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2018/10/29

Si yo fuera Maradona... (Feliz cumple 58, Diego)


Hace algunos días le preguntaban a Maradona sobre su cumpleaños y el Diego, ahora en su faceta de entrenador en la segunda división mexicana, respondía: "Ayer tenía 20 años y el martes cumplo 58. Los he vivido bien y a veces los he vivido mal". En la parte final de “Maradona by Kusturica”, el documental que el cineasta serbio Emir Kusturica le dedica al más grande, éste afirma: "Me podrán decir que estoy bien o que estoy mejor… o que estoy mejor que antes, pero nadie está adentro mío: yo sé las culpas que tengo y no las puedo remediar"
¿Qué decir del que, para mí, es y será el futbolista más emblemático de este deporte? Ojalá pudieras volver a vestirte de corto, Pelusa, y explicarles a todos de qué se trata el fútbol. ¿Sólo un juego? Nunca. Te he admirado más en tus fracasos y tristezas que en tus éxitos pletóricos: ¡arranca desde la media cancha y, pase lo que pase, no te detengas jamás!

2018/06/10

¿Por qué amamos el fútbol?

Hoy, domingo 10 de junio de 2018, a sólo 4 días del Mundial Rusia 2018 escribo en el diario El Pueblo acerca de esta pasión. Acá un fragmento:


En el colegio no solía encontrar carpetas para zurdos. Era un problema. Un profesor recomendaba aprender a escribir con mano derecha para no tener inconvenientes. «La siniestra es del diablo», comentaba un hermano de La Salle con un gesto de amonestación. Sin embargo… ¿no eran Cueto y Maradona zurdos? Pegarle con la izquierda era un premio. Natura había sido generosa. Se sentía un poquito más cerca de aquellos genios del fútbol. Alguna vez había escuchado que su abuela paterna —la mamá Julita— le dijo «poeta» a Cueto… «Poeta de la zurda», vaya elogio. ¿Algún día alguien le diría una frase tan hermosa? 

2014/09/26

Me van a tener que disculpar


Por Eduardo Sacheri

Me van a tener que disculpar. Yo sé que un hombre que pretende ser una persona de bien debe comportarse según ciertas normas, aceptar ciertos preceptos, adecuar su modo de ser a determinadas estipulaciones convenidas por todos. Seamos más explícitos. Si uno quiere ser un tipo coherente debe medir su conducta, y la de sus semejantes, con la misma e idéntica vara. No puede hacer excepciones, pues de lo contrario bastardea su juicio ético, su conciencia crítica, su criterio legítimo. 
Uno no puede andar por la vida reprobando a sus rivales y disculpando a sus amigos por el sólo hecho de serlo. Tampoco soy tan ingenuo como para suponer que uno es capaz de sustraerse a sus afectos y a sus pasiones, que uno tiene la idoneidad como para sacrificarlos en el altar de una imparcialidad impoluta. Digamos que uno va por ahí intentando no apartarse demasiado del camino debido, tratando de que los amores y los odios no le trastoquen irremediablemente la lógica. 
Pero me van a tener que disculpar, señores. Hay un tipo con el que no puedo. Y ojo que lo intento. Me digo: no puede haber excepciones, no debe haberlas. Y la disculpa que requiero de ustedes es todavía mayor, porque el tipo del que hablo no es un benefactor de la humanidad, ni un santo varón, ni un valiente guerrero que ha consolidado la integridad de mi patria. No, nada de eso. El tipo tiene una actividad mucho menos importante, mucho menos trascendente, mucho más profana. Les voy adelantando que el tipo es un deportista. Imagínense, señores. Llevo escritas doscientas sesenta y tres palabras hablando del criterio ético y sus limitaciones, y todo por un simple caballero que se gana la vida pateando una pelota. Ustedes podrán decirme que eso vuelve mi actitud todavía más reprobable. Tal vez tengan razón. Tal vez por eso he iniciado estas líneas disculpándome. 
No obstante, y aunque tengo perfectamente claras esas cosas, no puedo cambiar mi actitud. Sigo siendo incapaz de juzgarlo con la misma vara con la que juzgo al resto de los seres humanos. Y ojo que no sólo no es un pobre muchacho saturado de virtudes. Tiene muchos defectos. Tiene tal vez tantos defectos como quien escribe estas líneas, o como el que más. Para el caso es lo mismo. Pese a todo, señores, sigo sintiéndome incapaz de juzgarlo. Mi juicio crítico se detiene ante él, y lo dispensa. 
No es un capricho, cuidado. No es un simple antojo. Es algo un poco más profundo, si me permiten calificarlo de ese modo. Seré más explícito. Yo lo disculpo porque siento que le debo algo. Le debo algo y sé que no tengo forma de pagárselo. O tal vez ésta sea la peculiar moneda que he encontrado para pagarle. Digamos que mi deuda halla sosiego en este hábito de evitar siempre cualquier eventual reproche. 
Él no lo sabe, cuidado. Así que mi pago es absolutamente anónimo. Como anónima es la deuda que con él conservo. Digamos que él no sabe que le debo, e ignora los ingentes esfuerzos que yo hago una vez y otra por pagarle. 
Por suerte o por desgracia, la oportunidad de ejercitar este hábito se me presenta a menudo. Es que hablar de él, entre argentinos, es casi uno de nuestros deportes nacionales. Para ensalzarlo hasta la estratósfera, o para condenarlo a la parrilla perpetua de los infiernos, los argentinos gustamos, al parecer, de convocar su nombre y su memoria. Ahí es cuando yo trato de ponerme serio y distante, pero no lo logro. El tamaño de mi deuda se me impone. Y cuando me invitan a hablar prefiero esquivar el bulto, cambiar de tema, ceder mi turno en el ágora del café a la tardecita. No se trata tampoco de que yo me ubique en el bando de sus perpetuos halagadores. Nada de eso. Evito tanto los elogios superlativos y rimbombantes como los dardos envenenados y traicioneros. Además, con el tiempo he visto a más de uno cambiar del bando de los inquisidores al de los plañideros aplaudidores, y viceversa, sin que se les mueva un pelo. Y ambos bandos me parecen absolutamente detestables, por cierto. 
Por eso yo me quedo callado, o cambio de tema. Y cuando a veces alguno de los muchachos no me lo permite, porque me acorrala con una pregunta directa, que cruza el aire llevando específicamente mi nombre, tomo aire, hago como que pienso, y digo alguna sandez al estilo de «y, no sé, habría que pensarlo»; o tal vez arriesgo un «vaya uno a saber, son tantas cosas para tener en cuenta». Es que tengo demasiado pudor como para explayarme del modo en que aquí lo hago. Y soy incapaz de condenar a mis amigos al tórrido suplicio de escuchar mis argumentos y mis justificaciones. 
Por empezar les tendría que decir que la culpa de todo la tiene el tiempo. Sí, como lo escuchan, el tiempo. El tiempo que se empeña en transcurrir, cuando a veces debería permanecer detenido. El tiempo que nos hace la guachada de romper los momentos perfectos, inmaculados, inolvidables, completos. Porque si el tiempo se quedase ahí, inmortalizando a los seres y a las cosas en su punto justo, nos libraría de los desencantos, de las corrupciones, de las infinitas traiciones tan propias de nosotros los mortales. 
Y en realidad es por ese carácter tan defectuoso del tiempo que yo me comporto como lo hago. Como un modo de subsanar, en mis modestos alcances, esas barbaridades injustas que el tiempo nos hace. En cada ocasión en la cual mencionan su nombre, en cada oportunidad en la cual me invitan al festín de adorarlo y denostarlo, yo me sustraigo a este presente absolutamente profano, y con la memoria que el ser humano conserva para los hechos esenciales me remonto a ese día, al día inolvidable en que me vi obligado a sellar este pacto que, hasta hoy, he mantenido en secreto. Un pacto que puede conducirme (lo sé), a que alguien me acuse de patriotero. Y aunque yo sea de aquellos a quienes desagrada la mezcla de la nación con el deporte, en este caso acepto todos los riesgos y las potenciales sanciones. 
Digamos que mi memoria es el salvoconducto para volver el tiempo al lugar cristalino del cual no debió moverse, porque era el exacto sitio en que merecía detenerse para siempre, por lo menos para el fútbol, para él y para mí. Porque la vida es así, a veces se combina para alumbrar momentos como ése. Instantes después de los cuales nada vuelve a ser como era. Porque no puede. Porque todo ha cambiado demasiado. Porque por la piel y por los ojos nos ha entrado algo de lo cual nunca vamos a lograr desprendernos. 
Esa mañana habrá sido como todas. El mediodía también. Y la tarde arranca, en apariencia, como tantas otras. Una pelota y veintidós tipos. Y otros millones de tipos comiéndose los codos delante de la tele, en los puntos más distantes del planeta. Pero ojo, que esa tarde es distinta. No es un partido. Mejor dicho: no es sólo un partido. Hay algo más. Hay mucha rabia, y mucho dolor, y mucha frustración acumuladas en todos esos tipos que miran la tele. Son emociones que no nacieron por el fútbol. Nacieron en otro lado. En un sitio mucho más terrible, mucho más hostil, mucho más irrevocable. Pero a nosotros, a los de acá, no nos cabe otra que contestar en una cancha, porque no tenemos otro sitio, porque somos pocos, porque estamos solos, porque somos pobres. Pero ahí está la cancha, el fútbol, y son ellos o nosotros. Y si somos nosotros el dolor no va a desaparecer, ni la humillación ha de terminarse. Pero si son ellos. Ay, si son ellos. Si son ellos la humillación va a ser todavía más grande, más dolorosa, más intolerable. Vamos a tener que quedarnos mirándonos las caras, diciéndonos en silencio «te das cuenta, ni siquiera aquí, ni siquiera esto se nos dio a nosotros». 
Así que están ahí los tipos. Los once nuestros y los once de ellos. Es fútbol, pero es mucho más que fútbol. Porque cuatro años es muy poco tiempo como para que te amaine el dolor y se te apacigüe la rabia. Por eso no es sólo fútbol. 
Y con semejantes antecedentes de tarde borrascosa, con semejante prólogo de tragedia, va este tipo y se cuelga para siempre del cielo de los nuestros. Porque se planta enfrente de los contrarios y los humilla. Porque los roba. Porque delante de sus ojos los afana. Y aunque sea les devuelve ese afano por el otro, por el más grande, por el infinitamente más enorme y ultrajante. Porque aunque nada cambie allá están ellos, en sus casas y en sus calles, en sus pubs, queriéndose comer las pantallas de pura rabia, de pura impotencia de que el tipo salga corriendo mirando de reojito al árbitro que se compra el paquete y marca el medio. 
Hasta ahí, eso solo ya es historia. Ya parece suficiente. Porque le robaste algo al que te afanó primero. Y aunque lo que él te robó te duele más, vos te regodeás porque sabés que esto, igual, le duele. Pero hay más. Aunque uno desde acá diga bueno, es suficiente, me doy por hecho, hay más. Porque el tipo además de piola es un artista. Es mucho más que los otros. 
Arranca desde el medio, desde su campo, para que no queden dudas de que lo que está por hacer no lo ha hecho nadie. Y aunque va de azul, va con la bandera. La lleva en una mano, aunque nadie la vea. Empieza a desparramarlos para siempre. Y los va liquidando uno por uno, moviéndose al calor de una música que ellos, pobres giles, no entienden. No sienten la música, pero sí sienten un vago escozor, algo que les dice que se les viene la noche. Y el tipo sigue adelante. 
Para que empiecen a no poder creerlo. Para que no se lo olviden nunca. Para que allá lejos los tipos dejen la cerveza y cualquier otra cosa que tengan en la mano. Para que se queden con la boca abierta y la expresión de tontos, pensando que no, que no va a suceder, que alguno lo va a parar, que ese morochito vestido de azul y de argentino no va a entrar al área con la bola mansita a su merced, que alguien va a hacer algo antes de que le amague al arquero y lo sortee por afuera, de que algo va a pasar para poner en orden la historia y que las cosas sean como Dios y la reina mandan, porque en el fútbol tiene que ser como en la vida, donde los que llevan las de ganar ganan, y los que llevan las de perder pierden. Se miran entre ellos y le piden al de al lado que los despierte de la pesadilla. Pero no hay caso, porque ni siquiera cuando el tipo les regala una fracción de segundo más, cuando el tipo aminora el vértigo para quedar de nuevo bien parado de zurdo, ni siquiera entonces van a evitar entrar en la historia como los humillados, los once ingleses despatarrados e incrédulos, los millones de ingleses mirando la tele sin querer creer lo que saben que es verdad para siempre, porque ahí va la bola a morirse en la red para toda la eternidad, y el tipo va a abrazarse con todos y a levantar los ojos al cielo. Y no sé si él lo sabe, pero hace tan bien en mirar al cielo. 
Porque el afano estaba bien, pero era poco. Porque el afano de ellos era demasiado grande. Así que faltaba humillarlos por las buenas. Inmortalizarlos para cada ocasión en que ese gol volviese a verse una vez y otra vez y para siempre, en cada rincón del mundo. Ellos volviendo a verse una y mil veces hasta el cansancio en las repeticiones incrédulas. Ellos pasmados, ellos llegando tarde al cruce, ellos viéndolo todo desde el piso, ellos hundiéndose definitivamente en la derrota, en la derrota pequeña y futbolera y absoluta y eterna e inolvidable. 

