2012/08/20

César Hildebrandt: Oswaldo Reynoso me abrió las puertas y me abrió las ventanas y ventiló mi covacha.




Por Orlando Mazeyra Guillén

César Hildebrandt (Lima, 1948), «lector entusiasta y promiscuo», como él mismo se define, me recibe en la sala de su casa y le parece excelente mi deseo de centrar la entrevista en su travesía como adicto de la ficción (no sólo la lee, también la escribe: ganó el célebre Concurso de Cuento de las Mil Palabras de la revista peruana Caretas en 1986, y es el autor de la novela Memoria del abismo, que apareció en 1994).

Le digo que no quisiera preguntarle nada de política, sino de literatura. Es harto sabido que, sobre todo en las entrevistas, las cosas casi nunca salen como uno las planea. Además con un personaje como él se puede empezar hablando del autor de El fantasma de Canterville y terminar —pasando antes por el Leoncio Prado, Vargas Llosa, Cortázar, Scorza, Reynoso, Lima, el periodismo, Ollanta Humala, el liberalismo, Alan García, Borges, Bryce, la CIA, la vejez y la religión— imaginando, con una mueca de desagrado, su propio obituario. «Mi carrera de lector comienza leyendo a Oscar Wilde. Tomaba apuntes en un cuaderno escolar. Saqué muchas frases porque Wilde es un escritor plagado de frases y aforismos ingeniosos. Yo tenía once años en ese momento. Mi segundo libro, como lector, fue un libro audaz, robado, entre comillas, de una biblioteca familiar, porque me lo habrían negado si hubiese hecho un pedido formal. Se llamaba Buenos días, tristeza de Françoise Sagan que era, en esa época, una novela prohibida para menores; ahora se leería casi como una prosa benedictina, pero fue mi segundo libro. Y, bueno, yo he leído con una voracidad anárquica».
—A los once años, ¿en qué colegio estudiaba? —le pregunto de inmediato.
—En un colegio privado, El buen ángel.

EL COLEGIO COMO MEDIO DE SOCIABILIZACIÓN FORZADA

"¿Recuerdan a Vargas Llosa mirando a su padre por primera vez a la edad de los diez ­años? Si Mario no se hubiese separado, más tarde, de esa figura que profería discursos “panamericanistas” y moralina de la vieja Miraflores, pues no se habría casado con una tía diez años mayor ni habría contraído la ira que le permitió escribir sus tres grandes novelas. Claro que Mario también las escribió para que su padre lo admirase y se rindiese. Porque la sangre, inevitable y felizmente, también llama al amor y procura el reencuentro" (César Hildebrandt, diario La Primera).


—El traslado de esa institución privada al colegio militar Leoncio Prado habrá sido muy brusco para usted.
—El cambio fue brusco, sí. Lo que pasa es que yo era un ermitaño vocacional…
Pertinaz —lo interrumpo.
—Pertinaz y vocacional. Era un huraño gozoso. Y, claro, tenía una serie de rebeldías que acompañaban esa soledad. Mis padres consideraron que una sociabilización forzosa era un buen camino: «así que si no quieres ser sociable, pues aquí vas a ser sociable». Y estuve tres años en el colegio militar llenándome de papeletas y castigos. Llegó un momento en el que no salí durante dos meses seguidos.
Entonces en su caso la razón para matricularlo en el Leoncio Prado fue sociabilizarlo…
—Exacto. Pero lo único que lograron fue confirmar en mí un montón de rebeldías. El colegio me producía tal ira por, digamos, su estructura: un chico de quince años mandando a un chico de catorce y un chico de dieciséis mandando a un chico de quince; es decir, nos tratábamos como militares entre adolescentes, una ocurrencia medio perversa. Entonces yo era el pecador constante: fumaba, usaba prendas antirreglamentarias, no estaba a la hora en la formación, me escapaba de ciertos regímenes…
Pero a su vez era el número uno…
—No, no era el número uno pero sí era un alumno destacado. Siempre fui un cadete distinguido. Se nos llamaba así: «cadete distinguido». Porque siempre tenía un promedio por arriba de 80, o sea, por arriba de 16.
Y dirigía el club de periodismo…
—Ah sí, dirigía el club de oratoria, dirigía el club de periodismo, me dieron la responsabilidad de hacer el anuario. Entonces fue una experiencia inolvidable para mí.

EL AJUSTE DE CUENTAS DE UN GRAFÓMANO

Justifica, como exalumno del colegio militar, la venganza de Vargas Llosa cuando dice, en la crónica que escribió en su semanario luego de que ganara el premio Nobel, que con La ciudad y los perros, entre otras cosas, él había «ajusticiado al colegio que lo había hecho infeliz»…
—Sí, digamos que reducir La ciudad y los perros a un acto de venganza me parece un poco abusivo. ¡La ciudad y los perros es una gran novela! Se nutre del desasosiego que a Mario Vargas Llosa le produjo la disciplina surrealista del colegio militar. Y en el caso de Mario es mucho más entendible porque el padre de Mario mete a Mario en el Leoncio Prado precisamente para que el Leoncio Prado sea la continuidad del carácter del padre: el Leoncio Prado es el padre pertinaz y persecutorio que le exige a Mario Vargas Llosa una serie de disciplinas y una serie de virilidades que Mario no acepta. ¡Mario odia a su padre! Y, por lo tanto, odia al colegio porque es el colegio que ha elegido su padre y que además se parece a su padre en materia de marcialidad, solemnidad y propósitos «grandes», entre comillas. Pero, fundamentalmente, La ciudad y los perros es una extraordinaria novela, posee una de las mejores estructuras, de verdad. Mario tiene tres grandes libros: sus tres primeras novelas. Todo lo demás de Mario es menor: ¡todo, absolutamente todo! Pero con esos tres libros Mario pasó a la historia. ¡No necesitó más! Es un maniaco de la palabra, es un grafómano.

En su caso fue algo muy especial: usted  leyó esa novela siendo alumno del Leoncio Prado. Es más, su profesor de literatura les leía la novela…

—Rubén Lingán, un gran profesor, que era además profesor de teatro, nos lee emocionado y con la voz baja por si acaso no fuera a escuchar algún teniente que paseara por los pasadizos.
Con fruición les leía la novela…
—Con fruición, y nosotros escuchando con una emoción porque era impresionante: una novela sobre nosotros. ¡Increíble! «Cuatro», dijo el Jaguar. Jamás olvidaré esa voz de Rubén Lingán leyéndonos La ciudad y los perros, capítulo por capítulo, ¡en clase!, media hora dedicada a la novela: en fin, fue una manera de reconocernos. Después todos, en la primera salida que tuvimos, compramos el libro. Bueno, no digo todos, pero un buen grupo, y luego de leer la novela intercambiamos impresiones. La leí y la volví a leer y me gustó más porque entendí muchas más cosas.
Al terminar de leer su crónica, don César, uno quiere volver a leer a Vargas Llosa. Por ejemplo, cuando usted cuenta que en la parte en la que el Jaguar defeca frente a su pandilla cerró el libro porque sintió ganas de vomitar está invitando al lector a volver a la novela… 
—Es que soy un lector entusiasta. Entonces la lectura, en mi caso, equivale a más de la mitad de mi vida, me he perdido de muchas cosas en la vida, pero no me arrepiento.
 HACER PERIODISMO DESDE LA REBELDÍA


Usted sabe que hay lectores que, así como perseguimos las novelas de Vargas Llosa, también perseguimos sus columnas, don César, porque al leerlo en el semanario  nos sentimos mejorados.
—Nunca uno piensa que hace el bien. Uno piensa que hace estrictamente su trabajo. Pero, en fin, cuando uno percibe beneficios colaterales como el que usted me acaba de mencionar, y los que recibo a través de los correos también de muchos lectores, bueno uno piensa, ¡caramba!, en qué gratificante resulta el trabajo que uno encara con modestia. Esto está basado en algo fundamental que es la promesa implícita que yo me hice hace muchos años: no renunciar a mi indignación y jamás profesar el estoicismo peruano. En general, el estoicismo global. Un mundo donde se acepta que los asesinos sean los protagonistas, los canallas sean héroes, y la política esté infestada de podridos, como diría Basadre. Yo no acepto ese mundo.  Y quiero morirme desde la rebeldía.
¿Cuál es su receta para no amistarse con el mundo?
—Examinarlo. Leerlo. Padecerlo. Y no permitir que sus mentiras me seduzcan. La mentira de que éste es un sistema que no tiene alternativa, la mentira de que el crecimiento es desarrollo, la mentira de que el desarrollo es civilización, la mentira de que los mercados existen y son libres, la mentira, en fin, de que Europa es un continente agraciado por la democracia y por los valores… la mentira de que los Estados Unidos es una gran potencia, más allá de lo militar; y la mentira de que Latinoamérica es un continente condenado a ser siempre el eco tardío de todo aquello que nos envuelve: todo eso me subleva, y todo eso es mentira, todo eso es tan mentira como decirnos que las culebras hablan.


