2008/02/24

Los Óscar 2008: Bardem y Expiación son lo mejor



La octogésima entrega de los premios Óscar, hoy domingo 24 de febrero, tendrá como competidoras a Mejor Película a: “Expiación”, “No es país para viejos”, “Michael Clayton”, “Juno” y “Petróleo Sangriento”.
El más notable de los cinco largometrajes es “Expiación”, basada en la novela homónima de Ian McEwan (que, al parecer, es mucho mejor que la película, habrá que conseguir el libro para corroborarlo), trata sobre una muchacha ciertamente vanidosa y con una llamativa precocidad literaria, quien, por equivocación o por sentirse despechada, acusa de un atroz crimen al amante de su hermana mayor. Esta acusación marcará para siempre el destino de estos tres personajes y dejará a la protagonista con una pregunta que martillará toda su existencia: ¿acaso hay (habrá) alguna manera de reparar un daño de tal dimensión?
La película habla, ante todo, de los poderes de la literatura (los alcances simbólicos de la ficción): corregir la vida, reparar los errores en el papel, mas no en la realidad. Lo que la protagonista –ya decrépita y consagrada como novelista– llama “un último acto de amabilidad”.
Su último libro (más bien el primero, el que tanto le costó escribir) trató de resarcir a esas dos personas que ella separó para siempre. La novela postrera no hizo otra cosa que dar cuenta de un amor que lamentablemente nunca puedo consumarse.
Por otra parte, la cinta “No es país para viejos” concita especial interés en la comunidad española, y de habla hispana en general, por la nominación del talentoso español Javier Bardem (Las Palmas de Gran Canaria, 1969), quien, a sus 38 años, está a un paso de convertirse en el primer actor ibérico en alzarse con la estatuilla dorada.
Hay que recordar que ésta no es la primera nominación de Bardem: ya antes había sido considerado por su estupenda actuación en “Antes que anochezca”, donde encarna al escritor cubano Reinaldo Arenas. Luego, nos estremeció de una manera quizá más contundente en “Mar adentro”. Hoy, sin duda, se merece el Óscar por interpretar a Antón Chigurh, asesino y psicópata del aclamado filme “No es país para viejos”.
Todos los fanáticos de Bardem esperamos, pues, que los miembros de la Academia le otorguen este más que merecido reconocimiento. Ojalá así sea.

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En imágenes: Bardem interpretando al desquiciado Antón Chigurh y "Expiación". El actor ha dicho hoy en El País de España que su categoría es una de las más difíciles: "Hay un talentazo en ella. Estos premios son una lotería, un juego, y lo acepto. Yo me enfrento a esto con el placer de saber que yo ya he ganado. He trabajado con los hermanos Coen y he salido ileso. No parecí un marciano en mitad de esta historia tan estadounidense, dentro de un equipo técnico y artístico americano. El resto es accidental. Rodar con los Coen es un milagro. Siendo español, me parecía imposible acceder a su mundo. Cuando contactaron conmigo me sentí conmocionado".
También ha agregado que uno debe alejarse de este eco promocional porque "al final tu trabajo queda sepultado por el ruido mediático, y hay que volver al inicio, a recordar que estos momentos de alegría vienen de una película. Aunque claro, cuando ves el recibimiento a No es país para viejos, te alegras, porque uno lo ha pasado mal, no ha sido fácil componer el personaje de Anton Chigurh, un tipo con flequillo raro que va por ahí con una máquina de matar vacas. Estoy contento pero agarrándome las riendas. Hace falta filosofía zen para no perderse en este ruido. Tengo una distancia óptima y saludable respecto a cualquier accidente, sea éste feliz, un premio Oscar, o desafortunado.
Ha sido un viaje muy largo que empezó en Cannes, con el estreno en el festival de No es país para viejos. Llevo hablando de lo mismo tantos meses... He vivido el viaje con alegría y con distancia, porque si no, te puedes perder en todo este ruido que es insano para, y no quiero que suene demasiado pretencioso, el arte. Debo seguir con proyectos que tengan algo importante que decir. Para mí, esta gala es una parada que no va a alterar la dirección que llevo. Eso no hay Oscar que lo cambie
".


2008/02/22

A la memoria de José B. Adolph (1933-2008)


Nunca llegué a conocerlo pero, al contemplar sus fotos, siempre me pareció un tipo extraño, enigmático. Por sus raíces (nació en Stuttgart, Alemania, en 1933), su semblante y su aparente desaliño lo comparaba en secreto con Albert Einstein.
Hace exactamente un año me atreví a enviarle, vía correo electrónico, un manojo de mis cuentos esperando ansioso sus críticas y comentarios. Me trató de usted y, en muy pocas líneas, me animó a seguir escribiendo: “Usted escribe muy bien. Felicitaciones. Me gustó especialmente ‘Urgente: necesito un retazo de felicidad’, y no es que los demás estén mal. Como que con el primero siento cierta afinidad. Cuestión muy subjetiva mía”. No hace falta confesar que me emocionó saber que un anciano ilustre como el buen José Adolph había sentido “cierta afinidad” con el anciano infartado que buscaba la felicidad en el relato que le da título a mi primer libro.
Luego respondí a su misiva aprovechando para formularle la pregunta del lugar común: “usted, don José, con un poco más de siete décadas a cuestas y con una producción ficcional profusa, qué me puede decir de la literatura, ¿qué ha significado para usted?, ¿haciendo las sumas y restas valió la pena dedicar toda una vida a la invención de ficciones?, ¿cree en el compromiso del escritor del que tanto habla Vargas Llosa? ¿Motivaría o disuadiría a un aspirante a escritor?
Me dijo que normalmente no respondía a esa clase de preguntas y, en su brevedad, me dio una gran lección sin buscarle tres pies al gato: “Me limito a decir que escribir nació conmigo, independientemente de que sirva o no sirva para algo”.
Una de sus columnas (“El señor de los colmillos”) que más recuerdos fue aquella en donde habló de los títulos académicos: “No es indispensable haber asistido a una universidad para ser mediocre."
Le llamaban mucho la atención aquellas “denuncias contra algún personaje más o menos VIP, porque carece de los respectivos títulos académicos. ¿Cómo?, se preguntan, ¿NN puede ser tal o cual cosa si ni siquiera tiene un título?”
Adolph concluía: “La imagen que queda es la de que un título -desde secundaria completa al más bajo nivel hasta un doctorado- es prueba fehaciente de capacidad, talento y gracia sin par. Y en el Perú todavía, con sus cuchumil universidades e instituciones. A veces parece que hubiera más universidades que colegios. En la mayoría de casos ambos tipos de instituciones educativas son entidades comerciales con profesores discutibles y alumnos sedientos no de saber sino de cartoncitos. La calidad de la enseñanza y su receptividad auténtica son joyas escasas. Antes de que alguien me lo pregunte, revelaré que llegué hasta el tercero de secundaria. Carezco de todo título académico basado en estudios y jamás asistí a universidad alguna. No soy doctor en nada -salvo quizás, como decía Gonzalo Rose, en privaciones y melancolías- y la pared que hubiera podido destinar a diplomas sólo registra el triste paso de alguna arañita. Por lo tanto, en el Perú oficial y semioficial no soy nada, para usar una de esas deliciosas dobles negaciones de nuestra lengua. Marx (el Carlos) decía que toda su vida había militado en alguna minoría y se sentía muy bien así. Este servidor toda su vida ha militado en el analfabetismo funcional académico, inadecuado para la utilidad pública, y se siente muy bien. Ni siquiera estudié periodismo pero lo ejercí durante aproximadamente 50 años. Y encima tuve la insolencia de publicar 17 libros. Tal como dije a los encuestadores, no necesité apoyo pedagógico para ser mediocre”.
Otra de sus columnas se tituló “No somos nada”. Acertó como nunca el maestro. Que este recuerdo de un desconocido sirva para que algunos otros desconocidos descubran lo más importante que nos dejó: sus libros.

2008/01/20

El Gigante


Era un tipo de una dimensión desproporcionada, demasiado alto. Con decirte que cuando él quería mirar al cielo tenía que agachar la mirada.

Esta microhistoria la publiqué en Gambito de Peón:

http://blogs.ya.com/gambitodepeon/200801.htm#157


2008/01/19

El Bobadilla que yo conocí


Empezaba la década del noventa y los Hermanos De La Salle me preparaban para recibir la primera comunión. Ya había pasado por el amargo rato de ver al genio del fútbol mundial, Diego Maradona, con el rostro anegado en lágrimas, recibir la medalla de plata en la final de Italia 1990 que, vía un injusto penal, consagró campeón al equipo teutón. Creo que el hecho de ver a mi ídolo caído me hizo descubrir que la vida nunca sería como la soñamos, no todas nuestras expectativas se verían cumplidas.
Recuerdo que, los sábados, cuando acompañaba a mi padre al mercado El Palomar, me encontraba de pronto con esos letreros callejeros que atravesaban toda la avenida Parra anunciando un nuevo encuentro futbolero del torneo descentralizado: FBC Melgar vs. León de Huanuco.
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La imagen todavía permanece con nitidez: el equipo saliendo de los camerines liderados por el guardameta guaraní que llevaba el cinto de capitán (recuerdo que Requena también fue capitán por esos años). Vestía un short oscuro, camiseta con vivos morados y guantes blancos, cabellera profusa y barba incipiente. Estaban también: el “Coyote” Julio Rivera, Pedro “Perico” Requena, Víctor Riega, Ernesto “Palito” Vera, Freddy “Chucky” Torrealva, la “Chancha” Falcón, Pedro “Gallito” Valdivia y tantos otros futbolistas que conformaron quizá el mejor equipo rojinegro de las últimas dos décadas.
Ese día el Melgar le volteó el partido a los huanuqueños y ganó 4-2. Y decidí volver: la cita casi siempre era los domingos a las 3:30 de la tarde. Aunque, si mal no recuerdo, fue al mediodía que resultamos siendo testigos de seguramente la mejor presentación que vimos los jóvenes de mi generación en el estadio de IV Centenario: el aplastante 6 a 0 al Sporting Cristal en donde Torrealva, disfrazándose de Maradona, pasó a la historia del equipo dejando desperdigados por todo el campo a los rivales celestes, incluido el guardameta Rafael “Pañalón” Quesada, para detener el esférico al borde de la linea de gol y, así, agacharse “toreando” al balón con la testa e introducirlo en la valla bajopontina ante la impotencia y la posterior rabia de uno de los que pasaría a ser un emblema del Cristal Sub-campeón de la Copa Libertadores 1997: el paraguayo Pedro Garay.
Bobadilla fue el arquero en las mejores tardes melgarianas de los 90. Su estilo era sobrio, sin grandes aspavientos. Todavía lo puedo ver agazapado y meciéndose ligeramente hacia ambos lados para atajar alguno que otro penal como su ilustre compatriota José Luis Chilavert. Muchas de sus estiradas arrancaban aplausos que bajaban de todas las tribunas y creo que todos los seguidores del equipo lo recordamos con especial afecto pues, junto al fallecido Alejandro Gustavo Mulet, fue, sin duda, uno de los mejores porteros que pasaron por el FBC Melgar en los últimos 20 años.
Hay que recordar que si bien es cierto que, como jugador, dejó huella en la institución esto no garantiza nada ahora que será el timonel. Recordemos el caso de su compatriota Jorge Amado Nunes, quien fue un ídolo en la U, pero su paso como entrenador terminó por las patas de los caballos. Ojalá Bobadilla se vaya de Arequipa por la puerta grande, ¡necesitamos tanto un Melgar como el de aquellos tiempos!

