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2013/01/30

Tributo a Maradona: 10.6 segundos


Tuve la suerte de entrevistar a Hernán Casciari  el año pasado en Lima. Ahora leo con emoción 10.6 segundos,  una historia donde se recuerda el ‘antes’, el ‘durante’ y el ‘después’ del que seguramente es el gol más famoso en la historia del fútbol mundial: el segundo tanto de Maradona a los ingleses (cuartos de final de México 1986).

“Hay una desesperación de vivir al mejor de todos los tiempos, y hay gente que ya dice que Messi es mejor que Maradona. Ya lo dijo Bianchi, lo dijo Grondona…”, le dije casi al final de la entrevista.
Casciari me respondió: “Hay una necesidad, primero, de estar ahí, de haber visto al mejor de todos. Y al mismo tiempo, creo que Maradona con su impronta, con su personalidad, ha generado en muchas personas la necesidad de matarlo en vida también. Entonces hacen como grandes esfuerzos semánticos para que Maradona sepa que ya no es el mejor, para que no muera pensando que es el mejor. A mí, esas cuestiones me parece que no tienen nada que ver con el fútbol, lo que me interesa del fenómeno fútbol son los 90 minutos, lo que me interesa es la belleza del fútbol. Y tengo la suerte geográfica de haber nacido en un lugar que ha parido a los mejores y con eso me conformo. El otro día leí en España una encuesta sobre cuáles habían sido los tres mejores jugadores que habían jugado alguna vez en España. Primero salió Messi, segundo Maradona y tercero Di Stéfano”.

Acá un fragmento de 10.6 segundos publicado en Orsai:

 Antes de tocar por última vez el balón con su pie izquierdo, a las trece horas, doce minutos y treinta segundos del mediodía mexicano, el jugador argentino ve que ha dejado atrás a Peter Shilton; ve que Jorge Valdano arrastra la marca de Terry Fenwick; ve que Peter Raid, Peter Beardsley y Glenn Hoddle han quedado en el camino; ve a Terry Butcher que se arroja a sus pies con los botines de punta; ve a Jorge Burruchaga que frena su carrera con resignación; ve a Héctor Enrique, todavía clavado en la mitad del campo, que cierra el puño de la mano derecha; ve a su entrenador que salta del banquillo como expulsado por un resorte y al otro entrenador, el rival, que baja la mirada para no ver el final del avance; ve a un hombre pelirrojo con una pipa humeante en la primera bandeja de las gradas; ve la línea de cal de la portería contraria y recuerda el rostro del empleado que, durante el entretiempo, la repasó con un rodillo; ve nítidamente a su hermano el Turco que, con siete años, le echa en cara un error que cometió en Wembley en un jugada parecida, ve los labios sucios de dulce de leche de su hermano cuando dice:


«La próxima vez no le pegues cruzado, boludito, mejor amagále al arquero y seguí por la derecha».


