2013/05/20

"Radiografía del alma" en Hildebrandt en sus trece

En la edición Nro. 155 de Hildebrandt en sus trece aparece mi Radiografía del alma.
El viernes 17 de mayo apareció mi narración Radiografía del alma que es casi un estado de ánimo frente a la vida (en realidad, frente a mí mismo). La búsqueda cotidiana de lo inasible... o algo más o menos así.

2013/05/18

Almuerzo de perros

Hace un año, el 18 de mayo de 2012, pude conocer  

la biblioteca de Mario Vargas Llosa. (Foto: Orlando Mazeyra Guillén)


«O comes o te comen, no hay más remedio.
A mí no me gusta que me coman»
Mario Vargas Llosa, La ciudad y los perros

Me gusta estar al lado del camino
fumando el humo mientras todo pasa…
Fito Páez, Al lado del camino

—¿Quieres uno?
—Gracias —le respondí y alargué la mano para sacar un cigarro de la cajetilla. Luego, Boris me alcanzó la cajita de fósforos Inti y empezamos a fumar mientras contemplábamos la inmensidad del mar barranquino. Se me vinieron a la mente algunas historias de Hemingway. Recordé su suicidio: había terminado siendo el cazador de sí mismo, la presa definitiva. Tal vez la literatura consistía en eso: ajusticiarse, ir de safari tras de uno mismo (exhibir grandezas y miserias, méritos y vergüenzas). Quise inmortalizar esa fecha: no todos los días se podía realizar turismo literario: acceder al refugio de alguien que, como el autor de París era una fiesta, había ganado un asiento en el gran teatro de la posteridad.         
—¿Me puedes tomar una foto? —pregunté. Al fin y al cabo, yo, por suerte, en Lima siempre seré un turista.
—Claro —me dijo y lanzó el pucho del cigarro—. ¿A qué hora vamos a subir?
—Me citó a las diez en punto —le informé—. Todavía faltan cinco minutos.
Me volví a acomodar el cuello de la camisa y le señalé la puerta del edificio: «vamos». El portero nos miró con desconfianza:
—¿Qué desean?
—Tenemos cita con la secretaria de Vargas Llosa.
—Un momento —y apretó un intercomunicador—. ¿Sus nombres?
—Orlando Mazeyra, reportero; y Boris Mercado, fotógrafo.
—Ya pueden pasar —nos informó señalando el ascensor.
La noticia del momento era la represión policial contra los manifestantes que rechazaban las minas en Conga, allí muchos cajamarquinos se resistían a entregar su agua a cambio de la falaz prosperidad minera. El presidente de la República, durante la campaña electoral, les había dicho a aquellos incautos: «Chugur, Bambamarca y Hualgayoc son una cicatriz en el rostro de Cajamarca, la cicatriz de los pasivos medioambientales. He visto un conjunto de lagunas y me dicen que ustedes las quieren vender. ¿Ustedes quieren vender su agua?»
—No.
—Porque, ¿qué es más importante? ¿El agua o el oro?
—El agua —respondían al unísono. Al asumir el poder, el camaleón había tenido buenas migas con las transnacionales mineras. «¡Vendepatria!», lo llamaban.
Un poblador de Conga le había preguntado a un iracundo policía:
—¿Por qué nos golpean? ¿Acaso somos sus enemigos? ¿Por qué se abusan de nosotros?
—¡Porque son perros! —había respondido el hombre con su vara en la mano.
Fuimos recibidos por la secretaria de Vargas Llosa, una señora muy educada y formal:
—¿Cuál es tu plan?
—Sólo queremos investigar, conocer la biblioteca, sus libros favoritos, y de paso tomar algunas fotografías.
El archivo personal de Vargas Llosa era inmenso. Tomé al azar a uno de los portafolios y examiné la primera página. Databa de noviembre de 1964. Un artículo del escritor cubano Ambrosio Fornet, publicado en la revista de La Casa de las Américas de La Habana, que hacía especial énfasis en un instante de la novela, una pregunta cruda, definitiva:
¿Usted es un perro o un ser humano?
No importaba. El dilema no existía: muerto el perro se acababa la rabia y a otra cosa, mariposa. Éramos una peste rabiosa para el presidente, un cero a la izquierda en las encuestas «prepago». Pero esa  biblioteca, atestada de anaqueles con libros forrados en cuero, parecía otro país, el descansillo de los ensueños. El sobrio escritorio de Vargas Llosa tenía una vista espléndida de los acantilados que asedian las costas de Lima.
Mientras pasaba revista a la lista de autores, perdí de vista a Boris, el fotógrafo, y éste se colgó de la ventana con su enorme cámara fotográfica a cuestas e intentó hacer una toma panorámica para contrastar el paraíso libresco con el océano Pacífico. Fue muy temerario, pues estábamos nada menos que en el sexto piso del edificio:
—¡Por Dios Santo! —exclamó espantada la secretaria—. ¿Qué haces ahí? ¡Te puedes matar!
Corrimos a sujetarlo. La señora lo amonestó de una manera incontestable:
—Tu vida vale más que toda biblioteca de Vargas Llosa, hijo —reflexionó y, luego de insistir con la comprensible reprimenda, gentilmente nos invitó a retirarnos para no pasar más sobresaltos, mientras Boris lanzaba otra ráfaga de flashes. Me quedé pensando en aquella frase cuando regresábamos a la revista en la unidad móvil:
—Boris.
—¿Qué hay?
—¿Crees que tu vida valga más que toda esa biblioteca? —indagué, provocador, consciente de la invalidez de mi pregunta.
Me mostró un gesto reluctante y siguió revisando las fotos.
—¿No me vas a responder? —insistí y aguardé en silencio.
Cuando llegamos a la revista, Boris por fin habló: «¿Quieres uno?». Acepté y fumamos antes de pisar la redacción. Al mediodía llegó el director: el Negro Cano.
—¿Qué novedades, Mazeyra? ¿Cómo te fue en la casa de Vargas Llosa?
—Creo que muy bien.
—Vamos a comer un chifa, ¡yo te invito!
Lo acompañé y disfrutamos de un pantagruélico almuerzo. Le conté mil y un anécdotas de lo que pasó en la biblioteca, había libros autografiados por el propio Cronopio argentino. Aproveché para decirle que Boris casi se mata por conseguir una foto digna del bronce: «La secretaria nos dijo que la vida de Boris valía más que toda la biblioteca». A Cano la aseveración de  la dama le supo a helado de arvejas. Se quitó la cuchara de la boca y me miró con desdén y aires de suficiencia:
—¿Sabes una cosa?
—Dígame, señor Cano.
—La vida de Boris no vale nada. No vale ni mierda.
—¿Y por qué lo dice?
—Boris es un perro, ya te vas a dar cuenta.
Seguimos comiendo en silencio. El bocado me resultó amargo cuando entendí que para él, todos sus empleados (periodistas, diseñadores, correctores y fotógrafos) éramos perros. Al parecer nuestra patria era una enorme y caótica perrera y yo recién la estaba conociendo. «¿Quieres uno?», me preguntó Cano apenas ganamos la avenida Gregorio Escobedo: eran Pall Mall, los mismos que fumaba Boris. Antes de responder, sentí un ladrido. No era Batuque —el perro de Zavalita en Conversación en La Catedral—, sino una ciudad y ciertas gentes que ya me estaban engullendo.
«Algún día escribiré sobre esto», pensé mientras le daba la primera calada al cigarrillo.