LOS NERDS ORGÁNICOS QUE LEÍAN A CORTÁZAR

Usted cuenta que empieza escribiendo artículos sobre Julio Cortázar, ¿cómo descubre a este autor?
—Bueno, leyendo el suplemento Dominical de El Comercio que en ese tiempo tenía a José Miguel Oviedo y él recomendaba libros. Y, además, juntándome con dos grandes amigos del colegio militar: Igor Calvo, hermano del poeta César Calvo, que también es poeta, y otro de ellos, mi amigo Cornejo, no sé qué será de su vida, pero era tan inteligente, tan sensible, y tenía tanta voracidad por la cultura. Nosotros éramos lectores precoces, nosotros hablábamos de libros, éramos los raros, los freaks del colegio, nos miraban raro… nos apartaban, éramos los enfermitos…
¿Los nerds?
—Los nerds también. Éramos nerds pero así orgánicos: claro que sí. «Leen, hablan de libros, son idiotas, qué les pasa, no tienen vida, ¡no viven!». Así descubrí tantas cosas. Cortázar fue para mí un mundo revelado. Cortázar me enseñó que la puntuación podía ser aluviónica, y me enseñó que escribir bien no es precisamente una buena medida sino que aceptar el desaliño de la oralidad es literatura también. Cortázar me asomó a ese mundo en donde el castellano no se pavonea ni se engola, sino discurre. Cortázar es un río… ¡Con Cortázar uno viaja! Yo sé cómo era la Maga, conozco casi todo de la Maga. Sus personajes son tan extraordinariamente vivos que uno, de verdad, los asume como auténticos. Cortázar da la impresión de estar escribiendo una crónica más que una novela, hay partes de Rayuela que son casi crónicas por la solidez que tienen sus caracteres.
Usted recuerda que cuando tenía diecinueve años era «un lector profesional y un inútil orgulloso de su inutilidad». Fernando Savater afirma que sería espectacular si nos pagaran por leer… 
—Claro. Y sería maravilloso que los padres se maravillaran por tener un hijo lector y no dijeran lo que dicen: «¡Madre!, éste está mal, éste está por el mal camino, este va al fracaso». No, ¡Dios mío!, la lectura es imprescindible para la cultura y la cultura es imprescindible para los valores.

MARCA PERÚ: EL PAÍS MOLEDORA DE CARNE

Pero si uno quiere ser escritor de verdad tiene que escapar del Perú.
—Bueno, pues, hay que largarse entonces. Sin culpas y sin arrepentimientos. Si el Perú obliga a sus talentos a emigrar, pues que emigren, pero que no se conviertan en gacetilleros de algún periódico de provincia, porque ésa sí que es una condena de la que se van a arrepentir toda su vida. ¡Que se vayan pues! Busquen una beca o sin beca, viajen a la aventura y lárguense. No permitan que el país los martirice y luego los haga polvo. El Perú, en muchos casos, es una moledora de carne. He visto a gente así: frustrarse, amargarse y, luego, aceptarse.
¿Por qué quiso ser profesor de Lengua y Literatura en la Universidad Federico Villarreal?
—Sí, escogí mal. Fue una horrorosa opción, lo reconozco. Además ni siquiera llegué a graduarme.
Pero, ¿terminó la carrera?
—No. No la terminé, la dejé al cuarto año. Fui un muy mal alumno, porque mis clases las hacía en el café. Yo hablaba mucho con mi profesor de sintaxis que era un español, un ex cura que se había casado con una boliviana, Fermín Valverde, inolvidable profesor que ojalá que esté vivo y que ojalá le haya ido bien. Y junto con otros tres o cuatro profesores de primera, que sí los había, y que organizaban tertulias fuera del salón. Cuando iba al salón, en cambio, lo que veía era una masa brutal de setenta personas asistiendo a una perorata paporretera, ¡de verdad yo salía corriendo! A mí lo tumultuario me espanta. Entonces también descubrí que no hubiese tenido jamás la vocación y la paciencia que exigen la pedagogía y la educación.
Me ha sucedido, después lo comprobé: he tenido la oportunidad de dar charlas que pretendían ser clases en la Vallejo y en la San Martín, y me di cuenta de que mi intolerancia respecto de la ignorancia sigue intacta, y mi intolerancia respecto de la estupidez sigue invicta, yo soy lo menos apropiado para enseñar, no tengo paciencia alguna, no tolero una pregunta boba, soy un auténtico intolerante, un desagradable intolerante, lo reconozco.
En ese aspecto, podemos decir que se parece mucho a su hermana Martha.
—¡Muchísimo! Tenemos ahí un gen Hildebrandt marcadísimo. Créame que es algo que yo quisiera no tener. Veo a veces a gente amable, dulce, compasiva, con la carencia esa de la persona que no se toma en serio las cosas y siento envidia. Siempre he tenido envidia por esta gente. ¿Por qué nunca he podido ser así? ¿Por qué me sublevan de inmediato la ignorancia, la vulgaridad, la ordinariez, la ingenuidad extrema, la bobada? ¿Por qué no las resisto?


LIMA O LA SUPRESIÓN DEL PRÓJIMO COMO DOCTRINA
Lima, la esperpéntica capital peruana.


Mario Vargas Llosa lo elogia mucho en El pez en el agua pero también habla de su temperamento atrabiliario.
—Sí, lo reconozco. Puedo ser atrabiliario, de eso no tengo ninguna duda. Ahora, es evidente que al margen de una identidad genética, el Perú es un país que excita mucho este tipo de conducta porque es un país que estresa, que provoca, que desafía. Uno sale a la calle y se encuentra con la hostilidad, no la metafórica sino la concreta: el tráfico, la violencia, el desasosiego, la absoluta carencia de modales, la supresión del prójimo casi como doctrina, como concepto, esta aniquilación del otro. Esta es una ciudad invivible: yo vivo en mi casa y me subo a un coche y me voy a la oficina y de la oficina a mi casa, y salgo con mi esposa y con mi hijastra a otros sitios más o menos programados, pero yo no vivo la ciudad por una sencilla razón: porque en Lima no se vive.
Es, creo, una ciudad que condena a la misantropía o al encierro.
—O, por lo menos, a la reclusión selectiva, ¿no? Vivimos en refugios con los que elegimos. Porque, usted se habrá dado cuenta de que en esta zona de Lima no hay veredas. En muchas zonas de este distrito no hay veredas, las veredas se han suprimido: no hay peatones, sólo hay coches. No es broma. Hay zonas donde no hay veredas, salga usted a ver, o las veredas son tan angostas que ya no son veredas. Aquí no tenemos eso que tienen otros países, lugares donde el área verde, el oxígeno se comparte, el ocio se comparte, los columpios se comparten, los niños se entremezclan y hay una mutua fecundación de emociones. ¡Aquí no, aquí no! Que se lo diga la chica que trabaja en la casa de mi esposa, porque debo decirle que siendo mi esposa vivimos, frente a frente, en casas separadas para mantener nuestros espacios, ella fue a el Olivar, vino un sereno y la quiso echar porque no era de ahí, porque no pertenecía a San Isidro ni a la clase que San Isidro cree que debe ser la única que debería poblarlo, ¡es impresionante! Lima es un desastre. Es un fracaso. Es un fracaso humano, arquitectónico. Es una suerte de Babilonia impura.

