Showing posts with label Arequipa. Show all posts
Showing posts with label Arequipa. Show all posts

2021/03/27

INMUNIDAD DE REBAÑO. Historias de la pandemia

 


Esta tarde, luego de la victoria de Melgar, llegó a casa el editor de Aletheya con los primeros ejemplares de Inmunidad de rebaño. Historias de la pandemia. Es una edición excelente, la verdad.
Quiero agradecer a Martín Kohan, profesor de Teoría Literaria en la Universidad de Buenos Aires y Premio Herralde, por su lectura tan rotunda y esclarecedora; al profesor y crítico Ricardo González Vigil por sus generosas palabras; a Rodolfo Ybarra por ser un ejemplo de compromiso y de lucha cotidiana. Inmunidad de rebaño trae ilustraciones de Marquiño —a quien uno, antes de la pandemia, solía cruzárselo en los bares de la calle San Francisco o en la tribuna del estadio alentando al Melgar— y no sólo es el más personal de mis libros, sino el más arequipeño (la portada es de Omar Suri). ¡Gracias a todos los que pusieron un granito de arena para que este esfuerzo sea una realidad!

Sobre este libro:

En el mundo que componen estos relatos de Orlando Mazeyra ya existía, desde antes, la sensación de estar todos metidos en el Titanic (o peor aún: la sensación de ser todos el Titanic). ¿Desde antes? Desde antes de la pandemia, que es casi el único antes en el que podemos pensar hoy por hoy. Desde antes existía en estos cuentos la sensación de que nada (ni Dios, ni la literatura) estaba ahí para asegurar una salvación. Luego llega la pandemia: a este mundo y a estos cuentos. Llega la cuarentena y llega su después. Y Orlando Mazeyra extiende su pericia de narrador a otras escenas de la soledad o de la angustia, de la esperanza o la desesperanza, del encierro o del afuera, de las muertes más generales o más singulares, del ahogo o el desahogo.

Inmunidad de rebaño es la fórmula de una espera. Y es que el arte narrativo de Orlando Mazeyra no es del orden de la salvación, pero sí de un saber de la espera. Ni consuelo ni redención: un puro arte del tiempo.

Martín Kohan, Premio Herralde

 

Narrador nato, Orlando Mazeyra Guillén convierte en historias el universo que lo rodea, refractado por su rico mundo interior. Y lo hace con un lenguaje «sencillo, directo, al grano, sin grasa» (ideal creativo, según lo expresa en «Yo solo voy a rezar»).

Sus páginas atrapan al lector, altamente adictivas.

 

Ricardo González Vigil

 

Como fotogramas de una película que se va armando, estas historias nos devuelven al escenario de las mascarillas, de los balones de oxígeno, de los hospitales cochambrosos con médicos y enfermeras envueltos en plásticos de basura y la falta de medicamentos y camas UCI y la histeria colectiva de las vacunas que no llegan o llegan a cuentagotas y los noticieros de terror con un presidente mintiendo en siete lenguas, con nuestra problemática y crisis económica, política, social y moral. Con jóvenes jugando fútbol sin mascarillas porque ya todo está perdido y todos tienen a muertos por quienes llorar. Y mejor sonreír, divertirse, amar, tomarse una cerveza o salir a correr sin permiso de la policía ahora que se puede, ahora que todavía respiramos y hay vida: aunque no en abundancia, pero vida, al fin y al cabo. […] Unos relatos de la peste desde el mismo infierno y trazados con agujas hipodérmicas como quizás lo imaginaron Daniel Defoe o Alessandro Manzoni.

Rodolfo Ybarra

Para adquirir el libro escribir a: mazeyra@gmail.com


2018/11/09

Mario Vargas Llosa en el Hay Festival Arequipa 2018

La cuarta edición del Hay Festival Arequipa trae de vuelta a casa a Mario Vargas Llosa, el verdadero culpable de que este evento de primera fila se lleve a cabo anualmente en su tierra natal a partir del año 2015.
Este retorno —que se ha vuelto recurrente desde que la Biblioteca Regional de la calle San Francisco lleva su nombre— dista mucho de ser como el de los años cuarenta del siglo pasado, que él recuerda como una gran aventura: «el viaje a Arequipa con mi madre, la abuelita y la Mamaé, en 1940, para asistir al Congreso Eucarístico, en Arequipa, la tierra solar, que se mantenía viva en las anécdotas innumerables y la nostalgia de la familia. Estuvimos alojados en casa del tío Eduardo, que era juez, solterón y bondadoso; su cocinera Inocencia preparaba unos candentes chupes en los que sobresalían unos monstruos crustáceos, de cáscara rojiza y pinzas articuladas que me fascinaron. Recuerdo aquel viaje como una exaltante expedición: el tren Cochabamba a la Paz; las calles empinadas de la capital boliviana; el vaporcito que cruzaba el Titicaca de noche, hasta la llegada a Puno, en el amanecer. Y, luego, nuevamente, el tren hasta la Ciudad Blanca. Allí estaban tantas cosas conocidas hasta entonces sólo de oídas: las casas de sillar; el Misti y los volcanes; la casita donde nací, que me mostraron, en el Boulevard Parra, el queso helado y las pastas de La Ibérica. Los rezos y cantos multitudinarios del Congreso Eucarístico me asustaban, y, todavía más, la voz del orador, un hombre importantísimo, de corbata pajarita, que señalaban con el dedo: Víctor Andrés Belaunde. Cuando regresamos a Cochabamba, yo me sentía ya grande».
Hoy, con 82 años a cuestas y con una vida de novela que ni el propio escriba boliviano Pedro Camacho hubiera imaginado, el Premio Nobel de Literatura arequipeño podría ser descrito como un personaje de su notable ficción “La tía Julia y el escribidor” (para ser preciso como una de las creaturas de los desaforados radioteatros): «Como todo ser elevado por sobre la medianía, era discutido, criticado y verbalmente escarnecido por sus colegas, esos incapaces (a diferencia de él) de producir milagros».



