«Salieron, y si en Dahlmann no había esperanza, tampoco había temor. Sintió, al atravesar el umbral, que morir en una pelea a cuchillo, a cielo abierto y acometiendo, hubiera sido una liberación para él, una felicidad y una fiesta, en la primera noche del sanatorio, cuando le clavaron la aguja. Sintió que si él, entonces, hubiera podido elegir o soñar su muerte, ésta es la muerte que hubiera elegido o soñado» (Jorge Luis Borges, El Sur).
—¡Me gustó mucho! Tomas como personaje principal a una mujer, eso me atrajo. Pero el cuento en sí me atrapó, ésa es señal de un buen
trabajo. Ahora, tengo una intriga...
Oswaldo Reynoso a punto de firmarme la primera edición de En octubre no hay milagros (1965).
«La vida sin libertad no es sólo fea, sino sucia.»
Oswaldo Reynoso, Los eunucos inmortales
«(...) el pecado no
existe: sólo la límpida moral de la piel y en las playas de Mollendo donde por
primera vez vi el mar yo tenía catorce años y era casto por miedo al infierno
inculcado en oscuras y abovedadas iglesias de sillar donde ardían grandes
cirios como avisos luminosos anunciando los tormentos de Satanás y con el brazo
extendido la renuncia a los pecados de la carne y antes la muerte que el sexo
como mártires cristianos y ahí en la playa con Malte y otros amigos en la noche
marina jugando a tumbarse unos a otros sobre la arena y luego conturbados Malte
grita: Ahora, a corrérsela.»
Oswaldo Reynoso, El goce de la piel
«Siempre
es él quien pone en marcha el tren del pensamiento; siempre es el pensamiento
el que escapa de su control y regresa para acusarle. La belleza es la
inocencia; la inocencia es la ignorancia; la ignorancia es la ignorancia del
placer; el placer es culpable; él es culpable. Ese muchacho, con su cuerpo
nuevo, intacto, es inocente, pero él, gobernado por sus oscuros deseos, es
culpable.»
J. M. Coetzee, Infancia: escenas de una vida en provincias.
Por Orlando Mazeyra Guillén
Una de mis hermanas —precoz y afanosa
lectora de ficciones— solía robar libros de la biblioteca de mis abuelos. Íbamos todos los
domingos a donde la Mamá María y, luego del almuerzo, ella aprovechaba la
siesta de la abuela para escabullirse por los oscuros cuartos de la añosa
vivienda y accedía a la polvorienta biblioteca donde uno podía encontrarse con
Arguedas, Cortázar o Camus.
Cuando nos despedíamos de la Mamá María, mi
hermana empezaba a leer en el auto los libros que había escondido entre su
ropa. Recuerdo con nitidez aquella ocasión cuando la vi sostener dos novelas: Elcoronel
no tiene quien le escriba y En
octubre no hay milagros. Abrió la novela de Reynoso para, ávida, echarle
una ojeada y, de pronto, la noté turbada, un enigmático rubor se había
apoderado de ella: negó moviendo la cabeza —insobornable señal de
reprobación— y cerró el libro. Luego acudió apresurada a la historia del coronel
Aureliano Buendía y, ahora sí, todo volvió a la normalidad mientras, creo, se
lo imaginaba destapando el tarro del café. ¿Qué había leído en aquel libro? Lo
supe llegando a casa cuando ese «giragiragiragira»
de la cabeza de don José de San Martín me hizo ponerme en la piel de Leonardo y
sentir aromas inéditos: «el olor arrecho del mar en mis manos. Olor a
Cigarro Inca, fuerte. Olor de
ruda con incienso. Olor de puta morena. Olor azulino en lengüitas
amarillas como llama de cirio prendido. Olor de procesión. Y los morenos de la
Santa Hermandad estarán sacando de Nazarenas al Señor. Y las velas encendidas
estarán quemando pelos y rabos de beatas putas. Y los giles, serios, haciéndose
los rezadores, se juntarán a las hermanas. Y con el pretexto del Señor, muy de
mañana, comenzará el cochineo general».
Mi hermana se encontró con una
aspérrima realidad que evidentemente no quiso aceptar: el retrato fiel,
incómodo e inmisericorde de una ciudad. César Hildebrandt me confesó, en una
entrevista, que Reynoso le descubrió un mundo, un lenguaje, una violencia, que
su aislamiento le había impedido conocer.
—Había un mundo allá, afuera de su alcoba—indagué.
—Exactamente —me respondió
Hildebrandt—. Y Reynoso me abrió las puertas y me abrió las ventanas y ventiló
mi covacha. Y metió un montón de ruido. Es contundente, coral, callejero, eso
es lo que más me gustó.
Contundente. Coral. Callejera. La
narrativa de Reynoso es eso y más. Poética. Sensual. Comprometida. La crítica
oficial, por supuesto, no quiso reconocer que el país había encontrado a uno de
sus mejores intérpretes narrativos. José Miguel Oviedo lo catalogó como: «un autor fascinado por la
abyección, la morbosidad y la inmundicia en que se revuelca el hombre de esta
misma pudibunda ciudad —ese tipo de narrador escandaloso y coprolálico que
apenas si asoma en nuestra literatura».
¿Es En octubre no hay milagros una
novela pornográfica? Una respuesta certera la dio Mario Vargas Llosa: «No, la novela de Reynoso no es pornográfica ni
obscena. Es un libro de una crudeza fría y áspera como la realidad que la inspira
y tiene los altos méritos —raros, entre nosotros— de la insolencia y de la ambición. Él ha
querido trazar un fresco verídico y múltiple de Lima, una radiografía
horizontal y vertical de la ciudad, tal como lo hizo con México Carlos Fuentes
en La región más transparente, y lo ha conseguido en gran parte».
EN BUSCA DE LA SONRISA
ENCONTRADA
«A todos —afirmó Octavio Paz—, en algún
momento, se nos ha revelado nuestra existencia como algo particular,
intransferible y precioso. Casi siempre esta revelación se sitúa en la
adolescencia. El descubrimiento de nosotros mismos se manifiesta como un
sabernos solos; entre el mundo y nosotros se abre una impalpable, transparente
muralla: la de nuestra conciencia». Es durante su primera aventura de collera
en el Puerto Bravo de Mollendo, y contemplando a sus iguales, cuando el
adolescente Reynoso se asombra de ser (de descubrirse a sí mismo a través de
los otros): «sentado sobre la arena gustando de lejos la delicia de los rostros
adolescentes entre la llamarada azul del mar». ¿Qué buscaba? ¿Acaso ya lo
sabía? «Caminaba por las calles estrechas de mi adolescencia buscando lo que no
sabía que buscaba». Vivir es un continuo aprendizaje: Patria no es más que el
rostro de la gente que uno ama; la armonía y la salud se pueden recobrar
abrazando un árbol en China; y es de sabios el saber escuchar a los demás con
suma reverencia.
Reynoso constata que la ficción —su ficción— es un viaje que siempre conduce a la misma ciudad:
«Arequipa de mi adolescencia donde un viento feroz quiso apagar para siempre la
llama de la lámpara de Aladino que ardía en mi piel». Y el descubrimiento de la
belleza puede ser una tarea larga y dolorosa, pues hay que ir «destruyendo,
poco a poco, las pautas de la belleza que me habían inculcado desde que abrí
los ojos». El narrador de este libro es hedonista y rebelde, sensible y
marginal, siempre nadando contra la corriente: dando cuenta de su propia
concepción de la belleza y de la misma pregunta que el premio Nobel sudafricano
John Maxwell Coetzee se hace en Infancia:
escenas de una vida en provincias: «Belleza
y deseo: le inquietan las sensaciones que las piernas de esos chicos, lisas,
perfectas e inexpresivas, provocan en él. ¿Qué más se puede hacer con las
piernas aparte de devorarlas con los ojos? ¿Para qué sirve el deseo?»