LA PRENSA PERUANA: ENEMIGA MORTAL DE LA BUENA PROSA

En su devenir como periodista, ¿cuáles han sido sus grandes maestros?
—Escritores. Me he dejado llevar poco por los periodistas porque yo creo que la desdicha del periodismo empieza cuando la literatura y el periodismo se pelean. Primero, se distancian, luego se divorcian, y ahora son enemigos irreconciliables. El periodismo hasta los años treinta, no sólo en el Perú, sino también en otras partes, pero eminentemente en el Perú, era una magnífica asociación de la buena prosa con la comunicación. Y ahí están las pruebas. Ahí está Amauta, uno lee Amauta y se encuentra con literatura, uno lee Mundial y ahí está César Vallejo con sus crónicas, hasta Variedades que era la revista frívola de la época, es un cuaderno de bitácora con mucha literatura… y no hablemos de Valdelomar, de Federico More que era fundamentalmente un escritor, y por supuesto Mariátegui, y por supuesto César Falcón, y toda esa gente que se reunió alrededor de Amauta, incluyendo a César Miró que escribía muy buenas notas. Luego viene, claro, una etapa industrial de la prensa en donde empieza la separación: la literatura por un lado, el periodismo por el otro. La sensibilidad y la inteligencia más o menos arrinconada por un lado; y la eficacia periodística por el otro. Y eso ya es divorcio pleno y luego una enemistad plena. Hoy, el periodismo en el Perú, me refiero al escrito (ya no al oral), es un mortal enemigo de la buena prosa. Uno lee las publicaciones que pueblan el Perú y se da cuenta cuánto odian los periodistas a la literatura y de qué modo la han suprimido y de qué modo demuestran su no procedencia. Yo, en cambio, lo poco que sé, lo aprendí leyendo lo que me gustaba y me gustaba todo, es la verdad. Me gustaba mucho la prosa americana, también los clásicos y también los autores franceses. Mejor dicho, yo soy un lector promiscuo: no tengo nortes definidos. Si a mí me dan un poemario interesante de alguien que no conozco lo leo con el mismo fervor con el que puedo releer una novela de García Márquez.
De repente es usted un escritor ganado por el periodismo que no se retiró a tiempo. Hemingway recomendaba incursionar en el periodismo pero saber retirarse a tiempo…
—Puede ser mi caso, pero no me arrepiento porque creo que también es una opción luchar contra la corriente y hacer lo que modestamente hacemos en el semanario, por ejemplo, ¿no? Que es aportar un poco de belleza a la vida. Decir con cierto profesionalismo lo que la indignación nos suscita.
Con bastante ironía.
—Y con sarcasmos también. 

En la biografía falaz de Ollanta Humala, por ejemplo, leía «el Programa de la Gran Transformación no era sino el resumen de las ideas necesarias para cambiar a este país de cojudos gobernado por rufianes al servicio de unos pendejos, tal como lo decía el sociólogo Melcochita» (César Hildebrandt ríe con goce mientras le leo el texto), y mientras me desternillaba de risa me preguntaba, al momento de escribir esto, usted se reirá pero, a la vez, sentirá también un punzón
—A mí me divierte mucho hacer esa columna, pero como usted dice, efectivamente, es un bumerán que a uno le cae en la cabeza, siempre. Siempre termina uno con un chichón en la cabeza porque esa columna al final da la vuelta en «u» y le da a uno un bofetón, un golpe, es cierto. Da risa, pero es que damos eso. Es que el Perú da risa. Es que en muchos sentidos somos involuntariamente cómicos, cómicos de la legua. Cómicos con fama mundial. A mí me da mucha risa que nos creamos tan centrales, tan importantes… hemos llegado a decir que estamos ya próximos al primer mundo, Alan García lo ha dicho. Nos consideramos los mejores en casi todo, y los segundos en todo lo que sobra, o sea, es la autoestima de un borracho, es la autoestima de una persona inconsciente. El Perú padece de narcisismo. Me refiero al Perú actual construido por el discurso político que es narcisista: «estamos bien, nos va cada día mejor», pero tenemos un tercio de pobres y en Huancavelica el 47%, ¿qué es esto? A ver, examinemos. La capacidad de autocrítica en el Perú siempre ha sido casi nula. Cuando uno lee la historia del Perú, se da cuenta. Nos hemos jactado de las cosas más atroces que hubiesen avergonzado a muchos otros países. Si hubiese habido una clase dominante con capacidad crítica y con capacidad de convocatoria seríamos muy distintos. Hemos perdido guerras de un modo atroz por miserias, cobardías y desatinos y nunca nos hemos echado en un diván a examinarnos, no tenemos un análisis crítico de lo que nos pasó…
Sería muy devastador, quizá no nos levantaríamos del diván…
—O quizá sí, quizá nos levantaríamos contusos, lesionados, pero con un horizonte. Al final de cuentas la sanación puede ser muy dolorosa y muy lenta, pero por algo hay que empezar. El Perú nunca ha hecho autocrítica. La historia de Basadre es una historia muy esforzadamente construida, sin embargo no tiene pizca de análisis crítico respecto del Perú. Tres o cuatro párrafos dedicados a episodios que hubiesen merecido ensayos enteros sobre por qué fuimos lo que fuimos: en este país hubo peruanos que pelearon en contra de la Confederación Peruano-Boliviana que tanto habría significado para el Perú, en este país hubo peruanos que quisieron a matar a Andrés Avelino Cáceres cuando Cáceres estaba resistiendo. No es que lo desconocieran, es que fueron a matarlo: tropas peruanas se juntaron con las chilenas para asesinar al héroe de la resistencia.
Alguna vez dijo en algún artículo: la derecha chilena, a diferencia de la peruana, sí tiene bandera.
—Tiene bandera y tiene metas. Al final de cuentas, una cosa es ser Portales y otra cosa es ser Riva Agüero. Pero, en fin, no tenemos esa autocrítica y, por lo tanto, vivimos en esta neblina piadosa y mentirosa que nos cubre y, claro, detrás de la cual podemos ser felices, sí, claro. Pero si alguien despejara la neblina vería el espectáculo: vería esta ciudad en donde hay barrios como éste, pero hay cuatro millones de gente que vive en condiciones no humanas, ni siquiera infrahumanas, son no humanas, ¡cuatro millones, usted se da cuenta! Viven sin agua, sin desagüe, en pisos de tierra, con la tifoidea merodeando, con la tuberculosis más o menos cerca, el desempleo o el pluriempleo, o la venta de golosinas para sacar siete soles diarios, el té en la mañana, el almuerzo frugal, la no cena. Y la prensa nos quiere hacer creer que estamos en el camino correcto. Yo jamás voy a aceptar el discurso oficial.

LA AUTOCRÍTICA

Hablando de autocrítica, muchos enemigos suyos dicen César Hildebrandt no tiene autocrítica, opinan que usted cree que está más allá del bien y del mal.
—Bueno, le dejo a mis lectores, o a mis adversarios en todo caso, ese papel. Ocurre que yo no pretendo ser infalible ni pretendo evangelizar. Yo doy mi opinión y mi opinión es una de tantas. Hay gente que me cree y hay gente que rechaza mis opiniones. Pero yo no puedo criticar aquello que no me merece crítica y no puedo estar en este plan de complacer a aquellos que piensan que uno tiene que retractarse constantemente para demostrar honestidad intelectual o bonhomía, ¿yo por qué voy a desdecirme respecto de lo que vengo sosteniendo desde hace años? ¿Por qué debería decir: «no, me he equivocado, el Perú es un gran país»? ¿En nombre de qué voy a decir eso? Para complacer a un señor que cree que la autoflagelación es un rito indispensable para obtener un diploma de humanidades. Yo no quiero ser débil. Yo no quiero ser el monje que se castiga, no me interesa. Yo quiero ser fuerte. Y una manera de ser fuerte es no desdecirse constantemente. Ahora, puedo meter la pata, pero por supuesto que puedo meter la pata, pero lo que firmo, mis columnas, son opiniones,  entonces no puede haber ahí metidas de pata. Puedo meter la pata en el semanario, puedo equivocarme en relación a una crónica que autoricé porque no estuvo bien, digamos, cruzada la información y todo lo demás, pero en cuanto a mis columnas por qué voy a decir que mis opiniones son mudables, deleznables y, por lo tanto, modificables al año o a los dos años. Eso lo hacen los políticos, y yo no quiero hacer eso. Es cierto, no tengo autocríticas respecto a mis columnas porque son opiniones que pueden ser bienvenidas o muy mal recibidas. Pues lo acepto, pero sería el colmo que yo desmontara mis propias columnas y dijera, en fin, como Vidaurre: «me retracto de todo lo dicho sobre el virrey». Probablemente, hay ahí un concepto falso de la probidad intelectual: si uno no acepta que se equivocó entonces uno está más allá del bien y del mal. Falso. Esa humildad judeocristiana, eclesiástica, ciprianesca, es la que nos ha hecho tanto daño, ¿no? Porque, claro, si siento que no me equivoqué, ¿tengo que arrodillarme y decir «perdón por no arrepentirme»?

           
HUMALA O LA PROSTITUCIÓN DE LA DEMOCRACIA

Todavía tengo pegado, en la pared de mi cuarto, su artículo publicado antes de la segunda vuelta electoral del 2011: «Votar por Humala».
—Lo dejé firmado y no me arrepiento de haberlo escrito. Sin embargo, tengo que decir que Humala es una enorme decepción. Pero es que ahí no había alternativa.
Don César, creo que actitudes como las de Humala fomentan la violencia, ¿no mueven a la gente a medidas que son antidemocráticas?
—La respuesta es sí. La violencia en el Perú es la respuesta popular a la prostitución de la democracia. Porque es prostituir la democracia plantear un programa que luego se suaviza y que después desaparece. Y gobernar con aquellos que eran los adversarios y cuyo programa resultaba inaceptable. Eso se llama felonía, está bien claro: la institución que fundó Judas Iscariote, para el Occidente. En ese caso, el desasosiego popular, expresado en violencia, no sólo es necesario, es absolutamente legítimo. Ahora, claro, la siguiente pregunta es: «¿entonces usted propende la anarquía?». No, yo lo que quisiera es la democracia. Que la democracia no fuera un rito fotogénico quinquenal, poner un voto doblado en un ánfora, ¡eso no es la democracia, hombre! La democracia es la aceptación del mandato de la mayoría. En este caso ha habido una burla absoluta del mandato de la mayoría.


