«Salieron, y si en Dahlmann no había esperanza, tampoco había temor. Sintió, al atravesar el umbral, que morir en una pelea a cuchillo, a cielo abierto y acometiendo, hubiera sido una liberación para él, una felicidad y una fiesta, en la primera noche del sanatorio, cuando le clavaron la aguja. Sintió que si él, entonces, hubiera podido elegir o soñar su muerte, ésta es la muerte que hubiera elegido o soñado» (Jorge Luis Borges, El Sur).
2010/10/30
2010/10/18
García Márquez: el abuelo, la vocación y otras yerbas...
Fue también el abuelo quien me hizo el primer contacto con la letra escrita a los cinco años, una tarde en que me llevó a conocer los animales de un circo que estaba de paso en Cataca bajo una carpa grande como una iglesia. El que más me llamó la atención fue un rumiante maltrecho y desolado con una expresión de madre espantosa.
-Es un camello- me dijo el abuelo.
Alguien que estaba cerca le salió al paso:
-Perdón, coronel, es un dromedario.
Puedo imaginarme ahora cómo debió sentirse el abuelo porque alguien lo hubiera corregido en presencia del nieto. Sin pensarlo siquiera, lo superó con una pregunta digna:
-¿Cuál es la diferencia?
-No la sé -le dijo el otro-, pero este es un dromedario.
El abuelo no era un hombre culto, ni pretendía serlo, pues se había fugado de la escuela pública de Riohacha para irse a tirar tiros en una de las incontables guerras civiles del Caribe. Nunca volvió a estudiar, pero toda la vida fue consciente de sus vacíos y tenía un avidez de conocimientos inmediatos que compensaba de sobra sus defectos. Aquella tarde del circo volvió abatido a la oficina y consultó el diccionario con una atención infantil. Entonces supo él y supe yo para siempre la diferencia entre un dromedario y un camello. Al final me puso el glorioso tumbaburros en el regazo y me dijo:
-Este libro no solo lo sabe todo, sino que es el único que nunca se equivoca.
Era un mamotreto ilustrado con un atlante colosal en el lomo, y en cuyos hombros se asentaba la bóveda del universo. Yo no sabía leer ni escribir, pero podía imaginarme cuánta razón tenía el coronel si eran casi dos mil páginas grandes, abigarradas y con dibujos preciosos. En la iglesia me había asombrado el tamaño del misal, pero el diccionario era más grueso. Fue como asomarme al mundo entero por primera vez.
-¿Cuántas palabras tendrá? -pregunté.
-Todas- dijo el abuelo.
La verdad es que yo no necesitaba entonces de la palabra escrita, porque lograba expresar con dibujos todo lo que me impresionaba. A los cuatro años había dibujado a un mago que le cortaba la cabeza a su mujer y se la volvía a pegar, como lo había hecho Richardine a su paso por el salón Olympia. La secuencia gráfica empezaba con la decapitación a serrucho, seguía con la exhibición triunfal de la cabeza sangrante y terminaba con la mujer que agradecía los aplausos con la cabeza puesta. Las historietas gráficas estaban ya inventadas pero solo las conocí más tarde en el suplemento en colores de los periódicos dominicales. Entonces empecé a inventar cuentos dibujados y sin diálogos. Sin embargo, cuando el abuelo me regaló el diccionario me despertó tal curiosidad por las palabras que lo leía como una novela, en orden alfabético y sin entenderlo apenas. Así fue mi primer contacto con el que habría de ser el libro fundamental en mi destino de escritor.
Aptitudes y vocaciones
Las aptitudes y las vocaciones no siempre vienen juntas. De ahí el desastre de cantantes de voces sublimes que no llegan a ninguna parte por falta de juicio, o de pintores que sacrifican toda una vida a una profesión errada, o de escritores prolíficos que no tienen nada que decir. Sólo cuando las dos se juntan hay posibilidades de que algo suceda, pero no por arte de magia: todavía falta la disciplina, el estudio, la técnica y un poder de superación para toda la vida.
No es lo mismo la enseñanza artística que la educación artística. Ésta es una función social, y así como se enseñan las matemáticas o las ciencias, debe enseñarse desde la escuela primaria el aprecio y el goce de las artes y las letras. La enseñanza artística, en cambio, es una carrera especializada para estudiantes con aptitudes y vocaciones específicas, cuyo objetivo es formar artistas y maestros como profesionales del arte.
No hay que esperar a que las vocaciones lleguen: hay que salir a buscarlas. Están en todas partes, más puras cuanto más olvidadas. Son ellas las que sustentan la vida eterna de la música callejera, la pintura primitiva de brocha y sapolín en los palacios municipales, la poesía en carne viva de las cantinas, el torrente incontenible de la cultura popular que es el padre y la madre de todas las artes.
2010/10/16
El día que me tocó nacer (de Contracorriente)
Para Johanna
Ven, échate a mi lado, y descubramos el amor aquí los dos
que yo ya no puedo parar esta avalancha de calor
y aunque me falten las palabras y me sobre el dolor
quiero que sepas que a ti te doy todo lo que me ha dado Dios
ven, enséñame un mundo que muchos no quieren ver
llévame hasta el cielo y, por favor, no me dejes caer
Que estas alas tardan años de sudor
y este corazón no tiene paciencia ni tiempo pa’ perder
Ay… Ay, ay, ay, amor... ¡si supieras cuánto te he esperado!,
¡si supieras cuánto me costó crecer!
que si me hubieras visto el día que me tocó nacer,
el día que me tocó nacer…
Ven, échate a mi lado y desatemos las heridas bajo el sol
mirémonos, cara a cara, frente a frente, sin temor
y es que es más fácil con el aire y tratar de entender
que este vals es para todos y hay que saber bailarlo bien
Ay… Ay, ay, ay, amor... ¡si supieras cuánto te he esperado!,
¡si supieras cuánto me costó crecer!
que si me hubieras visto el día que me tocó nacer
el día que me tocó nacer
A ver, a ver,
y cuando pienso en ti me siento en casa,
y cuando estás aquí me importa nada,
si te siento lejos, te sueño con ilusión y desenfreno,
y cuando me tocas, soy pleno de lado a lado y cuerpo entero,
y cuando me miras, yo entiendo
que sin ti yo vivir no puedo
Hey… hey… na na na na neee
Ay, ay, Heyyy
Ven, amor, amor
Ven ,amor, y sáname...