Ve el rostro de su hermano con la luz de la cocina donde ocurrió la escena, ve la picardía con que lo miraba; ve, detrás del arco, un cartel que dice Seiko en letras blancas sobre fondo rojo; ve las uñas pintadas de verde de su primera novia, el día que la conoció, y ve a esa misma chica, ya mujer, amamantando a una niña; ve una pelota desinflada y se ve a él mismo, con nueve años, que intenta dominarla; ve a su madre y a su padre que arrastran, con esfuerzo, un enorme bidón de kerosén por una calle de tierra en la que ha llovido; ve una taquilla, en un vestuario de La Paternal, que lleva su nombre y su apellido en letras flamantes, ve su orgullo adolescente al leer por primera vez su nombre y su apellido en la taquilla; ve un estadio, sus tablones de madera, y ve también que un día el estadio entero, y no solo la taquilla, llevará su nombre.
El jugador argentino ha controlado el aire de sus pulmones durante nueve segundos, y ahora está a punto de soltar todo el aire de un soplido.
Al revés que todos los rivales y compañeros que ha dejado atrás, él puede respirar con su pierna izquierda, y también puede intuir el futuro mientras avanza con el balón en los pies.
Ve, antes de tiempo, que Shilton se arrojará a la derecha; ve la intención segadora de Terry Butcher a sus espaldas, se ve a él mismo, muchos años más tarde, con un nieto en los brazos, visitando la entrada del Estadio Azteca donde se levanta una estatua de bronce sin nombre: solo un jugador joven con el pecho inflado, un balón en los pies y una fecha grabada en la base: 22 de junio de 1986; ve una rave en Londres donde dos chicos de quince años escapan de una multitud que se burla; ve un departamento en penumbras donde solo hay una mesa, dos amigos y un espejo sobre la mesa; ve a una muchacha en una playa del trópico que se deja besar por un chico que lleva puesta una camiseta argentina; ve un enjambre de periodistas y fotógrafos a la salida de todos los aeropuertos, de todas las terminales, de todos los estadios y de todos los centros comerciales del mundo; ve a un niño embobado con un videojuego en la ciudad de Leicester, mientras su hermano vigila por la ventana que no aparezca el padre; ve el cadáver de un hombre viejo que ha muerto en Ginebra ocho días antes de ese mediodía, un hombre que también ha visto todas las cosas del mundo en un único instante.
Ve Fiorito de día; ve Nápoles de tarde; ve Barcelona de noche.
Ve el estadio de Boca a reventar y él está en el medio del campo pero no lleva un balón en los pies, sino un micrófono en la mano; ve a un anciano en el aeropuerto de Cartago, que espera a su hijo en el último vuelo desde México, para abrazarlo y consolarlo; ve un tobillo inflamado; ve a una enfermera de la Cruz Roja, regordeta y sonriente; ve todos los goles que ha hecho y los que hará; ve todos los goles que ha gritado y los que gritará en su vida entera; se ve, con cincuenta y tres años, mirando desde el palco la final del mundo en el estadio Maracaná; ve el día que verá a su madre por última vez; ve la noche en que verá por última vez a su padre; ve crecer a todos los hijos de sus hijos; ve los dolores de parto de una mujer que está a punto de parir un niño zurdo en Rosario, un año y dos días más tarde de ese mediodía mexicano; ve un espacio mínimo, imposible, entre el poste derecho y el botín de Terry Butcher.
Cierra los ojos. Se deja caer hacia adelante, con el cuerpo inclinado, y se hace silencio en todo el mundo.
El jugador sabe que ha dado cuarenta y cuatro pasos y doce toques, todos con la zurda. Sabe que la jugada durará diez segundos y seis décimas. Entonces piensa que ya es hora de explicarle a todos quién es él, quién ha sido y quién será hasta el final de los tiempos.  (Hernán Casciari).


"¡Quiero llorar! ¡Dios Santo, viva el fútbol! ¡Golaaazooo! ¡Diegoooool! ¡Maradona! Es para llorar, perdónenme... Maradona, en una corrida memorable, en la jugada de todos los tiempos... Barrilete cósmico... ¿De qué planeta viniste para dejar en el camino a tanto inglés, para que el país sea un puño apretado gritando por Argentina? Argentina 2 - Inglaterra 0. Diegol, Diegol, Diego Armando Maradona... Gracias Dios, por el fútbol, por Maradona, por estas lágrimas, por este Argentina 2 - Inglaterra 0" (Víctor Hugo Morales).

2012/11/17

LAS MEJORES HISTORIAS ME LAS CONTARON MIS AMIGOS

Hernán Casciari, aparte de narrador, un apasionado del fútbol.