Así que señores, lo lamento. Pero no me jodan con que lo mida con la misma vara con la que se supone debo juzgar a los demás mortales. Porque yo le debo esos dos goles a Inglaterra. Y el único modo que tengo de agradecérselo es dejarlo en paz con sus cosas. Porque ya que el tiempo cometió la estupidez de seguir transcurriendo, ya que optó por acumular un montón de presentes vulgares encima de ese presente perfecto, al menos yo debo tener la honestidad de recordarlo para toda la vida. Yo conservo el deber de la memoria.


2014/07/07

Alfredo Di Stéfano (1926-2014)

Con la camiseta argentina, Di Stéfano también fue un brillante entrenador: campeón con Boca Juniors y River Plate.

Pelé no se ha cansado de repetir que Alfredo Di Stéfano ha sido mejor jugador –más completo– que Maradona. Aunque nunca lo vi jugar, leí mucho en El Gráfico acerca de este crack: conocido como “la saeta rubia” (la prensa deportiva peruana, eterna mal copiona de la argentina, bautizaría así a Toto Terry), que era polifuncional: defensa, volante o delantero (inclusive se decía que como arquero lo habría hecho bien). Un superdotado, sin duda.
Ganó la Copa América del año 1947 con la selección argentina. Y, luego de brillar en River Plate y el Millonarios de Bogotá, recaló en el Real Madrid de España, convirtiéndose en un referente histórico (ganó la liga española en ocho ocasiones y la Copa de Europa –hoy Champions League– en cinco).
Los españoles hicieron con Di Stéfano lo que (soñaron, obvio) no pudieron con Messi: nacionalizarlo para jugar por la "Roja". Poder decir que el mejor del mundo era español. Por eso esa (a veces oculta y otras tantas velada) envidia al fútbol argentino: cuna de cracks (Maradona, Di Stéfano, Messi). España –habría que decir la prensa deportiva española– está agazapada esperando la derrota argentina. Entiendo que les jodería mucho entregarle el título a Messi vestido de albiceleste (y no de blaugrana). Claro, pondrían el parche diciendo que todo quedó en casa, pues quien entregará la copa será Puyol. Una figura del Barcelona a otra.
Son los españoles quienes criticaron duramente a Messi porque entendían que no daba todo de sí y que se estaba guardando para el mundial de fútbol. Lionel, sin llegar a ser ese fenómeno del Camp Nou de hace algunos años, ha sido decisivo para la Argentina, sobre todo en la fase de grupos (4 goles) y luego en el servicio de gol preciso a Ángel Di María para derrotar a Benaglio, arquero suizo (1-0).
¿Es más importante jugar en tu selección que en un club español? Por qué no se lo preguntan a Simeone, el técnico campeón de la liga española (que ha anunciado que siente que para ser entrenador de la selección argentina hay que adquirir una madurez que él todavía no posee: agarra esa flor, José “Chemo” Del Solar).

El miércoles 9 de julio (día de la independencia argentina), el seleccionado albiceleste se juega la vida por volver a una final de la copa del mundo luego de 24 años ante Holanda. No será un partido más. Nunca. Hay un valor agregado: será un homenaje a Di Stéfano. A Maradona (en vida). A Messi (el heredero del trono futbolístico). Hay cosas que el dinero no puede comprar: para todo lo demás MasterCard… si no pregúntenle a Pelé.

Messi (de pie, el primero de la izquierda) a los 10 años en el Perú, con la rojinegra de Newell's enfrentando al Cantolao. "Soy argentino, rosarino y leproso", ha confesado. 

2014/06/26

Qué lindo sería ser durante 5 segundos él

"Messi es de esas personas que tú piensas que no está... pero está", dice Sabella.
¿Cuál es tu sueño?
-Y jugar en la selección argentina.
Mascherano dice: "Qué lindo sería ser durante cinco segundos él".
 Álex de la Iglesia es un director español que no me convence. Sin embargo el tráiler de esta película emociona y promete mucho. Lo esperamos atentos.


2014/06/11

Ansiosos por el fútbol: once remates al arco

Stábile, Kempes, Messi, Maradona, Batistuta y Caniggia.
«Ni pálpitos ni cábalas. Cada vez me importa menos qué camiseta tienen los jugadores que me brindan la alegría del juego bien jugado. Eso sí, mi mujer, Helena, y yo estamos muy atareados. Desde que estamos juntos en la vida, hace 38 años, el primer día de cada Mundial colgamos en la puerta de entrada un cartel hecho por nosotros mismos que dice “cerrado por fútbol” y no lo quitamos hasta que hay campeón».

Eduardo Galeano
UNO

            —Papi, ¿cuándo vas a volver a jugar como en los videos?
            Ésta fue la pregunta que le hizo una de sus hijas a Diego Armando Maradona en 1996, año en que se recordó que una década atrás, en 1986, el astro argentino le marcó el gol del siglo XX a Inglaterra en el estadio Azteca de la ciudad de México. A raíz de esta anotación, Hernán Casciari, escritor argentino, escribió un notable relato titulado «10.6 segundos»: el jugador da en total 44 pasos, y toca la pelota 12 veces, siempre de zurda, la jugada completa dura 10.6 segundos.

DOS

El día de la final de la copa del mundo de Francia 1998, donde el local, en el Stade de France, enfrentaba al en ese momento campeón defensor del título, Brasil, le preguntaron a un niño francés:
—¿Quién quieres que gane el partido?
El muchacho, sin titubear, dijo:
—¡Brasil!
—¿Y por qué quieres que gane Brasil si tú eres francés?
—Porque ellos son muy pobres.
¿Alguien alguna vez habló del fútbol y la religión como el opio de los pueblos? Basta, por favor.

TRES

            —Nosotros nos odiamos más —le dijo a Juan Villoro el chofer que lo recogió en el aeropuerto de Ezeiza (Buenos Aires). En una crónica el escritor mexicano nos cuenta que el taxista: «se refería al encono entre los equipos que protagonizan el clásico de la ciudad de Rosario (de donde son oriundos Lionel Messi y Ángel Di María): Newell’s Old Boys y Rosario Central (los «leprosos» y los «canallas», respectivamente). En el trayecto, el taxista le contó cosas acerca «de la capacidad de ira de los suyos y la desgracia de la tía Teresita, apóstata de la familia que se negaba a apoyar al equipo canalla. El eje de su discurso era el rencor. En los grandes días, el fútbol era asunto de desprecio, y nadie odiaba como un canalla [es decir, un hincha de Rosario Central, como Fito Páez]. Por desgracia, los medios inflaban repudios menores, como Boca-River. El piloto remató su argumento en plan teológico: Dios está en todas partes pero despacha en Buenos Aires».

CUATRO

Se equivocó el notable escritor suicida David Foster Wallace cuando afirmó que en los deportes masculinos nadie habla nunca de belleza, ni de elegancia, ni del cuerpo. Claro que sí: no hay nada más bello que ver lanzar un tiro libre a Juan Román Riquelme o gozar de una pared de Andrés Iniesta con Lionel Messi. ¿No recuerdan acaso la elegancia del juego de Enzo Francescoli? ¿Ya olvidaron su apodo? ¡Príncipe! Claro, el apelativo no es gratuito: pocos futbolistas son tan elegantes como Enzo, ese crack uruguayo que derrochó talento en los noventa con la camiseta del Club Atlético River Plate. Un ferviente admirador de Francescoli (que disfrutó de su paso por el fútbol francés cuando el delantero uruguayo fue campeón de la liga francesa con el Olympique de Marsella) no tuvo mejor idea que ponerle Enzo a su hijo (el mejor homenaje del hincha: darle el nombre de tu ídolo a tu vástago). Me refiero a otro elegante, majestuoso, excepcional jugador: Zinedine Zidane, el monje, o Zizou, llámenlo como quieran. ¿Y el cuerpo? No han notado cómo se eleva Diego Godín, ese defensor uruguayo y arquea el cuerpo antes de dar un testazo certero. Sí, es el héroe de discreto, no el de Vargas Llosa, sino el de Madrid. La prensa madridista  le puso ese apelativo luego del decisivo gol contra el Barcelona que le dio el título de la liga española al equipo de Joaquín Sabina y compañía.

CINCO

Y hablando de héroes discretos… Mario Vargas Llosa fue cronista del mundial de España 1982, y algún periodista aprovechó para preguntarle al novelista arequipeño algo que, al parecer, todavía no tiene respuesta precisa: ¿Qué es Maradona? ¿Un marciano o acaso un barrilete cósmico como lo denominó, en 1986, el periodista uruguayo naturalizado argentino Víctor Hugo Morales? Vargas Llosa largó una respuesta contundente: «Maradona es una de esas deidades vivientes que los hombres crean para adorarse en ellas». Exacto: uno de esos dioses vivientes que los hombres crean para adorarse a través de ellos. MVLL hablaba de Maradona, pero —casi siempre, cuando elogia a un artista descollante— también hablaba de él mismo. Estoy convencido.

SEIS

«Soy partidario de un fútbol más urgente y menos paciente. Porque soy ansioso. Y también porque soy argentino», confiesa Marcelo Bielsa, entrenador obsesivo, compulsivo, frenético, quien, también ha confesado que consume clonazepam para controlar la ansiedad durante los partidos. Una ansiedad perentoria, sin duda, que lo hizo renunciar a la selección argentina cuando él pasaba por su mejor momento. Y es que el fútbol también es inexplicable, contradictorio.
Cuando no aceptó la oferta de Manuel Burga, admiré mucho más a Bielsa.


SIETE

Octubre de 1997. Estamos bebiendo cerca de la plaza de Armas de Cusco. Disfrutamos de nuestro viaje de promoción en el ombligo del mundo y calentamos motores para alentar a la selección nacional. Jugamos el penúltimo partido de las eliminatorias rumbo a Francia 1998. El clásico del Pacífico. Sí, Perú contra Chile. Un hincha convicto y confeso no necesitará que le explique que contra Chile nunca es un partido más.
Decía que se equivocaba David Foster Wallace diciendo que en deportes como en el fútbol no nos fijamos en la belleza, ni en la elegancia, ni en el cuerpo. Sí, lo hacemos, por supuesto. Pero acierta cuando afirma: «Los hombres pueden profesar su “amor” al deporte, pero ese amor siempre se tiene que proyectar y representar con la simbología de la guerra: la oposición entre avanzar y ser eliminado». Claro que sí sobre todo —hablando de los mundiales— a partir de los octavos de final: matar o morir. Así de simple.
Wallace menciona «la jerarquía, el rango y el estatus, las estadísticas obsesivas y el análisis técnico, el fervor tribal y/o nacionalista, los uniformes, el ruido de la barras, los estandartes, el entrechocar los pechos, el pintarse la cara con los colores de tu equipo, etcétera (…) Por razones que resultan difíciles de entender, a muchos los códigos de la guerra nos resultan más seguros que los del amor».
Lo dicho: Perú-Chile nunca es un partido más. Está en juego otra cosa. Nos dicen que dejemos atrás rencillas del pasado, que demos vuelta de página, que somos países hermanos y, mucho bla bla bla, sin embargo todo eso se hace polvo cuando Gary Medel, un volante chileno vence al guardameta rojiblanco Raúl Fernández y se dirige a la tribuna popular en donde están agolpados todos los hinchas peruanos (muchos de ellos migrantes, compatriotas que viven en Santiago) y hace un gesto de asco, de mal olor: ¡apestan, lárguense de aquí! Sí, lo sé, un futbolista no representa a un país —ni siquiera Maradona o Pelé representan a Argentina o Brasil según corresponda— pero es inevitable: el fútbol es una guerra simbólica y está bien que sea así a condición de que tengamos claro que la batalla (siempre simbólica) empieza en el minuto cero y termina en el noventa.
Decía, pues, que estaba en Cusco esperando el Perú-Chile: si empatábamos estábamos con un pie en Francia 1998. Clima optimista. Chile estaba presionado, tenía que ganar sí o sí. Entonces jugaron su partido aparte: recibieron al equipo de Oblitas con banderas del morro de Arica, muñecos que representaban a Grau y éste lucía ahorcado. La selección peruana, como casi siempre, arrugó en Santiago. Nos clavaron cuatro —Marcelo Salas besó el escudo de la camiseta mapocha en la cara del guardameta Balerio, un uruguayo nacionalizado peruano— y luego hasta un carabinero agredió a nuestro capitán: Juan Reynoso, actual entrenador del Melgar.
En el living del hotel cusqueño yo lloré y no quería saber nada. Otra ilusión rota. A mis amigos se les pasó rápido la pena: se cambiaron y se dirigieron a una discoteca muy concurrida a buscar gringas o lo que hubiera. Yo no pude: me quedé llorando en mi habitación mientras escuchaba los comentarios vía Radio Programas del Perú.

