Advertencia para el lector

«Rechazado o aceptado, perseguido o premiado, el escritor que merezca este nombre seguirá arrojándoles a los hombres el espectáculo no siempre grato de sus miserias y tormentos.»
Mario Vargas Llosa, La literatura es fuego.

2014/10/30

Mesa redonda: "Breaking bad"

Este viernes 31 de octubre estaré participando de este evento sobre la fabulosa serie norteamericana de Vince Gilligan. Acá todos los datos.

MESA REDONDA: “Breaking Bad: Cuando eres lo que no eres”
Organiza: Asociación Cultural La casa de cartón
Auspicia: Biblioteca Regional Mario Vargas Llosa
Lugar: Biblioteca MVLL (San Francisco 308).
Hora: 7 p.m.
INGRESO LIBRE

2014/10/27

Feriado de octubre

En la edición Nro. 223 de Hildebrandt en sus trece
Acá un fragmento:

Mientras mamá continúa con los reproches de siempre, cierro los ojos y vuelvo al parque Paul Harris: mi hermano y su amigo Andrés Aranda juegan en los columpios. Establecen una competencia: quién puede despegar de su asiento de madera y llegar más lejos (una peligrosa versión del salto largo). Andrés vuela por un instante y alcanza más de tres metros de distancia. Mi hermano trata de superarlo pero su caída es desastrosa, da un grito de dolor que nos hace detener el partido de fulbito.



2014/10/22

Sólo te pido que vuelvas de verdad



Por qué será que todos guardan algo
cosas tan duras
que nadie puede decir
y van todos caminando
como en una procesión
de gente muda que no tiene corazón.

Por qué será que me gusta la noche, mujer
porque todo el que queda
es un padre para mí
que se anima a decir todo
y que te enseña a vivir
lo que millones no se animan a decir.

Y se te va pasando el tiempo, mujer
y que la vida se te va
sólo te pido que vuelvas de verdad
y que el silencio
se convierta en carnaval.

Por qué será que te muerdes la lengua
es el miedo que se para frente a vos
si te ahorca la memoria
no te dejes arrastrar
vamos afuera que mis amigos se van.

Por qué será que te quedas adentro, mujer
no quedes que acá afuera
es carnaval
carnaval toda la vida
y una noche junto a vos
si no hay galope se nos para el corazón.

Y se te va pasando el tiempo
y que la vida se te va
sólo te pido que vuelvas de verdad
y que el silencio
se convierta en carnaval.

Por qué será que me gusta la noche
porque todo el que queda
es un padre para mí
que se anima a decir todo
y que te enseña a vivir
lo que millones no se animan a decir
por qué será que te quedas adentro
no quedes que acá afuera
es carnaval
carnaval toda la vida
y una noche junto a vos
si no hay galope se nos para el corazón.

Vicentico, Carnaval toda la vida

2014/10/08

Acá tienes tu respuesta

En Hildebrandt en sus trece - Edición 220
Acá un fragmento:
El problema no es la gente —Paula y sus deseos de tirar un rato—, tampoco el tiempo —todos los libros que me falta leer—. El conflicto verdadero es con las palabras. Ya están gastadas, hay que buscar otras, construir nuevos puentes con frases que sean las cimas que se aproximen a tus simas. Por dar sólo un ejemplo: siempre me han seducido las palabras que suenan igual pero se escriben distinto y, claro, no significan lo mismo: prefiero ser un escritor incipiente, que un ser humano insipiente. Una verdad: soy más lo segundo que lo primero. Lástima.



2014/10/02

Presentación de "Enseñar y Aprender a Escribir": viernes 03 de octubre, a las 6 p.m.