ALAN GARCÍA, UN MONUMENTO A LA PENDEJADA

Y también hay impunidad en el caso de Alan García, una impunidad clamorosa que a uno lo enardece.
—Pero es una impunidad que viene de la historia: Nicolás de Piérola, el gran estúpido y traidor, fue presidente dos veces, Manuel Prado, hijo de Mariano Ignacio, el hiper-traidor, fue presidente de la república dos veces. Nuestra historia está plagada de impunidades casi monárquicas. Hay gente que, efectivamente, está más allá de la ley. Y eso tiene que ver con un concepto peruano muy laxo de la virtud. El Perú es un país que no aprecia la virtud, todo lo contrario: el Perú es un país que ensalza el demérito, la criollada, la pendejada. Si pudiésemos hacer un monumento a la pendejada lo haríamos en la plaza San Martín.
El gran pendejo contemporáneo es Alan García.
—Sí, yo creo que sí, es el top, está por encima de todos. Y es curioso, yo conocí a Víctor Raúl Haya de la Torre, lo entrevisté un par de veces, y él tenía muchos defectos y había hecho lo que piden algunos: había hecho una autocrítica pero sin reconocer que era autocrítica y se había convertido en alguien muy distinto a quien había sido. Pero tenía una virtud, era un hombre honesto. ¿Cómo Haya pudo producir un delfín como Alan García, un delfín que resultó un tiburón? ¿Cómo el entorno de Haya pudo proferir a alguien como García? Bueno, no es tan misterioso, porque al final el Apra se transformó en nuestro PRI. Y el Apra era el equivalente de Acción Democrática, el «partido del pueblo» en Venezuela y ya sabemos cómo terminó eso. En realidad, es el proceso de descomposición de la democracia latinoamericana. Claro, dicen: «¡Chávez indeseable!» Pero a Hugo Chávez lo hicieron entre el Copei y Acción Democrática. A Chávez lo hicieron Carlos Andrés Pérez y todos aquellos que se robaron la Venezuela petrolera de los años 60 y 70, los dos grandes partidos: el social-cristianismo del Copei, con Rafael Caldera como ejemplo, y Acción Democrática, con Carlos Andrés Pérez que terminó con una cuenta bancaria de siete millones de dólares en Nueva York, una cuenta a nombre de su secretaria, que era su amante…
BORGES Y LA DEPRAVACIÓN MORAL
Borges y Pinochet

—¿No cree que Vargas Llosa, en su fuero íntimo, aceptó las condecoraciones de Alan García como para contrastar su gloria, su auténtica gloria literaria, con una gloria que García, una escoria política, nunca tendrá?
—Es una interpretación muy generosa la suya, bien amical, yo diría que bien arequipeña. Bien paisana. ¿Usted se imagina a Salinger siendo recibido por Nixon? ¿Usted se imagina a Sartre con Charles de Gaulle? ¡Borges saludó a Augusto Pinochet y a Jorge Rafael Videla! Pero Jorge Luis Borges tenía una depravación moral, Borges era un tipo completamente escindido: brillantísimo escritor y un ser humano deplorable, ¡repugnante! Entonces no mezclemos las cosas. Ir a saludar a Alan García es una canallada, porque es aceptar su autoridad, legitimarlo, aproximarse a García es reconocer en él una suerte de autoridad que puede repartir reconocimiento. ¡No! Ese fue un error monstruoso. No es que se le vio superior a Mario, él se empequeñeció con eso. Nadie le quita lo del gran novelista ni lo del Nobel, pero ése fue un gesto que a mí me produjo estupor.

MVLL en campaña.
LA CAMPAÑA POLÍTICA DE 1990 COMO GERMEN DE UNA NOVELA QUE NO SE ESCRIBIÓ

«Vargas Llosa no es político —me dice convencido César Hildebrandt, quien estuvo muy cerca de él durante  buena parte de la campaña de 1990—. Mario es una persona que incursionó en la política para tener una aventura. Mario hizo una novela cuando fue candidato. Después la iba a escribir. Y, bueno, no le salió, así que tuvo que escribir sobre la frustración, El pez en el agua. Pero Mario no es una persona que tenga convicciones políticas, lo que él tiene es un monotema, liberal, ultraliberal, que adquiere cuando tiene que matarse intelectualmente al renunciar a su izquierdismo. Mario incurre en un acto de inmolación, de haraquiri, entonces Mario mata a Mario el año 1971. La mejor manera de matarse, en este caso, de abolir el pasado, de renunciar a la identidad, desaparecer como lo que era, fue precisamente yéndose a las antípodas. Se compró el liberalismo con todo y se tuvo que comer un montón de sapos, porque el liberalismo no es sólo una doctrina agradable, simpática, acogedora, llamativa y casi fascinante para un intelectual: sí, la libertad; sí, el estado mínimo que apenas regule. No, el liberalismo es mucho más: es una estructura económica de poder que está apadrinando ese discurso sobre la libertad y ofendiéndolo. Vargas Llosa construye una muy complicada, muy sofisticada coartada intelectual: pasa de la Casa de las Américas al castillo del liberalismo. El problema es que el liberalismo, como le decía, no es sólo esa doctrina de la libertad. Es la aldea global, las grandes corporaciones y, ahora lo sabemos, en muchos casos es la CIA. Ahora estoy leyendo un libro sobre la Historia Cultural y la CIA, escrito por una norteamericana muy rigurosa, en donde entre otras cosas se demuestra que el Congreso por la Libertad Cultural era un organismo financiado por la CIA. El congreso por la Libertad que fue tan extraordinariamente famoso en la posguerra, y hasta los años 60. Aquí hubo una filial del Congreso por la Libertad que la dirigió Jorge Luis Recabarren.  Era todo, absolutamente todo, financiado por la CIA. Ahora sabemos que la CIA ayudó muchísimo a edificar el mito sobre el impresionismo abstracto de Nueva York de los años 50-60. Ese estallido extraordinario de la pintura norteamericana estuvo financiado por la CIA. Entonces, claro, el liberalismo es también eso. El liberalismo es Carlos Slim proponiendo un estado pequeño. El liberalismo es Ronald Reagan, un vasto asesino, proclamando un estado pequeñito y la no regulación de los bancos, ya sabemos cómo terminó eso. El liberalismo es Bankia de España quebrando y pidiéndole al gobierno español plata cuando quiebra y la Unión Europea dándole esa plata para que no quiebre mientras hay 45% de parados entre la juventud española, ¡eso es el liberalismo!, y esos sapos se los tragan aquellos defensores del liberalismo».
Guillermo Giacosa me decía que al escribir sus artículos producía mucho cortisol, ¿usted siente o cree que le pasa lo mismo?
—No, yo no siento eso. En todo caso envidio la perspectiva deportiva de mi amigo Giacosa a quien leo frecuentemente y que me parece un gran tipo. Yo no siento eso. Yo siento que elaboro mi sublevación constante. Pero mi construcción es más bien morosa. No escribo con la pasión, con la intensidad de un tipo que está, efectivamente, vomitando adrenalina. No.
¿Escribe sus artículos semanales de un tirón?
—Sí, de un tirón. A veces muy rápido, a veces no tan rápido. A veces con correcciones, y otras sin correcciones, dependiendo de la tiranía del tiempo. Pero trato de calmarme cuando escribo, no escribo al calor. Al contrario, yo siento que me enfrío cuando escribo, porque si yo pusiera en el papel —en el papel hipotético y virtual de la computadora en este caso— lo que siento y la desazón que me gobierna a veces, si yo pusiera eso, sería una columna onomatopéyica y procaz, sería coprolalia con onomatopeya, ¡sería algo de la puta madre! Lo que tengo que hacer precisamente es ponerme hielo en la cabeza.

REDOBLE DE RECUERDOS DE UNA ACALORADA ENTREVISTA: SCORZA
En la foto superior Hildebrandt entrevista a Manuel Scorza.
Abajo: a la izquierda a Haya, y a la derecha a Borges
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«Scorza fue un personaje tan complejo. Ahí, por ejemplo, puedo decirle, y haré felices a aquellos que me piden autocrítica, que yo me excedí, traté mal a Scorza, lo traté como no se merecía. Mi vargasllosismo de esa época me empujó a una visión, digamos, formalista en exceso y Scorza no se mereció esa entrevista. Creo que yo tampoco me la merezco».
Fue usted injusto con él.
—Fui extraordinariamente injusto con Manuel Scorza. Me gustó mucho Historia de Garabombo el invisible, me gustó casi más que Redoble por Rancas, había un encanto en él. Ahora, lo que pasa es que Manuel dejaba demasiadas huellas de sus filiaciones: estaba García Márquez metido en su lenguaje. Pero, cuando pasen los años y esas deudas ya no se mencionen, Scorza va a sobrevivir. No tengo ninguna duda de que va a pasar la prueba del tiempo.