(La nota completa aparece hoy en la página 16 del diario El Pueblo de Arequipa)

2018/04/10

El retorno definitivo a Arequipa de Oswaldo Reynoso



Oswaldo Reynoso Díaz nació un 10 de abril de 1931. El autor de Los inocentes, El escarabajo y el hombre y En octubre no hay milagros hoy cumpliría 87 años. Él había planificado con antelación su retorno definitivo a su ciudad natal porque, como en el poema de Kavafis que cita en su libro En busca de la sonrisa encontrada, su tierra natal lo siguió sin tregua (prueba palmaria de ello es su última entrega: Arequipa lámpara incandescente publicada por la editorial Aletheya). Por eso, el maestro quería que sus cenizas fueran esparcidas en el volcán Misti.
José Caro, poeta huamanguino y amigo íntimo del narrador que vivió su infancia y juventud en el barrio de San Lázaro –hasta frisar los veinte años–, ha llegado a la nuestra ciudad para cumplir con el deseo de Reynoso. Además, el jueves 12 de abril se celebrará un evento denominado “El retorno” en donde lectores y amigos de la profusa collera de Reynoso lo recordarán.
Sin embargo la mejor manera de recordar a un autor; o, digo mejor, la mejor manera de homenajearlo es leyéndolo, por eso leamos a Reynoso sin temores ni anteojeras. Arequipa le debe mucho –sobre todo lectores– y él nunca dejó de quererla, a pesar de todo. Acá un fragmento que precisamente hace alusión al volcán Misti en donde se esparcirán hoy sus cenizas:
: “¿Por qué me miras tanto?, me preguntó en tono amenazante. No le contesté y miré el cielo. Era azul como el volcán Misti. Arequipa de eterno cielo azul había cantado con el coro del colegio. Furioso me lanzó un puñete en la cara y corrió gritando: maricueca, maricueca. Con la mano, me limpié las lágrimas que corrían lentas pero dolorosas por mi cara de colegial de doce años. A paso ligero, con respiros fatigados, me dirigí a Selva Alegre. En ese entonces, hace tantas décadas, no comprendía por qué la contemplación del rostro de mi compañero de aula me proporcionaba una sensación extraña y deliciosa. Tampoco llegaba a comprender por qué esta, mi gozosa mirada, despertaba tanto odio y por qué tenía que ocultarla para no ser blanco de infamias e insultos. Entre los árboles y jardines, busqué un lugar oculto para llorar fuerte y romper mis cuadernos; pero no encontré ninguno, pues esa tarde la Selva Alegre estaba repleta de visitantes. Crucé el canal de agua y comencé a caminar por La Pampa Polanco. A medida que avanzaba, sin saber adónde ir, fue perdiéndose el azul del Misti. No era azul. Su color era casi marrón claro árido y feo. ¿Y el azul majestuoso coronado de nieve que veía desde cualquier parte de la ciudad adonde se había ido? Me eché sobre la tierra arenosa y cerré los ojos. Creo que fue en ese instante cuando imaginé una ciudad desconocida de sol con hermosos cuerpos desnudos, ciudad que siempre he buscado para encontrar la felicidad sin culpa, sin castigo. Abrí los ojos y el azul claro del cielo de Arequipa me enseñó el camino para encontrar la felicidad sin culpa ni castigo”.

Nuevos lugares no hallarás, no hallarás otros mares.
La ciudad te seguirá. Por las calles vagarás,
por las mismas. Y en los mismos barrios envejecerás;
y en estas mismas casas encanecerás.
Siempre llegarás a esta ciudad. Para otro lugar -no esperes-
no hay barco para ti, no hay camino.

Kavafis

2017/08/09

Contra todo y contra todos: somos F.B.C. Melgar, somos Arequipa.


–Somos once contra once.
–Sigue hablando, idiota…

A ver, lo de Deportivo Municipal no es nuevo: es reincidencia. El año pasado, Lavandeira se agarraba los testículos mirando a la tribuna. Él no fue el único que provocó. Vienen predispuestos a causar problemas. Ahora Ameli se desubica, provoca a Reynoso. Tratan de calmarlo y nada. Viene Rabanal, a toda velocidad, con el codo por lo alto para atacar a Ortega y éste, ante la agresión, responde. ¿Eso no haría cualquiera?
Pregunto: ¿les parece que da para 12 meses de sanción a Ortega y que a Rabanal sólo lo suspendan 3 fechas?
Esto es un circo. El dueño –los dueños, esos mismos que juran que Perú puede ir al Mundial ganando en mesa– del circo ya sacó de carrera a Garcilaso para que campeone Alianza Mesa y ahora, con semejante decisión, está sacando a Ortega del cargo. Están dejando a Reynoso sin mano derecha para que se vaya. Así es la nuez. Mejor que armen un cuadrangular en la capital con puro equipo limeño. Sería más honesto… como al comienzo, cuando sólo jugaban entre ellos.
Repudio a la gente del Deportivo Municipal (“serranos de mierda”, nos dicen desde la cancha) y a la Comisión de Justicia que, una vez más, nos recuerdan cómo son los equipos limeños. Y luego tienen la concha de hablar de insultos racistas.



