder en las antiguas colonias, en vez de redimir al indio y hacerle justicia por los antiguos agravios, siguieron explotándolo con tanta codicia y ferocidad como los conquistadores, y, en algunos países, diezmándolo y exterminándolo. Digámoslo con toda claridad: desde hace dos siglos la emancipación de los indígenas es una responsabilidad exclusivamente nuestra y la hemos incumplido. Ella sigue siendo una asignatura pendiente en toda América Latina. No hay una sola excepción a este oprobio y vergüenza.
Quiero a España tanto como al Perú y mi deuda con ella es tan grande como el agradecimiento que le tengo. Si no hubiera sido por España jamás hubiera llegado a esta tribuna, ni a ser un escritor conocido, y tal vez, como tantos colegas desafortunados, andaría en el limbo de los escribidores sin suerte, sin editores, ni premios, ni lectores, cuyo talento acaso –triste consuelo– descubriría algún día la posteridad. En España se publicaron todos mis libros, recibí reconocimientos exagerados, amigos como Carlos Barral y Carmen Balcells y tantos otros se desvivieron porque mis historias tuvieran lectores. Y España me concedió una segunda nacionalidad cuando podía perder la mía. Jamás he sentido la menor incompatibilidad entre ser peruano y tener un pasaporte español porque siempre he sentido que España y el Perú son el anverso y el reverso de una misma cosa, y no sólo en mi pequeña persona, también en realidades esenciales como la historia, la lengua y la cultura.
De todos los años que he vivido en suelo español, recuerdo con fulgor los cinco que pasé en la querida Barcelona a comienzos de los años setenta. La dictadura de Franco estaba todavía en pie y aún fusilaba, pero era ya un fósil en hilachas, y, sobre todo en el campo de la cultura, incapaz de mantener los controles de antaño. Se abrían rendijas y resquicios que la censura no alcanzaba a parchar y por ellas la sociedad española absorbía nuevas ideas, libros, corrientes de pensamiento y valores y formas artísticas hasta entonces prohibidos por subversivos. Ninguna ciudad aprovechó tanto y mejor que Barcelona este comienzo de apertura ni vivió una efervescencia semejante en todos los campos de las ideas y la creación. Se convirtió en la capital cultural de España, el lugar donde había que estar para respirar el anticipo de la libertad que se vendría. Y, en cierto modo, fue también la capital cultural de América Latina por la cantidad de pintores, escritores, editores y artistas procedentes de los países latinoamericanos que allí se instalaron, o iban y venían a Barcelona, porque era donde había que estar si uno quería ser un poeta, novelista, pintor o compositor de nuestro tiempo. Para mí, aquellos fueron unos años inolvidables de compañerismo, amistad, conspiraciones y fecundo trabajo intelectual. Igual que antes París, Barcelona fue una Torre de Babel, una ciudad cosmopolita y universal, donde era estimulante vivir y trabajar, y donde, por primera vez desde los tiempos de la guerra civil, escritores españoles y latinoamericanos se mezclaron y fraternizaron, reconociéndose dueños de una misma tradición y aliados en una empresa común y una certeza: que el final de la dictadura era inminente y que en la España democrática la cultura sería la protagonista principal.
Aunque no ocurrió así exactamente, la transición española de la dictadura a la democracia ha sido una de las mejores historias de los tiempos modernos, un ejemplo de como, cuando la sensatez y la racionalidad prevalecen y los adversarios políticos aparcan el sectarismo en favor del bien común, pueden ocurrir hechos tan prodigiosos como los de las novelas del realismo mágico. La transición española del autoritarismo a la libertad, del subdesarrollo a la prosperidad, de una sociedad de contrastes económicos y desigualdades tercermundistas a un país de clases medias, su integración a Europa y su adopción en pocos años de una cultura democrática, ha admirado al mundo entero y disparado la modernización de España. Ha sido para mí una experiencia emocionante y aleccionadora vivirla de muy cerca y a ratos desde dentro. Ojalá que los nacionalismos, plaga incurable del mundo moderno y también de España, no estropeen esta historia feliz.
Detesto toda forma de nacionalismo, ideología –o, más bien, religión– provinciana, de corto vuelo, excluyente, que recorta el horizonte intelectual y disimula en su seno prejuicios étnicos y racistas, pues convierte en valor supremo, en privilegio moral y ontológico, la circunstancia fortuita del lugar de nacimiento. Junto con la religión, el nacionalismo ha sido la causa de las peores carnicerías de la historia, como las de las dos guerras mundiales y la sangría actual del Medio Oriente. Nada ha contribuido tanto como el nacionalismo a que América Latina se haya balcanizado, ensangrentado en insensatas contiendas y litigios y derrochado astronómicos recursos en comprar armas en vez de construir escuelas, bibliotecas y hospitales.
No hay que confundir el nacionalismo de orejeras y su rechazo del “otro”, siempre semilla de violencia, con el patriotismo, sentimiento sano y generoso, de amor a la tierra donde uno vio la luz, donde vivieron sus ancestros y se forjaron los primeros sueños, paisaje familiar de geografías, seres queridos y ocurrencias que se convierten en hitos de la memoria y escudos contra la soledad. La patria no son las banderas ni los himnos, ni los discursos apodícticos sobre los héroes emblemáticos, sino un puñado de lugares y personas que pueblan nuestros recuerdos y los tiñen de melancolía, la sensación cálida de que, no importa donde estemos, existe un hogar al que podemos volver.