Segunda publicación del Fondo Editorial de la Universidad La Salle de Arequipa.
PRESENTACIÓN "ENSEÑAR Y APRENDER A ESCRIBIR" 
DEL FONDO EDITORIAL DE LA UNIVERSIDAD LA SALLE
DÍA: VIERNES 3 DE OCTUBRE
HORA: 18:00 (6 P.M.)
LUGAR: BIBLIOTECA REGIONAL MARIO VARGAS LLOSA
(Calle San Francisco 308)

Enseñar y Aprender a Escribir: perspectivas autobiográficas con alcance formativo es una publicación del Fondo Editorial de la Universidad La Salle (Arequipa). Esta obra reúne las contribuciones de escritores de las más variadas disciplinas (y generaciones) en torno a una misma consigna: preparar en primera persona un acerca de cómo, cuándo, dónde y con quién se aprendió el oficio de escritor.
            Aparecen, entre otros, Oswaldo Reynoso, Jorge Bedregal, Iván Montes, José Luis Vargas, Jorge Monteza, Orlando Mazeyra Guillén, y Eusebio Quiroz Paz Soldán.
Enseñar y aprender a escribir intenta ser una guía para maestros de todos los niveles y para todas las personas interesadas en escribir. Un aporte desde la experiencia de un grupo de escritores de las más variadas disciplinas y que gentilmente acogieron la propuesta de mostrarse en primera persona acerca de cómo, cuándo y dónde aprendieron el oficio de la escritura. Por tanto, este libro, que no es un manual de escritura propiamente dicho, pero sí llevará al lector a una comprensión realista de lo que implica enseñar y aprender a escribir.


2014/09/29

Duermevela

En el semanario Hildebrandt en sus trece - Edición 219
Acá un fragmento:


(...)
—No sé si llamarlo miedo, lo que pasa es que escribir para mí es como lanzar piedras al centro de un estanque y ver esas ondas que van creciendo de dentro hacia fuera mientras las piedras se ahogan, desaparecen en el fondo... Pero lanzando piedras no voy a poder representar ese remolino, esa confusión absoluta, cataclísmica, que hay dentro mi corazón. ¿Cuando escribes no te da miedo ir pariendo un monstruo?
—Si ese monstruo soy yo entonces ¿qué puedo hacer? Reconocerme, eso es lo que queda.
Quisiera decirle también que, según Don DeLillo, un libro que está en proceso de escritura es como un niño horriblemente deforme que, reptando, persigue al escritor a todas partes, pero esta mención podría asustarla. No lo sé. A mí me entusiasma porque soy demasiado masoquista y para mí lo horrible siempre ha sido lo más estimulante.
—No te subestimes nunca, Daniela. Y no tengas miedo de sacar a pasear tu locura…

2014/09/26

Esto es agua, esto es agua...


Dos peces jóvenes nadan en paralelo y se encuentran a un pez mayor que nada hacia ellos y los saluda: «Buenos días, muchachos, ¿qué tal está el agua?». Los dos peces siguen nadando hasta que uno le pregunta al otro: «¿Qué diablos es el agua?».

[…] Piensen en ese viejo tópico: «La mente es un estupendo sirviente pero un maestro horrible». Banal y poco atractivo en apariencia, este tópico encierra una verdad enorme y terrible. No es casualidad que casi todas las personas que se suicidan con armas de fuego se disparen en... la cabeza. Le disparan a ese «maestro terrible». Y estos suicidas llevan muertos desde mucho antes de dispararse.