«(…) Uno a uno los muchachos se fueron. Al final, sólo quedó Colorete. Me
asustó su mirada. Ya no había cólera ni burla en sus ojos: había ternura,
extraña, terrible. Cuando se dio cuenta que lo miraba, se avergonzó. Quise darle
la mano y decirle: «te comprendo». Pero qué difícil es sincerarse sin cebada.»
Fragmento de Los Inocentes (relatos
de collera)
«(…) Y entonces en lo más hondo de mi
estómago comenzó a ovillarse una angustia física que luego se desmadejaba
dolorosamente en mis venas y acuchillaba mis sueños y azotaba inmisericorde mis
memorias duermevelas y a esa angustia visceral había que darle un contenido
psíquico y entonces venía la búsqueda desesperada en los olvidos de una palabra
dicha al desgaire o de un mal gesto indeliberado o de un acto no pensado que
hubiera podido desencadenar a mis espaldas un conflicto o una situación
gravísima y entonces toda actitud vivida se hacía sospechosa y era el mismo
proceso de exploración de culpa en el recuerdo que me atormentaba cuando
adolescente caía de rodillas en el confesionario o cuando me metieron en una
celda en el Perú sin formularme cargo alguno y entonces y entonces, ¿por qué te
has quedado más de diez años en China? ¿por masoquista? ¿o a lo mejor porque
querías expiar una culpa? ¿o tal vez porque creías de verdad que ibas a
encontrar en medio de tanto derrumbe y soledad la clave que te daría la
felicidad?»
Manuel Flores va a morir.
Eso es moneda corriente;
morir es una costumbre
que sabe tener la gente.
J. L. Borges
Por Orlando Mazeyra Guillén
Corría el año 1996. Yo tenía
quince años y, antes que con ser escritor, soñaba con ser periodista. Había un
programa deportivo en radio Nevada (buen nombre
para una radio arequipeña, ¿no es cierto?) que daba de lunes a viernes a las
siete de la noche. El bloque estelar era el dedicado al equipo «sangre y luto» de la ciudad: Vértebra
rojinegra. Leía con fervor la revista El Gráfico de
Argentina y soñaba con, algún día, hacer eso que yo descubría en las crónicas
deportivas de ese legendario rotativo: ¡un partido de fútbol convertido en
literatura! Gracias a El Gráfico conocí a Sábato
(hincha de Estudiantes de La Plata y de Diego Armando Maradona) y luego sucumbí
ante El túnel. ¿Se imaginan a algún diario deportivo —El Bocón, Líbero, Depor, etcétera— entrevistando a
escritores o intelectuales peruanos? Yo tampoco… En esa revista también leí un
cuento que me lanzó a escribir, con una mezcla de candor y pasión, «cuentos de fútbol»: El
penal más largo del mundode
Osvaldo Soriano. ¡Cómo olvidar algún reportaje que le hicieron a Roberto
Fontanarrosa! Y, a la par, había un programa de Radio Programas del
Perú que escuchaba cada vez que podía y, además, lo grababa (o
hacía que me lo grabaran) en los viejos casetes de audio: las Crónicas
del Oso Hormiguero.
Estuve buscando
(quiero decir, exhumando) papeles en mis polvorientos archivos y me encontré
con un texto fechado precisamente en 1996. Se trataba de una transcripción de
un programa de Antonio Cisneros dedicado justamente a otro escritor amante del
fútbol: Julio Ramón Ribeyro. Sin embargo, sólo tengo la primera página. Es una
reliquia incompleta. No obstante, vale la pena compartirla pues el autor deEl libro de Dios y de los
húngaros, recuerda al amigo desaparecido (triste coincidencia, también
víctima del cáncer):
Ahora que ha
salido el sol he rescatado mi vieja bicicleta. Estaba anteayer pasando por el
malecón de Barranco (creo que, en este caso, el «malecón de los ingleses») y paré frente al
departamento de Julio Ramón Ribeyro. Allí vi la casa vacía y parece mentira que
ya no esté entre nosotros hace más de un año. Ese departamento: con su terraza
sobre el mar para los buenos tragos del verano, y su cálido estudio de madera
para los buenos tragos del invierno. Ahí hemos visto grandes partidos de fútbol
(lástima que Julio Ramón era de la «U»). Pero, en
general, fue un lugar de conversaciones torpes o sabias: hablábamos de todo lo
divino y de todo lo humano… rara vez de literatura, muy rara vez, casi como si
estuviera prohibido. Dicho sea de paso, con mis amigos los escritores, y sobre
todo con los poetas, nunca se habla de literatura*.
¡La casa de Julio
Ramón Ribeyro! Y pienso en las casas de Julio Ramón Ribeyro. En mis épocas de
cuando yo vivía en Londres, cada vez que pasaba por París ahí estaba clavado en
su casa de la plaza de la Contrescarpe. Después me acuerdo de su
casa de la plaza Falguiere y, finalmente, de un
hermoso departamento en el parque Monsoon. Ahí era mi
refugio de «papa a la
huancaína», «lomo saltado» y la conversación
obligatoria impuesta por Julio Ramón era sobre el Perú. En realidad, nadie
habla tanto del Perú como la gente que vive fuera. La casa de Julio Ramón era
también el refugio de toda la muchachada que vivía en París: esa especie de
generación peruana perdida que, año a año, se renueva, década tras década, y
allí se va quedando y viviendo en París.
Julio Ramón
siempre fue muy generoso y su casa era un centro de reunión. Aunque una vez lo
vi tomando notas en una libretita, apuntando; y yo le pregunté qué es lo que
estaba haciendo. Mientras tanto, continuaban los vinitos, los piqueos y las
conversaciones entusiastas de todos los invitados a la casa.
En realidad, lo
que estaba haciendo Julio Ramón era lo que los antropólogos llaman«trabajo de campo», es decir, captar lo que la
gente dice, cómo la gente habla en vivo y en directo, así mientras pasaba la
noche y los vinitos y los piqueos. Cada barrio de Lima hablaba como habla cada
barrio de Lima, cada barrio del Perú hablaba como habla cada barrio del Perú.
Los muchachos recién llegados a París tenían, por supuesto, el lenguaje más
fresco y, por lo tanto, eran su mejor fuente de información. Así, Julio Ramón
vivía tantos años fuera del Perú y se iba poniendo al día del lenguaje
cotidiano. Ahí apuntaba«pelea de perros» o si no iba pasando,
evolucionando, desde el clásico«pata», «patita»,«cuñado»,«choche»,«causa», «causita»…
Quizá
el Oso Hormiguero ya esté en la última morada de Ribeyro, viendo junto a él
—«como buenos causas»— algún partido de fútbol o hablando de cualquier cosa…
menos de literatura: lo mejor que nos dejaron antes de morir (y eso no es
moneda corriente).
Morir, decía Borges, es una costumbre que
sabe tener la gente.
Arequipa, 13 de octubre de 2012.
* Le pregunté a su
gran amigo Fernando Ampuero, de qué hablaba Antonio Cisneros con sus amigos: «de
la vida, de lo más significativo y de lo más trivial que hay en ella, pero
cuando se habla de trivialidades con gente culta, inteligente y bien hablada,
las conversaciones resultan enriquecedoras y amenas, y cuando se habla de
lo realmente serio en este mundo nunca debería faltar un ataque de rabia o un
bostezo, seguido de alguna carcajada. El asunto, si se quiere, consiste en
tomarse la vida en serio, pero de ninguna manera tan en serio». Recomiendo leer «CISNEROS Poeta de la
Luz», una semblanza a cargo del propio Ampuero que
apareció en Caretas: «Tan pronto sus males (enmascarados, traicioneros) se
manifestaron, comenzamos a hablar de la muerte, y lo hacíamos, en los últimos
meses, casi a diario. Le fastidiaba de ella su inminencia de tinieblas, sus
mañas para robarse a los amigos, su rastro de aguafiestas. Decía, con verdadera
preocupación, que aún le faltaba mucho por sufrir y gozar en este mundo.