Jesús María, Lima, 2012.


2013/05/10

“Puto el que lee esto.”

Roberto Fontanarrosa humorista y escritor rosarino. Un capo.

Nunca encontré una frase mejor para comenzar un relato. Nunca, lo juro por mi madre que se caiga muerta. Y no la escribió Joyce, ni Faulkner, ni Jean-Paul Sartre, ni Tennessee Williams, ni el pelotudo de Góngora.

Lo leí en un baño público en una estación de servicio de la ruta. Eso es literatura. Eso es desafiar al lector y comprometerlo. Si el tipo que escribió eso, seguramente mientras cagaba, con un cortaplumas sobre la puerta del baño, hubiera decidido continuar con su relato, ahí me hubiese tenido a mí como lector consecuente. Eso es un escritor. Pum y a la cabeza. Palo y a la bolsa. El tipo no era, por cierto, un genuflexo dulzón ni un demagogo. “Puto el que lee esto”, y a otra cosa. Si te gusta bien y si no también, a otra cosa, mariposa. Hacete cargo y si no, jodete. Hablan de aquel famoso comienzo de Cien años de soledad, la novelita rococó del gran Gabo. “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento...” Mierda. Mierda pura. Esto que yo cuento, que encontré en un baño público, es muy superior y no pertenece seguramente a nadie salido de un taller literario o de un cenáculo de escritores pajeros que se la pasan hablando de Ross Macdonald.

Ojalá se me hubiese ocurrido a mí un comienzo semejante. Ese es el golpe que necesita un lector para quedar inmovilizado. Un buen patadón en los huevos que le quite el aliento y lo paralice. Ahí tenés, escapate ahora, dejá el libro y abandoname si podés.
No me muevo bajo la influencia de consejos de maricones como Joyce o el inútil de Tolstoi. Yo sigo la línea marcada por un grande, Carlos Monzón, el fantástico campeón de los medio medianos. Pumba y a la lona. Paf... el piñazo en medio de la jeta y hombre al suelo. Carlitos lo decía claramente, con esa forma tan clara que tenía para hablar. “Para mí el rival es un tipo que le quiere sacar el pan de la boca a mis hijos.” Y a un hijo de puta que pretenda eso hay que matarlo, estoy de acuerdo.

El lector no es mi amigo. El lector es alguien que les debe comprar el pan a mis hijos leyendo mis libros. Así de simple. Todo lo demás es cartón pintado. Entonces no se puede admitir que alguien comience a leer un libro escrito por uno y lo abandone. O que lo hojee en una librería, lea el comienzo, lo cierre y se vaya como el más perfecto de los cobardes. Allí tiene que quedar atrapado, preso, pegoteado. “Puto el que lee esto.” Que sienta un golpe en el pecho y se dé por aludido, si tiene dignidad y algo de virilidad en los cojones.

