2012/01/22

CUANDO ME FUI, NO ME ALEJÉ: ALADINO VIVE EN AREQUIPA

Pero sé que eres bueno y que algún día encontrarás un corazón a la altura de tu inocencia. Así termina el libro Los Inocentes de Oswaldo Reynoso. El graffiti de la foto es de Lima.

Por Orlando Mazeyra Guillén

Publicado en el diario El Pueblo, 22 de enero de 2012.

El narrador Oswaldo Reynoso Díaz (Arequipa, 1931) es, sin ápice de duda, uno de los clásicos peruanos contemporáneos. Si bien es cierto que, siendo muy joven, emigró a Lima y posteriormente a países como Venezuela y China; el grueso de su obra está ambientado en la capital del Perú, desde aquel notable debut literario con Los Inocentes (1961). Es por este destierro libremente elegido que, en el ámbito local, muchos críticos se muestran reticentes a incluirlo dentro del conjunto de los imprescindibles narradores arequipeños a secas; es decir, de aquellos que, habiendo o no nacido en Arequipa, han encuadrado su obra en la Ciudad Blanca (o, en todo caso, en la región Arequipa).

Veremos que, en el caso del autor de En octubre no hay milagros, nos encontramos ante un artista cuya segunda parte de su fecunda obra —a partir de su retorno al Perú en los inicios de los años noventa— está impregnada de rutilantes evocaciones que refieren a su infancia en Arequipa (vivió en el tradicional barrio de San Lázaro y participó en la revolución de 1950) y, cómo no, a sus fáusticos veranos en el puerto bravo de Mollendo (punto de quiebre en su vida). Haremos especial énfasis en su novela breve En busca de Aladino (1993), hermoso trabajo en donde, con su extraordinario halo poético, intenta volver, en sus propias palabras, a lo que debió de ser la maravilla de su adolescencia en Arequipa, que no es (no fue) otra cosa que la limpia moral de la piel, a contrapelo de una ciudad conservadora que atentaba contra su espíritu tan sensible como libérrimo.

EL ESCAPE DE LA REPRESIÓN EN BUSCA DE UNA FELICIDAD LLAMADA ALADINO

Reynoso confesó en una entrevista que, cuando era adolescente, le urgía escapar de una sociedad tan pacata como la arequipeña. No obstante, y parafraseando a Fito Páez, luego de leer sus tres últimas entregas literarias: Los eunucos inmortales (1995), El goce de la piel (2005) o Las tres estaciones (2006), podría decirse que, cuando se fue, no se alejó: «Realmente, yo de todas maneras quería salir de Arequipa, porque era un lugar demasiado tradicional, machista, represor. Al homosexual se le miraba como a una lacra, como a una persona enferma y, al mismo tiempo, significaba una vergüenza y una carga para la familia. Había algunos homosexuales muy conocidos, que en cierta forma se habían impuesto, porque trabajaban en la Corte y algunos eran profesores universitarios. Pero tenían una vida muy dolorosa. Eran la mofa de la ciudad. El Colegio de La Independencia Americana, cuando celebraba un aniversario, organizaba un desfile de carros alegóricos y representaban a la Corte de Justicia como un nido de maricones. Por otro lado, había una gran represión religiosa. Lima, en ese entonces, se presentaba como una ciudad un poco más abierta, sin tanta opresión, lo que no quiere decir que no la hubiera»[1].

DESIERTO, MAR Y SEXO: ALADINO RONDABA POR AREQUIPA

Luego de una larga estadía en la China pos-maoísta, vuelve al Perú y escribe una nouvelle titulada En busca de Aladino, donde el autor narra su tentativa quimérica de encontrar al mítico personaje de Sheherezada (¿o encontrarse a sí mismo, reinventarse, valiéndose de un personaje ficticio?).

Y, a través de las páginas del libro que traemos a colación, descubrimos que nada educa mejor que la frontera y la distancia. Así, el narrador sucumbe ante la añoranza y se pone cara a cara con sus mejores años —la educación sentimental— en su patria chica: «Ahora, cuando en Beijing escribo este relato después de diez años del viaje a Xinjiang, encuentro en mi libreta de apuntes lo siguiente: “Siempre tuve miedo al desierto y al mar. Desierto, mar y sexo: iguales”. Y es posible que al llegar a Turfán haya sentido el estremecimiento de mi infancia en la campiña de Arequipa: calor seco, verdes campos de cultivo reptando por laderas pedregosas hasta la falda de los volcanes cubiertos de nieve»[2]. La irresistible presencia de Malte, en medio de la arena y el mar mollendino, en las páginas posteriores, pone en relieve ese homo-erotismo tan frecuente en la obra reynosiana: «Das la vuelta y me miras: en tu rostro descubro la inmovilidad completa del tao y el pecado no existe: sólo la límpida moral de la piel y en las playas de Mollendo donde por primera vez vi el mar yo tenía catorce años y era casto por miedo al infierno inculcado en oscuras y abovedadas iglesias de sillar donde ardían grandes cirios como avisos luminosos anunciando los tormentos de Satanás y con el brazo extendido la renuncia a los pecados de la carne y antes la muerte que el sexo como mártires cristianos y ahí en la playa con Malte y otros amigos en la noche marina jugando a tumbarse unos a otros sobre la arena y luego conturbados Malte grita: Ahora, a corrérsela»[3].

EL ATEO SEXUAL COMO PERTURBADOR SOCIAL

El mérito de Reynoso va más allá del mero recuerdo de ambientes (el mar, iglesias, playas, campiña mistiana, plazas, etcétera) o momentos trascendentales en la historia arequipeña, pues cumple la atingencia de Mario Vargas Llosa: ser el eterno aguafiestas. No se trata, desde luego, de una mera especulación el estimar que, de haberse afincado en Arequipa, sería, incluso hoy en día, un réprobo.

Luego de su merecida consagración (en los años sesenta llegaron a acusar a su novela En octubre no hay milagros de hediondez pornográfica; hoy es un libro que se considera imprescindible dentro del Plan Lector Nacional), nos conviene acogerlo, comprenderlo en su real dimensión —una estética que funde la calle, la taberna, quizá hasta el hampa, con la poesía— y abrazarlo a través de una lectura ávida y libre de prejuicios: «Las mismas sociedades que exiliaron y rechazaron al escritor, pueden pensar ahora que conviene asimilarlo, integrarlo, conferirle una especie de estatuto oficial. Es preciso, por eso, recordar a nuestras sociedades lo que les espera. Advertirles que la literatura es fuego, que ella significa inconformismo y rebelión, que la razón del ser del escritor es la protesta, la contradicción y la crítica. Explicarles que no hay término medio: que la sociedad suprime para siempre esa facultad humana que es la creación artística y elimina de una vez por todas a ese perturbador social que es el escritor o admite la literatura en su seno y en ese caso no tiene más remedio que aceptar un perpetuo torrente de agresiones, de ironías, de sátiras, que irán de lo adjetivo a lo esencial, de lo pasajero a lo permanente, del vértice a la base de la pirámide social. Las cosas son así y no hay escapatoria: el escritor ha sido, es y seguirá siendo un descontento»[4]. Oswaldo Reynoso es un escéptico de la fe cristiana, pero un firme prosélito de la moral corporal. Dejó de creer en Dios a partir de su descubrimiento del sexo. Ese momento, diáfano y esplendente, lo hizo un deicida más; un artista comprometido que, en palabras del crítico Gustavo Faverón, es «un autor que parece haber asumido la responsabilidad de recibir él los golpes, estrellarse con las vallas y experimentar los deslices para que otros vengan detrás y encuentren el camino más o menos desbrozado»[5]. Estamos, en conclusión, ante un estilista de la palabra que no sólo nació y vivió dos décadas en Arequipa, sino que asume su misión de perturbador social, de contestatario por antonomasia: un narrador arequipeño cabal cuya obra es el resultado de una Arequipa que lo atribuló, pero, a su vez extraña paradoja, azuzó su desencuentro con el mundo, para regalarnos novelas memorables: «Siempre me he considerado un ateo sexual, porque dejé de creer en Dios después de mi primera masturbación frente al mar. Esta experiencia de inicios de mi adolescencia la he narrado en varias formas en los relatos que he escrito en los últimos años. Mi primaria la hice en un colegio de Hermanos Cristianos de La Salle (…) Recuerdo que había un Hermano que nos hablaba mañana y tarde de los horrores del infierno. Nos hacía poner la mano sobre la llama de una vela y cuando la retirábamos para no quemarnos nos decía: el infierno son millones de millones de velas que arden eternamente y en su puerta hay un gran letrero que dice: por siempre jamás, es decir para toda la eternidad. Luego nos hablaba de los pecados y ponía un especial regusto en describir con detalle los diferentes pecados de la carne que podían acosarnos. Para terminar la función nos hacía levantar la mano derecha al estilo fascista frente al altar mayor para hacer la renuncia a Satanás y a la carne y la entrega de nuestra propia vida si alguna vez pecábamos sobre todo contra la carne. Antes la muerte que el pecado, resonaba nuestra promesa en la oscura y abovedada iglesia de sillar»[6] . En los años cincuenta, Reynoso decidió irse de Arequipa —a la que sólo ha vuelto de visita o para recibir merecidos homenajes—, no obstante, jamás se alejó de la tierra que lo vio nacer. Concluimos que no debió buscar a Aladino en la lejana China, sino empezar por casa, aquélla que siempre sabrá acogerlos, a Aladino y a él: que son uno solo, una portentosa ficción.

