2012/07/02

César Hildebrandt: una piedra en el zapato

Surco, Lima, 29 de junio. Luego de la tan ansiada entrevista a César Hildebrandt que pronto publicaré.

Por César Hildebrandt


Escribir sobre lo que vale la pena, lo que no la vale, lo que cree que la vale, lo que suponemos que la vale. Escribir como errar, como aproximación trémula, como ira convertida en dardo, como diagnóstico pretencioso. Escribir desde el vaticano de nuestra vanidad y condenar al infierno a nuestros adversarios, que son los que no piensan como uno y los que nos agreden con su diversidad. Escribir desde las vísceras humeantes, desde el dolor, desde el pesimismo entendido como estética de vida. Escribir sobre el fracaso, que a todos nos incumbe y que habrá de llegarnos elefantiásicamente con la muerte, escribir con la convicción de que jamás lograremos decir lo que nos  propusimos decir.
Si algo reclamo a estas alturas de mi vida es que jamás supuse que el ser humano era una criatura celestial y el centro de todas las cosas. Dura bestia es el ser humano. Y la especie nuestra, de vez en cuando, felizmente, produce errores. Esos errores se llaman Platón, Víctor Hugo, Einstein y algunas pocas decenas más. La humanidad promedio mata el tiempo esperando la muerte en estado de distracción, mastica con brío pedazos de surtidos cadáveres, ve televisión, vota en el tumulto de los voceríos, languidece pagando una casa donde aprendió a sufrir.
No creo en la humanidad. Y, sin embargo, un pobre próximo me sigue conmoviendo, un niño de la calle me grita en el oído, un perro que sufre me condena. No creo en la humanidad cuando veo a los ejércitos del gran dinero apoderarse de países a sangre y fuego y cuando veo correr la sangre de los niños alcanzados por bombas de racimo. Jamás pude ser comunista porque esa era una manera de ser manada y jamás dejé de despreciar a la derecha porque esa ha sido siempre la reivindicación de la avaricia. Ambos, comunistas y reaccionarios, tenían un punto en común: mataban para que el mundo mejore, eran intérpretes de la ley del progreso. Los primeros creían que la igualdad se decretaba, los segundos estaban convencidos de que el egoísmo monstruoso que practican tenía la autorización y el aliento de su dios excluyente. Ambos siguen pensando lo mismo, pero hay una notoria diferencia: no hay comunistas en el poder (bueno, hay un par de excepciones extravagantes y bastante degeneradas) y sí, en cambio, la codicia gobierna al mundo y ha hecho metástasis en lo que fueron una república de soviets y otra de campesinos inicialmente heroicos.
Ser pesimista es una obligación de la inteligencia. Pero ser indiferente es someterse a los valores del sistema mundial de dominación. De modo que somos pesimistas estratégicos y solidarios tácticos. Sabemos que la humanidad, como muchedumbre, es incorregible. Pero eso no nos quita el deber de luchar en las batallas del día a día. Porque quizá, en el fondo y casi a pesar nuestro, el sueño de un mundo mejor, la leve esperanza del hombre ascendido a otros valores, nos mantiene el aliento y el pulso.
Hay otra indulgencia que solicito: podrá decirse cualquier cosa de lo que he escrito, pero nadie podrá encontrar la adulación sagaz que a tantos les permite el progreso personal, el reconocimiento oficial, las palmaditas del agradecimiento cortesano.
He visto a colegas de mi generación doblarse ante el poder y agacharse ante sus migajas. Y los he visto llegar a la abyección con tal de figurar en las invitaciones de ese olimpo social donde los nadie saludan a ninguno y los muertos brindan como si la cerúlea palidez les fuera ajena.
No ha sido mi caso. A mí me han censurado y me han desaparecido inútilmente. A mí el poder me da náuseas porque sé que está en manos de locos y criminales. Y con el poder sólo he podido tener relaciones rotas. Hablo de todos los poderes: desde el de los banqueros hasta el de los prefectos, pasando por el de la Real Academia, esa cueva que, en Madrid, quiere legislar sobre las tildes justas y las uves bárbaras.
Este es mi sueño: una plena anarquía de hombres ilustrados y libres que se autorregulan y conviven en paz y son justos por naturaleza. Se comprenderá cuánto debe amargarse un hombre con ese sueño viviendo en un país como el nuestro. Porque de una cosa sí estoy convencido: desde la perspectiva de lo que podrían llamarse los valores autóctonos, cada día me siento más ajeno y menos peruano. Amo a mi país porque le pertenezco pero, a veces, demasiadas veces, lo odio como se puede odiar a un padre borracho y ordinario o a una madre distante y estúpida. Si alguien me preguntara qué es lo que más me irrita del Perú, tendría que decirlo con brutal sencillez: su vocación por la indignidad, su carácter quebradizo, su resignación ante la podre y los desmanes de la política, su amor por la reincidencia, la canturía de su narcisismo idiota. Me subleva el tono dulzón y acojudado del Perú.
Y quizá haya sido esa niebla estoica el enemigo. De allí, posiblemente, haya surgido el exceso de algunos de mis énfasis y la notoriedad de mis diatribas. No me arrepiento. Para nada me arrepiento. Prefiero mil veces la pasión incendiaria que la mistura del mediopelo y la complicidad.
Escribir es un verbo intransitivo. Cuando leí esa frase en Barthes entendí que lo que había sospechado era cierto: que lo único que importa a la hora de sentarse ante un papel o una pantalla es cómo voy a decir lo que, de algún modo, siempre será repetición y eco. Es la última justicia que demando: más allá de sus contenidos, aciertos y flaquezas, estas columnas fueron escritas amando el idioma que las construyó, la sintaxis que las dispuso, el léxico que pudo matizarlas, la música, en fin, de ese castellano que he sentido siempre que me hablaba, me urgía y me empleaba como escriba. Eso es: como escriba.