El Perú es para mí una Arequipa donde nací pero nunca viví, una ciudad que mi madre, mis abuelos y mis tíos me enseñaron a conocer a través de sus recuerdos y añoranzas, porque toda mi tribu familiar, como suelen hacer los arequipeños, se llevó siempre a la Ciudad Blanca con ella en su andariega existencia. Es la Piura del desierto, el algarrobo y el sufrido burrito, al que los piuranos de mi juventud llamaban “el pie ajeno” –lindo y triste apelativo–, donde descubrí que no eran las cigüeñas las que traían los bebes al mundo sino que los fabricaban las parejas haciendo unas barbaridades que eran pecado mortal. Es el Colegio San Miguel y el Teatro Variedades donde por primera vez vi subir al escenario una obrita escrita por mí. Es la esquina de Diego Ferré y Colón, en el Miraflores limeño –la llamábamos el Barrio Alegre–, donde cambié el pantalón corto por el largo, fumé mi primer cigarrillo, aprendí a bailar, a enamorar y a declararme a las chicas. Es la polvorienta y temblorosa redacción del diario La Crónica donde, a mis dieciséis años, velé mis primeras armas de periodista, oficio que, con la literatura, ha ocupado casi toda mi vida y me ha hecho, como los libros, vivir más, conocer mejor el mundo y frecuentar a gente de todas partes y de todos los registros, gente excelente, buena, mala y execrable. Es el Colegio Militar Leoncio Prado, donde aprendí que el Perú no era el pequeño reducto de clase media en el que yo había vivido hasta entonces confinado y protegido, sino un país grande, antiguo, enconado, desigual y sacudido por toda clase de tormentas sociales. Son las células clandestinas de Cahuide en las que con un puñado de sanmarquinos preparábamos la revolución mundial. Y el Perú son mis amigos y amigas del Movimiento Libertad con los que por tres años, entre las bombas, apagones y asesinatos del terrorismo, trabajamos en defensa de la democracia y la cultura de la libertad.
El Perú es Patricia, la prima de naricita respingada y carácter indomable con la que tuve la fortuna de casarme hace 45 años y que todavía soporta las manías, neurosis y rabietas que me ayudan a escribir. Sin ella mi vida se hubiera disuelto hace tiempo en un torbellino caótico y no hubieran nacido Álvaro, Gonzalo, Morgana ni los seis nietos que nos prolongan y alegran la existencia. Ella hace todo y todo lo hace bien. Resuelve los problemas, administra la economía, pone orden en el caos, mantiene a raya a los periodistas y a los intrusos, defiende mi tiempo, decide las citas y los viajes, hace y deshace las maletas, y es tan generosa que, hasta cuando cree que me riñe, me hace el mejor de los elogios: “Mario, para lo único que tú sirves es para escribir”.
Volvamos a la literatura. El paraíso de la infancia no es para mí un mito literario sino una realidad que viví y gocé en la gran casa familiar de tres patios, en Cochabamba, donde con mis primas y compañeros de colegio podíamos reproducir las historias de Tarzán y de Salgari, y en la Prefectura de Piura, en cuyos entretechos anidaban los murciélagos, sombras silentes que llenaban de misterio las noches estrelladas de esa tierra caliente. En esos años, escribir fue jugar un juego que me celebraba la familia, una gracia que me merecía aplausos, a mí, el nieto, el sobrino, el hijo sin papá, porque mi padre había muerto y estaba en el cielo. Era un señor alto y buen mozo, de uniforme de marino, cuya foto engalanaba mi velador y a la que yo rezaba y besaba antes de dormir. Una mañana piurana, de la que todavía no creo haberme recobrado, mi madre me reveló que aquel caballero, en verdad, estaba vivo. Y que ese mismo día nos iríamos a vivir con él, a Lima. Yo tenía once años y, desde entonces, todo cambió. Perdí la inocencia y descubrí la soledad, la autoridad, la vida adulta y el miedo. Mi salvación fue leer, leer los buenos libros, refugiarme en esos mundos donde vivir era exaltante, intenso, una aventura tras otra, donde podía sentirme libre y volvía a ser feliz. Y fue escribir, a escondidas, como quien se entrega a un vicio inconfesable, a una pasión prohibida. La literatura dejó de ser un juego. Se volvió una manera de resistir la adversidad, de protestar, de rebelarme, de escapar a lo intolerable, mi razón de vivir. Desde entonces y hasta ahora, en todas las circunstancias en que me he sentido abatido o golpeado, a orillas de la desesperación, entregarme en cuerpo y alma a mi trabajo de fabulador ha sido la luz que señala la salida del túnel, la tabla de salvación que lleva al náufrago a la playa.
Aunque me cuesta mucho trabajo y me hace sudar la gota gorda, y, como todo escritor, siento a veces la amenaza de la parálisis, de la sequía de la imaginación, nada me ha hecho gozar en la vida tanto como pasarme los meses y los años construyendo una historia, desde su incierto despuntar, esa imagen que la memoria almacenó de alguna experiencia vivida, que se volvió un desasosiego, un entusiasmo, un fantaseo que germinó luego en un proyecto y en la decisión de intentar convertir esa niebla agitada de fantasmas en una historia. “Escribir es una manera de vivir”, dijo Flaubert. Sí, muy cierto, una manera de vivir con ilusión y alegría y un fuego chisporroteante en la cabeza, peleando con las palabras díscolas hasta amaestrarlas, explorando el ancho mundo como un cazador en pos de presas codiciables para alimentar la ficción en ciernes y aplacar ese apetito voraz de toda historia que al crecer quisiera tragarse todas las historias. Llegar a sentir el vértigo al que nos conduce una novela en gestación, cuando toma forma y parece empezar a vivir por cuenta propia, con personajes que se mueven, actúan, piensan, sienten y exigen respeto y consideración, a los que ya no es posible imponer arbitrariamente una conducta, ni privarlos de su libre albedrío sin matarlos, sin que la historia pierda poder de persuasión, es una experiencia que me sigue hechizando como la primera vez, tan plena y vertiginosa como hacer el amor con la mujer amada días, semanas y meses, sin cesar.
Al hablar de la ficción, he hablado mucho de la novela y poco del teatro, otra de sus formas excelsas. Una gran injusticia, desde luego. El teatro fue mi primer amor, desde que, adolescente, vi en el Teatro Segura, de Lima, La muerte de un viajante, de Arthur Miller, espectáculo que me dejó traspasado de emoción y me precipitó a escribir un drama con incas. Si en la Lima de los cincuenta hubiera habido un movimiento teatral habría sido dramaturgo antes que novelista. No lo había y eso debió orientarme cada vez más hacia la narrativa. Pero mi amor por el teatro nunca cesó, dormitó acurrucado a la sombra de las novelas, como una tentación y una nostalgia, sobre todo cuando veía alguna pieza subyugante. A fines de los setenta, el recuerdo pertinaz de una tía abuela centenaria, la Mamaé, que, en los últimos años de su vida, cortó con la realidad circundante para refugiarse en los recuerdos y la ficción, me sugirió una historia. Y sentí, de manera fatídica, que aquella era una historia para el teatro, que sólo sobre un escenario cobraría la animación y el esplendor de las ficciones logradas. La