Mantenía siempre, sin embargo, el buen humor, el carácter firme y la gentil
apostura, la cabeza en alto y el gesto airado, como solía mostrarse cada día,
destilando comentarios ingeniosos, opiniones lúcidas y bromas filosas, con las
que solía defenderse ante la adversidad. Cada amigo, o cada conocido que
fallecía, era una señal de alarma. Toño llamaba entonces por teléfono, o a
veces era yo quien lo llamaba. “¡Muerte cabrona!”, me decía. “Ya empezó el
desfile. ¿Una pena, no? ¡Con tantos bríos, con tanta alegría de vivir que hay
en nuestras vidas!”».
Con Antonio Cisneros en el Paraninfo de la UNSA (Arequipa, 2007).
Para hacer el amor debe evitarse un sol muy fuerte sobre los ojos de la muchacha, tampoco es buena la sombra si el lomo del amante se achicharra para hacer el amor. Los pastos húmedos son mejores que los pastos amarillos pero la arena gruesa es mejor todavía. Ni junto a las colinas porque el suelo es rocoso ni cerca de las aguas. Poco reino es la cama para este buen amor. Limpios los cuerpos han de ser como una gran pradera: que ningún valle o monte quede oculto y los amantes podrán holgarse en todos sus caminos. La oscuridad no guarda el buen amor. El cielo debe ser azul y amable, limpio y redondo como un techo y entonces la muchacha no verá el dedo de Dios. Los cuerpos discretos pero nunca en reposo, los pulmones abiertos, las frases cortas. Es difícil hacer el amor pero se aprende.
En la foto, de izquierda a derecha: Julio Ramón
Ribeyro, Fernando Ampuero y Toño Cisneros. HOY, SÁBADO 29 DE SETIEMBRE, PRESENTA A LAS 7 P.M. SU ANTOLOGÍA PERSONAL EN LA FIL AREQUIPA.
Por Orlando Mazeyra Guillén
«No pensé que fueras tan alto», me dijo
Fernando Ampuero cuando lo abordé momentos antes de la presentación de su Antología
Personal (Punto de Lectura, 2012) en un conocido restorán miraflorino. Un
comentario banal que se le puede hacer a
quien uno acaba de conocer, pero que traigo a cuento porque recuerdo que,
en uno de sus libros, él señala algo que, en vez de pertinente aclaración, me
sabe a rotundo embeleco: «nada personal
tengo contra los sujetos de baja estatura. Muchos de mis amigos son personas
pequeñas, por quienes siento enorme respeto, afecto y admiración: gente abierta
y simpática, almas transparentes que saben que la calidad humana no se mide con
un centímetro». ¿La bonhomía tiene relación con la estatura de las
personas? Claro que no. Un narrador tan ducho como Ampuero, sin duda, lo sabe
(aunque el estereotipo lo lleve concluir que todos los no limeños somos
necesariamente cortos de estatura).
Este comentario, en vez de quedar como una mera anécdota,
me lanzó a indagar, otra vez, acerca de los indefinibles límites entre realidad
(verdad) y ficción (mentira). Quizá algunos, por qué no, tenemos especial
fijación en la apariencia física, es decir, en la envoltura antes que en el
contenido. Por ejemplo, en su última novela El
peruano imperfecto (Alfaguara, 2011) parece poner en práctica
—¿deliberadamente a medias?— el streaptease
invertido explicado por Mario Vargas Llosa en Historia secreta de una novela. Pedro José de Arancibia, el álter
ego de Ampuero, «es alto y delgado, de porte atlético, tiene el buen gusto de no teñirse
las canas y, bendición de sus genes del lado paterno, carece de arrugas». Corro ahora el riesgo del exabrupto
al convencerme de que acá hay un exhibicionismo desbocado que delata algo que
llamaremos una de las obsesiones de este importante narrador nacido en Lima en
1949: mirarse al espejo. Ejercitar una vanidad galopante. Lo cual no es delito,
sin embargo me interesa poner en relieve, pues quizá sea una de las razones por
la que es resistido por mucha gente (la entrevista que le hice fue censurada en
una novel revista limeña porque el director lo consideraba un escritor
antipático. Ésta finalmente apareció en el diario El Pueblo de Arequipa).
«La verdad está en la ficción. En ella es donde el
termómetro espiritual da su medición exacta», afirma Martín Amis y uno como
lector de El peruano imperfecto
—ironías de por medio— puede encontrarse con la medición exacta de la estatura
espiritual del autor de uno de los mejores cuentos peruanos que yo haya leído: Taxi driver, sin Robert DeNiro.
«¿Qué
es hoy el Perú? —se pregunta Pedro José de Arancibia— No lo sé, ni
tampoco sé si alguien lo sabe. Si unos siglos atrás se mencionaba esta palabra,
Pirú o Perú, el habitante de otros mundos pensaba en los incas,
El Dorado o el Cusco, o bien imaginaba la Lima vista por los viajeros, europeos
y decimonónicos, y por Ricardo Palma, las tapadas y algunas leyendas
pintorescas. Ahora, para nativos y extranjeros, la traducimos en imágenes:
pisco sour, cebiche, papa a la huancaína, Titicaca, Vargas Llosa,Machu Picchu,
líneas de Nasca, líneas de cocaína». Este último
Ampuero, como se podrá notar, a pesar de ser entretenido, es prescindible y
ligero. Yo prefiero a aquél que luego de darse unas vueltas por la calle Ocoña,
la que él llama el Wall Street del dólar informal, decidió escribir una novela,
Caramelo verde (1992), «conjuro
indispensable (sea usted autor o lector) contra el sinsentido de la existencia».
También
me declaro lector atento del Ampuero que nos acerca con solvencia al autor de El viejo y el mar, uno de sus escritores
predilectos: «Todo el mundo quiere a Hemingway. Todo el
mundo lo odia. Los valores que animan su obra, dicen algunos, ya no interesan.
¿Quién admira a un cazador en un mundo ecologista? ¿Quién celebra a un
boxeador en plena decadencia del machismo? Aquellos que lo quieren, rescatan la
tensión y belleza de su estilo, claro, sencillo, cero colesterol, así como la
calidad de sus cuentos, que consideran-lo-mejor-de-su-universo-creativo. Los
que lo odian, lo tildan de obsoleto. Ambas opiniones sacan lustre al lugar
común. Sin embargo, Hemingway sigue entre nosotros. Y esto, por cierto, no se
debe a que hoy nos apasione la pesca, los toros, la guerra o el alcoholismo,
sus temas recurrentes. Nos apasiona, creo yo, lo que está detrás de su enorme y
publicitadísimo vitalismo: la soledad y la derrota.»
Ampuero alguna vez me dijo que si a Shakespeare le hubiera
tocado nacer en estos tiempos, lo más seguro es que hace rato lo hubieran
mandado a parir. Aprecio también al narrador que sabe dar sobrios consejos a aquellos
que le confiamos nuestras tribulaciones literarias: «en este mundo ya nadie
triunfa. El triunfo es una ilusión óptica, ya que la humanidad ha perdido el
carnet de trascendencia. Uno no debe buscar eso. Uno solo debe buscar hacer las
cosas cada día mejor. No temerle al fracaso. El fracaso es un cómplice, un
aliado: muchas veces nos da una mano para salir del hoyo. Como decía el
gran Cortázar, la vida es caer y levantarse».
Para matizar mi
impresión, quizá apresurada, sobre este reconocido periodista (y, desde luego,
también poeta) dejo una de las preguntas que le formulé hace pocos meses:
—En el mundillo literario limeño
se habla mucho de su vanidad, el periodista Beto Ortiz ironiza sobre su
legendaria pose "ta-qué-rico-que-soy". En esto,
¿cuánto hay de verdad y cuánto hay de mentira (envidia)?
