2012/10/23

¿La madre asesina al hijo?

La madre de Van Gogh retratada por su hijo.


—Leí tu cuento, Orlando.
—Gracias por leerlo.
—¡Me gustó mucho! Tomas como personaje principal a  una mujer, eso me atrajo. Pero el cuento en sí me atrapó, ésa es señal de un buen trabajo. Ahora, tengo una intriga...
—¿Cuál?
—¿La madre asesina al hijo?
—No lo sé.

2012/10/18

Oswaldo Reynoso: el orgasmo creativo

Oswaldo Reynoso a punto de firmarme la primera edición de En octubre no hay milagros (1965).
«La vida sin libertad no es sólo fea, sino sucia.»
Oswaldo Reynoso, Los eunucos inmortales

«(...) el pecado no existe: sólo la límpida moral de la piel y en las playas de Mollendo donde por primera vez vi el mar yo tenía catorce años y era casto por miedo al infierno inculcado en oscuras y abovedadas iglesias de sillar donde ardían grandes cirios como avisos luminosos anunciando los tormentos de Satanás y con el brazo extendido la renuncia a los pecados de la carne y antes la muerte que el sexo como mártires cristianos y ahí en la playa con Malte y otros amigos en la noche marina jugando a tumbarse unos a otros sobre la arena y luego conturbados Malte grita: Ahora, a corrérsela.»

Oswaldo Reynoso, El goce de la piel
«Siempre es él quien pone en marcha el tren del pensamiento; siempre es el pensamiento el que escapa de su control y regresa para acusarle. La belleza es la inocencia; la inocencia es la ignorancia; la ignorancia es la ignorancia del placer; el placer es culpable; él es culpable. Ese muchacho, con su cuerpo nuevo, intacto, es inocente, pero él, gobernado por sus oscuros deseos, es culpable.»
J. M. Coetzee, Infancia: escenas de una vida en provincias.



Por Orlando Mazeyra Guillén
Una de mis hermanas —precoz y afanosa lectora de ficciones— solía robar libros de la biblioteca de mis abuelos. Íbamos todos los domingos a donde la Mamá María y, luego del almuerzo, ella aprovechaba la siesta de la abuela para escabullirse por los oscuros cuartos de la añosa vivienda y accedía a la polvorienta biblioteca donde uno podía encontrarse con Arguedas, Cortázar o Camus.
Cuando nos despedíamos de la Mamá María, mi hermana empezaba a leer en el auto los libros que había escondido entre su ropa. Recuerdo con nitidez aquella ocasión cuando la vi sostener dos novelas: El coronel no tiene quien le escriba y En octubre no hay milagros. Abrió la novela de Reynoso para, ávida, echarle una ojeada y, de pronto, la noté turbada, un enigmático rubor se había apoderado de ella: negó moviendo la cabeza —insobornable señal de reprobación— y cerró el libro. Luego acudió apresurada a la historia del coronel Aureliano Buendía y, ahora sí, todo volvió a la normalidad mientras, creo, se lo imaginaba destapando el tarro del café. ¿Qué había leído en aquel libro? Lo supe llegando a casa cuando ese «giragiragiragira» de la cabeza de don José de San Martín me hizo ponerme en la piel de Leonardo y sentir aromas inéditos: «el olor arrecho del mar en mis manos. Olor a Cigarro Inca, fuerte. Olor de ruda con incienso. Olor de puta morena.  Olor azulino en lengüitas amarillas como llama de cirio prendido. Olor de procesión. Y los morenos de la Santa Hermandad estarán sacando de Nazarenas al Señor. Y las velas encendidas estarán quemando pelos y rabos de beatas putas. Y los giles, serios, haciéndose los rezadores, se juntarán a las hermanas. Y con el pretexto del Señor, muy de mañana, comenzará el cochineo general».
Mi hermana se encontró con una aspérrima realidad que evidentemente no quiso aceptar: el retrato fiel, incómodo e inmisericorde de una ciudad. César Hildebrandt me confesó, en una entrevista, que Reynoso le descubrió un mundo, un lenguaje, una violencia, que su aislamiento le había impedido conocer.
—Había un mundo allá, afuera de su alcoba —indagué.
—Exactamente —me respondió Hildebrandt—. Y Reynoso me abrió las puertas y me abrió las ventanas y ventiló mi covacha. Y metió un montón de ruido. Es contundente, coral, callejero, eso es lo que más me gustó.
Contundente. Coral. Callejera. La narrativa de Reynoso es eso y más. Poética. Sensual. Comprometida. La crítica oficial, por supuesto, no quiso reconocer que el país había encontrado a uno de sus mejores intérpretes narrativos. José Miguel Oviedo lo catalogó como: «un autor fascinado por la abyección, la morbosidad y la inmundicia en que se revuelca el hombre de esta misma pudibunda ciudad —ese tipo de narrador escandaloso y coprolálico que apenas si asoma en nuestra literatura». ¿Es En octubre no hay milagros una novela pornográfica? Una respuesta certera la dio Mario Vargas Llosa: «No, la novela de Reynoso no es pornográfica ni obscena. Es un libro de una crudeza fría y áspera como la realidad que la inspira y tiene los altos méritos raros, entre nosotros de la insolencia y de la ambición. Él ha querido trazar un fresco verídico y múltiple de Lima, una radiografía horizontal y vertical de la ciudad, tal como lo hizo con México Carlos Fuentes en La región más transparente, y lo ha conseguido en gran parte».

EN BUSCA DE LA SONRISA ENCONTRADA

«A todos —afirmó Octavio Paz—, en algún momento, se nos ha revelado nuestra existencia como algo particular, intransferible y precioso. Casi siempre esta revelación se sitúa en la adolescencia. El descubrimiento de nosotros mismos se manifiesta como un sabernos solos; entre el mundo y nosotros se abre una impalpable, transparente muralla: la de nuestra conciencia». Es durante su primera aventura de collera en el Puerto Bravo de Mollendo, y contemplando a sus iguales, cuando el adolescente Reynoso se asombra de ser (de descubrirse a sí mismo a través de los otros): «sentado sobre la arena gustando de lejos la delicia de los rostros adolescentes entre la llamarada azul del mar». ¿Qué buscaba? ¿Acaso ya lo sabía? «Caminaba por las calles estrechas de mi adolescencia buscando lo que no sabía que buscaba». Vivir es un continuo aprendizaje: Patria no es más que el rostro de la gente que uno ama; la armonía y la salud se pueden recobrar abrazando un árbol en China; y es de sabios el saber escuchar a los demás con suma reverencia.
Reynoso constata que la ficción —su ficción— es un viaje que siempre conduce a la misma ciudad: «Arequipa de mi adolescencia donde un viento feroz quiso apagar para siempre la llama de la lámpara de Aladino que ardía en mi piel». Y el descubrimiento de la belleza puede ser una tarea larga y dolorosa, pues hay que ir «destruyendo, poco a poco, las pautas de la belleza que me habían inculcado desde que abrí los ojos». El narrador de este libro es hedonista y rebelde, sensible y marginal, siempre nadando contra la corriente: dando cuenta de su propia concepción de la belleza y de la misma pregunta que el premio Nobel sudafricano John Maxwell Coetzee se hace en Infancia: escenas de una vida en provincias: «Belleza y deseo: le inquietan las sensaciones que las piernas de esos chicos, lisas, perfectas e inexpresivas, provocan en él. ¿Qué más se puede hacer con las piernas aparte de devorarlas con los ojos? ¿Para qué sirve el deseo?»