2016/01/18

Recuerdos que no voy a borrar

Miércoles 16 de diciembre del 2015. Estadio Monumental Arequipa. Bernardo Cuesta marca en el minuto 90 de la final el 3-2 y le da el título nacional al FBC Melgar de Arequipa.
Canción: "Brillante sobre el mic" de Fito Páez.

2014/07/29

"Arequipa, lámpara incandescente" en la FIL de Lima (29 de julio, 7 p.m.)

Algunos lectores profanos creemos que los mejores libros son aquellos que hablan de nosotros: aquellas obras que, de alguna manera, podríamos haber escrito (aunque nunca nos atrevimos). Arequipa, lámpara incandescente habla de nuestros fantasmas, aquellos que nos enfrentan a nuestros traumas y desvaríos. Es también un ejercicio de la impudicia más sutil. Oxímoron, claro. Contradicción. Hoy, martes 29 de julio, a las 7 de la noche, Oswaldo Reynoso presenta su último libro en la Feria Internacional del Libro de Lima. Me hubiera gustado estar allí, para abrazarlo y, luego, terminar en un bar discutiendo en medio de una lluvia de oro líquido con espuma... nunca poniéndonos de acuerdo, pero -a pesar de sus yerros, necedades y defectos- teniendo siempre la sensación de estar al lado de la juventud ornada con canas, o algo así... que no se puede explicar. Gracias, Oswaldo.

2014/05/22

"Arequipa, lámpara incandescente": el nuevo libro de Oswaldo Reynoso

Con Oswaldo Reynoso (foto: Boris Mercado Mar).
Oswaldo Reynoso (Arequipa, 1931), a comienzos de este año, ha terminado de escribir su último libro, Arequipa, lámpara incandescente, algo así como unas memorias en clave epistolar, con intenciones ‘pedagógicas’ para escritores en ciernes. Una publicación que, de alguna manera, se asemeja a Cartas a un joven novelista (1997) de Mario Vargas Llosa.
Acá un fragmento del nuevo libro del novelista arequipeño que aparecerá pronto en Arequipa (pueden leer todo el texto en el portal de El Búho):
 «¿De quién son estos hermosos e intensos versos?, me preguntó Sergio. De Vallejo, le contesté. ¿De Vallejo? Sí, los escribió cuando se enteró de la muerte de su mejor amigo, Alfonso da Silva. Salud, me dijo Sergio y luego de un prolongado silencio me preguntó: ¿Dónde puedo encontrar ese poema? Está en Poemas Humanos. Lo buscaré.  ¿Y qué otros recuerdos le trae esta Plaza? Mira, ahí, en el techo de la casa que hace esquina entre el Portal de la Municipalidad y la calle La Merced, en junio de 1950, estuve combatiendo contra la dictadura de Odría. Lanzábamos bombas molotov a los soldados que avanzaban para tomar la Plaza. La oscuridad de esa noche se iluminó con una antorcha que corría por en medio de la calle dando alaridos. Era un joven aimara recluta de la guarnición de Puno. En casi todos mis libros doy cuenta de esa rebelión del pueblo arequipeño traicionado por las llamadas fuerzas vivas que tuvieron miedo a los estudiantes, profesores, obreros, artesanos y campesinos armados. Sergio me dice: Igual sucedió cuando las tropas chilenas sitiaron Arequipa. Ves, le dije, siempre las mismas mierdas. Cuando esté en Lima te enviaré un relato que hace tiempo escribí sobre lo que me sucedió en la Catedral. No te olvides de enviármelo. Sí. Pasando a otra cosa: ¿Recuerdas que después de una conferencia que di en la Universidad de San Agustín, en un bar de la calle Ugarte, me contaste que en la U hay un profesor de mi misma edad que habla muy mal de mi persona? Sí, dice que usted es un pervertido, un borracho que se arrastra por cantinas de mala muerte y que lo conoce desde la infancia. No, no me digas su nombre. Ya sé quién es. Quiso ser acuarelista y solo logró hacer borrones. Y pujo y pujo para escribir versos y relatos y solo le salió lo que sale de los pujos. Sucede que a comienzos de la década del setenta, a las nueve de la mañana, de un día del mes de mayo, me vio salir totalmente ebrio apoyado en un joven de una cantinita que quedaba por una de las calles que dan al Mercado de San Camilo. Te voy a contar esa historia, pero no en este bar. Llévame a un huarique con radiola y con la gente marginal que pulula por esas calles de hostales. En ese ambiente, mi recuerdo cobrará más vida.» (Oswaldo Reynoso).

Puede leer todo en este enlace:

2013/08/10

La cima del Himalaya

Volvimos en la edición Nro. 164 de Hildebrandt en sus trece (viernes 9 de agosto) con otro relato.

Para ti que te llevaste marzo y te rendiste en febrero.
O.M.G.
«Flaca, no me claves tus puñales por la espalda, tan profundo: no me duelen, no me hacen mal. Lejos, en el centro de Arequipa, las raíces del amor donde estaban, quedarán…»

2013/04/30

Pedro Salinas: «cuando fui sodálite me creía dueño de la verdad y tenía una visión fascista del mundo»

Pedro Salinas confiesa que cuando fue sodálite pergeñó "los textos más aburridos y sosos e insustanciales que ha escrito en su vida. Eran enjuiciamientos a temas de coyuntura desde la perspectiva de la doctrina social de la iglesia y de la moral cristiana, y cosas así. Cojudeces, o sea".

