2006/06/06

Si yo fuera Alan García

Yo me pregunto, ¿qué cara tendrá un presidente en presencia del Gran Juez, Aquel que todo lo sabe y al que no se le puede engañar? Digamos, si yo fuese Alan García (1985-1990), ¿cómo podría justificar la inmensa desilusión que llevé a todos los hogares del Perú después de haber sido elegido, por amplia mayoría? Esperaban que pacificase el país y llevase a cabo el primer gobierno aprista, retardado decenas de años a fuerza de golpes militares. Esa injusticia costó la vida a muchos partidarios del único partido organizado de este siglo, cercano al pueblo y, en su tiempo, con luz ideológica propia.
Cómo podré dar la cara después de que toda la nación, apristas o no, creyó en mí, en mi entusiamo, mi juventud, en mis ademanes simpáticos y criollos que enloquecieron a las masas y dio esperanzas a los más recalcitrantes pesimistas. Toda esta euforia duró pocos meses, después me volví loco (quizá siempre lo fui). Loco como un caballo desbocado acabé llevando entre mis patas a mi Patria moribunda, y a miles y miles de compatriotas que murieron de hambre por mi culpa.
Además, entregué a esos mismos militares que antes odiaba el control de la lucha antiguerrillera, sabiendo que el asunto es económico y político, no militar.
Mientras se derrumbaba el país, yo no sólo cantaba rancheras en la Plaza Garibaldi de la Ciudad de México, sino que hacía crecer mi fortuna y las de mis “compañeros”. Qué cara tendré cuando se toque el tema del vandalismo y rapiña lujuriosamente extendida en los últimos años de mi régimen cuando los robos de los jefes de las instituciones públicas eran imitados por sus subordinados hasta extremos insospechados. En las últimas semanas, sabiendo que no volveríamos al poder, nos llevamos todo, literalmente todo, desde computadoras hasta papel higiénico, pasando por puertas, bisagras, escritorios, sillas, cuadros, etc. (sólo un etcétera por pudor).
Nuestros robos y malversaciones fueron indescriptibles. No puedo exagerar, hay cientos de miles de testigos. Yo, Alan García, ¿podré mantener ante “El de la Buena Memoria” la misma actitud arrogante y desfachatada que tuve cuando para evadir la responsabilidad de mi indescriptible fracaso económico, eché la culpa a las entidades financieras, e igual que otro famoso sinvergüenza, el presidente mexicano José López Portillo, ordené la expropiación de los bancos, las compañías de seguros y el cierre de las casas de cambio? ¿Fue una expropiación legal?, ¿se llevó a cabo?, ¿tenía gente preparada para manejar esas empresas?, y lo más importante, ¿solucionó mi fracaso administrativo?

Todas las respuestas son negativas. Lo único positivo, más que positivo, extraordinario, fue que obligué a Mario Vargas Llosa a lanzarse a la política en un acto desesperado para llenar el vacío de liderazgo en los partidos opositores.
Yo, Alan, que los primeros meses saludaba al pueblo desde los balcones de palacio con mi pañuelo blanco. No con el pañuelo del Jefe Víctor Raúl ni con el de Pavarotti, sino con el de aficionado que pide que al toro del pueblo le corten las orejas y el rabo.
Sí, yo, Alan, alias “Caballo Loco”, que quebranté la unidad del partido aprista. Que no paré la masacre de los presos políticos en Lurigancho y en el Frontón. Que no cumplí ninguna de mis promesas de gobierno.
Que dejé a los narcotraficantes apoderarse de nuestra montaña, de nuestras fuerzas armadas y de nuestros campesinos. ¿Qué diablos puedo decir ante los hechos?
Yo, “el compañero Alan”, que en el discurso inaugural de mi mandato presidencial prometí acabar con la corrupción, que al día siguiente destituí indiscriminadamente a jefes y oficiales de la Guardia Civil, que los sustituí con personas de mi confianza, que no contento con esto hasta cambié el nombre a las fuerzas policiales para que no quede una pizca de los antiguos “Caballeros de la Ley” ni del lema “El Honor es mi Divisa”, que todo eso fue para crear una fuerza organizada de extorsión, represión y crimen. Yo, que dejé finalmente a la ciudadanía sin protección y con mayor peligro que antes. Y a las instituciones policiales desprestigiadas para siempre. ¿Me pondré atrevido ante el Señor y seré capaz de negar todo? Sería mucho concha.

Yo, Alan García, hice mucho más daño. No tuve el menor sentido común para tratar el pago de la deuda externa. Demagógicamente declaré que no la pagaría, y en todo caso los pagos no serían mayores al 10% de nuestras exportaciones. Yo, que no me senté a negociar con mis deudores, que no les presenté un plan dilatorio que pudiera ser tragado de alguna manera por la banca extranjera. En vez de decirles: “el cheque está en el correo”, “mañana se lo pago”, o indicarles cortésmente: “quisiera pagarles pero no puedo”, “con todo respeto es imposible
por el momento”. No, yo que no tuve la menor idea de cómo funciona la política y finanzas internacionales, me puse como un matón de barrio. Fui más insolente y descomedido con sus representantes en privado que en público, gané no sólo enemigos institucionales. El resultado fue trágico, todos nos cortaron el crédito y nuestro país terminó pagando un 50% más de lo que dije. ¡Qué imbécil fui!
Repito, si yo fuese Alan García qué cara pondría ante la Verdad. Si además, junto al Juez Supremo veo al fundador del partido, Víctor Raúl Haya de la Torre, ¿qué le diré, cómo me justificaré? ¿Qué muecas deformarán mi rostro cuando tenga que dar cuenta de tantas irresponsables decisiones, que causaron un desconcierto generalizado entre todos los que vivían en el Perú o los que tenían algo que ver con él? ¿No fui yo, el que convertí la inflación en un reto para las calculadoras, que tenían que absorber tres ceros cada pocos meses?
Cualquier intento de respuesta es inútil, cualquier refutación es innecesaria. El asunto es muy privado, es de Alan García y el Juez, nadie más. Así está de seria la cosa. Claro, él debe estar feliz por ahora, la Justicia Peruana no le culpó ni le culpará, y para hacer lo que hizo del Perú, se nota que no creyó nunca en la Otra Justicia. O, quizás Alan, aventurero irresponsable, cree que el Señor es como el pueblo peruano: amnésico.
Hay cada desalmado...
Herbert Morote, Réquiem por Perú, mi patria


2006/06/04

¡Perú, hoy me dueles en el pecho!

¡Perú, hoy me dueles en el pecho!
País miseria.
País mierda.
País cloaca.
País fracaso.

¡Perú, hoy me dueles en el pecho!
País Fujimori.
País Odría.
País Montesinos.
País García.

¡Perú, hoy me dueles en el pecho!
País amnesia.
País tortura.
País suicida.
País mentira.

¿Por qué me dueles tanto?
¿Por qué tanto gobernante espanto?
¿Hasta cuándo persistir en el quebranto?
¿Por qué darle tu cuerpo al que te ha vejado tanto?

Perú… ya no me dueles…
porque el Apra nunca muere,
pero la dignidad sí muere.

2006/06/02

Evitable: cuando votar es un desvarío

“…me caracterizo por recordar preferentemente los hechos malos y, así, casi podría decir que ‘todo tiempo pasado fue peor’, si no fuera porque el presente me parece tan horrible como el pasado; recuerdo tantas calamidades, tantos rostros cínicos y crueles, tantas malas acciones, que la memoria es para mí como la temerosa luz que alumbra un sórdido museo de la vergüenza.”
Ernesto Sábato, El Túnel
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En alguna oportunidad leí una genial frase de Bertrand Russell: “la historia del mundo es la suma de aquello que hubiera sido evitable”. Hoy, a la luz (o, mejor dicho, en las tinieblas) de nuestra coyuntura política pienso que todo esto hubiera sido evitable. Pero, lástima, estamos en el patíbulo nuevamente y ya no hay vuelta atrás (¿esperaremos otros cinco años para volver a equivocarnos?).
Evitable. Tenemos la guillotina sobre nuestra nuca. Sólo falta la elección final: hay dos despeñaderos posibles, ¿hacia cuál de los dos nos precipitaremos? ¿Hacia el abismo ya conocido de la corrupción galopante, los costales henchidos de Intis, las interminables colas y los reiterados balconazos? ¿O, como de costumbre, nos lanzaremos a ese vacío desconocido que, por ser nuevo, pasa de inmediato a ser ciegamente esperanzador?
A mi entender, el editorial de Caretas 1927 titulado sugerentemente "NO SUICIDARSE", no se equivoca al sentenciar que el voto en blanco es –si cabe el término– un acto pilatesco: compatriotas si quieren joderse, ¡jódanse!; pero yo me lavo las manos: no escojo a ninguno de estos dos mamarrachos.
Cito acá los párrafos iniciales de dicho editorial:

Hay varias formas de pegarse un tiro en una encrucijada histórica como ésta: votar en blanco, viciar el voto, irse de paseo o sufragar mal.
Sin embargo, algunos de esos 2.6 millones de ciudadanos de derecha o de izquierda cuyos candidatos se quedaron en la primera vuelta, aun ahora, exquisitos como son, creen resguardar convicciones sacrosantas absteniéndose de elegir al “menos malo” en la segunda.
Con esa actitud están jugando a la ruleta rusa y promoviendo un mal peor.
Parecen olvidar que en esta combi nacional todos somos pasajeros –aun quienes viven en el exterior, ya que tienen parientes al fondo del pasillo–, y negarse a participar en la conducción del vehículo es una forma de suicidio.

Suscribo todo lo expresado hasta el cuarto párrafo; pero ahí me detengo, cavilo, y pienso que las líneas posteriores hubieran sido evitables. Se dice que Humala representa un “chavismo sin petróleo”. Sin embargo, no se dice nada sobre lo que representa Alan García. ¿Acaso un ladrón más curtido y mejor entrenado por la escuela de la experiencia? ¿O quizá un violador de derechos humanos que nunca mostró el más remoto asomo de mea culpa al respecto? Seamos simples, sinteticemos lo que A.G.P. representa en dos palabras: el engañamuchachos.