2012/06/22

Si ser peruano…

"Los testigos falsos", acuarela del arequipeño Teodoro Núñez Ureta

Por César Hildebrandt

Si ser peruano es aceptar que la mentira prestigia, el robo premia, la barbarie se aguanta, los muertos no importan, entonces renuncio a mi nacionalidad y me declaro apátrida.
Si ser peruano es rendirle honores al ladrón que se hizo rico en el poder y volvió a gobernarnos para seguir robando (“aunque no hay ninguna prueba de eso”, como dice Velásquez Quesquén), entonces me declaro senegalés.
Si ser peruano es resignarse a que las promesas electorales sean basura y a que el honor no exista, entonces aspiraré a ser un NN sin país de procedencia.
Si ser peruano quiere decir que los periodistas lean, con engolado entusiasmo, anuncios comerciales en la radio (los de “Claro” son los más insistentes) y recomienden, batea en mano, algún detergente (buenos días, señora Delta), o pretendan, con éxito, que nos olvidemos de su sordidez y nos digan ahora qué es bueno y qué es malo en este valle de lágrimas, entonces prefiero tener el estatuto seminacional de un cisjordano.
Si ser peruano es creer que la miseria es inexorable, que las barriadas son “pueblos en crecimiento” (hace décadas que lo siguen siendo), que la fealdad arquitectónica y la falta de agua es “promesa de un futuro mejor”, entonces que me borren del censo.
Si ser peruano es construir la autoestima nacional sobre las mesas de nuestra gastronomía, la ilusión del fútbol, la creencia de que somos únicos y mejores en casi todo, que el RENIEC me proclame inexistente.
Si ser peruano es aceptar la dictadura de la prensa y la televisión que dicen lo que el dinero quiere que digan y callan lo que el dinero quiere que callen, argelino de Orán quisiera ser.
Si ser peruano es creer que la debilidad ante el poderoso es una virtud, el abuso ante el débil una oportunidad de desquite,  la explotación un derecho divino, Dios un compinche, la supervivencia a como dé lugar una absoluta prioridad, los valores unas cuantas palabras y la hipocresía una obra maestra, entonces quemaré mi DNI.
Si ser peruano es ocultar la cobardía del pasado para no hablar de la cobardía del presente, suplicaré ser bengalí.
Si ser peruano es decir que se cree en el mercado mientras se amarran las licitaciones y se ensucian las proveedurías (y las consultorías), digo, sencillamente, que ya me cansé.
Si ser peruano es decir de la boca para afuera que se cree en la democracia mientras se piensa, sin abrir la boca, que la democracia es buena siempre y cuando sirva para perpetuar a los de arriba en su cima y a los de abajo en su desdicha, entonces reclamo mi prudente extranjería.
Si ser peruano es no tener patria (como lo demostraron tantos en el siglo XIX, por ejemplo), no tener compasión, no tener ideales pero sí deudas por cobrar, entonces ¿por qué no, de una vez, ser un suizo adoptivo?
Si ser peruano supone oír las imbecilidades de la radio y ver las procacidades de la tele –y asentir y reírse, respectivamente–, entonces mejor ser catarí.
En suma, que el Perú no puede ser esta chanfaina que quiere pasar por paraíso, este crecimiento que no es desarrollo, esos liberales tramposos, este ocultamiento de las causas de la crisis mundial, estas mentiras estadísticas que disminuyen el número de los pobres poniendo la cifra  240 soles mensuales como límite entre pobres y expobres, estos partidos políticos que aceptan todo (ladrones y mentirosos incluidos), este Estado que saquea a los modestos que trabajan pero es benévolo con los dueños de los emporios, esta burocracia pensada para mortificar, esta subordinación al imperio del norte y a los mandatarios de la Europa en crisis. El Perú no puede ser este desgano sin ley pero con balas, este sometimiento a la inmoralidad, este viejo desmán en el que los ofendidos son los mismos de siempre.