REFERENCIAS

[1] Entrevista a Oswaldo Reynoso, Revista Casa de Citas Nº 4, 2007.

[2] Reynoso, Oswaldo, En busca de Aladino, 1993, pp. 13-17.

[3] Reynoso, Oswaldo, En busca de Aladino, 1993, p. 30.

[4] Vargas Llosa, Mario, La literatura es fuego,1967.

[5] Faverón, Gustavo, El amor es un dios materialista. Revista Hueso Húmero Nº 47, 2005.

[6] Entrevista a Oswaldo Reynoso, diario Página 12, Argentina, 2009.

2012/01/10

Eduardo Rada: las nuevas iglesias son los malls

Eduardo Rada, además de una vasta formación académica, cuenta con cinco colecciones de libros, entre poemas, cuentos y ensayos. Además dirigió la Cátedra Walt Whitman en el Instituto Cultural Peruano Norteamericano del distrito de Miraflores (Lima), donde tradujo el Canto de mí mismo que fue publicado por la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP). Desde el año 1997 dirige la Cátedra de Estudios Occidentales y Orientales en el Centro Cultural Ricardo Palma donde actualmente enseña a los Clásicos Orientales más importantes de China, India y Japón. El lunes 9 de enero tuve la suerte de conversar con él, sentados en el atrio de la Catedral de Arequipa.



«Cuando estuve estudiando un posgrado en Estados Unidos me di cuenta de la importancia del lenguaje poético, porque es sintético, directo. Sin duda, hay distintas formas de hacer poesía, pero la que a mí me interesa es la poesía transparente, precisa, lo demás, creo, es palabreo. La poesía es esencia. La poesía que sobrevive es la que hace tomar conciencia a la gente. La escritura de poesía no es —como piensa Platón— un goce estético de deshojar margaritas. Es un tomar conciencia para descubrir la verdad (y la mentira), para descubrir cómo nos atropella la sociedad, cómo nos descerebra el sistema, cómo nos enceguece. Lamentablemente la educación tradicional no nos ayuda a tomar conciencia: ¿para qué nos sirve sacar un título o conseguir un cartón?»

—Usted ha incursionado en el periodismo.

He hecho periodismo cultural en radio. Entrevisté a alrededor de quinientos poetas hasta que la dictadura nefasta de Alberto Fujimori y Vladimiro Montesinos me sacó del aire por defender la democracia.

Los medios capitalinos y la cultura

«Son medios capitalinos y capitalistas. La prensa escrita, por citar sólo un ejemplo, ha vuelto a la página cultural una prolongación de los chismes del espectáculo y de la superficialidad. Shakira sale en una página completa del periódico más conocido del Perú —El Comercio— y de Poesía en el Parque, que tenemos más de quince años, con las justas sale una línea: los viernes a las siete de la noche».

Poesía en el Parque: una apuesta de larga vigencia

«Es una propuesta que traje de los Estados Unidos con la idea de la poesía masiva, democratizar la poesía, que ésta no sea elitista, que llegue a todos, a los extramuros del mundo, como diría Verástegui. El año 1990, hicimos Poetas por la Paz, contra Sendero Luminoso y contra el MRTA, con jóvenes poetas peruanos de distintas universidades. El año 1992, en la destrucción de Tarata, hicimos Poesía en el Parque de Miraflores como un evento anual, una maratón contra el terrorismo y se mantuvo durante diez años. El año 1996 nació Poesía en el Parque de manera semanal. Entonces esto demuestra que todo pasó y la poesía quedó. Y la poesía es muy actual porque es como el twitter: hay que ir al grano, no hay que palabrear más, ya nos cansamos del palabreo. Entonces la poesía se ha renovado y la gente no se ha enterado… y los poetas tampoco».

¿Qué circunstancias lo han traído a Arequipa?

Todos los años vengo a Arequipa en dos oportunidades. Mis amigos viven en Arequipa, me alojo en la casa de mi mejor amigo. Volver a Arequipa es como retornar al pasado, es como no olvidar nuestras raíces: con la modernidad perdemos a la familia, a las amistades, no tenemos tiempo para nada, ojalá no lo perdamos. ¡No hay que perder las raíces! Lo que vale en el mundo global es ser local, cuanto más local eres, más global puedes llegar a ser porque marcas una diferencia. Arequipa es una tierra maravillosa…

Pero nos estamos limeñizando…

Limeñizando, europeizando, norteamericanizando… y olvidando el valor real que tenemos. Nos estamos globalizando a la mala. Y la globalización se transforma entonces en una despiadada tiranía mediática y tecnológica.

¿Poesía en el Parque en Arequipa?

Habría que tomar el reto de Lima y no ver solamente a Lima como el enemigo, como el monstruo centralista, sino que también copiemos cosas buenas de Lima.

¿Cómo enganchar a la gente? Para algunas personas escuchar poesía es una pérdida de tiempo…

Dicen ellos, pero una pérdida de tiempo es ver una telenovela o un noticiero o escuchar a un político que habla sandeces. La poesía es conciencia colectiva, yo invito al alcalde o al presidente de la región a que hagamos, acá, en la plaza de armas: tres minutos por persona y listo. Nos han hecho pensar que a la gente le interesa un comino la cultura y que la cultura es algo elitista, pero la cultura es lo humano, nace de la vida cotidiana, de alguna manera en este momento estamos haciendo poesía, estamos tomando conciencia de la escritura como medio para despertar a la gente. Pero hay un problema central: la educación que nos hipnotiza. La sociedad es un cáncer y el método para propagar este cáncer es la educación. Con la educación te convierten en un zombie, en un descerebrado. Antes era la religión, pero como ya la religión entró a otro nivel, ahora la educación es el método.

Salimos de las cavernas para entrar en las tabernas

¿Qué religión profesa?

La poesía. Yo me hice poeta, aunque suene a cliché, cuando leí el poema Masa de César Vallejo, porque me enseñó que la poesía es de todos. El poeta tiene un don: la palabra. Y la poesía también tiene que renovarse, tiene que utilizar el power point, tiene que utilizar los videos, las redes sociales, internet, para llegar a la gente. No podemos quedarnos en las cavernas… Salimos de las cavernas para terminar en las tabernas y ése es un problema.

