2007/10/26

¿PERUANO, YO? AREQUIPEÑO TAMPOCO


ENSAYANDO MI IDENTIDAD (*):
¿PERUANO, YO? AREQUIPEÑO TAMPOCO…



"Siento las peculiaridades de mi tierra, pero también amo con versátil ingenuidad las de cualquier otra. Y, desde luego, detesto a los patriotas de oficio y beneficio, a los maniáticos unilaterales, a los profesionales de la glorificación de lo “de casa”, a los que se pavonean ostentando un vino del terruño o el nombre célebre de uno de sus conciudadanos como si se tratara de una medalla ganada por virtud propia. Sólo quien nada vale por sí mismo puede creer que hay mérito en haber nacido en determinado lugar o bajo determinada bandera".


FERNANDO SAVATER, Contra las patrias


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Sí, es cierto. No puedo negarlo, ¿para qué? Yo he defendido la peruanidad del pisco hasta ese delirio quijotesco que alguna vez me llevó a enfilar toda mi artillería verbal contra esos inmensos molinos de viento que creí ver, allá, más al sur de Tacna, donde la patria cambia de nombre: recuerdo que agoté más de una semana redactando un piélago de cartas, dirigidas a cada uno de los directores y editores de los diarios chilenos, en donde los conminaba a aceptar públicamente y a primera página la peruanidad de nuestra bebida bandera. Eso no es todo: sólo la punta del iceberg. En más de una oportunidad, he sacado pecho al ver, en la zona VIP de los estantes librescos, el último libro de Vargas Llosa. “Es arequipeño”, he pensado rezumando un inocultable orgullo. “Será todo lo arequipeño que tú quieras, pero no es peruano, ahora es español”, me han aclarado muchas veces algunos compatriotas con un tono no exento de esa ojeriza que busca despojarme de un tirón de la cercanía que siento hacia mi paisano y a hacia su prolífica obra. Por suerte, en la literatura –y en cualquier arte en general– los pasaportes no existen. Más bien, la primera se sirve de los segundos para destruirlos (en un terreno simbólico, por supuesto, he ahí su riqueza): yo –prejuicios de lado– me he sentido completamente chileno recitando a Neruda o viendo la primera película de Alberto Fuguet; y cada vez que repaso algún video de Maradona –sí, el de Fiorito también es un artista de excepción en su rubro– me siento más argentino que el propio Cortázar. Y aclaro de una vez que leyendo a Vargas Llosa, antes que arequipeño, me he sentido limeño, piurano o selvático. Valdelomar y El Caballero Carmelo develaron mi más singular y entrañable lado iqueño; y desde que conozco el País de Jauja de Rivera Martínez ya soy jaujino hasta mi muerte… eso sí, mejor obviar La Palabra del Mudo, para no hablar de Ribeyro, porque el flaco me enseñó a ser dolorosamente peruano. Siempre me pareció que Ribeyro, en más de uno de sus cuentos, nos tiñe de rojo y blanco y nos estampa el escudo nacional en el alma, pues él transforma al país en personajes, se sirve del peruano de a pie para corporizar a la peruanidad, individualiza puntillosamente lo que somos, lo gregario, lo que arrastramos ancestralmente. ¿Se le puede agradecer a alguien por hacernos sentir peruanos en sus aspectos más sórdidamente crudos y por, además, ponernos cara a cara con lo que preferiríamos no ver? Sí, eso lo supo Freud y lo sabe aquel alcohólico que empieza por aceptar que tiene un problema. Por tanto, lo incorrecto y, desde luego, poco saludable, sería disociar la palabra “fracaso” del carácter nato del peruano; de hacerlo, estaríamos, también, escamoteando algo largamente explorado por Zavalita (partiendo, primero, de un arriesgado intento por conocer el drama nacional para, después, entender nuestra historia privada en un reducto netamente local). La eterna búsqueda, como arequipeños o peruanos, de respuestas que en vez de zanjar debates nos lancen hacia ellos: En qué momento nos jodimos (o nos jodieron), pero también quién nos jode o a quién jodemos. “En este país el que no se jode, jode a los demás”, afirma Santiago Zavala en Conversación en La Catedral, y el provinciano relegado e inconforme que todos los arequipeños llevamos agazapado por dentro, lo acepta con un relente de rabia: Lima es la única ciudad que no se jode y, para no joderse, jode a las demás. Nos sentimos pues, segundones, ciudadanos de tercera fila, desplazados por el omnímodo poder limeño. Olvidados por un presidente de (y para) los limeños y por un sistema que hace de Lima la engreída y de Arequipa la eterna postergada. Pero nos olvidamos de que en Caravelí, por ejemplo, eso piensan de nosotros: la Arequipa del Misti y del Mirador de Yanahuara es la ciudad que se sirve de todo el poder de la región, el ogro (para nada filantrópico, ¡bueno fuera!) que todo lo devora y absorbe. Ese evidente centralismo que se da a diario en el plano regional, a los arequipeños de verdad poco les importa porque son los primeros beneficiados, y porque entendemos que la verdadera Arequipa es ésta, la chiquita, la única posible: la del Club Arequipa (o cuando menos el Club Internacional), la del Fórum y la “Tradi” o Arancota, la del Tuturutu, el adobo caymeño y los estáticos toros dorados de la Avenida Del Ejército… Si vamos más allá y nos alejamos lentamente de la Plaza de Armas –producto de un arbitrario proceso de desmembramiento donde el prejuicio y la tontería hacen sus delicias en nuestro psiquis colectivo– el arequipeñismo se va perdiendo. Mientras más uno se aleje de las cuidadas fachadas de la zona residencial de Cayma o de la tranquilidad de Vallecito o Umacollo va perdiendo identidad… si vas para el Cono Norte no vas a encontrar arequipeños de verdad. Ellos son otra historia, los que sólo nos visitan en las manifestaciones y paralizaciones; y ni qué decir de Mollendo, Camaná o Mejía que únicamente nos importan cuando la canícula del verano nos invita a la costa. Para nadie es un secreto que ni camanejos ni mollendinos se sienten arequipeños, cosa que, acá, algunos repudian (de la boca para afuera), pero que no pocos saborean en el fuero íntimo:
–Yo no soy arequipeño, ¡soy mollendino! –Aclaró enfáticamente en alguna oportunidad Juan Carlos Oblitas, hijo ilustre del Puerto Bravo, quien como futbolista, entrenador, comentarista y articulista deportivo ha demostrado que es todo menos un ignorante. Pido, pues, que la sentencia restalle en el lector.
Quizá pude obviar la parrafada inicial. Un hatajo de confesiones innecesarias acompañadas de citas, afirmaciones manidas y hasta aburridas si no se las mira desde el contexto de este intento por querer entender o definir algo tan insondable y pervasivo como la identidad del arequipeño a partir de lo que tengo más a la mano: mi propia coyuntura. Y yo soy sobre todo mi entorno, mis experiencias más intensas y mis lecturas más recurrentes; soy lo que veo, siento y percibo. Entremezclando confesiones, evocaciones y posturas sólo pretendo correr el riesgo de ensayar mi propia identidad, que no es otra cosa que servirme de las licencias que me da el ensayo para desarrollar mis ideas sin necesidad de mostrar el aparato erudito. Y este seguramente fallido esbozo de mi identidad será otro pretexto más para ensayarme a mí mismo. Entiendo, como Fernando Savater, que la principal industria del hombre es inventarse y darse forma a sí mismo. El ensayo es un género literario flexible que escapa, como yo, a la rigidez de esas reglas que agobian al escribidor como los corsés a la fémina que busca reducir su cintura y de paso exagerar las curvas naturales de su fisonomía. Si mientras ensayo también narro, espero que no sea en desmedro del mensaje sino, más bien, para robustecer el hilo conductor que me ayudará a salir de mi enrevesado laberinto identitario. ¿Salir para qué? ¿Para salvarme? No lo sé. A veces salir es fracasar, volver a entrar.
Se ha dicho de Sartre de que narra cuando filosofa y filosofa cuando narra. Yo no sé hasta ahora si se lo censura o elogia con tal afirmación. Eso sí, el suyo me parece un método espontáneo. Pero lamentablemente yo no soy Sartre y disto mucho de serlo. Apenas intento ser alguien que quiere asir, aunque sea de manera infinitesimal, una ración de esa locura que, de entre todos los hombres, lo hizo un individuo distinto: “Lo que me gusta de mi locura es que me ha protegido, desde el primer día, contra las seducciones de la élite; nunca he creído ser el feliz propietario de un ‘talento’; lo único que se trataba era de salvarme —nada en las manos, nada en los bolsillos— por el trabajo y la fe. Como consecuencia, mi pura opción no me elevaba por encima de nadie: sin equipo, sin herramientas, me he metido entero en la tarea para salvarme entero. Si coloco a la imposible Salvación en el almacén de los accesorios, ¿qué queda? Todo un hombre, hecho de todos los hombres y que vale lo que todos y lo que cualquiera de ellos”. Acá tienen a un hombre que no se siente arequipeño, que se sabe arequipeño. Igualmente: no soy peruano, me sé peruano. No tengo nada en las manos ni nada en los bolsillos, sólo ideas en la mente y escarceos en el alma; estoy hecho de todos los hombres y valgo lo que todos y lo que cualquiera de ellos. Soy el vendedor de cremoladas de la puerta de mi colegio que me enseñó en cifrado el valor de la generosidad y de la buena memoria; el sillar de los portales de la Plaza de Armas me remite a un pasado histórico que me es tan inaccesible como las entrañas del Misti; el Chili, para mí, no es un río: es un mounstro que me inspiró recurrentes temores en mi infancia desde la vez que inundó la avenida de La Marina; y los faroles rojos de la avenida Jesús me enseñaron los atroces encantos de la (mala) noche y de la (buena) carne… en “la Dolores” he subsanado algunos dolores pero he sido presa de muchos otros. Soy el primer cigarro Premier que agoté con mareos y espasmos en alguna aula vacía de mi Universidad; mi primera borrachera fue en Procuradores (Cusco); vi armar el primer porro que consumí en La Punta (Camaná); y grité el primer gol de mi vida en las viejas graderías de la tribuna sur del Estadio Melgar. Santiago Roncagliolo acierta cuando dice que “crecer es un oficio triste”. Las ‘primeras veces’ existenciales son sólo hitos –tan importantes y determinantes en nuestro carácter como el primer libro, la primera película, la primera canción de la acusan recibo los sentimientos– que revelan un aprendizaje inagotable: se dio, se está dando y se dará en el quehacer diario. En esencia: estoy hecho por arequipeños y por lo arequipeño, pero también por los otros: por mi vecindario repleto de limeños que me hicieron sentir forastero estando en casa, por el director español con cara de camarón que llegó a mi colegio, por la revista deportiva argentina que consumí semanalmente hasta dejar la infancia. Para auscultar mi identidad tengo que tomar distancia, pero sin alejarme. Una contradicción de la que están hechos los espíritus libérrimos.


