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«Salieron, y si en Dahlmann no había esperanza, tampoco había temor. Sintió, al atravesar el umbral, que morir en una pelea a cuchillo, a cielo abierto y acometiendo, hubiera sido una liberación para él, una felicidad y una fiesta, en la primera noche del sanatorio, cuando le clavaron la aguja. Sintió que si él, entonces, hubiera podido elegir o soñar su muerte, ésta es la muerte que hubiera elegido o soñado» (Jorge Luis Borges, El Sur).
Maradona y Mourinho: sin palabras.
Cierto, aquí se había volcado mucha mala gente, tal vez lo peor de Europa. ¿No tenía eso remedio? Era imprescindible que vinieran las buenas cosas del Viejo Continente. No la codicia de los mercaderes de alma sucia, sino la ciencia, las leyes, la educación, los derechos innatos del ser humano, la ética cristiana. Era tarde para dar marcha atrás ¿no es cierto? Resultaba ocioso preguntarse si la colonización era buena o mala, si, liberados a su suerte, a los congoleses les habría ido mejor que sin los europeos. Cuando las cosas no tenían marcha atrás, no valía la pena perder el tiempo preguntándose si hubiera sido preferible que no ocurrieran. Mejor tratar de enrumbarlas por el buen camino. Siempre era posible enderezar lo que andaba torcido. ¿No era ésta la mejor enseñanza de Cristo?Fue también el abuelo quien me hizo el primer contacto con la letra escrita a los cinco años, una tarde en que me llevó a conocer los animales de un circo que estaba de paso en Cataca bajo una carpa grande como una iglesia. El que más me llamó la atención fue un rumiante maltrecho y desolado con una expresión de madre espantosa.
-Es un camello- me dijo el abuelo.
Alguien que estaba cerca le salió al paso:
-Perdón, coronel, es un dromedario.
Puedo imaginarme ahora cómo debió sentirse el abuelo porque alguien lo hubiera corregido en presencia del nieto. Sin pensarlo siquiera, lo superó con una pregunta digna:
-¿Cuál es la diferencia?
-No la sé -le dijo el otro-, pero este es un dromedario.
El abuelo no era un hombre culto, ni pretendía serlo, pues se había fugado de la escuela pública de Riohacha para irse a tirar tiros en una de las incontables guerras civiles del Caribe. Nunca volvió a estudiar, pero toda la vida fue consciente de sus vacíos y tenía un avidez de conocimientos inmediatos que compensaba de sobra sus defectos. Aquella tarde del circo volvió abatido a la oficina y consultó el diccionario con una atención infantil. Entonces supo él y supe yo para siempre la diferencia entre un dromedario y un camello. Al final me puso el glorioso tumbaburros en el regazo y me dijo:
-Este libro no solo lo sabe todo, sino que es el único que nunca se equivoca.
Era un mamotreto ilustrado con un atlante colosal en el lomo, y en cuyos hombros se asentaba la bóveda del universo. Yo no sabía leer ni escribir, pero podía imaginarme cuánta razón tenía el coronel si eran casi dos mil páginas grandes, abigarradas y con dibujos preciosos. En la iglesia me había asombrado el tamaño del misal, pero el diccionario era más grueso. Fue como asomarme al mundo entero por primera vez.
-¿Cuántas palabras tendrá? -pregunté.
-Todas- dijo el abuelo.
La verdad es que yo no necesitaba entonces de la palabra escrita, porque lograba expresar con dibujos todo lo que me impresionaba. A los cuatro años había dibujado a un mago que le cortaba la cabeza a su mujer y se la volvía a pegar, como lo había hecho Richardine a su paso por el salón Olympia. La secuencia gráfica empezaba con la decapitación a serrucho, seguía con la exhibición triunfal de la cabeza sangrante y terminaba con la mujer que agradecía los aplausos con la cabeza puesta. Las historietas gráficas estaban ya inventadas pero solo las conocí más tarde en el suplemento en colores de los periódicos dominicales. Entonces empecé a inventar cuentos dibujados y sin diálogos. Sin embargo, cuando el abuelo me regaló el diccionario me despertó tal curiosidad por las palabras que lo leía como una novela, en orden alfabético y sin entenderlo apenas. Así fue mi primer contacto con el que habría de ser el libro fundamental en mi destino de escritor.