2012/05/13

Mi madre no me leía cuentos

Mi madre no me leía cuentos. Ella misma los inventaba. No sólo para mí, sino también para mis otros tres hermanos. Esas historias de sobremesa marcaron con fuego nuestra vida. No exagero: mi primera mascota —un can chusco y enorme que fue ultimado por el balazo de un infeliz oficial de la Fuerza Aérea que estaba cansado de verlo vagabundear por la base militar… o simplemente recostado debajo del viejo carro de mi padre, esperándolo para perseguirlo y, así, tratar de volver a casa; cosa que, en efecto, logró hacer en más de una ocasión— fue bautizada con el nombre de uno de los personajes más memorables que ella inventó: Solosín. Algunos suelen bautizar a sus perros o gatos con nombres (o apellidos) de sus autores preferidos o los de los personajes que estos inventaron. Yo, sin embargo, me quedé prendado, desde muy chico y para siempre, con el que fabuló la mujer más importante de mi vida. Contar historias es algo que, más allá de los resultados, me produce un tremendo placer y me ayuda a sentirme vivo. Me hace feliz reconocer que lo aprendí de la persona que más amo y necesito: mi madre, la vela que nunca se debe apagar.

2012/05/10

Historia del ruido - El Malpensante







Me quedé mirándolo atentamente, como si hubiera sido la primera vez, esperando que se me presentasen los pensamientos. Pero no hubo ninguno más, excepto la recomendación que me hice de fijarlo en la memoria cuando él estuviera muerto. Quizá pudiera evitarse, así, que con el paso de los años mi padre se trocase en algo atenuado y etéreo. «Tengo que recordar con precisión», me dije. «Tengo que recordarlo todo con precisión, para poder recrear en mi mente el padre que me creó, cuando él ya no esté.» No hay que olvidar nada.

Philip Roth, Patrimonio. Una historia verdadera

Mi HISTORIA DEL RUIDO aparece en la revista El Malpensante  de Bogotá, Colombia.

2012/05/06

Armas Marcelo: «Creo que en Ernesto Vargas hay un personaje de novela»





Hoy en el diario El Pueblo de Arequipa aparece una entrevista a Juan José Armas Marcelo (España, 1946), quien es un escritor y periodista experto en la obra de Mario Vargas Llosa y amigo muy cercano del novelista arequipeño. Ha publicado, entre otros, Vargas Llosa. El vicio de escribir (1991) y este año apareció su última novela La noche que Bolívar traicionó a Miranda (2012). Y también aparece una pertinente Nota del editor: "las preguntas fueron formuladas vía internet y las respuestas llegaron desde Nueva York", esto debido a la pifia que apareció en Hildebrandt en sus trece donde se señala que la entrevista se dio en España. Léanla, vale la pena.

2012/04/06

Alonso Cueto: una novela es una épica de la conciencia

Por Orlando Mazeyra Guillén

Alonso Cueto (Lima, 1954), gracias a una obra prolífica (novela, cuento, teatro, ensayo, artículos), es considerado uno de los escritores peruanos más representativos de la actualidad. Su primera novela El tigre blanco se hizo acreedora al premio Wiracocha en 1985. Veinte años después se consagraría a nivel internacional con La hora azul, obra que lo hizo merecedor del prestigioso Premio Herralde de novela.