Las nuevas iglesias son los malls

«Hay intereses creados que evitan una auténtica difusión de la cultura: la iglesia y los monopolios, las grandes transnacionales. Ahora, en Arequipa, están orgullosos porque tienen malls gigantescos. Las nuevas iglesias son los malls. Creemos que hay que copiar a los otros para ser iguales a ellos. Nuestro valor supremo, digo yo, es lo que más nos avergüenza, ¿y qué nos avergüenza más? Ser mestizos. ¡Somos mestizos, somos una fusión y eso es la comida peruana que está en boca de todos en el mundo! Algún día estará la cultura peruana en boga y no lo hemos sabido aprovechar a Mario Vargas Llosa en el buen sentido de la palabra».

Reciclando a Ernesto Sabato

«En el año 2001 estuve en Argentina y leí una frase de Ernesto Sabato que me llamó mucho la atención: la vida se vive en borrador. Yo le arreglé el final: la vida se vive en borrador, pero la poesía la pasa en limpio. Ese es el trabajo del poeta: reciclar».

¿Por qué escribe?

—Lo primero que se me viene a la cabeza: para no aburrirme. Segundo: para conocerme. Y tercero: para tener conciencia.

Y uno toma conciencia —o, al menos, intenta hacerlo— cuando conversa con el jovial Eduardo Rada, Doctor en Administración de Negocios Globales en la Universidad Ricardo Palma, Master en Sociología, en Psicología Social y en Literatura Inglesa, además de estudios en Filosofía y Literatura en la Universidad Estatal de New York, quien está, una vez más de paso, por la Ciudad Blanca para no perder contacto con los amigos (y con el añorado pasado): «Como te decía, yo vengo a Arequipa dos veces al año, para recordar lo que no hay que olvidar, para recordar que la modernidad mal entendida es un peligro si es que no somos conscientes, Arequipa todavía está a tiempo, pero, si nos vamos a rodear de malls como antes de iglesias, vamos a ser un “producto de consumo” y nada más… Vengo a Arequipa como para reencontrarme con el pasado y ahora me encuentro con Wong, con Metro, y me sorprende que la gente esté fascinada con esto en vez de estar fascinada con la Plaza de Armas, el convento de Santa Catalina o con la Catedral…»

Uña y mugre

Salvador Arteaga era el mejor amigo de mi padre. Uña y mugre. Luego de compartir las aulas de la facultad de derecho de la Universidad Nacional de San Agustín, trabajaron juntos, desde muy jóvenes, en el estudio de abogados Berciani y, al parecer, éste se había sentido bastante incómodo por aparecer con nombre y apellido en mi última novela
Lee la historia completa acá: Orlando Mazeyra Guillén: Uña y mugre - Badosa.com

2012/01/05

Justicia popular


Por Giovanni Barletti

Miró por la ventana una vez más y a tiempo retiró la cabeza, una piedra hizo trizas el vidrio y avivó los gritos de la multitud enardecida.

—Agarra la puerta, huevón. Hay que esperar a que venga la policía —le dijo a su asistente que, confundido, corrió hacia la puerta y se apoyó en ella.

Agazapado tras la cortina permaneció mirando a las personas que seguían acumulándose fuera de la casa y escuchó con claridad cómo cedía la reja y las patadas que descargaban contra la puerta principal. Cogió su teléfono y revisó la lista de sus contactos hasta dos veces, completamente desconcentrado, sin decidirse a llamar a alguien. Barrió rápidamente el suelo y pasó varios minutos en el baño bajando la palanca del inodoro y dejando correr el agua; salió sacudiendo dos botellas y las colocó debajo del escritorio, luego se dejó caer en su sillón sin dejar en ningún momento de fumar, secándose constantemente el sudor del rostro con el puño de su camisa. Desde ahí repasaba mentalmente la sucesión de los hechos y se levantó para examinar la superficie de uno de los sillones. Por último hizo una llamada breve y apoyó todo su peso contra la puerta, junto a su asistente, que prefirió permanecer en silencio.

De repente las sirenas de un patrullero acallaron los gritos, dos policías fueron informados al instante de los hechos e hicieron lo posible por despejar la entrada. La muchedumbre crecía a cada minuto y muchos no sabían qué había pasado, estirando el cuello llegaban a mirar a una mujer desfalleciente y a varias señoras que le hacían aire con lo que tenían a mano; también llamaba la atención un grupo de niños que lloraba sin tregua y por la excitación general concluían que se trataba de algo grave. Aquellos extraños no sabían si entristecerse o sentirse afortunados ya que la desgracia, cualquiera que sea, esta vez no les tocó a ellos.

Pronto penetraron en el edificio y se condujeron por el camino que casi todos conocían bien, subieron las escaleras y arremetieron contra la puerta de la oficina. Los gritos de una mujer se hicieron audibles en medio del escándalo, era la madre del asistente y clamaba por la integridad de su hijo, que nada tenía que ver en el asunto. Esa pausa se le antojó inacabable y permaneció mirando una franja de cielo límpido que se colaba por el hueco de la ventana. Calculó la hora y pensó que su esposa e hijos lo estarían esperando para almorzar, jugando en el jardín, sin preocuparse por nada. Claramente pudo verlos en ese momento, pero su ensueño se vio interrumpido por los golpes enfurecidos de la tromba. A lo lejos las sirenas de los patrulleros se hacían presentes y calculó esta vez cuánto tiempo tendrían que aguantar la puerta para poder entregarse a las autoridades.

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Giovanni Barletti (Moquegua, 1988) Estudia Derecho en la UCSM de Arequipa. Publicó en el 2009 la colección de cuentos El que no corre vuela y más recientemente Dabai, Chelo, dabai.

2011/12/30

2012: «Dios mío, no dejes que pierda mi alegría»

(…) hablando de Juan Sebastián Bach. El maestro acababa de regresar de un viaje, durante su ausencia habían muerto su esposa y sus dos hijos. Escribió en su diario: «Dios mío, no dejes que pierda mi alegría».

Desde que tengo uso de razón he vivido con eso que Bach llamaba su alegría. Me salvó de crisis y miserias y funcionó con la misma fidelidad que mi corazón. A veces avasalladora y difícil de manejar, pero jamás hostil ni destructiva. Bach llamaba a este estado su alegría, una alegría de Dios. «Dios mío, no dejes que pierda mi alegría».

Ingmar Bergman, Linterna mágica


2011/12/27

Los incompletos

Por Wilber Frisancho Del Carpio

Suicidarse, piensa, no es un acto valiente ni cobarde, sino natural y silencioso.

Es un adolescente alto y delgado, que odia a la soledad pero teme la compañía. Ha clavado su mirada en alguna parte del techo de su habitación, apoyando su espalda en una columna de éste. A pesar del oceánico silencio que requiere su plan, el volumen de su radio se encuentra altísimo, y el croquis que estaba diseñando se ha convertido rápidamente en una maraña de garabatos desperdigados en un cuaderno anillado y grueso.

Sus padres interpretan una utopía íntima. Su madre se coloca, todos los días, una almohada debajo de la bata celeste antes de iniciar su día. Se levanta con una pesadez simulada, se dirige a la cocina y busca en el refrigerador cualquier comida que alcance la categoría de “antojo”. Por otro lado, su padre está alargando su jornada ordinaria de trabajo para agradar, más de lo debido, a sus jefes más inmediatos (desde la ventana de su oficina observa a la nueva masa de despedidos, varios de ellos tienen su edad). De regreso a casa, lleva pañuelos, sonajas o cualquier juego infantil para su hijo imaginado que, sin duda alguna, es el sustento de la existencia de su compañera, y la justificación de su matrimonio.

Todavía no ilumina su habitación y baja, lentamente, el volumen de su radio. Sin embargo siente la necesidad de compensar el aletargado ambiente con una fuerte actividad suya: camina en redondo, de forma rápida y torpe, por la habitación chocando sus rodillas con los cajones de su escritorio y los pies de la cama. También busca pañuelos para frenar el sudor que desciende de su frente, a sabiendas que no los usa.

Hoy es domingo, su padre podrá realizar sus ejercicios matutinos, sin apuro; fiscalizará si ha dejado algún oficio o memorando inconcluso de 10 a 12; regresará a casa y realizará un pequeño paseo con su madre.