UN MUNDO NUEVO: OSWALDO REYNOSO VENTILÓ MI COVACHA
Oswaldo Reynoso

«Oswaldo Reynoso, que posee una producción muchísimo menor, ha tenido un mérito que ha sido el de abordar desde la entidad la Lima urbana, y pocos lo han hecho bien. Congrains quiso hacerlo, tiene muchos méritos, pero creo que no lo logró. Luis Loayza no escribió la novela que todos esperábamos de él. A mí, Ribeyro me gusta con muchas intermitencias: la verdad, no es un escritor que me fascine. Pero a mí me gustó mucho Los inocentes: me descubrió un mundo, un lenguaje y una violencia que yo no conocía, que mi aislamiento me había impedido conocer…»
Había un mundo allá, afuera de su alcoba.
—Exactamente. Y Reynoso me abrió las puertas y me abrió las ventanas y ventiló mi covacha. Y metió un montón de ruido. Es contundente, coral, callejero, eso es lo que más me gustó. Al final de cuentas es lo que puede a uno gustarle de un escritor tan raro como Bukowski: justamente esa turbidez primaria y casi salvaje de la calle, ¿no?
Muchos escritores le hacen ascos a Bukowski, está de moda…
—¡Bueno, allá ellos, no saben lo que se pierden! No tienen la menor idea de lo que se pierden. Para amar a Góngora hay que leer a Bukowski.

EL OBRERO QUE SE CONVIRTIÓ EN ARQUITECTO DE BRASILIA
La segunda gran novela de MVLL.

Justamente un gran amante de la poesía de Góngora es Mario Vargas Llosa, usted sigue siendo un vargasllosiano rendido.
—Respecto a sus tres novelas fundacionales, sí, sin lugar a dudas.  Y si tuviera que escoger, y si me dijeran que es de vida o muerte que escoja, me quedaría con La Casa Verde que es una novela espléndida, a la que no le sobra una palabra.
Pero considera que las entrevistas que le hizo a Vargas Llosa han sido fallidas.
—Sí, muy amigueras, muy devotas. Había mucha admiración, complicidad, yo he sido muy próximo a Mario como lector, como amigo, y así no se puede hacer entrevistas, así se puede hacer tertulias.
¿Qué pregunta incómoda le haría ahora?
—Bueno la que usted mencionó con esa pregunta: qué sintió al darle la mano a Alan García. Y estoy hablando en términos literales y metafóricos: qué sintió al darle una mano a Alan García, porque le dio una mano. Ayudó a García a que se luciera con el mayor escritor del Perú, ¡cosa que García no habría ni soñado! Esa fotografía la va a ocultar Mario y la va exhibir siempre Alan García jactándose de su poder de convocatoria.
Pero tampoco duda de que va a quedar Vargas Llosa y no va a quedar García…
—Hombre, imagínese, ¡cómo voy a dudar de eso! En doscientos años, ciento ochenta años, Alan García será otro Piérola, otro Prado, ¿me entiende? Vamos a ver, a mí cuando me hablan del futuro, siento que la mezcla de humanidad con eternidad siempre me parece ridícula, no sé cuánto duraremos ni qué seremos…
Quizá un libro se convierta en un objeto en obsolescencia.
—Un libro siempre, no sólo hoy, no olvidemos eso. No olvidemos cuántos libros quemó la iglesia. Los libros siempre fueron amenazas contra el poder. Pero para responder a la pregunta de si Mario prevalecerá: sin lugar a dudas. Prevalecerá por lo que hizo, no por el Perú, sino por la literatura. Las tres primeras novelas de Vargas Llosa son universales y son de una calidad extraordinaria, sinceramente. Y además es más extraordinario si uno piensa que Mario era un escritor muy mediano cuando empezó, o sea, los Los Jefes es horrrible, ¡un libro horrible! Es decir, si uno lee Los Jefes no puede asociar Los Jefes con La ciudad y los perros. Es imposible: parecen dos personas distintas, dos estilos distintos. A Mario le ha costado una enormidad aprender a escribir.
Es un obrero, ¿verdad?
—Sí, pero es un obrero que se convierte en el arquitecto de Brasilia, es increíble, ¿no?, o sea, ¡es el albañil más esforzado del mundo! Porque llega a escribir extraordinariamente bien en esas  tres novelas. A partir de allí produce industrialmente.

JULIUS FRENTE AL PELOTÓN DE FUSILAMIENTO


Mi pregunta sobre si Mario Vargas Llosa va a quedar o no viene a cuento también por el sarcasmo que apareció en su semanario acerca de la novela inédita de Alfredo Bryce Echenique que, según la nota, será el acontecimiento literario de la década. La primicia venía con un fragmento del comienzo de la novela de Bryce: «Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía, había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo»
—¡Bueno! —exclama con sorna.
¿No cree que a pesar del tropezón de los plagios va a quedar Un mundo para Julius u otra novela de Bryce?
—Yo creo que de Bryce no va a quedar nada. Un mundo para Julius no es una gran novela, es una novela querendona, simpática, tierna, dable y ta, ta, ta… pero, digamos, es la presentación proustiana de una derecha, de una clase conservadora, que no se parece en nada a lo que pinta Alfredo ahí: un mundo relativamente casto en donde gente bien distraída, generalmente de procedencia inglesa, vive y se entreteje, ¡no! No es un testimonio y no es una gran novela y a mí lo que no me gusta de Bryce es su estilo: los diminutivos reiterados, su falsa oralidad. No niego que Un mundo para Julius tiene méritos. No lo niego, desde luego. Estoy hablando de mi gusto, porque usted me ha preguntado por mi gusto y yo creo que de Alfredo no va a quedar nada, pero, en fin, es una opinión. Me puedo equivocar y creo que, en este caso, quisiera equivocarme.
Pero hay una actitud muy condescendiente con él, perdonavidas
—No. Es que ahora resulta que es la víctima, es increíble. El hombre que plagia dieciséis textos, y es descubierto, multado y comprobadamente castigado, ahora resulta ser la víctima de una conspiración más o menos truculenta y diabólica y de lo más perversa. Es que eso es el Perú, ¿no? Y lo que he hecho ahora es responderle con ironía, o con sarcasmo, o con crueldad, pero yo creo que se lo merece porque me parece que es el colmo que se presente como víctima. Claro, ¿a qué apela? Al viejo tic peruano de la amnesia. El Perú tiene una vocación enorme por la amnesia. Hace tres años la condena era más o menos clara, ya prescribió desde el punto de vista de la memoria, y ahora es una víctima. Hombre, ya, por favor, ¡que viva tranquilo sus últimos años y que deje de fastidiar!

TODOS NOS CREEMOS DORIAN GRAY


Don César, ¿cómo se aprende a ser viejo?
—¡No se aprende! No se aprende. Y lo peor de todo es que la vejez existe para los otros, pero los viejos nunca creen que son viejos. Y los viejos vivimos en la ficción de Dorian Gray. Todos los viejos nos creemos Dorian Gray y creemos que nuestra juventud es eterna.
Lo recuerdo citando a Juan Gonzalo Rose: «deberían haber catedrales para los que no creen». ¿No le vienen raptos o ansias de buscar a Dios? Yo creo, por ejemplo, que en la poesía de Vallejo hay un afán desesperado de encontrar a Dios.
—Sí, es una opinión debatible. Me parece interesante. Pero yo practico un agnosticismo sin fisuras. Yo no puedo creer en ese Dios inventado, interesado en matar, en elegir a algunos como privilegiados y a los demás como réprobos. En el Dios judeocristiano no creo en absoluto, y no creo en el Dios mahometano, ni en el Dios budista, no creo en ninguna divinidad, no creo en el dios Sol ni en los Apus, no creo en el Dios católico y menos creo en sus vicarios, en sus mensajeros, en sus embajadas, no creo en la chacana y no creo en la primera comunión. La mayor tragedia es que la vida no tiene sentido y sin embargo es maravillosa.