Por Orlando Mazeyra Guillén

Hernán Casciari (Buenos Aires, 1971) tiene sus propios paquetes con tabaco y él arma sus cigarrillos artesanalmente. “Sin filtro son muchísimo más dañinos”, le comento. “”, lo reconoce con un halo de fruición. “En Argentina me preguntan si es una costumbre catalana y en Barcelona me preguntan si es una costumbre argentina”. Aparte de fumar, bebe, de rato en rato, una Sprite helada mientras cae la noche limeña en las afueras del hotel Mariel de Miraflores. Quizá ganar premios desde muy joven haya inflado el ego del anfitrión de Orsai. “Lo que empezó en blog puede convertirse en cualquier cosa”, anuncia la página de una exitosa revista que sale de imprenta y también se distribuye por la web en formato PDF, no obstante, ni siquiera se considera un narrador. Casciari ha obtenido el primer premio de novela en la Bienal de Arte de Buenos Aires (1991) y el famoso premio internacional de cuento Juan Rulfo, que organiza Radio Francia Internacional (1998).
Hace poco un escritor español me dijo que el ego es un ingrediente importante en la creación” —le comento mientras él prepara un nuevo pucho—, me dijo: “¿si no por qué crees que los argentinos son tan buenos escritores?”.
Él celebra el comentario con una risa intensa y contagiosa: “yo creo que el ego tiene mala prensa pero no es algo tan malo, sobre todo cuando te dedicas a comunicar. Para comunicar hay que tener la convicción de que tienes algo que decir y eso ya forma parte de un ego. Hay que ser autosuficiente: no ser tímido, por ejemplo, y no lo digo solo en la oralidad, sino también en la prosa. No hay que trabajar con timidez y me parece que esas son ventajas que te dan una determinada seguridad. Y creo que el argentino tiene las grandes desventajas del ego (no las ventajas del ego): no tiene nada para decir pero lo dice bien fuerte. Y eso puede resultar incluso caricaturesco.  Yo vivo hace muchos años en España y reconozco muy rápidamente a un argentino conversando justamente porque el ego viene por delante”.
 —También la mordacidad del argentino en las bromas… el cine: Ricardo Darín, por citarte un ejemplo insoslayable…
Sí, las historias, tanto del cine, la literatura, como de la vida cotidiana, están emparentadas con el cinismo. Y el sarcasmo viene, me da la impresión, porque si no nos reímos de nosotros mismos entonces no nos queda nada.
 TIMIDEZ NARRATIVA Y EL PORNO
 —Hernán, quiero que incidas en lo referente a la “timidez narrativa”.
Me refiero a cuando uno es poco desenfadado y nos apoyamos en la solemnidad. Muchas veces, la falta de seguridad genera que te apoyes en pilares que tienen que ver con la solemnidad y con la corrección. Y en el momento en que te puedes reír de ti mismo, me parece que es cuando te conviertes en un personaje maléfico de tu propia obra y empiezas a “empatizar” un poco más con el lector. Más que un escritor, yo soy un comunicador. Necesito, en general, que se me entienda primero y después, si hay suerte, lograr emocionar o divertir; y utilizo mucho el humor para eso porque me parece que es un código común. Pero no me siento un escritor que diga cosas muy inteligentes, sino que soy muy de la era digital. Mis necesidades pasan por entretener o por emocionar rápidamente. Lo mío es más de microondas que de horno a leña.
—Necesitas emocionar y conmover porque algunos te emocionaron y te conmovieron…  
No. Necesito emocionar y conmover cuando escribo en Internet porque estoy compitiendo con el porno que es la pestaña de al lado. Cuando escribes para un lector que está en un monitor, no es lo mismo que cuando lo haces para un lector que está sentado en un sofá, un domingo en la tarde. Entonces necesito ser más veloz.
—Compites con el porno…pero también en el caso, sobre todo de la juventud, la red social, Facebook, que es una suerte de adicción moderna…
Eres demasiado optimista. A mí me parece que la adicción moderna sigue siendo el sexo. El 90% de Internet es porno. Las redes sociales están y son muy útiles y sirven para conversar, pero Internet es sexo. Inclusive dentro de las redes sociales, el sexo está muy presente y hay grietas que tienen que ver con eso también. Pero independientemente de esa cuestión, cuando escribes en un medio tan volátil como Internet, la necesidad de emocionar o entretener rápidamente tiene que ver con que se queden un rato más leyéndote…
—Ser muy directo…
Sí, conciso. No puedes dar vueltas. No puedes generar párrafos larguísimos, no puedes hacer grandes descripciones. Las frases tienen que ser más cortas y comprensibles. Y después si logras tener un buen caudal de lectores, entonces puedes empezar a profundizar más. Yo empecé con textos muy cortos. Recién cuando vi que había un público cautivo, empecé escribir textos más largos, porque ya sé que me esperan, porque ya sé que me soportan.
—Entonces tu receta es empezar con historias cortas: párrafos breves y directos.
Depende de a quién le quieras hablar.
—Y de qué quieras hablar…
Mi intención al principio, cuando empecé a escribir en Internet, mi lector, mi objetivo, eran las personas que habían quedado en Argentina y que yo conocía personalmente —mi familia, mis amigos—, y yo sabía muy bien de qué manera hacerlos reír o hacerlos emocionar y, al mismo tiempo, sabía que un inmigrante se pone muy nostálgico o se pone muy pesado, entonces no quería ser inclusivo, entonces cuando llegaron otros lectores que entendieron mi respiración y mi forma de narrar, entonces me animé a hacerlo de una forma que tiene que ver más con el papel, con el texto largo. En conclusión: no es que aconseje el texto corto en Internet de ninguna manera, aconsejo enfocar bien a quién le estás hablando.