«(…) Uno a uno los muchachos se fueron. Al final, sólo quedó Colorete. Me asustó su mirada. Ya no había cólera ni burla en sus ojos: había ternura, extraña, terrible. Cuando se dio cuenta que lo miraba, se avergonzó. Quise darle la mano y decirle: «te comprendo». Pero qué difícil es sincerarse sin cebada.»
Fragmento de Los Inocentes (relatos de collera)
«(…) Y entonces en lo más hondo de mi estómago comenzó a ovillarse una angustia física que luego se desmadejaba dolorosamente en mis venas y acuchillaba mis sueños y azotaba inmisericorde mis memorias duermevelas y a esa angustia visceral había que darle un contenido psíquico y entonces venía la búsqueda desesperada en los olvidos de una palabra dicha al desgaire o de un mal gesto indeliberado o de un acto no pensado que hubiera podido desencadenar a mis espaldas un conflicto o una situación gravísima y entonces toda actitud vivida se hacía sospechosa y era el mismo proceso de exploración de culpa en el recuerdo que me atormentaba cuando adolescente caía de rodillas en el confesionario o cuando me metieron en una celda en el Perú sin formularme cargo alguno y entonces y entonces, ¿por qué te has quedado más de diez años en China? ¿por masoquista? ¿o a lo mejor porque querías expiar una culpa? ¿o tal vez porque creías de verdad que ibas a encontrar en medio de tanto derrumbe y soledad la clave que te daría la felicidad?»
Fragmento de Los eunucos inmortales

2012/10/13

Antonio Cisneros se fue a la última casa de Ribeyro

César Calvo (izquierda) y Antonio Cisneros. 1989. (foto: Caretas)
Hoy apareció en Lima Gris una nota que escribí sobre Antonio Cisneros titulada: Cisneros se fue a la última casa de Ribeyro.


Manuel Flores va a morir.
Eso es moneda corriente;
morir es una costumbre
que sabe tener la gente.
J. L.  Borges

Por Orlando Mazeyra Guillén

Corría el año 1996. Yo tenía quince años y, antes que con ser escritor, soñaba con ser periodista. Había un programa deportivo en  radio Nevada (buen nombre para una radio arequipeña, ¿no es cierto?) que daba de lunes a viernes a las siete de la noche. El bloque estelar era el dedicado al equipo «sangre y luto» de la ciudad: Vértebra rojinegra. Leía con fervor la revista El Gráfico de Argentina y soñaba con, algún día, hacer eso que yo descubría en las crónicas deportivas de ese legendario rotativo: ¡un partido de fútbol convertido en literatura! Gracias a El Gráfico conocí a Sábato (hincha de Estudiantes de La Plata y de Diego Armando Maradona) y luego sucumbí ante El túnel. ¿Se imaginan a algún diario deportivo —El Bocón, Líbero, Depor, etcétera— entrevistando a escritores o intelectuales peruanos? Yo tampoco… En esa revista también leí un cuento que me lanzó a escribir, con una mezcla de candor y pasión, «cuentos de fútbol»El penal más largo del mundo de Osvaldo Soriano. ¡Cómo olvidar algún reportaje que le hicieron a Roberto Fontanarrosa! Y, a la par, había un programa de Radio Programas del Perú que escuchaba cada vez que podía y, además, lo grababa (o hacía que me lo grabaran) en los viejos casetes de audio: las Crónicas del Oso Hormiguero.
Estuve buscando (quiero decir, exhumando) papeles en mis polvorientos archivos y me encontré con un texto fechado precisamente en 1996. Se trataba de una transcripción de un programa de Antonio Cisneros dedicado justamente a otro escritor amante del fútbol: Julio Ramón Ribeyro. Sin embargo, sólo tengo la primera página. Es una reliquia incompleta. No obstante, vale la pena compartirla pues el autor de El libro de Dios y de los húngaros, recuerda al amigo desaparecido (triste coincidencia, también víctima del cáncer):

Ahora que ha salido el sol he rescatado mi vieja bicicleta. Estaba anteayer pasando por el malecón de Barranco (creo que, en este caso, el «malecón de los ingleses») y paré frente al departamento de Julio Ramón Ribeyro. Allí vi la casa vacía y parece mentira que ya no esté entre nosotros hace más de un año. Ese departamento: con su terraza sobre el mar para los buenos tragos del verano, y su cálido estudio de madera para los buenos tragos del invierno. Ahí hemos visto grandes partidos de fútbol (lástima que Julio Ramón era de la «U»). Pero, en general, fue un lugar de conversaciones torpes o sabias: hablábamos de todo lo divino y de todo lo humano… rara vez de literatura, muy rara vez, casi como si estuviera prohibido. Dicho sea de paso, con mis amigos los escritores, y sobre todo con los poetas, nunca se habla de literatura*.

¡La casa de Julio Ramón Ribeyro! Y pienso en las casas de Julio Ramón Ribeyro. En mis épocas de cuando yo vivía en Londres, cada vez que pasaba por París ahí estaba clavado en su casa de la plaza de la Contrescarpe. Después me acuerdo de su casa de la plaza Falguiere y, finalmente, de un hermoso  departamento en el parque Monsoon. Ahí era mi refugio de «papa a la huancaína»«lomo saltado» y la conversación obligatoria impuesta por Julio Ramón era sobre el Perú. En realidad, nadie habla tanto del Perú como la gente que vive fuera. La casa de Julio Ramón era también el refugio de toda la muchachada que vivía en París: esa especie de generación peruana perdida que, año a año, se renueva, década tras década, y allí se va quedando y viviendo en París.

Julio Ramón siempre fue muy generoso y su casa era un centro de reunión. Aunque una vez lo vi tomando notas en una libretita, apuntando; y yo le pregunté qué es lo que estaba haciendo. Mientras tanto, continuaban los vinitos, los piqueos y las conversaciones entusiastas de todos los invitados a la casa.

En realidad, lo que estaba haciendo Julio Ramón era lo que los antropólogos llaman«trabajo de campo», es decir, captar lo que la gente dice, cómo la gente habla en vivo y en directo, así mientras pasaba la noche y los vinitos y los piqueos. Cada barrio de Lima hablaba como habla cada barrio de Lima, cada barrio del Perú hablaba como habla cada barrio del Perú. Los muchachos recién llegados a París tenían, por supuesto, el lenguaje más fresco y, por lo tanto, eran su mejor fuente de información. Así, Julio Ramón vivía tantos años fuera del Perú y se iba poniendo al día del lenguaje cotidiano. Ahí apuntaba«pelea de perros» o si no iba pasando, evolucionando, desde el clásico  «pata»«patita», «cuñado»,  «choche»,  «causa»«causita»

Quizá el Oso Hormiguero ya esté en la última morada de Ribeyro, viendo junto a él —«como buenos causas»— algún partido de fútbol o hablando de cualquier cosa… menos de literatura: lo mejor que nos dejaron antes de morir (y eso no es moneda corriente).
Morir, decía Borges, es una costumbre que sabe tener la gente.

Arequipa, 13 de octubre de 2012.

* Le pregunté a su gran amigo Fernando Ampuero, de qué hablaba Antonio Cisneros con sus amigos: «de la vida, de lo más significativo y de lo más trivial que hay en ella, pero cuando se habla de trivialidades con gente culta, inteligente y bien hablada, las conversaciones resultan enriquecedoras y amenas, y cuando se habla de lo realmente serio en este mundo nunca debería faltar un ataque de rabia o un bostezo, seguido de alguna carcajada. El asunto, si se quiere, consiste en tomarse la vida en serio, pero de ninguna manera tan en serio». Recomiendo leer «CISNEROS Poeta de la Luz», una semblanza a cargo del propio Ampuero que apareció en Caretas: «Tan pronto sus males (enmascarados, traicioneros) se manifestaron, comenzamos a hablar de la muerte, y lo hacíamos, en los últimos meses, casi a diario. Le fastidiaba de ella su inminencia de tinieblas, sus mañas para robarse a los amigos, su rastro de aguafiestas. Decía, con verdadera preocupación, que aún le faltaba mucho por sufrir y gozar en este mundo. Mantenía siempre, sin embargo, el buen humor, el carácter firme y la gentil apostura, la cabeza en alto y el gesto airado, como solía mostrarse cada día, destilando comentarios ingeniosos, opiniones lúcidas y bromas filosas, con las que solía defenderse ante la adversidad. Cada amigo, o cada conocido que fallecía, era una señal de alarma. Toño llamaba entonces por teléfono, o a veces era yo quien lo llamaba. “¡Muerte cabrona!”, me decía. “Ya empezó el desfile. ¿Una pena, no? ¡Con tantos bríos, con tanta alegría de vivir que hay en nuestras vidas!”».