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Ellos, los otros, decían “Cujco” en vez de “Cusco” cuando se referían al ombligo del mundo. Alguna vez, cuando su caudal se hacía insignificante, reté a uno de ellos a lanzarse al río Chili. Y la proposición no le causó “asco” sino “ajco”. Crecí en una villa militar al pie de las bases del puente Bolívar, rodeado de limeños que casi nunca podían pronunciar la letra ‘ll’ y la transformaban en ‘y’: las llaves eran yaves y las botellas boteyas. No sólo no sabían hablar sino que lo hacían en un tono insoportablemente ajeno, distinto (dicen que nosotros los hacemos “cantando”):
–¿Por qué ellos hablan así, mamá? –le preguntó a mi madre el niño que alguna vez yo fui.
–¿Cómo “así”? ¿A qué te refieres?
–A que hablan así, pues, medio raro, ¡como maricones! –A puro prejuicio eché a andar aquella definición que luego ratifiqué con placer, en mi adolescencia, cuando el narrador de La Casa Verde cuenta que Don Anselmo, el forastero recién llegado al pueblo y del que nadie sabía de dónde venía y hasta cuándo se quedaría, “no tenía el habla amanerada de los limeños”. Quizá fue la primera vez que Vargas Llosa me fue tan cercano, seguramente porque él también creció rodeado de niños que hablaban distinto.
Cuando uno descubre al distinto, al foráneo, lo siente como un intruso. Y, para combatirlo, reforzar la identidad de lo de casa es, creo, una respuesta mecánica, inmediata. Mi arequipeñismo se hizo más fuerte por la presencia de los limeños. A ellos, la ciudad no les gustaba, les parecía muy chica: “Lima es cien veces más grande”, afirmaban con un desdén que les daba licencia para la exageración.
–¿Cómo es el himno de Lima? ¿Lo sabes? –indagaba yo presuroso para acallarlos.
Su silencio implicaba mi victoria. Punto para Arequipa. El júbilo era momentáneo, porque seguramente mañana habría otro duelo, así que no se podía pestañear.
Todavía era muy niño, no podía percatarme de que a esa edad el mundo se acaba donde el barrio cambia de nombre. Y es el vecindario el que te nutre y te define. Mi Arequipa –la idea que tuve de ella– en realidad nunca existió o ya se desplomó. Arequipa es la que no vi, la que me contaron los abuelos: la del tranvía, la de los montoneros y las revoluciones, las barricadas y el lenguaje loncco, los yaravíes y los auténticos pasteles de la “Cagalucha”. Por falta de una transferencia cultural solvente hoy somos un eco desafinado de Lima y del espíritu alienizante de la globalización entendida de la peor manera: para competir con Lima hay que ser como ella… y hablar como hablan allá. He oído con horror a amigos de toda la vida, indiscutiblemente arequipeños, empezar a decir que se iban de vacaciones al ¡Cujco!
El proceso de transformación (deformación) que ha sufrido Lima se está dando desde hace mucho tiempo en nuestra ciudad y ha afectado –lesionado, resquebrajado– los cimientos de nuestra identidad que creíamos más sólidos. La pobreza de las zonas altoandinas ha desencadenado un inatajable mecanismo migratorio que, como todos los mecanismos, no tiene conciencia ni misericordia. Y lo que no tiene conciencia ni misericordia aplasta, como un huayco, a todo que ve a su paso: las culturas puneña y cuzqueña han devastado a la arequipeña, pero no por méritos propios –que de hecho los tienen– sino por la inexistencia de un artefacto que sostenga y proteja la nuestra. La cultura mistiana se está viendo tironeada por culturas ajenas de una manera tal que no es descabellado pensar que dentro de unos cuantos años la fiesta de la Virgen de la Candelaria, antes de festejarse a orillas del Titicaca, se celebre al pie del Misti. El gran problema es que reaccionamos como reaccionan los niños: con ataques, con ofensas y despropósitos, sacamos lo más primitivo hasta llegar al adjetivo subido de color. Cuando lo que corresponde es adquirir un espíritu unificador, entender que lo ideal es estar abiertos a lo que no somos para enriquecer lo que ya somos. Pero, ¿qué somos? Hemos dejado de ser muchas cosas, nadie puede tapar el sol con un dedo. Insisto: ¿qué somos? Somos un regionalismo de papel, somos una ciudad que, ahora, no se sabe si segunda, tercera o cuarta. Lo que corresponde es empezar a ensayar nuestra identidad de la mejor manera posible: ir al rescate de la cultura. A algunos, como yo, les corresponderá ensayar la identidad con palabras: narrar a Arequipa, hacerla una República Literaria (como lo que hizo Vargas Llosa con Lima y Rivera Martínez con Jauja). Y a través de la palabra enriquecer nuestro acervo. A otros, les tocará poner en marcha proyectos culturales para definirnos, o mejor dicho, para redefinirnos escrupulosamente.
La convocatoria es masiva, nadie está excluido pues lo que se busca es la aquiescencia general, el vasto consenso colectivo. Somos pues, diversidad y variedad. No olvidemos que la cultura es el conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico e industrial que se dan en nuestra ciudad y en toda la región. Las manifestaciones mediante las cuales se expresa la vida tradicional del pueblo arequipeño están –ahora, en los albores del s. XXI– hechas no sólo por arequipeños. Si me apuran: Día del Yaraví Arequipeño, Primera Feria Internacional del Libro, Plan Lector Regional, Festival Gastronómico de la Cultura Puneña en Arequipa, etcétera. Lanzar propuestas con una Tormenta de Ideas es sencillo, lo complicado es ejecutar los proyectos y darles el proteccionismo pertinente.


A manera de epílogo edificante para abrir la mente y, al final, el corazón…


Para reinventar y redefinir nuestra identidad, a nivel local o nacional, es requisito fundamental pensar al otro, ponernos en los zapatos del distinto (o del que creemos distinto), eso implica dejar de lado chauvinismos, regionalismos y cualquier tipo de sectarismo o xenofobia (y lo digo yo que alguna vez prometí no pisar jamás tierras chilenas). No hay mejor testimonio al respecto que el del escritor judío Amos Oz, quien nació en Jerusalén el año en que estalló la 2da. guerra mundial. Él cuenta que creció en la Jerusalén de los años cuarenta como un niño muy nacionalista, incluso chauvinista, y se prometió nunca poner pie en suelo alemán. Lo único a lo que no se sintió capaz de renunciar fue a los libros alemanes: “Si hacía boicot a los libros, me decía a mí mismo, me parecería un poco a ellos”. Él agrega algo imperdible:
“Al principio, me limitaba a leer la literatura alemana de preguerra y a los autores que se habían opuesto al nazismo. Más tarde, empecé a leer en hebreo las obras de la generación de novelistas y poetas alemanes de posguerra. Me permitían imaginarme en su lugar. Mejor dicho: me seducían para que me imaginase en su lugar, durante los años oscuros, en los años anteriores y en los posteriores. Después de leer a esos autores y a otros, ya no pude limitarme a seguir odiando todo lo alemán del pasado, el presente y el futuro. En mi opinión, imaginar al otro es un potente antídoto contra el fanatismo y el odio. Creo que los libros que nos hacen imaginar al otro pueden hacernos más inmunes contra las estratagemas del mal, el Mefisto del corazón. Así fue como Günter Grass y Heinrich Bóll, Ingeborg Bachmann y Uwe Johnson y, en particular, mi querido amigo Siegfried Lenz, me abrieron la puerta a Alemania. Ellos, junto con una serie de amigos alemanes muy queridos, me obligaron a romper mis tabúes y abrir la mente y, al final, el corazón. Volvieron a mostrarme los poderes curativos de la literatura. Imaginar al otro no es una mera herramienta estética. Es además, a mi juicio, un imperativo moral fundamental. Y, sobre todo, imaginar al otro es un placer humano profundo y muy sutil”.
Imaginando al otro (chileno, puneño o limeño) y, además, coexistiendo en armonía con él, encontraremos, de a pocos, la sana cohesión y enriquecedora convergencia de todas las culturas que hoy hacen la nuestra. Ellos y nosotros, lo nuestro y lo de ellos, anidados en un único intento: la cultura. Patrimonio de todos.

(*) Este ensayo ocupó el Tercer Lugar en el Primer Concurso Literario de Cuento y Ensayo Breve 2007 organizado por la Alianza Francesa de Arequipa y el Semanario de Política y Cultura “El Búho”.