Ay ay, heyy...
Ven. amor, amor
Ven, amor, y sáname
Ay, ay, heyy
Ven, amor, amor
Ven, amor, y sáname
Javier Fuentes-León
2010/10/15
Viaje a la ficción a través de la vida: sábado 16 (4 p.m.)
Mario pasionario
Contra viento y marea
Lo que el Nobel significa para el Perú
Catorce minutos de reflexión
2010/10/08
Mario Vargas Llosa o el peligroso antídoto contra la Realidad
«El Perú soy yo, aunque a algunos peruanos no les guste. Yo le puedo agradecer a mi país, lo que yo soy: un escritor. Yo soy el Perú y lo que yo escribo es el Perú también.»
Mario Vargas Llosa, Premio Nóbel de Literatura 2010
«Afortunadamente, la obra de Vargas Llosa está netamente situada a la izquierda de su autor.»
Mario Benedetti
Corría el año dos mil. Todo era algoritmos, geometría computacional, matemáticas discretas (todavía me sigo preguntando, con pretenciosa malicia, ¿cómo serán las indiscretas?), y tenía pendiente un trabajo particularmente aterrador: programar un compilador informático. Ese fue uno de los tantos encargos universitarios que nunca hice; porque, aparte de ser un estudiante mediocre, se me ocurrió, de buenas a primeras, escapar de esa vida plana y absurda que nada tenía que ver conmigo. Esa existencia que, día a día, me condenaba a ser poco menos que una posma, un individuo derrotado, aplastado por sus circunstancias y sus malas elecciones.
La desazón se intensificaba y se hacía más patente cuando recordaba que me había convertido en la antípoda de aquella «persona-personaje» de brazos alzados ante una lluvia de papel picado que descubrí en las páginas de El pez en el agua, un libro en donde la realidad y la ficción se conjuntan e hibridan con maestría única, dando paso a un testimonio lúcido y descarnado de un escritor que ejerció su oficio –que hoy, a sus 74 años, lo sigue ejerciendo con una vitalidad encomiable– con fe e insania arrolladoras.
Tengo bien forrado, y lleno de anotaciones, ese ejemplar de La Casa Verde que adquirí cerca del Parque Duhamel por poco más de cinco soles. Mientras leía esas páginas fui descubriendo que mi vida era ésa y ninguna otra: la Mangachería se me antojaba como un lugar formidable para tomar unas buenas cervezas antes de irse de putas, y, sin duda, Los Inconquistables podrían ser mis amigos (los mejores que he conocido).
No sólo me enamoré de Bonifacia, pude ser tan salvaje y rebelde como el Jaguar y tan insobornable y recto como el teniente Gamboa… tan idealista y obcecado indagador de la realidad nacional como Santiago Zavala… tan delirante como Pedro Camacho. Pero éste –el mundo que empezaba a conocer, el mundo alterno que nos brinda la lectura de ficciones tan imprescindibles como las vargasllosianas– no es un pasatiempo inocuo o «solamente entretenido». Y el que afirme eso nunca ha leído como hay que hacerlo (como yo siempre he leído a Mario Vargas Llosa): ¡con rabioso fervor!
Llegó el momento en que con los libros no me bastaba. Necesitaba algo más: quería vivir como los «perros» que pasaban semanas enteras encerrados en el Leoncio Prado. Así, arrojado por el exabrupto y las ganas de vivir me lancé por entero a la noche arequipeña, pues ansiaba conocer a mi propia Pies Dorados. Karicia, de alguna manera, llegó a colmar mis expectativas. Digo «de alguna manera» porque la realidad, la propia y la ajena, debe estar colmada de añadidos –mentiras, sueños, excesos– y omisiones para llegar a ser edificante. O, al menos, intentar serlo.
Los excesos vinieron solos y me hicieron pasar muy malos ratos (que, a pesar de todo y como corresponde, siempre se recuerdan con prudente nostalgia).
Llegué, trémulo y en calidad de pecador irredento, un domingo por la tarde a la Iglesia de los padres capuchinos. Dispuesto a confesarme y a pedirle al padre Julio Carpignano que intercediera por mí; que me disculpara con el que «Todo lo puede», porque hay que ser lo bastante imbécil como para creer que la vida real podía ser como la ficción. En suma, venía a ponerme de rodillas y, pusilánime, pedir una nueva oportunidad (otra más).
–¿Qué has estado haciendo con tu vida, hijo? –me preguntó aquel padre barbado de origen italiano.
–Leo mucho a Vargas Llosa y a Saramago –le respondí.
–¡Ah, los emisarios del demonio! –concluyó él, con un gesto de absoluta reprobación–. No debes leer, ¡no los debes leer!
Al mirarlo, creí –craso error– liberarme para siempre de las ataduras de la religión.
Mario Vargas Llosa siempre dejó en claro que la censura acarrea peores males que los que pretende combatir. Y me pongo como ejemplo porque soy lo que tengo más a la mano y porque vivimos en una sociedad que –de una manera más edulcorada– te dice lo mismo que me decía el padre Julio. Por suerte, no le hice caso y jamás volví a confesarme. Lo que sí hice fue leer y releer toda esa profusa obra de uno de los más célebres emisarios del demonio, que empezó con Los Jefes (siempre vuelvo a la ternura e inocencia del primer amor en el cuento «Día domingo») y termina, por ahora, en El sueño del celta.
Mientras Estocolmo espera al novelista más brillante que ha conocido el Perú, yo espero, con lápiz y papel, su nueva novela. Este premio colosal no le aumenta ni le resta nada a su obra. Pues fuimos los lectores los que con placer y gratitud lo declaramos el tótem de la narrativa nacional. Vargas Llosa alcanzó el parnaso hace mucho, pero la Academia Sueca vestirá de gala en diciembre para reconocer de una vez por todas al hombre metódico, trabajador y comprometido, «terco como buen arequipeño», que no se cansó de darle bofetadas a la realidad para demostrarnos que, en cuestiones literarias (y en otras yerbas), sólo los insubordinados, los pertinaces sin parangón, son los que, zancadillas de por medio, llegan a la cima, que no es un ni mil premios, sino: la libertad.
Hoy hay jarana en La Casa Verde. Aunque no lo podemos confirmar, se dice que don Anselmo ha murmurado que la casa paga y que todos estamos invitados: desde el Jaguar hasta el Poeta, pasando por Lituma, don Rigoberto, Fonchito, Koke, Pantaleón Pantoja, Zavalita, la tía Julia, Mascarita, Pichulita Cuéllar, Alejandro Mayta, doña Lucrecia, Ambrosio y, por supuesto, la Pies Dorados.
Antes de terminar, vale traer a cuento estas palabras de ese lector lúcido y omnívoro que es el periodista y escritor César Hildebrandt: «Básicamente creo que mi respeto por el valor literario de Vargas Llosa no se ha movido un milímetro. Sigo creyendo que sus tres primeras novelas son las mejores que se han escrito en el Perú, pero largamente. Incluyo en esta comparación personal y arbitraria a Arguedas y a Alegría. Todo lo que ha pasado después será dentro de muchos años, cuando todos estemos debidamente enterrados, anécdota, cosa menor. Mario es el mejor novelista que ha parido este país de tan pocos novelistas. Es un fenómeno».
Ahora te digo, Mario (porque estoy tan emocionado que me permito tutearte): los peruanos hicimos bien, hace una punta de años, cuando no te escogimos como nuestro presidente. Acertamos como pocas veces porque, ayer, hoy y siempre, te elegimos como nuestro NOVELISTA (sí, con mayúsculas, ¡MAESTRO!). Y eso la posteridad lo agradece.
Arequipa, 07 de octubre de 2010.
Publicado hoy en el diario El Pueblo de Arequipa
y en el blog de escritor Gabriel Ruiz Ortega.
2010/10/07
Mario Vargas Llosa ya es NOBEL DE LITERATURA
El escritor peruano Mario Vargas Llosa ganó hoy el Premio Nobel de Literatura 2010 por su "cartografía de las estructuras del poder y aceradas imágenes de la resistencia, la rebelión y la derrota del individuo", según la explicación de la Academia Sueca.El escritor arequipeño está en Nueva York, donde da clases en la Universidad de Princeton.
"Se había levantado a las cinco de la mañana para presentar una clase, cuando recibió nuestra llamada a las siete menos cuarto, mientras trabajaba intensamente", dijo Englund.
Hoy hay jarana en La Casa Verde, don Anselmo dice que la casa paga y todos estamos invitados: desde el Jaguar hasta el Poeta, pasando por Lituma, don Rigoberto, Fonchito, Koke, Zavalita y, desde luego, la tía Julia, Mascarita, Pichulita Cuéllar, Pantaleón Pantoja, Alejandro Mayta y, por supuesto, la Pies Dorados.
Mario Vargas Llosa: el magnífico asesino
Es Mario Vargas Llosa, que ha llegado otra vez a su ciudad natal, no para combatir la piratería denegando firmas, sino para hacerla –casi, simbólicamente– innecesaria inaugurando la Biblioteca Regional que lleva su nombre tan celebrado y, a la vez, tan mentado aquí, allá y acullá.
Me conmueve la decepción de la muchacha, pues yo podría haber estado (estoy) en su lugar: soy un hijo de piratería libresca, musical y cinemera (por cierto, no lo digo con orgullo; aunque tampoco con vergüenza). Pero, no hay tiempo que perder en divagaciones de esta índole, pues traigo conmigo un ejemplar histórico y, obviamente, original (García Márquez: historia de un deicidio). Trato de abrirme paso entre los libros estirados y abiertos de par en par, los bolígrafos que buscan llegar a sus ancianas manos y, por supuesto, las ganas desenfrenadas de poder alcanzar al novelista más talentoso que hayan conocido estas tierras.
«Es un libro muy importante para mí», le digo, ganado por la chismografía, con un vago afán provocador, y lo abro precisamente en donde aparecen los apellidos del genio literario de Aracataca: GARCÍA MÁRQUEZ. «Este es un libro muy especial», apostilla él, con una media sonrisa, algo forzada, que tal vez esconde la verdadera historia del puñetazo más famoso y amarillista de la literatura universal (¿cuál de los dos se animará a concluir sus memorias?, pues sabemos que el peruano ventiló buena parte de su vida en El pez en el agua y, por su parte, el colombiano publicó un delicioso mamotreto con bajo el título Vivir para contarla; pero ambos escamotearon esa etapa de amistad y admiración compartida: fines de los años 60 e inicios de los 70).
Mientras termina de estampar sus iniciales, lo miro a los ojos, trato de escrudiñarlo sin éxito. Es un hombre imponente. Estoy sumido en el estimulante convencimiento de que estoy con el sujeto que me abrió las puertas de la narrativa con sus libros; en otras palabras, me cambió la vida: «Don Mario, ¿cómo se hace para llegar tan lejos?». El ya está cansado de esa y otras interrogantes que rayan en el lugar común. Pero cumple su libreto, casi puedo adivinar su respuesta: «Trabajo, más trabajo, ¡mucho esfuerzo!». Es así como se forjó, emulando a Flaubert, trabajando obsesivamente, leyendo con lápiz y papel a William Faulkner: el genio no nace, se hace. Vargas Llosa es una muestra palpable de lo que pueden lograr la dedicación, la pasión y la testarudez entendida de la mejor manera: «Es usted un maestro». Termino con otro lugar común, con otra verdad grande como la flamante Biblioteca Regional. Darle su nombre a una biblioteca y hacer de este ambiente un punto de encuentro de lectores y escritores debe ser la mejor manera de rendirle un homenaje a un artista de pluma infatigable que ya anuncia la inminente aparición de su último esfuerzo de galeote, seguramente para fines de año: El sueño del celta.
«Abrió los ojos a las cuatro de la madrugada y pensó: “Hoy comienzas a cambiar el mundo, Florita”. No la abrumaba la perspectiva de poner en marcha la maquinaria que al cabo de unos años transformaría a la humanidad, desapareciendo la injusticia». El comienzo de El paraíso en la otra esquina (2003), es, para este prescindible lector, una invitación a imaginar el instante en que Vargas Llosa se dijo a sí mismo, con una convicción a la altura de su talento: hoy comienzas a cambiar la literatura (que es una forma virtual de cambiar el mundo, nuestro mundo, fabricando uno paralelo que fisgonee sin pudores lo mejor y lo peor que llevamos en las entrañas). Y lo hizo añadiendo ingredientes capitales: su resentimiento, su nostalgia, su crítica. Muy a su manera –heredero de Faulkner, Flaubert y, a veces a pesar suyo, de Sartre– es un continuador de primer orden de «la tradición de ese invisible linaje de contadores ambulantes de historias», pues la literatura, el oficio mismo ancestral de contar relatos, desboca su corazón «con más fuerza que lo hayan hecho nunca el miedo o el amor» (El hablador, 1987).
Este domingo 28 de marzo, el novelista mayor de las letras peruanas cumple 74 años y el mejor regalo que puede ofrecerle un diletante disfrazado de escribidor, es este farragoso colage que alterna entre la anécdota, la rendida admiración, las citas librescas y, cómo no, sus discursos más incandescentes en donde nos anunciaba que él es un aguafiestas por definición: «la literatura es fuego, que ella significa inconformismo y rebelión, que la razón del ser del escritor es la protesta, la contradicción y la crítica. Explicarles que no hay término medio: que la sociedad suprime para siempre esa facultad humana que es la creación artística y elimina de una vez por todas a ese perturbador social que es el escritor o admite la literatura en su seno y en ese caso no tiene más remedio que aceptar un perpetuo torrente de agresiones, de ironías, de sátiras, que irán de lo adjetivo a lo esencial, de lo pasajero a lo permanente, del vértice a la base de la pirámide social. Las cosas son así y no hay escapatoria: el escritor ha sido, es y seguirá siendo un descontento. Nadie que esté satisfecho es capaz de escribir, nadie que esté de acuerdo, reconciliado con la realidad, cometería el ambicioso desatino de inventar realidades verbales. La vocación literaria nace del desacuerdo de un hombre con el mundo, de la intuición de deficiencias, vacíos y escorias a su alrededor. La literatura es una forma de insurrección permanente y ella no admite las camisas de fuerza. Todas las tentativas destinadas a doblegar su naturaleza airada, díscola, fracasarán. La literatura puede morir pero no será nunca conformista» (Caracas, 1967).
Permítame, don Mario, caer en el indecoroso acto de convencerme de que, sin piratería, sus libros jamás habrían de llegar a mis manos. En suma: la llama -el fuego que es la literatura-, sin herramientas ni medios adecuados, jamás habría de encenderse. No hubiera podido ser lo poco que soy. Eso, a usted, debe importarle nada; mi confesión no debe moverle siquiera un pelo de su nívea cabellera. Pero a mí sí me importa tanto como lo que cada uno de sus libros y relatos me enseñaron, me hicieron un subersivo de la realidad, me pusieron contra todos, contra mí mismo, «contra Dios, contra la creación de Dios que es la realidad. Escribir es una tentativa de corrección, cambio o abolición de la realidad real, de su sustitución por la realidad ficticia que el novelista crea. Este es un disidente: crea vida ilusoria, crea mundos verbales, porque no acepta la vida y el mundo tal como son (o como cree que son). La raíz de su vocación es un sentimiento de insatisfacción contra la vida: cada novela es un deicidio secreto, un asesinato simbólico de la realidad». Escribir como único –válido, legítimo, irrenunciable– homenaje al hijo más pródigo de Arequipa, aquél que nació en el Boulevard Parra, y deambuló por el mundo haciendo de su historia, muchas historias. Escribir como si se nos fuera la vida en ello, aun a riesgo de que no seamos tan magníficos y memorables asesinos como Mario Vargas Llosa.
Publicado hoy en el diario El Pueblo de Arequipa
2010/10/05
Una pregunta a Carlos Fuentes: el Cuento vs. la Novela
En la Feria del Libro Arequipa 2010, y ante un auditorio escaso, me llamaron, entre otras cosas, “escritor compulsivo” y matizaron esto indicando que ésa debía ser la causa de mis altibajos (no emocionales, sino narrativos).2. Te extraño
3. Todos se van
4. El perro
5. MI ENFERMEDAD: me entrego al vino porque el mundo me hizo así...
6.Me envenenaste
2010/10/01
Las extrañas cartas para Nicolás
Aunque, como el maestro Juan Carlos Onetti, «me estoy acostumbrando a ser un perdedor sistemático, a ser un permanente segundón», comparto con los muchos lectores de Siete Esquinas este cuento breve que quedó finalista en el último Concurso de El Búho.Empecé a dejar sobres cerrados en las bancas de casi todas las iglesias de Arequipa desde la tarde en que me diagnosticaron esa innombrable enfermedad. Aunque decir «diagnosticaron» no sería preciso, porque nadie lo hizo. Así que desestime esa afirmación, pues se trató simplemente de un examen de sangre al que siempre me resistí: ahora, usted y los aquí presentes entenderán el por qué de mi reticencia. Pero no nos vayamos por las ramas, pues su interrogante iba dirigida al origen de esas «extrañas cartas», como las llama con cierto asco. Y le confieso que, al oírlo, sentí un vago escozor que podría ser síntoma de mi extraviada vergüenza o, acaso, otra alerta del inexorable avance de la enfermedad.
Sí, ya lo sé. No me apure, porque me pone nervioso. Nos casamos hace siete años y nos iba relativamente bien. Alquilamos un cuartito por Umacollo y empezamos a «intentar». Ese verbo se volvió la palabra recurrente de nuestras noches, luego del noticiero de las diez. Ella quería ser mamá a toda costa, pero tenía un problema hormonal, algo que tiene que ver con la prolactina, ¿me entiende? Podríamos llamar al doctor Lopera, su ginecólogo, para que se lo explique mejor...
Para leerlo todo, clic acá: Las extrañas cartas para Nicolás
2010/09/28
Mi viejo y Los Rodríguez: oxímoron privado 28/09
“A Los Rodríguez hay que agradecerles que airearan un ambiente con olor a rancio, que despacharan tres discos de estudio de los que hoy, de tan imponentes como son, cuesta seleccionar el mejor. Y a Calamaro hay que estarle infinitamente agradecido por implantar un modelo de estrella del rock completamente disparatada, endiabladamente creativa y fumeta, tan distinta a las que conocíamos por aquí”
Hoy hace justo veinte años que Andrés Calamaro aterrizaba en Madrid para fundar Los Rodríguez. Nadie imaginaba entonces que aquel grupo pondría patas arriba el rock español y que Calamaro acabaría por ser la figura esencial sobre la que pivotaría el rock en español. Recordamos a Calamaro y la grandeza de Los Rodríguez con este breve texto-homenaje de Juan Puchades.
En Madrid, aquel mismo día, nacían Los Rodríguez, con el rotundo Germán Vilella en la batería y con la siempre cambiante plaza de bajista (ocupada en el tiempo por el propio Calamaro, Guillermo Martín, Daniel Zamora, Candy Caramelo y, de nuevo y hasta el final, Daniel Zamora). Aunque les costó tres discos (dos de estudio y, entremedias, un directo) y tres años hacerse oír más allá del circuito de los entendidos, desde el primer momento fueron la necesaria patada en la boca del rock español del momento, el revulsivo imprescindible en el momento preciso. Con muchos de los nombres surgidos de la movida instalados en el éxito, la autocomplacencia, la rutina y los conciertos financiados (e inflados en su caché) en verano por los ayuntamientos (ese modelo que ahora mismo agoniza y que, algunos de aquellos mismos, pretenden apurar hasta el último estertor), Los Rodríguez nos hicieron creer de nuevo en el rock español. Frente a tanta abulia (de la que habría que eximir a los siempre creativos Radio Futura y a los por entonces jóvenes Ronaldos), Los Rodríguez trajeron ideas nuevas y renovadoras, canciones incontestables y, como ya hicieran Tequila y Moris doce años antes, ese sentido musical y poético tan propio del rock argentino inyectado en una solución musical desclasada que, desde el clasicismo de la escuela stone, se antojaba inédita.
A Los Rodríguez hay que agradecerles que abrieran la ventana y airearan un ambiente con olor a rancio, que despacharan tres discos de estudio de los que hoy, de tan imponentes como son, cuesta seleccionar el mejor. Y a Calamaro hay que estarle infinitamente agradecido por implantar un modelo de estrella del rock completamente disparatada y fumeta, endiabladamente creativa, tan distinta a las que conocíamos por aquí, abierta a colaborar con los demás, espontáneo, franco y generoso en sus opiniones. Además, nos brindó la oportunidad de verlo en un momento irrepetible, cuando estaba hilvanando todo un discurso propio y posicionándose, poco a poco, en la estratosfera. Claro, que el éxito a Los Rodríguez sólo les llegó cuando giraron con Sabina en 1996, con el grupo ya roto; y las grandes ventas los saludaron con el álbum de despedida. Bonita moraleja de cómo se escribe la historia del rock en este país tan cabroncete.
Tras Los Rodríguez, Calamaro se alejó del sonido del grupo con el imbatible y sofisticado “Alta suciedad”, y se fue en vida (o hecho pedazos) y directo al Olimpo del Rock con “Honestidad brutal” y “El salmón”, en un pulso creativo consigo mismo, pues ya no tenía rival con el que medirse: nadie escribía como él, nadie levantaba discos como aquellos, nadie tenía esa voz, sus directos (hasta que los abandonó) eran algo muy serio. Para entonces, pertrechado con su doble nacionalidad, tenía un pie en Argentina y otro en España. En ambos países éramos espectadores privilegiados de cómo se gestaba la mayor leyenda del rock en nuestro idioma, el único creador que podía tutearse con cualquiera en cualquier rincón del globo. Era lo nunca visto y merecía la pena seguir su carrera de cerca. Pero en el camino se aceleró demasiado y tuvo que echar el freno, poner sus asuntos en orden. Formatear el disco duro. Atrás dejaba cientos de grabaciones, o miles, poco importa, mientras recuperaba el camino, con Javier Limón o con Litto Nebbia como directores artísticos. Para deleite de sus nuevos y jóvenes seguidores, que en su mayoría nunca lo habían visto en directo, regresó a los escenarios como el que vuelve victorioso tras larga batalla. Al final, después de más de un lustro de probar, investigar y romper todos los convencionalismos compositores-grabadores, incluso se reconcilió con los discos posibles, y ahí sigue. Han sido veinte años que se han pasado volando (“veinte años no es nada”, cantaba Gardel). Veinte que ya forman parte de la Gran Historia del Rock en Español, con capítulo de gala.
Es Andrés Calamaro, el músico más influyente (la suya es música admirada por los músicos) de las dos últimas décadas, sobre el que ha pivotado, en gran medida, mucho del rock facturado en los últimos once años, a unos gusta, a otros deja indiferentes, incluso hay quienes lo detestan. Sin embargo, otros hace tiempo que podemos decir que no tuvimos el placer de haber conocido ni a Picasso ni a Dylan, pero sí el honor de compartir algunos momentos (y arrastrar decenas de canciones pegadas a la memoria) con Andrés Calamaro. Que vengan veinte más, ahora que va a por sus cincuenta. La diversión y el arte están asegurados.
2010/09/16
Estaremos en la FIL AREQUIPA: sábado 18 a las 5 p.m.
Este sábado 18 de setiembre a las 5 p.m. estaremos, en el Auditorio Oswaldo Reynoso de la Feria del Libro Arequipa 2010 (Parque Libertad de Expresión, Umacollo), junto a Willard Díaz, Jorge Monteza y Alexander Campos conversando sobre mi segundo libro de relatos.
Todos están cordialmente invitados.
2010/09/10
Para una sociología del genio

2010/08/30
Mutilaciones (cuento)
Cuando empecé a crecer y a tomar conciencia de sus actos, papá me había dicho, con bastantes resquemores, que el tío Julio estaba «enfermo de la mente». Sería por eso que conversaba con los focos del comedor o, por las noches, bajaba la palanca de la electricidad dejándonos a oscuras y averiando, en más de una oportunidad, el viejo refrigerador de la abuela.
En sus momentos más complicados, se transformaba en un personaje inefable e intratable. Por suerte, estos episodios eran bastante infrecuentes. Y, a su vez, el tío Julio nos resultaba perspicaz y bromista en sus instantes de lucidez extrema.
En año nuevo salía, ocultando un vaso en los bolsillos, a tomar sus buenas cervezas con los vecinos de al frente de la casa, y por las mañanas encendía el televisor a todo volumen en el canal en donde transmitían un programa de ejercicios aeróbicos:
–Tío Julio, baja un poco el volumen –le reclamábamos, bostezando.
–Ellas me lo piden, las chicas lo piden –reponía él señalando a las esculturales mujeres de la pantalla chica–. Siempre me dicen: Julio, ¡te estamos siguiendo!
Cuando la abuela nos dejó yo lo vi llorar como un niño. Mas, al poco rato se repuso. Parecía otra persona, mudó su comportamiento como aquellos eximios actores de cine, y hasta encontró un buen pretexto para fumigar las penas:
–La mamá María está de viaje –nos informó a todos con aquel convencimiento con el que se deberían de decir las grandes verdades. Era (lo sigue siendo hasta el día de hoy) la mejor forma de soportar su desaparición. Y a todos nos gustó hacernos a la idea de que la abuela no estaba muerta. Después de todo, estar «enfermo de la mente» no era del todo malo, ¿verdad?
* * * *
–¿Y tú nunca piensas en irte de viaje, tío?
–Bien podría hacerlo: ya he cumplido, me he roto el lomo por la familia. Tengo millones en el banco y ustedes disponen de mi dinero como les da la gana.
–Bueno fuera, tío, bueno fuera...
–¿Sabes un gran secreto, Vicente? –me dijo una tarde en la huerta.
–Dímelo, tío.
–En esta casa, ¡nuestra casa!, he aprendido cómo es el mundo.
–¿Y cómo es el mundo? –indagué con afanoso interés.
–Es un poco más o menos así –me dijo y se agachó para arrancar una margarita–. Así empezamos: nos arrancan de buenas a primeras... y, poco a poco, nos vamos deteriorando... Al final quedamos de esta manera: una mutilación, una maldita mutilación, ¿comprendes?
Y me entregó la margarita sin pétalos. No sé por qué todavía la tengo guardada. La encontré reseca entre mis cosas, justo ahora que él decidió “irse de viaje”.
Dicen que salió de casa hace seis tardes, aunque podría jurar que no lo veo hace sólo cinco días. Vestía un pantalón café, sus raídos mocasines y la camisa de franela que le gustaba ponerse cuando lo llevaban al peluquero del centro de la ciudad.
Quisiera pensar que anda vagando por ahí. Que no se ha cruzado con ningún malhechor, ni mucho menos que haya retado a algún veloz microbús en las grandes avenidas.
–¿Qué será del loquito? –le escuché murmurar a mi vecina con cierta malicia cuando entraba a la bodega del barrio a comprar pan.
–¡A usted que mierda le importa! –le dije furioso y me quedé sin panes para el desayuno.
Yo sé que está loco, o «enfermo de la mente», como dice mi papá con cierto decoro. Pero cómo odio que los chismosos se llenen la boca comentando sobre su enfermedad, o fabricando motivos que supuestamente lo llevaron al desvarío: el sexo, las drogas, la brujería...
Ahora que camino por las calles de la ciudad pegando su foto en las esquinas concurridas y en los paraderos de autobuses, me doy cuenta de que, gracias a él y a su mutilada margarita, aprendí en casa cómo es el mundo.
Aguardo por las noches, mirando de reojo por la ventana que da a la avenida y sueño con ver asomar su silueta. Sé que se aparecerá de pronto y me dirá que el mundo no era así:
–Es peor, Vicente, es peor –concluirá con sabiduría.
–Sí –asentiré–. Pero yo no estoy loco, tío. A mí nunca me han hecho convulsionar a punta de electroshocks, ni tengo un par de hijos ingratos que nunca me visitan. Tampoco tengo esposa, cosa que agradezco pues, ¿quién dice que no me hubiera dejado por acostarse con un psiquiatra? La vida es una mentira, tío Julio, y me gustaría estar loco para no saberlo.
–A mí también –y se irá a conversar con algún foco o a dejarnos sin luz para echar a perder los artefactos de su madre, mi abuela viajera.
La Pampilla, 20 de agosto de 2010.
Este cuento aparece en la edición de
Setiembre del Proyecto Sherezade
2010/08/24
El Twitter, según Andrés Calamaro

¡Qué despreciable "democracia", y qué mal entendida claro que libertad de expresión, no es expresión de libertad! Qué pérdida de tiempo escribir para hijos de Homero Simpson y doña Rosa (doña Rosa de Neustad), tolerar resentimiento, conceptos infantiles, progresía aborregada, ideologías desaparecidas... extinguidas hace ya tiempo. Participar en un coro de subnormales generadores de concepto light, qué asco de post modernismo (perdón si me río) ...Perder media hora por día para comprobar lo que nací sabiendo ...siempre hay excepciones: gente excepcional, pero ... ¿qué hago metido en el medio de la República de los Culoblandos?
2010/08/16
A veces es peor el remedio que la enfermedad
A veces es peor el remedio que la enfermedad.
Casi siempre mejor no decir nada,
hay demasiadas palabras que se usan así nomás.
Lo que querés oír, te lo inventás y lo tenés.
La música es de aquellos que la quieren escuchar
y de nadie más.
Es benigna y la mierda que tenés en la cabeza
tiene que ser muy digna,
porque si no te sobra entre las armonías.
Algunas palabras las invento yo,
otras las trajo el tito Bob Dylan
por eso no miento, no importa tanto la verdad,
es la realidad.
Es la basura que junta tu cabeza mientras hablás,
aunque no los escuches sé que ladran, Sancho,
pero no tienen autoridad.
Pero tengo el ancho de espadas y el de bastos también
y un turquito en la neblina no me dice
cuando desafina la Orquesta Winnograd,
tengan piedad con el 4 de copas
y bodas de plata con la farlopa
tengo vestuarios, rompí los horarios en mil pedazos.
Conozco el caso de "Blableta Fracaseta"
especialmente en la República Anfetamina
Acá siempre se opina con ventilador prendido
y que marrón salpiqué,
y te cubrís de marrón de marrón
y te cubrís de marrón de marrón...
2010/08/01
Diario de lectura: La prosperidad reclusa
La narrativa provinciana, a pesar de los prejuicios con los cuales se estiman sus logros, profundiza este signo espiritual que identifica a las nuevas generaciones de escritores e intelectuales. En algunos casos produce una vuelta de tuerca a esta visión del mundo que ha perdido la razón de su condición humana.
Orlando Mazeyra Guillén (Arequipa, 1980) profundiza esta perspectiva estética y nos presenta un mundo en el cual los personajes están condenados a una irremediable frustración y vacío. El pesimismo y la pérdida del sentido de la vida estallan ante el menor intento por dar forma a sus destinos.
El libro La prosperidad reclusa (Cascahuesos, 2009) está constituido por veintitrés cuentos breves forjados con el mismo propósito de indagar la condición humana en un contexto de la crisis universal.
Impulsa los cuentos el mismo espíritu desgarrado por el absurdo de la vida. Vacíos es el cuento más breve, de tono poético, en el cual el personaje, adicto a los fármacos, trata de escapar de su locura. La dulce espera nos presenta a la hija de una prostituta latinoamericana embarcada a la eterna espera de que su madre se libere de su destino oprobioso en Europa. En Tras la puerta, un esquizofrénico, convertido en una especie de conejillo de indias, contempla cómo los tratamientos psicológicos mejor intencionados terminan degradando su condición humana, porque la raíz de su locura no está en su ser sino en el mundo externo.
La incertidumbre es otro matiz que reviste el universo narrativo de Mazeyra. En Ganas de ti, Matías, un adolescente en pleno proceso de aprendizaje amatorio, descubre la faceta homosexual de su mentor. En La prosperidad reclusa (título homónimo del libro), un recluso por burrier establece una relación muy singular con Nepomuceno, otro recluso que, en su aparente impasibilidad, revela haber jugado en el pasado con los brazos del infierno.
La idea de la muerte intensifica el tono sombrío del libro. En El faquir y la equilibrista, el recepcionista de un hotel termina sirviendo como modelo a una artista plástica, quien, ante su creciente insistencia amorosa, le revela una verdad que lo obliga a construir una cama de clavos con el fin de ahuyentar la muerte que ronda a la artista.
En Cuando ya no tengas secretos, un estudiante universitario que satisfacía sus obsesiones sexuales hurtando el cuaderno de sus compañeras de estudio, termina (en una de las visitas a una casa de citas) descubriendo el otro secreto desgarrador que practicaba una de sus compañeras de estudio y terminan ligados por las mismas impurezas del mundo.
Las tribulaciones son permanentes en los personajes. En La entrevista, un indeciso buscador de trabajos, aguarda en la sala de espera la entrevista de su vida con Dios, pero (por la misma razón de su indecisión) termina expulsado de la sala hacia la vida real. En Patada al tablero, el sueño imposible de una vida lésbica termina desintegrando la personalidad de la autora de una improbable carta, en la cual se pone de manifiesto un mosaico de espejismos y frustraciones.
Los impulsos incestuosos forman parte de los vacíos vitales en el libro. En Colección de Souvenirs, dos hermanos, unidos por un accidente en el cual ella queda semiparalítica y él con dificultades mentales, terminan envejeciendo juntos en la misma casa paterna, con deseos incestuosos que el hermano apenas logra sublimarlos en una colección de perchas robadas. En ¿Y si tu voz me hiciera falta?, Orlando, enamorado de su prima Lucero, la más bella del barrio, sufre una locura interminable a raíz de la muerte de ella como producto de una violación y consume diversas drogas para reducir su locura que paradójicamente termina intensificando su terror ante vida.
Confesiones desde el infierno parece cumplir la noción de que el sexo prohibido conduce a la locura. En este texto, una monja privada de todas las experiencias amatorias en el Convento de Santa Catalina pone de manifiesto sus desvaríos sexuales ante la imposibilidad de una vida sexual más espontánea.
La frustración de la escritura narrativa no queda al margen. En Esperanza capital, un personaje homónimo al autor, después de varias frustraciones como escritor y lidiar contra las vanidades humanas, termina profesando la religión evangélica. En Pánico en La Punta, un aprendiz de escritor trata de suprimir su pánico al fracaso mediante las drogas que no hacen más que intensificar su incertidumbre.
Y el único modo de procesar estas frustraciones es a través del juego con los fantasmas que intervienen en los cuentos Autorretrato de una ilusión y El crepúsculo nunca viene solo.
La mujer como personaje fundamental aparece en La felicidad está en algún lugar del mundo que se llama Micaela. En él, ella es una fanática de las películas de Almodóvar que, tras su crisis existencial, acompaña a un camionero hasta la capital del Perú, donde termina igual sin objetivos ni perspectivas de vida.
Completan el libro varios cuentos que presentan mundos frustrantes para el mismo lector. Un aprendiz de escritor que imagina una pederastia como una forma de luchar contras las fuerzas del tánato se presenta en “Trayectos”. En “Un café en el Capriccio”, otro escritor trata de acceder al verdadero amor de su pretendida mientras mantiene el absurdo vinculo amatorio con la madre de ella.
Concluye el libro con dos cuentos en los cuales los personajes están condenados a la perplejidad. En Humor de sentido –anticuento–, un ex jugador trata de reconstruir un vida dentro de un perfil familiar que no tiene otro sentido que un humor negro. En Confesiones de plaza, un parroquiano de las casas de cita se enamora de una prostituta, convive con ella con todas licencias que le permite el caso, hasta que ella pretende procrear un hijo conduciendo al hombre a una visión perpleja de la vida.
Este es el universo narrativo que nos presenta Orlando Mazeyra, éste el absurdo que experimentan los personajes, este el espíritu pesimista con el cual visiona la vida el escritor arequipeño, como una forma de apertura a otras zonas oscuras de la condición humana.
* Bladimiro Centeno Herrera (Yunguyo, 1970). Estudió Literatura en la Universidad Nacional de San Agustín de Arequipa. Actualmente es docente de la Universidad Nacional del Altiplano de Puno. Comentarista de la nueva producción literaria que va apareciendo en la nueva hornada de escritores. En 1995, ganó el segundo premio denominado Concurso Nacional de Cuento y Poesía, organizado por la Municipalidad de Paucarpata de la ciudad de Arequipa. Tiene en su haber literario publicado los siguientes libros: El imaginario de la palabra (2003), donde reúne varios artículos de crítica literaria, algunos de los cuales han aparecido en diversas revistas literarias.
2010/07/28
Yo me vengo reinventando y lo tengo que hacer porque me lo exige mi cabeza
Ya está. Maradona ya no es el DT. El mito sigue y el hombre queda.