Aptitudes y vocaciones
Las aptitudes y las vocaciones no siempre vienen juntas. De ahí el desastre de cantantes de voces sublimes que no llegan a ninguna parte por falta de juicio, o de pintores que sacrifican toda una vida a una profesión errada, o de escritores prolíficos que no tienen nada que decir. Sólo cuando las dos se juntan hay posibilidades de que algo suceda, pero no por arte de magia: todavía falta la disciplina, el estudio, la técnica y un poder de superación para toda la vida.
No es lo mismo la enseñanza artística que la educación artística. Ésta es una función social, y así como se enseñan las matemáticas o las ciencias, debe enseñarse desde la escuela primaria el aprecio y el goce de las artes y las letras. La enseñanza artística, en cambio, es una carrera especializada para estudiantes con aptitudes y vocaciones específicas, cuyo objetivo es formar artistas y maestros como profesionales del arte.
No hay que esperar a que las vocaciones lleguen: hay que salir a buscarlas. Están en todas partes, más puras cuanto más olvidadas. Son ellas las que sustentan la vida eterna de la música callejera, la pintura primitiva de brocha y sapolín en los palacios municipales, la poesía en carne viva de las cantinas, el torrente incontenible de la cultura popular que es el padre y la madre de todas las artes.
«El Perú soy yo, aunque a algunos peruanos no les guste. Yo le puedo agradecer a mi país, lo que yo soy: un escritor. Yo soy el Perú y lo que yo escribo es el Perú también.»
Mario Vargas Llosa, Premio Nóbel de Literatura 2010
«Afortunadamente, la obra de Vargas Llosa está netamente situada a la izquierda de su autor.»
Mario Benedetti
Corría el año dos mil. Todo era algoritmos, geometría computacional, matemáticas discretas (todavía me sigo preguntando, con pretenciosa malicia, ¿cómo serán las indiscretas?), y tenía pendiente un trabajo particularmente aterrador: programar un compilador informático. Ese fue uno de los tantos encargos universitarios que nunca hice; porque, aparte de ser un estudiante mediocre, se me ocurrió, de buenas a primeras, escapar de esa vida plana y absurda que nada tenía que ver conmigo. Esa existencia que, día a día, me condenaba a ser poco menos que una posma, un individuo derrotado, aplastado por sus circunstancias y sus malas elecciones.
La desazón se intensificaba y se hacía más patente cuando recordaba que me había convertido en la antípoda de aquella «persona-personaje» de brazos alzados ante una lluvia de papel picado que descubrí en las páginas de El pez en el agua, un libro en donde la realidad y la ficción se conjuntan e hibridan con maestría única, dando paso a un testimonio lúcido y descarnado de un escritor que ejerció su oficio –que hoy, a sus 74 años, lo sigue ejerciendo con una vitalidad encomiable– con fe e insania arrolladoras.
Tengo bien forrado, y lleno de anotaciones, ese ejemplar de La Casa Verde que adquirí cerca del Parque Duhamel por poco más de cinco soles. Mientras leía esas páginas fui descubriendo que mi vida era ésa y ninguna otra: la Mangachería se me antojaba como un lugar formidable para tomar unas buenas cervezas antes de irse de putas, y, sin duda, Los Inconquistables podrían ser mis amigos (los mejores que he conocido).
No sólo me enamoré de Bonifacia, pude ser tan salvaje y rebelde como el Jaguar y tan insobornable y recto como el teniente Gamboa… tan idealista y obcecado indagador de la realidad nacional como Santiago Zavala… tan delirante como Pedro Camacho. Pero éste –el mundo que empezaba a conocer, el mundo alterno que nos brinda la lectura de ficciones tan imprescindibles como las vargasllosianas– no es un pasatiempo inocuo o «solamente entretenido». Y el que afirme eso nunca ha leído como hay que hacerlo (como yo siempre he leído a Mario Vargas Llosa): ¡con rabioso fervor!