Evitable. Cuando, en otro párrafo, leo “desquiciado megalómano” pienso que se refieren al personaje en cuestión, pero no; me equivoqué: hablan de Simón Gorila (Hugo Chávez). Y me pregunto si era necesario que CARETAS nos recuerde de una manera tan burda (¿chavista?) que el presidente de Venezuela es y será un gorila. Me pregunto también si ¿acaso es necesario aclarar que todo lo que dijo Chávez acerca del líder del Apra es patéticamente cierto? ¿No es una verdad como una catedral que García Pérez es un ladrón de cuatro esquinas y un corrupto de siete suelas? Por favor, no nos fijemos en el mensajero sino en el mensaje. No hace falta ser chavista, castrista o evo-moralista para decir “Dios libre al Perú de un bandido como éste”; sólo basta tener una pizca de memoria y dos dedos de frente.
A estas alturas alguien me acusará de humalista, y caerá en un error grosero. ¿Cuántos de los que el domingo votarán por García Pérez son en realidad apristas? ¿Desde cuándo Vargas Llosa, Flores Nano, Rey Rey, Martha Chávez, García Belaúnde son militantes del partido de la estrella? Ahí tienen la respuesta. Será, como dicen, el voto del miedo… del miedo a lo desconocido… del miedo al cambio.
Confieso que detesto la imagen del cachaco (del militarote, diría Vargas Llosa), y estoy convencido de que los militares jodieron a mi país. Pero en una encrucijada como ésta tendré que hacer de tripas corazón y optar por el verdadero mal menor.
Optar esta semana por Humala sería un desvarío histórico descomunal”, concluye CARETAS y nunca como ahora toma partido por la agrupación política fundada por Haya de la Torre. Siento que es de elemental honestidad el hecho de matizar un poco dicha sentencia. Votar por cualquiera de los dos candidatos en cuestión constituye una especie de desvarío, de frenesí. El simple hecho de ser peruanos nos expone a vivir al borde del desvarío y de eso somos conscientes todos los que queremos un cambio, un cambio de verdad, no una caricatura de democracia.

Hace cinco años me equivoqué. Voté por un advenedizo Alejandro Toledo (y lo digo porque ya casi nadie se acuerda de que votó por nuestro actual mandatario). Me equivoqué, lo sé, pero tengo la tranquila certeza de que me hubiera equivocado el doble si votaba por García Pérez (o peor aún: si votaba en blanco). ¿Me dejo entender? Espero que así sea.

Ahora, yo votaré por Ollanta Humala. Mi memoria me impide votar por Alan García. Llevar otra vez a ese sujeto a Palacio de Gobierno sería el tiro de gracia para nuestra moribunda dignidad nacional. Si García vuelve a alzarse como presidente del Perú nuestra bandera quedará percudida para siempre y no habría “lavado de bandera” o revuelta popular que nos la devuelva. Porque no hay desvarío peor que el desvarío de la memoria.
Juan Pablo Castel, aquel mítico personaje de Sábato, sabía muy bien de desvaríos. De esos desvaríos que atenazan al peruano de a pie, a todos aquellos compatriotas para quienes la democracia es una palabra inasible, para aquellos a quienes el presente (democrático) es tan horrible como el pasado, para quienes por suerte todavía recuerdan tantas calamidades, tantos rostros cínicos y crueles, tantas malas acciones… porque la memoria es, para nosotros los peruanos, como la temerosa luz que alumbra un sórdido museo de la vergüenza.
Yo votaré por Ollanta Humala porque sé que si mañana Fujimori viene a pedirle disculpas a mi pueblo y, acto seguido, a reclamar una nueva oportunidad, se la negaré de saque y sin titubear un instante.
Votar por Humala será, no lo niego, un desvarío, pero un desvarío digno. Porque los cínicos y crueles como Fujimori, Montesinos y García sólo nos deben servir para documentar nuestro pasado tenebroso. Para que se pudran juntos en el sórdido museo de la vergüenza. Y para acudir a ellos cada vez que la memoria lo requiera tanto o más como este 4 de junio.

© Orlando Mazeyra Guillén, 2006.

2006/06/01

Obra de Arte

"Todas las obras de arte deben empezar por el final."
Edgar Allan Poe
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Tus gafas multifocales, hechas pedazos, decoran el suelo de una manera vulgar (tan vulgar e insulsa que, por un momento, me relajo… me llego a excitar olvidándome de cuanto necesito olvidar). Un ramal carmesí baja apurado de tu pecho y se bifurca, se alarga en varias direcciones: sobre el parqué, debajo de la pianola, y empieza a confundirse con el rojo intenso de la raída alfombra que se extiende debajo de tu delgadas piernas de balletista virgen.
Tus ojos, abiertos, parecen apuntar hacia un cielo estrellado que ese techo barroco te niega tajantemente. Las pupilas inflamadas, a punto de estallar, como las venas de tus sienes. Una boca regular, discreta, que apenas se atreve a mostrar la hilera superior de tus dientes de cebra circense. Una lengua tersa, perfecta, como la de un recién nacido que llora en los brazos de la matrona.
Todavía sostengo con firmeza el revólver: un humo ralo que se desvanece con precocidad, el gatillo tibio y el tambor vacío, caliente e indiferente. La imagen de tu cara, de tu terror infinito antes del estruendo, permanece fresca e incorruptible. Una sola bala. Un solo destino. Un corazón perforado y un pulso agotado.
Ahora, antes de huir al monte y perderme por un par de semanas (o talvez más), es cuando quiero recordar el por qué decidí ajusticiarte. Trato de recordar por qué te elegí a ti. ¿Me gustó tu casa?, ¿tu eterna sonrisa?, ¿tu fama?, ¿o lo que me llevó hacia ti fue ese nuevo reto: el matar a alguien cercano, a alguien cuya sangre también es mía?
Siento una chicharra que apura mi partida. Me quito los guantes, envuelvo el revólver en un pañuelo y me despido de ti:
–¡Gracias papá, me ayudaste demasiado!
Me lavo el rostro y que quito el delantal que utilizo cada vez que pinto. Saco la acuarela al patio y pienso en un buen nombre. “Mi última visita a papá”, me gusta mucho, aunque también podría ser “La bala que le regalé a mi viejo”. No sería mala idea llamarlo por la noche para que él me dé su valiosa opinión.
13 de Marzo de 2006.
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Imagen: Muerte de Marat (1793) de Jacques Louis David.

2006/05/01

El Proyecto Sherezade


El Proyecto Sherezade de narrativa contemporánea surgió en 1996 como un espacio virtual para promover el intercambio de narraciones entre hispanohablantes mediante la publicación de cuentos inéditos y las opiniones de sus lectores. Desde entonces hemos seleccionado para publicar electrónicamente más de 150 cuentos de autores de 25 países.
Estos cuentos han alcanzado así una difusión impensable con el formato impreso, que tradicionalmente los relega a las últimas páginas del periódico dominical, a tiradas muy reducidas financiadas por entidades filantrópicas, o a antologías de autores consagrados. Creemos que la red hará por el cuento lo que la imprenta ha hecho por la novela, género cuyo éxito se debe en gran parte a que su extensión se adecua a la producción, comercialización y consumo en formato libro. La brevedad e inmediatez que el cuento ha heredado de sus orígenes orales lo hacen el género ideal para la publicación, distribución y lectura en la red.
Si desea participar en este proyecto envíenos su cuento. Los cuentos seleccionados aparecerán con el nombre y la dirección de correo electrónico de su autor, quien continúa siendo el dueño exclusivo del cuento que sólo cede temporalmente para su publicación en Proyecto Sherezade. También puede participar enviando comentarios a los cuentos.
No hay intereses comerciales relacionados con ningún aspecto de Proyecto Sherezade, que es posible gracias al trabajo desinteresado de cinco personas del medio académico y cultural que realizan la selección, edición e ilustración de los cuentos, así como de los cibernarradores y lectores que nos envían sus cuentos y comentarios desde los cinco continentes. Proyecto Sherezade está instalado en un servidor de la Universidad de Manitoba, Winnipeg, Canadá.

2006/04/09

Todo vale... Nada valen...

si continúo así: voy a morirme joven y sin identidad
Ska del éxodo… de un pueblo desechable,
donde la corrupción resulta excarcelable…
y usted y yo somos culpables…
ATTAQUE 77, Éxodo Ska
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–¿Ya viste las últimas encuestas? –te había preguntado tu hermana en la mañana–. Si sale ese cachaco no sé cómo hago pero como sea me voy del Perú. Hasta de sirvienta en Chile voy a estar mejor que con ese nazi de presidente.

El taxista acelera en el tramo final de la pendiente, se abre hacia la izquierda y deja atrás a una camioneta tapizada con coloridos anuncios que, alternando entre el rojo y el verde, te dicen: “Vota por el Flaco Eguren: marca el mapa de Unidad Nacional y escribe el número 1”. Las últimas reminiscencias de ese cerro colorado que le da nombre a tu distrito se extinguen mientras cruzas el Puente del Diablo y, de pronto, se erige ante ti la Cruz de Juan Pablo II: el chofer forma un puño cerrado con la mano derecha, se golpea el centro del pecho tres veces –cada golpe más fuerte que el anterior– y se persigna. Se percata de que observas sus movimientos con atención y te mira como diciéndote “¿y tú por qué no te haces la señal de la cruz?”; pero, por suerte, él es más cauto:
–Hace un año se murió.
–Sí… –respondes y tratas de evitar el tema porque en esta ciudad casi nadie entiende lo que es el agnosticismo; miras la fachada de la cevichería El Puente y recuerdas ese plato sabatino que tu gastritis crónica te impide comer desde hace un buen tiempo: Choritos a la Chalaca.
–Estos últimos días le ando pidiendo que nos proteja.
–¿De quiénes? –le preguntas acomodando tu corbata.
–De todos estos políticos cochinos y mentirosos.
–Ojalá lo escuche…
–Esta cruz la construyeron para la llegada del Papa –te dice como si tú no lo supieras–. ¡Cómo se pasa el tiempo, no hay vuelta que darle! Eso fue a mediados de los ochentas, tú todavía eras un chibolo…
–Yo tenía cuatro años, ¡cómo no me voy a acordar!, toda mi familia se congregó de madrugada en la avenida Pumacahua para verlo bajar del aeropuerto en el papamóvil –Y toda tu mente se desplaza al año 1985: el frío del alba mistiano, las masas de gente apostadas en las orillas de la avenida, la pista ornada con rosas y el Misti con el mejor semblante posible. Todos ansiosos, todos esperándolo. Todos con el absoluto convencimiento de estar a punto de ver a un hombre bueno y honorable, a alguien digno de ser admirado (y hasta venerado). Esa multitud tenía algo distinto, peculiar; estaba dotada de un alma colectiva: todos parecían sentir, pensar y obrar en torno a la imagen del Papa. ¿Qué político peruano podría lograr hoy ese tipo de aquiescencia colectiva? ¿Qué candidato presidencial estaba en condiciones de agolpar a las masas de una manera tan rotunda y espontánea? No había nadie, nadie en absoluto… y eso te jodía… te jodía sobre todo porque tú tampoco hacías nada para cambiarlo.
Léelo todo en Todo vale... Nada valen... .