Y como durante los 630 días que duró este ciclo (parecen años) de esa tríada ya nos hemos ocupado lo suficiente del mito y del DT, bueno será ocuparse de lo que puede pasar ahora con el hombre, que quizás a alguno aún le importe.
Planteado de otro modo, si asumiendo como técnico del seleccionado Diego ponía en riesgo el mito Maradona, ¿qué riesgo asume el hombre ahora que ya ha dejado ese lugar, el más terrenal de los oficios futboleros?
En ese sinfín de frases memorables (no todas para aplaudir, claro) que es su vida casi siempre pública, se ofrece como oportuna respuesta a aquella pregunta una que pronunció no hace mucho, el día de su primera conferencia de prensa en Pretoria: "Yo me vengo reinventando y lo tengo que hacer porque me lo exige mi cabeza" , dijo entonces, y es lo que podría repetirse a sí mismo ahora.
Sí que era crucial el desafío que asumía. El más crucial de su carrera, porque los anteriores los había afrontado con el talento contrastado en pantalones cortos y botines y éste debía afrontarlo con un talento por verse en incómodo traje y zapatos. Y porque en su vida de "blancos" y "negros" no iba a dejarse lugar -ni se lo iban a dejar- para los "grises" . Su balance más íntimo y en caliente, todavía con los pies en Sudáfrica, fue una confesión y un indicio: "Lo que más me duele es que los sigo desilusionando" , les dijo a los que más quiere.
El Maradona DT se autodestruyó estratégicamente: primero, en el momento decisivo del Mundial, cuando llevó su teoría jugadorista al extremo de la ceguera; después, ya en Buenos Aires, cuando movió todas las piezas de manera sorprendentemente equivocada para entregarse al jaque mate. Si esto último lo hizo inconscientemente, para que la partida terminara como terminó, es meterse en pretenciosas honduras.
El Maradona hombre, mientras tanto, necesita consolidar su reconstrucción. Y para esto quizá sirva una frase más elemental, pero bienintencionada, de Fernando Signorini, al fin y al cabo una de las llaves de su salida: "En estas condiciones, lo mejor que le podía pasar a Diego era que todo esto se terminara" . Ojalá.
2010/07/12
Y ahora... a soñar con Brasil 2014
Esta 'naranja mecánica' capaz de tumbar a Brasil, no pudo matar a España. Insisto: por culpa del maldito Robben y de Casillas (un buen portero, no el mejor del mundo, que tiene mucha fortuna; mejores fueron el nigeriano Vincent Enyeamá y, claro, Ricardo, el notable guardameta portugués).
Esta España, juega mejor, pero -estoy seguro, no me cabe la menor duda- no hubiera podido con el sólido bloque posterior de Brasil.
No me gustó que la prensa española tratara tan mal a Maradona. Está claro que así como le temían a Brasil, también veían a Argentina como un problema. Por eso cuando Alemania apabulló a una irreconocible selección albiceleste, el consenso de los especialistas españoles era: "zafamos, a los alemanes sí les ganamos". Claro, ya lo habían hecho en la final de la Eurocopa, con gol de un Niño Torres que, ¡ay!, fue lo más bajo del equipo de Vicente del Bosque.
Una pena también por Robin Van Persie, quien, en la previa, había confesado su admiración por el más grande futbolista de la historia: "El video de Maradona levantando el trofeo y llorando, me obsesiona. No les puedo decir cuántas veces he visto esa grabación", dijo el delantero holandés.
La inspiración del ariete naranja era la foto de Maradona que todavía no podrá reemplazar por la suya: "Pero desde entonces, siempre quise jugar una final de Mundial, incluso cuando era un niño. De hecho ahora tengo una imagen grande de Maradona en una de las paredes de mi casa. Es una foto increíble en la que él sostiene la Copa del Mundo". Y, claro, nunca estuvo en mejores manos. Que la sigan mamando los anti-Maradona.
En la previa, sabía que Villa es un goleador nato y no quería que marcara más (hubiera sido el goleador del mundial). No lo hizo, por suerte. También intuía que el único capaz de hacer una jugada 'maradoniana' era el pelado con pinta de oficinista (como lo llama César Luis Menotti). Tampoco la hizo. Pero, jode decirlo, jode mucho. Es el mejor del mundo. Será por eso que Messi funciona tan espléndidamente en el Barcelona. Con este ingenioso hidalgo cualquiera puede brillar.
España no es la mejor selección del mundo, ha ganado el Mundial, pero no es la mejor. El autor del gol sí, no hay duda, es el más grande. Y los grandes aparecen en los mundiales. Zidane, maestro de maestros, ya te tomaron la posta. Acá hay talento, demasiado. Y la dedicatoria lo hace más grande que toda España.
Mejor defensa: Lucio (Brasil), el gran capitán, un guerrero de primera fila.
Mejor volante: A.I. (el mejor futbolista del mundo, digno heredero del 'monje' Zinedine Zidane).
Mejor delantero: De lejos, Diego Forlán, un mercenario del gol.
Mejor entrenador: Gerardo 'El Tata' Martino.
Maradona en Oxford, sí, con toga. En 1995, una universidad de la mismísima Inglaterra le otorgó el título de "Master Inspirator", por considerarlo un "maestro inspirador de los que todavía sueñan". ¿No lo creen? Pregúntenmelo a mí o mejor a Van Persie. Diego: YO SUEÑO.
2010/07/02
2010/06/22
La leyenda continúa... que México la sufra
La mezquina propuesta griega, ante el equipo B de Argentina, resistió, a punta de golpazos a Messi y compañía, hasta muy entrada la segunda etapa. Messi, la pisa, prueba, encara, la tira palo y no entra. México espera los goles de Messi.
Párrafo aparte para esa leyenda llamada MARTÍN PALERMO: el goleador de Boca Juniors disputa su primer mundial a los 36 años y metió el segundo gol. El gran campeón de la Libertadores y ariete del equipo más popular de Argentina ha vuelto a hacer historia. "Esto es impagable", ha dicho el hombre-récord. Lo mismo le decimos a él.
Actualización (23 de Junio, artículo de J.P. Varsky).
http://www.canchallena.com/1277764-traeme-a-martin
2010/06/18
José Saramago (1922-2010)

La foto de la Capilla Ardiente de Saramago la saqué del diario El País de Madrid.