Él entiende que el oficio de escritor es «por definición un acto de negación del orden social porque supone mirar más allá de la superficie». En esta entrevista, el autor de La venganza del silencio reconoce que el acontecimiento más importante de su vida fue el de descubrir el poder devastador de la muerte. Sin embargo, «el arte no es un consuelo contra la muerte, sino un refugio para nuestra aspiración natural a lo eterno».
Antes que nada, recordarle que Mario Vargas Llosa ha decidido donar su biblioteca personal a la ciudad de Arequipa. Este es, sin duda, un acontecimiento de gran envergadura en la vida cultural arequipeña. Nos corresponde a todos estar a la altura de las circunstancias. El premio Nobel nos ha regalado lo que más ama: sus libros. No puede haber una muestra más genuina de amor por la tierra en la que uno nació. Y, de paso, que esto sirva también para todos aquellos —hablo de muchos arequipeños— que, hasta el día de hoy, siguen dudando de no sólo «si se siente arequipeño», sino de si se siente identificado con Arequipa. ¿Qué les podría recomendar a las autoridades para que esta biblioteca se transforme en un centro cultural que funcione cabalmente?
La donación de la biblioteca es un acontecimiento de enorme importancia y no es casual. A lo largo de su vida, Mario Vargas Llosa siempre ha tenido el talante de los arequipeños para la protesta, el tesón y el compromiso con sus ideas. Es algo que siempre he admirado en él y creo que viene de su raíz arequipeña. Creo que es urgente el contratar bibliotecarios de primer nivel y  poner los libros en el contexto de un centro cultural.
Octavio Paz cuenta que él perdió el paraíso cuando descubrió que la guerra mundial no le era ajena; Mario Vargas Llosa lo perdió cuando supo que su padre no estaba muerto, ¿quizá a usted se le acabó el paraíso al revés: es decir, cuando su padre muere? He leído que en esa dolorosa etapa de su vida usted leyó con fervor a César Vallejo. ¿Cómo perdió el paraíso? ¿Intenta vencer a la muerte a través de la literatura?
Creo que el acontecimiento más importante de mi vida fue el de descubrir el poder devastador de la muerte. Mi padre era el centro de mi universo y el hecho de que desapareciera de un modo tan repentino e inexplicable, resultó tan perturbador que de pronto el mundo no tenía sentido. Cuando leí la poesía de Vallejo descubrí que el único antídoto que los hombres hemos construido contra la contingencia y el deterioro es el arte. Mi descubrimiento de la muerte, sin embargo, fue simultáneo al de su antídoto. Al leer a Vallejo sentí que lo que yo sentía, es decir la orfandad, la soledad, el abandono, estaban expresados en esos versos. Me sentía muy solo y al mismo tiempo, gracias a Vallejo, muy acompañado. Me di cuenta entonces del poder de las palabras por vencer el tiempo. Las palabras, a diferencia de la pintura, la escultura o la arquitectura, no dependen de ningún soporte físico. Pueden existir al margen de la materia que se deteriora. El arte no es un consuelo contra la muerte sino un refugio para nuestra aspiración natural a lo eterno. El ser humano rompe la consigna biológica de reproducirse y morir. Quiere sobrevivir y el arte expresa ese anhelo.  
Su caso, como narrador, muestra precisamente de aquello que Mario Vargas Llosa llama la perseverancia. Si bien ha sabido hacerse de premios desde muy joven y desde su primera novela, su trayectoria muestra una tenacidad resaltable: usted ha publicado con fecundidad antes de dar ese gran salto hacia los lectores en el extranjero con el Premio Herralde por La Hora Azul que incluso llegó ser considerada la mejor novela en idioma español en China en el año 2005. ¿De eso se trata? ¿De persistir? ¿Cómo ve a la distancia su devenir creativo?
Cuando uno escoge ser escritor, ya está siendo un transgresor. Se trata de un oficio que no tiene un lugar fijo en la sociedad. Los escritores trabajan en sus casas, no en oficinas, y en horarios que ellos escogen. Es por definición un acto de negación del orden social porque supone mirar más allá de la superficie, a la verdadera identidad de los seres humanos. Por eso es que su mirada puede ser más profunda y su poder de comunicación más permanente. Quizá pensar en esto sea la razón por la que me levanto todos los días: pensando sólo en que voy a escribir y que es urgente hacerlo, aunque sólo lo sea para mí. Y sé que lo seguiré haciendo siempre. 
A mí, El susurro de la mujer ballena me parece un libro que debería ser recomendado para los lectores escolares, sobre todo de la secundaria, porque aborda un tema muy en boga: el bullying.Si la literatura sirve para algo más que entretener y hacernos pasar un buen rato, es también para hacernos tomar conciencia de cómo podemos dañar al otro (y regresar a la realidad con armas para evitar este tipo de sucesos). ¿No habla quizá esta novela de daños que a veces son irreparables?
Decidí escribir esa novela con algunos recuerdos de colegio y también después de ver un programa de televisión que reunía a antiguos compañeros de colegio. Me di cuenta que un salón de clase es un espacio social, donde existen los líderes, los humillados, los que no toman partido, etcétera. El poder se ejerce con frecuencia de la manera más cruel entre los jóvenes. Es una novela, sin embargo, sobre el poder de la amistad, sobre todo de la amistad femenina. Me interesaba mucho la comunicación entre las mujeres y la capacidad de Verónica y de Rebeca por revelarse a sí mismas ante la otra. Creo que, en general, las mujeres son más capaces de comunicarse que los hombres.
Hablando de daños irreparables. El personaje principal de La hora azul, Adrián Ormache, ¿no intenta reparar lo irreparable? ¿Hay una visión más amplia, apuntando a vernos como país, para reconciliarnos y dejar atrás el pasado?