“Es un golpe bajo”, dirá algún crítico amanerado, de esos que gustan de Graham Greene o Kundera, de los que se masturban con Marguerite Yourcenar, de los que leen Paris Review y están suscriptos en Le Monde Diplomatique. ¡Sí, señor –les contesto–, es un golpe bajo! Y voy a pegarles uno, cien mil golpes bajos, para que me presten atención de una vez por todas. Hay millones de libros en los estantes, es increíble la cantidad alucinante de pelotudos que escriben hoy por hoy en el mundo y que se suman a los que ya han escrito y escribirán. Y los que han muerto, los cementerios están repletos de literatos. No se contentan con haber saturado sus épocas con sus cuentos, ensayos y novelas, no. Todos aspiraron a la posteridad, todos querían la gloria inmortal, todos nos dejaron los millones de libros repulsivos, polvorientos, descuajeringados, rotosos, encuadernados en telas apolilladas, con punteras de cuero, que aún joden y joden en los estantes de las librerías. Nadie decidió, modesto, incinerarse con sus escritos. Decir: “Me voy con rumbo a la quinta del Ñato y me llevo conmigo todo lo que escribía, no los molesto más con mi producción”, no. Ahí están los libros de Molière, de Cervantes, de Mallea, de Corín Tellado, jodiendo, rompiendo las pelotas todavía en las mesas de saldos.

Sabios eran los faraones que se enterraban con todo lo que tenían: sus perros, sus esposas, sus caballos, sus joyas, sus armas, sus pergaminos llenos de dibujos pelotudos, todo. Igual ejemplo deberían seguir los escritores cuando emprenden el camino hacia las dos dimensiones, a mirar los rabanitos desde abajo, otra buena frase por cierto. “Me voy, me muero, cagué la fruta –podría ser el postrer anhelo–. Que entierren conmigo mis escritos, mis apuntes, mis poemas, que total yo no estaré allí cuando alguien los recite en voz alta al final de una cena en los boliches.” Que los quemen, qué tanto. Es lo que voy a hacer yo, téngalo por seguro, señor lector. Millones de libros, entonces, de escritores importantes y sesudos, de mediocres, tontos y banales, de señoras al pedo que decidían escribir sus consejos para cocinar, para hacer punto cruz, para enseñar cómo forrar una lata de bizcochos. Pelotudos mayores que dedicaron toda su vida, toda, al estudio exhaustivo de la vida de los caracoles, de los mamboretás, de los canguros, de los caballos enanos. Pensadores que creyeron que no podían abandonar este mundo sin dejar a las generaciones futuras su mensaje de luz y de esclarecimiento. Mecánicos dentales que supusieron urgente plasmar en un libro el porqué de la vital adhesividad de la pasta para las encías, señoras evolucionadas que pensaron que los niños no podrían llegar a desarrollarse sin leer cómo el gnomo Prilimplín vive en una estrella que cuelga de un sicomoro, historiadores que entienden imprescindible comunicar al mundo que el duque de La Rochefoucauld se hacía lavativas estomacales con agua alcanforada tres veces por día para aflojar el vientre, biólogos que se adentran tenazmente en la insondable vida del gusano de seda peruano, que cuando te descuidás te la agarra con la mano.

Allí, a ese mar de palabras, adjetivos, verbos y ditirambos, señores, hay que lanzar el nuevo libro, el nuevo relato, la nueva novela que hemos escrito desde los redaños mismos de nuestros riñones. Allí, a ese interminable mar de volúmenes flacos y gordos, altos y bajos, duros y blandos, hay que arrojar el propio, esperando que sobreviva. Un naufragio de millones y millones de víctimas, manoteando desesperadamente en el oleaje, tratando de atraer la atención del lector desaprensivo, bobo, tarado, que gira en torno a una mesa de saldos o novedades con paso tardío, distraído, pasando apenas la yema de sus dedos innobles sobre la cubierta de los libros, cautivado aquí y allá por una tapa más luminosa, un título más acertado, una faja más prometedora. Finge. El lector finge. Finge erudición y, quizás, interés. Está atento, si es hombre, a la minita que en la mesa vecina hojea frívolamente el último best-seller, a la señora todavía pulposa que parece abismarse en una novedad de autoayuda. Si es mujer, a la faja con el comentario elogioso del gurú de turno. Si es niño, a la musiquita maricona que despide el libro apenas lo abre con sus deditos de enano.

Y el libro está solo, feroz y despiadadamente solo entre los tres millones de libros que compiten con él para venderse. Sabe, con la sabiduría que le da la palabra escrita, que su tiempo es muy corto. Una semana, tal vez. Dos, con suerte. Después, si su reclamo no fue atractivo, si su oferta no resultó seductora, saldrá de la mesa exclusiva de las novedades VIP diríamos, para aterrizar en algún exhibidor alternativo, luego en algún estante olvidado, después en una mesa de saldos y por último, en el húmedo y oscuro depósito de la librería, nicho final para el intento fracasado. Ya vienen otros –le advierten–, vendete bien que ya vienen otros a reemplazarte, a sacarte del lugar, a empujarte hacia el filo de la mesa para que te caigas y te hagas mierda contra el piso alfombrado.

No desaparecerá tu libro, sin embargo, no, tenelo por seguro. Sea como fuere, es un símbolo de la cultura, un icono de la erudición, vale por mil alpargatas, tiene mayor peso específico que una empanada, una corbata o una licuadora. Irá, eso sí, con otros millones, al depósito oscuro y maloliente de la librería. No te extrañe incluso que vuelva un día, como el hijo pródigo, a la misma editorial donde lo hicieron. Y quede allí, al igual que esos residuos radioactivos que deben pasar una eternidad bajo tierra, encerrados en cilindros de baquelita, teflón y plastilina para que no contaminen el ambiente, hasta que puedan convertirse en abono para las macetas de las casas solariegas.