Sus piernas flaquean y siente demasiado cansancio. Ya echado sobre su cama, soporta el ardor en sus ojos. Trata de descansar pero los gritos de sus padres lo despiertan, avisándole que darán un paseo corto por las afueras de la ciudad, él no contesta pero balbucea monosílabos que calman la inquietud de sus padres. Segundos después, siente el motor del automóvil de su familia prendido. Decide abrir las persianas y despedirlos, pero se detiene.

Se equivocó. Sus padres todavía no han salido del edificio porque se encuentran, totalmente absortos, contemplando cómo la vecina del piso inferior le reclama al vigilante más cuidado con las cosas, éste simplemente asiente con la cabeza, de forma pasiva, pero ella persiste. Ellos se acercan y tratan de calmarla, ella los mira con reproche. Deciden dejarla y abordan al vigilante con miradas hoscas. Levanta la cabeza y dice: “La señora peleaba demasiado con su esposo e hijos, éstos decidieron tomar su cosas, incluido el automóvil .Un poco anonadados por la repuesta, se alejan lentamente en dirección hacia la puerta de la residencial buscando un taxi confiable –el automóvil se encuentra en reparación.

A medio camino, el vigilante los alcanza y con la mano derecha les señala su apartamento, intenta decir el número pero solo emite balbuceos. Se desesperan y deciden volver. Primero imaginan un robo pero luego descartan la idea. Suben las escaleras, él más rápido que ella –obviamente–, y observa a su hijo con las manos apoyándose sobre la baranda con varios hilos de sangre que salen de sus antebrazos.

Ocurrió lo más esperado y menos deseado: un suicidio pomposo y torpe, concluye.

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Wilber Frisancho Del Carpio (Arequipa, 1986). Estudia Derecho en la Universidad Nacional de San Agustín. Su autor favorito es el Premio Nobel sudafricano J. M. Coetzee. También gusta de la obra de clásicos como Tolstoi, Stendhal y Maupassant. Entre los contemporáneos menciona al argentino Alan Pauls y al bosnio-estadounidense Aleksandar Hemon.


2011/12/17

16 de diciembre de 2011

En la Biblioteca Regional Mario Vargas Llosa fui uno de los expositores de El sueño del celta. Y pude volver a ver al novelista que más admiro. Gracias.

2011/11/27

¿Quieres entrar, ccaroso?



¡Hoy no te voy a fallar, no me falles tú tampoco! Este estadio Monumental, construido con el aporte de todos los arequipeños, lo inauguramos en 1995 precisamente contra los grones y ahí estuvimos, con las graderías repletas de bote a bote, siempre contigo, Melgar.

Aquella vez no ganamos, pero tampoco perdimos. Hoy tenemos que vencerlos como tantas otras veces en el viejo Estadio Melgar, donde aprendí a quererte en la década del 90, a veces no tenía plata para verte. Sin embargo, tíos buena gente me hacían entrar gratis a oriente o casi siempre a sur, para colarme en la barra León del Sur y terminar sin cuclillas, alentándote:

-¿Quieres entrar, ccaroso?

No importaba regresar a pie a casa después de haber estado contigo, dominó… Esperando a ver en “Goles en acción”, en Global, la repetición del gol de Torrealva a los pavos, la liguilla de 1992, el fiasco de la copa Conmebol, el programa “Vértebra Rojinegra” de radio Nevada para los auténticos hinchas del Melgar… La verdad, más derrotas que victorias… Eso no importa. Dos colores: rojo y negro. Una sola camiseta. ¡Rojinegro siempre!

2011/11/24

A 180 minutos de la despedida


En las redes sociales encuentro a mucha gente invitando a ir a apoyar a la rojinegra el domingo. No obstante, hay también comentarios del tipo «Es sano que ya baje el Melgarcito». Así: con diminutivo incluido para que pique más el rocoto. ¿Será un hincha de verdad? Lo dudo. Pero, haciendo de tripas corazón, habría que preguntarse desde cuándo el F.B.C. Melgar oficia de triste combidado de piedra en el torneo descentralizado mientras vemos desfilar en torneos internacionales a equipos menores como el Sport Huancayo, César Vallejo (Copa Sudamericana) o el León de Huánuco y el Juan Aurich de Chiclayo (Copa Libertadores de América).

A falta de sólo 180 minutos (dos partidos; primero de local contra Alianza Lima, y luego de visita contra un rival directo como Alianza Atlético de Sullana) para culminar el torneo descentralizado 2011, Melgar está acariciando el descenso con 31 puntos, una sola unidad lo separan de CNI, Vallejo y Alianza Atlético de Sullana, los tres equipos colistas con apenas 30 puntos.

Ahora que es preciso ponerse la camiseta y alentar porque, a pesar de todo, todavía dependemos de nosotros mismos, caben más preguntas: ¿Le dolerá al arquero crema José Antonio Carvallo que el Melgar baje de categoría? ¿Se despeinará un poquito el trujillano y, para variar, también hincha de la U Fernando del Solar al saber que Arequipa se quedará sin fútbol profesional? ¿Pondrá todo el domingo el habilidoso Edson Aubert si él mismo, torpe (o inocentemente), ha dejado entrever que luego del partido podría dejar finiquitado su traspaso a Alianza Lima?

Se extrañan los tiempos en que nuestro ariete era un arequipeño como Jorge «El Toro» Lazo o cuando Cristian Sotomayor ingresaba para salvarnos los partidos «cerrados». Yo he crecido alentando a jugadores identificados con la camiseta rojinegra como Jorge Luis Tapia Palacios, Ernesto «Palito» Vera, Freddy Súarez Peñaloza (de Ilo), la «Chancha» Falcón, el inacabable José Aguayo, Luis «Puchito» Flores (actual asistente de Wilmar Valencia que ostenta el dudoso honor de ser un experto en hacer descender a equipos) y un largo etcétera. Lamentablemente, de un tiempo a esta parte, el equipo dominó ha pasado a convertirse en la sucursal de los capitalinos que ya no pintan en los cucos Alianza Lima, Universitario o Cristal. Por estas razones ya no me parece tan cierto que «Melgar es Arequipa y Arequipa es Melgar».

¿Qué tiene que pasar el domingo para que el F.B.C. Melgar permanezca en la primera división?

Ganarle a Alianza Lima y que se den dos resultados: triunfo de Universitario, en Lima, sobre la Universidad César Vallejo; y victoria de Sport Huancayo sobre Alianza Atlético de Sullana (el partido será en Huancayo y el equipo de Roberto Mosquera todavía lucha por un cupo a la copa Libertadores de América).

El equipo blanquiazul vendrá a Arequipa con suplentes. Muchos piensan que esto aliviana la tarea del Melgar. ¡Craso error! No hay peor inconveniente que jugar con un equipo relajado que no tiene nada que perder y sí mucho que complicar. Además no se puede descartar que vengan convenientemente «motivados» por los equipos que están por debajo del elenco arequipeño y por el plus que representaría para los capitalinos hacer descender a un (al único) equipo de la Ciudad Blanca.

Yo creo que el partido será sumamente complicado. Todo depende de abrir el arco en los primeros minutos. Y son minutos los que nos separan del abismo. Estamos a 180 minutos de una despedida. Podemos despedir otro año de fracasos (mala costumbre la nuestra)… y soñar con hacer las cosas mejor el 2012... O podemos despedirnos, quizá para siempre, de la primera división. ¡Dios quiera que no!

El domingo como nunca (más que nunca): soy arequipeño y soy rojinegro. Y no un (ya saben) que se cree limeño.

2011/11/15

Las malas intenciones

Cayetana De Los Heros es una muchacha asmática que guarda una extraña fijación por la figura del héroe. Peruanos de excepción como Francisco Bolognesi Cervantes o Miguel Grau Seminario son objeto de un culto furtivo que condimentado con una fantasía portentosa, azuzan un peligroso afán de emulación (que se hace más intenso a raíz del anuncio del inminente nacimiento de su medio hermano). Aunque por momentos resulta reiterativa, sin duda es una película audaz que, para este cinéfilo, estalla en el diálogo entre José Olaya Balandra y la muchacha que no sólo humaniza a los héroes, sino que, a su vez, los hace más dignos de reverencia. No he visto ninguna otra película peruana que haya abordado el mundo de la infancia con tanta libertad creativa. Eso: ¡libertad creativa!

Las Malas intenciones es una falsa biografía de Rosario García-Montero que no sólo merece ser vista por todos, sino además aplaudida sin reservas.



Perú-Ecuador: Manual para ser "Fantástico"

Diario Ajá: una muestra de la prensa más impresentable del Perú anuncia que la banquirroja sale a "domar monos". Por su parte el diario Extra de Ecuador no se queda atrás y anuncia que Las “gallinas” peruanas dicen: ¡Tri, Tri, Tricolor!

1. Los Cuatro Fantásticos… Goles de Chile…

Hace poco más de un mes, el martes 11 de octubre para ser exactos, en Santiago de Chile ya se vio lo peligroso de denominar aparatosamente “Cuatro Fantásticos” a Paolo Guerrero, Jefferson Farfán, Juan Manuel Vargas y Claudio Pizarro. La prensa chilena, ni corta ni perezosa, hizo mofa de tal apelativo aseverando que con “Cuatro Fantásticos” goles Chile le ganó bien al Perú por 4 goles a 2.

Lo peor de todo, sin duda, fue elogiar a un equipo que, a pesar de vender cara su derrota, volvió a perder (mal, goleado, con “oles” incluidos) y no pudo torcer la historia que dice que en partidos clasificatorios nunca pudimos ganar en la capital sureña.

2. Quito: el Perú jamás ganó en el estadio Atahualpa. Y lleva más de tres décadas sin ganarle ni siquiera en Lima.

Hoy día, como resalta el diario El Comercio de Quito, la selección ecuatoriana defiende un invicto de ¡34 años! ante el equipo peruano.

Sí, aunque parezca increíble, al menos yo no había nacido cuando le ganamos por última vez a Ecuador en partidos eliminatorios. Y, sinceramente, firmo el empate sin dudarlo (la última vez, recordemos, nos vapulearon 5 a 1). Si revisamos la historia, fríamente y sin apasionamientos, deberíamos celebrar el empate como si se tratara de una victoria... y una victoria como una verdadera hazaña. Algo FANTÁSTICO (así con mayúsculas).

3. Manual para ser Fantástico: que el "quiero" gane la guerra del "puedo"...

Sergio Markarián es un técnico por el que guardo el mayor de los respetos, a pesar de haber asumido el cargo en la gestión de Manuel Burga. Seguí como el que más la inolvidable campaña copera de Sporting Cristal en 1997 y hoy celebro que rechace sin miramientos ese latiguillo estúpido del “sí se puede” pues le parece propio de mediocres. Claro que se puede. Precisamente creo que el requisito para graduarse de fantástico sería conseguir resultados fantásticos como ganar por primera vez en Quito por eliminatorias.

4. El viejo duelo entre la razón y el corazón

La razón dice que Ecuador hace valer la localía, gana por dos goles de diferencia y que la selección peruana se ahoga en Quito, víctima sobre todo de una mala aclimatación de un día y medio en Arequipa (pocos se han atrevido a hacer hincapié en esto).

Sin embargo, el corazón tiene fichas poderosas que apelan a algo más importante que “Cuatro Fantásticos”: una defensa sin distracciones, un arquero con atajadas notables, un Edwin Retamozo descollante, un entrenador con cambios precisos y unos delanteros infalibles. El corazón sueña con una victoria inédita de once fantásticos de verdad, porque el corazón no piensa… Si el corazón pensara dejaría de latir... y el fútbol, como el amor, no se piensa.

2011/10/05

Cuero de chancho

Cuero de chancho es un fugaz retorno a la infancia. Escrito de un tirón, intenta establecer una cierta (peligrosa, antojadiza) semejanza entre el dedicarse a la escritura o al fútbol. Un pequeño homenaje a mi primera pasión.

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—Toma —me dijo él—. Es de cuero de chancho.
—Toma —me dijo él—. Es de cuero de chancho.

—Toma —me dijo él—. Es de cuero de chancho.

Cuando cumplí diez años, mi padre por fin me regaló una pelota de fútbol. Parecía torpemente barnizada y los colores de sus paños me resultaban algo chocantes. Sin embargo, mi alegría no cabía en la alcoba.

Estuve tentado de hacer un par de piques para probar su peso y calidad, pero él me había prohibido, de manera tajante, «patear cualquier objeto dentro de la casa».

—La compré en la tienda del viejo Melquiades —informó con una sonrisa complaciente, que era muy rara en mi progenitor—. ¿La conoces, no? Queda casi llegando al puente Bolognesi.

—Voy al parque —dije, entusiasmado—, se la tengo que mostrar a mis amigos.

—No te vayas a quedar hasta muy tarde —me ordenó levantando la voz—. Y cuidado de que no se caiga al río…

Vivíamos en La Arboleda, debajo del puente de fierro, diseñado en el siglo XIX por el mismo Eiffel de la torre de París, con acero traído en barcos desde el lejano Detroit norteamericano. En alguna ocasión quisimos retar a esa bestia que se alargaba por la campiña, atravesando el río Chili, y disparamos el balón hacia el cielo, intentando hacerlo pasar por encima de su estructura: ¡éramos una patota pelotera! El fútbol absorbía buena parte de nuestras vidas y de nuestros sueños (de ser futbolistas, por supuesto).

Léelo todo en: http://www.badosa.com/bin/obra.pl?id=n363

Cuero de chancho


—Toma —me dijo él—. Es de cuero de chancho.

Cuando cumplí diez años, mi padre por fin me regaló una pelota de fútbol. Parecía torpemente barnizada y los colores de sus paños me resultaban algo chocantes. Sin embargo, mi alegría no cabía en la alcoba.

Estuve tentado de hacer un par de piques para probar su peso y calidad, pero él me había prohibido, de manera tajante, «patear cualquier objeto dentro de la casa».

—La compré en la tienda del viejo Melquiades —informó con una sonrisa complaciente, que era muy rara en mi progenitor—. ¿La conoces, no? Queda casi llegando al puente Bolognesi.

—Voy al parque —dije, entusiasmado—, se la tengo que mostrar a mis amigos.

—No te vayas a quedar hasta muy tarde —me ordenó levantando la voz—. Y cuidado de que no se caiga al río…

Vivíamos en La Arboleda, debajo del puente de fierro, diseñado en el siglo XIX por el mismo Eiffel de la torre de París, con acero traído en barcos desde el lejano Detroit norteamericano. En alguna ocasión quisimos retar a esa bestia que se alargaba por la campiña, atravesando el río Chili, y disparamos el balón hacia el cielo, intentando hacerlo pasar por encima de su estructura: ¡éramos una patota pelotera! El fútbol absorbía buena parte de nuestras vidas y de nuestros sueños (de ser futbolistas, por supuesto).

—Toma —me dijo él—. Es de cuero de chancho.

Cuando cumplí diez años, mi padre por fin me regaló una pelota de fútbol. Parecía torpemente barnizada y los colores de sus paños me resultaban algo chocantes. Sin embargo, mi alegría no cabía en la alcoba.

Estuve tentado de hacer un par de piques para probar su peso y calidad, pero él me había prohibido, de manera tajante, «patear cualquier objeto dentro de la casa».

—La compré en la tienda del viejo Melquiades —informó con una sonrisa complaciente, que era muy rara en mi progenitor—. ¿La conoces, no? Queda casi llegando al puente Bolognesi.

—Voy al parque —dije, entusiasmado—, se la tengo que mostrar a mis amigos.