2008/01/03

Ganas de ti (*)



"El mal está sólo en tu mente y no en lo externo.
La mente pura siempre ve solamente lo bueno en cada cosa,
pero la mala se encarga de inventar el mal".
Goethe




El Piraña, echando prosa y con ínfulas de gran conocedor, te había advertido que para dar vueltas de noche por la avenida San Juan de Dios había que estar medio entonado, aunque, eso sí, sin pasarse de la raya. «Suave nomás con el trago: ni mucho, ni poco. Lo suficiente como para tomar valor y saber mandarse, porque, cuando las encaras, esas perras sabidas castigan con la mirada, y sientes un no sé qué que te arrocha, te delata. Si te quedas callado ahí sí perdiste, porque se ríen en tus propias narices hasta sacarte de quicio. Escucha: en San Juan de Dios el silencio es de los giles, de los aguantados, de los que nunca han tirado, ¿estás parando la oreja, Matías?». Sí, por supuesto. Buscar mujer no era tarea fácil, pero tu cuerpo era un hervidero de hormonas que ya exigían, te turbaban, y tú no podías esperar más. «Hagan deporte para descargar toda esa energía», les decía con parsimonia el Hermano Gabriel y tú, malpensado, te reías en silencio escudriñando las arrugas de sus manos, convencido de que ese viejo cascarrabias era más pajero que toda tu patota junta.
Es cierto que en tu barrio había mocosas simpaticonas por todo lado. Pero cuando, paciente, empezabas a trabajártelas, la mayoría se hacían las ya no ya, las interesantes; y al final no soltaban ni siquiera la jeta. Otras, en cambio, te excitaban de arranque haciéndote ojitos; entonces comenzaba el floreo y, si no querían hacerse pasar por santurronas, al ratito se dejaban besuquear… Todo iba a pedir de boca hasta cuando, pulpo desesperado, proponías con las manos cosas más arriesgadas. Ahí sí se echaban para atrás como quien no quiere la cosa. La última vez, la Mayra ––la que te trae loco, Matías–– te cacheteó cuando intentaste sobarle las nalgas: «¿Qué te pasa, aguantado? ¿No sabes respetar a una mujer?». Indignada, se acomodó el cabello con un movimiento brusco y te miró asqueada, esperando una respuesta que la desagravie. «Te tengo ganas, pues, ¿me vas a decir que no te gusta?», disparaste, contrariado, lo primero que se te vino a la cabeza. Diste un respiro y proseguiste, todo meloso: «Déjate nomás, yo sé que a los dos nos gusta, Mayrita».
––Si quieres hacer cochinadas entonces búscate una puta ––te fulminó la chiquilla, casi silabeando cada palabra y adoptando afectadas maneras de mujer ultrajada. Luego, se fue y te dejó con los crespos hechos, caliente, ansioso y desconcertado. Lo de siempre, lo de todos los días, Matías. Para bien o para mal, ella tenía razón: las chibolas eran muy complicadas, entonces tenías que buscarte callejeras como el Piraña. Por un momento recordaste lo que muchos te habían advertido: que él era muy hablador y que, en realidad, tenía tanta experiencia con las mujeres como tú; pero esta vez no pensabas echarte para atrás.
Lo decidiste mordiendo tus labios: tomarías valor e irías por fin a San Juan de Dios a sacarte el clavo de una vez por todas.
«Creo que con dos jarras será suficiente», te dijo el Piraña, explorando con indiferencia las mesas contiguas. «Este ron es bien trepador, así que tómalo despacio, nadie nos apura. Todavía es temprano». Casi las cinco de la tarde. Afuera, los últimos vestigios de sol todavía alcanzaban a iluminar el centro de la Plaza España. Viejos feos y barrigones embutidos en tristes ternos decadentes entraban y salían del extenso local. Todos te parecían iguales, como cortados por la misma tijera: ruinosos, viciosos y repelentes. ¿Acaso así serías de viejo?, ¿tendrían familia esos tipos?, ¿quiénes eran y de dónde habían salido tantos personajillos?
––Así son todos los viernes ––te dijo el Piraña rezumando cierto desdén en sus palabras, y escupiendo al suelo sin ganas––. Casi todos son abogados, leguleyos… Salen de la Corte y entran a la cantina, y salen de la cantina y entran a la Corte. Esa es su vida… vida hasta el culo…
«¿La Corte?», preguntaste inspirado por una viva curiosidad. «Sí, la Corte. Mi viejo es magistrado, ¿no te acuerdas que te lo conté? Y él siempre dice que es una mierda, ahí reina la corrupción, que todos los jueces se venden, que todos tienen un precio.» Tú escuchabas en silencio mientras persistías en tu afán de comprender. «¿Y tu viejo también se vende?», indagaste con candidez ––eres cándido, Matías––, y casi sin darte cuenta.
––¡Estás tú bien huevón! ––vociferó exaltado y poniéndose de pie––. A ver repite, repite tu pregunta para que veas cómo me desconozco y te saco todos los dientes de un solo sopapo.
Algunos tipos se quedaron mirándolos con gestos alunados. Te sonrojaste. El bullicio de la cantina se apagó por unos segundos. Atinaste a apurar el vaso de ron de un solo trago y te dirigiste a tu amigo: «siéntate, Piraña, déjame explicarte porque no has entendido mi pregunta». «Ah ya, más te vale, compadre», te dijo bajando los humos. Tomó asiento y todo volvió a la calma: raídas mesitas de madera, otras de plástico, racimos de bebedores anónimos con sacos rancios y corbatas chocantes. Una atmósfera indigesta y un perro gris sin alma que lamía los escupitajos que encontraba a su paso. «Ya quiero que anochezca, carajo, para irme de acá de una vez», pensaste volviendo la mirada hacia afuera. Ahora, la triste Plaza España te parecía el paraíso al lado de esta chingana abogadil que jurabas no volver a pisar: «la gente de este bar me está llegando al pincho».
La noche cayó y las jarras de ron se fueron acumulando hasta multiplicarse. « Casi las once, Matías, ya es hora de probar carne». Sentiste una opresión en el pecho, un sacudón emocional que caminaba por tus entrañas y, de súbito, te embriagaba más que el licor: «¿ya nos vamos?», preguntaste dibujando el semblante de un soberano papanatas. El cigarrillo se te cayó de la mano. «¡Tranquilo! Recoge eso y vámonos», te ordenó el Piraña, poniéndose de pie. Y, mientras te agachabas y mirabas al suelo, tomaste conciencia de lo que pasaría en un rato. Quisiste decirle que ya no, que querías regresar al barrio porque te orinabas de miedo. Pero no abriste la boca porque, aunque por dentro morías, temías terminar siendo el hazmerreír de toda tu cuadra.
Él, para hacer hora, te hizo dar una vuelta por los alrededores del parque Duhamel advirtiéndote de que era un lugar engañoso: «tienes que mirar bien, la mayoría son maricas, la voz y las manos los delatan». Tú no mirabas nada, por momentos hasta entrecerrabas los ojos.
––Al toque se nota que no tienes cancha, Matías ––te dijo encendiendo un cigarrillo.
No le dijiste nada. Lo que menos querías era entablar una conversa.
––Cuéntame algo para que te relajes. Un secreto, algo que no le hayas contado a nadie.
––No tengo nada que decir ––repusiste.
––Todos tenemos secretos ––apostilló algo turbado––. De mí, por ejemplo, se dicen tantas cosas: que soy puro floro, que soy medio chueco. A veces la gente no cuenta sus cosas simplemente para ahorrarse problemas. La gente no entiende, nunca entienden. Pero yo sé que tú sí entiendes, Matías.
Luego, bajaron raudos a la Plaza de Armas. «A medianoche esto es nido de locas», te informaba mientras tú te percatabas de cómo esa pileta que tanto te gustaba contemplar de día se podía convertir en un paraje escabroso de noche. «El Tuturutu es un rosquete», te dijo sonriendo mientras señalaba la cima de la fuente en donde descansaba esa enigmática figura del soldado de bronce: «Toca la trompeta a medianoche para que los maricas lo vengan a ver». Se acercaron a la fuente y el Piraña metió la mano al agua y fue más libre que nunca: «Está heladita, Matías, ¿te tirarías a la pileta conmigo?». Lo miraste callado, dejándolo ser: ahora, camaleón nocturno, impostaba la voz y jugaba con el agua como chiquilla enamorada, forzando los movimientos. ¿En verdad eso estaba pasando o, acaso, soñabas, Matías? ¿Era posible cambiar tanto de golpe?
––¿Cómo mierda sabes tanto de los maricas, Piraña? ––le preguntaste asustado, para ese momento eras un nudo de palpitaciones––. ¿No que íbamos a ir a San Juan de Dios a buscar putas? ¿Qué te está pasando, hermano?
––Te tengo ganas, Matías, déjame chupártela, nadie se va a enterar ––rogó con ojos de yegua en celo––. Al que hable se la parto. Vamos, a una cuadra hay un sitio, ¡te juro que yo mañana te ayudo con la Mayra!
«Mayrita», pensaste en un rapto de lucidez que, de pronto, te desalojó de la Plaza de Armas, «¿ya ves por lo que me haces pasar, mamacita?». Empezaste a correr con todas tus fuerzas. Dejabas atrás calles que no conocías. ¿Sabías en dónde estabas? No. Pero seguías corriendo. Y no pensabas parar hasta la casa de Mayra .