En realidad, el llamado de Adrián es a conocer la verdad. Es en cierto modo un tipo que ha vivido en un paraíso y que recibe la noción de que hay una realidad que él desconocía en su sociedad, su familia y en él mismo. Por eso creo que la novela es un cuento de hadas al revés, pues parte de la fantasía y se va acercando al mundo real. Creo que el Perú ha avanzado mucho en la conciencia de su diversidad. En los años que tengo de vida, he visto actitudes muy violentas y racistas que veo que ahora van amenguando. Sin embargo, el camino que tenemos es muy largo. Me interesaba explorar la posibilidad de que Adrián pudiera efectivamente renunciar a su clase social, al mundo del que viene. Lo logra, pero sólo en parte.
Usted ha dicho que todo escritor es esquizofrénico. Cuando Alonso Cueto está metido de lleno en la creación de una nueva novela, ¿le cuesta salir de esos mundos ficcionales y volver a la realidad? ¿Es común que esa esquizofrenia de la que usted habla de alguna manera trastorne nuestro entorno afectivo (esposa, hijos, familia) o estoy exagerando?
Me cuesta mucho. Ahora escribo una novela con cuyos personajes he soñado. Eso me asusta un poco y me alegro que esté a punto de terminarla. Sólo espero que no los vea aparecer delante de mí. Mi familia no se preocupa demasiado.
¿Qué cine consume? ¿Cuáles son sus películas favoritas y por qué?
Las películas de mi vida, tal como las recuerdo ahora, son “Muerte en Venecia” de Visconti, “Vértigo” y “Psicosis” de Hitchcock, “Diario íntimo de Adele H.” de Truffaut, “El último tango en París” de Bertolucci y “Ese oscuro objeto del deseo” de Luis Buñuel. Me parece que no se puede renunciar a la historia. No hay nada más difícil que contar una buena historia. Pero el cine (y la narrativa) es mucho más.
Usted conoce a Juan Carlos Onetti tan a fondo que el tema de su tesis doctoral fue sobre su obra. Ésta luego se transformó en un libro: Onetti: el soñador en la penumbra. Recuerdo una entrevista que leí y que me marcó con fuego. Se la hizo Alfredo Barnechea, y Onetti le confiesa: “En mí, creo que se trata de un pesimismo natural; natural y radical. En el fondo, creo que soy una de las pocas personas que cree en la mortalidad. Eso influye mucho. Sé que todo va a acabar en fracaso. Yo mismo. Vos también. De todos los escritores del boom se ha dicho que son pesimistas, que en ellos los personajes siempre se frustran. Quizá. Pero en García Márquez o en Vargas Llosa, yo noto una gran alegría de vivir. Sinceramente, no creo que vean la muerte como un problema. Y no se trata de que ahora yo tenga 64 años y que pueda morirme esta noche. No. Es algo que he sentido desde la adolescencia. Así como se descubre que yo soy yo, así se descubre la muerte, se marcan sus linderos. Uno de los descubrimientos más terribles, el más terrible, que tuve de muchacho, fue que todas las personas que yo quería se iban a morir algún día. Eso me pareció absurdo, y de esa impresión no me he repuesto todavía. No me repondré nunca”. ¿Comparte Alonso Cueto esa idea del absurdo que tiene toda existencia humana?
No la comparto porque creo que la percepción que tenemos del mundo no depende sólo de las razones sino también del ánimo natural que tiene nuestra carga genética. Lo que cuenta no es comprobar que todos nos vamos a morir, sino lo que vamos a hacer mientras llega ese momento. Creo que todos los escritores son dichosos porque al menos han gozado con la creación personal. No hay nada más gratificante que encontrar una expresión adecuada a lo que queríamos decir. El escritor más pesimista cree en la comunicación, porque no se imagina una vida sin lectores al otro lado del silencio.
¿Qué descubrimiento lo marcó de una manera tan drástica como le pasó a Onetti?
El descubrimiento simultáneo de la muerte y del poder del arte.
En la narrativa de Alonso Cueto, yo no noto una alegría de vivir como la notó Onetti en la obra de García Márquez o la de Vargas Llosa, sino más bien una especie de introspección, tratar de entender qué somos, de qué estamos hechos pero hacia adentro, a dónde nos dirigimos a partir de una suerte de intimismo…
Sí, siempre me ha interesado lo que pasa al interior de los personajes. Creo que los hechos no cuentan sino en la medida en que repercuten en las conciencias. Henry James fue quien mejor sintetizó los temas narrativos. Para él, la conciencia era el asunto esencial. Decía que no interesa que una pared sea blanca sino que alguien vea que lo es. Lo interesante es el drama de la relación entre los seres humanos y su entorno. Una novela es una épica de la conciencia.
¿Tiene alguna manía o gimnasia previa antes de escribir?
Mucho café, antes durante y después.
Aparte de la lectura y la escritura, ¿cuáles son sus otros grandes placeres?
La música. Creo que se parece mucho a la literatura. Ocurre en el tiempo y se dice que empezó al mismo tiempo que el lenguaje. Sin música el mundo es mucho más pobre. No se puede vivir.
Mario Vargas Llosa propone en García Márquez: historia de un deicidio que uno se hace escritor porque ha llevado una «relación viciada» con la vida. ¿Es su caso?
Sí, creo que la literatura expresa una fractura con la vida. Es un modo de cerrar un vacío, de hacer una pregunta. Si una persona fuera feliz, nunca escribiría y nunca leería. Si Adán y Eva se hubieran quedado en el paraíso sin morder la manzana, no hubiera habido nada que contar. La narrativa tiene que ver con la curiosidad. Una persona feliz es una persona sin curiosidad. No es una persona interesante.
Como lector devoto de la obra vargasllosiana le comento que observo que, en sus memorias y en su obra en general, subrepticiamente me dice: No temas, ¡juega a ser Dios! Pero, ojo, cuidado con que te guste, porque podrías terminar lastimado. No es sólo un juego: es un arte, un estilo de vida. ¿La literatura es fuego? ¿En qué medida este fuego puede «quemar» a los escritores en ciernes?
Sí, siempre es fuego. Es asomarse a los abismos, explorar el fondo de las conciencias, entregar todo de uno mismo a las historias, no tener miedo de mostrarse, de comunicarse: creer en el poder del lenguaje para nombrar lo oscuro, lo incierto. Un escritor debe proteger tesoros personales como el dolor, la duda, el silencio. Sus materiales están hechos de humillaciones, vergüenzas y fracasos. Sólo quien conozca estos últimos puede aspirar a escribir algo bueno algún día.