—No te vayas a quedar hasta muy tarde —me ordenó levantando la voz—. Y cuidado de que no se caiga al río…

Vivíamos en La Arboleda, debajo del puente de fierro, diseñado en el siglo XIX por el mismo Eiffel de la torre de París, con acero traído en barcos desde el lejano Detroit norteamericano. En alguna ocasión quisimos retar a esa bestia que se alargaba por la campiña, atravesando el río Chili, y disparamos el balón hacia el cielo, intentando hacerlo pasar por encima de su estructura: ¡éramos una patota pelotera! El fútbol absorbía buena parte de nuestras vidas y de nuestros sueños (de ser futbolistas, por supuesto).

—Toma —me dijo él—. Es de cuero de chancho.

Cuando cumplí diez años, mi padre por fin me regaló una pelota de fútbol. Parecía torpemente barnizada y los colores de sus paños me resultaban algo chocantes. Sin embargo, mi alegría no cabía en la alcoba.

Estuve tentado de hacer un par de piques para probar su peso y calidad, pero él me había prohibido, de manera tajante, «patear cualquier objeto dentro de la casa».

—La compré en la tienda del viejo Melquiades —informó con una sonrisa complaciente, que era muy rara en mi progenitor—. ¿La conoces, no? Queda casi llegando al puente Bolognesi.

—Voy al parque —dije, entusiasmado—, se la tengo que mostrar a mis amigos.

—No te vayas a quedar hasta muy tarde —me ordenó levantando la voz—. Y cuidado de que no se caiga al río…

Vivíamos en La Arboleda, debajo del puente de fierro, diseñado en el siglo XIX por el mismo Eiffel de la torre de París, con acero traído en barcos desde el lejano Detroit norteamericano. En alguna ocasión quisimos retar a esa bestia que se alargaba por la campiña, atravesando el río Chili, y disparamos el balón hacia el cielo, intentando hacerlo pasar por encima de su estructura: ¡éramos una patota pelotera! El fútbol absorbía buena parte de nuestras vidas y de nuestros sueños (de ser futbolistas, por supuesto).

2011/09/02

Entrevista a Gabriel Ruiz Ortega

«La lectura es lo que canaliza todo en mí»
Por Orlando Mazeyra Guillén

Escritor, blogger pertinaz y, por sobre todas las cosas, un ávido lector. Ha publicado la novela La cacería y también ha sido compilador de más de una antología de narrativa, Gabriel Ruiz Ortega (Lima, 1977) nos habla de su obra, de los nuevos escritores peruanos, de su conocido blog La fortaleza de la soledad y de muchas otras cosas que trae esta sabrosa entrevista.

La Cacería

–En el año 2005, salió a la luz tu primera incursión narrativa, la novela La Cacería, ¿qué nos podrías decir, a la distancia, de esta entrega literaria?
–Es una novela que escribí con mucha entrega, fuego y rabia. Recuerdo que me encerré en un hostal, durante ocho días, para escribirla. La cacería es una novela que no estaba en mis planes. Pero las circunstancias me depararon otro destino. Y la verdad es que no me arrepiento. Representa muchas cosas para mí, tanto en lo personal como en influencias literarias y culturales. Era un libro condenado a pasar desapercibido pero ese no fue su destino. Y ese es quizá uno de los motivos de peso que más le jode a mis detractores de toda la vida. Yo soy el primero en reconocer su leyenda negra, por la cual más de uno no ha dudado en atacarme, cuando lo cierto es que cada vez se habla de ella (así sea bien o mal), más interés existe en reeditarla. En estos años he recibido cuatro propuestas de reedición. Estuve a punto de aceptar una de ellas, pero me dije que aún no era su momento. Además, me gusta la novela tal y como está. La releo con gracia y no puedo negar que me ha traído muchas satisfacciones. Es pues como una hija malcriada, engreída, caprichosa. Por otra parte, no me hago palta alguna con las opiniones de los lectores. Si les gusta, bien. Si no, el mundo no se me acaba.

Disidentes

–Es común que, como antólogo, recibas más reclamos que elogios. ¿De qué manera toma las críticas el “autor” de las antologías?
–Tomo cada crítica como lo que es: una opinión más. Y con mayor razón en un ambiente literario como el peruano, tan volátil y falso, tan envidioso e inculto, tan propenso al amiguismo más ramplón, sin estilo alguno, delatado precisamente por sus antologías. De mi condición de antólogo se puede decir mucho. Para empezar, no soy crítico, nunca me interesó serlo. Las dos antologías que he presentado han generado eco, Disidentes de 2007 tuvo un éxito arrollador, por ejemplo. Recuerdo que muchos saltaron ni bien esta salió. Dejé que las cosas siguieran su propio cauce, ya que sabía que al libro le iría muy bien. Recibí todas las críticas, dardos y pataleos con una buena coraza de tolerancia. Yo sabía que a la antología le iría bien, y no por el hecho de ser el antólogo, sino porque ante todo estaba convencido de que la selección era muy buena, casi excelente. Como te dije, no soy crítico, ni académico. Pero soy un muy buen lector. Siento que mi capacidad de lector se pone a prueba con las antologías. No me voy a sabotear por el amiguismo y los sentimientos menores.

–Acaba de aparecer Disidentes 1. Antología de nuevas narradoras peruanas. ¿Cómo ves en líneas generales a las nuevas narradoras del Perú?
–Me siento más cerca de las narradoras que de los narradores. En este acercamiento resulta esencial mi formación como lector de novelas de aventuras, es decir, mi preferencia por la trama y el asunto. En estos años hemos tenido una línea muy marcada en la nueva producción narrativa peruana: la gran mayoría de narradores han mostrado una preferencia casi abusiva por la elasticidad verbal y las piruetas estructurales. No digo que esté mal, en absoluto, pero han descuidado el componente esencial que acerca un trabajo de ficción con el lector: el argumento, así de simple. Son las mujeres las que han sabido contarnos buenas historias. Como dije en otra entrevista, creo que a ellas no les interesa ser duchas en el uso del lenguaje, sino transmitir sensaciones por medio de historias. La verdad que me he excitado, llorado, alegrado, conmovido, enfurecido, en fin… con las nuevas narradoras peruanas. Pienso en los cuentos de largo aliento de Karina Pacheco, Alina Gadea, Julie de Trazegnies, Susanne Noltenius, Patricia Miró Quesada y Rossana Díaz, o en la contundencia atmosférica de Jennifer Thorndike.

–¿Sería arriesgado decir que, en los últimos años, las mujeres han sido más prolíficas que los hombres?
–Sí. Sería muy arriesgado. Si te refieres al número de libros publicados, los narradores han publicado mucho más. Dentro de esta camada de narradoras, casi todas no pasan del primer libro; solo, y es lo que recuerdo en estos momentos, por lo que podría estar equivocado, Karina Pacheco y Katya Adaui llevan varios libros publicados. Pacheco tiene a la fecha cuatro títulos muy bien tratados por la crítica de medios y Adaui con su segundo cuentario ha demostrado un notable avance narrativo. Ahora, la cantidad de libros por autor, no es garantía de nada. Los progresos no debemos medirlos así. Cada escritor tiene su propio ritmo. Tampoco pasemos por alto el saludable ambiente de camaradería que existe entre las narradoras, que no caen en las guerritas de callejón que protagonizan los escritores.

La fortaleza de la soledad

–Los que seguimos tu blog La fortaleza de la soledad, que ya cumplió cinco años, nos encontramos con una miscelánea cultural: abordas la narrativa, la poesía, la crónica e incluso te das tiempo para la música, el cine y el fútbol. ¿Qué representa para ti La fortaleza de la soledad?
–Tienes buena memoria. No llevaba la cuenta de los años de La fortaleza de la soledad.
Se trata de un espacio en el que comparto mis intereses. Me gusta por igual la literatura y el cine, la música y el fútbol. Por eso, como dices, los lectores encuentran una miscelánea para todos los gustos. La fortaleza de la soledad ha atravesado varias etapas, ha tenido cambios, y en cada uno de ellos no he dejado de consignar mis entrevistas, reseñas y artículos publicados en otros medios. En los dos primeros años caí en una paranoia total, en la que llegué a pelearme con media literatura peruana. Hasta ahora, algunos no me perdonan ciertas travesuras. En aquella época me parecía a Bolaño, con ganas de pelearme o discutir con algún poeta o narrador referente del pueblito de la literatura peruana. Felizmente, eso ya pasó… En mi blog siempre ha quedado plasmado mi carácter, mi forma de ser. Además, trato de ser plural, consignar y comentar las cosas que me gustan. No vendo sebo de culebra. Posteo porque me gusta hacerlo, no me interesa entrar a los rankings. Si te das cuenta, hasta el diseño del blog es artesanal. Así me gusta. Y mi cuenta de Facebook me está ayudando mucho en la actualización del blog, todas las notas que reproduzco, las incluyo previamente en mis enlaces de muro, cosa que así me ahorro el trabajo de buscar.