Me van a tener que disculpar


Por Eduardo Sacheri

Me van a tener que disculpar. Yo sé que un hombre que pretende ser una persona de bien debe comportarse según ciertas normas, aceptar ciertos preceptos, adecuar su modo de ser a determinadas estipulaciones convenidas por todos. Seamos más explícitos. Si uno quiere ser un tipo coherente debe medir su conducta, y la de sus semejantes, con la misma e idéntica vara. No puede hacer excepciones, pues de lo contrario bastardea su juicio ético, su conciencia crítica, su criterio legítimo. 
Uno no puede andar por la vida reprobando a sus rivales y disculpando a sus amigos por el sólo hecho de serlo. Tampoco soy tan ingenuo como para suponer que uno es capaz de sustraerse a sus afectos y a sus pasiones, que uno tiene la idoneidad como para sacrificarlos en el altar de una imparcialidad impoluta. Digamos que uno va por ahí intentando no apartarse demasiado del camino debido, tratando de que los amores y los odios no le trastoquen irremediablemente la lógica. 
Pero me van a tener que disculpar, señores. Hay un tipo con el que no puedo. Y ojo que lo intento. Me digo: no puede haber excepciones, no debe haberlas. Y la disculpa que requiero de ustedes es todavía mayor, porque el tipo del que hablo no es un benefactor de la humanidad, ni un santo varón, ni un valiente guerrero que ha consolidado la integridad de mi patria. No, nada de eso. El tipo tiene una actividad mucho menos importante, mucho menos trascendente, mucho más profana. Les voy adelantando que el tipo es un deportista. Imagínense, señores. Llevo escritas doscientas sesenta y tres palabras hablando del criterio ético y sus limitaciones, y todo por un simple caballero que se gana la vida pateando una pelota. Ustedes podrán decirme que eso vuelve mi actitud todavía más reprobable. Tal vez tengan razón. Tal vez por eso he iniciado estas líneas disculpándome. 
No obstante, y aunque tengo perfectamente claras esas cosas, no puedo cambiar mi actitud. Sigo siendo incapaz de juzgarlo con la misma vara con la que juzgo al resto de los seres humanos. Y ojo que no sólo no es un pobre muchacho saturado de virtudes. Tiene muchos defectos. Tiene tal vez tantos defectos como quien escribe estas líneas, o como el que más. Para el caso es lo mismo. Pese a todo, señores, sigo sintiéndome incapaz de juzgarlo. Mi juicio crítico se detiene ante él, y lo dispensa. 
No es un capricho, cuidado. No es un simple antojo. Es algo un poco más profundo, si me permiten calificarlo de ese modo. Seré más explícito. Yo lo disculpo porque siento que le debo algo. Le debo algo y sé que no tengo forma de pagárselo. O tal vez ésta sea la peculiar moneda que he encontrado para pagarle. Digamos que mi deuda halla sosiego en este hábito de evitar siempre cualquier eventual reproche. 
Él no lo sabe, cuidado. Así que mi pago es absolutamente anónimo. Como anónima es la deuda que con él conservo. Digamos que él no sabe que le debo, e ignora los ingentes esfuerzos que yo hago una vez y otra por pagarle. 
Por suerte o por desgracia, la oportunidad de ejercitar este hábito se me presenta a menudo. Es que hablar de él, entre argentinos, es casi uno de nuestros deportes nacionales. Para ensalzarlo hasta la estratósfera, o para condenarlo a la parrilla perpetua de los infiernos, los argentinos gustamos, al parecer, de convocar su nombre y su memoria. Ahí es cuando yo trato de ponerme serio y distante, pero no lo logro. El tamaño de mi deuda se me impone. Y cuando me invitan a hablar prefiero esquivar el bulto, cambiar de tema, ceder mi turno en el ágora del café a la tardecita. No se trata tampoco de que yo me ubique en el bando de sus perpetuos halagadores. Nada de eso. Evito tanto los elogios superlativos y rimbombantes como los dardos envenenados y traicioneros. Además, con el tiempo he visto a más de uno cambiar del bando de los inquisidores al de los plañideros aplaudidores, y viceversa, sin que se les mueva un pelo. Y ambos bandos me parecen absolutamente detestables, por cierto. 
Por eso yo me quedo callado, o cambio de tema. Y cuando a veces alguno de los muchachos no me lo permite, porque me acorrala con una pregunta directa, que cruza el aire llevando específicamente mi nombre, tomo aire, hago como que pienso, y digo alguna sandez al estilo de «y, no sé, habría que pensarlo»; o tal vez arriesgo un «vaya uno a saber, son tantas cosas para tener en cuenta». Es que tengo demasiado pudor como para explayarme del modo en que aquí lo hago. Y soy incapaz de condenar a mis amigos al tórrido suplicio de escuchar mis argumentos y mis justificaciones. 
Por empezar les tendría que decir que la culpa de todo la tiene el tiempo. Sí, como lo escuchan, el tiempo. El tiempo que se empeña en transcurrir, cuando a veces debería permanecer detenido. El tiempo que nos hace la guachada de romper los momentos perfectos, inmaculados, inolvidables, completos. Porque si el tiempo se quedase ahí, inmortalizando a los seres y a las cosas en su punto justo, nos libraría de los desencantos, de las corrupciones, de las infinitas traiciones tan propias de nosotros los mortales. 
Y en realidad es por ese carácter tan defectuoso del tiempo que yo me comporto como lo hago. Como un modo de subsanar, en mis modestos alcances, esas barbaridades injustas que el tiempo nos hace. En cada ocasión en la cual mencionan su nombre, en cada oportunidad en la cual me invitan al festín de adorarlo y denostarlo, yo me sustraigo a este presente absolutamente profano, y con la memoria que el ser humano conserva para los hechos esenciales me remonto a ese día, al día inolvidable en que me vi obligado a sellar este pacto que, hasta hoy, he mantenido en secreto. Un pacto que puede conducirme (lo sé), a que alguien me acuse de patriotero. Y aunque yo sea de aquellos a quienes desagrada la mezcla de la nación con el deporte, en este caso acepto todos los riesgos y las potenciales sanciones. 
Digamos que mi memoria es el salvoconducto para volver el tiempo al lugar cristalino del cual no debió moverse, porque era el exacto sitio en que merecía detenerse para siempre, por lo menos para el fútbol, para él y para mí. Porque la vida es así, a veces se combina para alumbrar momentos como ése. Instantes después de los cuales nada vuelve a ser como era. Porque no puede. Porque todo ha cambiado demasiado. Porque por la piel y por los ojos nos ha entrado algo de lo cual nunca vamos a lograr desprendernos. 
Esa mañana habrá sido como todas. El mediodía también. Y la tarde arranca, en apariencia, como tantas otras. Una pelota y veintidós tipos. Y otros millones de tipos comiéndose los codos delante de la tele, en los puntos más distantes del planeta. Pero ojo, que esa tarde es distinta. No es un partido. Mejor dicho: no es sólo un partido. Hay algo más. Hay mucha rabia, y mucho dolor, y mucha frustración acumuladas en todos esos tipos que miran la tele. Son emociones que no nacieron por el fútbol. Nacieron en otro lado. En un sitio mucho más terrible, mucho más hostil, mucho más irrevocable. Pero a nosotros, a los de acá, no nos cabe otra que contestar en una cancha, porque no tenemos otro sitio, porque somos pocos, porque estamos solos, porque somos pobres. Pero ahí está la cancha, el fútbol, y son ellos o nosotros. Y si somos nosotros el dolor no va a desaparecer, ni la humillación ha de terminarse. Pero si son ellos. Ay, si son ellos. Si son ellos la humillación va a ser todavía más grande, más dolorosa, más intolerable. Vamos a tener que quedarnos mirándonos las caras, diciéndonos en silencio «te das cuenta, ni siquiera aquí, ni siquiera esto se nos dio a nosotros». 
Así que están ahí los tipos. Los once nuestros y los once de ellos. Es fútbol, pero es mucho más que fútbol. Porque cuatro años es muy poco tiempo como para que te amaine el dolor y se te apacigüe la rabia. Por eso no es sólo fútbol. 
Y con semejantes antecedentes de tarde borrascosa, con semejante prólogo de tragedia, va este tipo y se cuelga para siempre del cielo de los nuestros. Porque se planta enfrente de los contrarios y los humilla. Porque los roba. Porque delante de sus ojos los afana. Y aunque sea les devuelve ese afano por el otro, por el más grande, por el infinitamente más enorme y ultrajante. Porque aunque nada cambie allá están ellos, en sus casas y en sus calles, en sus pubs, queriéndose comer las pantallas de pura rabia, de pura impotencia de que el tipo salga corriendo mirando de reojito al árbitro que se compra el paquete y marca el medio. 
Hasta ahí, eso solo ya es historia. Ya parece suficiente. Porque le robaste algo al que te afanó primero. Y aunque lo que él te robó te duele más, vos te regodeás porque sabés que esto, igual, le duele. Pero hay más. Aunque uno desde acá diga bueno, es suficiente, me doy por hecho, hay más. Porque el tipo además de piola es un artista. Es mucho más que los otros. 
Arranca desde el medio, desde su campo, para que no queden dudas de que lo que está por hacer no lo ha hecho nadie. Y aunque va de azul, va con la bandera. La lleva en una mano, aunque nadie la vea. Empieza a desparramarlos para siempre. Y los va liquidando uno por uno, moviéndose al calor de una música que ellos, pobres giles, no entienden. No sienten la música, pero sí sienten un vago escozor, algo que les dice que se les viene la noche. Y el tipo sigue adelante. 
Para que empiecen a no poder creerlo. Para que no se lo olviden nunca. Para que allá lejos los tipos dejen la cerveza y cualquier otra cosa que tengan en la mano. Para que se queden con la boca abierta y la expresión de tontos, pensando que no, que no va a suceder, que alguno lo va a parar, que ese morochito vestido de azul y de argentino no va a entrar al área con la bola mansita a su merced, que alguien va a hacer algo antes de que le amague al arquero y lo sortee por afuera, de que algo va a pasar para poner en orden la historia y que las cosas sean como Dios y la reina mandan, porque en el fútbol tiene que ser como en la vida, donde los que llevan las de ganar ganan, y los que llevan las de perder pierden. Se miran entre ellos y le piden al de al lado que los despierte de la pesadilla. Pero no hay caso, porque ni siquiera cuando el tipo les regala una fracción de segundo más, cuando el tipo aminora el vértigo para quedar de nuevo bien parado de zurdo, ni siquiera entonces van a evitar entrar en la historia como los humillados, los once ingleses despatarrados e incrédulos, los millones de ingleses mirando la tele sin querer creer lo que saben que es verdad para siempre, porque ahí va la bola a morirse en la red para toda la eternidad, y el tipo va a abrazarse con todos y a levantar los ojos al cielo. Y no sé si él lo sabe, pero hace tan bien en mirar al cielo. 
Porque el afano estaba bien, pero era poco. Porque el afano de ellos era demasiado grande. Así que faltaba humillarlos por las buenas. Inmortalizarlos para cada ocasión en que ese gol volviese a verse una vez y otra vez y para siempre, en cada rincón del mundo. Ellos volviendo a verse una y mil veces hasta el cansancio en las repeticiones incrédulas. Ellos pasmados, ellos llegando tarde al cruce, ellos viéndolo todo desde el piso, ellos hundiéndose definitivamente en la derrota, en la derrota pequeña y futbolera y absoluta y eterna e inolvidable. 

Así que señores, lo lamento. Pero no me jodan con que lo mida con la misma vara con la que se supone debo juzgar a los demás mortales. Porque yo le debo esos dos goles a Inglaterra. Y el único modo que tengo de agradecérselo es dejarlo en paz con sus cosas. Porque ya que el tiempo cometió la estupidez de seguir transcurriendo, ya que optó por acumular un montón de presentes vulgares encima de ese presente perfecto, al menos yo debo tener la honestidad de recordarlo para toda la vida. Yo conservo el deber de la memoria.