2012/03/25

Sostiene Tabucchi

La filosofía parece ocuparse sólo de la verdad,
pero quizá no diga más que fantasías,
y la literatura parece ocuparse sólo de fantasías,
pero quizá diga la verdad.

Antonio Tabucchi (1943-2012), Sostiene Pereira

Dije: "Escribía cuentos".
"Ah", dijo él, "¿sobre qué hablaban?".
"Bueno", dije yo, "no sé muy bien cómo explicarlo, digamos que hablaban de fracasos, de errores, uno por ejemplo hablaba de un hombre que se pasa la vida soñando en un viaje y cuando un día finalmente tiene la oportunidad de hacerlo, ese día se da cuenta de que ya no lo desea".

Fragmento de Nocturno hindú

Hoy Antonio Tabucchi emprendió el viaje definitivo. Gracias por lo que nos dejaste, ya nos encontraremos, ¡maestro!

2012/03/20

Los papelitos de mi abuelo


Alex dice:

Anoche soñé, después de leer tu cuento, a Ribeyro, pero lo soñé joven, muy joven. Y él me dijo: escríbenos papelitos.

Orlando dice:

¿Me estás jodiendo, gil?

Alex dice:

Por mi madre, que se muera si miento. Sí pues, así me dijo en el sueño: le empecé a escribir a él y le dije: estoy en la mitad del camino, maestro, ¡ ayúdame a llegar al final! A Sabato: eres un fenómeno, me estás salvando la vida.

Orlando dice:

O sea, Ribeyro te dijo: escríbenos papelitos…

Alex dice:

Sí, también le escribo a Cortázar

Orlando dice:

¿Qué le pusiste a Cortázar?

Alex dice:

Quiero dar un Nocaut. Pero lo de Ribeyro fue especial: lo vi con una camisa amarilla: clarito, con bigote, flaquísimo. Es la primera vez que me pasa esto y la primera persona a quien le cuento si digo esto en mi casa, pueden decir que me agarró la locura, pero es la verdad.

Orlando dice:

Y, ¿dónde les dejas los papelitos?

Alex dice:

En el jardín, pero en bolitas, como tu abuelo…

2012/03/17

Taller de Escritura Creativa


Clausura del Taller 2012

El jueves clausuramos el Taller de Escritura Creativa que dictamos en el Centro Cultural Peruano Norteamericano. Fue una experiencia intensa y muy gratificante. A todos los interesados en participar en el nuevo Taller por favor comunicarse al correo: mazeyra@gmail.com

2012/03/13

Yo era ciego y ahora veo

"Por segunda vez llamaron al hombre que había sido ciego y le dijeron: Da gloria a Dios; nosotros sabemos que este hombre es un pecador. Entonces él les contestó: Si es pecador, no lo sé; una cosa sé: que yo era ciego y ahora veo".
(Juan 9:24-26)

2012/03/03

Es usted nieto de...


«¿Profesor, es usted nieto de…?», me preguntó una alumna —que bien podría ser mi madre— del Taller de Escritura Creativa que, desde unas semanas atrás, estamos dictando en el Cultural. Ya estoy acostumbrado a esa vieja pregunta. El problema es que, en ese preciso momento, yo estaba pensando en mi abuelo, imaginándolo, reinventándolo… No sé si fue coincidencia o si, acaso, él, a través de mis mentiras, quiso alcanzarme una gran verdad.

La pueden leer en Hildebrandt en sus trece (edición del viernes 02 de marzo al 08 de marzo).

2012/02/09

Taller de Escritura Creativa: La textura de los Textos


La Asociación Cultural La Casa de Cartón y la Biblioteca del Centro Cultural Peruano Norteamericano (CCPNA) invitan a los interesados, estudiantes universitarios y público en general, al Taller de Escritura Creativa denominado:

“LA TEXTURA DE LOS TEXTOS”

Creación Literaria y Crónica Periodística

Actividad donde el escritor Orlando Mazeyra Guillén y el periodista Jorge Turpo Rivas (director de la Revista de Crónicas PlumaDGanso) expondrán y compartirán sus conocimientos acerca de la ficción (creación literaria) y la no ficción (crónica periodística).