De última, reaparecerá de nuevo, Lázaro impreso, en la mano de algún boliviano indocumentado, junto a otros dos libros y una birome, como oferta por única vez y en carácter de exclusividad, a bordo de un ómnibus de línea o un tren suburbano, todo por el irrisorio precio de un peso. Entonces, caballeros, no esperen de mí una lucha limpia. No la esperen. Les voy a pegar abajo, mis amigos, debajo del cinturón, justo a los huevos, les voy a meter los dedos en los ojos y les voy a rozar con mi cabeza la herida abierta de la ceja.

Puto el que lee esto.

John Irving es una mentira, pero al menos no juega a ser repugnante como Bukowski ni atildadamente pederasta como James Baldwin. Y dice algo interesante uno de sus personajes por ahí, creo que en El mundo según Garp: “Por una sola cosa un lector continúa leyendo. Porque quiere saber cómo termina la historia”. Buena, John, me gusta eso. Te están contando algo, querido lector, de eso se trata. Tu amigo Chiquito te está contando, por ejemplo en el club, cómo al imbécil de Ernesto le rompieron el culo a patadas cuando se puso pesado con la mujer de Rodríguez. Vos te tenés que ir, porque tenés que trabajar, porque dejaste la comida en el horno, o el auto mal estacionado, o porque tu propia mujer te va a armar un quilombo de órdago si de nuevo llegás tarde como la vez pasada. Pero te quedás, carajo. Te quedás porque si hay algo que tiene de bueno el sorete de Chiquito es que cuenta bien, cuenta como los dioses y ahora te está explicando cómo el boludo de Ernesto le rozaba las tetas a la mujer de Rodríguez cada vez que se inclinaba a servirle vino y él pensaba que Rodríguez no lo veía. No te podés ir a tu casa antes de que Chiquito termine con su relato, entendelo. Mirás el reloj como buen dominado que sos, le pedís a Chiquito que la haga corta, calculás que ya te habrá llevado el auto la grúa, que ya se te habrá carbonizado la comida en el horno, pero te quedás ahí porque querés eso que el maricón de John Irving decía con tanta gracia: querés saber cómo termina la historia, querido, eso querés.

Entonces yo, que soy un literato, que he leído a más de un clásico, que he publicado más de tres libros, que escribo desde el fondo mismo de las pelotas, que me desgarro en cada narración, que estudio concienzudamente cómo se describe y cómo se lee, que me he quemado las pestañas releyendo a Ezra Pound, que puedo puntuar de memoria y con los ojos cerrados y en la oscuridad más pura un texto de setenta y ocho mil caracteres, que puedo dictaminar sin vacilación alguna cuándo me enfrento con un sujeto o con un predicado, yo, señores, premio Cinta de Plata 1989 al relato costumbrista, pese a todo, debo compartir cartel francés con cualquier boludo. Mi libro tendrá, como cualquier hijo de vecino, que zambullirse en las mesas de novedades junto a otros millones y millones de pares, junto al tratado ilustrado de cómo cultivar la calabaza y al horóscopo coreano de Sabrina Pérez, junto a las cien advertencias gastronómicas indispensables de Titina della Poronga y las memorias del actor iletrado que no puede hacer la O ni con el culo de un vaso, pero que se las contó a un periodista que le hace las veces de ghost writer. Y no estaré allí yo para ayudarlo, para decirle al lector pelotudo que recorre con su vista las cubiertas con un gesto de desdén obtuso en su carita: “Éste es el libro. Éste es el libro que debe comprar usted para que cambie su vida, caballero, para que se le abra el intelecto como una sandía, para que se ilustre, para que mejore su aliento de origen bucal, estimule su apetito sexual y se encame esta misma noche con esa potra soñada que nunca le ha dado bola”.

Y allí estará la frase, la que vale, la que pega. El derechazo letal del Negro Monzón en el entrecejo mismo del tano petulante, el trompadón insigne que sacude la cabeza hacia atrás y hacia adelante como perrito de taxi y un montón de gotitas de sudor, de agua y desinfectante que se desprenden del bocho de ese gringo que se cae como si lo hubiese reventado un rayo. “Puto el que lee esto.” Aunque después el relato sea un cuentito de burros maricones como el de Platero y yo, con el Angelus que impregna todo de un color malva plañidero. Aunque la novela después sea la historia de un seminarista que vuelve del convento. Aunque el volumen sea después un recetario de cocina que incluya alimentos macrobióticos.

No esperen, de mí, ética alguna. Sólo puedo prometerles, como el gran estadista, sangre, sudor y lágrimas en mis escritos. El apetito por más y la ansiedad por saber qué es lo que va a pasar. Porque digo que es puto el que lee esto y lo sostengo. Y paso a contarles por qué lo afirmo, por qué tengo autoridad para decirlo y por qué conozco tanto sobre su intimidad, amigo lector, mucho más de lo que usted nunca hubiese temido imaginar. Sí, a usted le digo. Al que sostiene este libro ahora y aquí, el que está temiendo, en suma, aparecer en el renglón siguiente con nombre y apellido. Nombre y apellido. Con todas las letras y hasta con el apodo. A usted le digo.