–En el aspecto creativo, ¿te consideras un narrador a secas?
–Me considero un lector que escribe. Mi vida, el día a día, es como la de cualquier otra persona. Veo películas, escucho mucho rock. Salgo lo que tengo que salir. Pero ante todo, la lectura es lo que canaliza todo en mí. Me gusta escribir narrativa, no me preocupa en qué género lo esté haciendo, lo que me importa es sentirme cómodo. Por ejemplo, el año pasado escribí una crónica sobre un manuscrito perdido de Enrique Verástegui, y las personas que lo leyeron pensaron que lo relatado era pura invención. Pero no. Todo en el texto era real, ¿quién iba a pensar que después de muchos años se hallaría en un puesto de libros de La Parada un manuscrito de Verástegui, del cual se había dicho tanto? Si es ficción o no, es lo que menos me importa.

–En lo referente a la crónica, ¿cuáles son tus cronistas predilectos?
–Crónica, No Ficción. Como quieras llamarlo (aunque no es lo mismo). Al respecto, creo que es toda una estupidez llamar subliteratura a la crónica, tal y como lo hacen los aburridos celadores de las buenas costumbres literarias. Nuestro país ofrece un contexto social e histórico de privilegio para forjar una rica tradición en la no ficción. Recuerdo la lectura de Muerte en el Pentagonito de Ricardo Uceda, toda una obra maestra si la vemos en frío. Las crónicas y perfiles de Guillermo Thorndike, que de vez en cuando releo. Ese hombre era toda una máquina de escribir. Tendrá que pasar un tiempo para poder valorarlo en su justa dimensión, sus pecados políticos aún pesan. Me gustan también las crónicas de Jorge Salazar. Como señalé, nuestro contexto es el ideal para la crónica. Últimamente han aparecido varios cronistas, pero tengo la impresión de que estamos ante una moda. Al único que valoro es a Juan Manuel Robles… Y bueno, entre los cronistas foráneos, no tengo la más mínima duda de mi trípode: Thompson, Talese y Kapuscinski. Si los miras bien, son la combinación perfecta: el desorden, el detalle y el verbo. He leído sus libros con la misma atención de cuando me insertaba en las novelas de Tolstoi y Balzac, sin exagerar. Aunque de los tres, pongo varios rellanos arriba a Talese, La mujer de tu prójimo y Honrarás a tu padre son otra cosa.

–Tienes fama de lector omnívoro, ¿cuántas horas diarias dedicas en promedio dedicas a la lectura?
–La lectura es una actividad normal en mí. No sé cuántas horas al día me dedico a leer. Tuve la suerte de contar con libros en casa, desde niño. El libro no era un elemento especial, sino necesario, como un artefacto de uso diario, como la cocina. Me recuerdo leyendo. Pero tampoco voy a caer en la mentira y posería que escucho en otros, tipo “que a los ocho años ya había leído el Quijote”, “que a los doce había terminado En busca del tiempo perdido” o “que a los catorce entendía Paradiso”. Haber leído mucho no te hace más que nadie. No te hace mejor escritor. No te hace una buena persona. Pero leer te proporciona recursos, te abre la mente en todo sentido. Ahora, un escritor debe ser un voraz lector.

–¿Cuál es tu canon tanto en narrativa como en poesía? Te invito a decirme diez libros que consideres imprescindibles para cada caso.
–Me la pones difícil. Tú sabes, la memoria suele ser muy tramposa. Pero hay autores de todas las tradiciones a los que vuelvo por necesidad. En narrativa, Balzac, Tolstoi, Cervantes y Dumas en clásicos. Hemingway, Mann y Borges entre los de siglo XX; y de los últimos treinta años Bolaño, Vila-Matas y Marías. En poesía, mis preferencias son más desordenadas. Releo a Vallejo, Martín Adán, Ashbery, Lihn, Parra, Cummings, Paz, Gil de Biedma, Jorge Pimentel. En fin, solo me has pedido diez por cada grupo, podría nombrarte una decena más. Y no quiero desaprovechar la oportunidad de considerar a Fear of Music de Talking Heads como un imprescindible, al menos es el disco que más he escuchado en los últimos meses. Fíjate en sus letras.

–¿Sientes que en Lima hay más apertura con respecto a los escritores del interior del país?
–Siento que hay una apertura diplomática. O sea, no pasa de un mero saludo a la bandera. Hay muchísima demagogia cuando se habla de los escritores del interior. Parte de ese problema yace en las expectativas de estos en relación a Lima. A veces he sentido que la miran desde muy abajo. El ambiente literario limeño es una farsa. Casi nada es lo que parece. Los escritores del interior deberían hacer fuerzas y concentrarse en cimentar más el ambiente en el que se mueven, hacer que su circuito literario y cultural tenga vida propia.

–¿Qué problemas detectas en la difusión de las publicaciones no limeñas?
–Los mismos que veo en las publicaciones de la capital. Imagino que te estás refiriendo a lo que se edita en los nuevos sellos editoriales. Para empezar, la distribución no es del todo eficiente. En este sentido los editores deberían formar una sola fuerza y así encontrar soluciones a este escollo. De nada sirve que cada quien vaya por su lado. En cuanto a la recepción en medios, me queda claro, para mal, que cada vez que sale una nota sobre un autor del interior es como si le estuvieran haciendo un favor.

–El nombre de tu blog invita a preguntarte sobre el escritor y pintor Jonathan Lethem.
–Jonathan Lethem es un autor que se nutre muchísimo de la cultura popular. En sus libros detecto más el respiro del comic que de Twain, por ejemplo. Lo veo como una antena dispuesta a captar los gustos que no son del todo bien recibidos por los hacedores de los discursos oficiales. Para mí Lethem es un gigante de la novelística contemporánea. Hay que leerlo. Si te influye, bien. Sus libros me dieron mucha seguridad para abordar determinados temas. A veces necesitas un catalizador y su poética cumplió esa función en mí. Ahora, me dices que te hable de su faceta de pintor. He visto pocas cosas suyas al respecto, las cuales no me han estimulado. No me sorprende que haya tenido esas inquietudes, puesto que es hijo de artistas. Importa el Lethem escritor, de lejos.

–¿Cuáles son tus blogs favoritos y por qué?
–De los blogs peruanos sigo Notas Moleskine, Puente Aéreo, Letra Capital y últimamente Nosotros matamos menos, también Luz de limbo y Sol negro. Son blogs que se han ganado una preferencia gracias a la constancia. Esto no quiere decir que esté de acuerdo con todos sus contenidos, en absoluto. También leo bitácoras de escritores, como las de Vicente Luis Mora, Pola Oloixarac, Rafael Reig, Antonio Díaz Oliva, Andrés Trapiello; también El lamento de Portnoy. Creo que antes de ponerse a hablar de la muerte de los blogs, deberían darse una vuelta por estos sitios, muchos de ellos de una gran calidad. Y claro, resultan infaltables mis paseos por Frontera D, Sigue Leyendo y El Malpensante… Como bien se dijo una vez: la difusión literaria está en los blogs, las webs.