2006/04/04

La Revista Voces

La Revista Voces de Madrid tiene como misión el proporcionar un medio adecuado para la difusión de obras de calidad escritas por autores noveles en lengua castellana.
En su número Nº LIII del mes de abril aparecen dos relatos míos. Los puedes leer visitando dicha página:

2006/04/01

Peor es nada

Publicado en la Biblioteca Cervantes Virtual
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Peor es nada es un microrrelato donde una verdad tácita desdice y afirma una extraña relación de pareja.
Lee la historia haciendo clic aquí: Peor es Nada

2006/03/25

¡LOURDES ESTÁ CASADA!



¡Lourdes está casada! Subrepticiamente, como afirmaría algún miope complaciente, pero bien casada, y hasta religada. Estamos ad portas de las elecciones presidenciales y, por fortuna, no son pocos los que han caído en la cuenta. Está casada con la plutocracia; Flores Nano es cónyuge de la insensible derecha que alberga a ese manojo de ricos que quieren eternizarse en el poder (y, así, ampliar la ancha franja que existe entre ellos y el pueblo ignorante… ignorante porque ignora lo que es progreso, bienestar social, justicia… y hasta ignora, ¡qué más da!, el significado de la palabra esperanza).

Humala tiene mujer y ambos, por notorias afinidades, han gestado un camino nefasto: el nacionalismo debería ser una razón rotunda para tacharlo de por vida, para desestimar de saque su propuesta con una arcada patriótica. Pero su demagogia encandila y cala profundo: sus maximalismos de progresista barato incendian una pradera que ya arde por culpa de las promesas incumplidas, la vergüenza ajena y la impotencia popular. Es comprensible: ¿quién no quisiera mandar a la hoguera a esa sarta de oportunistas, bribones y ladrones?

Alan es el árbol que creció torcido. Sus verborreas, mea culpas e histrionismos aquilatan la validez de esa frase que dice "la política es el arte de la mentira". García Pérez miente. Quiere encorsetar, corregir o al menos edulcorar sus desvaríos; pero es un juego. Es un actor talentoso que quiere volver a ser el director de reparto. Para el casting sólo hay un requisito: mostrar con beneplácito la credencial con la estrella roja. Y entre ellos, como antaño, se hará la repartija (un pésimo reparto, desde luego, porque la Casa del APRA no es ni será la Casa del Pueblo).

Ahí tenemos a la terna. Uno de ellos será nuestro futuro presidente. Seamos coherentes: si nuestra política está tan viciada, tan moralmente corrompida, entonces emitamos un voto acorde. Viciemos el voto. No creo que suene a disparate en el país de lo kafkiano: ¡estamos hartos, ya no queremos tener presidentes!

Borges, seguramente invadido por un optimismo desproporcionado, dejó dicho: "Quizá los hombres merezcamos algún día que no haya gobiernos". ¿Será posible?

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Imagen: el célebre Jesús Lora cercado por la sincera DERECHA, la IZQUIERDA apócrifa y el truculento RETROCESO... ¿Por quién votará? A su Derecha Flores Nano le muestra el dedito (¿se lo meterá a la boca?). A su falsa izquierda aparece Humala con la misma táctica que llevó a Fujimori al poder ("no a los partidos tradicionales... sí al salto al vacío"). Atrás, García Pérez, fiel imagen del búfalo que se abre camino como sea. La carrera hacia el poder de cada cinco años: Lo que menos importa es el pueblo.

2006/03/09

Jorge Eduardo Eielson

De no ser por Reynoso, yo, ignorante, no sabría quién es (no digo quién fue porque su literatura lo sobrevivirá) Jorge Eduardo Eielson (1924–2006). Todavía recuerdo como, yo, hundido en un silencio admirativo le escuché decir, “es que tenemos que entender qué es la poesía: ¡es la expresión de la belleza! Esa expresión de la belleza tú la puedes expresar a través de la palabra, de la música, los colores, a través de las formas. La belleza tú la puedes expresar por diferentes medios. Ése es el concepto que tiene Eielson, por eso cuando publica su primer libro le pone Poesía Escrita, porque él también hace poesía pintando.

Esta mañana, leyendo el blog de Gustavo Faverón, me entero de que Eielson ha fallecido en Italia. Acá, como el mejor tributo que se me ocurre darle, les entrego un fragmento de un libro que justamente me encontraba leyendo estos días.

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(...)


–¿Tienes algo que hacer mañana?

–Nada –contesté sorprendido.

–Siéntate entonces y juega, ocioso –mi tío ganaría siempre en tales juegos. Sus artimañas eran ya más viejas que la tierra y yo no podía competir con él. Podía, eso sí, borrarlo para siempre de mi existencia. Porque él podía jugar con la vida de los indios, apoderarse de sus tierras, juntar monedas de oro en un banco de provincia, emborracharse como un odre, insultar a todo el mundo, pero no podía jugar con las palabras, no podía afrontarme en esta partida de revancha en la que yo toda la vida habría de ganarle, aún después de muerto. Campas, amueshas o cashibos no podían subsistir fuera del cono de sombra que arrojaba mi tío, pero sus verdaderas vidas las compartían sólo con sus dioses. A ellos iban sus ofrendas de pájaros multicolores, sus olorosas joyas de semillas y dientes de mono, sus miserables muñecas de barro cocido, sus libaciones nocturnas bajo la luna llena. No hablaban mucho entre ellos, pero reían y cantaban siempre, chapoteando sobre sus propios excrementos devorados por los piojos y la tenia.

¿Qué sabes tú, Dogaresa, de tales santuarios humanos? ¿Los altares de San Pedro se enrojecen acaso cuando muere un cashibo en la selva del Perú? ¿Desaparece la sonrisa de La Gioconda? ¿Cae la torre de Pisa? ¿Venecia se hunde un poco más en el pantano que la espera desde hace siglos? Tu Gran Traje de Seda es el luto que yo te impuse para vivir a mi lado. Tú lo aceptaste. Lo arrastraste en las grandes ocasiones: ir al bistrot de la esquina y tomar un rouge y unas papas fritas, por ejemplo. Aceptar la invitación de un gordo insolente que te hacía la corte en mis propias barbas.

A veces hasta comprar una baguette debajo del hotel, con tu Gran Traje de Seda y baja por la escalera crujiente y hedionda de orines y humedad. Pero sobre todo aceptar la invitación de un gordo insolente que te hacía la corte en mis propias barbas. Un viejo amigo mío, decía él. Un gordo con hijos, además. Pero con automóvil y cuenta en el banco. Una terrible cosa que sudaba en pleno invierno y se llamaba Giuliano. Es decir Giulia con ano. ¿No te conté nunca quién era Giuliano? ¿Quién había sido antes de convertirse en ese gordo vestido de azul con camisa blanca y zapatos lustrados? Todos los años Giuliano dejaba mujer e hijos en Lima y volaba a París o Roma absolutamente convencido de que yo podía ofrecerle todo cuanto poseía, y que –él lo sabía bien– no era sino tu cuerpo. Como ello no sucedía, me arrastraba siempre a Pigalle o a la Pissaggiata Archeologica. Giuliano bufaba e invitaba a diestra y siniestra. Las putas lo adoraban. Las cargaba en el coche y terminábamos en su hotel. Al día siguiente las despedía y me deslizaba a mí también un cheque “para que te comprara ropa, pobre muchacha, se ve que te quiere mucho”. ¡Como si tu Gran Traje de Seda no bastara! Y “estos artistas locos que no piensan en el mañana” se miraba en el espejo y yo me arqueaba de náuseas simulando que reía contento y feliz, y él se vestía de nuevo esta vez de marrón color mierda cagado por dentro y por fuera y me preguntaba cómo le quedaba esperando que le lamiera el culo y yo se lo lamía porque pagaba anticipado y decía: “¡Formidable!”, y él me invitaba a tomar a tomar desayuno sin dignidad de mi parte y sin el menor embarazo de la suya me preguntaba qué cosas hacía contigo en la cama y que cuántas veces te lo metía y si te gustaba chuparlo y si no me ponías cuernos de vez en cuando y si no habíamos probado el menaje-à-trois con otro hombre puesto que a mí me debería gustar y ella ni qué decir. Luego el pobre Giuliano me hablaba de sus millones y de su fábrica y edificios en construcción y de la santidad de Blanquita, su mujer, y de la fantástica inteligencia de Jhonny y Robertito, sus hijos, que ya estaban en la universidad y estudiaban química industrial e ingeniería eléctrica en los Estados Unidos, naturalmente.

Giuliano, Dogaresa, es decir tú con ano, con panza, con zapatos lustrados, con millones. Algo incurable. Giuliano, dueño de fábricas de helados y chocolates. De margarina y ladrillos. De puertas y ventanas. Pero, sobre todo de helados y chocolates. ¡Quién lo hubiera dicho! ¿Sabes tú que era hijo de un italiano y una chuncha? ¿Qué era casi analfabeto? ¿Qué apenas llegado a Lima de San Ramón “una dama de mucho nombre” se enamoró perdidamente de él? Era un muchacho muy guapo, entonces, Giuliano. Las mujeres se morían por él.

Jorge Eduardo Eielson, Cuerpo de Giulia-no

2006/03/01

Hablando de gordas...

Acabo de revisar un comentario que me llamó mucho la atención. Me lo envía gentilmente Lilith (mnemosina@elparnaso.com), y analiza mi narración Ella se sabe gorda:

Es interesante el contraste que le has dado a la historia entre el párrafo del principio, que tiene una nota de esperanza, y el del final, que termina en un quejido desanimado. Has captado perfectamente la amarga frustración, tan pocas veces comentada pero tantas veces sufrida, de aquellos que van de dieta en dieta y esfuerzo en esfuerzo, sabiendo que todo es inútil, ya sea por su propia falta de constancia y entusiasmo o por la inevitabilidad de su constitución.

”El texto se permite ser de lo más prosaico y, a la vez, tocar esa vena sensible que tantos tenemos en este medio que nos obliga a ser estéticamente muertos de hambre y nos culpabiliza si no lo conseguimos. Muy interesante.


2006/02/20

QUIPU: LITERATURA DESCENTRALIZADA




Antes que nada, le agradezco a Gustavo Faverón (GF) por haber dado un paso que estimo fundamental rumbo a la tan necesaria descentralización de nuestra literatura.