Llegó el momento en que con los libros no me bastaba. Necesitaba algo más: quería vivir como los «perros» que pasaban semanas enteras encerrados en el Leoncio Prado. Así, arrojado por el exabrupto y las ganas de vivir me lancé por entero a la noche arequipeña, pues ansiaba conocer a mi propia Pies Dorados. Karicia, de alguna manera, llegó a colmar mis expectativas. Digo «de alguna manera» porque la realidad, la propia y la ajena, debe estar colmada de añadidos –mentiras, sueños, excesos– y omisiones para llegar a ser edificante. O, al menos, intentar serlo.
Los excesos vinieron solos y me hicieron pasar muy malos ratos (que, a pesar de todo y como corresponde, siempre se recuerdan con prudente nostalgia).
Llegué, trémulo y en calidad de pecador irredento, un domingo por la tarde a la Iglesia de los padres capuchinos. Dispuesto a confesarme y a pedirle al padre Julio Carpignano que intercediera por mí; que me disculpara con el que «Todo lo puede», porque hay que ser lo bastante imbécil como para creer que la vida real podía ser como la ficción. En suma, venía a ponerme de rodillas y, pusilánime, pedir una nueva oportunidad (otra más).
–¿Qué has estado haciendo con tu vida, hijo? –me preguntó aquel padre barbado de origen italiano.
–Leo mucho a Vargas Llosa y a Saramago –le respondí.
–¡Ah, los emisarios del demonio! –concluyó él, con un gesto de absoluta reprobación–. No debes leer, ¡no los debes leer!
Al mirarlo, creí –craso error– liberarme para siempre de las ataduras de la religión.
Mario Vargas Llosa siempre dejó en claro que la censura acarrea peores males que los que pretende combatir. Y me pongo como ejemplo porque soy lo que tengo más a la mano y porque vivimos en una sociedad que –de una manera más edulcorada– te dice lo mismo que me decía el padre Julio. Por suerte, no le hice caso y jamás volví a confesarme. Lo que sí hice fue leer y releer toda esa profusa obra de uno de los más célebres emisarios del demonio, que empezó con Los Jefes (siempre vuelvo a la ternura e inocencia del primer amor en el cuento «Día domingo») y termina, por ahora, en El sueño del celta.
Mientras Estocolmo espera al novelista más brillante que ha conocido el Perú, yo espero, con lápiz y papel, su nueva novela. Este premio colosal no le aumenta ni le resta nada a su obra. Pues fuimos los lectores los que con placer y gratitud lo declaramos el tótem de la narrativa nacional. Vargas Llosa alcanzó el parnaso hace mucho, pero la Academia Sueca vestirá de gala en diciembre para reconocer de una vez por todas al hombre metódico, trabajador y comprometido, «terco como buen arequipeño», que no se cansó de darle bofetadas a la realidad para demostrarnos que, en cuestiones literarias (y en otras yerbas), sólo los insubordinados, los pertinaces sin parangón, son los que, zancadillas de por medio, llegan a la cima, que no es un ni mil premios, sino: la libertad.
Hoy hay jarana en La Casa Verde. Aunque no lo podemos confirmar, se dice que don Anselmo ha murmurado que la casa paga y que todos estamos invitados: desde el Jaguar hasta el Poeta, pasando por Lituma, don Rigoberto, Fonchito, Koke, Pantaleón Pantoja, Zavalita, la tía Julia, Mascarita, Pichulita Cuéllar, Alejandro Mayta, doña Lucrecia, Ambrosio y, por supuesto, la Pies Dorados.
Antes de terminar, vale traer a cuento estas palabras de ese lector lúcido y omnívoro que es el periodista y escritor César Hildebrandt: «Básicamente creo que mi respeto por el valor literario de Vargas Llosa no se ha movido un milímetro. Sigo creyendo que sus tres primeras novelas son las mejores que se han escrito en el Perú, pero largamente. Incluyo en esta comparación personal y arbitraria a Arguedas y a Alegría. Todo lo que ha pasado después será dentro de muchos años, cuando todos estemos debidamente enterrados, anécdota, cosa menor. Mario es el mejor novelista que ha parido este país de tan pocos novelistas. Es un fenómeno».
Ahora te digo, Mario (porque estoy tan emocionado que me permito tutearte): los peruanos hicimos bien, hace una punta de años, cuando no te escogimos como nuestro presidente. Acertamos como pocas veces porque, ayer, hoy y siempre, te elegimos como nuestro NOVELISTA (sí, con mayúsculas, ¡MAESTRO!). Y eso la posteridad lo agradece.
Arequipa, 07 de octubre de 2010.
Publicado hoy en el diario El Pueblo de Arequipa
y en el blog de escritor Gabriel Ruiz Ortega.
El escritor peruano Mario Vargas Llosa ganó hoy el Premio Nobel de Literatura 2010 por su "cartografía de las estructuras del poder y aceradas imágenes de la resistencia, la rebelión y la derrota del individuo", según la explicación de la Academia Sueca."Se había levantado a las cinco de la mañana para presentar una clase, cuando recibió nuestra llamada a las siete menos cuarto, mientras trabajaba intensamente", dijo Englund.
Hoy hay jarana en La Casa Verde, don Anselmo dice que la casa paga y todos estamos invitados: desde el Jaguar hasta el Poeta, pasando por Lituma, don Rigoberto, Fonchito, Koke, Zavalita y, desde luego, la tía Julia, Mascarita, Pichulita Cuéllar, Pantaleón Pantoja, Alejandro Mayta y, por supuesto, la Pies Dorados.
En la Feria del Libro Arequipa 2010, y ante un auditorio escaso, me llamaron, entre otras cosas, “escritor compulsivo” y matizaron esto indicando que ésa debía ser la causa de mis altibajos (no emocionales, sino narrativos).
Aunque, como el maestro Juan Carlos Onetti, «me estoy acostumbrando a ser un perdedor sistemático, a ser un permanente segundón», comparto con los muchos lectores de Siete Esquinas este cuento breve que quedó finalista en el último Concurso de El Búho.
Cuando empecé a crecer y a tomar conciencia de sus actos, papá me había dicho, con bastantes resquemores, que el tío Julio estaba «enfermo de la mente». Sería por eso que conversaba con los focos del comedor o, por las noches, bajaba la palanca de la electricidad dejándonos a oscuras y averiando, en más de una oportunidad, el viejo refrigerador de la abuela.
En sus momentos más complicados, se transformaba en un personaje inefable e intratable. Por suerte, estos episodios eran bastante infrecuentes. Y, a su vez, el tío Julio nos resultaba perspicaz y bromista en sus instantes de lucidez extrema.
En año nuevo salía, ocultando un vaso en los bolsillos, a tomar sus buenas cervezas con los vecinos de al frente de la casa, y por las mañanas encendía el televisor a todo volumen en el canal en donde transmitían un programa de ejercicios aeróbicos:
–Tío Julio, baja un poco el volumen –le reclamábamos, bostezando.
–Ellas me lo piden, las chicas lo piden –reponía él señalando a las esculturales mujeres de la pantalla chica–. Siempre me dicen: Julio, ¡te estamos siguiendo!
Cuando la abuela nos dejó yo lo vi llorar como un niño. Mas, al poco rato se repuso. Parecía otra persona, mudó su comportamiento como aquellos eximios actores de cine, y hasta encontró un buen pretexto para fumigar las penas:
–La mamá María está de viaje –nos informó a todos con aquel convencimiento con el que se deberían de decir las grandes verdades. Era (lo sigue siendo hasta el día de hoy) la mejor forma de soportar su desaparición. Y a todos nos gustó hacernos a la idea de que la abuela no estaba muerta. Después de todo, estar «enfermo de la mente» no era del todo malo, ¿verdad?
–¿Sabes un gran secreto, Vicente? –me dijo una tarde en la huerta.
–Dímelo, tío.
–En esta casa, ¡nuestra casa!, he aprendido cómo es el mundo.
–¿Y cómo es el mundo? –indagué con afanoso interés.
–Es un poco más o menos así –me dijo y se agachó para arrancar una margarita–. Así empezamos: nos arrancan de buenas a primeras... y, poco a poco, nos vamos deteriorando... Al final quedamos de esta manera: una mutilación, una maldita mutilación, ¿comprendes?
Y me entregó la margarita sin pétalos. No sé por qué todavía la tengo guardada. La encontré reseca entre mis cosas, justo ahora que él decidió “irse de viaje”.
Dicen que salió de casa hace seis tardes, aunque podría jurar que no lo veo hace sólo cinco días. Vestía un pantalón café, sus raídos mocasines y la camisa de franela que le gustaba ponerse cuando lo llevaban al peluquero del centro de la ciudad.
Quisiera pensar que anda vagando por ahí. Que no se ha cruzado con ningún malhechor, ni mucho menos que haya retado a algún veloz microbús en las grandes avenidas.
–¿Qué será del loquito? –le escuché murmurar a mi vecina con cierta malicia cuando entraba a la bodega del barrio a comprar pan.
–¡A usted que mierda le importa! –le dije furioso y me quedé sin panes para el desayuno.
Yo sé que está loco, o «enfermo de la mente», como dice mi papá con cierto decoro. Pero cómo odio que los chismosos se llenen la boca comentando sobre su enfermedad, o fabricando motivos que supuestamente lo llevaron al desvarío: el sexo, las drogas, la brujería...
Ahora que camino por las calles de la ciudad pegando su foto en las esquinas concurridas y en los paraderos de autobuses, me doy cuenta de que, gracias a él y a su mutilada margarita, aprendí en casa cómo es el mundo.
Aguardo por las noches, mirando de reojo por la ventana que da a la avenida y sueño con ver asomar su silueta. Sé que se aparecerá de pronto y me dirá que el mundo no era así:
–Es peor, Vicente, es peor –concluirá con sabiduría.
–Sí –asentiré–. Pero yo no estoy loco, tío. A mí nunca me han hecho convulsionar a punta de electroshocks, ni tengo un par de hijos ingratos que nunca me visitan. Tampoco tengo esposa, cosa que agradezco pues, ¿quién dice que no me hubiera dejado por acostarse con un psiquiatra? La vida es una mentira, tío Julio, y me gustaría estar loco para no saberlo.
–A mí también –y se irá a conversar con algún foco o a dejarnos sin luz para echar a perder los artefactos de su madre, mi abuela viajera.
La Pampilla, 20 de agosto de 2010.
Este cuento aparece en la edición de
Setiembre del Proyecto Sherezade

Ya está. Maradona ya no es el DT. El mito sigue y el hombre queda.
Y como durante los 630 días que duró este ciclo (parecen años) de esa tríada ya nos hemos ocupado lo suficiente del mito y del DT, bueno será ocuparse de lo que puede pasar ahora con el hombre, que quizás a alguno aún le importe.
Planteado de otro modo, si asumiendo como técnico del seleccionado Diego ponía en riesgo el mito Maradona, ¿qué riesgo asume el hombre ahora que ya ha dejado ese lugar, el más terrenal de los oficios futboleros?
En ese sinfín de frases memorables (no todas para aplaudir, claro) que es su vida casi siempre pública, se ofrece como oportuna respuesta a aquella pregunta una que pronunció no hace mucho, el día de su primera conferencia de prensa en Pretoria: "Yo me vengo reinventando y lo tengo que hacer porque me lo exige mi cabeza" , dijo entonces, y es lo que podría repetirse a sí mismo ahora.
Sí que era crucial el desafío que asumía. El más crucial de su carrera, porque los anteriores los había afrontado con el talento contrastado en pantalones cortos y botines y éste debía afrontarlo con un talento por verse en incómodo traje y zapatos. Y porque en su vida de "blancos" y "negros" no iba a dejarse lugar -ni se lo iban a dejar- para los "grises" . Su balance más íntimo y en caliente, todavía con los pies en Sudáfrica, fue una confesión y un indicio: "Lo que más me duele es que los sigo desilusionando" , les dijo a los que más quiere.
El Maradona DT se autodestruyó estratégicamente: primero, en el momento decisivo del Mundial, cuando llevó su teoría jugadorista al extremo de la ceguera; después, ya en Buenos Aires, cuando movió todas las piezas de manera sorprendentemente equivocada para entregarse al jaque mate. Si esto último lo hizo inconscientemente, para que la partida terminara como terminó, es meterse en pretenciosas honduras.
El Maradona hombre, mientras tanto, necesita consolidar su reconstrucción. Y para esto quizá sirva una frase más elemental, pero bienintencionada, de Fernando Signorini, al fin y al cabo una de las llaves de su salida: "En estas condiciones, lo mejor que le podía pasar a Diego era que todo esto se terminara" . Ojalá.