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2015/01/30

Hildebrandt: La gente dice: ¿Qué va a pasar el 2016? No se preocupe usted, el 2016 va a pasar lo mismo...

Algunas frases de una larga entrevista en cinco partes

César Hildebrandt anuncia algo aterrador pero inevitable, al parecer: "¿Qué va a pasar el 2016? No se preocupe usted, el 2016 va a pasar lo mismo".

Sobre Ollanta Humala: "¿Cómo pasas de caudillo de un movimiento de indignados a mascota de CONFIEP?"

"Los salarios han bajado ocho puntos en cuanto al Producto Bruto Interno en los últimos veinte años y, en cambio, el capital ha subido diez. Se trata de hacer un capitalismo menos brutal, más humano, más equitativo, porque el capitalismo puede ser compatible con cierta equidad, con cierta justicia. Pero, claro, nosotros hemos heredado el capitalismo impuesto a patadas por Fujimori desde 1992: sindicatos abolidos, derechos laborales olvidados. En fin, persecución de todo aquello que disienta del coro general y colapso de los partidos".

LA DISCRIMINACIÓN

"Ahí viene también el racismo: el creer que lo indio es inferior, siempre inferior, que lo mestizo es sospechoso, que lo negro es bajo, es decir, toda esta mescolanza perversa que es todavía parte de la educación de las clases altas en el Perú. Al final de cuentas el choleo se mantiene virgen, está intacto, parece el siglo XIX".

"Vamos a terminar con Humala y Humala va a terminar con nosotros".

 





2014/06/13

Amo el fútbol y por eso detesto los mundiales


Escribe: César Hildebrandt

Los mundiales siempre han sido un fraude. Lo fueron cuando Chile, a patadas, sacó a Italia de la competencia en 1962. O cuando Italia, a la mala y al estilo fascista, obtuvo la copa en 1934. O cuando Argentina, para pasar a la siguiente ronda, goleó a un Perú vendido y maniatado en 1978. O cuando Inglaterra venció a Alemania después de un gol fantasma en 1966. O cuando Materazzi hizo expulsar a Zidane. O cuando Didí, con su perversa alineación, nos obligó a perder frente a Brasil en 1970. Y no sigo porque me cansa esta enumeración de la cochinada en pantaloncito.

Ayer, un japonés que parecía Fujimori decidió que Brasil tenía que ganar con su ayuda e inventó un penal donde sólo hubo una caída histriónica. Eso, muchos minutos después de no haber expulsado al sobrestimado Neymar por agredir a un rival. La falta imaginaria y el gol deshonroso del impune Neymar hicieron que Croacia adelantara sus líneas lo que facilitó el tercer gol de Brasil. Me hizo recordar a Wembley en 1966, cuando los alemanes, desesperados por empatar luego del gol validado indebidamente a los ingleses, precipitaron el desenlace. A mí me encanta el fútbol por las mismas razones que a los demás mortales: porque en el juego uno ve lo que en la vida es muy difícil de ver. En el fútbol alguien gana, hay metas  cumplidas, emociones. La grisura de la vida, en cambio, carece de arcos. En la vida de las gentes no hay goles que cantar. La vida es un empate ceniciento con un rival que es uno mismo. Por eso se ama el fútbol: porque
de esos minutos sale un neto vencedor y un claro derrotado y todo es fácil de ver y de apreciar. Una suma, una resta, una copa, un grito: eso es el fútbol. En la vida hay, por lo general, un atasco en el medio campo, una sobrepoblación en las defensas y una multitud de arqueros que te impedirán la pasión del gol. El score en las lápidas, el resumen aritmético de las vidas, debiera ser 0-0. En la vida no hay tiempo suplementario ni definición forzada por penales. La parca mira su reloj y te la canta. Nada más.

Amo el fútbol y por eso detesto los mundiales, que son lo más parecido a la FIFA, esa mafia de sebosos probablemente suizos que organizan los resultados, escogen a sus sicarios de pito en la boca y se quedan con el grueso del dinero. El fútbol se maleó el día en que la FIFA fue la ONU de la pelota, el Consejo de Seguridad de los campeonatos, la Cosa Nostra de los penales por encargo. Lo de ayer fue una vergüenza más. Brasil, que tiene a un millón de japoneses en su seno, ganó pero dio náuseas futbolísticas. Es la medianía vestida de verde, pero el destino trazado en Zúrich quiere verlo campeón de entrecasa. Y así será, si es que las cosas salen según lo planeado por Blatter.

Miraré este Mundial con especial escepticismo. Con la suspicacia de la experiencia. Con la sospecha que se merece un juego donde el factor mafia –los árbitros, encarnación de la FIFA– sigue siendo decisivo. El día en que las computadoras se hagan cargo de las decisiones y los penales se calculen por parámetros de movimiento y fricción y los fueras de juego por ojos justos y electrónicos y los fouls por referentes de una memoria maquinal, ese será el día en que el fútbol será confiable. Mientras tanto, a seguir creyendo que los partidos son impredecibles. Que en eso consiste la ilusión del Mundial.

Publicado en Hildebrandt en sus trece.