escribí con el temblor excitado del principiante y gocé tanto viéndola en escena, con Norma Aleandro en el papel de la heroína, que, desde entonces, entre novela y novela, ensayo y ensayo, he reincidido varias veces. Eso sí, nunca imaginé que, a mis setenta años, me subiría (debería decir mejor me arrastraría) a un escenario a actuar. Esa temeraria aventura me hizo vivir por primera vez en carne y hueso el milagro que es, para alguien que se ha pasado la vida escribiendo ficciones, encarnar por unas horas a un personaje de la fantasía, vivir la ficción delante de un público. Nunca podré agradecer bastante a mis queridos amigos, el director Joan Ollé y la actriz Aitana Sánchez Gijón, haberme animado a compartir con ellos esa fantástica experiencia (pese al pánico que la acompañó).
La literatura es una representación falaz de la vida que, sin embargo, nos ayuda a entenderla mejor, a orientarnos por el laberinto en el que nacimos, transcurrimos y morimos. Ella nos desagravia de los reveses y frustraciones que nos inflige la vida verdadera y gracias a ella desciframos, al menos parcialmente, el jeroglífico que suele ser la existencia para la gran mayoría de los seres humanos, principalmente aquellos que alentamos más dudas que certezas, y confesamos nuestra perplejidad ante temas como la trascendencia, el destino individual y colectivo, el alma, el sentido o el sinsentido de la historia, el más acá y el más allá del conocimiento racional.
Siempre me ha fascinado imaginar aquella incierta circunstancia en que nuestros antepasados, apenas diferentes todavía del animal, recién nacido el lenguaje que les permitía comunicarse, empezaron, en las cavernas, en torno a las hogueras, en noches hirvientes de amenazas –rayos, truenos, gruñidos de las fieras–, a inventar historias y a contárselas. Aquel fue el momento crucial de nuestro destino, porque, en esas rondas de seres primitivos suspensos por la voz y la fantasía del contador, comenzó la civilización, el largo transcurrir que poco a poco nos humanizaría y nos llevaría a inventar al individuo soberano y a desgajarlo de la tribu, la ciencia, las artes, el derecho, la libertad, a escrutar las entrañas de la naturaleza, del cuerpo humano, del espacio y a viajar a las estrellas. Aquellos cuentos, fábulas, mitos, leyendas, que resonaron por primera vez como una música nueva ante auditorios intimidados por los misterios y peligros de un mundo donde todo era desconocido y peligroso, debieron ser un baño refrescante, un remanso para esos espíritus siempre en el quién vive, para los que existir quería decir apenas comer, guarecerse de los elementos, matar y fornicar. Desde que empezaron a soñar en colectividad, a compartir los sueños, incitados por los contadores de cuentos, dejaron de estar atados a la noria de la supervivencia, un remolino de quehaceres embrutecedores, y su vida se volvió sueño, goce, fantasía y un designio revolucionario: romper aquel confinamiento y cambiar y mejorar, una lucha para aplacar aquellos deseos y ambiciones que en ellos azuzaban las vidas figuradas, y la curiosidad por despejar las incógnitas de que estaba constelado su entorno.
Ese proceso nunca interrumpido se enriqueció cuando nació la escritura y las historias, además de escucharse, pudieron leerse y alcanzaron la permanencia que les confiere la literatura. Por eso, hay que repetirlo sin tregua hasta convencer de ello a las nuevas generaciones: la ficción es más que un entretenimiento, más que un ejercicio intelectual que aguza la sensibilidad y despierta el espíritu crítico. Es una necesidad imprescindible para que la civilización siga existiendo, renovándose y conservando en nosotros lo mejor de lo humano. Para que no retrocedamos a la barbarie de la incomunicación y la vida no se reduzca al pragmatismo de los especialistas que ven las cosas en profundidad pero ignoran lo que las rodea, precede y continúa. Para que no pasemos de servirnos de las máquinas que inventamos a ser sus sirvientes y esclavos. Y porque un mundo sin literatura sería un mundo sin deseos ni ideales ni desacatos, un mundo de autómatas privados de lo que hace que el ser humano sea de veras humano: la capacidad de salir de sí mismo y mudarse en otro, en otros, modelados con la arcilla de nuestros sueños.
De la caverna al rascacielos, del garrote a las armas de destrucción masiva, de la vida tautológica de la tribu a la era de la globalización, las ficciones de la literatura han multiplicado las experiencias humanas, impidiendo que hombres y mujeres sucumbamos al letargo, al ensimismamiento, a la resignación. Nada ha sembrado tanto la inquietud, removido tanto la imaginación y los deseos, como esa vida de mentiras que añadimos a la que tenemos gracias a la literatura para protagonizar las grandes aventuras, las grandes pasiones, que la vida verdadera nunca nos dará. Las mentiras de la literatura se vuelven verdades a través de nosotros, los lectores transformados, contaminados de anhelos y, por culpa de la ficción, en permanente entredicho con la mediocre realidad. Hechicería que, al ilusionarnos con tener lo que no tenemos, ser lo que no somos, acceder a esa imposible existencia donde, como dioses paganos, nos sentimos terrenales y eternos a la vez, la literatura introduce en nuestros espíritus la inconformidad y la rebeldía, que están detrás de todas las hazañas que han contribuido a disminuir la violencia en las relaciones humanas. A disminuir la violencia, no a acabar con ella. Porque la nuestra será siempre, por fortuna, una historia inconclusa. Por eso tenemos que seguir soñando, leyendo y escribiendo, la más eficaz manera que hayamos encontrado de aliviar nuestra condición perecedera, de derrotar a la carcoma del tiempo y de convertir en posible lo imposible.
Estocolmo, 7 de diciembre de 2010.
© FUNDACIÓN NOBEL 2010