(*) Este relato ocupó el recibió el 3er. Premio en la IV CUENTATÓN DE LIMA.
Publicado en http://hermanocerdo.anarchyweb.org/


2007/12/24

REGALO DE DIOS



Lorenzo y Maura cumplen mañana seis años de casados. Ella lo ama. Él, en cambio, la acepta a regañadientes; como si la presencia de ella en su vida no fuese una libre elección, sino una batalla perdida. Algo genético, irreversible.
Desde enero pasado se mudaron a Santiago de Chile huyendo del vástago que les salió raro. ¿Quién tuvo la culpa? Lorenzo no tiene reparos en disparar dardos contra Maura y contra sus excesos universitarios con la marihuana. Ella calla, muy en el fondo piensa que Lorenzo bebe en demasía y, como para lavarse las manos, asocia esto al retardo de su primera criatura.
Los papás de Maura –un metódico Coronel retirado y una afable cobradora de impuestos– aceptaron el tedioso encargo de convertirse en padres postizos de un neonato con síndrome de Down que, para colmo de males, cuando lo acogieron no tenía ni siquiera un nombre de pila:
–Le pondré Lorenzo como su padre –le dijo el Coronel a su hija.
–¡Lo harías sobre mi cadáver, papá! –exclamó Maura.
El Coronel no insistió, el gesto de su hija lo dijo todo. El nieto era una vergüenza, un descendiente indeseado que seguramente traería muchos inconvenientes. "Entonces serás Anselmo como tu abuelo", pensó mirándolo apenado, "siempre quise tener un nieto y eso es lo que vale".
Lorenzo quedó traumatizado con la amarga experiencia y le propuso a Maura que se ligue las trompas:
–Ya no quiero más hijos –le confesó–. Una ligadura sería la solución.
–¿Qué te pasa, Lorenzo? –preguntó ella, aterrada–. Si apenas tengo veintiséis años.
–Con uno me parece suficiente –mintió, juntando las cejas.
–¿Acaso no quieres tener un hijo sano como tú, o una hija normal como yo?
–Maura, no hables cojudeces. Ni yo soy sano ni tú eres normal.
–¡Tienes razón! ¡Somos unos anormales como Anselmo!
El matrimonio va camino al desfiladero. Nadie quiere arreglar las cosas: él, ni siquiera trabajando puede sacarse de la cabeza a Anselmo; ella, rompe a llorar apenas escucha el llanto del hermoso niño de los vecinos: "Maldita la hora en que te parí, Anselmo", piensa sintiéndose la mujer más desdichada del mundo. Y lo es.
Lorenzo está ahora sumido en el licor como nunca antes lo estuvo en su vida. La botella siempre fue su válvula de escape, pero hoy lo ha minado hasta ese delirio que algunos llaman diablos azules.
Hinchado de alcohol, agota un vaso de ron y se parte:
–Mañana es mi aniversario de bodas –murmura decepcionado mientras sus ojos humedecen–. Mi mejor que regalo, Señor, me lo darías si lo recoges.
"Si mañana me dijeran que estoy embarazada… ¡sólo eso podría salvar mi matrimonio!", reza Maura mirando la imagen del Divino Niño.
Ni lo uno ni lo otro. Mañana festejarán su aniversario sin regalos: Anselmo, a la distancia, disfrutará de un helado de chocolate e irá al circo con los abuelos. Lorenzo caerá sobre el sofá de la oficina cuando por fin el trago lo desconecte del mundo. Maura preparará una cena que sólo ella verá… y que nadie consumirá.
A veces los hombres le pedimos a Dios regalos macabros pensándolos justos y, por ende, divinos. ¡Qué diferencia insondable entre pedir vida y rogar muerte! ¡Qué brutal embargo de infelicidad debe haber en el padre que niega al hijo!
Anselmo crecerá y será un eximio nadador. La medalla de oro en los Juegos Para-olímpicos llevará su nombre para orgullo de sus abuelos. Es cierto que no enterrará a sus padres como suele suceder, pero no importa: él es un regalo de Dios, al menos así lo llama su abuelo, el Coronel que dio sentido a su vida contándoles esta historia

2007/11/29

REÍR LLORANDO


Uno de los recuerdos más nítidos que guardo de mi abuela fue la vez en que, al verse rodeada de todos sus nietos, recuperó momentáneamente la lucidez y se animó a recitar su poema favorito: "Reír llorando" del mexicano Juan de Dios Peza. Aquella tarde su elocución me impactó tanto que, ni bien llegué a mi casa, decidí conseguir las rimas para memorizarlas. Cosa que hice con inusual pasión y en muy pocos días.
El texto en mención hablaba de las máscaras que todos utilizamos, de las mentiras que fabricamos para escondernos tras ellas mientras nos sea posible. Y, claro, las mentiras están hechas de palabras. José Saramago, premio Nobel de literatura 1998, afirma que cada palabra es dicha para que no se oiga otra. La palabra no responde ni pregunta: encubre. Lo saben los políticos, los artistas, los científicos y, en general, cualquier ser común y silvestre: el verdulero, la secretaria, el abogado y la periodista.
El poemita que descubrí gracias a mi abuela termina así:
El carnaval del mundo engaña tanto,
que las vidas son breves mascaradas;
aquí aprendemos a reír llorando
y también a llorar con carcajadas.
No fue nada grato corroborarlo. Tardé un poco en comprender que somos parte de un carnaval de embustes, un festival perpetuo de antifaces e imposturas en donde gato pasa por liebre y el camaleón resulta siendo un paradigma estimable. La vida, lentamente, me enseñó que casi nada es transparente y, además, que no todo lo 'bueno' produce el bien ni todo lo 'malo' el mal, sino que suele ser al revés. El infierno, pues, está empedrado de buenas intenciones.
Entendí, por ejemplo, que podemos "reír llorando" el día en que ingresé a la universidad: mi madre lloraba pero, en realidad, reía de felicidad infinita. Y cuando digiero a diario las agudas y estupendas caricaturas de Carlín o Heduardo, lloro, pero con carcajadas. El Perú lastima, oprime el pecho, pero ¿quién no disfruta de la genialidad de estos eximios artistas que transforman nuestra jungla de otorongos en una imagen que grafica y retrata con hondura el alma de las personas que conducen al país?
Las caretas son perversas, tan aviesas que la carroña amañada resulta siendo maná seductor: un policía corrupto como Víctor Ketín Vidal puede parecer durante muchos años un héroe moderno. Y un ciudadano japonés puede no sólo hacerse pasar como peruano sino que, para colmo, convertirse en presidente y en el supuesto salvador de la patria. Aunque también hay otro tipo de gente cuya ruindad rebasa cualquier límite: aquellos para quienes la decencia, la honestidad, la coherencia y la integridad no son más que buenas ficciones. El empeño de este tipo de personas –ha dicho Mario Vargas Llosa– sólo busca demostrar que, como en el tango, el mundo es y será siempre una porquería.
Vladimiro Montesinos, macabro prestidigitador de masas, trató, muy a su manera, de demostrarse a sí mismo –y, sin quererlo, a todos sus compatriotas– que cualquier peruano podía ser sobornado, comprado, corrompido y utilizado por el gobierno a cambio de unos buenos fajos de billetes sobre la mesa. ¿Lo logró? A veces uno piensa que sí. Que estamos fatalmente perdidos en este carnaval del espanto y la patraña. Hace poco, acabamos de descubrir que el honorable Baruch Ivcher (ciudadano israelí supuestamente naturalizado peruano), sigue siendo fervorosamente israelí cuando la chequera lo solicita. Dualidad moral, le dicen: doble cara y doble pasaporte. Fujimori fue el taimado precursor en esta práctica que -si lo vemos con los ojos de Mefisto o, para ser más prácticos, con los de Ivcher- antes que condenar, hay que emular: hoy por hoy, tener dos pasaportes es inteligente. Lo digo sin ánimo de reír ni llorar, pues quizá las dos cosas vienen a ser lo mismo: los malos se confunden tanto con los buenos que, al final, todos vamos a resultar siendo lo mismo. Mi abuela, lamentablemente, se murió creyendo que Fujimori era todo un estadista. Yo, antes de morirme, espero verlo en prisión y, así, resarcir a la Mamá Julia.

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Publicado hoy en el diario El Pueblo (29/11/2007)

2007/11/24

El Perú no sabe de revanchas (*)


El fútbol siempre da revanchas”, reza el refranero popular del deporte rey. Pero, cuando éstas se presentan en bandeja, el Perú nunca sabe aprovecharlas, pues no estamos hechos para ganar ni para darnos el gusto de saldar viejas deudas. Sólo sabemos sacar adelante partidos por azar o gitanería. ¿Es un error de fábrica, genético, o, acaso, el masoquismo es el único deporte que practicamos con un éxito masificador? No lo sé. Nuestro traje deportivo se disfraza de rojiblanco pero, en el fondo, siempre tendrá un tono sombrío: el de la cerviz gacha con un eco que resuena lamentándose. “Es nuestra realidad, el fútbol peruano es mediocre”, para salir del paso y justificar lo injustificable, porque todos sabemos que hasta los mediocres tienen lo que no tuvo el equipo de todos: vergüenza deportiva.
Un Ecuador decadente y vapuleado, que estaba a un paso de recibir el tiro de gracia, resucitó como Lázaro porque se encontró con el rival perfecto, el más chato y accesible, el que todos quieren enfrentar: EL PERÚ. Nuestro seleccionado tuvo en Quito una tarde tan impresentable y bochornosa como lo es ese dirigente caradura que se aferra a la presidencia de una Federación que para encontrar el rumbo lo necesita lejos, lejísimos, en otra galaxia.
Ecuador ratificó, una vez más, su paternidad sobre nuestra selección y la sonrisa cínica de Del Solar luego de los últimos goles del rival me resulta insoportable, o cuando menos amonestable. Sonreír al ver nuestra valla vencida es, en primer lugar, una falta de respeto a él mismo, a su cargo de entrenador, a sus pupilos y, por último, a todos los aficionados peruanos; porque una derrota duele, pero un 5 a 1 mata, aplasta.
La campaña rumbo a Sudáfrica no sólo es fallida y mediocre sino que, a su lado, las de Oblitas, Maturana y Autuori son la gloria, el clímax. No creo que sea apresurado pedir que el Chemo se vaya a su casa. Él eligió quemarse, Burga fue su verdugo (en realidad, fue el verdugo de todos, porque ese equipo sin alma es de todos, por eso esta pena sin fondo).
Sé que Burga no entiende, se aferra a la estupidez recalcitrante y a la necedad maratónica; pero estoy seguro de que Chemo sí tiene dignidad, además todos reconocemos que Del Solar sí es un ganador. Al chaval habrá que decírselo de la manera que más le gusta: ¡Hombre, o te vas o te vas! ¿Vale?