Que nuestra literatura es tan rica y variada como nuestra gastronomía es una verdad que nadie puede discutir. Tampoco se puede discutir otra verdad que –y lo digo con mucha pena y desazón– ha pasado a ser un dogma: si no escribes desde Lima o pensando en Lima estás condenado al, si cabe el término, ostracismo literario: al destierro (y en el mejor de los casos a la indiferencia) del circuito editorial capitalino. El escritor provinciano es (salvo raras excepciones), el réprobo por antonomasia en un oficio que ya es de réprobos; es la pluma que no tiene acceso a un tintero teñido de centralismo (la literatura lamentablemente tampoco puede mantenerse indemne de los vicios que dictan que EL PERÚ ES LIMA y que LIMA ES EL PERÚ).

La idea de GF de aprovechar, de exprimir al máximo las oportunidades que da la red de redes (internet) para difundir las elucubraciones de autores del interior del país (sin cerrarles la puerta a los autores de la capital), me parece inestimable.

Ojalá este novel proyecto tenga el éxito que se merece. Felicito nuevamente a GF, quien, sin estar en el país, pone su necesario aporte en busca del engrandecimiento de nuestras letras. Muchos de los que sí estamos acá deberíamos emularlo.

QUIPU: Literatura Descentralizada”, es el nombre del proyecto que busca publicar en soporte electrónico a autores “que, por uno u otro motivo, tengan dificultades de acceso a los medios masivos de comunicación o al circuito editorial”.

Los invito a leer un par de relatos míos recientemente aparecidos en QUIPU.
"Tendré que confiar en ella" (242 palabras):
"3:15 p.m." (992 palabras):

2006/02/18

3:15

Es algo más que simple: que yo recuerde, me pasa todos los días y dura sólo un minuto, raras veces dos. Mi ojo izquierdo se trastorna justo a las tres y cuarto de la tarde. He hablado al respecto con infinidad de oculistas y ellos siempre, dibujando sonrisas incrédulas o musitando ñoñerías, han dudado de la veracidad de mi singular afirmación. Los más generosos me tildan de hipocondríaco; otros –hablo de los peores– me recomiendan sin el menor empacho a curanderas o loqueros y asocian lo mío a paranoias y delirios pasajeros. ¡Ya estoy harto de los escépticos de bata blanca!
En cierta ocasión, tuve a mal el tomar una previsible decisión: asistir a una nueva consulta médica exactamente a las tres de la tarde. De esta manera, un experto en la materia estaría a mi lado en la hora crucial.
-Ahora veo distinto, doctor –le informé señalando mi ojo izquierdo con ambos dedos índice. El consultorio era el más escueto de todos los que había pisado: apenas había un minúsculo reloj de pared escoltado por un par de diplomas del colegio médico. Eran, pues, las tres y quince.
-¿Cómo dice? –me preguntó acercando el oftalmoscopio… ya me sabía de memoria el nombre de ese aparato que no servía para nada que no fuera perder el tiempo.
-Con el izquierdo, doctor, el problema es con el ojo izquierdo. De mi ojo derecho no tengo quejas.
-¿Ve o no ve con el ojo izquierdo?
-Veo, pero veo cosas que no quisiera ver, ése es el inconveniente. Veo cosas que, ¡créamelo!, preferiría no ver.
-¿Qué ve?
Recién acababa de conocer al doctor Camargo. Apenas quince minutos atrás le había estrechado la mano por primera vez en toda mi vida –me lo recomendó mi primo Nemesio, decía que era de los mejores oftalmólogos de la ciudad –; pero con el ojo izquierdo veía muchas cosas ocultas, íntimas: la noche anterior, saliendo casi a escondidas de un prostíbulo de la avenida Ejército… corriendo hacia su auto… ¡Está muy asustado! El pobre no lo puede ocultar: tiene miedo de que alguien lo reconozca. Sube a un vehículo plomizo y, nervioso, se seca el sudor de la frente con su corbata cuadriculada. Mira hacia todos los lados y recién enciende el motor…
-Veo su canita al aire de anoche, doctor –le dije con la mayor naturalidad del mundo-. Eso es lo que veo: ayer usted se fue de putas.
Se sonrojó y empezó a sudar, pero esta vez no se secó la frente con la corbata (era la cuadriculada, la misma de ayer), sino con un pañuelo que sacó de uno de los cajones del escritorio.
-No sé de lo que me habla… –me dijo agachando la cabeza y regresando el pañuelo al cajón.
-¿Quiere que siga? –le pregunté.
Bastaba mirarlo para saber lo que el infeliz quería: que me retirase cuanto antes de su consultorio. Las imágenes, una tras otra, seguían desfilando por mi ojo izquierdo: tres jóvenes, seguramente sus hijos, todos lejos, muy lejos… una mujer con la cabeza rapada, el rostro desencajado y un cuerpo depauperado que reposa en una cama de sábanas rosadas: ¡era su esposa y estaba muy enferma!
-Los tres se fueron para siempre –le dije con mucha pena.
-¿Quiénes? –me preguntó pasmado.
-Sus hijos, doctor. No los volverá a ver.
-¡Qué sabe usted de mis hijos! –exclamó dibujando un mohín de desprecio-. ¡Loco! Está usted medio loco… y si no medio, entonces completamente.
Lo miré estudiando todos sus movimientos y quise decirle que el único loco era su hermano mayor (estaba atado a una camisa de fuerza en la habitación de un hospital que yo no alcanzaba a reconocer)… pero eso no venía al caso, además había cosas más importantes que decirle:
-Vaya a verla pronto, no pierda más el tiempo conmigo.
Me miró, pero esta vez ya no pasmado, ahora estaba totalmente aterrado. Se soltó la corbata y me preguntó:
-¿Qué carajos le pasa a usted?
-A mí nada pero a su mujer, en cambio, le está pasando de todo: va a morir esta noche. Ella ya lo presiente, por eso quiere verlo, quiere ver a sus hijos… Oiga, disculpe que me entrometa, pero me parece inaceptable: ¡su mujer está en las últimas y usted que se va de putas! Vaya, doctor, ¡vaya a verla ahora mismo! Despídase y dígale que ellos no volverán… No sea cobarde, ¡dígale la verdad!
-¿De qué verdad me habla, loco de mierda?
-De la verdad, la verdad más oculta… la verdad que su mujer se iba a llevar a la tumba: ella se acostaba con ese tipo alto, bigotón, el de la casa de rejas y el jardín de magnolias, creo que es su vecino.
Se paró deprisa de su asiento y me lanzó un bofetón tan fuerte que casi me tira al suelo.
-Creo que es su vecino, doctor… –fue lo último que le repetí.
-…También mi mejor amigo –me dijo y, como un poseso, salió corriendo del consultorio. ¿Hacia dónde? Eso sólo Dios lo sabe.
A los dos días pasé deliberadamente por el cementerio. Estaban enterrando a la esposa del oculista. Había muy poca gente, apenas un racimo de veinte personas. No estaban ni el doctor Camargo ni sus hijos… tampoco su vecino (el sujeto del mostacho, de las rejas y las magnolias). Mientras me preguntaba qué habría sido de ellos dos, me acerqué al cortejo fúnebre percatándome de que todos me miraban extrañados. Al poco rato, me di cuenta de que estaban esperando al párroco del cementerio para rezar el responso. El Padre Joaquín era célebre por su impuntualidad.
-¡Qué barbaridad, no llega el Padre! –exclamó una mujer que estaba casi a mi costado. Me miró, se abanicó el rostro y lo pensó bastante antes de preguntarme-: ¿Qué hora tiene usted, por favor?
-Las tres y diez –le dije muy angustiado, y salí casi corriendo del cementerio. No hubiera sido nada saludable el estar allí a las tres y cuarto.
08-II-2006

2006/01/23

Suspiro Surrealista

Publicado en Gambito de Peón
de Ricardo Sumalavia.
___



Ayer franqueé ariscos ríos voladores de enardecidas aguas sólidas, y alcancé a auscultar una miríada de cebras violetas con cuernos de unicornio gallego.

En un sendero evanescente, me bramaron un millar de perros sofistas (que, de rato en rato, maullaban como anacondas astrales); y, más luego, me hicieron ceremoniosas venias unos gatos políglotas (que ladraban en silencio como los alacranes marinos del desierto de Atacama).

Arribé, extenuado, a un paraje locuaz en donde olí a nerviosas estatuas de sillar que, movedizas, inhalaban un viento pétreo; y se me aproximaron unos huracanes de olores amargos (y con sabores hirvientes): fui, allí, presa de un kilo de colores transparentes bañados en una oscuridad luminosa que provocó incipientes risas entre almas de hojalata y masas etéreas.

Y, con la ayuda de un tentáculo de alfil londinense, tomé presurosa nota de sucesos inextricables que devendrían en el otoño: Mayorías ricas y minorías pobres, ¡Liberales bermellones y Comunistas anémicos!, ¡Incas que invadirán Madrid y Aztecas que devastarán Barcelona!

Cuando sentí mi propia muerte, un cuervo níveo me masculló entre sollozos turgentes: “La América será para los americanos y no sólo para los de la buhardilla, sólo habrá armas de juguete… y panes de a verdad. Las fronteras serán de cartón y las manos estarán enlazadas...”
Yo, antes de despertar, lamí al cuervo con el ombligo de la oreja de mis caderas, y le dije: “Esto es una patraña, Odiseo: ¡es un suspiro surrealista!”.
© Orlando Mazeyra Guillén, 2006.