Elogio de la lectura y la ficción (antes del puntapié inicial)


Hoy, martes 07 de diciembre, el Misti decidió amanecer con chalina. Dice la creencia popular (las ficciones que a su antojo, de generación en generación, y de boca en boca, transmite, altera, deforma y enriquece el pueblo) que nuestro formidable proveedor de sillar suele arreglarse para las fechas especiales. Así parece suceder ahora, pues una nube acordona la cima del cono volcánico y —gracias, natura— nos hace creer que otra vez la nieve vuelve a ornar a nuestro volcán tutelar. Es casi un espejismo, una ficción, un homenaje de la naturaleza mistiana a uno de sus hijos más preciados: Mario Vargas Llosa.
El discurso que Mario Vargas Llosa pronunciará en instantes en la Academia Sueca lleva el título de «Elogio de la lectura y la ficción», en el cual probablemente —aparte de incidir en el «Viaje a la ficción», primer capítulo del libro que le dedicó al uruguayo Juan Carlos Onetti— volverá a hablar de sus recuerdos cochabambinos que todos los que seguimos sus artículos o sus memorias, «El pez en el agua», podemos recordar:
«De Cochabamba recuerdo las deliciosas empanadas salteñas y los almuerzos de los domingos, con toda la familia presente —el tío Lucho ya estaba casado con la tía Olga, sin duda, y el tío Jorge con la tía Gaby—, y la enorme mesa familiar, donde se recordaba siempre el Perú —o quizás habría que decir Arequipa— y donde todos esperábamos que a los postres hicieran su aparición las deliciosas sopaipillas y los guargüeros, unos postres tacneños y moqueguanos que la abuelita y la Mamaé hacían con manos mágicas. Recuerdo las piscinas de Urioste y de Berveley, a las que me llevaba el tío Lucho, en las que aprendí a nadar, el deporte que más me gustó de chico y en el único que llegué a tener cierto éxito.
Y recuerdo también, con qué cariño, las historietas y los libros que leía con concentración y olvido místicos, totalmente inmerso en la ilusión —las historias de Genoveva de Brabante y de Guillermo Tell, del rey Arturo y de Cagliostro, de Robin Hood o del jorobado Lagardère, de Sandokán o del Capitán Nemo, y, sobre todo, la serie de Guillermo, un niño travieso de mi edad de quien cada libro narraba una aventura, que yo intentaba repetir luego en el jardín de la casa. Y recuerdo mis primeros garabatos de fabulador, que solían ser versitos, o prolongaciones y enmiendas de las historias que leía, y que la familia me celebraba. El abuelo era aficionado a la poesía —mi bisabuelo Belisario había sido poeta y publicado una novela— y me enseñaba a memorizar versos de Campoamor o de Rubén Darío y tanto él como mi madre (que tenía en su velador un ejemplar de los Veinte poemas de amor y una canción desesperada, de Pablo Neruda, que me prohibió leer) me festejaban esas temeridades preliterarias como gracias.
»

