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2010/08/16

A veces es peor el remedio que la enfermedad



Palabras

A veces es peor el remedio que la enfermedad.
Casi siempre mejor no decir nada,
hay demasiadas palabras que se usan así nomás.
Lo que querés oír, te lo inventás y lo tenés.
La música es de aquellos que la quieren escuchar
y de nadie más.
Es benigna y la mierda que tenés en la cabeza
tiene que ser muy digna,
porque si no te sobra entre las armonías.

Algunas palabras las invento yo,
otras las trajo el tito Bob Dylan
por eso no miento, no importa tanto la verdad,
es la realidad.
Es la basura que junta tu cabeza mientras hablás,
aunque no los escuches sé que ladran, Sancho,
pero no tienen autoridad.

Pero tengo el ancho de espadas y el de bastos también
y un turquito en la neblina no me dice
cuando desafina la Orquesta Winnograd,
tengan piedad con el 4 de copas
y bodas de plata con la farlopa
tengo vestuarios, rompí los horarios en mil pedazos.

Conozco el caso de "Blableta Fracaseta"
especialmente en la República Anfetamina
Acá siempre se opina con ventilador prendido
y que marrón salpiqué,
y te cubrís de marrón de marrón
y te cubrís de marrón de marrón...

2010/03/13

«La prostitución de las palabras» en el Proyecto Sherezade


El Proyecto Sherezade publica mi cuento en su edición de marzo. Y lo presenta así: La prostitución de las palabras es la historia de un oficinista que decide dejar su profesión para escribir la gran novela que lleva dentro de sí.

¿Cómo comenzó todo esto? Recuerdo que cuando sólo restaban un par de días para el día de mis cuarenta años, el cartero llamó a la puerta de mi departamento, para entregarme un paquete de libros que, junto a una risueña tarjeta de cumpleaños, me enviaba mi hermana Adela desde algún rincón de Palma de Mallorca.

Todos eran libros de ficción y, también, del mismo autor. Es por eso que, sintiéndome partícipe de un absurdo y efímero juego de lotería, tomé al azar uno de los cuatro y me sumí en el placentero viaje de La tregua. Viaje del que, al parecer, no retornaría nunca.

Me bastó menos de una tarde terminar de leer esa novela disfrazada de diario personal. Pero –ahora debo reconocerlo sin ambages–, me tomaría mucho más tiempo asimilar la caterva de repercusiones que tuvieron en mí esas páginas que, de alguna manera que hasta el día de hoy no llego a comprender con precisión, me aguijonearon para que tomara decisiones poco meditadas y –según mi abuela, que casi nunca falla– totalmente descabelladas que le darían otro talante a mi porvenir.

Para leer el cuento completo clic aquí.
Imagen: Puente de Fierro (Puente Bolívar), Arequipa