2013/05/04

Yo también quiero ser un poseta

En la edición Nro. 153 de Hildebrandt en sus trece unicornios mágicos y posetas.

2013/04/30

Pedro Salinas: «cuando fui sodálite me creía dueño de la verdad y tenía una visión fascista del mundo»

Pedro Salinas confiesa que cuando fue sodálite pergeñó "los textos más aburridos y sosos e insustanciales que ha escrito en su vida. Eran enjuiciamientos a temas de coyuntura desde la perspectiva de la doctrina social de la iglesia y de la moral cristiana, y cosas así. Cojudeces, o sea".

  
Por Orlando Mazeyra Guillén
Entrevista publicada en Lima Gris
Pedro Salinas (Lima, 1963) es periodista y escritor. Ha dirigido diversos programas de radio y televisión. En 1994 obtuvo, con César Lévano, el Premio Nacional de Periodismo y Derechos Humanos, otorgado por la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos. Es autor de novelas como Mateo Diez y Álbum de fotos, y de ensayos periodísticos como Rajes del oficio. En esta amena entrevista recuerda su etapa como sodálite (experiencia que supo llevar a la novela precisamente en Mateo Diez). Ha terminado un libro que recopila una serie de artículos y ensayos sobre temas eclesiales cuyo título tentativo es Dios es homofóbico.


¿Qué libro está leyendo ahora?
  
Acabo de terminar Danza de Dragones, de George R. R. Martin, el quinto libro de una saga monumental que coctelea la literatura fantástica con el género épico y los sazona con intrigas y juegos por la captura del poder. Debo reconocer que me he enganchado como un adicto. Su estilo folletinesco es sumamente efectivo. Y el autor ha demostrado no tener ningún empacho ni apego en deshacerse de personajes que han cautivado al lector. Ya no veo la hora de tener en mis manos el siguiente libro, Vientos de invierno, que es el penúltimo. Pero supuestamente recién debe estar listo para el 2014.

Ahora, para variar un poco, acabo de tomar entre mis manos La tumba de Lenin, del periodista David Remnick, que aborda la caída y declive de la Unión Soviética. Es una magnífica crónica.

¿Qué libro le recomendaría leer a Alberto Fujimori?

La democracia en América, de Alexis de Tocqueville. Pero no sé si lo entienda.

¿Cuál fue la última película que lo hizo llorar?

Hace poco volví a ver Big fish (El gran pez), del genial Tim Burton. No hay manera de escapar de las lágrimas. Se trata de un relato maravilloso y conmovedor y estimulante. Si te gusta escribir o contar historias no puedes dejar de ver esta película.

¿Cuál es la primera imagen que se le viene de la época en que vivió en Arequipa?

El Misti. Me parece un volcán imponente. Recuerdo que, la primera vez que fui al Colca, en los ochentas, había un camino distinto al actual, que pasaba por detrás del Misti. En ese recorrido nos detuvimos para mirarlo con calma, de abajo hacia arriba, desde otra perspectiva totalmente distinta a la que se le conoce cuando se le observa desde la ciudad. Era como estar parado sobre la uña del pie de un coloso. Te sentías como una hormiga al lado de un elefante. O una jirafa. O algo así. La sensación era acojonante.

¿Era parte de la bohemia en la Ciudad Blanca?

De la bohemia arequipeña de los ochentas, definitivamente no. Del establishment católico, sí. Yo vivía en una comunidad religiosa del Sodalitium Christianae Vitae (SCV) cuando estuve en Arequipa. Nuestra Señora de Chapi, se llamaba la casa donde vivía y quedaba en Vallecito.

¿A qué profesores de la UNSA recuerda?

No recuerdo a ninguno por sus nombres, la verdad. Ya han pasado demasiados años desde que estudié ahí, en la facultad de Psicología, que quedaba a unos metros de la plaza de armas. Lo que recuerdo nítidamente es que en todas las clases, incluyendo en las que estudiábamos sobre las sinapsis o sobre la médula espinal o sobre los pliegues del cerebro y sobre las funciones del cerebelo, siempre había referencias recurrentes al materialismo dialéctico. O al histórico. O a Marx. O a Engels. En serio. Era así. Era alucinante el nivel de ideologización que había en esa universidad. Y claro. Uno que no era de izquierdas, se sentía en minoría. Como era mi caso, obvio.

También era impresionante cuando entraban a clase los encapuchados de Pukallacta a hacer proselitismo, y los profesores, bien gracias. Y era divertido que, cuando uno quería conversar con algún profesor sobre un tema de notas o de trabajos, o lo que sea, a veces había que buscarlo en la mismísima plaza de armas, que era el epicentro de las revueltas, y donde siempre estaban presentes nuestros profesores protestando contra algo, o estaban encadenados a una banca, o estaban recibiendo chorros de agua o palazos de la policía. Me pasó en más de una oportunidad que la policía pensó que yo también era un manifestante.

Sé que ha colaborado en el diario El Pueblo cuando vivió en Arequipa. A mí me censuraron muchos textos. ¿A usted cómo le fue?

Pues muy bien. A mí nunca me censuraron nada porque yo estaba ahí como columnista envarado y recomendado por el entonces arzobispo de Arequipa, monseñor Fernando Vargas Ruiz de Somocurcio. Un jesuita muy simpático. Muy conservador también, es verdad. Pero monseñor con cuatro whiskies encima era demasiado divertido. Tenía un sentido del humor muy arequipeño.