2006/01/20

OSWALDO REYNOSO: «El agnosticismo es una reverenda pendejada»

PARTE II





El escarabajo y el hombre: una novela experimental

–Hablando de la novela corta, ¿por qué su novela corta El Escarabajo y el hombre lleva el nombre de “novela experimental”?
El Escarabajo y el hombre es una novela experimental por lo siguiente: Primero, por el tratamiento del lenguaje. En la lengua hay tres formas de expresión: a) popular, b) estándar, c) literaria. En la lengua popular nos emparentamos con la jerga; estándar es la forma, digamos, culta; literaria es cuando utilizamos la lengua para la expresión de la belleza. Uno puede hacer literatura tomando la lengua estándar o tomando la lengua coloquial…
–Se puede mezclar ambas, también –lo interrumpo.
–A eso voy a llegar. La lengua popular o regional es peculiar y tiene un par de características: Primero, su ámbito de comprensión es limitado: las palabras que se emplean en Lima no se emplean en Arequipa, y las palabras que se emplean en Miraflores no se emplean en Huaycán. Y en segundo lugar: son efímeras.
–Pasan de moda.
–Así es. Pero la forma estándar no pasa de moda. La forma estándar es la que en este momento estamos utilizando, es la que yo utilizo cuando doy una clase, es la que utiliza un señor en México cuando escribe un tratado y cualquier hispanohablante lo entiende. La forma literaria, en cambio, busca la belleza. Puedes emplear una de las dos para expresar belleza. Antiguamente se creía que sólo se podía hacer belleza sólo con la forma estándar. Pero ahora la literatura puede hacer belleza con las dos, que es lo que dice Arguedas. El escarabajo y el hombre es experimental porque allí tu encuentras dos formas trabajadas..
–Son capítulos alternos.
–Así es; pero además hay otra cosa: son 3 historias. Una es la que cuenta el alumno al profesor, otra es lo que se habla del escarabajo y finalmente los diálogos de los dos hombres que caminan en la carretera. Durante la lectura ninguna de las tres historias tiene que ver.
–Son independientes.
–Sí, pero cuando tú terminas de leer, la novela estalla.
–Como que convergen –apostillo.
–Los tres convergen: encuentras lo popular, lo estándar y el diálogo. En el proceso de la lectura tú encuentras vínculos que no están dichos. Cuando terminas de leer se te aclara. Es un experimento en lo que se refiere a lenguaje, experimento también en lo que se refiere a bloques narrativos, y, además, experimento en otra cosa: todo lo que dice el alumno a su profesor sucede en la noche, es la sombra de la vida; pero los dos tipos que caminan en la carretera lo hacen a pleno sol.
–Hay contrastes.
–Por todo esto hay un trabajo experimental.
–En la contratapa de esta novela aparecen unas palabras de Beto Ortiz. ¿Qué relación lleva usted con Beto Ortiz?
–Bueno, yo cuando llegué de China, el vino a buscarme para hacerme un reportaje. El trabajaba en canal cinco.
–¿En Panorama?
–Así es. De allí nació mi amistad con él.
–Y le gustó lo que él escribió.
–Sí, él escribe bien.
Cuando el escritor se acomoda a su sociedad no sirve: la literatura es ver a la sociedad con otros ojos
–Si lo obligo a elegir una de todas las obras que ha escrito, ¿cuál elegiría?
–Ninguna. Porque para mí todas las obras de un escritor pertenecen a una sola novela.
–Su novela En octubre no hay milagros es una especie de, digamos, burla de algo tan inveterado, tan arraigado en nuestra sociedad, ¿no le pareció demasiado peligroso?
–Pero la literatura siempre es riesgo. Cuando el escritor se acomoda a su sociedad no sirve. La literatura es ver a la sociedad con otros ojos, ver otro punto de vista…
El agnosticismo: una reverenda pendejada
–Usted, ¿qué religión profesa?
–Ninguna: yo soy ateo.
–¿Y por qué no se da el beneficio de la duda: el agnosticismo?
–No, no, no. Eso del agnosticismo a mí me parece una pendejada… una reverenda pendejada.
–Como decía Engels –le digo–: “El materialista vergonzante”.
–Una reverenda pendejada –me lo repite–: o uno cree o no cree.
–Pero si lo vemos como algo que es inaccesible a nuestro entendimiento, podemos ser agnósticos, porque es algo que no entendemos.
–Yo entiendo que no puede existir –me dice con firmeza y agrega–: Y, además, yo soy un ateo comprobado.
–Benedetti dice: “yo soy ateo, pero creo en un Dios personal: mi conciencia
–Yo creo en la conciencia –me dice, y acota–: pero no como un Dios. Y yo soy un ateo comprobado.
–¿Y por qué me repite eso?
–Yo soy un ateo comprobado porque cuando… –trata de recordar– estaba acá –señala su habitación– y tuve fuertes dolores de estómago y tomé pastillas para el dolor y vino el médico y no ubicaba mi enfermedad. Y yo caí en un estado de inconsciencia y me llevaron moribundo al hospital. En el hospital, al llegar me hicieron unos análisis y me iban a hacer una operación muy riesgosa. Yo me recuerdo en el quirófano y también recuerdo a un cura que me decía que me arrepienta de mis pecados y yo le dije que yo era ateo.
–Este testimonio es bien fuerte.
–Yo le digo al sacerdote –continúa–: “Yo soy ateo”, y él insistió. Yo le dije: “mire, usted señor, usted no tiene ningún derecho de venir a perturbar mi tránsito a la muerte. Usted no tiene ningún derecho: serán sus creencias pero no mías. Así que le pido, por favor, que se retire”. Estaban los médicos y las enfermeras, pero el otro insistió. Entonces le dije: “Oye, conchatumadre, ¡te vas, carajo, o me levanto y te saco a patadas de acá!
–Eso confirma totalmente su ateísmo porque dicen que en el temor de la llegada de la muerte, muchos ateos se convierten, se arrepienten.
–Por eso soy un ateo comprobado. Muchos se arrepienten, pero yo estuve al borde de la muerte y lo mandé a la mierda al cura –y sonríe, como sintiéndose orgulloso.
–Benedetti dice que “la vida es un paréntesis entre dos nadas”. ¿Para usted qué es la vida?
–Nunca me he preocupado en definir la vida, lo único que me interesa es vivirla.
–Pero en base a su experiencia personal, ¿no le puede dar una definición?
–No, ¿para qué?

La soledad, la muerte y Aladino
–Usted es soltero. Pero el tema de la soledad no lo ha expresado en sus obras…
–Yo exploté… No exploté, sino que hablé de la soledad en Los Eunucos Inmortales. Hablo de la soledad. Pero yo no he vivido solo, siempre he estado bien acompañado. Para mí no hay ningún momento de soledad y, al contrario, yo quisiera tener soledad y no puedo.
–Y el tema de la muerte, ¿usted piensa en la muerte?
–Por el momento no pienso en la muerte.
–¿No le teme a la muerte?
–No pienso en la muerte –me lo repite–, no tengo tiempo para pensar en la muerte: estoy muy ocupado en vivir como para pensar en la muerte.
–Y ¿qué me puede decir de su libro En busca de Aladino?
–Te voy a leer la primera parte: Sheherezada inicia el relato del cuento de Aladino y la lámpara maravillosa diciendo que en la antigüedad del tiempo y el pasado de las edades y de los momentos, en una ciudad de China, de cuyo nombre no me acuerdo en este instante, había –pero Alá es más sabio- un hombre que era sastre de oficio y pobre de condición. Y aquel hombre tenía un hijo llamado Aladino, que era un niño mal educado que desde su infancia resultó un palomilla muy enfadoso... ¿Pero cuál es esa ciudad entre las ciudades chinas? Mohamet, un amigo palestino, me informa que, por lo general, las alusiones a ciudades chinas que aparecen en los cuentos árabes se refieren a las de la actual región autónoma uygur* de Xinjiang, en el centro de Asia, Por otra parte, amigos chinos dedicados al folclor me indican que ninguna etnia de China tiene un relato con tema similar al de Aladino, es decir, en cuanto al tópico central de una lámpara dispensadora de maravillas. Sin embargo, es posible, hacen la salvedad, que en la tradición oral o escrita de los uygures se descubra algunos vestigios de tal tema. Pues bien, decido viajar a Xinjiang. Mi objetivo es ubicar esa ciudad entre las ciudades de China. Deseo encontrar a Aladino jugando en plena calle con los muchachos de su barrio, como se dice en el relato. Es preciso advertir, desde ahora, que en esta búsqueda no hay ningún interés de investigación erudita sobre tal tópico literario. Presiento que es la apasionada exploración de una moral de la piel. Y en esta aventura, sólo utilizaré como referencia la atmósfera voluptuosa que emana del cuento de Las mil y una noches y las descripciones sensuales y frutales que se hacen de Aladino. Ojalá que pueda encontrar el ambiente real del cuento que me mostró lo que pudo ser la maravilla de mi adolescencia.
–Usted trata de encontrar el lugar de origen del cuento…
–Buscando a Aladino quiero encontrar el ambiente real del cuento.

La política, la religión y el poder de la literatura

–Usted es de izquierda, pero ¿nunca ha tenido una filiación política?
–Lo que pasa es que la filiación política recorta la libertad del escritor. Porque si tú perteneces a un partido político tienes que seguir una línea política.
–Lo que habla Vargas Llosa de los gregarismos que te quitan la libertad individual…
–Claro, tienes que ponerte al servicio político. No es lo mismo la política que la ideología. Yo soy de izquierda, mi ideología es de izquierda, pero no pertenezco a ningún partido político.
–Dicen que la religión es el opio de los pueblos. ¿Cómo puede hacer el escritor para exterminar este opio?
–Dejando de creer en la religión como yo.
–Pero uno, sólo, puede dejar de creer pero ¿y los demás?
–La gente siempre cree en lo sobrenatural: cuando no se explica lo que se ve, inmediatamente se cree en lo sobrenatural.
–Vargas Llosa en su juventud era sartriano. Creía que la literatura podía cambiar el mundo. Pero ahora ya no cree eso. ¿Usted cree en la literatura puede cambiar el mundo?
–Sí, y la prueba de ello es que los regimenes dictatoriales, cuando llegan al poder, queman los libros.
No hay gran ni pequeño escritor
Mientras, recargo la grabadora, Don Oswaldo me ofrece un trago. Le digo que me gustaría un pisco. Y mientras sirve dos copas, le sigo lanzando preguntas:
–Si usted tuviera que elegir al mejor escritor peruano, ¿a cuál elegiría?
–En estos momentos a ninguno porque estoy tomando pisco.
–Pero todavía no ha bebido ni una gota –le digo, sin esperar un instante.
–Pero voy a tomar pisco. Porque para mí un escritor tiene valor en el momento en que lo leo. Hay veces que tengo deseos de comerme un cebiche y hay veces que no me agrada comer un cebiche, ¿no es cierto? Lo mismo pasa con los escritores. Porque para mí la lectura de un poema o una novela es un placer, y ese placer está en relación directa con lo que a uno le está pasando. De tal manera que para mí no hay ni gran ni pequeño escritor. La literatura cumple una función cuando alguien la lee: hay veces que leo a Proust y me aburre y hay veces que no me aburre.
–Pero si le lanzo nombres, usted puede decir que prefiere a uno de los dos. Por ejemplo, si le digo: ¿Ribeyro o Vargas Llosa?
–Depende del estado en que me encuentre –y, levantando su copa, agrega: ¡salud!
Bayly: un payaso en la vida y en la literatura
–¡Salud! –respondo y sorbo el pisco–. Usted dio una conferencia, hace unas semanas, en el Centro Cultural Peruano Británico y habló, entre otros, de Bayly. Yo creía que a usted le gustaba la literatura de Bayly.
–¡No, no, no! Bayly a mí no me agrada en absoluto. Me parece un payaso, payaso en la vida y en la literatura. Las novelas de Bayly son una farsa… La única novela de Bayly que me agradó ha sido Los últimos días de La Prensa: allí hay cosas muy interesantes. Pero los otros libros no pasan de ser novelitas rosas, ¿cuál es la característica de la novelita rosa? La característica de la novelita rosa, que después la han tomado en la televisión, en las telenovelas, es la siguiente: hay un tipo que tiene “nombre”, dinero, comodidades y se enamora de la florista o de la modistilla, en el siglo XX se enamora de la criada, y en base a ese desencuentro funciona el conflicto, como Natacha.
–Para usted ¿la literatura de Bayly es muy light?
–En las novelas de Bayly siempre hay un personaje rico, con poder, y que tiene amores de clase media. Allí viene el problema: ¡siempre es lo mismo! Él, en ese esquema, ha variado a la modistilla, a la florista y a la empleada con un joven… Pero si tú desnudas la novela resulta que siempre es el mismo esquema: ¡por eso tiene éxito!
–Y es repetitivo, da vueltas en lo mismo…
–Es el mismo esquema de novela: ¡una farsa! Pero yo no considero que las novelas de Bayly sean light. Hay una muy buena literatura light (…) Lo que hace Bayly no es literatura light, es literatura basura.
–O sea que para usted la literatura de Bayly no sirve para nada.
–No, para nada. ¿Tú puedes leer a Bayly tres veces?
–No.
–¿Entonces?