  
Por Orlando Mazeyra Guillén
Entrevista publicada en Lima Gris
Pedro Salinas (Lima, 1963) es periodista y escritor. Ha dirigido diversos programas de radio y televisión. En 1994 obtuvo, con César Lévano, el Premio Nacional de Periodismo y Derechos Humanos, otorgado por la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos. Es autor de novelas como Mateo Diez y Álbum de fotos, y de ensayos periodísticos como Rajes del oficio. En esta amena entrevista recuerda su etapa como sodálite (experiencia que supo llevar a la novela precisamente en Mateo Diez). Ha terminado un libro que recopila una serie de artículos y ensayos sobre temas eclesiales cuyo título tentativo es Dios es homofóbico.


¿Qué libro está leyendo ahora?
  
Acabo de terminar Danza de Dragones, de George R. R. Martin, el quinto libro de una saga monumental que coctelea la literatura fantástica con el género épico y los sazona con intrigas y juegos por la captura del poder. Debo reconocer que me he enganchado como un adicto. Su estilo folletinesco es sumamente efectivo. Y el autor ha demostrado no tener ningún empacho ni apego en deshacerse de personajes que han cautivado al lector. Ya no veo la hora de tener en mis manos el siguiente libro, Vientos de invierno, que es el penúltimo. Pero supuestamente recién debe estar listo para el 2014.

Ahora, para variar un poco, acabo de tomar entre mis manos La tumba de Lenin, del periodista David Remnick, que aborda la caída y declive de la Unión Soviética. Es una magnífica crónica.

¿Qué libro le recomendaría leer a Alberto Fujimori?

La democracia en América, de Alexis de Tocqueville. Pero no sé si lo entienda.

¿Cuál fue la última película que lo hizo llorar?

Hace poco volví a ver Big fish (El gran pez), del genial Tim Burton. No hay manera de escapar de las lágrimas. Se trata de un relato maravilloso y conmovedor y estimulante. Si te gusta escribir o contar historias no puedes dejar de ver esta película.

¿Cuál es la primera imagen que se le viene de la época en que vivió en Arequipa?

El Misti. Me parece un volcán imponente. Recuerdo que, la primera vez que fui al Colca, en los ochentas, había un camino distinto al actual, que pasaba por detrás del Misti. En ese recorrido nos detuvimos para mirarlo con calma, de abajo hacia arriba, desde otra perspectiva totalmente distinta a la que se le conoce cuando se le observa desde la ciudad. Era como estar parado sobre la uña del pie de un coloso. Te sentías como una hormiga al lado de un elefante. O una jirafa. O algo así. La sensación era acojonante.

¿Era parte de la bohemia en la Ciudad Blanca?

De la bohemia arequipeña de los ochentas, definitivamente no. Del establishment católico, sí. Yo vivía en una comunidad religiosa del Sodalitium Christianae Vitae (SCV) cuando estuve en Arequipa. Nuestra Señora de Chapi, se llamaba la casa donde vivía y quedaba en Vallecito.

¿A qué profesores de la UNSA recuerda?

No recuerdo a ninguno por sus nombres, la verdad. Ya han pasado demasiados años desde que estudié ahí, en la facultad de Psicología, que quedaba a unos metros de la plaza de armas. Lo que recuerdo nítidamente es que en todas las clases, incluyendo en las que estudiábamos sobre las sinapsis o sobre la médula espinal o sobre los pliegues del cerebro y sobre las funciones del cerebelo, siempre había referencias recurrentes al materialismo dialéctico. O al histórico. O a Marx. O a Engels. En serio. Era así. Era alucinante el nivel de ideologización que había en esa universidad. Y claro. Uno que no era de izquierdas, se sentía en minoría. Como era mi caso, obvio.

También era impresionante cuando entraban a clase los encapuchados de Pukallacta a hacer proselitismo, y los profesores, bien gracias. Y era divertido que, cuando uno quería conversar con algún profesor sobre un tema de notas o de trabajos, o lo que sea, a veces había que buscarlo en la mismísima plaza de armas, que era el epicentro de las revueltas, y donde siempre estaban presentes nuestros profesores protestando contra algo, o estaban encadenados a una banca, o estaban recibiendo chorros de agua o palazos de la policía. Me pasó en más de una oportunidad que la policía pensó que yo también era un manifestante.

Sé que ha colaborado en el diario El Pueblo cuando vivió en Arequipa. A mí me censuraron muchos textos. ¿A usted cómo le fue?

Pues muy bien. A mí nunca me censuraron nada porque yo estaba ahí como columnista envarado y recomendado por el entonces arzobispo de Arequipa, monseñor Fernando Vargas Ruiz de Somocurcio. Un jesuita muy simpático. Muy conservador también, es verdad. Pero monseñor con cuatro whiskies encima era demasiado divertido. Tenía un sentido del humor muy arequipeño.

En una novela relato la historia en que monseñor Vargas, luego de salir tarde de una reunión algo pasado de copas, le pide a su chofer que detenga el auto para orinar. El chofer trata de persuadirlo de que aguante hasta su casa, que quedaba en un malecón frente al Club Internacional. Pero monseñor, con tono enérgico, le señala que pare, carajo, en el arzobispado, cuando estaban atravesando el casco viejo de la ciudad. Por supuesto, con la turca que se había metido, monseñor Vargas nunca encontró las llaves de la puerta principal, por lo que ahí mismo, en la calle, se levantó la sotana, se bajó la bragueta y se puso a orinar al lado del portón del arzobispado. El chofer, sumamente nervioso por la situación y preocupado porque alguien apareciera por ahí, empezó a apurar al arzobispo. Y monseñor, a voz en cuello le espetó, arrastrando las palabras: «Oye, ¡carajo!, ¿acaso no puedo orinar en mi casa?».