Estos recuerdos darán pie a otro recuerdo capital: el día que se enteró en Piura que su padre no estaba muerto: el día que lo despojaron del paraíso.
Por otra parte, Vargas Llosa ya ha anunciado en Estocolmo que hablará también de Barcelona, una ciudad fundamental en la difusión de su obra y en su definitiva consagración como novelista. Pues fue la casa catalana Seix Barral la que le otorgó el Premio Biblioteca Breve por La ciudad y los perros. Así oficialmente aparece el «boom» literario latinoamericano.

Pero si de ciudades se trata, estarán muy presentes también Piura, Lima, Madrid, París, Londres y la selva peruana (que vuelve a aparecer, casi como un personaje más, en su última novela «El sueño del celta»).
Otra de las claves para acercarnos al discurso que ha preparado el novelista arequipeño quizá la podemos encontrar en el inicio del ensayo que le dedica a uno de sus padres literarios: Flaubert. Hablará del genio francés y de la novela que lo enamoró para siempre Madame Bovary; del norteamericano William Faulkner a quien aprendió a leer con lápiz y papel desde Palmeras salvajes; del compromiso sartreano (que rechazó el premio Nobel en 1964) y de los que merecieron el Premio Nobel: Jorge Luis Borges y quizá —ojalá— César Vallejo.