Alberto Fuguet
–Y ¿ha leído algo del escritor chileno Alberto Fuguet?
–Sí.
–¿También le parece asociado a lo de Bayly?
–No.
–¿Es mejor?
–Es mejor, ¡por supuesto! ¡Tinta Roja es superior, por supuesto! Hay otro libro…
–¿Sobredosis?
–No lo recuerdo ahora…
–Pero a ambos los enmarcan en el mismo grupo…
–No. Ya te dije que hay una gran literatura light y Bayly no tiene, tampoco, que hacer nada frente a la gran literatura erótica. Absolutamente nada, es un farsante.
Vargas Losa y el reconocimiento social
–¿Y la literatura erótica de Vargas Llosa?
–¡No! No me gusta, es muy fría.
Elogio de la madrastra, ¿no le gustó?
–Muy fría…
–Y ¿Los cuadernos de don Rigoberto?
–Muy fría también –repite, con desdén.
–¿El tema del Nóbel?
–No –con mayor desgano.
–Es un tema que me parece muy complejo: ¿usted cree que Vargas Llosa merezca el Nóbel de Literatura?
–Para mí el Nóbel de Literatura no tiene ningún significado. Porque en el siglo XX se dieron 100 premios. A esos cien ¿quiénes los leen?
–¿Has leído algo de Echegaray?
–No.
–¿Algo de Jacinto Benavente?
–No.
–Gabriela Mistral ¿te gusta?
–Sí, pero la he leído muy poco… en el colegio.
–(Aplaude) ¿Ya ves? A mí nunca me han gustado los premios…
–Pero si usted es ateo y, en consecuencia, todo se acaba con la muerte; entonces el hombre, que es consciente de todo esto, busca algo que lo inmortalice, que lo haga pasar a la posteridad…
–En primer lugar, eso es una masturbación inútil, porque después de muerto nadie te va a avisar que pasó. ¡Es una masturbación! “Yo imagino...”, “yo no sé que va a pasar...”. Las cosas se deciden aquí, ahora y para siempre. Lo demás es masturbación.
–Pero –insisto– es una forma de defender la vida: el reconocimiento social es una forma simbólica de vencer a la muerte porque Vargas Llosa puede morir o mañana.
–Claro.
–Pero con el reconocimiento ya trascendió…
–Pero él ya sabe, pues...

2006/01/15

El Duque

Tal y como acostumbraba todos los fines de mes, Don Eleuterio –nuestro patrón– juntaba a sus peones, y nos leía alguna historia a la luz de una enorme fogata que, de cuando en cuando, atizábamos con arbustos secos y algunos residuos que a menudo nos dejaba la cosecha.

Los cuentos siempre nos resultaban aburridos; pero, esa noche, desde un inicio, todos quedamos prendados de la historia. La muerte de los Arango, era el título del relato (no podría olvidarlo). Trataba sobre una epidemia de tifus que aniquilaba sin piedad a pueblitos andinos como el nuestro. Recuerdo que ni bien don Eleuterio terminó de leernos la historia, Pancho echó unas lágrimas y, tembloroso, se persignó dos veces mirando al cielo.
Nadie abría la boca. El patrón nos contemplaba en silencio, aunque yo presentía que nos quería decir algo pero como que no se atrevía (o no encontraba las palabras)… Y así permanecimos hasta que la fogata se agotó.

–Ya es tarde –dijo por fin el patrón–. Vayan todos a dormir.

Yo me acerqué a él y casi agachando la cabeza, le pregunté:
–Patrón, ¿eso del tifus es cierto?
–Claro –me dijo y, señalando al Duque, agregó–: así que siempre hay que tener cuidado con los piojos, Teodoro.
Yo lo quería mucho al Duque, lo consideraba el hermano que nunca tuve. Cuando el patrón lo trajo era un cachorrito muy tímido y escurridizo. Me ofrecí a cuidarlo apenas lo vi. Siempre dormía en mi cama y me levantaba temprano lamiéndome la frente. Pero esa noche, después de escuchar a don Eleuterio, no quise dormir con él:
–No vayas a tener tifus –le dije y lo espanté de mi catre lanzándole mis ojotas sobre la cabeza.
El lo comprendió inmediatamente, porque me miró con tristeza y se salió de mi habitación.
***

–¡Teodoro, Teodoro! –me despertó por la mañana Pancho–. ¿Dónde está el Duque?
–No sé –le respondí desperezándome.
–¿Acaso no siempre duerme contigo?
–Ya no –le dije con cierta congoja.
Lo buscamos infructuosamente. Nunca más lo volví a ver… Tampoco volví a ver al patrón, porque el mismo día que desapareció el Duque, don Eleuterio cayó gravemente enfermo.
–¡Yo lo he visto al patrón! –exclamó Pancho, persignándose–. ¡Tiene manchas, manchas como costras en toditita su cara!

–¿Manchas? –pregunté, asustado.
–Sí –me dijo–. Le ha dado tifus. Nos tememos que ir como el Duque.
–¿Adónde iremos?
–Adonde sea –dijo antes de pronosticar una gran calamidad–: ¡si nos quedamos, moriremos!
–¡Cállate! –exclamé–. No va a pasar nada. Te apuesto que el Duque aparecerá pronto… debe andar tonteando por ahí.
Pero lo único que apareció fue esa maldita epidemia. El patrón murió justo a fin de mes. Luego de enterrarlo decidimos quemar el libro de cuentos. Lo buscamos por todo el caserío pero nunca lo encontramos (talvez don Eleuterio ya lo había quemado).
–¿Por qué no me hiciste caso? –me preguntó Pancho, postrado en su catre.
Me puse a llorar y lo abracé desconsolado.
–Al menos el Duque se salvó –me dijo, y se persignó dos veces con los ojos cerrados.

15/I/2006

2006/01/10

OSWALDO REYNOSO: «VARGAS LLOSA MANEJA GRANDES ESTRUCTURAS PERO SU USO DE LA LENGUA ES MUY POBRE»

Parte I
Las líneas que vienen a continuación conforman –dentro su caos y de su estructura sui géneris– la primera parte de la castigada síntesis a la que fue injustamente sometida una larga y amena conversación entre un experimentado escritor (destacado representante de la pródiga generación del 50) y un escribidor que, como se notará en los párrafos ulteriores, en todo instante trató de ocultar sin criterio su vasta ignorancia en temas de índole literaria.



Cartas a un joven poeta
La fría tarde de un sábado del mes de mayo fui al encuentro de Oswaldo Reynoso. Él vive en una pequeña habitación atestada de libros (y de objetos de inconfundible raigambre china), en una casa del distrito de Jesús María. Allí me recibió dándome, desde un inicio, muestras de una inmerecida calidez: «No me digas Doctor, dime Oswaldo nomás». Pero mi admiración y, sobre todo, la plena conciencia de mi carácter de escribidor incipiente (y a la vez insipiente) no me permitieron el siquiera atreverme a tutear a este magnífico escritor:
–Don Oswaldo ¿qué les podría decir a los jóvenes que tienen miedo de emprender este camino de la literatura… de las letras… y no saben si dar o no dar el paso? ¿Cómo puede estar uno seguro de dar ese paso en este mundo tan mediático en donde todo gira alrededor del dinero y cuando sabemos que esta actividad es, como el título del programa de Thays, un “vano oficio”?
–(Sonríe de buena gana) ¿Tú has leído Cartas a un joven…?
Cartas a un joven novelista de Vargas Llosa –lo interrumpo–. Sí, sí he leído ese libro.
–No. Te recomiendo que leas Cartas a un joven poeta de Rainer María Rilke (1).
Entre la poesía y la narrativa
Le cuento que estuve en el jirón Quilca comprando sus libros y le comento, con algo de molestia, que lo único que se encuentra de su producción literaria en Arequipa es una edición pirata de En octubre no hay Milagros. «Yo te hubiera regalado mis libros –me dice–. ¿Tú has leído Los Eunucos…?»
–No –le respondo–, recién lo acabo de comprar. También me he comprado El escarabajo y el hombre… En algunos de sus libros aparece 1931 como el año de su nacimiento, y otros 1932 ¿Cuál es el verdadero año?
–Yo nací en 1931. Tengo 73 años.
–Y su primera obra fue a los treinta años.
–Más o menos…
–Antes, usted había publicado Luzbel, un poemario. ¿Al comienzo usted quiso ser poeta?
–Sí.
–¿Y por qué abandonó la poesía y se metió en la narrativa?
–¡No sé por qué! –responde con fuerza e inseguridad.
–¿Hasta ahora no lo sabe?
–No… Aunque yo, en realidad, siempre he escrito poesía… poesía y narración al mismo tiempo.
–¿Y por qué no ha hecho reimprimir su poemario Luzbel?
–Porque me parece que no es una buena poesía.
–¿Acaso usted todavía era muy joven?
–Pero de todas maneras te repito que yo siempre he escrito poesía y narrativa desde cuando era joven. Pero después dejé la poesía y me dediqué a la narrativa.
Los Inocentes
–Su primera obra narrativa, Los Inocentes, la escribió en pocos meses.
–Más o menos.
–¿Cómo pudo hacer una obra magistral en tan poco tiempo?
–¡No! No se trata de tiempo. La creación literaria tiene varios procesos. El último proceso es la escritura. Pero anteriormente uno va elaborando de acuerdo a sus experiencias, de acuerdo a lo que ve. Así va acumulando una serie de cosas y va buscando la técnica, el tratamiento del lenguaje. Y fundamentalmente en una obra narrativa hay que ver dos aspectos: el trabajo del lenguaje y el trabajo de las macroestructuras. En el trabajo del lenguaje hay que lograr una expresión bella. Eso no quiere decir prosa poética, poética entre comillas.
–Arguedas dice que Los Inocentes muestran una mezcla de la jerga juvenil con la alta poesía.
–Claro.
–Pero no le parece que no se trata de alta poesía sino de una prosa bien tratada, bien elaborada.
–Es que tenemos que entender qué es la poesía: ¡es la expresión de la belleza! Esa expresión de la belleza tú la puedes expresar a través de la palabra, de la música, los colores, a través de las formas. La belleza tú la puedes expresar por diferentes medios. Ése es el concepto que tiene Eielson, por eso cuando publica su primer libro le pone Poesía Escrita porque él también hace poesía pintando.
–Claro, hay diversos medios para crear poesía.
–Y como te decía, la poesía, en términos generales, es la expresión de la belleza y ésta puede expresarse a través de la palabra. Y a través de la palabra lo podemos hacer a través de la narrativa o a través de un poema, por ejemplo.
–¿Usted hace poesía a través de la narrativa?
–Sí, pero la poesía no necesariamente es lo que podríamos llamar «poesía poesía». La poesía se caracteriza porque trabaja la imagen, el ritmo y la musicalidad de la palabra. Entonces la expresión escrita, para ser poesía, necesariamente tiene que trabajar con la imagen y al mismo tiempo la lengua tiene que ser trabajada en ritmos. La narrativa también es la expresión de la belleza, pero ésta se da a través de asuntos, estructuras temporales. En toda narrativa tú encuentras dos elementos: la palabra (y en eso se emparenta con la poesía) y al mismo tiempo se encuentra el empleo de las macroestructuras (el manejo del tiempo, de los personajes, de las situaciones, etcétera).