 PERIODISMO CULTURAL…
—¿Existe el periodismo cultural?
No soy muy amigo de etiquetar. Y justo vengo a un congreso de “periodismo cultural”. Me parece un error que me inviten, porque no soy un “periodista”.
—Te consideras un narrador, cronista…
Soy un comunicador. Si tengo que etiquetarme de alguna manera, tendría que decir que soy el anfitrión de una página web; es decir, converso con la gente, le cuento historias, les miento, hago algún tipo de reflexión, pero en ningún momento soy un periodista, ni siquiera estudié periodismo, así que poco podría decir de qué es o qué no es el periodismo cultural. Lo que sí sé es que me gusta mucho que me cuenten una historia bien contada, me gusta más cuando el valor agregado de la voz del narrador es una voz intensa, empática, me gusta todavía más cuando la historia que se está contando  realmente es novedosa, original y está por fuera de las agendas de la prensa tradicional. Me gusta que me entretengan, que me diviertan, que me enseñan algo. Me parece que la crónica narrativa, como dice Juan Villoro, tiene un poquito de las grandes virtudes de la narrativa y está bueno y me gusta también.
—En tu devenir creativo, ¿quiénes fueron tus padres literarios?
En general, a mí las mejores historias me las contaron mis amigos de la infancia, que son las personas con las que estoy haciendo ahora la revista. Tuvimos la suerte de poder crecer con la misma literatura y con los mismos gustos literarios y periodísticos y no tengo nombres nuevos para decir: de chiquito me gustaba Borges y Vallejo, y después en periodismo nos deslumbró mucho Caparrós y Villoro… Pero no pasa por nombres esto, pasa, otra vez, por las historias, porque podamos contar y porque podamos leer buenas historias.
—Manejar una revista como Orsai debe conllevar un trabajo arduo.
Es un trabajo divertido. Ponemos en Orsai todo lo que nos interesa del mundo. A mí me interesa mucho el fútbol, la ficción de televisión norteamericana, los escritores contemporáneos, los cambios vertiginosos en la sociedad tecnológica, la paternidad porque tengo una hija pequeña. Hacemos una revista para nosotros, no pensamos en el público.
FÚTBOL HASTA EN LA SOPA 
—A nivel mundial, ¿los argentinos son los más apasionados por el fútbol?           
Si nunca fuiste a Nápoles, yo creo que sí. Pero en realidad yo creo que los napolitanos.
—¿Por qué te fuiste a España?
Porque me enamoré de una catalana y me quedé a vivir con ella.
—¿Por qué Messi no funciona en la selección argentina como en el Barcelona?
Yo creo que la conjunción Messi-Xavi-Iniesta es única. Pero, de todas maneras, yo todas las noches rezo para que Messi pueda tener un campeonato del mundo.
—Y mejor si es en Brasil, ¿verdad?
¡Eso sí sería orgásmico! Yo lo veo no con ojos de probabilidad, sino con ojos de sueño y utopía. De todas maneras, a mí el fútbol como el deporte que más me gusta, incluso como la expresión humana que más me gusta, ya me dio lo que me tenía que dar. Los últimos cinco años disfruté del mejor fútbol de la historia del universo y pude estar en la cancha y disfrutarlo, y hasta el día que se fue Guardiola supe que vivíamos todos un espectáculo que no se va a volver a dar en la historia.
MARADONA Y MESSI
—Hay una desesperación de vivir al mejor de todos los tiempos, y hay gente que ya dice que Messi es mejor que Maradona. Ya lo dijo Bianchi, lo dijo Grondona…
Hay una necesidad, primero, de estar ahí, de haber visto al mejor de todos. Y al mismo tiempo, creo que Maradona con su impronta, con su personalidad, ha generado en muchas personas la necesidad de matarlo en vida también. Entonces hacen como grandes esfuerzos semánticos para que Maradona sepa que ya no es el mejor, para que no muera pensando que es el mejor. A mí, esas cuestiones me parece que no tienen nada que ver con el fútbol, lo que me interesa del fenómeno fútbol son los 90 minutos, lo que me interesa es la belleza del fútbol. Y tengo la suerte geográfica de haber nacido en un lugar que ha parido a los mejores y con eso me conformo. El otro día leí en España una encuesta sobre cuáles habían sido los tres mejores jugadores que habían jugado alguna vez en España. Primero salió Messi, segundo Maradona y tercero Di Stéfano.
—Messi carece de la personalidad arrolladora de Maradona, aquel que dice: yo me hago cargo.
Maradona tiene capacidad de liderazgo, sin duda. Messi no es un jugador que merezca la capitanía, por ejemplo. A mí me emociona el juego, la triangulación…
 LA TENTACIÓN DE LO IMPOSIBLE
—¿Estuvo mal darle el buzo de la selección a Maradona?
No creo. Hay que buscar siempre lo imposible. En el momento en que Maradona fue técnico de la selección, empezó a gestarse la posibilidad de que ocurriera magia en algún momento, nosotros soñábamos con eso.
—Algo épico…
Y eso es algo que tiene que ver con el ego de nuestro pueblo; nosotros no buscamos medias tintas, sino siempre lo milagroso. Muy extrañamente ocurre lo milagroso. Pero siempre estamos en esa búsqueda y no me parece que esté mal.
—Marcos Aguinis diría: “el atroz encanto de ser argentinos”…
A mí me enternece. En ningún momento me arrepiento ni envidio otra nacionalidad, por ejemplo. Lo que tenemos es muy raro y muchas veces muy feo, pero que a mí, en verdad, no me molesta particularmente.

Orlando Mazeyra G.
Miraflores, Lima, mayo de 2012.