En una novela relato la historia en que monseñor Vargas, luego de salir tarde de una reunión algo pasado de copas, le pide a su chofer que detenga el auto para orinar. El chofer trata de persuadirlo de que aguante hasta su casa, que quedaba en un malecón frente al Club Internacional. Pero monseñor, con tono enérgico, le señala que pare, carajo, en el arzobispado, cuando estaban atravesando el casco viejo de la ciudad. Por supuesto, con la turca que se había metido, monseñor Vargas nunca encontró las llaves de la puerta principal, por lo que ahí mismo, en la calle, se levantó la sotana, se bajó la bragueta y se puso a orinar al lado del portón del arzobispado. El chofer, sumamente nervioso por la situación y preocupado porque alguien apareciera por ahí, empezó a apurar al arzobispo. Y monseñor, a voz en cuello le espetó, arrastrando las palabras: «Oye, ¡carajo!, ¿acaso no puedo orinar en mi casa?».

La historia parece que ocurrió realmente. Me la contaron el propio chofer y el asistente de monseñor. Y conociendo a monseñor Vargas, me lo imagino tranquilamente en ese trance. Era un personaje muy querido y muy popular en Arequipa. A mí me caía muy bien. 

De sus primeros artículos publicados, ¿cuál recuerda con más cariño?

Ninguno, para ser honestos. Y deben ser los más aburridos y sosos e insustanciales que he escrito en mi vida. Eran enjuiciamientos a temas de coyuntura desde la perspectiva de la doctrina social de la iglesia y de la moral cristiana, y cosas así. Cojudeces, o sea. Fueron los tiempos en que me creía el dueño de la verdad y tenía una visión fascista del mundo y de todo lo demás. Mejor la pasaba en radio San Martín, donde tenía un espacio semanal en una radioemisora medio destartalada, que estaba ubicada al lado del parque Duhamel. Ahí pasaba música y a veces comentaba la coyuntura política local y hacía entrevistas. Por supuesto, el espacio también me lo consiguió el entrañable monseñor Fernando Vargas Ruiz de Somocurcio, que en paz descanse.

Si pudiera conocer a un escritor muerto, ¿a cuál escogería?

Se me ocurren varios. Pero si tengo que elegir a uno, supongo que a Mark Twain. Junto a Verne y Salgari, Twain es uno de los que leí desde temprana edad. Y es uno de los que he vuelto a leer de adulto, ya no en su faceta de escritor de aventuras e historias fantásticas, sino como escritor satírico en materia religiosa. Era un tipo muy agudo y perspicaz. Y muy valiente.

El mejor lugar para escribir es…

… en mi casa y al final de las tardes. Vivo solo (soy separado), por lo que puedo concentrarme y enfocarme en el tema que captura mi atención. Sin embargo, no dejo de extrañar la bulla que hacían mis hijos, cuando vivía con ellos.

¿Está escribiendo una nueva novela?

No. Me encantaría decir que sí, que estoy en algo así, pero no. Acabo de terminar un libro que recopila una serie de artículos y ensayos sobre temas eclesiales, que abordan diversos temas, como la eutanasia, el aborto, los matrimonios gay, los escándalos de la pederastia por parte de los ensotanados católicos, y así. Tiene un corrosivo prólogo de César Hildebrandt y un epílogo de la periodista Paola Ugaz, quien reclama con firmeza un Estado laico para el Perú. El título tentativo del libro es: Dios es homofóbico.

En el supuesto negado de una segunda vuelta entre Vargas Llosa y Keiko, ¿quién cree que ganaría?

Keiko, sin duda. En este país nunca elegimos bien. 

¿Qué cosas son las que le producen mayor placer?

De los siete pecados capitales, me quedo indubitablemente con dos: la lujuria y la gula. Pero también disfruto mucho de escribir, de leer, de montar a caballo y de la vida en el campo. O viajar, que esa es otra. Por último, estar con mis hijos no es que me produzca placer, sino me produce momentos de felicidad que valoro muchísimo.

¿Qué personaje de ficción marcó su vida para siempre?

Supongo que Spiderman. Un personaje de los cómics. Gracias a las lecturas de los cómics se me hizo más fácil leer libros. Y los libros te abren la mente y te cambian la vida.

¿Tiene alguna fobia?

A las alturas. Cosa curiosa. Porque esto viene desde hace pocos años atrás. Nunca antes había sentido los vértigos que siento ahora.

¿Cuál es el mejor cuento de Julio Ramón Ribeyro?

No sé si es el mejor, pero «Los Gallinazos sin plumas» es el que más recuerdo, y es el que, cuando lo leí por primera vez, podía visualizar nítidamente en mi imaginación. A los dos hermanos. Al abuelo explotador. Y al chancho.

¿Qué es lo que más le jode del Perú?

La indiferencia ante la corrupción. La convivencia pacífica con el chanchullo. La tolerancia y excesiva permisividad hacia la pendejada criolla.

En la película Tinta Roja, un personaje afirma: «El periodismo como la prostitución se aprende en la calle». ¿Dónde cree usted que se aprende?

El personaje de Tinta Roja tiene razón.

Si volviera un programa televisivo sobre libros, como Vano oficio, ¿a qué escritor le gustaría verlo conduciendo?