UN OBITUARIO, POR FAVOR…

—¿Usted cree que la vida no tiene sentido al estilo onettiano?
—Y, sin embargo, es maravillosa. Quizá porque no tenga sentido es maravillosa. Porque es un destino que tenemos que obedecer. La vida es un mandato y al final la muerte es el fracaso absoluto. Entonces yo soy un agnóstico doctrinario. No es que Dios se portó mal conmigo y dejé de creer. Es que nunca creí, es que nunca pude, es que jamás pude aceptar esta mitología hirsuta, esta mentira absolutamente canalla. Un Dios que manda a matar, que manda a degollar, que manda a exterminar. ¡Pero qué rezago neardental tenemos que tener para inventar un Dios así! ¡Un Dios asesino! Quizá por eso dicen que somos hechos a su imagen y semejanza, probablemente.
Pero Dios, o la idea de Dios está por encima de eso, de los errores humanos
—No, no creo. Creo que somos un producto inexplicable del azar y de la química y navegamos hacia la nada en un planeta extraño, anómalo.

¿Ha leído la Biblia?
—No, no he leído la Biblia. He podido leer capítulos de la Biblia algunas veces, pero la Biblia completa jamás.
¿Le aburre?
—No, no me aburre. Quizá sea fuerte lo que le voy a decir: me deprime y a veces me asquea. Me asquea porque pretende ser una mentira con impunidad y no puedo aceptarlo.
En un programa de televisión invitó a Marco Aurelio Denegri. Ambos parecían dos escépticos del amor occidental. Sin embargo, ahora resulta que usted se ha vuelto a casar. Quizá ha vuelto a tener fe pero en el amor
—Sí, es algo privado, personal. Pero yo creo que sí he vuelto a tener fe en la felicidad, en la profundidad de ser feliz en compañía de alguien afín, interesante y además, en este caso, bella. Pero el consuelo de la religión nunca me ha tentado. Será porque nunca he aceptado el miedo como gobernador de mi vida.
Nunca le ha tenido miedo a la muerte.
—No le temo a la muerte, pero lo mejor de todo es que no le temo a la vida. Creo que eso es lo más importante. No le temo a la vida, por lo tanto no tengo esa propensión a creer en un gran Señor Celestial de todas las comarcas, que va a influir en mi vida y va a hacer que obtenga la fortuna que no se me dio y de todos aquellas cosas que se piden en el pozo de los deseos de Santa Rosa…
¿Tiene alguna frase o máxima que lo haya marcado en su vida?
—En ese sentido, no. Como le digo, la religión es la más grande construcción del miedo, el gran templo del miedo. Se basa en eso: el miedo. No significa que yo sea un envalentonado, un héroe o un laico que desee la muerte, ¡no! Significa que jamás he podido sobornar a mi razón para abrirle las puertas a la religión. Mi razón es insobornable. Hay algo en mí, racional, que no cede, que no puede ceder, y eso me ha evitado la religión. ¿Y sabe qué? Agradezco eso porque si yo fuese religioso, entonces creería que Dios me ampara y, cuando hablo con usted, imaginaría que yo, de algún modo, interpreto a Dios, y que usted, desde su réproba crítica, es un adversario o es un perdido o es una oveja descarriada. Tendría la falsa superioridad de los profetas.
¿No visita a sus parientes muertos en los cementerios?
—A mi madre. Pero la verdad es que tampoco creo en el asunto de la permanencia de las almas. Somos lo que somos y la valentía consiste en aceptarlo. La religión es una cobardía multitudinaria, gigantesca, planetaria. Tenemos miedo, por lo tanto: «Diosito, ayúdame». No, hombre, no. Venimos de la nada y vamos a la nada.
¿Qué le gustaría que pusieran en su obituario?
—Bueno, es una pregunta bastante desagradable pero, dado que es usted, le contestaré: «no creyó en casi nada por pura convicción».
¿Y qué cree que pondrían sus enemigos?
—No me interesa —y, abruptamente, se pone de pie dando por terminada la entrevista.
Por favor, ¿me firmaría su libro Una piedra en el zapato?
—Cómo no —accede y, mientras me autografía la publicación, lo reitera con convicción—: no me interesa, es la verdad.

Antes de despedirme, pido un último instante para tomarme una fotografía con el periodista. Le indico a su ayudante de casa que «aprete» el botón del medio de mi equipo MP4 para la captura de la imagen. César Hildebrandt, antes de posar, me mira, algo contenido, intentando no amonestarme: «en estos momentos voy a hacer de Martha Hildebrandt: no se dice “aprete”, sino “apriete”». Y yo, en efecto, siento que, a manera de colofón, acabo de recibir una amonestación de su temperamental —y atrabiliaria— hermana.

2012/08/14

Y, para tu cólera, AREQUIPEÑO




El empedrado, resbaloso y brillante, se deslizaba, vertiginoso, por debajo de mis pies que subían y bajaban, desesperados por avanzar. Atropellé a un borrachito que gritaba, escandaloso, en medio de la calle, frente a la picantería “El Misti”. Perdón, y me zafé de sus manos violentas que trataban de sujetarme por la camisa. Ya llegamos tarde, me dijo entrecortado Efraín corriendo  a mi lado. Una bandada de niños, en alboroto de chillidos, se fugaba en el Centro Escolar de La Palma. Por tu culpa, le contesté, y la respiración como culebra de fuego se retorcía dentro de mi pecho. Las maestras, asustadizas, intentaban atraparlos  punta de jalones. El calor de las tres de la tarde me picaba el cuerpo. El Chuzo Ramírez nos alcanzó: ya viene la tropa, y a patada limpia nos abrió camino por entre  los niños que se enredaban en nuestras piernas. ¿Por dónde?, y grupos de noveleros, en puertas y calles, quedaban atrás. Por Goyeneche, el Chuzo Ramírez volteando la cabeza sin dejar de correr. La sangre me encendía el rostro. Tú que te hiciste esperar, Efraín secándose el sudor. El amarillo y rosado de las paredes, en río de sol, se escurrían en veloz acuarela. Nos detuvimos en la esquina de la Avenida Centenario: curiosos frente a la policía; en azoteas, mujeres y niños, asombrillándose los ojos con las manos, miraban el Colegio Nacional de la Independencia; a lo largo de la calle La Palma, los tranvías detenidos parecían un extraño tren rojiverde de parque infantil. Nos subimos a un muro: la avenida, desierta, resguardada por la policía montada; los edificios grises, descascarados, del colegio, exhibían banderas y cartelones, y en los techos, se arracimaban estudiantes con cristina o pañuelo amarrado en la cabeza, camisa abierta en el pecho y fuera del pantalón, y en las manos ladrillos y palos y viejos fusiles de madera. Vamos mejor por las chacras, el Chuzo Ramírez. Todo el colegio está rodeado, nos informó  un muchacho despeinado, no se puede pasar, la cara roja y sucia de tierra y sudor. Esa tarde, te cuento, era calurosa y seca. Un auto negro entró a la avenida y se detuvo a media cuadra del colegio. Entonces, los estudiantes comenzaron a gritar. Los curiosos de la esquina intentaron avanzar, pero la policía con varas largas de jebe los hicieron retroceder. Vendidos, los insultó un borracho, y una señora lo metió rápido en una tienda. El sol me enceguecía y apenas si podía ver cómo los altos y macizos caballos coceaban, nerviosos, sobre el asfalto, y cómo sus jinetes uniformados los sujetaban por las riendas. Del vehículo negro salieron tres personas. El prefecto, dijo un joven que estaba prendido en una ventana. Me empiné sobre el muro: dos militares y un civil avanzaban por en medio de la calle. Sonó un clarín.  Un niño, desde la copa de un árbol, gritó: miren, señalando el asta principal del colegio. El sol destellaba dorado en el clarín y chispeaba en el pecho desnudo de un estudiante. Multitud, hormiga, gritona, de alumnos invadió  los techos. Soldados con bombas lacrimógenas y fusiles y metralletas aparecieron por una esquina y en veloz desplazamiento de cascos se apostaron frente al colegio. Los curiosos se arremolinaron, las mujeres y los niños de las azoteas se asombrillaron más los ojos; la puertas y ventanas de los chalés de la avenida Centenario se cerraron violentamente. Los estudiantes corrían, desaforados, por los techos, hacia la puerta que da al patio. Por La Palma, un tumulto de perros y niños seguían a la loca Collantes que, enredada con serpentinas, mallas y tejidos y con descomunal sombrero de paja, vociferaba rabiosa contra los jueces y policías. Era junio: el cielo estaba clarísimo, cristal, y la luz era tan densa que podía tocarse con las manos, y el viento traía el violeta y dulce olor de eucalipto de las chacras. El Prefecto, bajo, rechoncho,  dirigía a un grupo de policías que, con las culatas de sus fusiles, trataban de romper el portón. Entonces, los alumnos, enloquecidos, comenzaron a arrojar piedras y ladrillos, y los caballos levantaban los pescuezos y echaban espuma por la boca. ¿Viste?, me preguntó Efraín medio asustado. ¿Qué?, los ojos me ardían. Así, una piedra en la cabeza del Prefecto, me contestó el Chuzo Ramírez que por abrir las manos casi se cae del muro. Estiré más mi cuello. El Prefecto se sostenía el quepis con la mano izquierda mientras que con la derecha levantaba su revólver. Cuatro secas y seguidas detonaciones impusieron silencio en el colegio, en la avenida y en la esquina de La Palma. Solo, en la tarde, ladridos lejanos y dispersos. El calor picaba más mi cuerpo y esa culebra de fuego en mi pecho me impedía respirar. Los alumnos corrían de un lado al otro por los techos. La nariz de Efraín se perfiló más y el Chuzo Ramírez daba pitadas seguidas a su cigarro. La loca Collantes, ojos desorbitados, enredándose más en sus serpentinas, mallas y tejidos, daba vueltas, con los brazos levantados, mirando el cielo. En las azoteas de las casas, y no habían ni mujeres ni niños. El muchacho sin camisa volvió a tocar el clarín y esta vez sonó tan triste y penetrante que parecía romper el cielo en pedacitos y la bandera fue arriada a media asta. El Prefecto avanzó hasta la tropa, habló con un oficial, luego entró a su automóvil, y el vehículo negro, a toda velocidad, desapareció al final de la avenida. Varios policías corrían con la cara ensangrentada. Han matado a un estudiante, gritó un joven desde el techo del colegio. Nos bajamos del muro y con los curiosos de la esquina comenzamos a desempedrar la calle. El borrachito, desprendiéndose de las manos de su mujer, lanzaba botellas vacías. La policía montada, sable en mano, arremetió y corrimos por La Palma tirándoles piedras. A Efraín se le salió el zapato y cuando volvió a recogerlo recibió en la espalda un tremendo sablazo, y recuerdo muy bien, Max, que escuchamos, en medio del alboroto, tiros, bombas y los independientes que en tropel desalojaban el colegio y gritaban furiosos: a la Plaza de Armas a levantar barricadas, y no me agrada pasear por esta neblina, ya te he dicho, varias veces, que la neblina de La Cantuta es el bostezo pestilente de Lima. No te rías: soy provinciano y para tu cólera arequipeño. ¿Tienes un cigarrito?