(*) Publicado en el diario El Pueblo
Imagen: Manuel Burga (fuente El Comercio)


2007/11/11

EL DEVENIR ESTÁ EN LAS IDEAS QUE NOS AYUDAN A SALIR DE NUESTRAS JAULAS


Empiezo rescatando una frase que se la adjudican –o se la estoy adjudicando yo– al escritor uruguayo Mario Levrero, quien es uno de los denominados 'raros' de la narrativa latinoamericana:

"No me gustan las ideas,

son como una jaula ".

Creo que a nadie de nosotros le gusta(ría) estar enjaulado literal, intelectual, cultural o ideológicamente… pero, a su vez, no es necesario ser muy agudos para percatarnos de que la sentencia de Levrero es, en sí misma, también una idea –como muchas de las que impelen la mayoría de nuestros actos–; así que, cuidado, no hay que hacer nuestro su disgusto por las ideas, ni tomarlo a pie juntillas, porque podríamos quedarnos aprisionados para siempre, como los inquietos canarios que solía criar mi abuelo en una minúscula jaula enclavada en una de las paredes de su patio. Además, la buena literatura no cierra puertas, más bien, las abre, las construye (a veces sin proponérselo)…

Entiendo que las ideas o experiencias que nos educan –las que valen la pena de ser retransmitidas– son las que encontramos en aquellas lecturas que nos liberan y hacen de nosotros, otros, y en donde todos los otros, pese a su lejanía y excentricidad, caben en nosotros. Todos, como Simone de Beauvoir, somos conscientes de que no se vive más que una sola vida, pero a veces –por simpatía, desdén, amor, espanto, curiosidad, asco, atracción, odio o una mera necesidad vital– es posible salir de la propia piel y adentrarnos en La vida de los otros, como Gerd Wiesler, aquel capitán informante de la República democrática alemana que practicaba el 'chuponeo' para espiar, día a día, la vida de sus compatriotas sin saber que, por azar o destino, su vil oficio lo iba a llevar a una inevitable introspección que, antes que redimirlo, lo iba a ser merecedor de una Sonata para un hombre bueno.

Pensar que una sonata, una película o una novela pueden redimir a los rufianes y corregir a los pobres diablos es, sin duda, pretender darle alguna utilidad al arte. Paul Auster al recibir el premio Príncipe de Asturias se cuestionaba al respecto, y él mismo intentaba proyectar una respuesta: "¿Qué sentido tiene el arte, y en particular el arte de narrar, en lo que llamamos mundo real? Ninguno que se me ocurra; al menos desde el punto de vista práctico. (…) Un libro nunca ha impedido que la bala penetre en el cuerpo de la víctima. Un libro nunca ha evitado que una bomba caiga sobre civiles inocentes en el fragor de una guerra. Hay quien cree que una apreciación entusiasta del arte puede hacernos realmente mejores: más justos, más decentes, más sensibles, más comprensivos. Y quizá sea cierto; en algunos casos, raros y aislados. Pero no olvidemos que Hitler empezó siendo artista. Los tiranos y dictadores leen novelas. Los asesinos leen literatura en la cárcel. ¿Y quién puede decir que no disfrutan de los libros tanto como el que más? ".

Quizá Paul Auster acierta y lo único que nos queda, a los que quisiéramos contradecirlo, es agachar la cabeza y reconocer que la literatura no puede cambiar al mundo y que cada día que pasa el compromiso sartreano se empolva un poco más en la galería de grandes recuerdos del siglo XX. Y es cierto, también, que La Náusea no sirve de nada ante un niño que se muere de hambre; pero me parece que aún sirve para abrir jaulas e invitarnos a agitar las alas, que no es otra cosa que desmontar los moldes más rígidos de nuestro pensamiento para que éste se estire en todas la direcciones como le sea posible.

Ahora, voy a intentar entregarles algo así como un collage de ideas; no mías, por supuesto, sino de otros veneros: voces más autorizadas que la de este desechable escribidor. Ideas que he recogido gracias a esa poderosa y vasta herramienta de intercambio de información en que se ha convertido la bitácora o blog literario. Los blogs, hoy en día, nos están ayudando a salir de nuestras jaulas locales y ser cosmopolitas de una manera simbólica explorando todo (o, al menos, casi todo) lo que pasa en Lima o Trujillo, en Estados Unidos o en Inglaterra, en Madrid o en Barcelona, porque en Internet, por suerte, no hay (todavía) pasaportes, salvoconductos ni mucho menos visas negadas. ¿Qué nos separa hoy, a los escritores arequipeños, de los narradores y poetas de Buenos Aires, La Paz o Bogotá? Un simple clic: eso es todo… o sea, nada. Ojo, que no intento decir que si no apareces en el google no eres nadie, sino que el google y cualquier otro buscador de información son manantiales que nunca terminan de crecer y que por eso mismo, si sabemos empaparnos en ellos, nos pueden llevar a donde queramos.

Y si queremos hablar de el devenir de la literatura peruana entonces debemos resaltar con mayor razón la relevancia y el papel protagónico que tiene en la actualidad Internet en la difusión de la producción literaria local, nacional e internacional. Un portal mexicano de bitácoras literarias llamado Blogueratura lo explica de una manera más didáctica y sencilla: " Una generación se leerá en boceto, antes de la obra". Y el boceto, antes de convertirse en obra, navegará o naufragará en Internet.

Ahora, sería interesante empezar citando a un escritor que es peruano sin haber nacido en nuestro país. Hablo de Mario Bellatín, a quien descubrí gracias a Salón de Belleza, una extraña novela corta que está impregnada de ese deliberado intento de romper las marcas nacionales. Pues, cuando uno se introduce en la historia de ese negocio descubre que, detrás de él, hay galpón que resulta siendo un moridero de portadores del virus del sida (claro que el narrador siempre evita llamar por su nombre a la enfermedad que poco a poco acaba con la vida de los travestis que llegan al Salón de Belleza, pero, como es obvio, uno presume que se trata del Sida y no de una gripe asiática o una Enfermedad Africana, título del libro de Jimmy Britto), y de igual manera uno presupone que la historia está ambientada en Lima, aunque también podría estarlo en México DF, Arequipa o incluso en Santiago de Chile: la narrativa de Bellatín es ubicua, rechaza cualquier frontera, y a la vez las atraviesa todas. Es por eso que, en una entrevista que le realizaron en Argentina, su interlocutor le dice que él es un raro dentro de una tradición como la mexicana que le rinde culto a los caudillos literarios y la identidad nacional. A lo que Bellatín responde:

"Uff, cierto. ¡Y la [tradición] peruana es aun peor...! Yo empecé a escribir en el Perú, que es donde me formé como lector y autor. En el Perú escribes a lo Arguedas o a lo Vargas Llosa. Eres autor urbano, costeño o andino, la pregunta por el ¿qué-viene-a-decir-tu-obra? es inmediata y espontánea. En Perú los lectores y la crítica, el medio en sí, son muy binarios ".

Si queremos entender el devenir de la narrativa actual no podemos ser de ninguna manera binarios, pues caeríamos en el error de Santiago Roncagliolo, quien, luego de alcanzar el Premio Alfaguara de Novela en el año 2006, se ha convertido en uno de los escritores nacionales más mediáticos (La cuarta espada su último libro, ya levantó harto polvo). Él, hace poco, con motivo de la vigésimo quinta edición de la Feria LIBER de Barcelona, en donde el invitado de honor fue el Perú, publicó en el diario El País de Madrid un artículo titulado: "El Perú se está mudando". En ese texto, el autor de Abril rojo va más a allá de una infeliz dicotomía y llega al exabrupto de inventar dos buques insignia que, según él, no dejaron de bombardearse mutuamente: hablamos del duelo entre Mario Vargas Llosa y José María Arguedas. El enfrentamiento entre ambos, concluye Roncaglilo, tuvo un claro ganador. Y uno se pregunta: ¿se habrá dado por enterado el autor de La casa Verde de este combate en donde él resultó siendo el ganador? ¿O es que acaso a Roncagliolo le gusta tanto el pogo que, después de tanto empujón, ha confundido a la literatura con ese peculiar baile y ahora cree que escribir consiste en saltar para que a uno lo vean y chocarse unos contra otros buscando un rival a quien bombardear y superar?

A los pocos días, en el blog del crítico Gustavo Faverón, apareció una respuesta del escritor arequipeño Fernando Rivera Díaz. El título es más que elocuente: "La flota inexistente o las ideologías navales de la literatura". En donde Rivera deja en claro que si bien es cierto que tanto Arguedas como Vargas Llosa son referentes indiscutibles de la narrativa peruana, no se puede de ninguna manera inventar alguna confrontación entre ambos, mucho menos si se ha leído la La Utopía arcaica, ensayo en el que Vargas Llosa hace un minucioso repaso de una relación que él mismo llega a llamar entrañable.