Dice Vargas Llosa: «Un puñado de personajes literarios han marcado mi vida de manera más durable que buena parte de los seres de carne y hueso que he conocido. Aunque es verdad que cuando personajes de ficción y seres humanos son presente, contacto directo, la realidad de estos últimos prevalece sobre la de aquéllos —nada tiene tanta vida como el cuerpo que se puede ver, palpar—, la diferencia desaparece cuando ambos tornan a ser pasado, recuerdo, y con ventaja considerable para los primeros sobre los segundos, cuya delicuescencia en la memoria es sin remedio, en tanto que el personaje literario puede ser resucitado indefinidamente, con el mínimo esfuerzo de abrir las páginas del libro y detenerse en las líneas adecuadas»

Pero si se da un espacio para hablar de aquellos seres humanos de carne y hueso que, para bien o para mal, marcaron su vida: recordará a Dora Llosa, su madre; Ernesto Vargas, su padre; su amado tío Lucho (padre de su esposa Patricia y cuasi un padre postizo para el autor); quizá de su primera esposa (Julia Urquidi); sus grandes amigos Luis Loayza, Abelardo Oquendo y Javier Silva; el historiador Raúl Porras Barnechea y de su casa en la calle Colina en donde aprendió sobre la historia peruana (a Porras le dedica La utopía arcaica); su amigo y editor Carlos Barral y de la mítica editora española Carmen Balcells.