—¿Qué raro que esa gente piense que soy vanidoso? —me
respondió— ¿No estarán todos equivocados? La vanidad, en todo caso, es un
saludable movimiento del alma. Cura la melancolía y sirve de antibiótico
natural contra la infecciosa impertinencia de quienes nos malquieren.
Yo me arriesgo: él es un peruano perfecto. Y además,
claro que sí, un narrador de polenta.
Esta foto de una ex prostituta brasilera que se desnudó en la FIL Arequipa fue la portada del diario El Pueblo de Arequipa del lunes 24 de setiembre. El día anterior se había homenajeado a Edgardo Rivera Martínez y, además, había presentado un nuevo libro de cuentos el ancashino Óscar Colchado Lucio. El diario El Pueblo no sólo no los menciona en la portada, sino que no aparecen en ninguna página interior. Lamentable.
Arequipa,
martes 25 de setiembre de 2012.
Sr. Don
Carlos Meneses Cornejo
Director
Periodístico del diario El Pueblo de
Arequipa
Presente.-
Quien
le dirige esta misiva, sabido es por usted, colabora periódicamente en su medio
periodístico con entregas de índole cultural —artículos, entrevistas, crónicas y ficciones; sólo
por citar a algunos de los personajes que he incluido hasta el momento en mis
notas: entrevista al periodista César Hildebrandt, al cantautor Daniel F, la
actriz Tatiana Astengo, el periodista Guillermo Giacosa, el escritor arequipeño
Oswaldo Reynoso, el historiador Juan Guillermo Carpio Muñoz, al biógrafo de
Mario Vargas Llosa, J. J. Armas Marcelo, los escritores limeños Alonso Cueto
y Fernando Ampuero, etcétera—, y no he
percibido (ni percibo) por éstas ninguna retribución (ni siquiera un ejemplar
de cortesía del diario). Y, si me lo permite, lo seguiría haciendo, pues para
quien la literatura y el periodismo (o una bienhechora amalgama de ambos)
constituyen un placer, no espera nada a cambio… pues en el ejercicio de ambos
ya encuentra la mejor recompensa.
Así
como he publicado diversos textos —¡ay!— también he sido censurado en no pocas
publicaciones como, por ejemplo, una nota nocturna sobre los fletes arequipeños
o algún relato autobiográfico que apareció en el semanario limeño Hildebrandt en sus trece. Sin embargo,
hay que hacer de tripas, corazón, y seguir para adelante: escribir, escribir y
escribir.
En
no pocas ocasiones se me ha dicho que El
Pueblo es un diario conservador y
poco afecto a los escándalos o noticias morbosas que busquen herir
susceptibilidades y, por lo tanto, hay
que tener cuidado con las notas que uno pretende publicar. Y todo esto es
comprensible (quiero decir, respetable): uno no puede imponerse por sobre la
línea editorial de un medio periodístico, pues es ésta la que lo sostiene y
define. Esto viene a cuento porque me sorprendió sobremanera que el día viernes
21 de setiembre no se informara nada sobre la inauguración de la IV Feria del Libro
de Arequipa, la cual es el evento cultural más importante de la ciudad que
ningún medio de prensa puede (ni debe) permitirse pasar por alto. El día
domingo, en cambio, apareció una nota firmada por el señor José Carlos Mestas,
bajo el desafortunado título «Brasilera
enseña cómo no dar un mal “polvo”», se le dedicó casi media página para
contarnos la historia de una ex puta brasilera que se presentó en el recinto
ferial del Parque Libertad de Expresión (de la presentación, en simultáneo, del
consagrado escritor arequipeño Oswaldo Reynoso no se dijo ni pío).
Un
enemigo de la censura como yo celebra esta inesperada, y ojalá no fugaz,
apertura del diario El Pueblo; aunque
sí, vale aclararlo, considero que la actividad que llevó a cabo la hermosa
señorita brasilera era más acorde para ejecutarse en una zona rosa (de la que
todavía carecemos) que en una feria libresca (la compatriota de la desaparecida escritora Clarice Lispector decidió
mostrar sus tetas en un lugar al que acuden padres de familia con su hijos,
muchos menores de edad, para buscar algún libro y, ¡oh, sorpresa!, se
encuentran con un show putañero gratuito).
Hay
un viejo dicho que reza: está bien culantro… ¡pero no tanto! El día lunes 24 de
setiembre la dama de compañía jubilada prematuramente apareció en la portada de
El Pueblo que, considerándola una de
las noticias más importantes de la ciudad, informó: “Vanessa de Oliveira se desnudó ayer (sic) en el estrado principal del
auditorio José Ruiz Rosas de la Feria Internacional del Libro (…) antes de que
se produjera la espectacular acción, la escritora autora de siete libros sobre
sexo cayó del estrado sin hacerse daño”.
¿Qué quiere decir civilización del espectáculo?, se pregunta Mario
Vargas Llosa y, de inmediato, él mismo nos da su respuesta: “la de
un mundo donde el primer lugar la tabla de valores vigente lo ocupa el
entretenimiento, y donde divertirse, escapar del aburrimiento, es la pasión
universal. Este ideal de vida es perfectamente legítimo, sin duda. Sólo un
puritano fanático podría reprochar a los miembros de una sociedad que quieran
dar solaz, esparcimiento, humor y diversión a unas vidas encuadradas por lo
general en rutinas deprimentes y a veces embrutecedoras. Pero convertir esa
natural propensión a pasarlo bien en un valor supremo tiene consecuencias
inesperadas: la banalización de la cultura, la generalización de la frivolidad
y, en el campo de la información, que prolifere el periodismo irresponsable de
la chismografía y escándalo”.
Chismografía y escándalo. ¡Lo que
vende! Si el pueblo quiere circo, pues no seamos cortos ni perezosos: ¡hay que
dárselo! ¿Verdad? El día domingo por la mañana se presentó un escritor
imprescindible en la narrativa peruana: Edgardo Rivera Martínez, autor de la
celebrada novela País de Jauja, finalista del premio Rómulo Gallegos y
considerada la mejor novela peruana publicada durante la década de los noventa.
Más tarde presentó su primera publicación en Arequipa (Travesía Editora) otro
escritor peruano de primera fila como el ancashino Óscar Colchado Lucio, autor
de la novela Rosa Cuchillo y de Lacasa del cerro El Pino
(cuento ganador del premio Juan Rulfo 2002, organizado por Radio Francia
Internacional). Fue lamentable, decepcionante, triste, no encontrar el día
lunes 24 de setiembre ni una sola mención a estos autores peruanos. Ni una sola mención en el diario que usted dirige (pero sí la foto
en portada de una brasilera con las tetas al aire, un evento que había ocurrido
ya dos días atrás). Los libros no importan, sin embargo, un par de senos —sobre todo si son importados de
Brasil— se venden como pan caliente. Mejor que mejor si salen
en portada.
Acierta otra vez el Premio Nobel de
Literatura, MVLL, cuando nos informa que “en nuestros días, en que lo que se espera de
los artistas no es el talento, ni la destreza, sino la pose y el escándalo, sus
atrevimientos no son más que las máscaras de un nuevo conformismo. Lo que era
antes revolucionario se ha vuelto moda, pasatiempo, juego, un ácido sutil que
desnaturaliza el quehacer artístico”. No he presenciado ese triste
espectáculo de la ex-hetaira pues, a la misma hora, estuvimos presentando el
nuevo libro del escritor arequipeño Oswaldo Reynoso, no obstante, sí sabíamos a
qué venía la brasilera.
Luego de todo esto, esfumado el estupor y la contrariedad, también me
siento estafado. Sobre todo si el día viernes 21 de setiembre, tres conocidos
periodistas que han trabajado con usted (Jorge Turpo, Christian Ticona, Carlos
Rivera) junto a escritores como Giovanni Barletti y quien le escribe,
participamos de una mesa sobre “La bendita (o maldita) manía de contar
historias” en el auditorio de la Biblioteca Regional Mario Vargas
Llosa. Un auditorio que lucía casi en tinieblas. “No tenemos micrófonos”, nos
dijo uno de los jóvenes colaboradores de la FIL. Nosotros insistimos y, a pesar
de todos estos percances, llevamos a cabo el evento. Luego nos empezaron a
cortar la luz. Cualquier incauto hubiera pensado de que se trataba de un
boicot. No, no era eso: desorden, caos… y no habíamos prometido un show de
calatos.
En
aras de la pluralidad y de la libertad de expresión tan manoseadas
espero que usted publique esta protesta que quiero hacer pública a través de su
medio. Las autoridades tienen mucho que ver en esto: el señor Juan Manuel
Guillén Benavides que sólo aparece en las fotitos cuando el Nobel nos visita y mejor ni mencionar a nuestro alcalde que no pierde el tiempo en lanzarse a las
piscinas de Tingo para buscar portadas o entregar medalla de la “cultura” a todo
aquel que aparezca en la televisión (no local, el requisito es aparecer en
canales limeños, por supuesto). Alfredo Zegarra Tejada que le pone Palacio de
Bellas Artes Mario Vargas Llosa a un coliseo horroroso que más parece un
platillo volador (pero, claro, no se puede hablar mal del señor alcalde porque
pone publicidad en el diario, por eso también sacaron las columnas del
reconocido sociólogo José Luis Vargas Gutiérrez).
¿Es
cultura todo este embeleco? No, es una farsa montada con la aquiescencia de
todas nuestras autoridades locales. La culpa también es nuestra, porque los
elegimos (¡y hasta reelegimos al impresentable Guillén tapándonos las
narices!). En esta provinciana ciudad también somos presas de la civilización
del espectáculo que en todo se entromete y lo deforma. Hoy por hoy, en nuestro
país, el periodista más influyente de nuestra televisión es Beto Ortiz (si no
que lo diga nuestro presidente regional que también tiene varias fotitos con él en la biblioteca
regional, pero coloca a gente inepta a cargo del auditorio que lleva el nombre de nuestro mejor novelista en la Feria del Libro del parque Libertad de Expresión). Todos sabemos el por qué. La culpa es nuestra: de todos los lectores
y televidentes que no reclamamos y mantenemos un silencio cómplice. Como leí hace mucho en un libro de Eduardo Galeano: HEMOS GUARDADO UN SILENCIO BASTANTE PARECIDO A LA ESTUPIDEZ. ¡Basta ya!
¿En qué momento se jodió Arequipa, don Carlos Meneses?
Con Oswaldo Reynoso, en el bar Don Lucho, Jirón Quilca, Lima.
"Rosquita, aunque no lo creas, te conozco
demasiado. En la galería del cine de tu barrio eres el más ocurrente.
Desde la triste soledad de la platea te he escuchado. Y un día de verano
te he visto gorreando en el estribo de un tranvía de Chorrillos. Ibas
con todo el cuerpo al aire y tus cabellos en tremolina al viento cubrían
tus ojos. Y, cada vez que venía el cobrador lo saludabas, palomilla:
"Presente, mi general". Cada cuadra un
chiste y un repertorio inacabable de piropos. Recuerdo que un cura gordo
y serio se comía la risa, hipócrita. Te he visto también jugar fútbol
en la calle de tu Quinta. Y te he visto también llorar después de la
pelea con algún "torcido", como los llamas tú. Te he visto también en el
billar "La Estrella", escondiéndote de Don Lucho. Y te he visto también
cantar y bailar en la cantina del japonés. Te he visto también,
tímidamente y oculto, deslizarte por lugares prohibidos. Y te he visto
también pasear con tu muchacha, con tu gila, Rosquita.
Pero también
sé que a pesar de tus gracias, de tu risa y palomillada eres triste.
Eres triste porque comprendes que un muchacho como tú puede perderse.
Ahí no está el Príncipe de ladrón. Colorete, de "maldito" y casi casi
perdido; Cara de Ángel, de jugador, capaz de empeñar su camisa e irse
desnudo, de noche, a su casa, por una mesa de billar; Carambola que está
llevando mala vida con una mujer mayor que él; Natkinkón, bohemio y
jaranero; y del Chino y del Corsario, mejor no hablar de ellos. Pero tú
quieres ser bueno: lo sé. Si en algo has fallado ha sido por tu familia,
pobre y destruida; por tu Quinta, bulliciosa y perdida; por tu barrio,
que es todo un infierno y por tu Lima. Porque en todo Lima está la
tentación que te devora: billares, cine, carreras, cantinas. Y el
dinero. Sobre todo el dinero, que hay que conseguirlo como sea. Pero sé
que eres bueno y que algún día encontrarás un corazón a la altura de tu
inocencia" (fragmento de LOS INOCENTES de Oswaldo Reynoso).
Por Orlando Mazeyra
Guillén
El narrador guatemalteco Augusto
Monterroso (Tegucigalpa, 1921- Ciudad de México, 2003) alguna vez confesó que su
ideal último como escritor consistía en ocupar algún día en el futuro media
página en el libro de lectura de una escuela primaria de su país. El
peruano Oswaldo Reynoso (Arequipa, 1931) hace suyas estas palabras y sabe que lo
ha conseguido. Sin embargo, no fue nada fácil, pues cuando publicó Los
Inocentes no fueron pocos los que pidieron que le quitaran el título de
profesor. Y, además, quisieron prohibirle el ingreso a cualquier colegio. En
más de una entrevista contó que lo acusaron —algunos lo siguen acusando— de ser
un corruptor de menores, de emplear un lenguaje procaz, que hablaba mucho de
sexo. El tarabilla aprista «Javier Valle Riestra, en una sesión del
municipio cogió mi libro y dijo que debía impedirse su lectura y que parecía
escrito por un podólogo, o sea, con los pies, y que había que cerrar el bar
Palermo porque ahí se reunía gente de mal vivir, cuando todos los que nos
reuníamos ahí éramos poetas».
ABIMAEL GUZMÁN[1], ¿UN HUMANISTA?
«En esa entrevista para un blog del diario Perú21, en primer lugar me preguntan:
¿usted lo conoció a Abimael Guzmán? Sí, lo he conocido en Arequipa y en Huamanga.
¿Y cómo era? Le respondo al periodista: yo con él hablaba de literatura, pues él conocía
bastante de literatura, sabía mucho de música, le gustaba, por ejemplo,
Vivaldi, Mozart, también leía muchos libros de filosofía. Era un humanista.»
—¿No le parece
que bajo ese concepto también
podríamos decir que Hitler era un humanista? A él le gustaba mucho la pintura y
se dice que los nazis exterminaban a los judíos escuchando a Wagner, ¿escuchar música
clásica los convierte en humanistas?
—Pero lo que yo estoy diciendo sobre
Guzmán es que yo lo conocí como humanista. Ahora, yo ya no me hago responsable
de lo que él hizo después.
—Debe entender que muchos esperamos
que usted, como un escritor representativo de la generación del cincuenta y que
además admiramos su obra, condene enfáticamente todo lo que hizo precisamente
después Abimael Guzmán que, entre otras cosas, fue un genocida.
—Para mí, Sendero Luminoso está
dentro del proceso histórico peruano, no lo podemos desligar del proceso
histórico.
LA«HISTORIA SECRETA» DEL PERÚ Y LA
HIPOCRESÍA
—Es obvio que ya forma parte de la
historia del Perú. Pero de una parte negra de nuestra historia, por eso creo
que hay que asumir una postura clara: condenarlo, rechazarlo…
—No. Yo no condeno ni estoy de
acuerdo. Es un proceso. Y yo creo que, de acá a cincuenta o noventa años, habrá
la suficiente serenidad para juzgar estos acontecimientos históricos, ¿no? Por
otra parte, desde el colegio nos han enseñado que el Perú es un país pacífico y
eso es mentira. Eso es totalmente falso. Durante la colonia hubo grandes
levantamientos indígenas que rechazaban la cultura dominante. Entonces no nos enseñaron
a nosotros la verdadera historia del Perú. Yo, en secundaria, simplemente
aprendí que hubo un determinado número de virreyes… y que un virrey había
mandado a construir un puente y que otro virrey había mandado a construir una
plaza de toros. Son trescientos años, ¡trescientos años de dominación!
Trescientos años de gran exterminio de la raza indígena. Eso no nos lo enseñó
nadie. Luego viene la emancipación. Gran parte de los ejércitos de los
españoles estaba formado por nativos peruanos, o de lo que vendría a ser el
Perú. En realidad, era una guerra de emancipación comandada por los criollos
que habían gobernado el Perú a nombre de España y ahora querían gobernar a su
nombre. Y luego vienen las guerras de los generales: cada general armó su
propio ejército y se disputaban las riquezas del pueblo. Los Gamarra, Los Santa
Cruz, Los Salaverry… generales que combaten entre ellos hasta la Guerra del
Pacífico. ¡La Guerra del Pacífico fue un desastre, una masacre! Y durante el
siglo XX se producen una serie de levantamientos en todo el Perú. En los años
treinta, el Apra toma Trujillo[2], Cajamarca y Huamanga: los apristas masacraron
a policías y luego fueron a matar a militares en el Cuartel de Artillería de
Trujillo. Se bombardea Trujillo. Después el ejército captura a los apristas y
fusila a miles de apristas y también a no apristas en Chan Chan. No nos
olvidemos tampoco de la rebelión de los marinos (Guerra civil peruana de
1856-1858). La guerrilla de
Luis de la Puente Uceda, fundador del MIR (Movimiento de Izquierda
Revolucionaria), la guerrilla de Héctor Béjar, la intentona revolucionaria del
poeta Javier Heraud y, finalmente, el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru
(MRTA) y Sendero Luminoso (SL). Entonces, en conclusión, toda la historia del
Perú está jalonada por grandes rebeliones e innumerables matanzas, ¿no? Lo que
pasa es que esa historia es una «historia secreta». Hace poco, que he estado en Pucallpa, me han dado un libro que todavía
no he terminado de leer, pero hay documentos que indican que la Fuerza Aérea de
Panamá exterminó etnias en la Amazonía, bombardearon el Perú. ¡Todos esos
documentos se ocultan! ¿Por qué no salen a la luz?
—Pero la violencia venga de donde
venga hay que condenarla, ¿sí o no?
—Un momentito. La violencia surge
cuando no se han resuelto problemas importantes y hay conflictos terribles. La
violencia no viene del aire, la violencia se forma. Una persona es violenta
porque ve que sus derechos son vulnerados. Hay un caldo de cultivo, porque
estoy seguro que si un terrorista va a un distrito como San Borja o La Planicie
y dice: «¡vamos a tomar las
armas!», lo
sacan a patada limpia. Pero si va a un terreno donde hay grandes problemas,
como la Amazonía o la sierra, la cosa será distinta. Entonces hay que
plantearlo esto desde el punto de vista de un proceso. Y ésta es una sociedad
hipócrita. Yo estoy en contra de que a
los niños se les enseñe a tomar un arma y a matar como actualmente ocurre en el
VRAE. Pero, ¿quién reclama? ¿Quién sale a dar la cara? Los que permiten que la
televisión sea una escuela de violencia en el Perú. ¡Es una sociedad hipócrita!
Que la gente no se rasgue las vestiduras: si acá en la ciudad, que se supone
que es gente civilizada, y vive gente
con cultura, se permite que los niños
vivan en un ambiente de violencia y que manejen armas virtuales, con juegos que
busquen matar al enemigo, y que todos los días por los canales de televisión
haya muertos y sangre, noticieros que se
regodean enseñando sangre… entonces esa sociedad debe protestar, así como
protesto yo porque a los niños se les enseña a matar, debe protestar contra
este modelo organizado exactamente para inculcar la muerte y la violencia.
HAY QUE SER
TOLERANTES…
—Sobre
su último libro, En busca de la sonrisa encontrada, usted me comentaba que
muchos amigos suyos —que leyeron las primeras versiones—, hablando por lo bajo,
decían «bueno, pues, hay que ser tolerantes»…
—Lo que quiero aclarar también es el uso que muchos le dan a la
palabra «tolerante». Ahora está de moda decir: «hay que ser tolerantes». La palabra tolerante de acuerdo
como lo define el diccionario de la Academia. Y, ojo, que no digo «Real».
—¿Y por qué no dice «Real»?
—Porque Real viene de la realeza, de
la monarquía, ¡quiere decir que todavía no nos hemos independizado de España!
—Pero ellos, los españoles, todavía
tienen un rey que caza elefantes…
—Para nosotros no es «Real». El diccionario de la Academia dice que hay
tolerancia cuando hay poder. Cuando uno se siente superior al otro y deja pasar
lo que le molesta del otro: entonces es tolerante. En el Perú lo que debe de
haber no es tolerancia sino respeto: respeto al otro. El que dice «hay que ser tolerantes» se cree superior al otro.
—¿Siente
que no respetan a su nueva obra?
—En el Perú debemos aprender a respetar
en todo aspecto. Respetar al otro. En relación a las declaraciones que yo di
sobre Abimael Guzmán, luego entré a internet y hay un señor (Gustavo) Faverón…
—Que ha
escrito positivamente sobre su obra en un ensayo que apareció en la revista Hueso Húmero[3]…
—Ese señor dijo que por qué se había hecho tanto
escándalo por las declaraciones de Iván Thays[4] porque dijo que la comida peruana
es indigesta y no me hacían escándalo a mí. Entonces a mí me preguntan sobre
eso y yo les digo lo siguiente: «miren, cuando leí las declaraciones de Thays y supe del cargamontón que
le hicieron, yo salí en defensa de Thays porque hay que respetar la opinión de
un escritor, él sabrá por qué lo dice, hay que respetar las ideas del otro,
¿por qué todos vamos a pensar igual? Si a él le parece que la comida peruana es
indigesta, allá él». Entonces, ¿qué pasó? Lo llamaron traidor a la
patria. Incluso salió un pobre infeliz que se autodenominó el mejor cocinero de
ceviche del Perú…
—Javier Wong…
—Salió con un cuchillo, a decir: «¡ese hijo de puta!», amenazante. Y luego publican
fotografías de Thays con un parecido a Oscar Wilde y le dicen: «maricón de mierda». Luego el conductor del programa La noche es mía le pregunta al público: «¿quién conoce a éste?» ¡Nadie!, responden todos. «Entonces es un desconocido». Yo he salido en defensa de Thays.
No es posible que se diga tanta barbaridad. Y luego me entero de que se quejan
de por qué le hacen escándalo a él y no a mí[5].
En octubre no hay milagros
—Y
Thays ha llegado a deslizar en
las redes sociales la idea de que hay muchos escritores gays homofóbicos y que
una muestra de eso es su novela Enoctubre
no hay milagros.
—Eso pasa por no saber leer. Por lo
siguiente: la novela En octubre no hay milagros no es una
novela homofóbica, sino una novela contra el poder. Ahí hay dos tipos de relación
homosexual: la relación de poder, del dictador, del tirano con el joven que se
rebela; y la otra relación homosexual es la del profesor. La de don Manuel con
Tito es una relación de poder; en el otro caso, el caso del profesor, es una
relación de amor.
—A qué se refiere cuando habla de los
escritores «transgénicos»…
—Un alimento transgénico es aquel
elaborado artificialmente en un laboratorio. Y hay escritores elaborados
artificialmente en «laboratorios». Pero felizmente en las provincias
del Perú está apareciendo el verdadero movimiento literario: por ejemplo, en
Chimbote hay un gran escritor Fernando Cueto que acaba de ganar el Copé con la
novela Ese camino existe, Óscar Colchado con Rosa Cuchillo y su última
novela Hombres de mar, también los escritores de Huánuco, Pucallpa,
Tarapoto, Iquitos, Arequipa que no se conocen en Lima, pero que están innovando
la literatura peruana actual. Entonces Lima se está quedando atrás, porque Lima
es la misma cantaleta de siempre. Hay periódicos que antes tenían una página
entera dedicada a la cultura, ahora la han eliminado y han puesto espectáculos
y más deportes. En las provincias se está dando el gran renacimiento de la
literatura peruana. Recordemos, también, que Octavio Paz decía que una persona
culta e inteligente era capaz de escribir un buen poema o un buen cuento, pero
eso no era arte, sino artificio.
—¿Y cómo accede usted a la llama
creadora del arte?
—Los antiguos griegos llamaban a eso
las musas. Así le llamaban a la inspiración.
—¿Y Oswaldo Reynoso dónde encuentra
la inspiración?
—En la vida intensa y la cerveza.
MONTERROSO Y LA INMORTALIDAD
Tito Monterroso
—Yo sé que a usted la idea de vencer
a la muerte como que no le quita el sueño y también desconfía de todos los
premios literarios porque piensa que son amañados. Sin embargo, justamente a un
narrador universal como Augusto Monterroso, lo condecoraron en España con el
premio Príncipe de Asturias, y él en su discurso de aceptación del lauro,
confesó: «mi ideal último como escritor consistía en ocupar algún día en el
futuro media página en el libro de lectura de una escuela primaria de mi país».
—Suscribo
exactamente lo mismo.
—Monterroso
añade: «Acaso esto sea el máximo de inmortalidad a que pueda aspirar un
escritor».
—Exactamente.
Yo estoy totalmente de acuerdo.
—Lo que pasa
es que usted ya lo consiguió. Además muchos afirman que, después de Vargas
Llosa y Bryce, el autor más leído en las escuelas del Perú es Oswaldo Reynoso.
—Cuando yo
escribí Los Inocentes pidieron que me quitaran el título de profesor. Y
querían prohibirme el ingreso a cualquier colegio. Y me acusaron de corruptor
de menores. Y te cuento que tengo un relato que quise incluir en El
goce de la piel pero desistí, tampoco lo puse en mi último libro. Es un
relato sobre mi infancia en Arequipa y ocurre precisamente allí (señala con
cierta malicia la Catedral de Arequipa) porque yo fui monaguillo. Seguramente
lo incluiré en otro libro.
—¿Qué
significa para Oswaldo Reynoso la ciudad de Arequipa?
—Arequipa para
mí significa una infancia muy hermosa. Y una adolescencia también hermosa,
sobre todo por el ambiente familiar, pero hubo autoridades que luego del
levantamiento del cincuenta lo llevaron preso a mi padre acusándolo de espía
chileno y eso lo dañó mucho, lo hizo sufrir y morir sin patria.
¿DÓNDE ESTÁ EL RÍO?
«Alrededor de mis libros discurren
conflictos fundamentales, pero yo no soy quién para explicarlos porque hay
escritores que escriben algo y luego escriben otro libro para explicar lo que
han escrito. Entonces el que encuentra los conflictos que yo planteo, que los
encuentre; y el que no los encuentra, pues es problema de él. La literatura no
nace con un autor, la literatura es un proceso, es como un río. El problema que
yo veo ahora con los narradores es que no saben dónde está el río ni qué
recodos tiene ese río y desconocen la obra de los narradores fundamentales. Yo
me he encontrado con narradores que creen que han inventado el mundo».
—Justamente
Monterroso ironizando dice: yo aprendí a ser breve leyendo a Proust.
—¡Claro! Yo te
puedo contar una anécdota de Monterroso con Bryce. En un congreso literario
Bryce tomó la palabra y respondiendo a una pregunta dijo: «yo escribo, escribo
y escribo». Luego Monterroso toma la palabra y dice: «yo, al contrario de mi
amigo Bryce, corrijo, corrijo y corrijo» (ríe). Ahora, Bryce cuando apareció
fue novedoso, tiene picardía y todo eso, pero es muy descuidado. Demasiado. En
un solo párrafo utiliza demasiados adverbios terminados en mente.
—Para
evitar eso se puede utilizar las herramientas de un procesador de textos. ¿Usted
no le opone resistencia a la tecnología, verdad? Usa la computadora, el correo
electrónico, etcétera…
—Todo depende
de cómo se utilice. Yo me pongo a escribir en la computadora, alrededor de una
hora, luego le saco una copia, imprimo. Después en la noche corrijo con
lapicero y al día siguiente, con esa corrección, vuelvo a la computadora y hago
las correcciones en el archivo.
—¿Cuál
su música favorita al momento de escribir?
—Depende de mi
estado de ánimo. Me gusta mucho Vivaldi, Mozart, Beethoven.
EL TRASLADO
Vargas Vicuña
«Eleodoro Vargas Vicuña se murió
el 10 de abril, el día de mi cumpleaños. Él era mi compadre, yo fui padrino de
su hijo. Ese día yo recibí una llamada en la mañana y una voz me dijo: cuida
tu cuerpo como si fuera un templo. Me repitió esa frase como tres veces
y yo no sabía quién era. A la media hora recibo otra llamada, era la hermana de
Vargas Vicuña que me informó: hace media hora Eleodoro ha muerto y lo vamos a
velar en el hospital Rebagliati. Yo le dije que Eleodoro se merecía otro tipo
de despedida y de inmediato hice llamadas para que lo velaran en el Museo de la
Nación y, al día siguiente, el dueño de una empresa de transporte puso un
microbús para llevar el féretro a Tarma y, así, partimos en caravana. Llegamos
a eso de las seis de la tarde a Tarma, donde había una delegación que le había
preparado una capilla ardiente en el local del municipio, luego llegó una
comisión de Acobamba que dijo que Eleodoro debía ser enterrado en Acobamba. Lo
llevamos y lo velamos en Acobamba en una capilla muy pequeña por la cantidad de
gente que fue, entonces lo llevamos al municipio y después a la sala principal,
antes lo habíamos velado también en un club, de ahí lo trasladaron a la iglesia
y finalmente al cementerio que queda en una pendiente. En medio de la pendiente
hay un descanso donde se hizo un homenaje final, luego yo ya no pude subir.
Pero cuando ya lo estaban poniendo en el nicho apareció un sobrino para cumplir
con una vieja promesa del bar Palermo: ponerle dos botellas de trago. Y el
sobrino nos dijo que Eleodoro había pedido que lo entierren en la punta del
cerro. Y por fin lo enterramos. Después, cuando ya regresábamos, yo en ese
entonces tomaba ron, estábamos con Maynor Freyre tomando ron, y cuando
estábamos llegando a Lima no sé cómo me acuerdo repentinamente de mis años en
Arequipa, habíamos formado el grupo Avemur con Aníbal Portocarrero, cuando conocí
a Eleodoro en la Plaza de Armas, y me dijo: mira lo que acabo de escribir. El
cuento se llamaba El traslado y empezaba así: cambiamos de lugar aún después de
muerto… Y entonces llegando a Lima yo les digo a todos: recuerdo que en
la Plaza de Armas de Arequipa, Eleodoro me leyó ese cuento, El
traslado, que aparece en su libro Ñahuin y comienza con esta frase: cambiamos
de lugar aún después de muerto: el hospital Rebagliati, el Museo de la
Nación, el club de Acobamba, el municipio, la iglesia, la mitad del cementerio,
el nicho y por último la punta del cerro».
LA HOMOESTÉTICA
—Martín
Adán es su gran referente.
—Me
impresionó La casa de cartón, yo aprendí a escribir con La
casa de cartón. Y luego leí su poesía que en ese entonces no comprendía
mucho. Aparte de Martín Adán yo siempre recomiendo que lean a Arguedas, a
Valdelomar. Ahora, respecto a Martín Adán, sobre mi último libro, a mí no me
agradan las calificaciones que han hecho algunos. Dicen que es un libro
homoerótico. Porque lo erótico es la exaltación del sexo. A mí me parece que es
un libro homoestético porque no hay ninguna descripción o escena sexual.