Evento que se realizará desde el día miércoles 15 de febrero a horas 5:00 p.m. del presente en las instalaciones del Centro Cultural Peruano Norteamericano. No tendrá costo alguno y, además, se otorgarán certificados a los participantes.

Las inscripciones se pueden realizar en las oficinas de la Biblioteca del Centro Cultural Peruano Norteamericano o al siguiente correo electrónico: ciudadanocarlosrivera@hotmail.com.

Para cualquier consulta también pueden escribirme a: mazeyra@gmail.com


Se agrade su difusión

Arequipa, 9 de febrero del 2012


Orlando Mazeyra Guillén (1980)

Escritor y cronista. Ha publicado Urgente: necesito un retazo de felicidad y La prosperidad reclusa. Es colaborador de El Pueblo y revistas literarias virtuales como Ciberayllu, Cervantes Virtual (Alicante), El Hablador (Lima), Letralia (Venezuela), Hermano Cerdo (México), Badosa.com (Barcelona). “Esquizofrénicos, obsesivos, perdedores y desadaptados de toda clase son los personajes que pueblan las prosas y relatos de La prosperidad reclusa, rotundo libro del joven escritor peruano (arequipeño, para más señas) Orlando Mazeyra Guillén. Nacido en 1980, Mazeyra viene ganando premios desde hace varios años gracias a sus relatos enardecidos y precisos, muchos de ellos editados por revistas y publicaciones de universidades de distintos países latinoamericanos. En La prosperidad reclusa hallamos varios de ellos, quizá las mejores narraciones de este escritor, en que las neurosis cotidianas se convierten en el motor de una existencia que lucha por sobreponerse a un destino oscuro, siempre fracasando en el intento. Guiado por un lenguaje que refleja una necesidad urgente de expresión, Mazeyra asoma como una de las mayores promesas de la narrativa local” (El Comercio).

Jorge Turpo Rivas(1978)

Periodista. Estudió Periodismo en la Universidad Católica de Santa María. Trabajó como redactor en los diarios Arequipa al Día, Correo, La República y El Pueblo. Fundó y dirigió durante dos años el semanario Vistaprevia. Ganó dos premios nacionales de periodismo y fue finalista de tres premios a nivel latinoamericano. Dirige la revista PlumaDGanso.


2012/02/04

En el día del Pisco Sour


Una pequeña reflexión en el día del pisco sour. Recuerdo que a Mario Vargas Llosa le preguntaron, en Santiago de Chile, ¿cuál de los dos era mejor: el pisco chileno o el peruano? A lo que el novelista arequipeño respondió: «Ninguno, ¡porque yo detesto el pisco!». ¿Qué esperan para crucificarlo? ¿A él o a Barrabás? Ya sé a quién elegirían… si en 1990 elegimos a Fujimori… y, bueno, mejor no recordarlo, ¿verdad?



Yo formé parte de un ejército loco,
tenía veinte años y el pelo muy corto,
pero, mi amigo, hubo una confusión,
porque para ellos el loco era yo.

Es un juego simple el de ser soldado:
ellos siempre insultan, yo siempre callado.
Descansé muy poco y me puse malo,
las estupideces empiezan temprano.

Los intolerables no entendieron nada,
ellos decían: "Guerra",
yo decía: "no, gracias”.

Amar a la Patria bien nos exigieron,
si ellos son la Patria, yo soy extranjero.
Yo formé parte de un ejército loco,
tenía veinte años y el pelo muy corto,
pero mi amigo hubo una confusión,
porque para ellos el loco era yo.

Se darán cuenta que aquel lugar
era insoportable para alguien normal,
entonces me dije: "basta de quejarme, yo me vuelvo a casa"
y decidí largarme.

Les grité bien fuerte lo que yo creía
acerca de todo lo que ellos hacían.
Evidentemente les cayó muy mal
y así es que me echaron del cuartel general.

Yo formé parte de un ejército loco,
tenía veinte años y el pelo muy corto,
pero, mi amigo, hubo una confusión,
porque para ellos el loco era yo.

Si todos juntos tomamos la idea
que la libertad no es una pelela
se cambiarían todos los papeles,
y estarían vacíos muchos más cuarteles,
porque a usar las armas bien nos enseñaron
y creo que eso es lo delicado,
piénselo un momento, señor general,
porque yo que usted me sentiría muy mal.

Yo formé parte de un ejército loco,
tenía veinte años y el pelo muy corto,
pero, mi amigo, hubo una confusión,
porque para ellos el loco era yo.

¿Te das cuenta, loco? De repente... es así...

2012/01/31

Melgar, campéon nacional 1981: ¿Acaso nosotros no somos peruanos?

La portada del diario El Pueblo del lunes 01 de febrero de 1982 anuncia la consecución de la hazaña: ¡MELGAR CAMPEÓN!

Hace pocos días el F.B.C. Melgar de Arequipa disputó sin mucha fortuna la Copa Ciudad de Rosario, en Argentina. Debo confesar que me resultaba demasiado extraño escuchar a los relatores de TyC Sports (canal deportivo argentino) decir “Melgar de Perú”. Esto viene a cuento a raíz de que hoy, 31 de enero, de cumplen 30 años de la única estrella que adorna la preciosa camiseta rojinegra: el título nacional de 1981.