Una visión más sensata –y por ende más certera– acerca de la literatura peruana última nos la alcanza el escritor Iván Thays, quien anuncia que la naturaleza actual de la literatura peruana es la dispersión, por no decir, el saludable caos. ¿Ejemplos? Los encontramos en esta mesa. Febrero Lujuria, señala el sociólogo José Luis Ramos Salinas, es una novela que "nos permite sumergirnos en la ciudad de Lago Grande, que es Puno y no lo es al mismo tiempo". Por su parte, Miguel Ildefonso opina que el Cromosoma Z que posee Jennifer Thorndike le ha valido para escribir un libro de relaciones lésbicas que contiene diez relatos urbanos, tan cercanos y tan actuales que pareciera que podemos tocar a sus personajes. Otro ejemplo lo da Jimmy Britto que cuando habla de Israel no se refiere a ese estado asiático sino a un pueblo joven arequipeño. Y, si me lo permiten, URGENTE: Necesito un retazo de felicidad que no es el título de mi primer libro sino el improbable aviso clasificado que deja estupefacto a su también improbable lector. cuatro autores y cuatro obras que ratifican la visión de Thays: muchas voces, muchos estilos, muchos temas.

La pluralidad imperante nos permite acceder a todas las historias que hay detrás de una fiesta descomunal y excelsa como la de la Virgen de la Candelaria de Puno (donde, paradójicamente, Mefisto parece ser el agasajado); pero la pluralidad también nos hace cómplices del diálogo de dos mujeres que han entablado una relación por Internet y que llegan a conocerse, una de ellas es de México, es por eso que confunde arrocharse con arrecharse, cuando, en realidad, es mejor arrecharse sin necesidad de arrocharse.

La narrativa peruana, en conclusión, tendrá salud y variedad, en la medida que sepamos que nuestro primer compromiso es con nosotros mismos. ¿Por qué escribimos? Pues, porque no hay otra salida, escribir o escribir, no se puede hacer otra cosa: así de simple.

Finalmente, entiendo el devenir de nuestra literatura tal y como también entiendo mi oficio de escritor; es decir, como un proceso o cambio incombustible que, por su propia naturaleza, resulta siempre abierto e inacabado: el devenir es un vaso sin fondo al que por más que le eches toda el agua del mundo nunca terminarás de llenar o acabar. El mejor libro será siempre el que estamos escribiendo, como dice Vargas Llosa, y son nuestros proyectos futuros los que albergan lo que mañana llegará a la imprenta. El devenir no es más que un perenne 't-o-d-a-v-í-a' que, desde luego, no es estático sino dinámico. Esto me hace recordar al periodista marplatense Jorge Lanata, célebre por fumar en televisión mientras entrevista a sus invitados. Él una vez quiso saber si uno de sus entrevistados era homosexual y le formuló la pregunta que para algunos sigue siendo políticamente incorrecta pero, eso sí, utilizando la palabra correcta… Fue la misma pregunta que me hicieron los primeros lectores de Todo comenzó en la universidad, mi primera historia, en donde me valgo de un arequipeño sodomita para burlarme del arequipeñismo menguante. Algunos de ellos, amigos cercanos o compañeros universitarios, sólo eran capaces de preguntarme si lo que escribí era cierto, si acaso me había pasado a mí o a alguien que yo conocía; pero los más curiosos –"la curiosidad tiene, de hecho, una dimensión moral", ha dicho Amos Oz– y arriesgados se me acercaban y, sin mayor preámbulo, disparaban el "¿Eres gay?" Mi respuesta era mala, un no rotundo. En cambio, la respuesta que le dieron a Lanata en esa entrevista televisiva fue insuperable, abierta, decidida pero sin énfasis. ¿Eres gay? "Todavía no". Creo que todos los que nos dedicamos a este inútil oficio de contar historias deberíamos responder de la misma manera. ¿Eres escritor? Todavía no.

Orlando Mazeyra
Arequipa, 29 de octubre de 2007.
(Texto leído en el Primer Festival del Libro AREQUIPA 2007)
http://www.letras.s5.com/omg081107.html

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Imagen: Mario Levrero (fuente www.dissidences.org )

2007/11/08

2007/10/28

En el Festival del libro AREQUIPA 2007


LUNES 29 DE OCTUBRE
17:00 hrs. (5:oo p.m.)

Mesa redonda
"Devenir de la narrativa reciente: ¿Tradición o ruptura?"

Lugar: Sala Mariano Melgar del Complejo Cultural Cháves de la Rosa
Calle San Agustín

Participan los jóvenes escritores Orlando Mazeyra, Christian Reynoso, Jimmy Brito y Jennifer Thorndike.

Orlando Mazeyra (Arequipa,1980). Ha publicado el libro de relatos URGENTE: NECESITO UN RETAZO DE FELICIDAD (Bizarro Ediciones).

Christian Reynoso (Puno,1978). Autor de la novela FEBRERO LUJURIA (Matalamanga, 2007).

Jimmy Britto (Pimentel, 1980). Acaba de publicar su libro de relatos ENFERMEDAD AFRICANA (Grita ediciones).

Jennifer Thorndike (Lima, 1983). Autora del libro de cuentos homoeróticos CROMOSOMA Z.

2007/10/26

¿PERUANO, YO? AREQUIPEÑO TAMPOCO


ENSAYANDO MI IDENTIDAD (*):
¿PERUANO, YO? AREQUIPEÑO TAMPOCO…



"Siento las peculiaridades de mi tierra, pero también amo con versátil ingenuidad las de cualquier otra. Y, desde luego, detesto a los patriotas de oficio y beneficio, a los maniáticos unilaterales, a los profesionales de la glorificación de lo “de casa”, a los que se pavonean ostentando un vino del terruño o el nombre célebre de uno de sus conciudadanos como si se tratara de una medalla ganada por virtud propia. Sólo quien nada vale por sí mismo puede creer que hay mérito en haber nacido en determinado lugar o bajo determinada bandera".