OCHO
El himno de Italia 1990 es la mejor composición musical futbolera que he escuchado. El de 1990 es un mundial que me remite a Maradona, el más brillante de todos los futbolistas que vi jugar, y a la magia de Goycochea, el atajapenales. No siempre gana el mejor, lo sabemos todos —«somos once contra once», repite como loro el pelotero peruano antes de una nueva derrota—: si este deporte estuviera regido por la lógica entonces el partido Brasil-Argentina de octavos de final de 1990 hubiera terminado, mínimo, 6-0, a favor de Brasil, por supuesto. Pero no. Si el rival es notoriamente superior en técnica, en trabajo en equipo, puedes suplir tus carencias con «huevos», sí, con lo que ponen las gallinas o lo que Luján Manera llamaba «la fuerza testicular». El fútbol es un deporte viril y «el futbolista peruano es muy blando» (Sergio Markarián dixit).

NUEVE
Un acto de fe: siempre es mejor jugarlo que verlo. La atención que tienes que prestar a los movimientos de tus pares: compañeros de equipo y rivales. Los desplazamientos, tu ubicación en la cancha y, sobre todo, el desplazamiento del balón. Concentración pura. Te distraes y cagas. Cuando tienes miedo del rival tienes que utilizar esa angustia como un impulso. Maradona utilizaba la bronca como combustible y Jorge Valdano hablaba del miedo escénico, saltar a un estadio repleto de hinchas. No sólo hay que enfrentar al rival sino a la tribuna, sobre todo cuando juegas de visita o no sabes ser local a estadio lleno como le ocurre a mi equipo de fútbol: el Melgar. Sí, es mejor jugarlo que verlo. Te olvidas de todo: de la chica que te dejó, de los problemas en casa, de que ya no hay plata en la billetera. Una válvula de escape: un grito de gol, aunque no haya tribunas y sólo tú y algunos pocos amigos celebren la conquista.

DIEZ
            —¡Me mataste, me mataste! —exclamó Carlos Salvador Bilardo negándose a elegir entre el placer que produce meter un gol o el que produce el orgasmo. Años después, Luis Figo dejó dicho que ver jugar a Messi es, precisamente, «como tener un orgasmo». Habría entonces que replantearle la pregunta al entrenador argentino: ¿qué le produce más placer? ¿Hacer el amor con su mujer o ver jugar a Lionel Messi?

ONCE

            «A once personas se les acelera el pulso al usarla… al resto se nos acelera con sólo mirarla», rezaba la publicidad que aparecía en los años 90 en la contratapa de la revista deportiva El Gráfico con la camiseta argentina. Una buena forma de anticipar lo que ocurrirá durante el mundial: los privilegiados dentro del césped, dejando la piel por sus colores. Y los exonerados en la tribuna… o, ¡qué nos queda!, siguiendo las incidencias a través de un televisor o una computadora. Hasta una radio sirve cuando no hay imágenes si es que la imaginación es buena. Peor es nada. O, como diría el loco amor de Tilsa Lozano luego de una nueva derrota de la selección, Juan Manuel Vargas: «Es lo que hay».

2013/06/02

14 apuntes sobre Asu Mare (o aquí nació un país... pero ya no vive)

Te vendo un país... te prometo que te va a gustar.

I. QUERERSE UN POCO MÁS... EN ESTA MOLEDORA DE CARNE

Vengo leyendo Cinépata, bitácora de Alberto Fuguet para todos aquellos que amamos el buen cine. En el libro hay una frase que resume lo que sentí luego de ver Asu Mare, la película peruana que ha motivado una mesa redonda a la que fui invitado por la Asociación Cultural La Casa de Cartón. Confiesa Fuguet: «He visto cosas tan malas que lo único afortunado de la experiencia es que he terminado queriéndome un poco más». Agrego otras palabras que también hago mías: «Ya no acepto basura industrial latinoamericana: cintas hechas para ganar dinero y ser internacionales». No se olviden de que Carlos Alcántara ya dio el salto a Los Ángeles, es entrevistado en CNN y coquetea con la Warner Bros. ¡Asu mare! ¡No nos ganan, otro gol de Promperú! A  mí me no me vengan con cuentos, porque algunos habré logrado escribir más o menos bien (o hice el intento). Acá, no hay sueños sino insomnios. No puedo olvidarme de cómo trata este país a sus talentos: «El Perú, en muchos casos, es una moledora de carne. He visto a gente así: frustrarse, amargarse y, luego, aceptarse». Lo dijo César Hildebrandt.  

II. EL SUEÑO PERUANO O LA HISTORIA DE UN AUTOGOL

Salgo del cine y me pregunto: ¿quiénes fueron los culpables de esta farsa, quiénes tuvieron la idea de realizar este faenón cinematográfico, «un negocio de la patada», diría Alberto Químper con ese tonito de rufián consumado. Asu Mare no es más que un comercial de Brahma,  pero de largo aliento, por supuesto. En suma: una película menor y fácilmente olvidable que, en vez de homogenizarnos —y en esto espero equivocarme— nos va a confundir más con esa monserga enclenque del sueño peruano que ya probó Waldir Sáenz, goleador histórico de Alianza Lima, que, hoy por hoy, no tiene permiso para ingresar al estadio de Matute que es (o, digo mejor, era) como su segunda casa (florón de la corona: el propio Sáenz estuvo vinculado a un robo a las arcas del club de sus amores). Un fuego fatuo y… nada más.

III. APOYAR LO NUESTRO… LO QUE VALE LA PENA

Fui a ver Asu Mare porque me gusta aquello de apoyar a nuestro cine nacional. Pero cuando voy al cine quiero conmoverme, sentir que algo, una frase, una escena, una imagen que me estremezca, me sacuda, me turbe, me haga reír… en el mejor de los casos: que me invite a escribir. Todavía recuerdo cuando vi, con la sala vacía,  Días de Santiago en el Cine Planet de Saga: salí tocado, angustiado, con ganas de llegar a casa para escribir algo. Esa película, entre otras cosas, hablaba de mí, de mi país, y de los seres que no se encuentran, de una sociedad tan caótica y patética como el personaje. Asu mare, en cambio, es algo parecido a los cómicos ambulantes que llegaron a la televisión para alborotar el cotarro con la grosería y el humor más barriobajero. Y lo dice un rendido admirador de Pablo Villanueva, Melcochita. 

IV. ¿EL BOOM DEL CINE LORCHO?

¿Y ahora qué viene?, se preguntan en la web del diario El Comercio. El decano de la prensa nacional indaga sobre qué personajes peruanos deberían dar, de una vez, el salto a la pantalla grande. Pues, acá el abanico de posibilidades: ¿La menopáusica madre de Carlos Galdós? ¿La paisana Jacinta? ¿Al fondo hay sitio? ¿Esto es guerra? ¡Asu mare! Repito: ¡Asu mare!

V. LA «CARNECITA» DE LA PELÍCULA

Casi al inicio de Asu Mare, un mocoso toca pésimamente el cajón peruano y un tío para mandarlo a su cuarto le da una propina: «Ese día recibí mi primer sol y, así de fácil, me empecé a enamorar del mundo del espectáculo». Si hubiera dicho «de la civilización del espectáculo», Vargas Llosa se hubiera sentido menos infeliz.

VI. EL CHORRI NO SE VA...

El año pasado, asistí, en el estadio Nacional, a la despedida del que para los que tenemos menos de 35 años fue el mejor futbolista que se haya puesto la camiseta de nuestra selección nacional (que, para un señor llamado Manuel Burga, también es una marca). Hablo de Roberto Carlos Palacios Mestas, más conocido como el Chorri, quien en un programa televisivo confesó días después que cuando iba a los semilleros, a las escuelas de fútbol donde se intenta formar (o descubrir) a nuevos talentos, él se sentía muy mal:

Los padres les dicen a sus hijos: tienes que ser como Pizarro o Guerrero —contaba el Chorri—. Tú nos vas a sacar de la pobreza.
El Chorri recordó con nostalgia que, cuando él era un niño, en lo que menos pensaba era en el dinero y en la fama, sino en vestir la camiseta de la selección nacional. Permítanme ser romántico: ¿se acuerdan del máximo sueño de ese crack argentino nacido en una villa miseria llamada Fiorito? Hay sueños... y hay sueños, ¿verdad?



VII. EL CONSEJO DE TUS VIEJOS

El  escritor Rodrigo Fresán nos cuenta que ha quedado documentado que cuando John Cheever era un niño, para ser exactos, cuando tenía once años le comunicó a sus padres la decisión que había tomado: sería escritor. Sus progenitores se limitaron a responderle que «les parecía bien; siempre y cuando no lo moviera a ello la búsqueda de la fama o fortuna». «Buen consejo», concluye Fresán. «Ese día recibí mi primer sol —confiesa Cachín— y, así de fácil, me empecé a enamorar del mundo del espectáculo». No es amor al chancho, señores, sino a los chicharrones.

VIII. UNA CUESTIÓN DE COLOR
«Qué blanquito te ha salido, qué suerte», le dice el personaje que encarna Tatiana Astengo, una arribista profesional que le enseñó al personaje de la película que «billetera mata galán». Si no que lo diga Erick Elera, un famosísimo actor de Al fondo hay sitio que, hace poco, comentó en Twitter, al referirse a su primera hija: «Se parece a ella (a la madre Analía Rodríguez), yo de bebé era distinto, es blanquita, coloradita, parece que va a tener ojos claros». Billetera mata galán, claro, y hay que mejorar la raza, ¿verdad?  Peor, imposible.
IX. EL CULPABLE
Bueno, es preciso recordarlo: la idea fue de Bayly. Acá paso a citar a Carlos Alcántara: «Jaime Bayly el año 2008 me entrevistó. Él empezó a preguntarme sobre mi barrio, mi madre, y le conté sobre mi infancia, cómo me correteaba mi mamá  para castigarme. De pronto lo vi riéndose prácticamente en el piso. A él y a los espectadores. Entre los cortes comerciales me dijo que debía hacer un show sobre esas anécdotas. Me devolvió la confianza. Así fue como me lancé con el unipersonal. Si fue todo un suceso es porque nunca tuve ninguna pretensión con ese espectáculo».
Hay que decirlo, porque para muchos Bayly es un humorista fallido (recordemos su soporíferos monólogos), un escritor de subliteratura, un bufón televisivo y otras perlas más. Para mí, Bayly es un escritor de raza que sufre de una aguda pereza y no explota todo su talento narrativo (que, sin duda, lo tiene; no reconocerlo sería una mezquindad). Y sí, lo leo y lo he leído con atención. También veo Yo soy (porque mucha gente se inicia imitando, emulando, haciendo covers y luego procurando encontrar lo más difícil (en la música, poesía, narrativa, etcétera): su propia voz; y, por supuesto, prefiero un concierto de Ricardo Arjona que una velada de trova con Silvio Rodríguez. Ya he dado entonces suficientes razones para que no se me tome en cuenta, pues no soy un intelectual, sino un contador de historias (o al menos pretendo serlo). 
X. LIMA
Salgo del aeropuerto. Son las diez de la mañana y un letrero me advierte algo:
—¿Acá es, no? —le pregunto al taxista señalando el letrero.
—Ah, Mirones, el barrio de Cachín, ¡claro!
—Entiendo que ya vio la peli —indago.
—¡Claro! A los dos días del estreno.
El taxista se detiene en un semáforo en rojo y pide el diario que piden 9 de cada 10 taxistas limeños:
—Deme un Trome.
No solo los taxistas limeños compran El Trome —que es el diario más leído de Lima— también los microbuseros y aprovechan no sólo con la nave detenida, sino también en movimiento. Y nadie dice nada. Yo no digo nada. En suma: soy un cómplice de esta nueva Lima, de esta marca que es de la capital y no del Perú (si pudieran llevarse en peso Machu Picchu a La Molina, pues lo harían; si pudieran llevarse la selva a Chosica… también). Aunque, agárrense, pues ya he visto a un microbusero en plena avenida Ejército, de Arequipa, lanzar por la ventana su Trome luego de darle una última repasada a la malcriada de la página final.
XI. CUALQUIER SERRANO…
—¿Y qué le pareció la película? —retomo el diálogo con el taxista cuando ingresamos al cercado de Lima.
—Bueno, pe, no tiene esos efectos especiales de las películas extranjeras… o sea, no es algo así inolvidable. Pero me gustó.
—¿Por qué le gustó?
—Porque a nosotros, la clase popular sobre todo, nos hizo recordar nuestros años de infancia, del barrio, pe. La Lima que ya se fue y ahora… más es un recuerdo.
Le comento al taxista que lo peor de todo fue el final, Alcántara en su camioneta cuatro por cuatro, llegando a jugar pichanga con sus amigos… como dando a entender que, a pesar de la fama, seguía siendo el mismo… Y Juan Manuel Vargas sigue chupando con sus amigos del barrio antes de los partidos de la selección.
—En Lima hoy cualquier serrano tiene una cuatro por cuatro: no es cosa del otro mundo —me enmienda la plana el taxista—. No saben ni hablar bien pero tienen su camioneta.

XII. NACIÓ PERO YA NO VIVE
Yo ya había visto la película. Primero la compré en Arequipa, en versión pirata, sin embargo, Gonzalo Torres, un expataclaun que ahora se dedica a conducir un programa cultural llamado A la vuelta de la esquina, que trata de rescatar los monumentos y lugares históricos de Lima advirtió en una nota del semanario Hildebrandt en sus trece que en la versión pirata se oyen las risas del público. Esto ocurrió cuando Torres llevó a los reporteros de ese semanario a ver en qué se ha convertido la casa de Ricardo Palma: un centro comercial. Un sujeto que oficiaba de seudoguachimán del local hostilizó a la camarógrafa:
—¿Qué tanta foto toman? ¡Les voy a romper la cámara! —le advirtió, gruñendo como Pascual, el chancho de Los gallinazos sin plumas.
—Lo que pasa es que aquí nació Ricardo Palma! —le dijo Gonzalo Torres.
—¡Nació, pero ya no vive! —refutó el sujeto.
¡Asu mare, qué tal respuesta! ¡Viva la cultura chicha! ¡No nos ganan, chocherita!
XIII. TÚ TE SALVASTE, CHOLITO…
Un amigo mío, Carlos Bellatin, se cruzó en Lima con el buen Gonzalo Torres. Lo saludó y lo felicitó:
—Tú eres el único de los Pataclaún que no te has dedicado a hacer estupideces en la televisión.
A lo que Gonzalo Torres, contrariado, repuso de inmediato:
—¡Noooooooooooo! Wendy tampoco.
XIV. EL PERÚ ES LIMA, LIMA ES EL JIRÓN DE LA UNIÓN Y EL JIRÓN DE LA UNIÓN ES… ASU MARE
Decía, pues, que decidí verla en el cine: en el jirón de La Unión, corazón de Lima.
—¿Por qué está así? —le preguntaba un niño de unos ocho años a su madre al ver, en una escena de la película, a Cachín, tirado en el suelo y totalmente drogado.
—Porque no le hizo caso a su madre. ¡Aprende!
Yo me reí más con ese comentario de la señora que con la película. A la que se acude masivamente con menores de edad. No es una película apta para todo público: está repleta carajos, mierdas y otros ajos y cebollas.
—¿Pero cree que los niños pueden verla? —le pregunto al taxista.
—No… está como para de 14 pa’ arriba.
Y no puedo estar más de acuerdo: mejor si ya son mayores de edad y quieren perder el tiempo. O para recordar que aquí nació (o quiso nacer) un país... pero ya no vive...




2013/01/30

Tributo a Maradona: 10.6 segundos


Tuve la suerte de entrevistar a Hernán Casciari  el año pasado en Lima. Ahora leo con emoción 10.6 segundos,  una historia donde se recuerda el ‘antes’, el ‘durante’ y el ‘después’ del que seguramente es el gol más famoso en la historia del fútbol mundial: el segundo tanto de Maradona a los ingleses (cuartos de final de México 1986).

“Hay una desesperación de vivir al mejor de todos los tiempos, y hay gente que ya dice que Messi es mejor que Maradona. Ya lo dijo Bianchi, lo dijo Grondona…”, le dije casi al final de la entrevista.
Casciari me respondió: “Hay una necesidad, primero, de estar ahí, de haber visto al mejor de todos. Y al mismo tiempo, creo que Maradona con su impronta, con su personalidad, ha generado en muchas personas la necesidad de matarlo en vida también. Entonces hacen como grandes esfuerzos semánticos para que Maradona sepa que ya no es el mejor, para que no muera pensando que es el mejor. A mí, esas cuestiones me parece que no tienen nada que ver con el fútbol, lo que me interesa del fenómeno fútbol son los 90 minutos, lo que me interesa es la belleza del fútbol. Y tengo la suerte geográfica de haber nacido en un lugar que ha parido a los mejores y con eso me conformo. El otro día leí en España una encuesta sobre cuáles habían sido los tres mejores jugadores que habían jugado alguna vez en España. Primero salió Messi, segundo Maradona y tercero Di Stéfano”.

Acá un fragmento de 10.6 segundos publicado en Orsai:

 Antes de tocar por última vez el balón con su pie izquierdo, a las trece horas, doce minutos y treinta segundos del mediodía mexicano, el jugador argentino ve que ha dejado atrás a Peter Shilton; ve que Jorge Valdano arrastra la marca de Terry Fenwick; ve que Peter Raid, Peter Beardsley y Glenn Hoddle han quedado en el camino; ve a Terry Butcher que se arroja a sus pies con los botines de punta; ve a Jorge Burruchaga que frena su carrera con resignación; ve a Héctor Enrique, todavía clavado en la mitad del campo, que cierra el puño de la mano derecha; ve a su entrenador que salta del banquillo como expulsado por un resorte y al otro entrenador, el rival, que baja la mirada para no ver el final del avance; ve a un hombre pelirrojo con una pipa humeante en la primera bandeja de las gradas; ve la línea de cal de la portería contraria y recuerda el rostro del empleado que, durante el entretiempo, la repasó con un rodillo; ve nítidamente a su hermano el Turco que, con siete años, le echa en cara un error que cometió en Wembley en un jugada parecida, ve los labios sucios de dulce de leche de su hermano cuando dice:


«La próxima vez no le pegues cruzado, boludito, mejor amagále al arquero y seguí por la derecha».


Ve el rostro de su hermano con la luz de la cocina donde ocurrió la escena, ve la picardía con que lo miraba; ve, detrás del arco, un cartel que dice Seiko en letras blancas sobre fondo rojo; ve las uñas pintadas de verde de su primera novia, el día que la conoció, y ve a esa misma chica, ya mujer, amamantando a una niña; ve una pelota desinflada y se ve a él mismo, con nueve años, que intenta dominarla; ve a su madre y a su padre que arrastran, con esfuerzo, un enorme bidón de kerosén por una calle de tierra en la que ha llovido; ve una taquilla, en un vestuario de La Paternal, que lleva su nombre y su apellido en letras flamantes, ve su orgullo adolescente al leer por primera vez su nombre y su apellido en la taquilla; ve un estadio, sus tablones de madera, y ve también que un día el estadio entero, y no solo la taquilla, llevará su nombre.
El jugador argentino ha controlado el aire de sus pulmones durante nueve segundos, y ahora está a punto de soltar todo el aire de un soplido.
Al revés que todos los rivales y compañeros que ha dejado atrás, él puede respirar con su pierna izquierda, y también puede intuir el futuro mientras avanza con el balón en los pies.
Ve, antes de tiempo, que Shilton se arrojará a la derecha; ve la intención segadora de Terry Butcher a sus espaldas, se ve a él mismo, muchos años más tarde, con un nieto en los brazos, visitando la entrada del Estadio Azteca donde se levanta una estatua de bronce sin nombre: solo un jugador joven con el pecho inflado, un balón en los pies y una fecha grabada en la base: 22 de junio de 1986; ve una rave en Londres donde dos chicos de quince años escapan de una multitud que se burla; ve un departamento en penumbras donde solo hay una mesa, dos amigos y un espejo sobre la mesa; ve a una muchacha en una playa del trópico que se deja besar por un chico que lleva puesta una camiseta argentina; ve un enjambre de periodistas y fotógrafos a la salida de todos los aeropuertos, de todas las terminales, de todos los estadios y de todos los centros comerciales del mundo; ve a un niño embobado con un videojuego en la ciudad de Leicester, mientras su hermano vigila por la ventana que no aparezca el padre; ve el cadáver de un hombre viejo que ha muerto en Ginebra ocho días antes de ese mediodía, un hombre que también ha visto todas las cosas del mundo en un único instante.
Ve Fiorito de día; ve Nápoles de tarde; ve Barcelona de noche.
Ve el estadio de Boca a reventar y él está en el medio del campo pero no lleva un balón en los pies, sino un micrófono en la mano; ve a un anciano en el aeropuerto de Cartago, que espera a su hijo en el último vuelo desde México, para abrazarlo y consolarlo; ve un tobillo inflamado; ve a una enfermera de la Cruz Roja, regordeta y sonriente; ve todos los goles que ha hecho y los que hará; ve todos los goles que ha gritado y los que gritará en su vida entera; se ve, con cincuenta y tres años, mirando desde el palco la final del mundo en el estadio Maracaná; ve el día que verá a su madre por última vez; ve la noche en que verá por última vez a su padre; ve crecer a todos los hijos de sus hijos; ve los dolores de parto de una mujer que está a punto de parir un niño zurdo en Rosario, un año y dos días más tarde de ese mediodía mexicano; ve un espacio mínimo, imposible, entre el poste derecho y el botín de Terry Butcher.
Cierra los ojos. Se deja caer hacia adelante, con el cuerpo inclinado, y se hace silencio en todo el mundo.
El jugador sabe que ha dado cuarenta y cuatro pasos y doce toques, todos con la zurda. Sabe que la jugada durará diez segundos y seis décimas. Entonces piensa que ya es hora de explicarle a todos quién es él, quién ha sido y quién será hasta el final de los tiempos.  (Hernán Casciari).


"¡Quiero llorar! ¡Dios Santo, viva el fútbol! ¡Golaaazooo! ¡Diegoooool! ¡Maradona! Es para llorar, perdónenme... Maradona, en una corrida memorable, en la jugada de todos los tiempos... Barrilete cósmico... ¿De qué planeta viniste para dejar en el camino a tanto inglés, para que el país sea un puño apretado gritando por Argentina? Argentina 2 - Inglaterra 0. Diegol, Diegol, Diego Armando Maradona... Gracias Dios, por el fútbol, por Maradona, por estas lágrimas, por este Argentina 2 - Inglaterra 0" (Víctor Hugo Morales).

2012/11/17

LAS MEJORES HISTORIAS ME LAS CONTARON MIS AMIGOS

Hernán Casciari, aparte de narrador, un apasionado del fútbol.


Por Orlando Mazeyra Guillén

Hernán Casciari (Buenos Aires, 1971) tiene sus propios paquetes con tabaco y él arma sus cigarrillos artesanalmente. “Sin filtro son muchísimo más dañinos”, le comento. “”, lo reconoce con un halo de fruición. “En Argentina me preguntan si es una costumbre catalana y en Barcelona me preguntan si es una costumbre argentina”. Aparte de fumar, bebe, de rato en rato, una Sprite helada mientras cae la noche limeña en las afueras del hotel Mariel de Miraflores. Quizá ganar premios desde muy joven haya inflado el ego del anfitrión de Orsai. “Lo que empezó en blog puede convertirse en cualquier cosa”, anuncia la página de una exitosa revista que sale de imprenta y también se distribuye por la web en formato PDF, no obstante, ni siquiera se considera un narrador. Casciari ha obtenido el primer premio de novela en la Bienal de Arte de Buenos Aires (1991) y el famoso premio internacional de cuento Juan Rulfo, que organiza Radio Francia Internacional (1998).
Hace poco un escritor español me dijo que el ego es un ingrediente importante en la creación” —le comento mientras él prepara un nuevo pucho—, me dijo: “¿si no por qué crees que los argentinos son tan buenos escritores?”.
Él celebra el comentario con una risa intensa y contagiosa: “yo creo que el ego tiene mala prensa pero no es algo tan malo, sobre todo cuando te dedicas a comunicar. Para comunicar hay que tener la convicción de que tienes algo que decir y eso ya forma parte de un ego. Hay que ser autosuficiente: no ser tímido, por ejemplo, y no lo digo solo en la oralidad, sino también en la prosa. No hay que trabajar con timidez y me parece que esas son ventajas que te dan una determinada seguridad. Y creo que el argentino tiene las grandes desventajas del ego (no las ventajas del ego): no tiene nada para decir pero lo dice bien fuerte. Y eso puede resultar incluso caricaturesco.  Yo vivo hace muchos años en España y reconozco muy rápidamente a un argentino conversando justamente porque el ego viene por delante”.
 —También la mordacidad del argentino en las bromas… el cine: Ricardo Darín, por citarte un ejemplo insoslayable…
Sí, las historias, tanto del cine, la literatura, como de la vida cotidiana, están emparentadas con el cinismo. Y el sarcasmo viene, me da la impresión, porque si no nos reímos de nosotros mismos entonces no nos queda nada.
 TIMIDEZ NARRATIVA Y EL PORNO
 —Hernán, quiero que incidas en lo referente a la “timidez narrativa”.
Me refiero a cuando uno es poco desenfadado y nos apoyamos en la solemnidad. Muchas veces, la falta de seguridad genera que te apoyes en pilares que tienen que ver con la solemnidad y con la corrección. Y en el momento en que te puedes reír de ti mismo, me parece que es cuando te conviertes en un personaje maléfico de tu propia obra y empiezas a “empatizar” un poco más con el lector. Más que un escritor, yo soy un comunicador. Necesito, en general, que se me entienda primero y después, si hay suerte, lograr emocionar o divertir; y utilizo mucho el humor para eso porque me parece que es un código común. Pero no me siento un escritor que diga cosas muy inteligentes, sino que soy muy de la era digital. Mis necesidades pasan por entretener o por emocionar rápidamente. Lo mío es más de microondas que de horno a leña.
—Necesitas emocionar y conmover porque algunos te emocionaron y te conmovieron…  
No. Necesito emocionar y conmover cuando escribo en Internet porque estoy compitiendo con el porno que es la pestaña de al lado. Cuando escribes para un lector que está en un monitor, no es lo mismo que cuando lo haces para un lector que está sentado en un sofá, un domingo en la tarde. Entonces necesito ser más veloz.
—Compites con el porno…pero también en el caso, sobre todo de la juventud, la red social, Facebook, que es una suerte de adicción moderna…
Eres demasiado optimista. A mí me parece que la adicción moderna sigue siendo el sexo. El 90% de Internet es porno. Las redes sociales están y son muy útiles y sirven para conversar, pero Internet es sexo. Inclusive dentro de las redes sociales, el sexo está muy presente y hay grietas que tienen que ver con eso también. Pero independientemente de esa cuestión, cuando escribes en un medio tan volátil como Internet, la necesidad de emocionar o entretener rápidamente tiene que ver con que se queden un rato más leyéndote…
—Ser muy directo…
Sí, conciso. No puedes dar vueltas. No puedes generar párrafos larguísimos, no puedes hacer grandes descripciones. Las frases tienen que ser más cortas y comprensibles. Y después si logras tener un buen caudal de lectores, entonces puedes empezar a profundizar más. Yo empecé con textos muy cortos. Recién cuando vi que había un público cautivo, empecé escribir textos más largos, porque ya sé que me esperan, porque ya sé que me soportan.
—Entonces tu receta es empezar con historias cortas: párrafos breves y directos.
Depende de a quién le quieras hablar.
—Y de qué quieras hablar…
Mi intención al principio, cuando empecé a escribir en Internet, mi lector, mi objetivo, eran las personas que habían quedado en Argentina y que yo conocía personalmente —mi familia, mis amigos—, y yo sabía muy bien de qué manera hacerlos reír o hacerlos emocionar y, al mismo tiempo, sabía que un inmigrante se pone muy nostálgico o se pone muy pesado, entonces no quería ser inclusivo, entonces cuando llegaron otros lectores que entendieron mi respiración y mi forma de narrar, entonces me animé a hacerlo de una forma que tiene que ver más con el papel, con el texto largo. En conclusión: no es que aconseje el texto corto en Internet de ninguna manera, aconsejo enfocar bien a quién le estás hablando.
 PERIODISMO CULTURAL…
—¿Existe el periodismo cultural?
No soy muy amigo de etiquetar. Y justo vengo a un congreso de “periodismo cultural”. Me parece un error que me inviten, porque no soy un “periodista”.
—Te consideras un narrador, cronista…
Soy un comunicador. Si tengo que etiquetarme de alguna manera, tendría que decir que soy el anfitrión de una página web; es decir, converso con la gente, le cuento historias, les miento, hago algún tipo de reflexión, pero en ningún momento soy un periodista, ni siquiera estudié periodismo, así que poco podría decir de qué es o qué no es el periodismo cultural. Lo que sí sé es que me gusta mucho que me cuenten una historia bien contada, me gusta más cuando el valor agregado de la voz del narrador es una voz intensa, empática, me gusta todavía más cuando la historia que se está contando  realmente es novedosa, original y está por fuera de las agendas de la prensa tradicional. Me gusta que me entretengan, que me diviertan, que me enseñan algo. Me parece que la crónica narrativa, como dice Juan Villoro, tiene un poquito de las grandes virtudes de la narrativa y está bueno y me gusta también.
—En tu devenir creativo, ¿quiénes fueron tus padres literarios?
En general, a mí las mejores historias me las contaron mis amigos de la infancia, que son las personas con las que estoy haciendo ahora la revista. Tuvimos la suerte de poder crecer con la misma literatura y con los mismos gustos literarios y periodísticos y no tengo nombres nuevos para decir: de chiquito me gustaba Borges y Vallejo, y después en periodismo nos deslumbró mucho Caparrós y Villoro… Pero no pasa por nombres esto, pasa, otra vez, por las historias, porque podamos contar y porque podamos leer buenas historias.
—Manejar una revista como Orsai debe conllevar un trabajo arduo.
Es un trabajo divertido. Ponemos en Orsai todo lo que nos interesa del mundo. A mí me interesa mucho el fútbol, la ficción de televisión norteamericana, los escritores contemporáneos, los cambios vertiginosos en la sociedad tecnológica, la paternidad porque tengo una hija pequeña. Hacemos una revista para nosotros, no pensamos en el público.
FÚTBOL HASTA EN LA SOPA 
—A nivel mundial, ¿los argentinos son los más apasionados por el fútbol?           
Si nunca fuiste a Nápoles, yo creo que sí. Pero en realidad yo creo que los napolitanos.
—¿Por qué te fuiste a España?
Porque me enamoré de una catalana y me quedé a vivir con ella.
—¿Por qué Messi no funciona en la selección argentina como en el Barcelona?
Yo creo que la conjunción Messi-Xavi-Iniesta es única. Pero, de todas maneras, yo todas las noches rezo para que Messi pueda tener un campeonato del mundo.
—Y mejor si es en Brasil, ¿verdad?
¡Eso sí sería orgásmico! Yo lo veo no con ojos de probabilidad, sino con ojos de sueño y utopía. De todas maneras, a mí el fútbol como el deporte que más me gusta, incluso como la expresión humana que más me gusta, ya me dio lo que me tenía que dar. Los últimos cinco años disfruté del mejor fútbol de la historia del universo y pude estar en la cancha y disfrutarlo, y hasta el día que se fue Guardiola supe que vivíamos todos un espectáculo que no se va a volver a dar en la historia.
MARADONA Y MESSI
—Hay una desesperación de vivir al mejor de todos los tiempos, y hay gente que ya dice que Messi es mejor que Maradona. Ya lo dijo Bianchi, lo dijo Grondona…
Hay una necesidad, primero, de estar ahí, de haber visto al mejor de todos. Y al mismo tiempo, creo que Maradona con su impronta, con su personalidad, ha generado en muchas personas la necesidad de matarlo en vida también. Entonces hacen como grandes esfuerzos semánticos para que Maradona sepa que ya no es el mejor, para que no muera pensando que es el mejor. A mí, esas cuestiones me parece que no tienen nada que ver con el fútbol, lo que me interesa del fenómeno fútbol son los 90 minutos, lo que me interesa es la belleza del fútbol. Y tengo la suerte geográfica de haber nacido en un lugar que ha parido a los mejores y con eso me conformo. El otro día leí en España una encuesta sobre cuáles habían sido los tres mejores jugadores que habían jugado alguna vez en España. Primero salió Messi, segundo Maradona y tercero Di Stéfano.
—Messi carece de la personalidad arrolladora de Maradona, aquel que dice: yo me hago cargo.
Maradona tiene capacidad de liderazgo, sin duda. Messi no es un jugador que merezca la capitanía, por ejemplo. A mí me emociona el juego, la triangulación…
 LA TENTACIÓN DE LO IMPOSIBLE
—¿Estuvo mal darle el buzo de la selección a Maradona?
No creo. Hay que buscar siempre lo imposible. En el momento en que Maradona fue técnico de la selección, empezó a gestarse la posibilidad de que ocurriera magia en algún momento, nosotros soñábamos con eso.
—Algo épico…
Y eso es algo que tiene que ver con el ego de nuestro pueblo; nosotros no buscamos medias tintas, sino siempre lo milagroso. Muy extrañamente ocurre lo milagroso. Pero siempre estamos en esa búsqueda y no me parece que esté mal.
—Marcos Aguinis diría: “el atroz encanto de ser argentinos”…
A mí me enternece. En ningún momento me arrepiento ni envidio otra nacionalidad, por ejemplo. Lo que tenemos es muy raro y muchas veces muy feo, pero que a mí, en verdad, no me molesta particularmente.

Orlando Mazeyra G.
Miraflores, Lima, mayo de 2012.

2010/07/28

Yo me vengo reinventando y lo tengo que hacer porque me lo exige mi cabeza

Escribe Daniel Arcucci

Quizás ahora sí sea posible hablar y escribir acerca del futuro de Maradona -esa persona, no ese personaje- sin escuchar o recibir comentarios del tipo "¡¿Y a mí qué me importa el futuro de Maradona?! ¡Yo quiero un DT!" , generalmente escrito en mayúsculas, como para reafirmar que si se estuviera conversando sería a los gritos.

Ya está. Maradona ya no es el DT. El mito sigue y el hombre queda.

Y como durante los 630 días que duró este ciclo (parecen años) de esa tríada ya nos hemos ocupado lo suficiente del mito y del DT, bueno será ocuparse de lo que puede pasar ahora con el hombre, que quizás a alguno aún le importe.

Planteado de otro modo, si asumiendo como técnico del seleccionado Diego ponía en riesgo el mito Maradona, ¿qué riesgo asume el hombre ahora que ya ha dejado ese lugar, el más terrenal de los oficios futboleros?

En ese sinfín de frases memorables (no todas para aplaudir, claro) que es su vida casi siempre pública, se ofrece como oportuna respuesta a aquella pregunta una que pronunció no hace mucho, el día de su primera conferencia de prensa en Pretoria: "Yo me vengo reinventando y lo tengo que hacer porque me lo exige mi cabeza" , dijo entonces, y es lo que podría repetirse a sí mismo ahora.

Sí que era crucial el desafío que asumía. El más crucial de su carrera, porque los anteriores los había afrontado con el talento contrastado en pantalones cortos y botines y éste debía afrontarlo con un talento por verse en incómodo traje y zapatos. Y porque en su vida de "blancos" y "negros" no iba a dejarse lugar -ni se lo iban a dejar- para los "grises" . Su balance más íntimo y en caliente, todavía con los pies en Sudáfrica, fue una confesión y un indicio: "Lo que más me duele es que los sigo desilusionando" , les dijo a los que más quiere.

El Maradona DT se autodestruyó estratégicamente: primero, en el momento decisivo del Mundial, cuando llevó su teoría jugadorista al extremo de la ceguera; después, ya en Buenos Aires, cuando movió todas las piezas de manera sorprendentemente equivocada para entregarse al jaque mate. Si esto último lo hizo inconscientemente, para que la partida terminara como terminó, es meterse en pretenciosas honduras.

El Maradona hombre, mientras tanto, necesita consolidar su reconstrucción. Y para esto quizá sirva una frase más elemental, pero bienintencionada, de Fernando Signorini, al fin y al cabo una de las llaves de su salida: "En estas condiciones, lo mejor que le podía pasar a Diego era que todo esto se terminara" . Ojalá.

2010/06/18

Donde hay que estar

Escribe: Claudio Paul Caniggia

Hay delanteros que cuando tienen que venir, pican, y cuando tienen que picar, vienen. Otros se quedan entre los centrales cuando tienen que desmarcarse y cuando es necesario que se anticipen no lo hacen. Van al primer palo cuando tienen que quedarse en el segundo. Van al segundo cuando tienen que venir al primero. Les vas a dar un pase y se quedan por detrás de los delanteros en fuera de juego. Bajan a tocar, pero después les tiran cinco centros y nunca están en el área. Cuando los vemos, decimos: "Estos tipos se marcan solos".
El primer deber de un delantero no es hacer goles. Es estar. Su trabajo consiste en ir al lugar preciso en el momento preciso. Por eso, cuando terminó el partido de Argentina pensé: "Higuaín siempre estuvo donde tuvo que estar". Estuvo ahí. Donde tienen que estar los goleadores. Le centraron y apareció para conectar. Lo buscaron y se movió a la espalda de los defensores porque siempre maniobró a partir del pase. Siempre supo dar continuidad a la jugada anticipándose al pase, en complicidad con el compañero que llevaba la pelota.
A Higuaín solo le faltó una cosa. Me hubiera gustado que bajara a elaborar un poquito más en el medio, a participar más de la creación. Él lo puede hacer porque tiene condiciones técnicas para eso y, en el futuro, Argentina necesitará que sus atacantes se impliquen en otras funciones porque son demasiados como para dedicarse exclusivamente al gol. Lo mismo digo para Di María, a quien le pasa lo contrario que a Higuaín. A Di María le está costando física y mentalmente adaptarse a las exigencias tácticas de la selección. Ya no sólo le piden que desborde. Además, tiene que ayudar a tapar espacios por delante de Heinze. Este trabajo lo cumplió siguiendo a Lee Chung-Yong y a Yeom Ki-Hun. Pero le faltó lo más importante. Le faltó desbordar, y Argentina necesita que alguien abra la cancha por la izquierda, porque por la derecha no tiene con quien. Di María estuvo tímido para encarar y no se atrevió a terminar la jugada cuando tuvo una pelota para su pierna buena que debió rematar al segundo palo. Eligió dársela a Higuaín, que tenía un coreano encima. Se equivocó. Cuando Di María aparezca, Argentina jugará mucho mejor todavía.
Me gustó la entrada de Agüero porque es un jugador de partido grande. Agüero se retrató cuando le tiró ese centro de revés a Higuaín para el cuarto gol. Hizo la entrega técnicamente a lo grande, con el exterior del empeine. Así es Agüero. En la Liga puede parecer inconstante pero es técnicamente bárbaro y es descarado. Le da lo mismo jugar contra Brasil que contra cualquiera. Siempre hace la suya. Lo ves en la cancha. Se le nota en la cara. A Agüero no le cuesta entrar en el Mundial y creo que Maradona lo sabe mejor que nadie. Diego también sabe que a Messi le gusta estar con Agüero y que a Agüero le gusta estar con Messi. Juntos forman una pareja única en este torneo: son los únicos que tiran paredes entre cuatro defensas, en dos metros, te amagan para un lado, para el otro, te enganchan, te marean.

2010/06/05

NO ME OLVIDÉ, ¡CÓMO PODRÍA!

Diego, yo sueño: www.nomeolvide.com

Por Orlando Mazeyra Guillén

Diego Armando Maradona Franco es más que una persona: es el resumen brutal –desproporcionado, afiebrado hasta el cataclismo emocional– de todas las variantes que podemos encontrar en la raza humana (anidan en su alma, engarzándose bajo el imperio de la contradicción, tanto el genio como el negado, el soberbio y el humilde, el coraje y el temor, el modelo a seguir y la imagen a descalificar sin miramientos. Maradona es arte y basura; salud y enfermedad; fe y desesperanza. Pero, el mejor jugador de toda la historia de los mundiales de fútbol, es, por sobre todas las cosas, uno de los personajes más auténticos que nos ha regalado el siglo XX).
El niño misérrimo de Villa Fiorito que con magia, destreza y un corazón sobrenatural, se transformó en un titán dentro del césped de juego y supo acceder a ese parnaso deportivo en donde todos los dioses dejaron de existir; porque sencillamente D10S pasó a ser él: hijo de Don Diego y la Tota, quienes lo aman, lo lloran y lo siguen sufriendo ahora que conduce los destinos del seleccionado argentino en Sudáfrica 2010.
NO ME OLVIDÉ, GENIO. Porque ni el Alzheimer más severo y malhadado me podría hacer olvidar esa final de Italia 1990 (que más parecía el coliseo romano en donde el público exultante quería ver al talento despedazado por los leones). Maradona le puso la cara a la derrota, no quitándose la medalla de plata como hacen los que no saben que ser segundo también es un mérito (y no un deshonor), sino con esa cuota tan suya de emotividad sin parangón: el rostro anegado en lágrimas –cuentan que el doctor Bilardo les pedía a sus dirigidos que lo cubrieran para que las tribunas, y sobre todo las cámaras, no vieran al astro compungido–; y yo, queriendo consolarlo, aunque sin éxito: la pantalla del televisor no me permitiría acceder a mi ídolo caído, que pronto se levantaría.
Porque ésa es la lección más importante que nos dictó Maradona: si te caes, después del trompicón más horrendo –aquel que, producto de los excesos y el desvarío, puede acabar con tu vida misma–, todavía puedes levantarte y seguir soñando (porque, entre otras cosas, «la pelota no se mancha» , como reza uno de sus aforismos más rotundos y celebrados).
Decía que Maradona lloraba, pues, por un segundo lugar que nunca cupo en el corazón de un ganador por mandato de estirpe. Y la mejor forma de estar a su lado era emulándolo: ¡llorando como lo que yo era: un niño!
«¿Por qué lloras, acaso tú eres argentino?», me preguntó mi viejo. Yo no supe qué responder. Corrí a mi habitación y me aferré a la almohada, jurándome ver a Maradona otra vez tocando el cielo con las manos. Es harto sabido que ello no sucedió en Estados Unidos 1994 y jamás volvería a suceder en otra cita mundialista.
Pero Maradona es Maradona. Lo cual quiere decir que si ya no puede entrar a la cancha con la cinta de capitán y con la mítica número 10 en la espalda, todavía se las ingenia para estar en los mundiales de otra manera: como un entrenador resistido, vilipendiado hasta el hartazgo por sus compatriotas (y «bancado a muerte» por sus eternos incondicionales). Su respuesta –aún siendo el descalabro de un corazón a mil pulsaciones por minuto– lo pinta de cuerpo entero: «Que la sigan mamando».
A veces juego a olvidarme, pero no puedo. Mi relación contigo es de un amor-odio tan genuino que puedo decirte: NO ME OLVIDÉ.
NO ME OLVIDÉ que me enseñaste a descubrir que los héroes sí existen: pero no son altos y apuestos como aquellos que inventan los yanquis. Pueden ser chatos y regordetes. Eso sí: premunidos de una magia hechicera, una gambeta atontadora y una zurda celestial que pisó los mejores estadios del planeta.
NO ME OLVIDÉ, Maradona, y por eso sigo contigo. Ver tu barba entrecana me hace ponerme cara a cara con mi propia vejez.
NO ME OLVIDÉ que eres mortal y que te tendrás que agotar como cualquiera de nosotros. Pero seguirás vivo porque todos te recordarán y habrán abuelos que dirán: ¡Yo vi jugar a Maradona!, y con esa frase basta porque, si sigo, la emoción embarga.
NO ME OLVIDÉ, MARADONA, ¡CÓMO PODRÍA, GENIO! Y, lo mejor de todo es que, como dice el video: yo sueño.