Vargas Llosa ha ganado tantos premios y ha escrito tantos discursos (uno de los más memorables «La literatura es fuego» cuando recibió el premio Rómulo Gallegos en Caracas o el que le dedicó al Quijote y a su autor al ganar el Premio Cervantes) que será muy difícil que pueda sorprendernos con una matización o enriquecimiento de «La verdad de las mentiras». Tal vez una anécdota inédita le dé nuevos bríos a su lectura Nobel, recuerdos muy personales todavía no ventilados. Se trata del mejor novelista peruano y él siempre podrá sorprendernos.
¿A quién extrañará o recordará con más intensidad? Sin duda a su madre y a su tío Lucho. Será un chispazo de alegría, un pedazo de gloria. Él sabe mejor que nadie que todavía no ha llegado a la meta: el desasosiego y la infelicidad serán una constante en su vida, compañeros de viaje: por eso rechaza que lo quieran convertir en una estatua; por algo quiere seguir leyendo y escribiendo hasta sus últimos días: para vivir otras vidas, para inventar otras realidades —atroces, perversas, eróticas, sentimentales, etcétera— porque con una sola no basta, no alcanza, no sirve, no vale la pena.

2010/12/02

Recuerdos de Campaña: «¡Si ganas, tendré otro hijo!»

Ahora que se viene el 2011, García Pérez -y, cómo no, su caterva de ratas y alacranes- empieza a mover sus dados (Aráoz, Castañeda, Keiko y siguen firmas) para volver al poder en el 2016, o, en todo caso, seguir siendo el asqueroso titiritero... Acá unos breves recuerdos de campaña. La fuente, por supuesto, es El pez en el Agua.
Escribe Mario Vargas Llosa
(Alan García Pérez) era joven, desenvuelto y simpático. Yo lo había visto una vez, antes, durante su campaña electoral de 1985, en casa de un amigo común, el martillero y coleccionista de arte Manuel Checa Solari, quien se empeñó en hacernos comer juntos. La impresión que me hizo fue la de un hombre inteligente, pero de una ambición sin frenos y capaz de cualquier cosa con tal de llegar al poder.
___
Para las Navidades de 1989, Acción Solidaria organizó en el estadio de Alianza Lima, el 23 de diciembre, un espectáculo con artistas de cine, radio y televisión, al que asistieron treinta y cinco mil personas. A poco de iniciarse el espectáculo, me avisaron por radio que habían encontrado una bomba en mi casa y que el servicio de desactivación de explosivos de la Guardia Civil había obligado a mi madre, a mis suegros, a las secretarias y empleados a marcharse. La coincidencia de esta bomba con el acto del estadio nos pareció sospechosa, destinada sin duda a empañar el acto, sacándonos de allí, de modo que con Patricia y mis hijos nos quedamos en la tribuna hasta que la fiesta navideña terminó (El APRA es especialista en ese género de operaciones: la víspera del lanzamiento de mi candidatura, el 3 de junio de 1989, voces anónimas avisaron que había una bomba en el avión que me llevaba a Arequipa. Luego del desalojo de emergencia, lejos del local del aeropuerto donde me esperaba la gente, se registró la nave y no se encontró nada).
_____
(En los mítines) hablé de mí y de mi familia de manera confesional, explicando, contra la propaganda que me presentaba como un privilegiado, que yo debía todo lo que era y tenía a mi trabajo, y el de Arequipa, el último, el día 6, en el que prometí a mis coterráneos que sería «un presidente rebelde y turbulento», como lo había sido mi tierra natal en la historia del Perú.
Esos actos tan bien organizados, esas plazas y avenidas que bullían de gente sobreexcitada y enronquecida de corear nuestros lemas —tantas muchachas y muchachos, sobre todo— daban la idea de una movilización arrolladora, de un país encandilado con el Frente. Antes del mitin final, con Patricia y mis tres hijos recorrimos las calles de la ciudad en coche descubierto en una caravana de varias horas a la que de cada rincón arequipeño se sumaba más y más gente, con ramos de flores o papel picado, en una atmósfera de verdadero delirio. Durante uno de esos recorridos en Arequipa, me ocurrió una de las más bonitas anécdotas de esos años. Una señora joven se acercó a la camioneta, me alcanzó un niño de pocos meses para que lo besara, y me gritó: «¡Si ganas, tendré otro hijo, Mario!»