«VARGAS LLOSA MANEJA GRANDES ESTRUCTURAS PERO SU USO DE LA LENGUA ES MUY POBRE»

El tema de la poesía atrapa a Oswaldo Reynoso: «Hay narradores que dan mayor importancia a la macroestructura. Y, digamos, su lengua es un poco pedestre: ¡no dan importancia a lo bello! Ellos hacen grandes construcciones novelísticas, ése es el caso de Vargas Llosa: él maneja grandes estructuras, pero, si uno examina bien, el uso de la lengua es muy pobre»
–¡Usted me está diciendo que la lengua de Vargas Llosa es pedestre?
–No pedestre –y se detiene un instante–. Digo que a él lo que más le preocupa son las macroestructuras. El lenguaje en Vargas Llosa no es bien trabajado. Cuando uno lee a Vargas Llosa no encuentra imagen, no encuentra una prosa bien trabajada. Y, últimamente, lo que más le interesa en sus novelas, como La fiesta del Chivo y El Paraíso en la otra esquina, es sólo dar información.
–¿Cuál le parece la mejor novela de Vargas Llosa?
La guerra del fin del mundo, y como novela corta Los cachorros.
–¿No le parece muy extensa?
–¡No! A una novela nunca se la juzga por su extensión.
–Pero algunos dicen que las mejores novelas son las que son largas…
–No, nadie ha dicho que la novela es corta o extensa.

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(1) Si deseas -en formato PDF- el libro que recomienda Oswaldo Reynoso (Cartas a un joven poeta), lo puedes descargar en la siguiente dirección:

2005/12/14

URGENTE: Busco un retazo de felicidad (*)


Después del almuerzo siempre hace lo mismo: prepara, a fuego lento, una infusión de anís con ramitas de apio en un viejo jarro de porcelana; mientras espera que enfríe “su mate digestivo” (así lo llama en las esporádicas tertulias familiares), se calza morosamente las abrigadoras pantuflas de lana que se compró en Juliaca durante las vacaciones del invierno pasado; y, conteniendo un ligero bostezo, se envuelve en una gruesa bata azulina que, tibia, siempre lo espera oreando en el cordel que atraviesa el jardín contiguo a su recámara; luego vierte la infusión en una rústica taza de arcilla que lleva su nombre con letras de imprenta: RAÚL RAMÍREZ; limpia sus gafas con un borde de la manga izquierda de su misma bata, se hunde en su sofá de descanso vespertino, y gasta al menos dos horas leyendo un par de periódicos (uno ‘serio’ que llega desde la capital, otro ‘informal’ que es del ámbito local).
(*) Fragmento de mi cuento inédito (155 palabras de 1139).

2005/12/09

ELLA SE SABE GORDA

Ella se sabe gorda. Quiere a toda costa estilizar su fofa figura. No cree en pastillas milagrosas ni tampoco en dietas asesinas. Entiende que si alguien quiere adelgazar debe, diariamente, terminar jadeando en un gimnasio.
Siempre que el almanaque se deja alcanzar por el mes postrimero, se inscribe en el concurrido gimnasio que queda a un par de cuadras de su casa.
Todos los años. Todo diciembre. Todas las mañanas. La ración oscila entre una hora y una hora y media. Primero aeróbicos, luego máquinas y más máquinas. A veces se exige demasiado: eso es peligroso, ella es consciente de eso... pero, cuando descubre que casi siempre ella resulta siendo la más gorda de la extensa sala, se arma de fuerzas, recuerda el aterrador guarismo que le muestra la temida balanza todos los días, y así renueva su ímpetu y persiste en su vano intento de alcanzar un físico de bandera... Cuando empieza a sentir que algo le oprime el pecho, para. Inhala y exhala. "No te rindas, cojuda", se llena de coraje mientras contempla angustiada a las chicas de envidiables figuras. El cuerpo de Francesca —su vecina— es despampanante. Todos los machos del gimnasio la miran: unos lo hacen disimuladamente, pero otros lo hacen sin el menor reparo. Siente envidia, ella daría la vida por tener un cuerpo así. Por eso se esfuerza, por eso empapa su buzo, por eso exige a su corazón hasta el límite. Pero algo que proviene de su interior le dice que nunca podrá alcanzar esa meta.
"Es tu contextura, hija ", le dice su madre. " Todos los hombres babean por Francesca, babean por su cuerpo ", alega ella.
—¿Y eso qué importa? —la cuestiona su madre.
—Me importa, mamá. Me importa mucho. Yo quisiera que ellos también me miren. No pido que me miren todos, siquiera uno. Con uno me conformo.
—Estás mal, hija.
—Sí, claro que estoy mal. Estoy muy gorda... A este paso me voy a quedar soltera... soltera y amargada como la tía Sonia.
—No hables adefesios. Tu tía Sonia no es ninguna amargada.
—Claro que lo es, mamá. Todas las solteras lo son, y a mí ya se me está yendo el tren.
Su madre sonríe. La acaricia. La besa en la mejilla y mientras la consuela con argumentos simples, siente una ligera conmiseración. Quisiera poder ayudarla, pero ya no sabe cómo: dietas babélicas, nutricionistas, fajas, cremas reductoras, etcétera. Muchos intentos, todos fallidos. Muchas lágrimas, muchas decepciones. Muchos veranos con su hija encerrada en casa.
—Así no voy a poder ir ni siquiera un día a la playa —afirma antes de dibujar un puchero—. Estoy hecha una vaca. ¡Mi cuerpo es un asco!
—Siempre es lo mismo. Hija, tienes que tener personalidad.
—¿Personalidad? Ya me tienes harta con esa palabra, mamá.
—Mejor no discutamos. Ya te dije que siempre es lo mismo. Corre a descansar. Mañana tienes que ir temprano al gimnasio.
—¿Para qué? ¿Para qué voy?
—La respuesta la tienes tú, hija. Corre descansa.
Sube a su cuarto. Se mira en el espejo de su tocador. Se asquea de su cuerpo. Corre al baño. Mira la taza. Se le acelera el ritmo cardiaco. Junta su dedo índice con su dedo medio. Los introduce con violencia en su boca. Llega a rozar su campanilla. Le viene una arcada, y otra y otra. Está a punto de vomitar pero se contiene. "No, no, no", se repite en silencio. Unas cuantas lágrimas se pierden en el fondo de la taza. Se persigna y se limpia las lágrimas con un trozo de papel higiénico.
Un nuevo día de diciembre.
Ella se sabe gorda. Quiere a toda costa estilizar su fofa figura. No cree en pastillas milagrosas ni tampoco en dietas asesinas. Entiende que si alguien quiere adelgazar debe, diariamente, terminar jadeando en un gimnasio... El verano la espera, el verano le tiende una extensa alfombra que se llama carretera, pero ella —que se sabe gorda— se encerrará en su cuarto y esperará a otro diciembre, a un nuevo diciembre que se burle de su figura (y de sus batallas perdidas).

2005/12/01

Condón: preservativo. Funda fina y elástica para...

Condón: preservativo. Funda fina y elástica para cubrir el pene durante el coito, a fin de evitar la fecundación o el posible contagio de enfermedades.

SEXO, IGLESIA Y CONCIENCIA

El hecho de que la Iglesia, ciega y necia, siga prohibiendo el uso del condón me resulta de una necedad -¿estolidez?- tan grande como la de aquéllos que se entregan a los seductores placeres de la carne sin tener una pizca de respeto por su cuerpo... y mucho menos por el de su(s) pareja(s) de turno.
Cada vez que el Vaticano se niega a dar el visto bueno para que su -cada vez más delgada- hilera de seguidores utilice el preservativo me imagino a Jesucristo, tan sorprendido como desfalleciente, reeditando aquel ancestral ruego: “Padre, ¡perdónalos porque no saben lo que hacen!”; y cada vez que una pareja –sea ésta hetero u homosexual– decide conjuntar sus cuerpos sin ningún tipo de protección (ni conciencia de lo que van a llevar a cabo), también me imagino al diablo (“el maldito cachudo”, como diría el Padre García de La Casa Verde) refocilante de alegría.