–Hablaste algunas veces que las editoriales independientes le están ganando el partido a las grandes editoriales. ¿Cuáles consideras que son las editoriales más emergentes?
–Sí. Eso es cierto. Las editoriales independientes son las que están publicando las cosas más interesantes. Las nuevas editoriales han permitido la publicación de textos, que de haber dependido de los grandes sellos, jamás hubieran visto la luz. Si hemos tenido una buena década en producción literaria, mucho se lo debemos a estas nuevas empresas. Por otra parte, no puedo dejar de señalar que aún siguen adoleciendo de una logística seria. No pido que traten de emular a las de Santillana, Norma o Planeta, pero por lo menos exijo que traten bien a sus autores y que no se les tome como mera mercancía. He visto muchos abusos contra ellos, y estos, es que estamos en Perú, prefieren el silencio porque consideran “rochoso” quejarse. Por eso, me disculpas, pero no te puedo decir cuáles son las editoriales que han destacado más. He llegado a la conclusión que no sirve de nada publicar libros importantes e interesantes si no se respeta ante todo al autor como persona. En este sentido, y pese a los señalamientos, son las editoriales grandes las que se llevan mis puntos.

–¿Qué opinas de la reseña que se practica actualmente en algunos medios periodísticos de la capital?
–No estamos en el mejor de los momentos. Y lo digo con mucho respeto y franqueza: el reseñismo limeño está hasta las huevas. No hay otra manera de calificarlo. Lo que pasa es que hay mucho amiguismo. Vivimos en un pueblito en el que todos se conocen. No existe la distancia espiritual entre el reseñista y autor. Una mala reseña podría significar un odio de por vida. A esto se suma la costumbre bien peruana de nunca quedar mal con nadie… Recuerdo un libro de entrevistas a escritores peruanos, de Luchting, en el que ocho de los entrevistados decían que las buenas reseñas eran escritas para fastidiar a otro escritor. Es decir, esta es una costumbre que viene desde hace ya varias décadas, pero aún así había un nivel, se sabía disfrazar la bajeza. En cambio ahora no. No interesa disfrazar nada.

Narradores peruanos contemporáneos

Te invito a darme una breve opinión sobre autores contemporáneos y, si te animas, la que consideras su mejor obra.

–Mario Vargas Llosa
–Bueno, Vargas Llosa me entregó siete libros capitales para mi formación como lector y escritor. Sus últimas novelas no me han gustado mucho y, la verdad, no creo que vuelva a escribir obras maestras como Conversación en La Catedral y La fiesta del Chivo. Pese a no sintonizar con algunas posturas políticas e ideológicas, no dejaré de valorar su consecuencia con lo que cree, detalle que deberían aprender sus detractores.

–Miguel Gutiérrez
–No sé si lo dije en mi blog. La violencia del tiempo está entre las cinco mejores novelas peruanas del siglo XX, junto a Conversación en La Catedral, Un mundo para Julius, La casa de cartón y Los ríos profundos. Lo aprecio mucho como persona. A estas alturas me parece una tremenda idiotez tratar de descalificarlo por sus posturas ideológicas, y aquellos que lo hacen, pues que lean el prólogo de la segunda edición de La generación del 50, a ver si así se quedan callados de una buena vez.

–Alonso Cueto
–Cueto es mi Maestro. Como persona es una de las más íntegras que conozco. Y en cuanto a su obra, es de lejos el autor peruano que más ha crecido en la década pasada. Sus novelas La hora azul, Grandes miradas y El susurro de la mujer ballena han tenido mucho éxito. Él la tiene muy clara: contar buenas historias. Allí está el secreto de su éxito demoledor con los lectores. Además, está siendo muy traducido y ni hablar de los importantes premios que ha recibido. No tengo duda de que en este pueblito se le envidia lo bien que le va, por eso, cuando se le ha querido desestimar, se ha apelado a lecturas torcidas, bajas y sucias.

–Oswaldo Reynoso
–Reynoso es un gran estilista. Después de Vargas Llosa es el escritor más leído del Perú. A sus años es un hombre que se ha recorrido todos los colegios del país, hablando de su obra y de la importancia de la lectura. Soy hincha de Los eunucos inmortales, y reconozco la axiomática actualidad de Los inocentes. Su postura ideológica me parece descabellada y ambigua. Pero repito: soy hincha de Los eunucos inmortales, su mejor libro.

–Carlos Calderón Fajardo
–Estamos ante un genuino contador de historias, es uno de los nombres capitales de la narrativa peruana contemporánea. La colina de los árboles y La conciencia del límite último son ejemplos de excelencia en novela breve. Sabemos que es un autor reconocido pero requiere del interés de una editorial grande que le brinde a su obra la verdadera difusión que merece. Calderón Fajardo no tiene nada qué demostrar. Es un grande.

–Fernando Ampuero
–Tiene cuatro cuentos que lo ubican en un lugar referencial. No puede haber antología de cuento peruano sin un cuento suyo. Sé que es una persona que no cae bien a muchos. Yo no lo conozco, a lo mucho un par de saludos e intercambio cordial de mails; pero hay algo que sí debo decir: como periodista dio una gran enseñanza moral, y me refiero al tema de los Petroaudios, que puso al descubierto el acto de corrupción más indignante del último decenio. No es moco de pavo lo que hizo. La manera como lo trataron en El Comercio por decir la verdad y su actitud coherente con esa verdad es algo que no debemos soslayar. No hay que caer en la mezquindad.

–Alfredo Bryce Echenique
No me esperen en abril, Un mundo para Julius y La vida exagerada de Martín Romaña. Estas novelas me bastan y sobran. No me interesa lo que se haya dicho de él a razón de los plagios.

Cine

–¿Podríamos darnos tu canon de cineastas imprescindibles con su película insignia?
–Te diré las películas que más he vuelto a ver en estos meses. Extraños en un tren de Hitchcock, El amigo americano de Wenders, El sol de membrillo de Erice, Der Baader Meinhof Komplex de Uli Edel, El Chacal de Zimmerman, Mulholland Drive de Lynch, algunos policiales de Chabrol, Come and See de Klimov, Nosferatu de Murnau… Trato de ver una película diaria… Consumo muchas series, The Wire, Californication, The Shield, Mad Men

–¿Cómo ves al nuevo cine peruano?
–Hemos avanzado un poco. Al menos ahora hay más películas. Pero esto no es indicativo de calidad. Salvo destacadas excepciones, como La boca del lobo, Días de Santiago, La muralla verde, Octubre y Paraíso, todo el cine peruano tendría el calificativo de Z. Ten presente que los cineastas nacionales recién están esbozando el borrador de su tradición. Ahora, me llama la atención los discursos críticos que se dan en el cine peruano, específicamente pienso en los debates entre los directores de la revista Godard, Cordero y Pimentel, con Bedoya y Chacho León. Más allá de quién tenga o no la razón, no niego del nivel de argumentación de ambos lados, algo que debería darse en los debates entre escritores peruanos, tan propensos a la mentira, la matonería virtual y la pseudopendejada.

Proyectos futuros

–Ya has publicado una novela, ¿te interesa incursionar en el cuento?
–Hace poco entregué un par de cuentos. Uno de ellos saldrá en una antología mexicana cuya temática es la violencia. Me preguntaron si podía colaborar con un relato, pregunté sobre el tópico y me puse manos a la obra. Sin embargo, en esencia, soy un narrador de novelas. Pienso todo en función a la novela, que es un género que requiere de mucha rutina y disciplina. La práctica de la escritura de proyectos novelísticos me ha salvado la vida, soy muy díscolo en muchas cosas y en no pocas ocasiones temerario. Escribo novelas no para publicarlas, al menos no pensando que las voy a publicar inmediatamente, lo que siempre he buscado es el placer que me depara el trance de la escritura. Ese trance no lo cambio por nada.

–¿Qué proyectos creativos tienes entre manos, nos podrías dar un alcance al respecto?
–Tengo una novela corta que espero publicar a fin de año. Si no sale, será para el siguiente. Y también espero que se publique Disidentes 2. Narradores peruanos 2000 – 2010. Esta antología va por Ediciones Altazor. Solo es cuestión de esperar.

Entrevista Publicada en «PROYECTO PATRIMONIO»