«Claro, ofrécele a Fujimori uno o dos ministerios y que renuncie a la segunda vuelta.» Pero lo que yo estaba ya pensando ofrecerle a mi rival era algo más apetitoso que unas carteras ministeriales: la banda presidencial. A cambio de algunos puntos claves de nuestro programa económico y de unos equipos capaces de llevarlo a la práctica. Mi temor, desde ese instante, fue que, a través de interpósita persona, Alan García y el APRA siguieran gobernando el Perú y el desastre de los últimos cinco años continuara, hasta la delicuescencia de la sociedad peruana.
Desde esa segunda proyección nunca tuve la menor duda sobre el desenlace ni me hice la menor ilusión sobre mis posibilidades de triunfo en una segunda vuelta. En los meses y años anteriores había podido palpar físicamente el odio que llegaron a tenerme los apristas y los comunistas, a quienes mi irrupción en la vida política peruana, defendiendo tesis liberales, llenando plazas, movilizando a unas clases medias a las que antes tenían intimidadas o confundidas, impidiendo la nacionalización del sistema financiero, y reivindicando cosas que ellos habían convertido en tabúes —la democracia «formal», la propiedad y la empresa privada, el capitalismo, el mercado—, les desbarató lo que creían un seguro monopolio del poder político y del futuro peruano. La sensación, alimentada por las encuestas a lo largo de casi tres años, de que no había manera legal de atajar a ese intruso resucitador de la «derecha» que llegaría al poder en olor de multitudes, había envenenado aún más su animadversión y, exasperada ésta por las intrigas que orquestaba
desde Palacio Alan García, había aumentado su encono contra mí de una manera demencial. La aparición de Fujimori, en el último minuto, era un regalo de los dioses para el APRA y la izquierda y era obvio que ambos se entregarían en cuerpo y alma a trabajar por su victoria, sin ponerse a pensar un minuto en lo riesgoso que era llevar al poder a alguien tan mal equipado para ejercerlo. El sentido común, la razón, son flores exóticas en la vida política peruana y estoy seguro de que, aun si hubieran sabido que, veinte meses después de votar por él, Fujimori iba a acabar con la democracia, cerrar el Congreso, convertirse en dictador y empezar a reprimir a apristas e izquierdistas, éstos hubieran votado igual por él con tal de cerrarle el paso a quien llamaban el enemigo número uno.

2010/12/01

Woody Allen: «La única manera de ser feliz es que te guste sufrir»


Hoy el genio newyorkino cumple 75 años y lo celebramos con algunas de sus frases o confesiones más memorables:
«La única manera de ser feliz es que te guste sufrir»

«No quiero alcanzar la inmortalidad mediante mi trabajo, sino simplemente no muriendo.»

«He filmado muchas películas, pero nunca he sentido que haya hecho una genial de la talla de , El ladrón de bicicletas o La gran ilusión»

«Mi psicoanalista me advirtió que no saliera contigo, pero eras tan guapa que cambié de psicoanalista» (en Manhattan).

«He leído a novelistas rusos para estar a la altura de mis novias.»
Más información, acá: Woody Allen cumple 75 años

2010/11/30

Te leo porque te amo


«Si un niño no comprende lo que lee, menos comprende el mundo en el que vive y sus posibilidades de desarrollo cultural, económico y social son muy escasas en una economía mundial, como la actual, que se basa en la información y en la creatividad.
Leerle a nuestros niños es la base para el desarrollo de sus competencias intelectuales: comprender lo que leen, su propia vida y la sociedad en la que viven nace en el acto sencillo de leerles un cuento cada día.
¡Gracias a todos los que nos apoyaron en esta acción social donde se juntaron artistas visuales, músicos, gestores culturales, periodistas y escritores para visitar los colegios de Arequipa, leerles a los niños y hablarles de todo lo que puedes lograr leyendo! ¡Y de lo mucho que te puedes divertir!
»

El día de ayer, por la mañana, estuvimos en algunos colegios de Arequipa conversando con niños de primaria y secundaria acerca de la importancia de la lectura. La idea inicial resulta simple, pero requiere de un trabajo arduo: incentivar en los niños el hábito por la lectura, y estimularlos para que asistan a las bibliotecas de sus escuelas y lean libros. Lamentablemente en muchos colegios no hay bibliotecas. Queda mucho por hacer. TE LEO PORQUE TE AMO.
Foto: Diario La República.