Si es como Vano oficio, ¿por qué se lo vas a quitar a Iván Thays? Ese era su programa. El chileno Antonio Skármeta tampoco lo hacía mal.

Si estuviera preso, ¿a qué compañero elegiría para estar en la celda: a Marco Aurelio Denegri o a Martha Hildebrandt?

Si vamos a compartir baño en la celda, entonces que sea con Denegri y no con Martha Hildebrandt. Por razones obvias, ¿no? Y si ya está ahí Marco Aurelio en la misma jaula, le pediría que me hable sobre gallos de pelea y criollismo y Vallejo y todo lo que quiera. Es muy entretenido.

Para usted, ¿qué personaje de la obra de Vargas Llosa es el más perdurable?

Supongo que, para mí, el más perdurable siempre será el Jaguar. Quizás porque La ciudad y los perros fue no solo la primera novela que leí de Mario Vargas Llosa, sino la que más he releído. Y el Jaguar es realmente un personaje enigmático y muy bien construido. Recuerdo una frase que dice uno de los personajes del Leoncio Prado (que creo que fue el Poeta) sobre él. «Si el diablo se parece a alguien debe parecerse al Jaguar».

¿Qué opinión tiene de los plagios de Bryce?

Me da mucha pena lo ocurrido con Bryce.
¿Cuál sería la primera pregunta que le haría a Abimael Guzmán?

¿De qué se arrepiente y de qué no?

¿Cuáles son sus periodistas favoritos?

Pues varios de los que entrevisté en mis libros Rajes del oficio 1 y 2. Y otros que no están. Ricardo Uceda, Rafo León, Guido Lombardi, César Lévano, entre otros. Y otras.

2013/04/21

Oswaldo Reynoso, el observador incansable

A propósito del cumpleaños número 82 de este gran escritor arequipeño, compartimos el prólogo que su paisano Orlando Mazeyra Guillén escribiera a su último libro, En busca de la sonrisa encontrada (Cascahuesos Editores, 2012). El autor tituló a su texto "Aladino, la llama de tu lámpara es incombustible". Y esa llama, esperamos, siga ardiendo.

Por Orlando Mazeyra Guillén*


«Volvió a ver, con asombro y hasta con miedo, la divina belleza del adolescente [...] La visión de aquella figura viviente, tan delicada y tan varonil al mismo tiempo, con sus rizos húmedos y hermosos como los de un dios mancebo que, saliendo de lo profundo del cielo y del mar, escapaba al poder de la corriente, le producía evocaciones místicas, era como una estrofa de un poema primitivo que hablara de los tiempos originarios.»  
 Thomas Mann, La muerte en Venecia

«Siempre es él quien pone en marcha el tren del pensamiento; siempre es el pensamiento el que escapa de su control y regresa para acusarle. La belleza es la inocencia; la inocencia es la ignorancia; la ignorancia es la ignorancia del placer; el placer es culpable; él es culpable. Ese muchacho, con su cuerpo nuevo, intacto, es inocente, pero él, gobernado por sus oscuros deseos, es culpable.»
J.M. Coetzee, Infancia: escenas de una vida en provincias.

«¡Gracias, compadre, por haberme enseñado a reír de la muerte!»
Eleodoro Vargas Vicuña



El Profe está de vuelta. Asediado otra vez por aquellos personajes, ambientes y temas que tras la aparición de En busca de Aladino (1993), Los eunucos inmortales (1995) y El goce de la piel (2005) se niegan a darle tregua a sus narraciones: «lo que el  Profe ha escrito es ficción sobre la realidad», apostilla con lucidez Marcos, uno de sus amigos, un vendedor de libros al que Reynoso -juventud ornada con canas- conoce en la calle. Y son las calles y playas de Lima, Arequipa  y el Perú (con sus escuelas, tabernas, iglesias, universidades, burdeles, chinganas, etcétera) las que han educado a este creador que sigue procurando acceder a lo que él llama, y por algo cita a manera de declaración de principios estéticos a Abraham Valdelomar en el epígrafe inicial del libro,  «la belleza de la palabra».



EL CUADERNO DE BITÁCORA DEL OBSERVADOR INCANSABLE DE SU PATRIA

Hace una punta de años, fui a la casa del narrador arequipeño Oswaldo Reynoso y lo conocí. Él  vivía -sigue viviendo- en el distrito de Jesús María, en Lima. Lo atosigué con todas las preguntas que se me ocurrían. Casi al final de la conversación, entre dubitativo y temeroso, por fin me atreví a decirle que si, a sus siete bien vividas décadas, pensaba en la muerte y si acaso le tenía miedo a la llegada de la hora final. El Profe -observador agudo y tenaz de los jóvenes, lo puedo testificar con conocimiento de causa- me salió al frente con una de sus réplicas que nos hacen estimarlo más: «¡No tengo tiempo para eso! -me dijo convencido-. Estoy muy ocupado en vivir como para pensar en la muerte», remató antes de terminar su copa de pisco.


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Después de releer el original de estas narraciones breves, pienso que Reynoso, siguiendo los derroteros de su maestro Thomas Mann, se ha valido de su desbordante imaginación sensorial para pensar la muerte a través de la plácida y edificante«contemplación mística sensual de los rostros: el verdadero paisaje de mi país». No obstante, para morir con todas las de la ley se precisa de una cosa: vivir. Y el autor de estos relatos ha vivido intensamente. La vida se presenta, a través de las páginas de este libro, como una aventura, el riesgo como una irresistible tentación, y el infierno como una delicia.