La historia parece que ocurrió realmente. Me la contaron el propio chofer y el asistente de monseñor. Y conociendo a monseñor Vargas, me lo imagino tranquilamente en ese trance. Era un personaje muy querido y muy popular en Arequipa. A mí me caía muy bien. 

De sus primeros artículos publicados, ¿cuál recuerda con más cariño?

Ninguno, para ser honestos. Y deben ser los más aburridos y sosos e insustanciales que he escrito en mi vida. Eran enjuiciamientos a temas de coyuntura desde la perspectiva de la doctrina social de la iglesia y de la moral cristiana, y cosas así. Cojudeces, o sea. Fueron los tiempos en que me creía el dueño de la verdad y tenía una visión fascista del mundo y de todo lo demás. Mejor la pasaba en radio San Martín, donde tenía un espacio semanal en una radioemisora medio destartalada, que estaba ubicada al lado del parque Duhamel. Ahí pasaba música y a veces comentaba la coyuntura política local y hacía entrevistas. Por supuesto, el espacio también me lo consiguió el entrañable monseñor Fernando Vargas Ruiz de Somocurcio, que en paz descanse.

Si pudiera conocer a un escritor muerto, ¿a cuál escogería?

Se me ocurren varios. Pero si tengo que elegir a uno, supongo que a Mark Twain. Junto a Verne y Salgari, Twain es uno de los que leí desde temprana edad. Y es uno de los que he vuelto a leer de adulto, ya no en su faceta de escritor de aventuras e historias fantásticas, sino como escritor satírico en materia religiosa. Era un tipo muy agudo y perspicaz. Y muy valiente.

El mejor lugar para escribir es…

… en mi casa y al final de las tardes. Vivo solo (soy separado), por lo que puedo concentrarme y enfocarme en el tema que captura mi atención. Sin embargo, no dejo de extrañar la bulla que hacían mis hijos, cuando vivía con ellos.

¿Está escribiendo una nueva novela?

No. Me encantaría decir que sí, que estoy en algo así, pero no. Acabo de terminar un libro que recopila una serie de artículos y ensayos sobre temas eclesiales, que abordan diversos temas, como la eutanasia, el aborto, los matrimonios gay, los escándalos de la pederastia por parte de los ensotanados católicos, y así. Tiene un corrosivo prólogo de César Hildebrandt y un epílogo de la periodista Paola Ugaz, quien reclama con firmeza un Estado laico para el Perú. El título tentativo del libro es: Dios es homofóbico.

En el supuesto negado de una segunda vuelta entre Vargas Llosa y Keiko, ¿quién cree que ganaría?

Keiko, sin duda. En este país nunca elegimos bien. 

¿Qué cosas son las que le producen mayor placer?

De los siete pecados capitales, me quedo indubitablemente con dos: la lujuria y la gula. Pero también disfruto mucho de escribir, de leer, de montar a caballo y de la vida en el campo. O viajar, que esa es otra. Por último, estar con mis hijos no es que me produzca placer, sino me produce momentos de felicidad que valoro muchísimo.

¿Qué personaje de ficción marcó su vida para siempre?

Supongo que Spiderman. Un personaje de los cómics. Gracias a las lecturas de los cómics se me hizo más fácil leer libros. Y los libros te abren la mente y te cambian la vida.

¿Tiene alguna fobia?

A las alturas. Cosa curiosa. Porque esto viene desde hace pocos años atrás. Nunca antes había sentido los vértigos que siento ahora.

¿Cuál es el mejor cuento de Julio Ramón Ribeyro?

No sé si es el mejor, pero «Los Gallinazos sin plumas» es el que más recuerdo, y es el que, cuando lo leí por primera vez, podía visualizar nítidamente en mi imaginación. A los dos hermanos. Al abuelo explotador. Y al chancho.

¿Qué es lo que más le jode del Perú?

La indiferencia ante la corrupción. La convivencia pacífica con el chanchullo. La tolerancia y excesiva permisividad hacia la pendejada criolla.

En la película Tinta Roja, un personaje afirma: «El periodismo como la prostitución se aprende en la calle». ¿Dónde cree usted que se aprende?

El personaje de Tinta Roja tiene razón.

Si volviera un programa televisivo sobre libros, como Vano oficio, ¿a qué escritor le gustaría verlo conduciendo?

Si es como Vano oficio, ¿por qué se lo vas a quitar a Iván Thays? Ese era su programa. El chileno Antonio Skármeta tampoco lo hacía mal.

Si estuviera preso, ¿a qué compañero elegiría para estar en la celda: a Marco Aurelio Denegri o a Martha Hildebrandt?

Si vamos a compartir baño en la celda, entonces que sea con Denegri y no con Martha Hildebrandt. Por razones obvias, ¿no? Y si ya está ahí Marco Aurelio en la misma jaula, le pediría que me hable sobre gallos de pelea y criollismo y Vallejo y todo lo que quiera. Es muy entretenido.

Para usted, ¿qué personaje de la obra de Vargas Llosa es el más perdurable?

Supongo que, para mí, el más perdurable siempre será el Jaguar. Quizás porque La ciudad y los perros fue no solo la primera novela que leí de Mario Vargas Llosa, sino la que más he releído. Y el Jaguar es realmente un personaje enigmático y muy bien construido. Recuerdo una frase que dice uno de los personajes del Leoncio Prado (que creo que fue el Poeta) sobre él. «Si el diablo se parece a alguien debe parecerse al Jaguar».

¿Qué opinión tiene de los plagios de Bryce?

Me da mucha pena lo ocurrido con Bryce.
¿Cuál sería la primera pregunta que le haría a Abimael Guzmán?

¿De qué se arrepiente y de qué no?

¿Cuáles son sus periodistas favoritos?

Pues varios de los que entrevisté en mis libros Rajes del oficio 1 y 2. Y otros que no están. Ricardo Uceda, Rafo León, Guido Lombardi, César Lévano, entre otros. Y otras.

2013/04/21

Oswaldo Reynoso, el observador incansable

A propósito del cumpleaños número 82 de este gran escritor arequipeño, compartimos el prólogo que su paisano Orlando Mazeyra Guillén escribiera a su último libro, En busca de la sonrisa encontrada (Cascahuesos Editores, 2012). El autor tituló a su texto "Aladino, la llama de tu lámpara es incombustible". Y esa llama, esperamos, siga ardiendo.

Por Orlando Mazeyra Guillén*


«Volvió a ver, con asombro y hasta con miedo, la divina belleza del adolescente [...] La visión de aquella figura viviente, tan delicada y tan varonil al mismo tiempo, con sus rizos húmedos y hermosos como los de un dios mancebo que, saliendo de lo profundo del cielo y del mar, escapaba al poder de la corriente, le producía evocaciones místicas, era como una estrofa de un poema primitivo que hablara de los tiempos originarios.»  
 Thomas Mann, La muerte en Venecia

«Siempre es él quien pone en marcha el tren del pensamiento; siempre es el pensamiento el que escapa de su control y regresa para acusarle. La belleza es la inocencia; la inocencia es la ignorancia; la ignorancia es la ignorancia del placer; el placer es culpable; él es culpable. Ese muchacho, con su cuerpo nuevo, intacto, es inocente, pero él, gobernado por sus oscuros deseos, es culpable.»
J.M. Coetzee, Infancia: escenas de una vida en provincias.

«¡Gracias, compadre, por haberme enseñado a reír de la muerte!»
Eleodoro Vargas Vicuña



El Profe está de vuelta. Asediado otra vez por aquellos personajes, ambientes y temas que tras la aparición de En busca de Aladino (1993), Los eunucos inmortales (1995) y El goce de la piel (2005) se niegan a darle tregua a sus narraciones: «lo que el  Profe ha escrito es ficción sobre la realidad», apostilla con lucidez Marcos, uno de sus amigos, un vendedor de libros al que Reynoso -juventud ornada con canas- conoce en la calle. Y son las calles y playas de Lima, Arequipa  y el Perú (con sus escuelas, tabernas, iglesias, universidades, burdeles, chinganas, etcétera) las que han educado a este creador que sigue procurando acceder a lo que él llama, y por algo cita a manera de declaración de principios estéticos a Abraham Valdelomar en el epígrafe inicial del libro,  «la belleza de la palabra».



EL CUADERNO DE BITÁCORA DEL OBSERVADOR INCANSABLE DE SU PATRIA

Hace una punta de años, fui a la casa del narrador arequipeño Oswaldo Reynoso y lo conocí. Él  vivía -sigue viviendo- en el distrito de Jesús María, en Lima. Lo atosigué con todas las preguntas que se me ocurrían. Casi al final de la conversación, entre dubitativo y temeroso, por fin me atreví a decirle que si, a sus siete bien vividas décadas, pensaba en la muerte y si acaso le tenía miedo a la llegada de la hora final. El Profe -observador agudo y tenaz de los jóvenes, lo puedo testificar con conocimiento de causa- me salió al frente con una de sus réplicas que nos hacen estimarlo más: «¡No tengo tiempo para eso! -me dijo convencido-. Estoy muy ocupado en vivir como para pensar en la muerte», remató antes de terminar su copa de pisco.


mollendopost.jpg
Después de releer el original de estas narraciones breves, pienso que Reynoso, siguiendo los derroteros de su maestro Thomas Mann, se ha valido de su desbordante imaginación sensorial para pensar la muerte a través de la plácida y edificante«contemplación mística sensual de los rostros: el verdadero paisaje de mi país». No obstante, para morir con todas las de la ley se precisa de una cosa: vivir. Y el autor de estos relatos ha vivido intensamente. La vida se presenta, a través de las páginas de este libro, como una aventura, el riesgo como una irresistible tentación, y el infierno como una delicia.


 Vivir es también tomar conciencia: «A todos -afirmó Octavio Paz-, en algún momento, se nos ha revelado nuestra existencia como algo particular,intransferible y precioso. Casi siempre esta revelación se sitúa en la adolescencia. El descubrimiento de nosotros mismos se manifiesta como un sabernos solos; entre el mundo y nosotros se abre una impalpable, transparente muralla: la de nuestra conciencia». Es durante su primera aventura de collera en el Puerto Bravo de Mollendo, y contemplando a sus iguales, cuando el adolescente Reynoso se asombra de ser (de descubrirse a sí mismo a través de los otros): «sentado sobre la arena gustando de lejos la delicia de los rostros adolescentes entre la llamarada azul del mar». ¿Qué buscaba? ¿Acaso ya lo sabía? «Caminaba por las calles estrechas de mi adolescencia buscando lo que no sabía que buscaba». Vivir es un continuo aprendizaje: Patria no es más que el rostro de la gente que uno ama; la armonía y la salud se pueden recobrar abrazando un árbol en China; y es de sabios el saber escuchar a los demás con suma reverencia. 


Reynoso constata que la ficción -su ficción- es un viaje que siempre conduce a la misma ciudad«Arequipa de mi adolescencia donde un viento feroz quiso apagar para siempre la llama de la lámpara de Aladino que ardía en mi piel». Y el descubrimiento de la belleza puede ser una tarea larga y dolorosa, pues hay que ir «destruyendo, poco a poco, las pautas de la belleza que me habían inculcado desde que abrí los ojos». El narrador de este libro es hedonista y rebelde, sensible y marginal, siempre nadando contra la corriente: dando cuenta de su propia concepción de la belleza y de la misma pregunta que el premio Nobel sudafricano John Maxwell Coetzee se hace en Infancia: escenas de una vida en provincias: «Se sorprende al comprobar que los chicos más guapos están en la clase de los afrikáners, al igual que los más feos, los que tienen las piernas velludas y la nuez de la garganta pronunciada y pústulas en la cara. Encuentra a los niños afrikáners muy parecidos a los niños de color: crecen medio salvajes, descuidados y nada mimados, y de repente, a cierta edad, se malean, y la belleza se muere en su interior. Belleza y deseo: le inquietan las sensaciones que las piernas de esos chicos, lisas, perfectas e inexpresivas, provocan en él. ¿Qué más se puede hacer con las piernas aparte de devorarlas con los ojos? ¿Para qué sirve el deseo?».


Las páginas más emotivas de estas memorias son aquellas en las que dialoga con los muertos -hitos en su vida y obra-: su íntimo amigo y gran narrador Eleodoro Vargas Vicuña, y con su admirado Rafael (Martín Adán), para recitar juntos: no quiero ser feliz con permiso de la policía.



MALTE: VOLVER A LAS FUENTES

Se me hace necesaria una confesión que vendría a ser una suerte de torpe homenaje. Cada vez que me invade la depresión, y siento que el acto creativo carece de sentido, vuelvo al Rosquita y, como la primera vez, me emociono; y, en algunas ocasiones, disculpen la endeblez, hasta lloro. Yo leo a Reynoso para recordarme cómo quisiera estimular al lector, apoderarme de sus emociones: cómo quisiera llegar a escribir algún día. El Profe es un clásico contemporáneo y creo que, a estas alturas del partido, eso ya nadie lo discute. No obstante, en el corazón de este escribidor -como es el caso de muchísimos otros, lo sé-, es un mentor y un maestro en el sentido más estricto del término: aquel que nos abre las puertas de su casa o al menos accede de buena gana a recibir nuestros escritos. Él siempre presto para corregirnos y alentarnos, acicatearnos en medio del brindis con vasos repletos de oro líquido con espuma, y decirnos que lo importante es la imagen, ¡la belleza de la palabra! Por eso, cuando leo al Rosquita, pienso en el Profe y, ahora, me atrevo a decir: 


Oswaldo, aunque no lo creas, te conozco demasiado. Desde aquel remoto y fáustico verano de Mollendo en que decidiste matar a Dios para celebrar la sediciosa eucaristía de la piel. Pero sé que eres bueno y que persistes en tu quimérica búsqueda de Aladinoporque entiendes que es, quizá, el único que cumple con el requisito postrero: tener un corazón a la altura de esa inocencia robada a la que acudes cada vez que escribes. 


Y, ¿en qué consiste morir, Oswaldo? De seguro André Gide nos ayudará a resolver la interrogante. ¿Qué quisiéramos ver al momento de morir? ¿Nuestra libertad? ¿La felicidad? Oswaldo, algún día exclamarás: «¡Gentil Malte! Tu risa divertida, tu júbilo en la arena de las playas de Mollendo, es lo que quisiera ver en mi lecho de muerte». Entonces te habrás reído de la muerte como lo hizo Eleodoro en su día. Y será tu día. Y estarás con Aladino. Para siempre.


La llama de la lámpara de Aladino permanecerá incombustible en tus libros. Tu patria -nuestra patria- te lo agradece.

*Publicado en Lee por gusto:

2012/08/09

TOCOLA

«En ese mundo que viví en el extranjero, que viví en Cochabamba había el culto de Arequipa, no del Perú: de Arequipa. La familia recordaba Arequipa como el paraíso perdido y entonces yo nací oyendo anécdotas de Arequipa, oyendo hablar de calles, de lugares, de personas de Arequipa y, además, se me inculcó desde que tuve uso de razón que ser arequipeño era un extraordinario privilegio. Algo que representaba no sólo, digamos, un privilegio, sino también un deber. Mi abuelo era un hombre muy recto, un caballero a la vieja usanza y, entonces, ser decente, ser limpio, ser honrado, era ser arequipeño. Bueno, pues, yo nací con esa idea de Arequipa; crecí con esa idea de Arequipa, y mi primer viaje a Arequipa, cuando yo tenía seis o siete años, lo tengo muy grabado en la memoria porque realmente era el viaje al paraíso. Era ir a  conocer ese paraíso que la familia Llosa tenía conservado en la calle Ladislao Cabrera, en Cochabamba. Y recuerdo mucho el viaje a Arequipa, un viaje largo. El tío Eduardo García, donde me alojé, era un caballero al que la familia le tenía admiración porque había visto al Papa en Roma, eso le daba una especie de aureola religiosa, mística. Vi los camarones por primera vez en mi vida. La señora Patrocinio, que era el ama de llaves, me preparaba unos chupes donde había esos animales extraños con tocolas (*). Recuerdo el Congreso Eucarístico. Fui a un Congreso Eucarístico, había mucha gente y había un señor de corbata pajarita que pronunciaba discursos, era Víctor Andrés Belaúnde. Arequipa, para mí, es eso: es esa familia de la que yo el día que conocí a mi padre fui arrancado brutalmente para conocer la realidad, es decir el infierno. Me arrancaron del paraíso y me llevaron al infierno y conocí el infierno que es la realidad. Pero Arequipa ha quedado siempre allí: asociada a mis abuelos, asociada a mi madre, y a personas a las que yo he querido enormemente y a las que debo los mejores recuerdos de mi infancia. Creo es eso lo que hace que, ahora que empiezo a ser viejo no quisiera pero la realidad es que empiezo a ser viejo siento mucho cariño por Arequipa. Además Arequipa ha sido tan cariñosa conmigo, sobre todo desde que gané el premio Nobel (risas), la manera cómo vivió Arequipa el premio Nobel a mí me conmovió. Soy sentimental, como dice el poema de Sebastián Salazar Bondy: al fin de cuentas, soy sentimental. Y entonces, pues, empiezo a sentirme arequipeño por fin. Bueno, y pronuncio la ‘ll’, también me enseñaron eso mis abuelos: los arequipeños sabemos pronunciar la ‘ll’ y los limeños son incapaces de hacerlo».

Mario Vargas Llosa


(*) Según el Diccionario de Arequipeñismos de Juan Guillermo Carpio Muñoz una tocola es: la pata más grande y abultada del camarón 2. La tenaza y su correspondiente base abultada de la pata del camarón, muy apreciada por su carne blanca y blanda. 3. La parte con tenaza de cangrejos, jaibas y otros crustáceos.


2009/12/19

José Gabriel Valdivia: balance editorial de la primera década del siglo XXI en Arequipa


(...) Ahora, entiendo que en poesía está la publicación de José Ruiz Rosas, la obra poética de nuestro poeta mayor, es lo significativo (…) También yo podría decir que en la narrativa con Orlando Mazeyra se nos asegura algo ya interesante, parece que es un escritor de vocación.

2009/09/13

Feria Internacional del Libro AREQUIPA 2009

Publicado en el diario El Pueblo, sábado 12 de septiembre de 2009

Más libros, más libres”, rezaba el lema de una feria del libro catalana de hace algunos años (2005). Esa sentencia en su brevedad guarda una contundencia implacable y aleccionadora. Y, por esos días, valía la pena preguntarse lo siguiente: ¿cómo queremos que el arequipeño de a pie acceda a la cultura si nadie, absolutamente nadie, se anima a poner en marcha actividades y/o eventos que le permitan a aquél empaparse de ésta?
Cabe recordar, ahora, que nuestro consabido regionalismo nos hace creer, con argumentos enclenques y fácilmente pulverizables, que Arequipa compite, palmo a palmo, con Lima; y que, en consecuencia –y sin dar margen a duda alguna–, nuestra ciudad es, por mérito propio, la segunda en el agreste escalafón nacional.
Pero, apelando a una elemental sinceridad, hay que señalar que la verdad, monda y lironda, es otra. Nadie puede poner en tela de juicio la prosapia de este “baluarte de la libertad”, ubérrima cuna de intelectuales que han descollado en distintas ramas y ciencias; a saber: Mario Vargas Llosa u Oswaldo Reynoso, emblemas de la narrativa peruana; Hernando de Soto, lúcido e inapreciable economista de primera fila; Honorio Delgado Espinosa, quien, en vida, supo amalgamar vastos sus conocimientos de medicina, sicología y filosofía, para gestar una copiosa obra que no pierde vigencia...

Hoy por hoy, sin embargo, la diligente –¿inmarcesible?– fábrica intelectual parece haberse apagado (o, cuando menos, averiado): los intelectuales y pensadores ya no germinan desde hace varias décadas (y si todavía aparecen, entonces nadie los conoce). ¿Los culpables? ¿Las autoridades? Claro, las autoridades que siempre le dan la espalda a la cultura. Pero, si somos honestos con nosotros mismos, podremos apreciar que esta desidia es colectiva; es decir, que todos somos copartícipes de esta negligencia que atenta contra el saludable crecimiento cultural de nuestra ciudad.
La grata noticia es que los entusiastas Freddy Tito y Martha Valencia no han querido caer en el lugar común; muy por el contrario, han logrado el concurso de universidades, instituciones culturales y empresas privadas para llevar a cabo la primera FIL (Feria Internacional del Libro) Arequipa 2009. Se romperán fuegos el día de la juventud, 23 de setiembre, con eventos librescos y actividades artísticas y conciertos. Todo esto en el Parque Libertad de Expresión (Umacollo, afueras de la Universidad Católica). Pero la fiesta del libro no será flor de un día, pues se alargará hasta el 5 de octubre.
Ya están en la lista de participantes, nuestro Oswaldo Reynoso (autor de “Los Inocentes” y “En octubre no hay milagros”), Gustavo Gorriti (que presentará “Petroaudios”), César Hildebrandt (quien acaba de reeditar su libro de notables entrevistas a intelectuales y políticos “Cambio de palabras”), además Javier Arévalo y Gustavo Rodríguez (propulsores infatigables del plan lector llamado “Recreo”). También: Jaime Bayly que acaba de sacar de imprenta la novela “El cojo y el loco” (Alfaguara, 2009) y un largo etcétera.
La FIL AREQUIPA 2009 promete ser un éxito. Pero lo será cabalmente si todos nos ponemos la camiseta de la lectura y participamos activamente de los eventos que tanto esfuerzo y sacrificio han costado llevar adelante a los organizadores de esta fiesta de la cultura. Para mayor información sobre el cronograma de actividades se puede visitar el portal oficial de la Feria del Libro: www.filarequipa.pe
¡Más libros, más libres!... Que es lo mismo que decir: “Si soy arequipeño, estaré en la feria del libro”… No en vano nuestro himno habla de un baluarte de la libertad…