—¿Homosensual
tal vez? —pregunta Carlos Bellatín.
—Ho-mo-sen-sual
—silabea Reynoso—. Salud por eso: ¡homosensual! —y chocamos nuestros vasos de
cerveza.
—Bueno,
yo como lector quizá esté equivocado, Oswaldo. Pero como que intuyo que no pisa
el acelerador a fondo porque todavía se siente atado de pies y manos por la
sociedad en la que vive, yo lo noto así como lector, ¿qué piensa al respecto?
—Sí
—asiente convencido—, es muy difícil romper eso.
—¿O
sea no se atreve a reventar, a explotar todo en su narrativa sobre las relaciones
homosexuales? —pregunta Carlos Bellatín.
—No.
Yo lo quiero dejar así en mi
narrativa. Porque lo otro es pasar a
otro tipo de cosas. Por ejemplo, Miguel Gutiérrez dijo que yo debería escribir
una novela sobre la homosexualidad. Pero a mí me parece que ya es un tema muy
trillado, manoseado. Y porque además no lo siento.
—Pero
precisamente ha criticado a aquellos que han abordado con superficialidad el
tema de la homosexualidad. Usted, en cambio, lo haría con belleza, profundidad,
hondura…
—No creo. Ya
no. No puedo ya. Es muy difícil. La Arequipa de mi juventud fue una sociedad
muy conservadora, demasiado machista…
—¿Esa
Arequipa de su adolescencia donde un viento feroz quiso apagar para siempre la
llama de la lámpara de Aladino que ardía en su piel?
—Es muy
difícil —reitera y uno puede reconocer el desaliento en su voz, sentimientos
encontrados, recuerdos dolorosos o quizá sólo un ligero malestar. ¿El malestar
que nos produce el Perú? Siento que ya fueron suficientes preguntas, al menos
por hoy.
Ahora es mejor
apurar el vaso de cerveza y repetir aquella frase de Eleodoro Vargas Vicuña: ¡Viva
la vida, carajo! El amigo del alma de Oswaldo Reynoso que —contó alguna
vez Edmundo de los Ríos—, aunque nacido que La Esperanza (Cerro de Pasco),gustaba en provocar llamándose arequipeño. Ese mismo que, a pocas horas
del irreversible final, le dijo al autor de En busca de la sonrisa
encontrada: «¡Gracias, compadre, por haberme enseñado a
reír de la muerte!»
Plaza de Armas de Arequipa, abril de
2012.
«Veo
con mucho temor, veo, a veces con escalofríos, cómo se está tratando este
asunto de la desafección juvenil respecto del sistema. Claro, entonces la
pregunta es: ¿y qué quieren si Humala prometió cambiar el país y miren lo que
está haciendo? Yo sentí una suerte de pánico intelectual controlado cuando el
otro día una chica del Movadef me dijo en un video que estaba dirigido a mí: “señor
Hildebrandt, ¿acaso Túpac Amaru no fue juzgado como traidor y ajusticiado y,
doscientos años después, reivindicado?” ¡Madre mía! ¡Qué razonamiento! Eso no
es broma, eso es para tratarlo con mucha seriedad. Pero, claro, ¿qué le vas a
pedir a la derecha? La derecha te dice: “no, ¡bala! ¡Con esa, bala!” Y no es así.
La conclusión, para mí, es que el Perú construye por enésima vez un foco violento
autodestructivo gracias a esta política de tomar distancia de todo aquello que
resulta inaceptable, de condenar todo aquello que resulte hereje o blasfemo y
de considerar que, digamos, todas las personas que están lejos del sistema son enemigas,
enemigas irreconciliables. Bueno, yo pienso modestamente que aquí el gran
enemigo del Perú es el sistema. Exactamente al revés: el gran enemigo del Perú
es el sistema, el que no permite que el Perú sea el país que esperamos:
reconciliado, relativamente convocante, es el sistema» (Cesar Hildebrandt).
ENLACES
[1]
Abimael Guzmán (Mollendo, Arequipa, 1934) líder y fundador de la organización
terrorista peruana Sendero Luminoso. Según el Informe Final de la Comisión de la Verdad y
Reconciliación(CVR),«el Partido Comunista del Perú, conocido como Sendero
Luminoso (PCP-SL), es una organización subversiva y terrorista, que en mayo de
1980 desencadenó un conflicto armado contra el Estado y la sociedad peruana. La
CVR ha constatado que a lo largo de ese conflicto, el más violento de la
historia de la República, el PCP-SL
cometió gravísimos crímenes que constituyen delitos de lesa humanidad y fue
responsable del 54% de víctimas fatales reportadas a la CVR. En base a los
cálculos realizados, la CVR estima que la cifra total de víctimas fatales
provocadas por el PCP-SL asciende a 31,331 personas».
[2] Según el historiador
aprista Hugo Vallenas Málaga, «la
revolución trujillana del 7 de julio de 1932 es reseñada en forma defectuosa
por diversos científicos sociales que los estudiantes peruanos consideran
confiables y objetivos. Por ejemplo, Julio Cotler, Aníbal Quijano, Alberto
Flores Galindo y Manuel Burga, han coincidido en mencionar este importante
movimiento social liderado por el aprismo como un “alzamiento” o una “rebelión
popular”, pero no una revolución en el sentido moderno y profundo de la
palabra. Con esto pretenden decir que fue un acto de insurgencia popular
aislado, sin perspectivas políticas y sin organización partidaria».
[3]
Gustavo Faverón señala en un fragmento de su ensayo El
amor es un dios materialista: sobre El goce de la piel de Oswaldo Reynoso: «(…) De acuerdo con un proceso que se ha vuelto
constante y creciente en el trabajo del autor arequipeño, en El goce de la
piel las cosas están dichas con una suerte de lirismo callejero, que no
teme lidiar con el problema de buscar un estatus poético para el idioma a veces
sucio y destemplado de la calle. A diferencia de muchos autores realistas
posteriores, de aspiración más o menos marginal, algunos de los cuales escriben
tras su huella (Sergio Galarza, por ejemplo), en Reynoso esa lengua se vuelve
conducto para reflexiones que trascienden la frontera intelectual de la cantina
y la tropelía esquinera. Reynoso no rehúye su compromiso autoimpuesto de pensar
nuestra cultura, o ciertos aspectos de ella, a través de la palabra de la
pandilla de barrio, del lumpen carcelario, de las esforzadas y más o menos
móviles clases populares, y, por supuesto, de la intelectualidad desplazada
fuera de los grandes circuitos de transmisión ideológica de nuestra sociedad.
Si cuenta historias de marginales, lo hace sin renunciar (¿por qué habría de
renunciar?) a una intención canónica: no habla desde el centro, pero habla hacia
el centro».
[4] Iván Thays, en su blog Vano
Oficiodel diario El País, escribió: «(…) Mis
restaurantes favoritos son de los de pasta y creo, honestamente, que la comida
peruana es indigesta y poco saludable. Casi sin excepción se trata de un
petardo de carbohidratos al cubo, una mezcla inexplicable de ingredientes
(muchos de ellos deliciosos en sí mismos, hay que decirlo, pues los insumos son
de primera calidad) que cualquier nutricionista calificado debería prohibir».
[5]
Gustavo Faverón, en un post titulado Ceviche
o muerte, venceremos, escribió en su blog personal: «Ok,
es oficial. En la sociedad peruana si un escritor como Iván Thays declara que
la comida peruana le parece indigesta, lo que sigue es una catilinaria de
ataques, agravios, insultos y desplantes. Pero si un escritor como Oswaldo
Reynoso declara públicamente que Sendero Luminoso no
fue un grupo terrorista, que sus acciones no fueron negativas para el país y
que Abimael Guzmán es un humanista, al 99.99% de los peruanos le importa un
reverendo pepino».