2012/10/06

Antonio Cisneros (1942-2012)

Con Antonio Cisneros en el Paraninfo de la UNSA (Arequipa, 2007).


Para hacer el amor
debe evitarse un sol muy fuerte sobre los ojos de la muchacha,
tampoco es buena la sombra si el lomo del amante se achicharra
para hacer el amor.
Los pastos húmedos son mejores que los pastos amarillos
pero la arena gruesa es mejor todavía.
Ni junto a las colinas porque el suelo es rocoso ni cerca de las aguas.
Poco reino es la cama para este buen amor.
Limpios los cuerpos han de ser como una gran pradera:
que ningún valle o monte quede oculto y los amantes
podrán holgarse en todos sus caminos.
La oscuridad no guarda el buen amor.
El cielo debe ser azul y amable, limpio y redondo como un techo
y entonces
la muchacha no verá el dedo de Dios.
Los cuerpos discretos pero nunca en reposo,
los pulmones abiertos,
las frases cortas.
Es difícil hacer el amor pero se aprende.



De "Agua que no has de beber" 1966

De "Propios como ajenos" Antología personal

Editorial Inca, Lima, Perú 1989

2012/09/29

FERNANDO AMPUERO, ¿ACASO UN PERUANO PERFECTO?

En la foto, de izquierda a derecha: Julio Ramón Ribeyro, Fernando Ampuero y Toño Cisneros. HOY, SÁBADO 29 DE SETIEMBRE, PRESENTA A LAS 7 P.M. SU ANTOLOGÍA PERSONAL EN LA FIL AREQUIPA.


Por Orlando Mazeyra Guillén

«No pensé que fueras tan alto», me dijo Fernando Ampuero cuando lo abordé momentos antes de la presentación de su  Antología Personal (Punto de Lectura, 2012) en un conocido restorán miraflorino. Un comentario banal que se le puede hacer a  quien uno acaba de conocer, pero que traigo a cuento porque recuerdo que, en uno de sus libros, él señala algo que, en vez de pertinente aclaración, me sabe a rotundo embeleco: «nada personal tengo contra los sujetos de baja estatura. Muchos de mis amigos son personas pequeñas, por quienes siento enorme respeto, afecto y admiración: gente abierta y simpática, almas transparentes que saben que la calidad humana no se mide con un centímetro». ¿La bonhomía tiene relación con la estatura de las personas? Claro que no. Un narrador tan ducho como Ampuero, sin duda, lo sabe (aunque el estereotipo lo lleve concluir que todos los no limeños somos necesariamente cortos de estatura).
Este comentario, en vez de quedar como una mera anécdota, me lanzó a indagar, otra vez, acerca de los indefinibles límites entre realidad (verdad) y ficción (mentira). Quizá algunos, por qué no, tenemos especial fijación en la apariencia física, es decir, en la envoltura antes que en el contenido. Por ejemplo, en su última novela El peruano imperfecto (Alfaguara, 2011) parece poner en práctica —¿deliberadamente a medias?— el streaptease invertido explicado por Mario Vargas Llosa en Historia secreta de una novela. Pedro José de Arancibia, el álter ego de Ampuero, «es alto y delgado, de porte atlético, tiene el buen gusto de no teñirse las canas y, bendición de sus genes del lado paterno, carece de arrugas». Corro ahora el riesgo del exabrupto al convencerme de que acá hay un exhibicionismo desbocado que delata algo que llamaremos una de las obsesiones de este importante narrador nacido en Lima en 1949: mirarse al espejo. Ejercitar una vanidad galopante. Lo cual no es delito, sin embargo me interesa poner en relieve, pues quizá sea una de las razones por la que es resistido por mucha gente (la entrevista que le hice fue censurada en una novel revista limeña porque el director lo consideraba un escritor antipático. Ésta finalmente apareció en el diario El Pueblo de Arequipa).
«La verdad está en la ficción. En ella es donde el termómetro espiritual da su medición exacta», afirma Martín Amis y uno como lector de El peruano imperfecto —ironías de por medio— puede encontrarse con la medición exacta de la estatura espiritual del autor de uno de los mejores cuentos peruanos que yo haya leído: Taxi driver, sin Robert DeNiro.
«¿Qué es hoy el Perú? —se pregunta Pedro José de Arancibia— No lo sé, ni tampoco sé si alguien lo sabe. Si unos siglos atrás se mencionaba esta palabra, Pirú o Perú, el habitante de otros mundos pensaba en los incas, El Dorado o el Cusco, o bien imaginaba la Lima vista por los viajeros, europeos y decimonónicos, y por Ricardo Palma, las tapadas y algunas leyendas pintorescas. Ahora, para nativos y extranjeros, la traducimos en imágenes: pisco sour, cebiche, papa a la huancaína, Titicaca, Vargas Llosa,Machu Picchu, líneas de Nasca, líneas de cocaína». Este último Ampuero, como se podrá notar, a pesar de ser entretenido, es prescindible y ligero. Yo prefiero a aquél que luego de darse unas vueltas por la calle Ocoña, la que él llama el Wall Street del dólar informal, decidió escribir una novela, Caramelo verde (1992), «conjuro indispensable (sea usted autor o lector) contra el sinsentido de la existencia».
También me declaro lector atento del Ampuero que nos acerca con solvencia al autor de El viejo y el mar, uno de sus escritores predilectos: «Todo el mundo quiere a Hemingway. Todo el mundo lo odia. Los valores que animan su obra, dicen algunos, ya no interesan. ¿Quién admira a un cazador en un mundo ecologista?  ¿Quién celebra a un boxeador en plena decadencia del machismo? Aquellos que lo quieren, rescatan la tensión y belleza de su estilo, claro, sencillo, cero colesterol, así como la calidad de sus cuentos, que consideran-lo-mejor-de-su-universo-creativo. Los que lo odian, lo tildan de obsoleto. Ambas opiniones sacan lustre al lugar común. Sin embargo, Hemingway sigue entre nosotros. Y esto, por cierto, no se debe a que hoy nos apasione la pesca, los toros, la guerra o el alcoholismo, sus temas recurrentes. Nos apasiona, creo yo, lo que está detrás de su enorme y publicitadísimo vitalismo: la soledad y la derrota
Ampuero alguna vez me dijo que si a Shakespeare le hubiera tocado nacer en estos tiempos, lo más seguro es que hace rato lo hubieran mandado a parir. Aprecio también al narrador que sabe dar sobrios consejos a aquellos que le confiamos nuestras tribulaciones literarias: «en este mundo ya nadie triunfa. El triunfo es una ilusión óptica, ya que la humanidad ha perdido el carnet de trascendencia. Uno no debe buscar eso. Uno solo debe buscar hacer las cosas cada día mejor. No temerle al fracaso. El fracaso es un cómplice, un aliado: muchas veces nos da una mano para salir del hoyo. Como decía el gran Cortázar, la vida es caer y levantarse».
Para matizar mi impresión, quizá apresurada, sobre este reconocido periodista (y, desde luego, también poeta) dejo una de las preguntas que le formulé hace pocos meses:
En el mundillo literario limeño se habla mucho de su vanidad, el periodista Beto Ortiz ironiza sobre su legendaria pose "ta-qué-rico-que-soy". En esto, ¿cuánto hay de verdad y cuánto hay de mentira (envidia)?
—¿Qué raro que esa gente piense que soy vanidoso? —me respondió— ¿No estarán todos equivocados? La vanidad, en todo caso, es un saludable movimiento del alma. Cura la melancolía y sirve de antibiótico natural contra la infecciosa impertinencia de quienes nos malquieren. 
Yo me arriesgo: él es un peruano perfecto. Y además, claro que sí, un narrador de polenta.