En un interesante reportaje que, al parecer, hicieron estudiantes de la UNSA hace algunos años, el periodista Marcio Soto y el gran Genaro Neyra cuentan que el día que los rojinegros disputaron el partido decisivo por el título contra el Sporting Cristal, en Lima (31 de enero de 1982), pasó algo inaudito: las barras de Universitario (que había disputado el partido preliminar y aguardaba por una victoria de los rimenses) y de Sporting Cristal se unieron. De esta manera, el estadio Nacional, atestado de fanáticos limeños, cremas y celestes que coreaban al unísono:

–¡Perú, Perú, Perú!

El equipo rojinegro saltó al campo sintiendo el aliento contra Arequipa, es decir, a favor del Perú (aunque esto a muchos les resulte contradictorio). Seguramente en ningún otro evento deportivo se pudo notar con tanta claridad ese ombliguismo limeño que los hace creerse el Perú entero.

–¿Pero acaso nosotros no somos peruanos? –se preguntaba Neyra y era seguramente la misma pregunta que se hacían futbolistas mistianos y periodistas que fueron testigos de excepción de la jornada más gloriosa del viejo y querido fútbol arequipeño.

Al final el grito de ¡Perú, Perú, Perú! se tuvo aplacar hasta desaparecer para darle derecho de ciudad, en la propia Lima, al de ¡Arequipa, Arequipa, Arequipa! ¿Lo volveremos a hacer?

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Actualización del 03 de febrero

Ayer, el diario deportivo Líbero hizo eco de esa nota (citando fragmentos de mi texto): Lo que tu viejo no te conto: Cuando la 'U' y Cristal gritaron contra Melgar.

Además un interesante artículo que encontré en Dechalaca.com hace un repaso por todo el torneo que consagró campeón al club arequipeño. Copio acá los párrafos finales: "Los cremas necesitaban ganar y esperar una caída mistiana para forzar un partido extra por el título: cumplieron con lo primero, pues vencieron 3-1 a los huaralinos. Cuando Melgar salió para jugar el encuentro ante los rimenses, los hinchas de la ‘U’ permanecieron en las graderías, alentaron a Cristal y corearon el “¡Perú, Perú!” (...) Pero Melgar estaba preparado para contrarrestar la presión y las mofas: apenas a los 10’, Jorge Ramírez cobró un tiro libre y Genaro Neyra aplicó un furibundo cabezazo que Ramón Quiroga manoteó: el balón se estrelló en el horizontal, quedó picando, y el propio Neyra llegó al rebote; con un zurdazo, hizo vibrar a toda la Ciudad Blanca. Según las crónicas, los hinchas capitalinos se pusieron a cantar el Himno Nacional. No fue la única contrariedad que debieron soportar los mistianos: a los 76’, el árbitro Edison Pérez Núñez expulsó a su arquero, Emilio Campana. El portero suplente, Arnaldo Suclla, tuvo que ingresar por Víctor Gutiérrez: a los 82’ no pudo bloquear un fuerte disparo de Julio César Uribe, que significó el 1-1. Cristal, con todo el estadio a su favor, arremetió contra la portería rojinegra: el árbitro dio cinco minutos de tiempo adicional, que en Arequipa resultaron eternos. Pero el pitazo final finalmente llegó y así terminó de escribirse una de las páginas más importantes en la historia del fútbol peruano. La historia del primer campeón provinciano. La historia del Melgar campeón".



Ante la angustiosa mirada del mundialista Ramón Quiroga, la pelota se introduce en el marco en forma violenta y remece las mallas a los 10 minutos de la primera etapa luego del sensacional partido librado por Melgar contra Cristal. La desesperación de los zagueros cerveceros es, asimismo, evidente. Al unísono, un grito de alegría y triunfo remeció el coloso de José Díaz emergido de la sufrida y nutrida barra mistiana apostada en la tribuna sur del estadio Nacional. Genaro Neyra, autor de la conquista, celebra su conquista a todo pulmón. Corrió por el campo eufórico, desafiante, ante la presencia de miles de capitalinos hostiles (El Pueblo, 01 de enero 1982).



La emoción embarga al crack Benigno Pérez Valverde (mi profesor de educación física en La Salle), cuando dentro del ómnibus que los trasladó del aeropuerto a la ciudad, miles de aficionados y personas de toda condición social, ovacionaron a los jugadores, flamantes campeones nacionales.


La foto realmente no necesita leyenda. Es Arequipa que ayer se volcó a nuestro Plaza Mayor para recibir a su equipo predilecto que trajo consigo el título del ser el mejor del Perú y el pasaje para disputar la Copa Libertadores de América (El Pueblo).

Nota.- Todas las fotografías las tomé del archivo periodístico del diario El Pueblo.