2007/10/25

La alegría es todo... menos peruana


En la edición 1999 de Caretas aparece recortado mi comentario con respecto al debut peruano en la eliminatorias sudamericanas Sudáfrica 2010.

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¿Se acuerdan de Pacho Maturana? Sí, ese colombiano que tenía un sueño. Bueno, cuando el Pacho nos dirigió goleamos a Paraguay y le empatamos a Chile (4 puntos y 5 goles). ¿Y se acuerdan de Paulo Autuori? Con el brasilero a estas alturas ya teníamos 3 puntos (5 goles).
Seguramente hoy Burga tiene motivos para sonreír: nos hizo cholitos legitimando una dictadura malhadada y quemando a Chemo Del Solar: cero puntos y cero goles en 180 minutos y un poquito más.
Parece, pues, que otra vez nos quedamos sin mundial y lo peor de todo es que teniendo delanteros de talla internacional (Pizarro, Guerrero, Farfán) acusamos una llamativa sequía de goles que nos va a perseguir durante toda la eliminatoria. ¡No seamos tan pesimistas, esto recién empieza!, dirá algún periodista deportivo que quiere vender sebo de culebra. No señores: el pesimista es un optimista bien informado. Duele perder así con Chile, y duele aún más saber que SÍ SE PUEDE pero que NO SE QUIERE.
La alegría no es sólo brasilera, dijo alguna vez Charly García. No se equivocó, porque la alegría también es argentina, paraguaya, uruguaya y hasta ecuatoriana. La alegría es todo, menos peruana.
Esta vez no tuvimos ni tiempo para ilusionarnos como en otras ocasiones. ¡Arriba Perú! ¡Abajo la selección!

2007/10/09

AUNQUE LE SUENE A CUENTO


París, invierno del 2000.

Señor Editor,

Aunque le suene a cuento, y a riesgo de quedar en soberano ridículo, tengo algo muy mío que testimoniarle. Empiezo, pues, de buen talante y en este mismo instante: es una extravagancia personalísima y no podría explicársela con mucha claridad, pero haré el intento. Desde que empecé a garabatear mi primer manuscrito, he tenido la extraña costumbre de cambiar de nombre devotamente. Así –y como quien nunca deja de mudarse de antifaz– he procurado poner mi verdadero nombre a buen recaudo. Todas mis elucubraciones han sido publicadas bajo un piélago de seudónimos trashumantes con los que podría levantar una torre del tamaño de la que todos visitan por acá. ¿El motivo? No sé si es miedo a los reflectores… llámelo pudibundez o, si gusta, estupidez, pero lo que le digo no es cuento: es la verdad de la milanesa. Además, a mi parecer (y espero que en esto usted me lleve el apunte), lo importante es el texto y no el autor.
Mire: por cada seudónimo nuevo, intento ser –como es obvio– otra persona (el personaje central de mi ficción de turno, para ser más específico); y, por lo tanto, llego incluso a ejecutar disfuerzos que en ocasiones me resultan atroces: vestirme distinto, cambiar radicalmente de hábitos, inventar nuevas manías, frecuentar bares inéditos, y hasta llego al extremo de crearme una nueva cuenta de correo electrónico en la primera cabina pública de internet que encuentre a mi paso (la cuenta de ahora, desde la cual le remito esta inusual epístola, es una más de tantas… Toda esta descomunal locura ojalá me sirva de algo: espero, algún día no muy lejano, empezar a escribir una novela al respecto… novela, lo sabemos ambos, que nadie querrá publicar, pero que por ese mismo motivo quiero escribir… y talvez esta carta ya sea una primera tentativa).
Soy, para bien o para mal (creo que más para mal), muy pertinaz, y por eso he dedicado toda una vida a este disparate de ocultar bajo muchas llaves mi verdadera identidad (que, trémula y beata, se oculta detrás de cada llave: todas ellas, a su manera, abren los cerrojos de puertas dispares que convergen en una misma plazoleta vivencial; ésa que, como en el caso del célebre Charles Foster Kane, cobija a mi
Rosebud personal). Pero a pesar de este inconveniente que puede resultarle ilusorio, tengo un pelotón de cuentos y, también un manojo de poemas regados en importantes revistas literarias, en reputadas páginas electrónicas, e incluso en algunas antologías poco exigentes en cuanto a mi talón de Aquiles: los datos verídicos del autor. El problema es que ya han llegado a ser tantas mis publicaciones que ya no sé discriminar entre las mías y las ajenas. ¡No se ría!, hablo muy en serio. Usted dirá que cualquier escritor que se precie nunca podría olvidarse de algo que ha pergeñado. Yo pienso lo mismo, pero debo ser la excepción que confirma la regla (porque, ¡vanidad de vanidades!, sé que no soy un escritorzuelo más).
Bueno, me he ido por las ramas y no lo he dicho lo más importante. Quiero reunir toda mi extensa obra en su reconocida editorial y por eso le propongo algo muy interesante: voy a empezar a recoger sin descanso todos los cuentos y poemas en los que encuentre algún guiño mío. Le prometo ser muy riguroso, pero, ¡toquemos madera!, es posible que, contrabandeada, se me pase alguna creación que no deba llevar mi rúbrica. Es un riesgo que correremos ambos… además, usted, como editor curtido, ya debe haber lidiado en más de una oportunidad con este tipo de contingencias: el oficio de escritor es tan arriesgado como el de editor: usted y yo estamos, al fin y al cabo, en la misma vereda.
El total de mi obra está en manos de su buena fe (y, claro está, de la capacidad de persuasión de mis sinceras palabras).
Un cordial abrazo a la distancia,

Tito Monterroso
PD: Tenga, por favor, la gentileza de responderme a esta misma dirección electrónica lo más pronto posible, ya le expliqué lo de los correos electrónicos.
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Imagen: Augusto Monterroso.
Este texto lo acabo de publicar en Palabras Diversas.

2007/09/21

21 de setiembre: día del desagravio nacional


Este dictamen de la Corte Suprema chilena debe ser, ante todo, una lección que ojalá algún día aprendamos. Si Chile es un país democrático y próspero es porque nuestros vecinos han entendido que la Justicia y la Libertad sólo se alcanzan cimentando una auténtica independencia de poderes.
Ahora, sólo a nosotros nos corresponde hacer de este 21 de septiembre una fecha trascendente que sea, pues, recordada por las nuevas generaciones como el Día del Desagravio Nacional, el día en el que el regocijo nos inyectó una generosa cuota de esa esperanza que dice que el tiempo pone cada cosa en su lugar.
Es de elemental honestidad reconocer que dejarle todo el peso de las decisiones al poder judicial o “confiar en la justicia peruana” me resulta un olímpico dislate. Pero, es cierto, no nos queda otra. ¿Estarán nuestros magistrados a la altura de las circunstancias? No lo sé, esperemos que ellos, a los escépticos como yo, nos tapen la boca condenando a la versión nipona del Chivo dominicano.
Fujimori volverá al país y eso está bien. Lo que estaría mal es que el oportunismo político lo convierta en una estupenda cortina de humo de esas que pervierten al país y hacen las delicias de los viles y rufianes. Sería un error, también, que el aprismo y el fujimorismo armen soterradamente una posible alianza vituperable –que ya tiene un antecedente en las elecciones de 1990– que aligere el camino hacia la impunidad que, a partir de hoy, intentarán construir los carceleros de la memoria y los ensalzadores de la carroña como Carlos Rafo, sin duda, el florón de la corona. Hoy más que nunca debemos tomar nota estricta del voto unánime de la justicia chilena condenando la violación de los derechos humanos (La Cantuta y Barrios Altos).
Señores jueces y fiscales: si Alberto Fujimori ha hecho algo en vida no es sino arrinconar a la justicia, esquilmar al pueblo y sodomizar la libertad; méritos suficientes para recibir los rigores del calabozo más lóbrego e ínfimo en donde no quepan ni él ni su juez más inexpugnable: su propia conciencia.

2007/09/02

"El blog es de veras un medio maravilloso, pero también un imán de infamias y sandeces"


En la edición de Setiembre de la revista literaria Remolinos aparece una entrevista que me hicieran hace unas semanas. Creo que lo más destacable de ella está en el resultado del intercambio epistolar que tuve con Fernando Ampuero:
Internet y los blogs en especial me generan sentimientos encontrados. Yo, sin radicar en Lima y sin formar parte de la movida cultural de la capital, he visto, a la distancia, cómo se manejan las cosas y he sido, ojalá me equivoque, carne de cañón en algún caso. Y digo esto porque publiqué en Lima y, al poco tiempo, recibí una crítica excesiva que, en un primer momento, creí honesta, pues entiendo que no a todos les tiene que gustar mis historias; pero después descubrí que todo no había pasado de ser un ajuste de cuentas con mi editor. Esto me llenó de tribulaciones y lamentos. Estaba decepcionado y por eso le escribí a un escritor recorrido y reconocido, para recibir sus consejos. Acá, en las esferas culturales del Perú, si eres amigo del enemigo de alguien, pasas como por arte de magia a ser también su enemigo. Yo quiero demostrar que las cosas no deben ser así y por eso doy mi testimonio. Es célebre la enemistad o animadversión entre Oswaldo Reynoso (mi mentor y corrector de mis manuscritos) y Fernando Ampuero. Eso vendría a condionarme pavlovianamente y a convertirme en enemigo de Ampuero. Pues bien, yo recurrí al segundo y sus palabras fueron tan edificantes y motivadoras que hasta hoy las agradezco, es por eso que acá, copio, a modo de reflexión, una de sus atingencias: "No le hagas caso a los insultos de la blogósfera. El blog es de veras un medio maravilloso, pero también un imán de infamias y sandeces. Si a Shakespeare le hubiera tocado nacer en estos tiempos, lo más seguro es que hace rato lo hubieran mandado a parir".
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Pueden leer toda la entrevista en Remolinos
Imagen: Fernando Ampuero (fuente: Caretas)

2007/08/29

¿Por qué escribo?



Por mensajes como éste, que hoy llegó a mi correo desde Colombia. El texto es breve pero emotivo. Cartas como las de Juan Guillermo son tan poderosas que renuevan mi fe en la literatura y me invitan a seguir escribiendo. Así que, ¿ya ven?, fue sólo un trueque: yo lo azucé para que cuente historias, y él me devolvió con lo mismo.

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Hola Orlando, aunque no te conozco, ya te aprecio. Y esto es debido a un texto, tuyo, ¿Conoces a Marcial Mena? que un amigo llevó y leyó para darme ánimos en lo que hago: tratar de contar historias. Taller literario al cual asisto desde hace tres años, en la Biblioteca Pública Piloto de Medellín, Colombia, dirigido por Jaime Jaramillo Escobar.

Y a tu pregunta:
¿Conoces a Marcial Mena? Sí, sí lo conozco, aún habita en mí.
Vi tu página y espero leerla con detenimiento.
Un gusto haber conocido parte de lo que haces.

Gracias.
Juan guillermo Valderrama Santamaría
Imagen sacada de la Biblioteca Bécquer:

2007/08/26

¡A brindar con pisco sour por nuestros muertos, don Rafael!

Recuerdo que, en el año 2001, cuando la naturaleza castigó Moquegua, Tacna y Arequipa con un terremoto, los medios informativos capitalinos (prensa, radio y TV) no prestaron, en comparación al sismo de este año, ni la quinta parte de su atención.
Hoy, pasada ya una semana, seguimos viendo desfilar en todos los canales a diversos personajes de toda laya que nos invitan a colaborar con nuestros hermanos "del sur". ¿Cuál sur? ¿Qué maromas harán puneños, tacneños o moqueguanos para encontrar a Ica más al sur? ¿En Chile?
Las portadas y titulares anuncian: "Terremoto en el sur de Perú". Y yo, a la distancia, lamento ese perenne ombliguismo limeño que los hace pensar que Lima es el Perú ("El Perú" y no solamente "Perú", error que sólo se les perdona a los extranjeros).
Ica, por si algún incauto no vio todavía el mapa, está prácticamente en el centro del país y no en el sur, como es el caso de Tacna, Puno, Moquegua o Arequipa. A estas alturas, se me antoja que sería más honesto decir "Terremoto en el sur de Lima"; y, también, me apena enormemente que nuestros hermanos de la capital hayan disparado un llamativo mecanismo solidario sólo por haber sentido en carne propia el movimiento telúrico, pues no es de malpensados el arriesgarse a concluir que si el terremoto no pasaba por Lima, hoy -para decirlo eufemísticamente- la historia sería distinta.

Finalmente, no todo en las comparaciones es odioso, porque ya me imagino qué hubiera pasado en mi ciudad si a Rey Rey se le ocurría jugar con la intensidad del sismo. Otra perla más de ese ministro que alguna vez pidió los DNIs de todos los desaparecidos que estimó la CVR. ¡A brindar con pisco sour por nuestros muertos, don Rafael! ¡Los de ayer y los de ahora! Esos son los terremotos simbólicos que resquebrajan la conciencia nacional. Y sus daños son tan insondables que a veces no tienen parangón con los que hoy vemos en Ica, Chincha, Cañete y Pisco.

2007/07/26

¿La era Del Solar?


Ya me sé de memoria esta historia. Hasta creo que la puedo recitar, ¿me estaré haciendo viejo o es que acá las cosas nunca cambian?
Ahora, muchos medios dirán lo políticamente correcto: "El técnico ya ha sido elegido. No hay espacio para los reclamos, las propuestas o las lamentaciones. Lo que corresponde, de aquí en más, es que todos –afición, prensa, dirigentes, etcétera– apoyemos a Chemo Del Solar ".
Pero, hay que decirlo, así algunos se molesten (y piensen que uno, en vez de aportar, pone piedras en el camino ): ¡Al Chemo lo apuraron!
Los dirigentes, aparte de comechados, son unos pobres diablos sólo capaces de arruinar el currículo de entrenadores con proyección. ¿Por qué lo digo? Porque si los peruanos teníamos a una promesa que, en el mediano o largo plazo, podía erigirse como el técnico que calce a la blanquirroja como una mano a un guante, ése era, sin duda, José Del Solar.
Al Chemo todavía le faltaba recorrer, adquirir más experiencia, caminar más y envejecer otro poco. Su trayectoria como futbolista es excelente (clubes de Chile, España, Bélgica y Turquía); pero su incipiente currículo como entrenador es solamente un esbozo, un par de pasos apenas dados, y un solitario título nacional que no garantiza nada: tuvo un feo inicio en el Colón de Santa Fe (dirigió junto a Pizzi y los echaron luego de tres derrotas al hilo), luego vino al Cristal y campeonó en el mediocre torneo peruano, ahora recién acababa de cumplir medio año en la Universidad Católica… nada más, ¿eso basta para calzarse el buzo de la selección nacional? Me parece una falta de respeto pero, ¿por qué me sorprendo? No me debe llamar la atención en absoluto, porque estos dirigentes no respetan a nadie.
¿Acaso dirigir a un combinado nacional no es más difícil que dirigir a clubes de la talla de Boca, Barcelona o Manchester? Repito, lo apuraron al Chemo. Y lo peor de todo es que Del Solar pisó el palito. Todavía no era el momento, Chemo, tú lo sabes.
Pero para que me crean todos, revisemos los casos de Pacho Maturana en Colombia, Passarella en Argentina y, finalmente, de Oblitas en Perú.
Veamos el caso de Maturana: primero fue director técnico de las divisiones inferiores y después de la mayor; se afiató en Copas América antes de clasificar a su país al mundial (1990), dirigió al Atlético Nacional que resultó campeón de la Copa Libertadores 1989.
En Argentina, Daniel Alberto Passarella tuvo que ganar 3 torneos argentinos con River Plate (Campeonato 89/90, Apertura 1991 y Apertura 1993) para recién asumir la dirección técnica de la albiceleste en 1994.
En el Perú, Oblitas, antes de llegar a la selección, campeonó con Universitario en dos ocasiones. Luego, pasó a Cristal y se hizo del título nacional en 1991. En 1993, fue Asistente Técnico de Popovic, luego volvió a Cristal y ganó otros dos títulos. Es decir que, en total, ganó 5 torneos nacionales y fue asistente de la selección antes de pasar al cargo más bravo del país.
Chemo, como DT, no tiene coronas internacionales. Sólo cuenta con un título local y paramos de contar. Ni siquiera ha sido asistente técnico de la selección mayor. ¿Se apuró? Sí. ¿Tiene chances? Seguramente. El azar de las estadísticas dice que Chemo cumplirá 40 años en noviembre. Eso quiere decir que asumió la dirección de la selección frisando la base 4. Maturana con 40 años llevó a Colombia a Italia 1990, Passarella por su parte recibió el buzo de Argentina a los 40. Oblitas ya tenía unos 44 (pero no clasificó a la selección).
¿Qué podemos esperar? Que el Chemo nos tape la boca a todos los que pensamos que tuvo que esperar… Y que confirme que los cuarenta son la época dorada de los entrenadores que quieren ir al Mundial.
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Mi comentario aparece también en el segmento
Imagen: José Guillermo Del Solar, flamante seleccionador del Perú (fuente El Comercio).

2007/07/20

O-S-Q-U-Í-T-A-R

Lima, 8 de marzo de 2007
Óscar:

Es inútil, de veras que lo sé, pero, aparte de esto, ¿qué otra cosa más puedo hacer para acercarme a ti? Y me sabe a insensatez de mi parte el malgastar palabras para escribirte confesiones que tal vez nunca leerás. Y digo -intuyo con el ciego convencimiento de ser quien te conoce mejor que nadie- que no leerás estas tristes líneas porque, ahora, a tus ojos, todo lo que se relacione conmigo les resulta repelente, chabacano y repudiable.
En verdad, no te culpo. Entiendo que, por todo lo compartido y vivido, me convierto en algo así como un remitente indigno y desechable. Sólo te aclaro que si he de culpar a alguien -cosa que, por lo demás, me resulta insoportablemente pueril- lo haría en silencio, y en la absoluta soledad que me ha dado tu devastadora ausencia.
No creo en el destino, tampoco en el azar, pero sí soy prosélito de mis pulsiones (prosélito, ¡vaya palabra!, siempre fui un huachafo impenitente, lo sabes)… fueron mis pulsiones las que ganaron mi voluntad y me arrojaron hacia tu cuerpo; aunque, al inicio, me catapultaron hacia ti tus ideas acerca del arte y la felicidad, tu insobornable rechazo al vicio y a todos excesos (exceptuando, por supuesto, el sexual), tu forma de entender la vida, de gozarla (conmigo), de sacarle la vuelta a la adversidad -esa adversidad que algunos, en nuestros malos ratos, llamamos homosexualidad.
Ante ti me siento desnudo, huérfano de palabras, precario hasta la rabia. No tengo tus lecturas, tampoco tu sonrisa. Me falta un corazón como el tuyo, a veces creo que el tuyo nos pertenece a ambos… Búrlate si quieres de mis cursilerías de colegial enamorado (enamorado, sí; confundido, jamás). Tú, ante mí, eres optimismo. Entérate de que cuando el optimismo me envuelve, creo que tú me perteneces (y que te alegra ser mío)… cuando me lo creo, ¡ay!, te desvaneces. ¿Ves? Ya estoy hablando de propiedad privada. Si te tuviera al frente me tocaría de nervios, echaría una risotada estúpida y te pediría disculpas con un beso sentido, breve, pero lo suficientemente intenso. Y es que es intenso lo que siento por ti, tan intenso que duele, somete, acuchilla y agrieta mis emociones.
¿Qué más te puedo decir que ya no te haya dicho antes? ¿Que las dos últimas veces que tomamos café en silencio me sentí el centinela de tu alma? ¿Que la única vez que nos hundimos en tu colchón, sin usar preservativos ni lubricantes, me convertí en el hombre más libre del mundo? Sólo con tu compañía he saboreado a pleno mi existencia, me he sentido absolutamente libre; pero, como nada es perfecto (y quiero recordártelo), también he sido esclavo de tus arrebatos, de tus paranoias desbocadas, patadas al tablero, insultos despiadados y cachetadas intempestivas
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Imagen:
Bartolomeo Cesi (1556-1629)
Hombres besándose. Boceto. Galería degli Uffizi, Florencia

2007/07/14

América y su Copa



En Venezuela, desde hace un buen tiempo atrás, el centro de la atención es, de lejos, el extravagante Hugo Chávez Frías, militar y político que preside el gobierno de su país desde el siglo pasado (1999). Uno puede estar a favor o en contra: tildarlo de " Mussolini tropical", como lo catalogó en alguna oportunidad el escritor mexicano Carlos Fuentes; o admirarlo sin reparos, como ocurre con el presidente boliviano Evo Morales. Pero tanto defensores como detractores son conscientes de que él es algo así como el ojo del tornado, pues el fundador del Movimiento Bolivariano Revolucionario sabe arreglárselas a diario –con pintorescos improperios contra " mister Bush" y el imperialismo, por ejemplo; o con vigorosas loas a Fidel y a su "revolución"– para ganarse flashes, portadas y titulares que traspasan las fronteras de su país y forman parte de la recargada agenda noticiosa de América Latina y el resto del Mundo.
Pero, desde el pasado martes 26 de junio, Chávez ha pasado a segundo plano, cediendo con gentileza los reflectores antes de rendirse ante los encantos de Su Majestad El Fútbol: "Venezuela será el campeón", dijo el presidente venezolano, notoriamente inundado por una inusual -pero comprensible- fiebre futbolera. Y es que así es el fútbol en esta parte del continente: el deporte de las masas, el Deporte Rey. Ergo, la Copa América es, hoy por hoy, el monotema que está en la cresta de la ola en tierras llaneras, y es por eso que los principales medios informativos del planeta están diseminados en cada una de las sedes escogidas para alargar la vigencia esta vieja lid deportiva.
Perú dio el puntapié inicial sorprendiendo a propios y extraños al golear al equipo uruguayo de Oscar Tavárez (3-0); y después Chávez y Evo se repartieron los honores en la tribuna: Bolivia le empató a Venezuela en la cancha (2-2). La inauguración de la edición número 42 del torneo futbolístico más antiguo de América tuvo como invitado de excepción al máximo referente de toda la historia del deporte argentino, Diego Armando Maradona (quien, paradójicamente y al igual que Pelé, nunca pudo ganar este título).

Un poco de historia: desde 1916 hasta nuestros días

Si hacemos una apretada revisión de la historia, descubriremos que este torneo se remonta al año 1916, cuando por primera vez Argentina organizó el Campeonato Sudamericano de Naciones que ganaron sus vecinos, los uruguayos. Hay que recordar, también, que a lo largo de su vida esta justa ha sufrido muchas modificaciones y recién pasó a llamarse oficialmente "Copa América" en el año 1975. O sea, que se podría decir, sin temor a equivocarnos, que Perú fue el primer ganador de la "Copa América" pues, ese año el equipo incaico derrotó, con gol del 'Cholo' Sotil, al equipo colombiano en un luchado partido extra que se jugó justamente en Venezuela.
En cuestión de coronas, más de la mitad del palmarés es abarcada por los del Río de La Plata: tanto argentinos como uruguayos levantaron la copa en catorce ocasiones, razón por la cual ambos comparten el primer lugar. Tercero, y muy rezagado, aparece Brasil con sólo la mitad de conquistas: siete. Perú y Paraguay campeonaron (1) en dos oportunidades. Cierran el pelotón, bolivianos y colombianos con una solitaria conquista. Los únicos países sudamericanos que no han levantado la copa son Chile, Ecuador y el anfitrión Venezuela que acaba de hacer historia a costa de Perú: los dirigidos por Richard Páez alcanzaron la victoria luego de ¡cuarenta años! y pasaron por primera vez en su historia a cuartos de final, lo que, desde ya, convierte al entrenador de la 'vinotinto' en el estratega más exitoso en la historia del fútbol del país de Rómulo Gallegos.
Aunque no todo es color de rosa, pues en la última década este torneo se ha visto mermado a causa de motivos que –para los amantes de los eufemismos– podríamos llamar extrafutbolísticos. Si me apuran, me atrevo a decir que talvez la última gran Copa América fue la de 1995, cuando Uruguay hizo valer su condición de local en un abarrotado Estadio Centenario de Montevideo, derrotando por definición de penales a Brasil (por ese entonces flamante campeón del mundo, recordemos que Dunga, hoy entrenador del scratch, jugó esa final, llevó la cinta de capitán y anotó uno de los penales de los cariocas).
En 1997, el anfitrión Bolivia, tuvo que sacar adelante una Copa donde sólo algunos países llevaron a algunas de sus figuras (talvez desde ahí se puede avizorar un soterrado desdén por la altura y sus inconvenientes que están tan de moda por estos días). Y así, la vieja y querida Copa América, empezó el lento -¿irreversible?- camino hacia su devaluación. En 1999, el fantasma de la altura altiplánica ya no estaba, y en Paraguay las cosas mejoraron en algo, Ronaldo y Brasil brillaron.
Ya en este siglo, el año 2001, el anfitrión era el país de García Márquez y la Copa América fue una verdadera caricatura: Argentina renunció a participar (Canadá también rechazó una invitación de la CONMEBOL). Lo cierto es que pocos querían ir a Colombia por los problemas políticos que hasta hoy persisten. Muchos seleccionados asistieron con equipos alternos. Ganar la Copa América dejaba de ser un inapreciable anhelo para los futbolistas del continente, había otras prioridades… Además, Europa y sus millonarias ligas empezaron a poner trabas, ya no querían ceder a sus futbolistas.
El año 2004, Perú fue el anfitrión, y Brasil, menospreciando el torneo, asistió con un equipo alterno, aunque a pesar de eso le alcanzó para derrotar a Argentina en una animada final jugada en el estadio Nacional de Lima.
Por fin llegamos a Venezuela 2007, y hay una pregunta que queda rebotando cual balón que pega en el horizontal del arco: ¿por qué a algunos futbolistas sudamericanos que triunfan en Europa ya no les interesa participar en la Copa América? Porque no es rentable. Es cierto: si eres futbolista profesional, cruzaste el charco, y ya estás jugando en el Viejo Continente, entonces ya no necesitas mostrarte, ¡ya te conocen! Cuando ya eres parte de las grandes ligas europeas, regresar a América a disputar su Copa no sólo es sinónimo de perder plata. Tampoco se puede descansar. ¿Lo dudan? Pregúntenle a dos figuras estelares de Brasil: Kaká (AC Milán) y al mismo Ronaldinho Gaúcho (FC Barcelona), quienes, a libre albedrío –y desaprovechando la oportunidad de resarcirse de la pobre actuación brasilera en el último mundial-, se exoneraron de participar de la Copa América. Pero Dunga, entrenador del pentacampeón, no entiende. Quizá sea porque él es un romántico… de esos que cuando se ponen los colores de su país dejan la piel en la cancha hasta en los partidos amistosos.
Seguramente Kaká y Ronaldinho piensan que el pensamiento de Dunga es obsoleto, por eso no los comprende. "Respeto la decisión de ellos –dijo el director técnico, hace pocos días–, pero eso crea un desgaste innecesario. Tenemos que servir a la selección con orgullo. Dentro de la cancha es preciso mantener el espíritu de aficionado. Al final, (al jugar en la selección) usted está realizando un sueño de niño".
¿Quién tiene la razón, Dunga o los autoexcluidos? No hace falta responder. Sólo puedo añadir humildemente que yo soy un aficionado que, como muchos, siempre soñó jugar por su país.

El tirano del Deporte Rey

El fútbol, al mover cantidades escandalosas de dinero, ha dejado de ser un deporte y ha pasado a convertirse un negocio. Y no sólo ha perdido el romanticismo de antes ("el amor por los colores de la camiseta ", diría un fanático argentino que entiende perfectamente de lo que habla Dunga); sino que también se ha rendido ante su tirano: el poder. "El negocio del fútbol –ha dicho el escritor uruguayo Eduardo Galeano–, como todos los negocios del mundo, está organizado para recompensar a los más fuertes" y marginar a los más débiles. La recompensa se dará si le haces caso al poder, que quiere ser la voz de tu conciencia: " tú te debes al dinero que, mes a mes, te paga tu club, entonces no pierdas dinero jugando por tu selección, mejor descansa y entrégate a tu club: ¡ahí está el dinero!". Por otro lado, la marginación también se hace patente cuando no le interesas al poder: que lo digan los bolivianos que casi se quedan sin poder jugar partidos internacionales en La Paz… La FIFA, cual Dios omnipotente, decide qué es reglamentario y qué es antirreglamentario… todo, por supuesto, en función del dinero.
Y, entonces, ¿por qué la Copa América sigue viva? Porque, por suerte, no todos los grandes futbolistas son súbditos del poder. Un ejemplo: Hernán Crespo, hábil delantero argentino salido de las canteras del River Plate que hoy brilla en el Inter de Milán. Crespo asistió a la Copa América para campeonar, y gracias a su olfato goleador acaba de superar a Maradona en la tabla histórica de goleadores de la selección argentina. Al delantero gaucho, el Poder le pregunta: ¿Por qué juegas este torneo? Y él responde algo a la medida de Dunga: "Porque tengo hambre de gloria, porque jugar por la selección de mi país es lo máximo". Y lo que pasa es que Crespo no responde como jugador: lo hace como hincha. Porque él siente el fútbol tanto o más que los que se parten la garganta alentando en las tribunas. Crespo quiere gloria y la fue a buscar a Venezuela. La Copa América, entonces, sigue siendo sinónimo de gloria para los que, como Dunga y Crespo –quienes justamente estarán en la final-, seguimos creyendo que la pasión por los colores de la camiseta está por encima de todo y de todos.
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(1) El verbo "campeonar" (salir campeón) es un peruanismo futbolero que, luego, traspasó las fronteras. Como anécdota, puedo añadir que he escuchado de la propia voz de mi cuñado, un catalán fanático del F.C. Barcelona, decir que, en España, por primera vez se percataron de la existencia de ese verbo cuando Hugo "El Cholo" Sotil, emocionado y través del teléfono, le informaba a un familiar en el Perú: " ¡te dije que íbamos a campeonar, y hemos campeonado!". Lo dijo el Cholo Sotil... la Real Academia de la Lengua hizo lo demás.

2007/07/09

El iletrado más sapiente del mundo


Dicen por ahí que Riquelme no terminó la secundaria. Se dice, también, que eso vendría a ser una mala imagen para los niños argentinos que lo admiran. ¡Bah!, a mí me preocupa que los niños peruanos no tengan a quién admirar.
Además, todos sabemos que no hace falta ir a la escuela para jugar de esa manera: en su oficio, el diez argentino ya es un sabelotodo, un erudito de la pelota. Lo suyo no se aprende en las aulas ni tampoco en los libros; viene en los genes, Juan Román ya estaba predestinado. Y qué bien le sienta la diez. Hoy más que nunca Maradona puede estar tranquilo (Messi no es el sucesor, el indicado es Román).El partido Perú-Argentina ha terminado hace una hora, pero todavía permanece en mi retina el abrazo entre Riquelme y Tevez. Me conmuevo: esa imagen quedará capturada en mi memoria para siempre, pues es un abrazo de hermanos de sangre que traspasa lo meramente deportivo. Ambos xeneizes, ambos talentosos, y, por último, ambos conscientes de que ponerse la albiceleste es lo mejor que les ha podido pasar en la vida. Abrazo filial que destila pasión, amor y cualquier adjetivo bienhechor que se nos pueda ocurrir.
Lee todo el texto aquí.

2007/07/06

Respuesta de Herbert Morote a Bryce

Desde Madrid, el escritor Herbert Morote, me envía (en realidad, nos envía a todos los que somos lectores y seguidores de su obra) una copia de la carta que ha dirigido a Enrique Zileri, director del semanario Caretas. El autor de Réquiem por Perú, mi patria indica en el inicio del mensaje: “Esta es mi respuesta a la irresponsable acusación que me hace Bryce de haber pagado al director del diario Perú21, Sr. Augusto Álvarez Rodrich, para que complote contra él y que sea responsable de los escándalos causados por sus plagios”.

No hace falta aclarar que todo este desmadre -que ya es cuento largo, por decirlo de alguna manera- se debe a lo expresado por Bryce en la última entrevista que Maribel de Paz le hiciera a el autor de Huerto Cerrado, y que aparece en la última edición de Caretas.

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Madrid, 6 de julio de 2007

Sr. Enrique Zileri Gibson
Director de CARETAS

Estimado Señor Director:

El silencio periodístico que me he impuesto -hasta que Indecopi no resuelva mi denuncia contra Bryce por plagio- me impide hacer comentarios a la entrevista publicada por Caretas el 5 de julio. Sin embargo, hay un punto en ella de tal gravedad que exige que declare públicamente que nunca he conocido, visto, hablado o mantenido correspondencia de ninguna clase con el señor Augusto Álvarez Rodrich, por lo tanto es absurdo e insensato declarar que le haya pagado para que ataque a Bryce, tal como éste dice. Por otro lado, estoy convencido de que el periodismo peruano no necesita dinero para cubrir el escándalo causado por este sujeto. Mis abogados en el Perú están estudiando iniciar una acción penal contra Bryce por difamación. Creo que la ley es la única forma de acabar con la impunidad de los delincuentes y con las declaraciones irresponsables de personas engreídas y deshonestas.

Atentamente.


Herbert Morote
DNI 06500189

2007/07/04

La tentación del fracaso


Somos un pueblo no solo pobre y jodido y maltratado, sino privado hasta de esos júbilos inmateriales que son los júbilos deportivos: Ni pan ni circo (Circo sí, pero en el cual nos comen los leones o el gladiador rival nos despedaza). No creo que las victorias deportivas aplaquen el hambre de un pueblo, pero les proporciona una satisfacción cualitativa, interior, que forma parte de los bienes de la vida” (Ribeyro).
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Empate a dos, pero con sabor a derrota, a desilusión… Desilusión: nuestra vieja compañera de ruta, huésped ilustre de nuestras tardes futboleras.
En frío. Me animo a comentar algo acerca de la selección peruana un día después de la pobre actuación ante el equipo de Edwin “Platini” Sánchez.
Preguntas. Varias. ¿Ahora diremos que el réferi estuvo en contra nuestra y lo utilizaremos como coartada perfecta para ocultar las deficiencias del equipo? ¿Se habrán sentido nuestros vecinos del Alto Perú más ‘peruanos’ que nosotros al ver la inmerecida celebración del flamante delantero del Chelsea? ¿Acaso no les dará rabia a los hinchas bolivianos quedar fuera de la copa por culpa de un árbitro incompetente que le regaló un gol decisivo a Claudio Pizarro?
Lee todo el texto aquí.

2007/06/27

3-0


"Quiero que aplaudan a mis jugadores"
Julio César Uribe
Perú hizo pedazos a Uruguay. Al final fue como dijo Uribe: "Quiero que aplaudan a mis jugadores". Un buen centro de Farfán, un golazo de Mariño y una jugada elegante que culminó Guerrero rompieron el alma y las ilusiones celestes de empezar a marcar un camino de retorno a la gloria. Y terminó siendo pesto, como lo había anunciado su entrenador a Ovación en los primeros días de su estadía en Mérida. "Quiero que aplaudan a mis jugadores", dijo y ganó. Tiene que ser así. (Diario El País de Montevideo)
Toda la Copa América en:

2007/05/30

¿Estamos aquí, o en Jauja?

A País de Jauja, y a todos los jaujinos que habitan en mí.

I

“Todos vuelven a Jauja... menos yo”, solía decir mi papá mientras descansaba alegremente en una de las dos mecedoras gemelas que había en esa desangelada ramada que era, para ambos —aunque más para él—, el bastión del letargo y la añoranza.
Me hablaba siempre, mezclando ansia y deseo, de un paraje, ahora remoto, de invencible belleza, magia y colorido en el que él había crecido: “Allí aprendí todo lo malo, todo lo bueno y todo lo feo... lo agradable y, también, lo insoportable, lo tonto y lo ridículo”.
—¿Tú sabes que fue la primera capital del Perú? —preguntaba dejando rezumar un secreto orgullo que modulaba con discreción su semblante.
—Me lo has repetido tanto que prefiero olvidarlo.
—Es que, en realidad, muy pocos lo saben, hijo; casi nadie. Y los que lo saben lo ignoran, o prefieren olvidarlo, como lo haces tú.
—Estamos en Lima, papá, la única capital. Lima es el Perú. Yo nací aquí, aquí viviremos; y aquí también moriremos: Jauja es tu pasado. ¡Mira para adelante, ahora ésta es nuestra casa!
—Todos vuelven a Jauja... menos yo.
—¿Quiénes son Todos?
—Nadie —respondía sin ganas y cerraba los ojos, como para que nadie, que no sea él, se asome en lo que parecía ser algo estrictamente privado: su tierra y sus recuerdos más nítidos.
¿Quiénes eran Todos? ¿Sus familiares? ¿Sus amigos? No lo sabía, a veces me dejaba llevar por la intriga y, con persistencia, reformulaba la misma pregunta con alguna que otra variante. La respuesta no admitía nuevos esbozos y siempre era terminante (con los ojos cerrados): Nadie.

II

Cuando papá desfallecía, yo estaba poderosamente convencido de que él me pediría una sola cosa: que lo entierren en Jauja. Pero me equivoqué: no fue un, sino dos pedidos; y fueron más simples de lo que yo vaticinaba:
—Te pido dos cosas, nada más, toma nota si puedes, porque tú y tu madre no tienen buena memoria.
—Te escucho atento, papá.
—Quiero una estampita de la Mamanchic Rosario.
—¿De quién? —pregunté azuzado por mi ignorancia.
—¡Mamanchic Rosario! La patrona de Jauja —levantó la voz y, por un instante, pareció recuperarse—. Me la pones en el bolsillo de mi camisa, mirando hacia el cielo... hacia la eternidad...
—¿Qué más, papá? —le preguntaba tomando una de sus temblorosas manos y tratando de contener el llanto—. Pide lo que quieras.
—Quiero huaynos en el sepelio. Tu madre sabe cuáles son los que me gustan. Es todo: siempre fui un hombre simple y déjame decirlo con vanidad.
—Si quieres nos vamos mañana mismo para Jauja, tal vez ahí te recuperas. No conozco tu tierra. Vamos, papá, ¡quiero conocer Jauja!
—No, hijo, a ti nunca te interesó mi Jauja... y quizá estuvo bien. Moriré en Lima y así debe ser: todos vuelven a Jauja... menos yo.

III

Dicen que nuestros padres muertos viven en nosotros y que, igualmente, nosotros, al morir, viviremos en nuestros hijos. Debe ser cierto, porque desde que murió mi padre siento como, no sé, una especie de nostalgia de Jauja. Ahora tengo una voluminosa colección de huaynos jaujinos que iluminan mis tardes dominicales (el primer par de discos lo compré para el sepelio de mi padre, tal como él me lo encargó), me enamoré del picante de cuy y del ajiaco de papa. He decorado mi cuarto con una enorme foto de la Plaza de Armas de Jauja que contemplo arrobado al levantarme, y sobre la cabecera de mi cama se erige la imagen de la Mamanchic Rosario.
Eso no es todo: acabo de terminar de leer una hermosa novela. Se llama País de Jauja y, gracias a esta extensa lectura, ahora hago lo que debí hacer hace mucho: viajar a Jauja en busca de mis raíces.
“Ya falta poco”, afirma la señora del asiento delantero y siento que la emoción y la pena se confunden con la altura y me desestabilizan. En menos de una hora llegaré y todo habrá terminado (o, quizá, recién ahora comenzará). Siento como si ya hubiera venido antes, tal vez es papá que está dentro de mí... o tal vez todo esto sea sólo una mentira que trato de sostener como sea para soportar su muerte. No lo sé. Pero ahora ya sé quiénes eran Todos, esos Todos a los que se refería mi viejo:
—Todos vuelven a Jauja... menos yo.
Esos Todos eran sus Recuerdos. Todos volvían a Jauja menos él: porque esa cárcel que era su cuerpo no lo dejaba escapar de esa Lima en la que siempre se sintió un foráneo, un convidado de piedra.
Ahora ya nada le impide volver, porque ese cuerpo —esa prisión— se extinguió para siempre: él ya volvió (y volverá conmigo), él ya está en Jauja (y arribará conmigo).
Papá: estás ausente y, a la vez, presente. Eres nada y, a la vez, todo. Ahora eres eternidad y Jauja el punto de encuentro, el epicentro de tu universo espiritual donde, inagotables, estallan los recuerdos que alimentan tu —mi— alma.
—¿Estamos aquí, o en Jauja? —me pregunta mi mamá al despertar. Me quedo callado. Le acomodo el chal y le alcanzo una revista para entretenerla y, así, evitar una respuesta desafortunada que disipe su perplejidad.

Este relato apareció en Letralia.

2007/04/24

Los peligros del betún


Tengo miedo de embetunar mis zapatos, soy muy torpe como mi padre (a él no lo conozco, pero eso es lo que me repite mi mamá cuando hago algo mal, o sea, casi siempre). Si yo pudiera, desaparecería mis zapatos, porque cada vez que intento lustrarlos, algo malo pasa, y termino con las medias grasientas, manchadas. Y, así trate de ocultárselo, mi madre parece bruja: siempre me descubre. Me da dos cachetadas antes de perseguirme con el chicote. Ahí no acaba todo: cuando regreso de la escuela, me castiga haciendo lavar mis medias y también la ropa de todos... A veces pienso que me gustaría ser como Fabricio, el limpiabotas de la plazuela que hay a media cuadra de mi quinta... sus medias son viejitas, pero son las más limpias del mundo. Además, él no va a la escuela y, lo mejor de todo, tampoco tiene mamá.
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Los peligros del betún apareció en la edición de Abril de La Siega, revista de literatura, arte y cultura.

2007/04/09

SE PROHÍBE ESTAR TRISTE (*)



En el portal literario chileno Letras.s5.com aparecen los comentarios de Erick Tejada acerca de URGENTE: Necesito un retazo de felicidad.

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Hace ya varias décadas, algún audaz poeta adosó una severa advertencia entre las métricas páginas de su obra mayor, padeciendo quizá, aún con optimismo, las agonías del mundo contemporáneo. Aquel –a todas luces– ignorado letrero decía tajantemente: “SE PROHÍBE ESTAR TRISTE”.

Ya entre nosotros, otro aviso, acaso de la misma especie, es el que preside desde la tapa esta colección de cuentos ensamblada por Orlando Mazeyra Guillén; uno que dice: “URGENTE: NECESITO UN RETAZO DE FELICIDAD”. Este llamado impaciente, podría ser tranquilamente, el coro de las multitudes de todos los tiempos, y así, podría ser también el hilo de continuidad de las historias escogidas para esta compilación.

Estas lecturas, que discurren entre lo cotidiano y lo recurrente (la soledad, el cuerpo, el amor, la locura, la muerte, la violencia, lo absurdo, la “primera vez”…), acusan casi siempre un ritmo sereno, tensionado sólo a veces por el contrapunto de una prosa exacta y una trama obscena.

Los profusos discursos introspectivos de personajes y narradores, recrean esa facultad que, según han dicho los sociólogos optimistas, distingue a la modernidad tardía: la reflexividad, esto es, la capacidad de los individuos de posicionarse crítica y reflexivamente frente a las instituciones, frente a las totalidades heredadas de la modernidad. Para los menos complacientes, a los que personalmente me suscribo, se trata simplemente del reino postmoderno de la incertidumbre.

Con todo, en estas historias se ensayan caminos hacia la felicidad que, como ha dicho Alfredo Bryce, “no es más que la condición natural ‘óptima’ de nuestro ser terrenal”. O bien, en su defecto, se testimonia su ausencia. Así, por ejemplo, una puta que se llamará Infancia puede ser un buen pretexto para intentar ser feliz cuando no se es más un infante; mientras que un ojo izquierdo trastornado y vidente, evoca sin filtros visiones tan íntimas y tan ajenas, que resultan graciosamente tormentosas.

Las ficciones de Orlando Mazeyra Guillén, como él mismo sugiere con el epígrafe que toma de Ernesto Sábato, brotan de un mundo defectuoso e imperfecto. La postmodernidad es, pues, un tiempo definido no por lo que es, sino por lo que ha dejado de ser, y donde, como ya se ha dicho, lo único que se da por descontado, es decir, las únicas certezas, son la inseguridad y la incertidumbre.

Así, uno puede encontrarse con una hija con sobrepeso para los cánones estéticos dominantes del occidente, a la que Mazeyra hace balbucear entre sus malestares anímicos el discurso postmoderno del cuerpo como el último reducto de la libertad y de la agencia humana. Nótese la paradoja, subrayada por Zygmunt Bauman, donde la libertad supuestamente conquistada por la humanidad en nuestros días, sólo puede redundar en la angustiante sensación de impotencia para modificar nuestro entorno. Así, la preocupación obsesiva por la gordura, y a fin de cuentas el cuerpo, es, como ha explicado este gran pensador contemporáneo, uno de los últimos recursos de la autonomía individual sobre una de esas parcelas del sufrimiento producidas por la condición postmoderna, a través de la cual se canaliza el terror por la desprotección y la disolución del sentido de comunidad y de lo público. Se trata pues, de la privatización también de los miedos, lo que hace imposible enfrentarlos colectivamente.

De manera tal, que en medio de esta orfandad, y tal como indica Bryce, el amor se convierte en el último refugio del sentimiento de pertenencia de hombres y mujeres; de ahí la extraordinaria importancia que, hoy por hoy, la pasión amorosa reviste. Mazeyra también así lo ha fabulado, y por eso uno de sus personajes “sufre en silencio; canta sintiendo que, por culpa de ella, la soledad está adherida a todo su ser”. Y, cuando en el penúltimo párrafo del cuento, el personaje se deshace irreversiblemente de los que mensajes de la mujer que lo desdeña, por lo que llega a sentirse “victorioso, pero también desolado”, Mazeyra ilustra con sutileza esa trágica secuencia, en donde la aflicción de saberse aislado y de correr a solas con las alegrías y las penas, es el correlato inevitable del éxito individualista, de la individualidad privatizada.

En “Ella siempre está”, el cuarto relato de la colección –si es que uno lee el libro como “rollo chino”, “del principio al final, como niño bueno–, Mazeyra nos sujeta a la lectura con un lenguaje amable, elegante y profundo a la vez. La ceguera temida y aborrecida de una abuela al inicio, deja de serlo cuando quien narra descubre la omnipotencia creativa de sólo cerrar los ojos. La sosegada y pacífica belleza de estos párrafos demanda ser contemplada con el propio sentido, por lo que me limitaré a decir que en el diálogo postrero entre la fallecida y el narrador, en el altísimo suceso del “instante eterno” en que ellos saborearon “la Verdad como nadie nunca antes lo había hecho”, estalla, en opinión de este prescindible comentarista, el momento culminante del primer libro que Mazeyra nos entrega. Lo anacrónico del pasaje –recuérdese que la verdad y lo verdadero son rasgos de un tiempo fenecido– le aporta, inmejorablemente, solemnidad a este estadio cumbre de la prosa de Mazeyra.

“Todo comenzó en la Universidad” es el cuento más extenso de la antología, y es también la pieza que más de sociología incorpora en el discurso literario. En esta narración cadenciosa y proporcionada, escrita con el lenguaje preciso para neutralizar quizá la perversidad de sus tópicos, es posible toparse con la peruanidad que nunca fue más que añicos, retazos inconexos de un proyecto fallido. La obscenidad del racismo es contada con la naturalidad con la que aquí es vivida, y a continuación enerva y apasiona al lector. Mazeyra logra su explícito propósito de llevarnos hasta el final de la historia, dejando en el camino bellezas de catálogos, hijitos de papá, bravatas oligárquicas y regionalismos insulsos en clave de humor negro; el poema “La ciudad de los extremos” es un divertido manifiesto postbelaundista del arequipeñismo menguante. Y para el veloz remate, se precipitan una Barbie cornuda, un negro degollado, un arequipeño sodomita, un inmigrante horrorizado y un antihéroe que al final se queda con la mujer.

Orlando Mazeyra Guillén ha dado cuenta en este libro de una vocación suya irrenunciable, cuya determinación puede percibirse con nitidez en la quinta lectura que aquí nos alcanza: “Escribes”, que es, de pronto, un involuntario manifiesto de su propio temperamento. El autor ha creado, ha vivido y ha hecho vivir con categoría esas “vidas alternas” que atribuye a uno de sus personajes, esas realidades paralelas que desde la literatura, el cine o la música es posible inventar para el consuelo del mundo y el alivio de los mortales. La irrupción creadora de Mazeyra ha dejado ya secuelas memorables, y le toca ahora imponerse a la fugacidad de una época que se empeña en hacer perecible y comercial a la virtud. De la resolución de esta historia estaremos al pendiente.

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(*) Erick Tejada Sánchez es estudiante de la Escuela Profesional de Sociología de la Universidad Nacional de San Agustín de Arequipa. Fundador de la Revista de Política y Cultura ESPERGESIA. Obtuvo el segundo premio en la Bienal Nacional de Cuento Mario Vargas Llosa 2003 y, también, el Tercer Premio del Concurso Beca BID América Latina 2005.

2007/04/02

Palabras de Oswaldo Reynoso

En el portal Libros Peruanos aparecen algunas de las palabras que pronunció Oswaldo Reynoso, la noche que presentó mi libro de relatos URGENTE: Necesito un retazo de felicidad.

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Mazeyra: Autor de raza
Por Oswaldo Reynoso

La narrativa de Orlando Mazeyra Guillén es muy fresca. "Urgente: necesito un retazo de felicidad" es un libro bien escrito. Aunque hay que aclarar qué significa "escribir bien", porque la gente cree que basta con tener un buen argumento para escribir un cuento; pero no se trata de eso. La literatura es un arte que se hace con palabras, y lo que se le debe exigir a un cuentista es que maneje bien su lenguaje y le dé sentido artístico a sus historias. Si no hay ese sentido artístico, el autor nos puede contar las historias más maravillosas del mundo (con las mejores técnicas narrativas del mundo), pero no es un creador.
En el libro de Mazeyra sí hay belleza: belleza en el uso de la palabra. ¿Y cómo se adquiere esa belleza? Es un misterio que, hasta el momento, ninguna ciencia –ni la psicología ni la sociología ni nadie– ha descubierto. ¿Por qué Picasso comienza a pintar y sus obras tienen ese valor? No se sabe. Y belleza es lo que yo he encontrado en los relatos de este libro.
Hay que recordar que cuando un escritor publica un libro con varios relatos, el lector puede toparse con diversos temas, en donde, por más esfuerzo que se haga, no se encuentra, no se identifica al escritor: es lo que yo llamo "florilegio" (la lectura del relato no nos dice nada en relación con el autor). Ésta no es una propuesta –consciente– del autor, sino, más bien, es el resultado de la concepción que el autor tiene del mundo, de su vida y del arte: lo que da unidad a un libro de cuentos con diferentes temas. Y, ¿cómo podríamos señalar esta concepción del mundo de Orlando Mazeyra? Repito, el autor no es consciente; pero, de pronto, en un relato aparece una frase que le da significado a todo el libro, y dice lo siguiente: "… si me pongo en su lugar, pienso que sería genial estar loco… para no ver la realidad o para verla con otros ojos…" (pág. 26). Este el fundamento del autor: sería genial estar loco para no ver la realidad o para verla con otros ojos. Y, efectivamente, en estos cuentos se ve la realidad (o con locura, o con otros ojos).
Pero, también, hay un relato corto que nos da la clave íntegra de la concepción del autor, de lo que quiere transmitir en este conjunto de historias, pues una lectura un poco ligera puede dar la impresión de que él toma diferentes temas. Pero, en el fondo, todo buen autor, toma temas centrales (con diferentes personajes y con diferentes situaciones). Ese otro relato que nos da la clave de lo que el autor nos quiere decir a través de todas las historias se llama "La Talega", y dice:


"Ese anciano de mirada perdida siempre camina arrastrando una pesada talega color cereza. Los cuentistas del vecindario dicen que adentro lleva tres enormes espejos. Dos de ellos ya están rotos: el primero lo rompió cuando descubrió su primera arruga; y el segundo fue a parar al suelo cuando contempló su primera cana. El tercer espejo sigue intacto… algunos arguyen que su avanzada ceguera le impide dar cuenta del último espejo. Yo creo que se romperá cuando el viejo esté cara a cara con la Muerte" (pág. 57)

"La Talega" es un hermoso y muy profundo relato corto, en el cual se sintetiza la intención artística de Orlando Mazeyra; intención que los lectores podrán encontrar al leer los otros relatos. Y, porque, además, hay historias que a uno, efectivamente, lo dejan en suspenso: son relatos abiertos (en donde el uno puede encontrar diferentes finales). No todos los cuentos de este libro tienen un argumento cerrado, sino que la historia se abre y es un estímulo para la imaginación del lector.
En este libro hay historias con algunos elementos absurdos –aparentemente absurdos– que le dan sentido a una vida; como en el caso específico del último relato, que es el que le da título al libro: "Urgente: necesito un retazo de felicidad". Cuando se lee ese relato, se siente, al final, una gran conmoción; que es precisamente lo que logra un autor de raza cuando se introduce en esta aventura de la escritura.

Oswaldo Reynoso
Lima, 8 de marzo de 2007

2007/03/21

El huésped



Llegó con una ruma de libros en los brazos. Me dijo que sólo se quedaría por unos cuantos días y que no se lo dijera a nadie. Pero ya lleva varios meses en casa. Es alto, muy alto. Mirada serena y barba tupida. Le gusta leer y escribir por las mañanas, escucha jazz por las tardes, y contempla a mi gata por las noches (en realidad, conversa con ella; es más: juraría que la enamora). Ayer me habló con dilección de una tal Maga y me contó una esplendente historia acerca de una Casa Tomada: "De ahí me vengo", me dijo con un relente de resignación, y me dio las buenas noches entregándome un libro con la indicación de que lo empezara a leer de inmediato. No le hice caso. Y ahora no puedo dormir: esa historia me ha trastocado.
Pensándolo bien, desde que llegó, él no ha hecho más que embadurnar mi vida de irrealidad e ilusionismo.
¿Cuándo se irá? ¿Habrá tomado mi casa?
La lámpara de mi mesa de noche alumbra la portada del libro.

Ya sé. Sólo me queda abrir el libro, perderme en las páginas y confundirme con los personajes que encuentre... sólo así podré escapar de esta ansiedad y de este huésped... de este visitante que quizá se vaya de mi casa; pero que, para bien o para mal, ya es parte de mi vida.

2007/03/13

“Creo que es el temor a la muerte lo que, de manera determinante, me ha lanzado a la escritura”


He colocado en la bitácora de mi libro URGENTE: Necesito un retazo de felicidad la entrevista que me hiciera el escritor Gabriel Ruiz-Ortega a propósito de la aparición de mi libro de relatos en la ciudad de Lima.

Acá un fragmento:


(...) La Muerte es, si no el que más, uno de los temas que más me persigue. En el cuento "Ella siempre está", por ejemplo, el título habla de la Muerte y su de su presencia permanente en mi vida. La Muerte es, también, el tema central de uno de los microrrelatos del libro: "La Talega".Creo que es el temor a la muerte lo que, de manera determinante, me ha lanzado a la escritura. Yo, al igual que el maestro Onetti, cuando era todavía un muchacho tuve un descubrimiento terrible; descubrí que todas las personas que yo quería iban a morirse algún día, de esa impresión no me he repuesto todavía. Por suerte, ahora puedo abrir el primer ejemplar de mi libro, que salió hace pocos días de la imprenta, y en esas páginas encuentro -más que frases elaboradas o historias memorables- una victoria simbólica: mi revancha ante la muerte... mi primera revancha, porque, sin duda, vendrán más. Puedo morirme mañana pero quedarán mis historias, invictas, esperando a un lector que talvez no llegue... pero si llega le habré ganado otra vez a la muerte. Lo que trato de decir es algo que ya dijo en alguna ocasión Reinaldo Arenas: la muerte siempre ha estado muy cerca de mí; ha sido siempre para mí una compañera tan fiel, que a veces lamento morirme solamente porque entonces talvez la muerte me abandone para siempre.

Lee toda la entrevista aquí.
En la foto: Juan Carlos Onetti, un cigarrillo y un libro, ¿para qué más?

2007/03/07

Invitación


Bizarro Ediciones se complace en inaugurar la colección de Narrativa de su sello editorial invitándolos a la presentación de URGENTE: Necesito un retazo de felicidad, primer libro de cuentos de Orlando Mazeyra Guillén. La presentación estará a cargo de los escritores Oswaldo Reynoso, Javier Arévalo y Max Palacios, editor de Bizarro Ediciones.
Fecha: Jueves 08 de marzo de 2007.
Hora: 7:00 P.M.
Lugar: JAZZ ZONE Av. La Paz 656 Pasaje El Suche MIRAFLORES (altura de la cuadra 4 de Alcanfores)
INGRESO LIBRE