2012/09/25

Chismografía y escándalo: CARTA ABIERTA A CARLOS MENESES CORNEJO (director del diario El Pueblo)

Esta foto de una ex prostituta brasilera que se desnudó en la FIL Arequipa fue la portada del diario El Pueblo de Arequipa del lunes 24 de setiembre. El día anterior se había homenajeado a Edgardo Rivera Martínez y, además, había presentado un nuevo libro de cuentos el ancashino Óscar Colchado Lucio. El diario El Pueblo no sólo no los menciona en la portada, sino que no aparecen en ninguna página interior. Lamentable. 

Arequipa, martes 25 de setiembre de 2012.

Sr. Don Carlos Meneses Cornejo
Director Periodístico del diario El Pueblo de Arequipa
Presente.-

Quien le dirige esta misiva, sabido es por usted, colabora periódicamente en su medio periodístico con entregas de índole cultural —artículos, entrevistas, crónicas y ficciones; sólo por citar a algunos de los personajes que he incluido hasta el momento en mis notas: entrevista al periodista César Hildebrandt, al cantautor Daniel F, la actriz Tatiana Astengo, el periodista Guillermo Giacosa, el escritor arequipeño Oswaldo Reynoso, el historiador Juan Guillermo Carpio Muñoz, al biógrafo de Mario Vargas Llosa, J. J. Armas Marcelo, los escritores limeños Alonso Cueto y  Fernando Ampuero, etcétera—, y no he percibido (ni percibo) por éstas ninguna retribución (ni siquiera un ejemplar de cortesía del diario). Y, si me lo permite, lo seguiría haciendo, pues para quien la literatura y el periodismo (o una bienhechora amalgama de ambos) constituyen un placer, no espera nada a cambio… pues en el ejercicio de ambos ya encuentra la mejor recompensa.
            Así como he publicado diversos textos —¡ay!— también he sido censurado en no pocas publicaciones como, por ejemplo, una nota nocturna sobre los fletes arequipeños o algún relato autobiográfico que apareció en el semanario limeño Hildebrandt en sus trece. Sin embargo, hay que hacer de tripas, corazón, y seguir para adelante: escribir, escribir y escribir.
            En no pocas ocasiones se me ha dicho que El Pueblo es un diario conservador y poco afecto a los escándalos o noticias morbosas que busquen herir susceptibilidades y, por lo tanto,  hay que tener cuidado con las notas que uno pretende publicar. Y todo esto es comprensible (quiero decir, respetable): uno no puede imponerse por sobre la línea editorial de un medio periodístico, pues es ésta la que lo sostiene y define. Esto viene a cuento porque me sorprendió sobremanera que el día viernes 21 de setiembre no se informara nada sobre la inauguración de la IV Feria del Libro de Arequipa, la cual es el evento cultural más importante de la ciudad que ningún medio de prensa puede (ni debe) permitirse pasar por alto. El día domingo, en cambio, apareció una nota firmada por el señor José Carlos Mestas, bajo el desafortunado título «Brasilera enseña cómo no dar un mal “polvo”», se le dedicó casi media página para contarnos la historia de una ex puta brasilera que se presentó en el recinto ferial del Parque Libertad de Expresión (de la presentación, en simultáneo, del consagrado escritor arequipeño Oswaldo Reynoso no se dijo ni pío).
            Un enemigo de la censura como yo celebra esta inesperada, y ojalá no fugaz, apertura del diario El Pueblo; aunque sí, vale aclararlo, considero que la actividad que llevó a cabo la hermosa señorita brasilera era más acorde para ejecutarse en una zona rosa (de la que todavía carecemos) que en una feria libresca (la compatriota de la  desaparecida escritora Clarice Lispector decidió mostrar sus tetas en un lugar al que acuden padres de familia con su hijos, muchos menores de edad, para buscar algún libro y, ¡oh, sorpresa!, se encuentran con un show putañero gratuito).
            Hay un viejo dicho que reza: está bien culantro… ¡pero no tanto! El día lunes 24 de setiembre la dama de compañía jubilada prematuramente apareció en la portada de El Pueblo que, considerándola una de las noticias más importantes de la ciudad, informó: “Vanessa de Oliveira se desnudó ayer (sic) en el estrado principal del auditorio José Ruiz Rosas de la Feria Internacional del Libro (…) antes de que se produjera la espectacular acción, la escritora autora de siete libros sobre sexo cayó del estrado sin hacerse daño”.
¿Qué quiere decir civilización del espectáculo?, se pregunta Mario Vargas Llosa y, de inmediato, él mismo nos da su respuesta: “la de un mundo donde el primer lugar la tabla de valores vigente lo ocupa el entretenimiento, y donde divertirse, escapar del aburrimiento, es la pasión universal. Este ideal de vida es perfectamente legítimo, sin duda. Sólo un puritano fanático podría reprochar a los miembros de una sociedad que quieran dar solaz, esparcimiento, humor y diversión a unas vidas encuadradas por lo general en rutinas deprimentes y a veces embrutecedoras. Pero convertir esa natural propensión a pasarlo bien en un valor supremo tiene consecuencias inesperadas: la banalización de la cultura, la generalización de la frivolidad y, en el campo de la información, que prolifere el periodismo irresponsable de la chismografía y escándalo”.
            Chismografía y escándalo. ¡Lo que vende! Si el pueblo quiere circo, pues no seamos cortos ni perezosos: ¡hay que dárselo! ¿Verdad? El día domingo por la mañana se presentó un escritor imprescindible en la narrativa peruana: Edgardo Rivera Martínez, autor de la celebrada novela País de Jauja, finalista del premio Rómulo Gallegos y considerada la mejor novela peruana publicada durante la década de los noventa. Más tarde presentó su primera publicación en Arequipa (Travesía Editora) otro escritor peruano de primera fila como el ancashino Óscar Colchado Lucio, autor de la novela Rosa Cuchillo y de La casa del cerro El Pino (cuento ganador del premio Juan Rulfo 2002, organizado por Radio Francia Internacional). Fue lamentable, decepcionante, triste, no encontrar el día lunes 24 de setiembre ni una sola mención a estos autores peruanos. Ni una sola mención en el diario que usted dirige (pero sí la foto en portada de una brasilera con las tetas al aire, un evento que había ocurrido ya dos días atrás). Los libros no importan, sin embargo, un par de senos —sobre todo si son importados de Brasil— se venden como pan caliente. Mejor que mejor si salen en portada.
            Acierta otra vez el Premio Nobel de Literatura, MVLL, cuando nos informa que “en nuestros días, en que lo que se espera de los artistas no es el talento, ni la destreza, sino la pose y el escándalo, sus atrevimientos no son más que las máscaras de un nuevo conformismo. Lo que era antes revolucionario se ha vuelto moda, pasatiempo, juego, un ácido sutil que desnaturaliza el quehacer artístico”. No he presenciado ese triste espectáculo de la ex-hetaira pues, a la misma hora, estuvimos presentando el nuevo libro del escritor arequipeño Oswaldo Reynoso, no obstante, sí sabíamos a qué venía la brasilera.
Luego de todo esto, esfumado el estupor y la contrariedad, también me siento estafado. Sobre todo si el día viernes 21 de setiembre, tres conocidos periodistas que han trabajado con usted (Jorge Turpo, Christian Ticona, Carlos Rivera) junto a escritores como Giovanni Barletti y quien le escribe, participamos de una mesa sobre “La bendita (o maldita) manía de contar historias” en el auditorio de la Biblioteca Regional Mario Vargas Llosa. Un auditorio que lucía casi en tinieblas. “No tenemos micrófonos”, nos dijo uno de los jóvenes colaboradores de la FIL. Nosotros insistimos y, a pesar de todos estos percances, llevamos a cabo el evento. Luego nos empezaron a cortar la luz. Cualquier incauto hubiera pensado de que se trataba de un boicot. No, no era eso: desorden, caos… y no habíamos prometido un show de calatos.
            En  aras de la pluralidad y de la libertad de expresión tan manoseadas espero que usted publique esta protesta que quiero hacer pública a través de su medio. Las autoridades tienen mucho que ver en esto: el señor Juan Manuel Guillén Benavides que sólo aparece en las fotitos cuando el Nobel nos visita y mejor ni mencionar a nuestro alcalde que no pierde el tiempo en lanzarse a las piscinas de Tingo para buscar portadas o entregar medalla de la “cultura” a todo aquel que aparezca en la televisión (no local, el requisito es aparecer en canales limeños, por supuesto). Alfredo Zegarra Tejada que le pone Palacio de Bellas Artes Mario Vargas Llosa a un coliseo horroroso que más parece un platillo volador (pero, claro, no se puede hablar mal del señor alcalde porque pone publicidad en el diario, por eso también sacaron las columnas del reconocido sociólogo José Luis Vargas Gutiérrez).
¿Es cultura todo este embeleco? No, es una farsa montada con la aquiescencia de todas nuestras autoridades locales. La culpa también es nuestra, porque los elegimos (¡y hasta reelegimos al impresentable Guillén tapándonos las narices!). En esta provinciana ciudad también somos presas de la civilización del espectáculo que en todo se entromete y lo deforma. Hoy por hoy, en nuestro país, el periodista más influyente de nuestra televisión es Beto Ortiz (si no que lo diga nuestro presidente regional que también tiene  varias fotitos con él en la biblioteca regional, pero coloca a gente inepta a cargo del auditorio que lleva el nombre de nuestro mejor novelista en la Feria del Libro del parque Libertad de Expresión). Todos sabemos el por qué. La culpa es nuestra: de todos los lectores y televidentes que no reclamamos y mantenemos un silencio cómplice. Como leí hace mucho en un libro de Eduardo Galeano: HEMOS GUARDADO UN SILENCIO BASTANTE PARECIDO A LA ESTUPIDEZ. ¡Basta ya! ¿En qué momento se jodió Arequipa, don Carlos Meneses?

            Atentamente,
ORLANDO MAZEYRA GUILLÉN
DNI 40764299
                                                                     

2012/08/24

Oswaldo Reynoso: «LA LITERATURA ES COMO UN RÍO. EL PROBLEMA QUE YO VEO AHORA CON LOS NARRADORES ES QUE NO SABEN DÓNDE ESTÁ EL RÍO NI QUÉ RECODOS TIENE ESE RÍO.»

Con Oswaldo Reynoso, en el bar Don Lucho, Jirón Quilca, Lima.
 "Rosquita, aunque no lo creas, te conozco demasiado. En la galería del cine de tu barrio eres el más ocurrente. Desde la triste soledad de la platea te he escuchado. Y un día de verano te he visto gorreando en el estribo de un tranvía de Chorrillos. Ibas con todo el cuerpo al aire y tus cabellos en tremolina al viento cubrían tus ojos. Y, cada vez que venía el cobrador lo saludabas, palomilla: "Presente, mi general". Cada cuadra un chiste y un repertorio inacabable de piropos. Recuerdo que un cura gordo y serio se comía la risa, hipócrita. Te he visto también jugar fútbol en la calle de tu Quinta. Y te he visto también llorar después de la pelea con algún "torcido", como los llamas tú. Te he visto también en el billar "La Estrella", escondiéndote de Don Lucho. Y te he visto también cantar y bailar en la cantina del japonés. Te he visto también, tímidamente y oculto, deslizarte por lugares prohibidos. Y te he visto también pasear con tu muchacha, con tu gila, Rosquita.

Pero también sé que a pesar de tus gracias, de tu risa y palomillada eres triste. Eres triste porque comprendes que un muchacho como tú puede perderse. Ahí no está el Príncipe de ladrón. Colorete, de "maldito" y casi casi perdido; Cara de Ángel, de jugador, capaz de empeñar su camisa e irse desnudo, de noche, a su casa, por una mesa de billar; Carambola que está llevando mala vida con una mujer mayor que él; Natkinkón, bohemio y jaranero; y del Chino y del Corsario, mejor no hablar de ellos. Pero tú quieres ser bueno: lo sé. Si en algo has fallado ha sido por tu familia, pobre y destruida; por tu Quinta, bulliciosa y perdida; por tu barrio, que es todo un infierno y por tu Lima. Porque en todo Lima está la tentación que te devora: billares, cine, carreras, cantinas. Y el dinero. Sobre todo el dinero, que hay que conseguirlo como sea. Pero sé que eres bueno y que algún día encontrarás un corazón a la altura de tu inocencia" (fragmento de LOS INOCENTES de Oswaldo Reynoso).



Por Orlando Mazeyra Guillén

El narrador guatemalteco Augusto Monterroso (Tegucigalpa, 1921- Ciudad de México, 2003) alguna vez confesó que su ideal último como escritor consistía en ocupar algún día en el futuro media página en el libro de lectura de una escuela primaria de su país. El peruano Oswaldo Reynoso (Arequipa, 1931) hace suyas estas palabras y sabe que lo ha conseguido. Sin embargo, no fue nada fácil, pues cuando publicó Los Inocentes no fueron pocos los que pidieron que le quitaran el título de profesor. Y, además, quisieron prohibirle el ingreso a cualquier colegio. En más de una entrevista contó que lo acusaron —algunos lo siguen acusando— de ser un corruptor de menores, de emplear un lenguaje procaz, que hablaba mucho de sexo. El tarabilla aprista «Javier Valle Riestra, en una sesión del municipio cogió mi libro y dijo que debía impedirse su lectura y que parecía escrito por un podólogo, o sea, con los pies, y que había que cerrar el bar Palermo porque ahí se reunía gente de mal vivir, cuando todos los que nos reuníamos ahí éramos poetas».

ABIMAEL GUZMÁN[1], ¿UN HUMANISTA?


«En esa entrevista para un blog del diario Perú21, en primer lugar me preguntan: ¿usted lo conoció a Abimael Guzmán? Sí, lo he conocido en Arequipa y en Huamanga. ¿Y cómo era? Le respondo al periodista: yo con él hablaba de literatura, pues él conocía bastante de literatura, sabía mucho de música, le gustaba, por ejemplo, Vivaldi, Mozart, también leía muchos libros de filosofía. Era un humanista.»

—¿No le parece que bajo ese concepto también podríamos decir que Hitler era un humanista? A él le gustaba mucho la pintura y se dice que los nazis exterminaban a los judíos escuchando a Wagner, ¿escuchar música clásica los convierte en humanistas?
            Pero lo que yo estoy diciendo sobre Guzmán es que yo lo conocí como humanista. Ahora, yo ya no me hago responsable de lo que él hizo después.
            Debe entender que muchos esperamos que usted, como un escritor representativo de la generación del cincuenta y que además admiramos su obra, condene enfáticamente todo lo que hizo precisamente después Abimael Guzmán que, entre otras cosas, fue un genocida.
            Para mí, Sendero Luminoso está dentro del proceso histórico peruano, no lo podemos desligar del proceso histórico.

LA «HISTORIA SECRETA» DEL PERÚ Y LA HIPOCRESÍA

Es obvio que ya forma parte de la historia del Perú. Pero de una parte negra de nuestra historia, por eso creo que hay que asumir una postura clara: condenarlo, rechazarlo…
            No. Yo no condeno ni estoy de acuerdo. Es un proceso. Y yo creo que, de acá a cincuenta o noventa años, habrá la suficiente serenidad para juzgar estos acontecimientos históricos, ¿no? Por otra parte, desde el colegio nos han enseñado que el Perú es un país pacífico y eso es mentira. Eso es totalmente falso. Durante la colonia hubo grandes levantamientos indígenas que rechazaban la cultura dominante. Entonces no nos enseñaron a nosotros la verdadera historia del Perú. Yo, en secundaria, simplemente aprendí que hubo un determinado número de virreyes… y que un virrey había mandado a construir un puente y que otro virrey había mandado a construir una plaza de toros. Son trescientos años, ¡trescientos años de dominación! Trescientos años de gran exterminio de la raza indígena. Eso no nos lo enseñó nadie. Luego viene la emancipación. Gran parte de los ejércitos de los españoles estaba formado por nativos peruanos, o de lo que vendría a ser el Perú. En realidad, era una guerra de emancipación comandada por los criollos que habían gobernado el Perú a nombre de España y ahora querían gobernar a su nombre. Y luego vienen las guerras de los generales: cada general armó su propio ejército y se disputaban las riquezas del pueblo. Los Gamarra, Los Santa Cruz, Los Salaverry… generales que combaten entre ellos hasta la Guerra del Pacífico. ¡La Guerra del Pacífico fue un desastre, una masacre! Y durante el siglo XX se producen una serie de levantamientos en todo el Perú. En los años treinta, el Apra toma Trujillo[2], Cajamarca y Huamanga: los apristas masacraron a policías y luego fueron a matar a militares en el Cuartel de Artillería de Trujillo. Se bombardea Trujillo. Después el ejército captura a los apristas y fusila a miles de apristas y también a no apristas en Chan Chan. No nos olvidemos tampoco de la rebelión de los marinos (Guerra civil peruana de 1856-1858). La guerrilla de Luis de la Puente Uceda, fundador del MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionaria), la guerrilla de Héctor Béjar, la intentona revolucionaria del poeta Javier Heraud y, finalmente, el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA) y Sendero Luminoso (SL). Entonces, en conclusión, toda la historia del Perú está jalonada por grandes rebeliones e innumerables matanzas, ¿no? Lo que pasa es que esa historia es una «historia secreta». Hace poco, que he estado en Pucallpa, me han dado un libro que todavía no he terminado de leer, pero hay documentos que indican que la Fuerza Aérea de Panamá exterminó etnias en la Amazonía, bombardearon el Perú. ¡Todos esos documentos se ocultan! ¿Por qué no salen a la luz?
            Pero la violencia venga de donde venga hay que condenarla, ¿sí o no?
Un momentito. La violencia surge cuando no se han resuelto problemas importantes y hay conflictos terribles. La violencia no viene del aire, la violencia se forma. Una persona es violenta porque ve que sus derechos son vulnerados. Hay un caldo de cultivo, porque estoy seguro que si un terrorista va a un distrito como San Borja o La Planicie y dice: «¡vamos a tomar las armas!», lo sacan a patada limpia. Pero si va a un terreno donde hay grandes problemas, como la Amazonía o la sierra, la cosa será distinta. Entonces hay que plantearlo esto desde el punto de vista de un proceso. Y ésta es una sociedad hipócrita. Yo estoy en contra de que a los niños se les enseñe a tomar un arma y a matar como actualmente ocurre en el VRAE. Pero, ¿quién reclama? ¿Quién sale a dar la cara? Los que permiten que la televisión sea una escuela de violencia en el Perú. ¡Es una sociedad hipócrita! Que la gente no se rasgue las vestiduras: si acá en la ciudad, que se supone que es gente civilizada, y vive gente con cultura, se permite que los niños vivan en un ambiente de violencia y que manejen armas virtuales, con juegos que busquen matar al enemigo, y que todos los días por los canales de televisión haya muertos y sangre,  noticieros que se regodean enseñando sangre… entonces esa sociedad debe protestar, así como protesto yo porque a los niños se les enseña a matar, debe protestar contra este modelo organizado exactamente para inculcar la muerte y la violencia.

HAY QUE SER TOLERANTES…

            —Sobre su último libro, En busca de la sonrisa encontrada, usted me comentaba que muchos amigos suyos —que leyeron las primeras versiones—, hablando por lo bajo, decían «bueno, pues, hay que ser tolerantes»…
            Lo que quiero aclarar  también es el uso que muchos le dan a la palabra «tolerante». Ahora está de moda decir: «hay que ser tolerantes». La palabra tolerante de acuerdo como lo define el diccionario de la Academia. Y, ojo, que no digo «Real».
            ¿Y por qué no dice «Real»?
            Porque Real viene de la realeza, de la monarquía, ¡quiere decir que todavía no nos hemos independizado de España!
            Pero ellos, los españoles, todavía tienen un rey que caza elefantes…
            Para nosotros no es «Real». El diccionario de la Academia dice que hay tolerancia cuando hay poder. Cuando uno se siente superior al otro y deja pasar lo que le molesta del otro: entonces es tolerante. En el Perú lo que debe de haber no es tolerancia sino respeto: respeto al otro. El que dice «hay que ser tolerantes» se cree superior al otro.
            —¿Siente que no respetan a su nueva obra?
En el Perú debemos aprender a respetar en todo aspecto. Respetar al otro. En relación a las declaraciones que yo di sobre Abimael Guzmán, luego entré a internet y hay un señor (Gustavo) Faverón…
—Que ha escrito positivamente sobre su obra en un ensayo que apareció en la revista Hueso Húmero[3]
—Ese señor dijo que por qué se había hecho tanto escándalo por las declaraciones de Iván Thays[4] porque dijo que la comida peruana es indigesta y no me hacían escándalo a mí. Entonces a mí me preguntan sobre eso y yo les digo lo siguiente: «miren, cuando leí las declaraciones de Thays y supe del cargamontón que le hicieron, yo salí en defensa de Thays porque hay que respetar la opinión de un escritor, él sabrá por qué lo dice, hay que respetar las ideas del otro, ¿por qué todos vamos a pensar igual? Si a él le parece que la comida peruana es indigesta, allá él». Entonces, ¿qué pasó? Lo llamaron traidor a la patria. Incluso salió un pobre infeliz que se autodenominó el mejor cocinero de ceviche del Perú…
—Javier Wong…
—Salió con un cuchillo, a decir: «¡ese hijo de puta!», amenazante. Y luego publican fotografías de Thays con un parecido a Oscar Wilde y le dicen: «maricón de mierda». Luego el conductor del programa La noche es mía le pregunta al público: «¿quién conoce a éste?» ¡Nadie!, responden todos. «Entonces es un desconocido». Yo he salido en defensa de Thays. No es posible que se diga tanta barbaridad. Y luego me entero de que se quejan de por qué le hacen escándalo a él y no a mí[5].
En octubre no hay milagros

            —Y Thays ha llegado a deslizar en las redes sociales la idea de que hay muchos escritores gays homofóbicos y que una muestra de eso es su novela En octubre no hay milagros.
            Eso pasa por no saber leer. Por lo siguiente: la novela En octubre no hay milagros no es una novela homofóbica, sino una novela contra el poder. Ahí hay dos tipos de relación homosexual: la relación de poder, del dictador, del tirano con el joven que se rebela; y la otra relación homosexual es la del profesor. La de don Manuel con Tito es una relación de poder; en el otro caso, el caso del profesor, es una relación de amor.
            A qué se refiere cuando habla de los escritores «transgénicos»…
            Un alimento transgénico es aquel elaborado artificialmente en un laboratorio. Y hay escritores elaborados artificialmente en «laboratorios». Pero felizmente en las provincias del Perú está apareciendo el verdadero movimiento literario: por ejemplo, en Chimbote hay un gran escritor Fernando Cueto que acaba de ganar el Copé con la novela Ese camino existe, Óscar Colchado con Rosa Cuchillo y su última novela Hombres de mar, también los escritores de Huánuco, Pucallpa, Tarapoto, Iquitos, Arequipa que no se conocen en Lima, pero que están innovando la literatura peruana actual. Entonces Lima se está quedando atrás, porque Lima es la misma cantaleta de siempre. Hay periódicos que antes tenían una página entera dedicada a la cultura, ahora la han eliminado y han puesto espectáculos y más deportes. En las provincias se está dando el gran renacimiento de la literatura peruana. Recordemos, también, que Octavio Paz decía que una persona culta e inteligente era capaz de escribir un buen poema o un buen cuento, pero eso no era arte, sino artificio.
            ¿Y cómo accede usted a la llama creadora del arte?
Los antiguos griegos llamaban a eso las musas. Así le llamaban a la inspiración.
            ¿Y Oswaldo Reynoso dónde encuentra la inspiración?
En la vida intensa y la cerveza.

MONTERROSO Y LA INMORTALIDAD
Tito Monterroso

            Yo sé que a usted la idea de vencer a la muerte como que no le quita el sueño y también desconfía de todos los premios literarios porque piensa que son amañados. Sin embargo, justamente a un narrador universal como Augusto Monterroso, lo condecoraron en España con el premio Príncipe de Asturias, y él en su discurso de aceptación del lauro, confesó: «mi ideal último como escritor consistía en ocupar algún día en el futuro media página en el libro de lectura de una escuela primaria de mi país».
—Suscribo exactamente lo mismo.
            —Monterroso añade: «Acaso esto sea el máximo de inmortalidad a que pueda aspirar un escritor».
—Exactamente. Yo estoy totalmente de acuerdo.
—Lo que pasa es que usted ya lo consiguió. Además muchos afirman que, después de Vargas Llosa y Bryce, el autor más leído en las escuelas del Perú es Oswaldo Reynoso.
—Cuando yo escribí Los Inocentes pidieron que me quitaran el título de profesor. Y querían prohibirme el ingreso a cualquier colegio. Y me acusaron de corruptor de menores. Y te cuento que tengo un relato que quise incluir en El goce de la piel pero desistí, tampoco lo puse en mi último libro. Es un relato sobre mi infancia en Arequipa y ocurre precisamente allí (señala con cierta malicia la Catedral de Arequipa) porque yo fui monaguillo. Seguramente lo incluiré en otro libro.
            —¿Qué significa para Oswaldo Reynoso la ciudad de Arequipa?
—Arequipa para mí significa una infancia muy hermosa. Y una adolescencia también hermosa, sobre todo por el ambiente familiar, pero hubo autoridades que luego del levantamiento del cincuenta lo llevaron preso a mi padre acusándolo de espía chileno y eso lo dañó mucho, lo hizo sufrir y morir sin patria.

¿DÓNDE ESTÁ EL RÍO?

«Alrededor de mis libros discurren conflictos fundamentales, pero yo no soy quién para explicarlos porque hay escritores que escriben algo y luego escriben otro libro para explicar lo que han escrito. Entonces el que encuentra los conflictos que yo planteo, que los encuentre; y el que no los encuentra, pues es problema de él. La literatura no nace con un autor, la literatura es un proceso, es como un río. El problema que yo veo ahora con los narradores es que no saben dónde está el río ni qué recodos tiene ese río y desconocen la obra de los narradores fundamentales. Yo me he encontrado con narradores que creen que han inventado el mundo».
—Justamente Monterroso ironizando dice: yo aprendí a ser breve leyendo a Proust.
—¡Claro! Yo te puedo contar una anécdota de Monterroso con Bryce. En un congreso literario Bryce tomó la palabra y respondiendo a una pregunta dijo: «yo escribo, escribo y escribo». Luego Monterroso toma la palabra y dice: «yo, al contrario de mi amigo Bryce, corrijo, corrijo y corrijo» (ríe). Ahora, Bryce cuando apareció fue novedoso, tiene picardía y todo eso, pero es muy descuidado. Demasiado. En un solo párrafo utiliza demasiados adverbios terminados en mente.
            —Para evitar eso se puede utilizar las herramientas de un procesador de textos. ¿Usted no le opone resistencia a la tecnología, verdad? Usa la computadora, el correo electrónico, etcétera…
—Todo depende de cómo se utilice. Yo me pongo a escribir en la computadora, alrededor de una hora, luego le saco una copia, imprimo. Después en la noche corrijo con lapicero y al día siguiente, con esa corrección, vuelvo a la computadora y hago las correcciones en el archivo.
            —¿Cuál su música favorita al momento de escribir?
—Depende de mi estado de ánimo. Me gusta mucho Vivaldi, Mozart, Beethoven.

EL TRASLADO
Vargas Vicuña

«Eleodoro Vargas Vicuña se murió el 10 de abril, el día de mi cumpleaños. Él era mi compadre, yo fui padrino de su hijo. Ese día yo recibí una llamada en la mañana y una voz me dijo: cuida tu cuerpo como si fuera un templo. Me repitió esa frase como tres veces y yo no sabía quién era. A la media hora recibo otra llamada, era la hermana de Vargas Vicuña que me informó: hace media hora Eleodoro ha muerto y lo vamos a velar en el hospital Rebagliati. Yo le dije que Eleodoro se merecía otro tipo de despedida y de inmediato hice llamadas para que lo velaran en el Museo de la Nación y, al día siguiente, el dueño de una empresa de transporte puso un microbús para llevar el féretro a Tarma y, así, partimos en caravana. Llegamos a eso de las seis de la tarde a Tarma, donde había una delegación que le había preparado una capilla ardiente en el local del municipio, luego llegó una comisión de Acobamba que dijo que Eleodoro debía ser enterrado en Acobamba. Lo llevamos y lo velamos en Acobamba en una capilla muy pequeña por la cantidad de gente que fue, entonces lo llevamos al municipio y después a la sala principal, antes lo habíamos velado también en un club, de ahí lo trasladaron a la iglesia y finalmente al cementerio que queda en una pendiente. En medio de la pendiente hay un descanso donde se hizo un homenaje final, luego yo ya no pude subir. Pero cuando ya lo estaban poniendo en el nicho apareció un sobrino para cumplir con una vieja promesa del bar Palermo: ponerle dos botellas de trago. Y el sobrino nos dijo que Eleodoro había pedido que lo entierren en la punta del cerro. Y por fin lo enterramos. Después, cuando ya regresábamos, yo en ese entonces tomaba ron, estábamos con Maynor Freyre tomando ron, y cuando estábamos llegando a Lima no sé cómo me acuerdo repentinamente de mis años en Arequipa, habíamos formado el grupo Avemur con Aníbal Portocarrero, cuando conocí a Eleodoro en la Plaza de Armas, y me dijo: mira lo que acabo de escribir. El cuento se llamaba El traslado y empezaba así: cambiamos de lugar aún después de muerto… Y entonces llegando a Lima yo les digo a todos: recuerdo que en la Plaza de Armas de Arequipa, Eleodoro me leyó ese cuento, El traslado, que aparece en su libro Ñahuin y comienza con esta frase: cambiamos de lugar aún después de muerto: el hospital Rebagliati, el Museo de la Nación, el club de Acobamba, el municipio, la iglesia, la mitad del cementerio, el nicho y por último la punta del cerro».

LA HOMOESTÉTICA

            —Martín Adán es su gran referente.
            —Me impresionó La casa de cartón, yo aprendí a escribir con La casa de cartón. Y luego leí su poesía que en ese entonces no comprendía mucho. Aparte de Martín Adán yo siempre recomiendo que lean a Arguedas, a Valdelomar. Ahora, respecto a Martín Adán, sobre mi último libro, a mí no me agradan las calificaciones que han hecho algunos. Dicen que es un libro homoerótico. Porque lo erótico es la exaltación del sexo. A mí me parece que es un libro homoestético porque no hay ninguna descripción o escena sexual.
            —¿Homosensual tal vez? —pregunta Carlos Bellatín.
            —Ho-mo-sen-sual —silabea Reynoso—. Salud por eso: ¡homosensual! —y chocamos nuestros vasos de cerveza.
            —Bueno, yo como lector quizá esté equivocado, Oswaldo. Pero como que intuyo que no pisa el acelerador a fondo porque todavía se siente atado de pies y manos por la sociedad en la que vive, yo lo noto así como lector, ¿qué piensa al respecto?
            —Sí —asiente convencido—, es muy difícil romper eso.
            —¿O sea no se atreve a reventar, a explotar todo en su narrativa sobre las relaciones homosexuales? —pregunta Carlos Bellatín.
            —No. Yo lo quiero dejar así en mi narrativa. Porque lo otro es pasar a otro tipo de cosas. Por ejemplo, Miguel Gutiérrez dijo que yo debería escribir una novela sobre la homosexualidad. Pero a mí me parece que ya es un tema muy trillado, manoseado. Y porque además no lo siento.
            —Pero precisamente ha criticado a aquellos que han abordado con superficialidad el tema de la homosexualidad. Usted, en cambio, lo haría con belleza, profundidad, hondura…
—No creo. Ya no. No puedo ya. Es muy difícil. La Arequipa de mi juventud fue una sociedad muy conservadora, demasiado machista…
            —¿Esa Arequipa de su adolescencia donde un viento feroz quiso apagar para siempre la llama de la lámpara de Aladino que ardía en su piel?
—Es muy difícil —reitera y uno puede reconocer el desaliento en su voz, sentimientos encontrados, recuerdos dolorosos o quizá sólo un ligero malestar. ¿El malestar que nos produce el Perú? Siento que ya fueron suficientes preguntas, al menos por hoy.
Ahora es mejor apurar el vaso de cerveza y repetir aquella frase de Eleodoro Vargas Vicuña: ¡Viva la vida, carajo! El amigo del alma de Oswaldo Reynoso que —contó alguna vez Edmundo de los Ríos—, aunque nacido que La Esperanza (Cerro de Pasco),  gustaba en provocar llamándose arequipeño. Ese mismo que, a pocas horas del irreversible final, le dijo al autor de En busca de la sonrisa encontrada: «¡Gracias, compadre, por haberme enseñado a reír de la muerte!»


Plaza de Armas de Arequipa, abril de 2012.

«Veo con mucho temor, veo, a veces con escalofríos, cómo se está tratando este asunto de la desafección juvenil respecto del sistema. Claro, entonces la pregunta es: ¿y qué quieren si Humala prometió cambiar el país y miren lo que está haciendo? Yo sentí una suerte de pánico intelectual controlado cuando el otro día una chica del Movadef me dijo en un video que estaba dirigido a mí: “señor Hildebrandt, ¿acaso Túpac Amaru no fue juzgado como traidor y ajusticiado y, doscientos años después, reivindicado?” ¡Madre mía! ¡Qué razonamiento! Eso no es broma, eso es para tratarlo con mucha seriedad. Pero, claro, ¿qué le vas a pedir a la derecha? La derecha te dice: “no, ¡bala! ¡Con esa, bala!” Y no es así. La conclusión, para mí, es que el Perú construye por enésima vez un foco violento autodestructivo gracias a esta política de tomar distancia de todo aquello que resulta inaceptable, de condenar todo aquello que resulte hereje o blasfemo y de considerar que, digamos, todas las personas que están lejos del sistema son enemigas, enemigas irreconciliables. Bueno, yo pienso modestamente que aquí el gran enemigo del Perú es el sistema. Exactamente al revés: el gran enemigo del Perú es el sistema, el que no permite que el Perú sea el país que esperamos: reconciliado, relativamente convocante, es el sistema» (Cesar Hildebrandt).

ENLACES

[1] Abimael Guzmán (Mollendo, Arequipa, 1934) líder y fundador de la organización terrorista peruana Sendero Luminoso. Según el Informe Final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR), «el Partido Comunista del Perú, conocido como Sendero Luminoso (PCP-SL), es una organización subversiva y terrorista, que en mayo de 1980 desencadenó un conflicto armado contra el Estado y la sociedad peruana. La CVR ha constatado que a lo largo de ese conflicto, el más violento de la historia de la República, el PCP-SL cometió gravísimos crímenes que constituyen delitos de lesa humanidad y fue responsable del 54% de víctimas fatales reportadas a la CVR. En base a los cálculos realizados, la CVR estima que la cifra total de víctimas fatales provocadas por el PCP-SL asciende a 31,331 personas».

[2] Según el historiador aprista Hugo Vallenas Málaga, «la revolución trujillana del 7 de julio de 1932 es reseñada en forma defectuosa por diversos científicos sociales que los estudiantes peruanos consideran confiables y objetivos. Por ejemplo, Julio Cotler, Aníbal Quijano, Alberto Flores Galindo y Manuel Burga, han coincidido en mencionar este importante movimiento social liderado por el aprismo como un “alzamiento” o una “rebelión popular”, pero no una revolución en el sentido moderno y profundo de la palabra. Con esto pretenden decir que fue un acto de insurgencia popular aislado, sin perspectivas políticas y sin organización partidaria».

[3] Gustavo Faverón señala en un fragmento de su ensayo El amor es un dios materialista: sobre El goce de la piel de Oswaldo Reynoso: «(…) De acuerdo con un proceso que se ha vuelto constante y creciente en el trabajo del autor arequipeño, en El goce de la piel las cosas están dichas con una suerte de lirismo callejero, que no teme lidiar con el problema de buscar un estatus poético para el idioma a veces sucio y destemplado de la calle. A diferencia de muchos autores realistas posteriores, de aspiración más o menos marginal, algunos de los cuales escriben tras su huella (Sergio Galarza, por ejemplo), en Reynoso esa lengua se vuelve conducto para reflexiones que trascienden la frontera intelectual de la cantina y la tropelía esquinera. Reynoso no rehúye su compromiso autoimpuesto de pensar nuestra cultura, o ciertos aspectos de ella, a través de la palabra de la pandilla de barrio, del lumpen carcelario, de las esforzadas y más o menos móviles clases populares, y, por supuesto, de la intelectualidad desplazada fuera de los grandes circuitos de transmisión ideológica de nuestra sociedad. Si cuenta historias de marginales, lo hace sin renunciar (¿por qué habría de renunciar?) a una intención canónica: no habla desde el centro, pero habla hacia el centro».

[4] Iván Thays, en su blog Vano Oficio del diario El País, escribió: «(…) Mis restaurantes favoritos son de los de pasta y creo, honestamente, que la comida peruana es indigesta y poco saludable. Casi sin excepción se trata de un petardo de carbohidratos al cubo, una mezcla inexplicable de ingredientes (muchos de ellos deliciosos en sí mismos, hay que decirlo, pues los insumos son de primera calidad) que cualquier nutricionista calificado debería prohibir».


[5] Gustavo Faverón, en un post titulado Ceviche o muerte, venceremos, escribió en su blog personal: «Ok, es oficial. En la sociedad peruana si un escritor como Iván Thays declara que la comida peruana le parece indigesta, lo que sigue es una catilinaria de ataques, agravios, insultos y desplantes. Pero si un escritor como Oswaldo Reynoso declara públicamente que Sendero Luminoso no fue un grupo terrorista, que sus acciones no fueron negativas para el país y que Abimael Guzmán es un humanista, al 99.99% de los peruanos le importa un reverendo pepino».