Oswaldo Reynoso

2012/08/11

Orgasmo en Londres

¡Orgasmo en Londres! Como para volverse loco de alegría. Los charros alargan (por siempre jamás) la maldición olímpica del fútbol carioca: México 2 – Brasil 1. Ya lo dijo Charly: “la alegría no es sólo brasilera”.
La foto inicial muestra la magnífica mofa del diario Olé de Buenos Aires: Me Río 2016. Dice la nota: "Brasil perdió con México por 2-1 y la medalla de oro sigue siendo su deuda pendiente. Oribe Peralta hizo los dos del Tri, que por primera vez se colgó la dorada. Neymar y compañía tendrán revancha dentro de cuatro años y en su casa. No hay oro posible para Brasil ni para ningún equipo si se juega así. Si la energía aparece sólo en los últimos minutos de mano de la desesperación. México le ganó bien por 2-1 y se quedó con el oro olímpico.
Treinta segundos necesitaron los mexicanos para descubrir que la defensa de Brasil jugaría mal todo el partido. Rafael y un enganche insólito; Un pase peor, la dormida de Thiago Silva y el gol de Peralta que, obviamente, cambiaba todo el esquema del partido.
Pero Brasil no fue decidido. Las fantasías de Neymar fueron tan aisladas que no sirvieron para inquietar a nadie. En el segundo tiempo los planteos no cambiaron. La necesidad brasileña le dio huecos a la contra mexicana que mucho antes de conseguir su segundo gol, ya había metido hasta una pelota en el travesaño.
La reacción brasileña fue muy tardía y el empate que se perdió Oscar, tras el descuento de Hulk, en la última jugada mostró que nunca estuvieron metidos en el partido. El oro les quedó lejos."
 

2012/08/09

TOCOLA

«En ese mundo que viví en el extranjero, que viví en Cochabamba había el culto de Arequipa, no del Perú: de Arequipa. La familia recordaba Arequipa como el paraíso perdido y entonces yo nací oyendo anécdotas de Arequipa, oyendo hablar de calles, de lugares, de personas de Arequipa y, además, se me inculcó desde que tuve uso de razón que ser arequipeño era un extraordinario privilegio. Algo que representaba no sólo, digamos, un privilegio, sino también un deber. Mi abuelo era un hombre muy recto, un caballero a la vieja usanza y, entonces, ser decente, ser limpio, ser honrado, era ser arequipeño. Bueno, pues, yo nací con esa idea de Arequipa; crecí con esa idea de Arequipa, y mi primer viaje a Arequipa, cuando yo tenía seis o siete años, lo tengo muy grabado en la memoria porque realmente era el viaje al paraíso. Era ir a  conocer ese paraíso que la familia Llosa tenía conservado en la calle Ladislao Cabrera, en Cochabamba. Y recuerdo mucho el viaje a Arequipa, un viaje largo. El tío Eduardo García, donde me alojé, era un caballero al que la familia le tenía admiración porque había visto al Papa en Roma, eso le daba una especie de aureola religiosa, mística. Vi los camarones por primera vez en mi vida. La señora Patrocinio, que era el ama de llaves, me preparaba unos chupes donde había esos animales extraños con tocolas (*). Recuerdo el Congreso Eucarístico. Fui a un Congreso Eucarístico, había mucha gente y había un señor de corbata pajarita que pronunciaba discursos, era Víctor Andrés Belaúnde. Arequipa, para mí, es eso: es esa familia de la que yo el día que conocí a mi padre fui arrancado brutalmente para conocer la realidad, es decir el infierno. Me arrancaron del paraíso y me llevaron al infierno y conocí el infierno que es la realidad. Pero Arequipa ha quedado siempre allí: asociada a mis abuelos, asociada a mi madre, y a personas a las que yo he querido enormemente y a las que debo los mejores recuerdos de mi infancia. Creo es eso lo que hace que, ahora que empiezo a ser viejo no quisiera pero la realidad es que empiezo a ser viejo siento mucho cariño por Arequipa. Además Arequipa ha sido tan cariñosa conmigo, sobre todo desde que gané el premio Nobel (risas), la manera cómo vivió Arequipa el premio Nobel a mí me conmovió. Soy sentimental, como dice el poema de Sebastián Salazar Bondy: al fin de cuentas, soy sentimental. Y entonces, pues, empiezo a sentirme arequipeño por fin. Bueno, y pronuncio la ‘ll’, también me enseñaron eso mis abuelos: los arequipeños sabemos pronunciar la ‘ll’ y los limeños son incapaces de hacerlo».

Mario Vargas Llosa


(*) Según el Diccionario de Arequipeñismos de Juan Guillermo Carpio Muñoz una tocola es: la pata más grande y abultada del camarón 2. La tenaza y su correspondiente base abultada de la pata del camarón, muy apreciada por su carne blanca y blanda. 3. La parte con tenaza de cangrejos, jaibas y otros crustáceos.


2012/08/06

Alfredo Zegarra: los marcianos nos invaden

Orson Welles se estaría paseando por las radioemisoras arequipeñas para comunicarnos que ¡los marcianos nos invaden! Y, la verdad, que no sabe a embeleco luego de ver las fotos de nuevo Palacio de Bellas Artes Mario Vargas Llosa, el último capricho del cada vez más impresentable Alfredo Zegarra Tejada. A estas alturas, ya se hace extrañar Simón Balbuena… Sentir que tu alcalde es el primer enemigo de la ciudad da mucha rabia. Tenemos que ponerlo en su lugar.