Se trata de SEXO. Se trata de CONCIENCIA. De tener un conocimiento claro de lo que es bueno y de lo que es malo cuando algo tan importante como el sexo está involucrado. Pero, para adquirir ese conocimiento reflexivo de las cosas que envuelven el mundo de lo sexual, la INFORMACIÓN es lo primordial. Pues no se trata de informar sino de INFORMAR BIEN. La calidad de la información es sumamente vital (recuerdo ahora, para dar más señas, que en no sé qué rincón del planeta algún malnacido o alguna secta había difundido el descabellado mito de que todo aquel macho que lograra desflorar a una mujer resultaba vacunado contra el temido virus del SIDA... Se dice -¿hasta dónde llega la ficción y hasta dónde la realidad? ¿en qué momento se entrecruzan y confunden?- que la información corrió como reguero de pólvora y las violaciones se incrementaron geométricamente... y toda aquella adolescente virgen corría muchos peligros... ¿Madres necesitadas que ofrecían el himen de sus hijas al mejor postor? Seguramente...).

Resulta increíble –aún para un tercermundista– que gente pueda creer en ese tipo de disparates. Porque ya no se trata de incautos que son desinformados por sujetos abyectos, sino que se trata de congéneres, de masas de seres humanos, con un nulo conocimiento de cosas elementales (cosas que marcan la diferencia entre la salud y un virus que asegura el arribo de la muerte).
Es fácil notar esa brecha que separa a unos de otros. Si pensamos en el mundo, el dedo señala al continente africano (y Africa ruge cada segundo... ruge de dolor pero nuestra indiferencia es tan grande como el océano que los separa del Primer Mundo... ese océano que atenúa los rugidos y los hace imperceptibles). Y si pensamos en el Perú los ojos se ponen en Ande peruano y en nuestra selva amazónica.

DERECHO A ELEGIR

En el mundo hay mucha gente que no tiene otra salida: no saben qué es un blog, ignoran qué es internet, no tienen ni la más remota idea de lo que es el SIDA. Ellos no pueden escoger, ellos son los escogidos. Los escogidos de la pobreza, el atraso y el olvido. No son libres, su derecho para elegir está sepultado debajo de esos cerros de cadáveres que deja esta pandemia mortal que crece afiebradamente.

Hay otros que sí pueden elegir: saben qué es el SIDA, tienen pleno conocimiento de su origen, de sus modos de transmisión, de sus mortales consecuencias... pero prefieren burlarse de él, prefieren jugar a la ruleta rusa en la cama. Ésos sí son unos pobres diablos.

EL CONDÓN
El condón o preservativo es una funda fina y elástica que sirve para cubrirnos de muchas cosas: un hijo no esperado, una enfermedad de transmisión sexual o un virus –al menos hasta ahora- invencible como lo es el SIDA. El condón es una funda que nos separa de aquello que no deseamos, es una funda que está al servicio del hombre. Todos los que tenemos la suerte de saber qué es un condón y para qué sirve, somos privilegiados... Ojalá algún día éste (como tantos otros) deje de ser un privilegio de sólo un sector de seres humanos. Y para lograr eso no tenemos que luchar contra el sida, debemos, primero, antes erradicar la desinformación y, después, crear CONCIENCIA (conciencia sexual, si se quiere)... No se trata de paraísos, tampoco de utopías... es algo posible: un mundo donde la SALUD sea patrimonio de todos.

2005/11/26

EL LIBRO: motor del progreso universal

Justamente ahora que arranca la décimo novena versión de la Feria Internacional de Libro de Guadalajara (del 26 de noviembre al 4 de diciembre). La página mexicana de Literatura Independiente Blogueratura ha publicado mi artículo referente al Libro.
En dicho artículo hablo de la relevancia del libro (en especial de las ficciones), y, en más de una oportunidad, cito a Mario Vargas Llosa, quien encabeza la nutrida delegación peruana que asistirá a dicho evento en el que a nuestro país le ha tocado ser Invitado de Honor.
Hoy, en el diario El País de Madrid, aparece una interesante entrevista al autor de La tía Julia y el escribidor, en donde habla del buen momento por el que pasa la literatura peruana: “está en muy buen momento, y eso se pone en evidencia en España: Alonso Cueto acaba de ganar el Premio Anagrama de novela, Jaime Bayly ha quedado finalista del Premio Planeta, el más voceado de nuestra lengua... Y autores como Santiago Roncagliolo o Jorge Eduardo Benavides publican aquí con éxito sus libros... Además, recientemente, un escritor de otra generación, de prestigio muy asentado, Alfredo Bryce, ha presentado aquí sus memorias... Es un indicio bastante claro de que, sin jactancias nacionales, la cultura literaria peruana -y la cultura en general- está en muy buen momento. Lo comprobarán los mexicanos.”
Cuando el entrevistador le pregunta qué es lo que le ha dado el Perú, nuestro primer novelista lanza una contundente terna de adjetivos: “Un material problemático, turbulento y terrible. Y una cierta manera de ejercitar el español. Ésa sigue siendo mi manera de escribir el español, la que me viene del Perú”.
Para leer el artículo sobre EL LIBRO ("El motor del progreso universal"):

http://www.cervantesvirtual.com/escaparate/mazeyra.jsp


2005/10/17

Misa Dominical

Manongo llega a la iglesia de San Felipe, ahí va la familia Anderson, antes de que se le pase la misa de una. Es un domingo de verano y ríe. A su lado se ríe un personaje que no tendría por qué andar con Manongo. La gente mira, la gente observa. Ahí van los padres de Manongo, sus hermanas, cada familia tiene su banca, su zona. Su tío John se había burlado una vez, se burlaba de todo el muy bromista de su tío John... El amor ha muerto... Tío John había dicho, y al padre de Manongo nada le había gustado la broma: “En San Felipe sucede exacto que en la Virgen del Pilar: todo San Isidro, cada familia en su banquita y por orden, no por fervor, no por devoción: el primer contribuyente del país en primera fila, el segundo en segunda, y mírenlo al amarrete de Ramiro Rincón: escondido casi en la última fila de gente decente, ya casi entre los pobres, habráse visto coñetería igual a la de ese hombre, hasta en la iglesia...”
Todo el mundo está en su lugar para la misa. Todos menos Manongo Sterne y Adán Quispe. Se han quedado parados al fondo, delante de la pequeña pila bautismal. Empieza la misa y empieza a hablar Adán Quispe: ¿Ves a ese cura de mierda, ese alemán de mierda, Manongo? Pues todos son iguales. Santos varones para el público y peores que Hitler en el convento... Baja la voz, Adán... Curas de mierda, yo sé lo que te digo, Manongo, ¿quién lo va a saber mejor que yo? Me trataron como a un indio de mierda, yo años estudiando y aguantándoles todo, yo sirviendo desayunos, limpiando claustros y altares y, con las justas, si un blanquiñoso faltaba alguna mañana, me dejaban ayudar la misa, me dejaban vestirme de acólito, y el tiempo pasaba y yo cada día más beato, más estudioso, yo quería llegar a ser alguien, Manongo, quería ser como ellos, ¿por qué, no?, ¿qué tienen ellos que yo no tenga? Y les pregunté, por fin un día, ¿cuándo me ordeno?, ¿cuándo me dejan ser hermano y después sacerdote? ¡Qué tales curas de mierda más hipócritas! ¡Vaya buenas mierdas! Nunca nunca nunca nunca en la vida, Manongo, un cholo de mierda como yo no puede ser cura en San Isidro ni en esta congregación. Baja la voz, Adán, nos están mirando... ¡Qué diablos importa, Manongo! Déjalos que nos miren esos conchesumadres... Además, a mí no se atreven a tocarme estos curas porque les saco la mierda... Mejor estoy en mi corralón, Manongo... Claro, hasta que a mi familia la larguen a patadas, porque van a construir otra casa como la tuya... Dios no existe, Manogo... Ningún lugar mejor que una iglesia para descubrir que Dios no existe... Y si existe, espero encontrármelo cara a cara dentro de unos añitos en Estados Unidos... Ya oirán hablar de Adán Quispe Dios y estos curas de mierda. Y San Isidro y el Perú entero... Tú también, Manongo, pero tú eres mi amigo, que alguien venga a decirte rosquete y le saco la mierda, Manongo, cómo no estaba contigo ese día en el cine Metro, le saco la mierda al subtenientito ese, por cobarde, por dárselas de machito contigo, abusivo conchesumadre..., ah, si me dijeras quiénes fueron los que te pegaron en el colegio, uno por uno y a los tres juntos les saco la chochoca, ¿cómo?, ¿qué dices?, nunca se te entiende nada, Manongo, ¿que uno era pelirrojo y pecoso como la bailarina que murió en una película, Manongo? En el corralón en que vivo hay una cholita que está como Dios manda, Manongo, eso es lo único que tienes que hacer, tirártela una noche y dejarte de la cojudez esa de que el amor ha muerto pelirrojo... El único que ha muerto aquí es Dios, que además nunca existió, Manongo... Vamos, larguémonos de aquí, invítame una cerveza helada, yo te la pago otro día, amigo...

Alfredo Bryce Echenique, NO ME ESPEREN EN ABRIL

2005/10/01

Todo comenzó en la universidad: la 'historia secreta' de mi primera ficción

Todo comenzó en la Universidad
Orlando Mazeyra Guillén
Editorial LIBROS EN RED: Buenos Aires, 2005.
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“Desde que escribí mi primer cuento me han preguntado si lo que escribía ‘era verdad’. Aunque mis respuestas satisfacen a veces a los curiosos, a mí me queda rondando, cada vez que contesto a esa pregunta, no importa cuán sincero sea, la incómoda sensación de haber dicho algo que nunca da en el blanco.”
Mario Vargas Llosa, La verdad de las mentiras.
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El título de mi primer relato indica certeramente que “Todo comenzó en la Universidad...”, pero, en realidad, todo comenzó en mi habitación.
Ya lo tenía muy claro. Sabía que quería contar una historia que girara en torno a un tema que siempre me ha asediado: el racismo; esto me iba a dar pie para, de paso, intentar abordar –someramente, si se quiere– discriminaciones de otras índoles.
Durante mis primeras tentativas ficcionales (quiero decir, cuando empecé a fantasear), se presentó ante mí un, hasta ese momento, inalterable recuerdo de la primaria. Para ser más exactos, se dibujó en mi mente la figura de mi tutor del cuarto grado de primaria. Era un hombre menudo de inconfundibles rasgos andinos, y, acerca de él, algunos de mis condiscípulos, hacían comentarios tan furtivos como racistas: “Es un cholazo”. “Es un queso”. “Se parece a esos cargadores de La Parada... sí, esos que mascan coca todo el día”...