FERNANDO SAVATER, Contra las patrias


1


Sí, es cierto. No puedo negarlo, ¿para qué? Yo he defendido la peruanidad del pisco hasta ese delirio quijotesco que alguna vez me llevó a enfilar toda mi artillería verbal contra esos inmensos molinos de viento que creí ver, allá, más al sur de Tacna, donde la patria cambia de nombre: recuerdo que agoté más de una semana redactando un piélago de cartas, dirigidas a cada uno de los directores y editores de los diarios chilenos, en donde los conminaba a aceptar públicamente y a primera página la peruanidad de nuestra bebida bandera. Eso no es todo: sólo la punta del iceberg. En más de una oportunidad, he sacado pecho al ver, en la zona VIP de los estantes librescos, el último libro de Vargas Llosa. “Es arequipeño”, he pensado rezumando un inocultable orgullo. “Será todo lo arequipeño que tú quieras, pero no es peruano, ahora es español”, me han aclarado muchas veces algunos compatriotas con un tono no exento de esa ojeriza que busca despojarme de un tirón de la cercanía que siento hacia mi paisano y a hacia su prolífica obra. Por suerte, en la literatura –y en cualquier arte en general– los pasaportes no existen. Más bien, la primera se sirve de los segundos para destruirlos (en un terreno simbólico, por supuesto, he ahí su riqueza): yo –prejuicios de lado– me he sentido completamente chileno recitando a Neruda o viendo la primera película de Alberto Fuguet; y cada vez que repaso algún video de Maradona –sí, el de Fiorito también es un artista de excepción en su rubro– me siento más argentino que el propio Cortázar. Y aclaro de una vez que leyendo a Vargas Llosa, antes que arequipeño, me he sentido limeño, piurano o selvático. Valdelomar y El Caballero Carmelo develaron mi más singular y entrañable lado iqueño; y desde que conozco el País de Jauja de Rivera Martínez ya soy jaujino hasta mi muerte… eso sí, mejor obviar La Palabra del Mudo, para no hablar de Ribeyro, porque el flaco me enseñó a ser dolorosamente peruano. Siempre me pareció que Ribeyro, en más de uno de sus cuentos, nos tiñe de rojo y blanco y nos estampa el escudo nacional en el alma, pues él transforma al país en personajes, se sirve del peruano de a pie para corporizar a la peruanidad, individualiza puntillosamente lo que somos, lo gregario, lo que arrastramos ancestralmente. ¿Se le puede agradecer a alguien por hacernos sentir peruanos en sus aspectos más sórdidamente crudos y por, además, ponernos cara a cara con lo que preferiríamos no ver? Sí, eso lo supo Freud y lo sabe aquel alcohólico que empieza por aceptar que tiene un problema. Por tanto, lo incorrecto y, desde luego, poco saludable, sería disociar la palabra “fracaso” del carácter nato del peruano; de hacerlo, estaríamos, también, escamoteando algo largamente explorado por Zavalita (partiendo, primero, de un arriesgado intento por conocer el drama nacional para, después, entender nuestra historia privada en un reducto netamente local). La eterna búsqueda, como arequipeños o peruanos, de respuestas que en vez de zanjar debates nos lancen hacia ellos: En qué momento nos jodimos (o nos jodieron), pero también quién nos jode o a quién jodemos. “En este país el que no se jode, jode a los demás”, afirma Santiago Zavala en Conversación en La Catedral, y el provinciano relegado e inconforme que todos los arequipeños llevamos agazapado por dentro, lo acepta con un relente de rabia: Lima es la única ciudad que no se jode y, para no joderse, jode a las demás. Nos sentimos pues, segundones, ciudadanos de tercera fila, desplazados por el omnímodo poder limeño. Olvidados por un presidente de (y para) los limeños y por un sistema que hace de Lima la engreída y de Arequipa la eterna postergada. Pero nos olvidamos de que en Caravelí, por ejemplo, eso piensan de nosotros: la Arequipa del Misti y del Mirador de Yanahuara es la ciudad que se sirve de todo el poder de la región, el ogro (para nada filantrópico, ¡bueno fuera!) que todo lo devora y absorbe. Ese evidente centralismo que se da a diario en el plano regional, a los arequipeños de verdad poco les importa porque son los primeros beneficiados, y porque entendemos que la verdadera Arequipa es ésta, la chiquita, la única posible: la del Club Arequipa (o cuando menos el Club Internacional), la del Fórum y la “Tradi” o Arancota, la del Tuturutu, el adobo caymeño y los estáticos toros dorados de la Avenida Del Ejército… Si vamos más allá y nos alejamos lentamente de la Plaza de Armas –producto de un arbitrario proceso de desmembramiento donde el prejuicio y la tontería hacen sus delicias en nuestro psiquis colectivo– el arequipeñismo se va perdiendo. Mientras más uno se aleje de las cuidadas fachadas de la zona residencial de Cayma o de la tranquilidad de Vallecito o Umacollo va perdiendo identidad… si vas para el Cono Norte no vas a encontrar arequipeños de verdad. Ellos son otra historia, los que sólo nos visitan en las manifestaciones y paralizaciones; y ni qué decir de Mollendo, Camaná o Mejía que únicamente nos importan cuando la canícula del verano nos invita a la costa. Para nadie es un secreto que ni camanejos ni mollendinos se sienten arequipeños, cosa que, acá, algunos repudian (de la boca para afuera), pero que no pocos saborean en el fuero íntimo:
–Yo no soy arequipeño, ¡soy mollendino! –Aclaró enfáticamente en alguna oportunidad Juan Carlos Oblitas, hijo ilustre del Puerto Bravo, quien como futbolista, entrenador, comentarista y articulista deportivo ha demostrado que es todo menos un ignorante. Pido, pues, que la sentencia restalle en el lector.
Quizá pude obviar la parrafada inicial. Un hatajo de confesiones innecesarias acompañadas de citas, afirmaciones manidas y hasta aburridas si no se las mira desde el contexto de este intento por querer entender o definir algo tan insondable y pervasivo como la identidad del arequipeño a partir de lo que tengo más a la mano: mi propia coyuntura. Y yo soy sobre todo mi entorno, mis experiencias más intensas y mis lecturas más recurrentes; soy lo que veo, siento y percibo. Entremezclando confesiones, evocaciones y posturas sólo pretendo correr el riesgo de ensayar mi propia identidad, que no es otra cosa que servirme de las licencias que me da el ensayo para desarrollar mis ideas sin necesidad de mostrar el aparato erudito. Y este seguramente fallido esbozo de mi identidad será otro pretexto más para ensayarme a mí mismo. Entiendo, como Fernando Savater, que la principal industria del hombre es inventarse y darse forma a sí mismo. El ensayo es un género literario flexible que escapa, como yo, a la rigidez de esas reglas que agobian al escribidor como los corsés a la fémina que busca reducir su cintura y de paso exagerar las curvas naturales de su fisonomía. Si mientras ensayo también narro, espero que no sea en desmedro del mensaje sino, más bien, para robustecer el hilo conductor que me ayudará a salir de mi enrevesado laberinto identitario. ¿Salir para qué? ¿Para salvarme? No lo sé. A veces salir es fracasar, volver a entrar.
Se ha dicho de Sartre de que narra cuando filosofa y filosofa cuando narra. Yo no sé hasta ahora si se lo censura o elogia con tal afirmación. Eso sí, el suyo me parece un método espontáneo. Pero lamentablemente yo no soy Sartre y disto mucho de serlo. Apenas intento ser alguien que quiere asir, aunque sea de manera infinitesimal, una ración de esa locura que, de entre todos los hombres, lo hizo un individuo distinto: “Lo que me gusta de mi locura es que me ha protegido, desde el primer día, contra las seducciones de la élite; nunca he creído ser el feliz propietario de un ‘talento’; lo único que se trataba era de salvarme —nada en las manos, nada en los bolsillos— por el trabajo y la fe. Como consecuencia, mi pura opción no me elevaba por encima de nadie: sin equipo, sin herramientas, me he metido entero en la tarea para salvarme entero. Si coloco a la imposible Salvación en el almacén de los accesorios, ¿qué queda? Todo un hombre, hecho de todos los hombres y que vale lo que todos y lo que cualquiera de ellos”. Acá tienen a un hombre que no se siente arequipeño, que se sabe arequipeño. Igualmente: no soy peruano, me sé peruano. No tengo nada en las manos ni nada en los bolsillos, sólo ideas en la mente y escarceos en el alma; estoy hecho de todos los hombres y valgo lo que todos y lo que cualquiera de ellos. Soy el vendedor de cremoladas de la puerta de mi colegio que me enseñó en cifrado el valor de la generosidad y de la buena memoria; el sillar de los portales de la Plaza de Armas me remite a un pasado histórico que me es tan inaccesible como las entrañas del Misti; el Chili, para mí, no es un río: es un mounstro que me inspiró recurrentes temores en mi infancia desde la vez que inundó la avenida de La Marina; y los faroles rojos de la avenida Jesús me enseñaron los atroces encantos de la (mala) noche y de la (buena) carne… en “la Dolores” he subsanado algunos dolores pero he sido presa de muchos otros. Soy el primer cigarro Premier que agoté con mareos y espasmos en alguna aula vacía de mi Universidad; mi primera borrachera fue en Procuradores (Cusco); vi armar el primer porro que consumí en La Punta (Camaná); y grité el primer gol de mi vida en las viejas graderías de la tribuna sur del Estadio Melgar. Santiago Roncagliolo acierta cuando dice que “crecer es un oficio triste”. Las ‘primeras veces’ existenciales son sólo hitos –tan importantes y determinantes en nuestro carácter como el primer libro, la primera película, la primera canción de la acusan recibo los sentimientos– que revelan un aprendizaje inagotable: se dio, se está dando y se dará en el quehacer diario. En esencia: estoy hecho por arequipeños y por lo arequipeño, pero también por los otros: por mi vecindario repleto de limeños que me hicieron sentir forastero estando en casa, por el director español con cara de camarón que llegó a mi colegio, por la revista deportiva argentina que consumí semanalmente hasta dejar la infancia. Para auscultar mi identidad tengo que tomar distancia, pero sin alejarme. Una contradicción de la que están hechos los espíritus libérrimos.


2


Ellos, los otros, decían “Cujco” en vez de “Cusco” cuando se referían al ombligo del mundo. Alguna vez, cuando su caudal se hacía insignificante, reté a uno de ellos a lanzarse al río Chili. Y la proposición no le causó “asco” sino “ajco”. Crecí en una villa militar al pie de las bases del puente Bolívar, rodeado de limeños que casi nunca podían pronunciar la letra ‘ll’ y la transformaban en ‘y’: las llaves eran yaves y las botellas boteyas. No sólo no sabían hablar sino que lo hacían en un tono insoportablemente ajeno, distinto (dicen que nosotros los hacemos “cantando”):
–¿Por qué ellos hablan así, mamá? –le preguntó a mi madre el niño que alguna vez yo fui.
–¿Cómo “así”? ¿A qué te refieres?
–A que hablan así, pues, medio raro, ¡como maricones! –A puro prejuicio eché a andar aquella definición que luego ratifiqué con placer, en mi adolescencia, cuando el narrador de La Casa Verde cuenta que Don Anselmo, el forastero recién llegado al pueblo y del que nadie sabía de dónde venía y hasta cuándo se quedaría, “no tenía el habla amanerada de los limeños”. Quizá fue la primera vez que Vargas Llosa me fue tan cercano, seguramente porque él también creció rodeado de niños que hablaban distinto.
Cuando uno descubre al distinto, al foráneo, lo siente como un intruso. Y, para combatirlo, reforzar la identidad de lo de casa es, creo, una respuesta mecánica, inmediata. Mi arequipeñismo se hizo más fuerte por la presencia de los limeños. A ellos, la ciudad no les gustaba, les parecía muy chica: “Lima es cien veces más grande”, afirmaban con un desdén que les daba licencia para la exageración.
–¿Cómo es el himno de Lima? ¿Lo sabes? –indagaba yo presuroso para acallarlos.
Su silencio implicaba mi victoria. Punto para Arequipa. El júbilo era momentáneo, porque seguramente mañana habría otro duelo, así que no se podía pestañear.
Todavía era muy niño, no podía percatarme de que a esa edad el mundo se acaba donde el barrio cambia de nombre. Y es el vecindario el que te nutre y te define. Mi Arequipa –la idea que tuve de ella– en realidad nunca existió o ya se desplomó. Arequipa es la que no vi, la que me contaron los abuelos: la del tranvía, la de los montoneros y las revoluciones, las barricadas y el lenguaje loncco, los yaravíes y los auténticos pasteles de la “Cagalucha”. Por falta de una transferencia cultural solvente hoy somos un eco desafinado de Lima y del espíritu alienizante de la globalización entendida de la peor manera: para competir con Lima hay que ser como ella… y hablar como hablan allá. He oído con horror a amigos de toda la vida, indiscutiblemente arequipeños, empezar a decir que se iban de vacaciones al ¡Cujco!
El proceso de transformación (deformación) que ha sufrido Lima se está dando desde hace mucho tiempo en nuestra ciudad y ha afectado –lesionado, resquebrajado– los cimientos de nuestra identidad que creíamos más sólidos. La pobreza de las zonas altoandinas ha desencadenado un inatajable mecanismo migratorio que, como todos los mecanismos, no tiene conciencia ni misericordia. Y lo que no tiene conciencia ni misericordia aplasta, como un huayco, a todo que ve a su paso: las culturas puneña y cuzqueña han devastado a la arequipeña, pero no por méritos propios –que de hecho los tienen– sino por la inexistencia de un artefacto que sostenga y proteja la nuestra. La cultura mistiana se está viendo tironeada por culturas ajenas de una manera tal que no es descabellado pensar que dentro de unos cuantos años la fiesta de la Virgen de la Candelaria, antes de festejarse a orillas del Titicaca, se celebre al pie del Misti. El gran problema es que reaccionamos como reaccionan los niños: con ataques, con ofensas y despropósitos, sacamos lo más primitivo hasta llegar al adjetivo subido de color. Cuando lo que corresponde es adquirir un espíritu unificador, entender que lo ideal es estar abiertos a lo que no somos para enriquecer lo que ya somos. Pero, ¿qué somos? Hemos dejado de ser muchas cosas, nadie puede tapar el sol con un dedo. Insisto: ¿qué somos? Somos un regionalismo de papel, somos una ciudad que, ahora, no se sabe si segunda, tercera o cuarta. Lo que corresponde es empezar a ensayar nuestra identidad de la mejor manera posible: ir al rescate de la cultura. A algunos, como yo, les corresponderá ensayar la identidad con palabras: narrar a Arequipa, hacerla una República Literaria (como lo que hizo Vargas Llosa con Lima y Rivera Martínez con Jauja). Y a través de la palabra enriquecer nuestro acervo. A otros, les tocará poner en marcha proyectos culturales para definirnos, o mejor dicho, para redefinirnos escrupulosamente.
La convocatoria es masiva, nadie está excluido pues lo que se busca es la aquiescencia general, el vasto consenso colectivo. Somos pues, diversidad y variedad. No olvidemos que la cultura es el conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico e industrial que se dan en nuestra ciudad y en toda la región. Las manifestaciones mediante las cuales se expresa la vida tradicional del pueblo arequipeño están –ahora, en los albores del s. XXI– hechas no sólo por arequipeños. Si me apuran: Día del Yaraví Arequipeño, Primera Feria Internacional del Libro, Plan Lector Regional, Festival Gastronómico de la Cultura Puneña en Arequipa, etcétera. Lanzar propuestas con una Tormenta de Ideas es sencillo, lo complicado es ejecutar los proyectos y darles el proteccionismo pertinente.


A manera de epílogo edificante para abrir la mente y, al final, el corazón…


Para reinventar y redefinir nuestra identidad, a nivel local o nacional, es requisito fundamental pensar al otro, ponernos en los zapatos del distinto (o del que creemos distinto), eso implica dejar de lado chauvinismos, regionalismos y cualquier tipo de sectarismo o xenofobia (y lo digo yo que alguna vez prometí no pisar jamás tierras chilenas). No hay mejor testimonio al respecto que el del escritor judío Amos Oz, quien nació en Jerusalén el año en que estalló la 2da. guerra mundial. Él cuenta que creció en la Jerusalén de los años cuarenta como un niño muy nacionalista, incluso chauvinista, y se prometió nunca poner pie en suelo alemán. Lo único a lo que no se sintió capaz de renunciar fue a los libros alemanes: “Si hacía boicot a los libros, me decía a mí mismo, me parecería un poco a ellos”. Él agrega algo imperdible:
“Al principio, me limitaba a leer la literatura alemana de preguerra y a los autores que se habían opuesto al nazismo. Más tarde, empecé a leer en hebreo las obras de la generación de novelistas y poetas alemanes de posguerra. Me permitían imaginarme en su lugar. Mejor dicho: me seducían para que me imaginase en su lugar, durante los años oscuros, en los años anteriores y en los posteriores. Después de leer a esos autores y a otros, ya no pude limitarme a seguir odiando todo lo alemán del pasado, el presente y el futuro. En mi opinión, imaginar al otro es un potente antídoto contra el fanatismo y el odio. Creo que los libros que nos hacen imaginar al otro pueden hacernos más inmunes contra las estratagemas del mal, el Mefisto del corazón. Así fue como Günter Grass y Heinrich Bóll, Ingeborg Bachmann y Uwe Johnson y, en particular, mi querido amigo Siegfried Lenz, me abrieron la puerta a Alemania. Ellos, junto con una serie de amigos alemanes muy queridos, me obligaron a romper mis tabúes y abrir la mente y, al final, el corazón. Volvieron a mostrarme los poderes curativos de la literatura. Imaginar al otro no es una mera herramienta estética. Es además, a mi juicio, un imperativo moral fundamental. Y, sobre todo, imaginar al otro es un placer humano profundo y muy sutil”.
Imaginando al otro (chileno, puneño o limeño) y, además, coexistiendo en armonía con él, encontraremos, de a pocos, la sana cohesión y enriquecedora convergencia de todas las culturas que hoy hacen la nuestra. Ellos y nosotros, lo nuestro y lo de ellos, anidados en un único intento: la cultura. Patrimonio de todos.

(*) Este ensayo ocupó el Tercer Lugar en el Primer Concurso Literario de Cuento y Ensayo Breve 2007 organizado por la Alianza Francesa de Arequipa y el Semanario de Política y Cultura “El Búho”.

2007/10/25

La alegría es todo... menos peruana


En la edición 1999 de Caretas aparece recortado mi comentario con respecto al debut peruano en la eliminatorias sudamericanas Sudáfrica 2010.

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¿Se acuerdan de Pacho Maturana? Sí, ese colombiano que tenía un sueño. Bueno, cuando el Pacho nos dirigió goleamos a Paraguay y le empatamos a Chile (4 puntos y 5 goles). ¿Y se acuerdan de Paulo Autuori? Con el brasilero a estas alturas ya teníamos 3 puntos (5 goles).
Seguramente hoy Burga tiene motivos para sonreír: nos hizo cholitos legitimando una dictadura malhadada y quemando a Chemo Del Solar: cero puntos y cero goles en 180 minutos y un poquito más.
Parece, pues, que otra vez nos quedamos sin mundial y lo peor de todo es que teniendo delanteros de talla internacional (Pizarro, Guerrero, Farfán) acusamos una llamativa sequía de goles que nos va a perseguir durante toda la eliminatoria. ¡No seamos tan pesimistas, esto recién empieza!, dirá algún periodista deportivo que quiere vender sebo de culebra. No señores: el pesimista es un optimista bien informado. Duele perder así con Chile, y duele aún más saber que SÍ SE PUEDE pero que NO SE QUIERE.
La alegría no es sólo brasilera, dijo alguna vez Charly García. No se equivocó, porque la alegría también es argentina, paraguaya, uruguaya y hasta ecuatoriana. La alegría es todo, menos peruana.
Esta vez no tuvimos ni tiempo para ilusionarnos como en otras ocasiones. ¡Arriba Perú! ¡Abajo la selección!

2007/10/09

AUNQUE LE SUENE A CUENTO


París, invierno del 2000.

Señor Editor,

Aunque le suene a cuento, y a riesgo de quedar en soberano ridículo, tengo algo muy mío que testimoniarle. Empiezo, pues, de buen talante y en este mismo instante: es una extravagancia personalísima y no podría explicársela con mucha claridad, pero haré el intento. Desde que empecé a garabatear mi primer manuscrito, he tenido la extraña costumbre de cambiar de nombre devotamente. Así –y como quien nunca deja de mudarse de antifaz– he procurado poner mi verdadero nombre a buen recaudo. Todas mis elucubraciones han sido publicadas bajo un piélago de seudónimos trashumantes con los que podría levantar una torre del tamaño de la que todos visitan por acá. ¿El motivo? No sé si es miedo a los reflectores… llámelo pudibundez o, si gusta, estupidez, pero lo que le digo no es cuento: es la verdad de la milanesa. Además, a mi parecer (y espero que en esto usted me lleve el apunte), lo importante es el texto y no el autor.
Mire: por cada seudónimo nuevo, intento ser –como es obvio– otra persona (el personaje central de mi ficción de turno, para ser más específico); y, por lo tanto, llego incluso a ejecutar disfuerzos que en ocasiones me resultan atroces: vestirme distinto, cambiar radicalmente de hábitos, inventar nuevas manías, frecuentar bares inéditos, y hasta llego al extremo de crearme una nueva cuenta de correo electrónico en la primera cabina pública de internet que encuentre a mi paso (la cuenta de ahora, desde la cual le remito esta inusual epístola, es una más de tantas… Toda esta descomunal locura ojalá me sirva de algo: espero, algún día no muy lejano, empezar a escribir una novela al respecto… novela, lo sabemos ambos, que nadie querrá publicar, pero que por ese mismo motivo quiero escribir… y talvez esta carta ya sea una primera tentativa).
Soy, para bien o para mal (creo que más para mal), muy pertinaz, y por eso he dedicado toda una vida a este disparate de ocultar bajo muchas llaves mi verdadera identidad (que, trémula y beata, se oculta detrás de cada llave: todas ellas, a su manera, abren los cerrojos de puertas dispares que convergen en una misma plazoleta vivencial; ésa que, como en el caso del célebre Charles Foster Kane, cobija a mi
Rosebud personal). Pero a pesar de este inconveniente que puede resultarle ilusorio, tengo un pelotón de cuentos y, también un manojo de poemas regados en importantes revistas literarias, en reputadas páginas electrónicas, e incluso en algunas antologías poco exigentes en cuanto a mi talón de Aquiles: los datos verídicos del autor. El problema es que ya han llegado a ser tantas mis publicaciones que ya no sé discriminar entre las mías y las ajenas. ¡No se ría!, hablo muy en serio. Usted dirá que cualquier escritor que se precie nunca podría olvidarse de algo que ha pergeñado. Yo pienso lo mismo, pero debo ser la excepción que confirma la regla (porque, ¡vanidad de vanidades!, sé que no soy un escritorzuelo más).
Bueno, me he ido por las ramas y no lo he dicho lo más importante. Quiero reunir toda mi extensa obra en su reconocida editorial y por eso le propongo algo muy interesante: voy a empezar a recoger sin descanso todos los cuentos y poemas en los que encuentre algún guiño mío. Le prometo ser muy riguroso, pero, ¡toquemos madera!, es posible que, contrabandeada, se me pase alguna creación que no deba llevar mi rúbrica. Es un riesgo que correremos ambos… además, usted, como editor curtido, ya debe haber lidiado en más de una oportunidad con este tipo de contingencias: el oficio de escritor es tan arriesgado como el de editor: usted y yo estamos, al fin y al cabo, en la misma vereda.
El total de mi obra está en manos de su buena fe (y, claro está, de la capacidad de persuasión de mis sinceras palabras).
Un cordial abrazo a la distancia,

Tito Monterroso
PD: Tenga, por favor, la gentileza de responderme a esta misma dirección electrónica lo más pronto posible, ya le expliqué lo de los correos electrónicos.
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Imagen: Augusto Monterroso.
Este texto lo acabo de publicar en Palabras Diversas.

2007/09/21

21 de setiembre: día del desagravio nacional


Este dictamen de la Corte Suprema chilena debe ser, ante todo, una lección que ojalá algún día aprendamos. Si Chile es un país democrático y próspero es porque nuestros vecinos han entendido que la Justicia y la Libertad sólo se alcanzan cimentando una auténtica independencia de poderes.
Ahora, sólo a nosotros nos corresponde hacer de este 21 de septiembre una fecha trascendente que sea, pues, recordada por las nuevas generaciones como el Día del Desagravio Nacional, el día en el que el regocijo nos inyectó una generosa cuota de esa esperanza que dice que el tiempo pone cada cosa en su lugar.
Es de elemental honestidad reconocer que dejarle todo el peso de las decisiones al poder judicial o “confiar en la justicia peruana” me resulta un olímpico dislate. Pero, es cierto, no nos queda otra. ¿Estarán nuestros magistrados a la altura de las circunstancias? No lo sé, esperemos que ellos, a los escépticos como yo, nos tapen la boca condenando a la versión nipona del Chivo dominicano.
Fujimori volverá al país y eso está bien. Lo que estaría mal es que el oportunismo político lo convierta en una estupenda cortina de humo de esas que pervierten al país y hacen las delicias de los viles y rufianes. Sería un error, también, que el aprismo y el fujimorismo armen soterradamente una posible alianza vituperable –que ya tiene un antecedente en las elecciones de 1990– que aligere el camino hacia la impunidad que, a partir de hoy, intentarán construir los carceleros de la memoria y los ensalzadores de la carroña como Carlos Rafo, sin duda, el florón de la corona. Hoy más que nunca debemos tomar nota estricta del voto unánime de la justicia chilena condenando la violación de los derechos humanos (La Cantuta y Barrios Altos).
Señores jueces y fiscales: si Alberto Fujimori ha hecho algo en vida no es sino arrinconar a la justicia, esquilmar al pueblo y sodomizar la libertad; méritos suficientes para recibir los rigores del calabozo más lóbrego e ínfimo en donde no quepan ni él ni su juez más inexpugnable: su propia conciencia.

2007/09/02

"El blog es de veras un medio maravilloso, pero también un imán de infamias y sandeces"


En la edición de Setiembre de la revista literaria Remolinos aparece una entrevista que me hicieran hace unas semanas. Creo que lo más destacable de ella está en el resultado del intercambio epistolar que tuve con Fernando Ampuero:
Internet y los blogs en especial me generan sentimientos encontrados. Yo, sin radicar en Lima y sin formar parte de la movida cultural de la capital, he visto, a la distancia, cómo se manejan las cosas y he sido, ojalá me equivoque, carne de cañón en algún caso. Y digo esto porque publiqué en Lima y, al poco tiempo, recibí una crítica excesiva que, en un primer momento, creí honesta, pues entiendo que no a todos les tiene que gustar mis historias; pero después descubrí que todo no había pasado de ser un ajuste de cuentas con mi editor. Esto me llenó de tribulaciones y lamentos. Estaba decepcionado y por eso le escribí a un escritor recorrido y reconocido, para recibir sus consejos. Acá, en las esferas culturales del Perú, si eres amigo del enemigo de alguien, pasas como por arte de magia a ser también su enemigo. Yo quiero demostrar que las cosas no deben ser así y por eso doy mi testimonio. Es célebre la enemistad o animadversión entre Oswaldo Reynoso (mi mentor y corrector de mis manuscritos) y Fernando Ampuero. Eso vendría a condionarme pavlovianamente y a convertirme en enemigo de Ampuero. Pues bien, yo recurrí al segundo y sus palabras fueron tan edificantes y motivadoras que hasta hoy las agradezco, es por eso que acá, copio, a modo de reflexión, una de sus atingencias: "No le hagas caso a los insultos de la blogósfera. El blog es de veras un medio maravilloso, pero también un imán de infamias y sandeces. Si a Shakespeare le hubiera tocado nacer en estos tiempos, lo más seguro es que hace rato lo hubieran mandado a parir".
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Pueden leer toda la entrevista en Remolinos
Imagen: Fernando Ampuero (fuente: Caretas)

2007/08/29

¿Por qué escribo?



Por mensajes como éste, que hoy llegó a mi correo desde Colombia. El texto es breve pero emotivo. Cartas como las de Juan Guillermo son tan poderosas que renuevan mi fe en la literatura y me invitan a seguir escribiendo. Así que, ¿ya ven?, fue sólo un trueque: yo lo azucé para que cuente historias, y él me devolvió con lo mismo.

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Hola Orlando, aunque no te conozco, ya te aprecio. Y esto es debido a un texto, tuyo, ¿Conoces a Marcial Mena? que un amigo llevó y leyó para darme ánimos en lo que hago: tratar de contar historias. Taller literario al cual asisto desde hace tres años, en la Biblioteca Pública Piloto de Medellín, Colombia, dirigido por Jaime Jaramillo Escobar.

Y a tu pregunta:
¿Conoces a Marcial Mena? Sí, sí lo conozco, aún habita en mí.
Vi tu página y espero leerla con detenimiento.
Un gusto haber conocido parte de lo que haces.

Gracias.
Juan guillermo Valderrama Santamaría
Imagen sacada de la Biblioteca Bécquer:

2007/08/26

¡A brindar con pisco sour por nuestros muertos, don Rafael!

Recuerdo que, en el año 2001, cuando la naturaleza castigó Moquegua, Tacna y Arequipa con un terremoto, los medios informativos capitalinos (prensa, radio y TV) no prestaron, en comparación al sismo de este año, ni la quinta parte de su atención.
Hoy, pasada ya una semana, seguimos viendo desfilar en todos los canales a diversos personajes de toda laya que nos invitan a colaborar con nuestros hermanos "del sur". ¿Cuál sur? ¿Qué maromas harán puneños, tacneños o moqueguanos para encontrar a Ica más al sur? ¿En Chile?
Las portadas y titulares anuncian: "Terremoto en el sur de Perú". Y yo, a la distancia, lamento ese perenne ombliguismo limeño que los hace pensar que Lima es el Perú ("El Perú" y no solamente "Perú", error que sólo se les perdona a los extranjeros).
Ica, por si algún incauto no vio todavía el mapa, está prácticamente en el centro del país y no en el sur, como es el caso de Tacna, Puno, Moquegua o Arequipa. A estas alturas, se me antoja que sería más honesto decir "Terremoto en el sur de Lima"; y, también, me apena enormemente que nuestros hermanos de la capital hayan disparado un llamativo mecanismo solidario sólo por haber sentido en carne propia el movimiento telúrico, pues no es de malpensados el arriesgarse a concluir que si el terremoto no pasaba por Lima, hoy -para decirlo eufemísticamente- la historia sería distinta.

Finalmente, no todo en las comparaciones es odioso, porque ya me imagino qué hubiera pasado en mi ciudad si a Rey Rey se le ocurría jugar con la intensidad del sismo. Otra perla más de ese ministro que alguna vez pidió los DNIs de todos los desaparecidos que estimó la CVR. ¡A brindar con pisco sour por nuestros muertos, don Rafael! ¡Los de ayer y los de ahora! Esos son los terremotos simbólicos que resquebrajan la conciencia nacional. Y sus daños son tan insondables que a veces no tienen parangón con los que hoy vemos en Ica, Chincha, Cañete y Pisco.

2007/07/26

¿La era Del Solar?


Ya me sé de memoria esta historia. Hasta creo que la puedo recitar, ¿me estaré haciendo viejo o es que acá las cosas nunca cambian?
Ahora, muchos medios dirán lo políticamente correcto: "El técnico ya ha sido elegido. No hay espacio para los reclamos, las propuestas o las lamentaciones. Lo que corresponde, de aquí en más, es que todos –afición, prensa, dirigentes, etcétera– apoyemos a Chemo Del Solar ".
Pero, hay que decirlo, así algunos se molesten (y piensen que uno, en vez de aportar, pone piedras en el camino ): ¡Al Chemo lo apuraron!
Los dirigentes, aparte de comechados, son unos pobres diablos sólo capaces de arruinar el currículo de entrenadores con proyección. ¿Por qué lo digo? Porque si los peruanos teníamos a una promesa que, en el mediano o largo plazo, podía erigirse como el técnico que calce a la blanquirroja como una mano a un guante, ése era, sin duda, José Del Solar.
Al Chemo todavía le faltaba recorrer, adquirir más experiencia, caminar más y envejecer otro poco. Su trayectoria como futbolista es excelente (clubes de Chile, España, Bélgica y Turquía); pero su incipiente currículo como entrenador es solamente un esbozo, un par de pasos apenas dados, y un solitario título nacional que no garantiza nada: tuvo un feo inicio en el Colón de Santa Fe (dirigió junto a Pizzi y los echaron luego de tres derrotas al hilo), luego vino al Cristal y campeonó en el mediocre torneo peruano, ahora recién acababa de cumplir medio año en la Universidad Católica… nada más, ¿eso basta para calzarse el buzo de la selección nacional? Me parece una falta de respeto pero, ¿por qué me sorprendo? No me debe llamar la atención en absoluto, porque estos dirigentes no respetan a nadie.
¿Acaso dirigir a un combinado nacional no es más difícil que dirigir a clubes de la talla de Boca, Barcelona o Manchester? Repito, lo apuraron al Chemo. Y lo peor de todo es que Del Solar pisó el palito. Todavía no era el momento, Chemo, tú lo sabes.
Pero para que me crean todos, revisemos los casos de Pacho Maturana en Colombia, Passarella en Argentina y, finalmente, de Oblitas en Perú.
Veamos el caso de Maturana: primero fue director técnico de las divisiones inferiores y después de la mayor; se afiató en Copas América antes de clasificar a su país al mundial (1990), dirigió al Atlético Nacional que resultó campeón de la Copa Libertadores 1989.
En Argentina, Daniel Alberto Passarella tuvo que ganar 3 torneos argentinos con River Plate (Campeonato 89/90, Apertura 1991 y Apertura 1993) para recién asumir la dirección técnica de la albiceleste en 1994.
En el Perú, Oblitas, antes de llegar a la selección, campeonó con Universitario en dos ocasiones. Luego, pasó a Cristal y se hizo del título nacional en 1991. En 1993, fue Asistente Técnico de Popovic, luego volvió a Cristal y ganó otros dos títulos. Es decir que, en total, ganó 5 torneos nacionales y fue asistente de la selección antes de pasar al cargo más bravo del país.
Chemo, como DT, no tiene coronas internacionales. Sólo cuenta con un título local y paramos de contar. Ni siquiera ha sido asistente técnico de la selección mayor. ¿Se apuró? Sí. ¿Tiene chances? Seguramente. El azar de las estadísticas dice que Chemo cumplirá 40 años en noviembre. Eso quiere decir que asumió la dirección de la selección frisando la base 4. Maturana con 40 años llevó a Colombia a Italia 1990, Passarella por su parte recibió el buzo de Argentina a los 40. Oblitas ya tenía unos 44 (pero no clasificó a la selección).
¿Qué podemos esperar? Que el Chemo nos tape la boca a todos los que pensamos que tuvo que esperar… Y que confirme que los cuarenta son la época dorada de los entrenadores que quieren ir al Mundial.
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Mi comentario aparece también en el segmento
Imagen: José Guillermo Del Solar, flamante seleccionador del Perú (fuente El Comercio).