2012/08/02

Diccionario de arequipeñismos

Por Orlando Mazeyra Guillén

En La civilización del espectáculo, el último libro de Mario Vargas Llosa, el escritor arequipeño atiende la idea del poeta, dramaturgo y crítico literario estadounidense T. S. Eliot de que es indispensable que existan culturas regionales que nutran a una cultura nacional y, a la vez que formen parte de ella, existan con su propio perfil y gocen de cierta independencia: «Es importante sentencia Eliot que un hombre se sienta no sólo ciudadano de una nación en particular, sino ciudadano de un lugar específico de su país, que tenga sus lealtades locales. Esto, como la lealtad con la propia clase, surge de la lealtad hacia la familia».
El Diccionario de arequipeñismos ha sido escrito, creo, azuzado por esa genuina identificación que Juan Guillermo Carpio Muñoz siente con su tierra natal, sus raíces, su familia, es decir: Arequipa.
Yo había leído, hace algunos meses, una versión bastante resumida, cuando el autor le regaló un ejemplar a mi madre luego de degustar, cómo no, un sabroso adobo preparado por ella. No podrían imaginar (o quizá sí) lo placentero que fue el retar a mis hermanos a pasar la prueba de saber cuán arequipeños eran, preguntándoles el significado de algunas palabras que consideraba «rebuscadas» y, a su vez, la fruición que me producía el reencontrarme con vocablos que parecía exhumar de los sótanos de la memoria, recordando, así, los domingos, en la casa de la Mamá María, mi abuela materna, en Cerro Colorado: correteando en su gran huerta, escuchándola hablar y sintiendo un secreto orgullo por no sólo ser nieto de arequipeños de pura cepa, sino porque había un valor agregado: ¡eran chacareros!
Valga aclarar que la lectura de este libro ha servido para enmendarme la plana y, así, descubrir que el habla arequipeña es mestiza y, por lo tanto, se forjó por contribuciones tanto de los chacareros como de los citadinos. En consecuencia, no sólo es un absurdo el sentirse más arequipeño porque uno es descendiente de chacareros mistianos, sino que, como nos lo dice el autor del diccionario, hay que erradicar el equívoco de llamar loncco, al hablar típico, tradicional, característico o ancestral del arequipeño.
Esta publicación no sólo nos acerca a terminologías locales, sino que también a definiciones sobre lo que es ser arequipeño. Ahora, a puertas de un nuevo aniversario de la Ciudad Blanca, vuelve a plantearse la pregunta de siempre: ¿quién o qué es un arequipeño?
En esencia, un arequipeño es un mestizo que no tiene complejo de inferioridad frente a los demás, no reniega, no se avergüenza, ni se siente tributario de sus ascendientes indios o españoles, porque se siente un ser nuevo y diferente y, algunas veces, equívocamente, hasta se cree superior a ellos.
Hace algunas semanas, le comenté a don Juan Guillermo que quizá muchos de estos arequipeñismos están condenados (y disculpen por utilizar este término que puede sonar despectivo o desafortunado) a convertirse en antiguallas para el arequipeño del siglo XXI; sin embargo, eso sólo lo dirá el tiempo. Pongo como ejemplo, lo que tengo más a la mano, mi familia. O, para ser más preciso, mi familia paterna. Los hermanos de mi padre tenían la costumbre de poner apodos muy arequipeños: a la hermana mayor, por ser muy beata y llorona, una solterona pertinaz, señorita que ya frisa los ochenta años, le decían «sor cariche»; y a una de las últimas tías del clan, por ser la de piel más blanca y de ojos claros, le decían, con cierto retintín, «la carulla». Cariche y Carulla, dos arequipeñismos que, entiendo, para el arequipeño promedio deben sonar a términos, si no extraños, poco usuales. Ojalá me equivoque.
Además, el doctor Carpio Muñoz nos advierte, para mi espanto, que una de las características del habla de los arequipeños (la correcta pronunciación de la «ll»), se está perdiendo producto del agobiante centralismo limeño. Entonces lo que se viene no es muy alentador, aunque todo depende del cristal con que se observe. Julio Cortázar afirmó que «las novedades del habla popular son la creación de poetas anónimos que precisamente crean nuevas formas porque las usuales están gastadas, han perdido filo».Yo no creo que estos términos hayan perdido filo. Es simple, o desolador: ha dejado de interesarnos lo propio, lo que nos distingue de los demás.
A contrapelo de todo lo expuesto, esta bella publicación atiza la llama de una esperanza. Espero, pues, que la difusión del Diccionario de arequipeñismos sea un primer gran paso: una tarea pertinente, porque además el esfuerzo de galeote de su autor lo merece y, tal como lo señaló el poeta cusqueño Odi Gonzáles, estamos ante un hombre que «ha cargado un puma vivo». Este libro es parte de nuestra historia, pasado y presente, anidándose para construir un futuro que cumpla con la promesa de nuestro amado himno: renovar los laureles de ayer.
Como arequipeño me siento agradecido y es mi deber compartir esta emoción con todos los lectores, la emoción de sentirme ciudadano de esta tierra.
Orlando Mazeyra Guillén
01 de agosto de 2012.

  Pa’ Juan Guillermo

Por Sara Guillén Camargo

Esta noche se reúnen
los lonccos y los ccalas
en la biblioteca del Nobel Don Mario Vargas Llosa
para atingir lo que ha escrito el Juan  Guillermo,
después de muchas jornadas de esjuerzo;
paiso le ha dau  el tatito
bastante caycumen.

Seguritito que se ha quedau chocni
y se ha tocpiu el celebro pacer este nuevo  libro;
que más  parece una lloglla de palabras;
que me han cercenau el corazón,
recórdándome  que bonito  hablaba
en antaño mi aguelo Fernando y la mamitá Juana.

Veyo en su libro una pucuna
que servirá para soplar cultura
a tanto mocotecte y badulaque
Lue estau leyendo y me guelto loca  de alegría,
 una tarabilla contando, y recordando a mi familla
 arequipeñismos de  tanta maravilla.

Juan Guillermo, ¿cuánto te habéis demorau
para escribir tanto?
Por Diosito seguro que has estau
como gallina tocta encerrau en San Lázaro;
¿Cuántos días encerrau? Y ahora:
¿Cuántos riales por revainarte el celebro?
¡Eso no importa!
Seguro  cuatro riales por el esjuerzo.

Recuerdo que decía el abuelo: Si no vivís pa servir
no servís pa vivir.
Por eso no  permitáis que te domine el cansancio…
Vos seguí en la faina, creyando cultura
para tanta criatura.
Ya viene la fiesta de la Asunción voy a pedir que
La mamita linda te bendiga
y te ilumine la Santisma Trinidá;
Tu no dejís de mirar pal cielo dando
gracias por el bendito  caycumen que te  ha
dau el Tatito.
Esta noche recibe  una quepiñada de felicitaciones
de todos los que te acompañan.  
Gracias Juan Guillermo por seguir construyendo cultura,
para tu Arequipa, a la que amas y conoces con locura.

Sara Guillén Camargo
1 de agosto de 2012

ALGUNOS AREQUIPEÑISMOS Y SU SIGNIFICADO
(fuente Diccionario de J. G. Carpio Muñoz)


1. Guardacho: dinero, comida, o en general cosas que se guardan o esconden con mucho celo, de tal suerte que los demás no tienen idea de su existencia. Por ejemplo: hijito, te voy a comprar una computadora con un guardacho que tengo, pero no se lo digas a nadie.

2. Guato: cordón ordinario o gastado por el uso, algunas veces hecho con una tira de tela, que sirve para amarrar. Por ejemplo: amárrate los guatos de los zapatos.

3. Toncori: Garganta, tráquea. Por ejemplo: se le atracó un hueso en el toncori.

4. Mistiano: natural, perteneciente o relativo a Arequipa. Literalmente hijo(a) del Misti, el volcán tutelar de Arequipa. Por ejemplo: las mistianas, además de atractivas, son trabajadoras y exigentes.

5. Misquirichi o Misquiriche: avaro, miserable, tacaño, el que se engolosina con su dinero o con las cosas de su propiedad. Por ejemplo: ella no te convidará ni un pan, es una misquirichi.

6. Chajualla: perro chico y ladrador y bullicioso; por extensión, persona bulliciosa y parlanchina; por extensión: algo o alguien sin importancia, insignificante.

7. Trica: el conjunto de las tres porciones en que se divide la bebida preparada con la mezcla de los líquidos de una botella de licor de alto contenido alcohólico y una botella de gaseosa (de uno a dos litros de capacidad). La medida es: una de licor por dos de gaseosa. De uso reciente entre los jóvenes.

8. Cotimbear: mentir o decir cotimbas (mentiras, embustes). Esta acepción está en desuso. Generalmente se le confunde con quetimbear.

9. Forata: expulsar a alguien, botarlo, echarlo, arrojarlo, ponerlo fuera. Por ejemplo: ya les dimos forata a esos intrusos. Romper unilateralmente una relación o un compromiso. Por ejemplo: Elenita le dio forata a su enamorado. Parece provenir del español fuera.

10. Chilicuto: Grillo. Apodo de varón bajito y casi volátil por su poco peso.

11. Tolina: Marisco difundido en la costa del Perú y en el norte de Chile. En Arequipa se conoce más con el nombre de tolina, pero también algunos le llaman: casco de burro, y otros abalón (que no es palabra del español). Nuestro plato típico en que es protagonista es la sarza de tolinas. En Chile le llaman loco y lo comen con mayonesa. Es también muy difundida su acepción: vagina (por el parecido del marisco al órgano femenino ya mencionado).

12. Diana: bebida caliente que se prepara con leche, agua, castañas, almendras, coco rallado, canela, clavo de olor y pisco (o en su defecto coñac), y que es tradicional tomar "para el frío" y por las noches en los lugares públicos donde se verifican festividades populares. Posiblemente este arequipeñismo se haya formado de manera figurada a partir del vocablo español diana, que como sabemos nomina a ese toque de corneta que se hace en las madrugadas en los cuarteles para levantar a la tropa.