 Vivir es también tomar conciencia: «A todos -afirmó Octavio Paz-, en algún momento, se nos ha revelado nuestra existencia como algo particular,intransferible y precioso. Casi siempre esta revelación se sitúa en la adolescencia. El descubrimiento de nosotros mismos se manifiesta como un sabernos solos; entre el mundo y nosotros se abre una impalpable, transparente muralla: la de nuestra conciencia». Es durante su primera aventura de collera en el Puerto Bravo de Mollendo, y contemplando a sus iguales, cuando el adolescente Reynoso se asombra de ser (de descubrirse a sí mismo a través de los otros): «sentado sobre la arena gustando de lejos la delicia de los rostros adolescentes entre la llamarada azul del mar». ¿Qué buscaba? ¿Acaso ya lo sabía? «Caminaba por las calles estrechas de mi adolescencia buscando lo que no sabía que buscaba». Vivir es un continuo aprendizaje: Patria no es más que el rostro de la gente que uno ama; la armonía y la salud se pueden recobrar abrazando un árbol en China; y es de sabios el saber escuchar a los demás con suma reverencia. 


Reynoso constata que la ficción -su ficción- es un viaje que siempre conduce a la misma ciudad«Arequipa de mi adolescencia donde un viento feroz quiso apagar para siempre la llama de la lámpara de Aladino que ardía en mi piel». Y el descubrimiento de la belleza puede ser una tarea larga y dolorosa, pues hay que ir «destruyendo, poco a poco, las pautas de la belleza que me habían inculcado desde que abrí los ojos». El narrador de este libro es hedonista y rebelde, sensible y marginal, siempre nadando contra la corriente: dando cuenta de su propia concepción de la belleza y de la misma pregunta que el premio Nobel sudafricano John Maxwell Coetzee se hace en Infancia: escenas de una vida en provincias: «Se sorprende al comprobar que los chicos más guapos están en la clase de los afrikáners, al igual que los más feos, los que tienen las piernas velludas y la nuez de la garganta pronunciada y pústulas en la cara. Encuentra a los niños afrikáners muy parecidos a los niños de color: crecen medio salvajes, descuidados y nada mimados, y de repente, a cierta edad, se malean, y la belleza se muere en su interior. Belleza y deseo: le inquietan las sensaciones que las piernas de esos chicos, lisas, perfectas e inexpresivas, provocan en él. ¿Qué más se puede hacer con las piernas aparte de devorarlas con los ojos? ¿Para qué sirve el deseo?».


Las páginas más emotivas de estas memorias son aquellas en las que dialoga con los muertos -hitos en su vida y obra-: su íntimo amigo y gran narrador Eleodoro Vargas Vicuña, y con su admirado Rafael (Martín Adán), para recitar juntos: no quiero ser feliz con permiso de la policía.



MALTE: VOLVER A LAS FUENTES

Se me hace necesaria una confesión que vendría a ser una suerte de torpe homenaje. Cada vez que me invade la depresión, y siento que el acto creativo carece de sentido, vuelvo al Rosquita y, como la primera vez, me emociono; y, en algunas ocasiones, disculpen la endeblez, hasta lloro. Yo leo a Reynoso para recordarme cómo quisiera estimular al lector, apoderarme de sus emociones: cómo quisiera llegar a escribir algún día. El Profe es un clásico contemporáneo y creo que, a estas alturas del partido, eso ya nadie lo discute. No obstante, en el corazón de este escribidor -como es el caso de muchísimos otros, lo sé-, es un mentor y un maestro en el sentido más estricto del término: aquel que nos abre las puertas de su casa o al menos accede de buena gana a recibir nuestros escritos. Él siempre presto para corregirnos y alentarnos, acicatearnos en medio del brindis con vasos repletos de oro líquido con espuma, y decirnos que lo importante es la imagen, ¡la belleza de la palabra! Por eso, cuando leo al Rosquita, pienso en el Profe y, ahora, me atrevo a decir: 


Oswaldo, aunque no lo creas, te conozco demasiado. Desde aquel remoto y fáustico verano de Mollendo en que decidiste matar a Dios para celebrar la sediciosa eucaristía de la piel. Pero sé que eres bueno y que persistes en tu quimérica búsqueda de Aladinoporque entiendes que es, quizá, el único que cumple con el requisito postrero: tener un corazón a la altura de esa inocencia robada a la que acudes cada vez que escribes. 


Y, ¿en qué consiste morir, Oswaldo? De seguro André Gide nos ayudará a resolver la interrogante. ¿Qué quisiéramos ver al momento de morir? ¿Nuestra libertad? ¿La felicidad? Oswaldo, algún día exclamarás: «¡Gentil Malte! Tu risa divertida, tu júbilo en la arena de las playas de Mollendo, es lo que quisiera ver en mi lecho de muerte». Entonces te habrás reído de la muerte como lo hizo Eleodoro en su día. Y será tu día. Y estarás con Aladino. Para siempre.


La llama de la lámpara de Aladino permanecerá incombustible en tus libros. Tu patria -nuestra patria- te lo agradece.

*Publicado en Lee por gusto: