Advertencia para el lector

«Rechazado o aceptado, perseguido o premiado, el escritor que merezca este nombre seguirá arrojándoles a los hombres el espectáculo no siempre grato de sus miserias y tormentos.»
Mario Vargas Llosa, La literatura es fuego.

2019/01/03

Adiós, Hemingway



–Adiós, Jemingüéy –gritó, y recibió como respuesta la sonrisa del hombre.
Varios años después, cuando descubrió la dolorosa necesidad de escribir y comenzó a escoger a sus ídolos literarios, Mario Conde supo que aquélla había sido la última navegación de Ernest Hemingway por un pedazo de mar que había amado como pocos lugares en el mundo, y comprendió que el escritor no se podía estar despidiendo de él, un minúsculo insecto posado sobre el malecón de Cojímar, sino que en ese momento le estaba diciendo adiós a varias de las cosas más importantes de su vida.   
[…]
De cualquier modo, a su lado no quería ni a escritores ni a políticos. Y por eso se negaba, cada vez más, a hablar de literatura. Si alguien le preguntaba sobre sus trabajos apenas decía: ‘Estoy trabajando bien’, o si acaso: ‘Hoy escribí cuatrocientas palabras’. Lo demás no tenía sentido, pues sabía que cuánto más lejos va uno cuando escribe, más solo se queda. Y al final uno aprende que es mejor así y que debe defender esa soledad: hablar de literatura es perder el tiempo, y si uno está solo es mucho mejor, porque así  es como se debe trabajar, y porque el tiempo para trabajar resulta cada vez más corto,  y si uno lo desperdicia siente que ha cometido un pecado para el cual no hay perdón.
Adiós, Hemingway, Leonardo Padura

2018/11/09

Mario Vargas Llosa en el Hay Festival Arequipa 2018

La cuarta edición del Hay Festival Arequipa trae de vuelta a casa a Mario Vargas Llosa, el verdadero culpable de que este evento de primera fila se lleve a cabo anualmente en su tierra natal a partir del año 2015.
Este retorno —que se ha vuelto recurrente desde que la Biblioteca Regional de la calle San Francisco lleva su nombre— dista mucho de ser como el de los años cuarenta del siglo pasado, que él recuerda como una gran aventura: «el viaje a Arequipa con mi madre, la abuelita y la Mamaé, en 1940, para asistir al Congreso Eucarístico, en Arequipa, la tierra solar, que se mantenía viva en las anécdotas innumerables y la nostalgia de la familia. Estuvimos alojados en casa del tío Eduardo, que era juez, solterón y bondadoso; su cocinera Inocencia preparaba unos candentes chupes en los que sobresalían unos monstruos crustáceos, de cáscara rojiza y pinzas articuladas que me fascinaron. Recuerdo aquel viaje como una exaltante expedición: el tren Cochabamba a la Paz; las calles empinadas de la capital boliviana; el vaporcito que cruzaba el Titicaca de noche, hasta la llegada a Puno, en el amanecer. Y, luego, nuevamente, el tren hasta la Ciudad Blanca. Allí estaban tantas cosas conocidas hasta entonces sólo de oídas: las casas de sillar; el Misti y los volcanes; la casita donde nací, que me mostraron, en el Boulevard Parra, el queso helado y las pastas de La Ibérica. Los rezos y cantos multitudinarios del Congreso Eucarístico me asustaban, y, todavía más, la voz del orador, un hombre importantísimo, de corbata pajarita, que señalaban con el dedo: Víctor Andrés Belaunde. Cuando regresamos a Cochabamba, yo me sentía ya grande».
Hoy, con 82 años a cuestas y con una vida de novela que ni el propio escriba boliviano Pedro Camacho hubiera imaginado, el Premio Nobel de Literatura arequipeño podría ser descrito como un personaje de su notable ficción “La tía Julia y el escribidor” (para ser preciso como una de las creaturas de los desaforados radioteatros): «Como todo ser elevado por sobre la medianía, era discutido, criticado y verbalmente escarnecido por sus colegas, esos incapaces (a diferencia de él) de producir milagros».



(La nota completa aparece hoy en la página 16 del diario El Pueblo de Arequipa)

2018/10/29

Si yo fuera Maradona... (Feliz cumple 58, Diego)


Hace algunos días le preguntaban a Maradona sobre su cumpleaños y el Diego, ahora en su faceta de entrenador en la segunda división mexicana, respondía: "Ayer tenía 20 años y el martes cumplo 58. Los he vivido bien y a veces los he vivido mal". En la parte final de “Maradona by Kusturica”, el documental que el cineasta serbio Emir Kusturica le dedica al más grande, éste afirma: "Me podrán decir que estoy bien o que estoy mejor… o que estoy mejor que antes, pero nadie está adentro mío: yo sé las culpas que tengo y no las puedo remediar"
¿Qué decir del que, para mí, es y será el futbolista más emblemático de este deporte? Ojalá pudieras volver a vestirte de corto, Pelusa, y explicarles a todos de qué se trata el fútbol. ¿Sólo un juego? Nunca. Te he admirado más en tus fracasos y tristezas que en tus éxitos pletóricos: ¡arranca desde la media cancha y, pase lo que pase, no te detengas jamás!

2018/09/25

"De niños eran perfectos": una lectura del libro de Orlando Mazeyra Guillén

No hace mucho fuimos compañeros de clases. La maestría que realizamos fue por diferentes motivos. La decepción compartida.
Nuestra única escapatoria eran esas tardes en La Ramadita, local predilecto de fines de semana. Conversaciones de todo tipo, sobre nuestras vidas, añoranzas, pero sobre todo de literatura, música y películas.
Este libro empieza con una cita de Ernesto Sábato: «Dios no escribe ficciones: nacen de nuestra imperfección, del defectuoso mundo en el que nos obligaron a vivir». Y solo puedo recodar esas tardes en que la literatura era nuestra escapatoria, nuestra forma de sentir y expresarnos. Otro punto importante en el tema, en esas conversaciones por los sábados, era el que se refleja con otra fase en el libro, esta vez de Truman Capote: «Al principio fue muy divertido. Dejó de serlo cuando descubrí lo diferencia entre escribir bien y mal, y luego hice un descubrimiento más alarmante aún: la diferencia entre escribir bien y el verdadero arte, una diferencia sutil pero brutal».
Esas eran nuestras tardes de fines de semana. No había escapatoria. Éramos víctimas de nuestras debilidades. Como la mujer en el primer cuento, que descubre o se siente siempre o casi siempre la más gorda del grupo, del barrio, de la ciudad. Emprendiendo una lucha equívoca por  tratar de pertenecer al estereotipo frívolo  y muchas veces calculado de nuestra sociedad. Y digo esto último por la descarnada lucha de la publicidad, del marketing por tratar de vender una imagen falsa de los que somos. La chica en su intento, como señala el autor por tratar de estilizar su fofo cuerpo, la lleva a la desilusión, lágrimas y depresiones sin rostro. No podía ser otro final.
Estos relatos que datan del año 2005, nos muestran a un Orlando Mazeyra con diferentes preguntas que se vuelcan en su prosa, muchas veces esenciales y sin respuesta a pesar del tiempo transcurrido y, al contrario, las dudas se ahondan; se vuelven más complejas.
Los amigos del barrio, la patota, las palomilladas, las decepciones amorosas y de otra índole, esas primeras experiencias que se intentan olvidar con tragos, pero que nunca se olvidan, sobre todo cuando te dedicas a la miserable tarea de escribir. Sí, no todo es malo, pero normalmente vuelves a ese mismo lugar, a ese mismo recuerdo, te atrincheras y es lo peor que te puede pasar hasta que lo expulsas en letras negras o el color que prefieras, dibujándose en alguna hoja en blanco, garabatos sobre garabatos;  imágenes de rostros, recuerdos que nos flagelan por las noches de insomnio, de mensajes repentinas cuando pensabas que ya todo estaba olvidado, ella escribe sin saber que tú intentabas inútilmente apartarla, borras los mensajes luego de embriagarte con los amigos, te envalentonas y dices que ya no sientes nada por ella o eso al menos quieres creer, ya sabemos que no hay peor mentira. Tus amigos te felicitan por la acción, luego en la noche, mientras tratas de dormir en tu cuarto y los recuerdos  imperan, te llega un nuevo mensaje: es ella, no tienes ni idea de lo escribe,  y solo te queda preguntarte: ¿y ahora qué mierda quiere?
Luego tenemos a un tipo que no recuerda su nombre y mucho menos haberse enamorado, ni tampoco haberse casado. ¿Qué afortunado, no?, pensarán algunos. Pero la realidad dentro de la ficción es otra, el hombre está casado y la mujer sufre. Ella tiene que repetirle a él que su mal, su falta de memoria, es debido a lagunas mentales, o como le dijo su médico de cabecera: Alzheimer. Él por supuesto no le cree. Y se propone la difícil tarea de recordar su nombre. Los días son iguales para ambos, él despertando sin saber quién es ni quién es la mujer a su lado, y ella explicándole todo de nuevo. La idea que plantea el autor me parece extraordinaria. Y juega con eso en el transcurso de la narración. Y me pregunto si a pesar de recordar, sabemos en realidad quiénes somos y si el nombre que llevamos es el nuestro, el que merecemos.  
También tenemos otro personaje que al ver a su abuela sufriendo en esos días difíciles, delirantes, previos a la muerte, preferiría estar loco como su tío, para no ver la realidad o para verla con otros ojos. Un personaje, como muchos, me sumo a esa incertidumbre, que no comprendemos aún la muerte ni lo haremos.
La tarea de escribir, tratando de huir de todo, viviendo realidades alternas, complejas, es otro de los temas del libro, donde un nuevo personaje plantea preguntas en las que se recrimina  por no poder escribir los grandes cuentos que se había prometido. Quería ser una persona diferente a la que se estaba convirtiendo, a veces el día a día te termina por ganar la partida, pero lo peor es que odia al tipo en que se estaba convirtiendo, lo desprecia. Y sus días son miserables. Aquí el autor refleja una de las preguntas que planteaba en un inicio sobre la tarea de escribir, esa gran diferencia entre escribir mal y bien y sobre todo entre escribir bien y el verdadero arte, como lo propone Truman Capote, diferencia brutal, de eso no nos queda duda. Pero también la idea de estar haciendo algo que no nos termina de convencer, de trabajar para alimentarnos, donde el gusto por lo que verdaderamente uno quiere hacer  se pierde, y te carcome, llenándote de inseguridades, ansiedades lacerantes. Y más aún si vives en un país donde dedicarte a la literatura, es una verdadera odisea, una tarea titánica. Conversando con Orlando Mazeyra, coincidimos en que si uno pretende escribir termina con el tiempo destruyéndose. Es inevitable pero necesario.
Asimismo, Mazeyra nos relata la primera vez de un muchacho: esa experiencia única, rocambolesca, traumatizante, inolvidable, quien despierta con la voz de una mujer desnuda, los tragos le han ganado, y ella insiste en preguntarle si es su primera vez, diciéndole: «Pero dímelo, ¡ya pues, dímelo!... quiero escuchar tu voz, ¿con quién has tenido tu primer polvito?».  La mujer, como habrán sospechado o empiezan a sospechar, es una mujer pagada por sus servicios sexuales o una prostituta, como prefieran decirle. No importa en este caso. Pues el relato trata sobre la añoranza de la infancia y que me hace pensar en una frase de Henry Miller, sacada del libro Trópico de Capricornio, y cito: «Me dan ganas de llorar al pensar en lo que la vida ha hecho de ellos. De niños eran perfectos…».
Luego sigue una historia atípica, la de un hombre que sufre de la vista, con el ojo derecho ve perfectamente, pero con el izquierdo aparentemente ve cosas que él no desearía ver: esas verdades ocultas, como la de una mujer que fue infiel y que le oculta a su esposo una enfermedad que la llevará a la muerte. Después seguirán microrrelatos, historias cortas, de palabras controladas, medidas, calculadas, como confesiones en un diario; idea que en el siguiente cuento se expande, desarrollándose con la prolijidad de un narrador de raza, en la confesión de un supuesto asesino, historia que en un principio parece resumirse a un simple ajuste de cuentas pero que con el transcurrir de las páginas toma un giro inesperado, sorprendiendo al lector. Es sin duda, desde mi punto de vista claro está,  uno de los cuentos más logrados junto con «¿Y ahora qué mierda quiere?», «Cierra los ojos y muere», «Escribes», «Mi primera flaca» y también el cuento que le da el nombre a este libro: «Urgente: Necesito un retazo de felicidad». Y ya saben los interesados pueden llamar al  teléfono: (054) 256290, como bien se señala en la portada.


Gustavo Pino

2018/09/20

Presentación de URGENTE: NECESITO UN RETAZO DE FELICIDAD

El jueves 20 de setiembre, a las siete de la noche, se presentará en el Festilibro del Parque Libertad de Expresión de Umacollo el libro “Urgente: necesito un retazo de felicidad” de Orlando Mazeyra Guillén. El ingreso es libre.

Sobre este libro, el escritor Alfredo Herrera Flores ha señalado: “sería injusto decir que las historias de Mazeyra alimentan nuestra pesadumbre o pesimismo, por el contrario, nos muestran una alternativa para indagar por la esperanza. La ambigüedad con que nos ofrece la anécdota, parece llevarnos por falsos caminos hacia el desenlace inesperado y más dramático que la propia historia, pero no hay trampas, inevitablemente desembocamos, personajes y lector, en la necesidad de superar nuestra desgracia y ser felices. Los cuentos de Mazeyra nos llevan a la ilusión de la felicidad”.

2018/06/10

¿Por qué amamos el fútbol?

Hoy, domingo 10 de junio de 2018, a sólo 4 días del Mundial Rusia 2018 escribo en el diario El Pueblo acerca de esta pasión. Acá un fragmento:


En el colegio no solía encontrar carpetas para zurdos. Era un problema. Un profesor recomendaba aprender a escribir con mano derecha para no tener inconvenientes. «La siniestra es del diablo», comentaba un hermano de La Salle con un gesto de amonestación. Sin embargo… ¿no eran Cueto y Maradona zurdos? Pegarle con la izquierda era un premio. Natura había sido generosa. Se sentía un poquito más cerca de aquellos genios del fútbol. Alguna vez había escuchado que su abuela paterna —la mamá Julita— le dijo «poeta» a Cueto… «Poeta de la zurda», vaya elogio. ¿Algún día alguien le diría una frase tan hermosa? 

2018/04/10

El retorno definitivo a Arequipa de Oswaldo Reynoso



Oswaldo Reynoso Díaz nació un 10 de abril de 1931. El autor de Los inocentes, El escarabajo y el hombre y En octubre no hay milagros hoy cumpliría 87 años. Él había planificado con antelación su retorno definitivo a su ciudad natal porque, como en el poema de Kavafis que cita en su libro En busca de la sonrisa encontrada, su tierra natal lo siguió sin tregua (prueba palmaria de ello es su última entrega: Arequipa lámpara incandescente publicada por la editorial Aletheya). Por eso, el maestro quería que sus cenizas fueran esparcidas en el volcán Misti.
José Caro, poeta huamanguino y amigo íntimo del narrador que vivió su infancia y juventud en el barrio de San Lázaro –hasta frisar los veinte años–, ha llegado a la nuestra ciudad para cumplir con el deseo de Reynoso. Además, el jueves 12 de abril se celebrará un evento denominado “El retorno” en donde lectores y amigos de la profusa collera de Reynoso lo recordarán.
Sin embargo la mejor manera de recordar a un autor; o, digo mejor, la mejor manera de homenajearlo es leyéndolo, por eso leamos a Reynoso sin temores ni anteojeras. Arequipa le debe mucho –sobre todo lectores– y él nunca dejó de quererla, a pesar de todo. Acá un fragmento que precisamente hace alusión al volcán Misti en donde se esparcirán hoy sus cenizas:
: “¿Por qué me miras tanto?, me preguntó en tono amenazante. No le contesté y miré el cielo. Era azul como el volcán Misti. Arequipa de eterno cielo azul había cantado con el coro del colegio. Furioso me lanzó un puñete en la cara y corrió gritando: maricueca, maricueca. Con la mano, me limpié las lágrimas que corrían lentas pero dolorosas por mi cara de colegial de doce años. A paso ligero, con respiros fatigados, me dirigí a Selva Alegre. En ese entonces, hace tantas décadas, no comprendía por qué la contemplación del rostro de mi compañero de aula me proporcionaba una sensación extraña y deliciosa. Tampoco llegaba a comprender por qué esta, mi gozosa mirada, despertaba tanto odio y por qué tenía que ocultarla para no ser blanco de infamias e insultos. Entre los árboles y jardines, busqué un lugar oculto para llorar fuerte y romper mis cuadernos; pero no encontré ninguno, pues esa tarde la Selva Alegre estaba repleta de visitantes. Crucé el canal de agua y comencé a caminar por La Pampa Polanco. A medida que avanzaba, sin saber adónde ir, fue perdiéndose el azul del Misti. No era azul. Su color era casi marrón claro árido y feo. ¿Y el azul majestuoso coronado de nieve que veía desde cualquier parte de la ciudad adonde se había ido? Me eché sobre la tierra arenosa y cerré los ojos. Creo que fue en ese instante cuando imaginé una ciudad desconocida de sol con hermosos cuerpos desnudos, ciudad que siempre he buscado para encontrar la felicidad sin culpa, sin castigo. Abrí los ojos y el azul claro del cielo de Arequipa me enseñó el camino para encontrar la felicidad sin culpa ni castigo”.

Nuevos lugares no hallarás, no hallarás otros mares.
La ciudad te seguirá. Por las calles vagarás,
por las mismas. Y en los mismos barrios envejecerás;
y en estas mismas casas encanecerás.
Siempre llegarás a esta ciudad. Para otro lugar -no esperes-
no hay barco para ti, no hay camino.

Kavafis