2014/03/30

Síndrome de Estocolmo

En la edición Nro. 195 del semanario Hildebrandt en sus trece
En la edición 195 de Hildebrandt en sus trece aparece mi historia Síndrome de Estocolmo.
También en la página 27 aparece un bello de texto de César Hildebrandt titulado Dormir sin culpa, que comparto.

Los animales duermen sin culpa. Sin manchas ni remordimientos. Duermen como han de morir, como vivieron: puros, lo más cercanos a Dios (si Dios hubiese). Vivían las bestias la paz del paraíso hasta que el mono transformado llegó para trocearlos. Y el mono inventó las hamburguesas, los patés, las putas de Avignon embutidas en mallas de torero, las máquinas fabricadoras de mastitis, las páginas sociales, los reyes belgas matando por marfil. Decretó el mono apenas transformado que él era el rey de la creación y el hijo de Dios y todo eso lo dijo para inventar corrales, mataderos, lentas muertes, programadas gorduras. Lo dijo con la voz del falso coronel de Kentucky Fried Chicken. Llegó con hachas el mono transformado, con patadas llegó la bestia humana a establecer el reino del martirio. Ese mono bajado de los árboles que afirma haber visto la zarza ardiendo está matando también su madriguera. El planeta está harto del mono soberbio, los hielos se derriten por su culpa y el culto por las chimeneas terminará con esta roca que gira sin sentido alrededor de una estrella que ignora también por qué se quema. Cuando la locura me llama y la ninguna razón del universo solicita mi atención, entonces yo me pongo a ver fotos de animales que duermen y consigo así no suicidarme.

2013/09/14

Qué bueno que Brasil 2014 no se dé el lujo de reírse de nosotros

LOS CUATRO FANTÁSTICOS. Una ficción a cargo de la prensa deportiva local.
Qué placer produce leer a alguien que no sólo sabe de fútbol sino que lo ama. Para nadie es un secreto que César Hildebrandt fue, en sus inicios, periodista deportivo: “yo he sido redactor deportivo. Recuerdo que una vez Bernardo Ortiz de Zevallos me dobló el sueldo por comentar el partido de fútbol entre Estudiantes de La Plata e Internazionale de Milán que sólo había visto por televisión”. Sírvase y provecho.

Fútbol y política
Por César Hildebrandt*

El problema del fútbol es que tiene reglas y exige esfuerzos, metas comunes, solidaridad, carácter. Si el fútbol fuera anarquía, salvajismo, incivismo, negación del otro, cutra en mancha, flojera y ningún carácter, seríamos campeones mundiales.
            Un país que ama el desorden, la plata fácil, y que engorda una vanidad con pies de barro, ¿por qué habría de tener una buena selección de fútbol?
            Una país que se ha vendido a pedacitos, que ahuyenta el patriotismo como si de una plaga medieval se tratara, que se desarma industrialmente pero muestra a sus cocineros como vanguardia del progreso, que no tiene ni aerolínea propia ni aeropuerto suyo ni Callao que le pertenezca, ¿por qué habría de esperar que Claudio Pizarro sienta la camiseta embanderada como una causa?
            Si el Perú no existe, si somos un gran restaurante con aduanas, si llamamos crecimiento de la ciudad a la proliferación de “asentamientos humanos” que habrían inspirado a Poe y hecho salivar de gusto a Bela Lugosi, ¿por qué queremos tener una selección de fútbol moderna y competitiva?
            Si practicamos la debilidad internacional como virtud y el acomodo de vasallos como norma, ¿por qué queremos que Guerrero se la juegue?
            Si desalentamos el nacionalismo bien entendido y nos llenamos de basura china a precios de ganga, ¿a quién le solicitamos entusiasmo por “la bicolor”?
            Nuestro campeonato futbolero es un asco. Es un torneo de fracasados en trance de gordura. Apenas sale alguien con talento, resulta que lo venden, a precio prematuro y vil, a algún club de segunda de Turquía. Dos interventoras de Sunat que no saben dónde están paradas gerencian los clubes más importantes del fantasmal “fútbol peruano”. Somos el hazmerreír crónico de la Copa Libertadores. Tenemos casi el monopolio del fracaso.
            ¿Y la prensa deportiva? ¿Puede haber algo más hediondo que esa mezcla de optimismo tóxico (previo a los partidos) y de alharaca deprimida (posterior a los partidos)?
            Corrompida por las entradas y los canjes, las amenazas y los enredos turbios, la prensa deportiva peruana es parte del problema y muchas veces parece escrita por Burga y corregida por Markarián.
            Dos millones doscientos mil dólares ha ganado Markarián en estos últimos tiempos de derrotas cuantiosas. Y ahora se va. Y la gusanera de la prensa deportiva le pide que se quede.
            Claro, le piden que se quede, para empezar, los chicos de CMD, que ven peligrar el negocio que tanto les ha rendido: el del embuste, las expectativas infladas con bromuro, las lecturas benévolas que convertían empates en triunfos, las derrotas en deslices pasajeros y los pocos éxitos en apoteosis catalanas.
            Qué bien que no estemos en el Mundial. Habríamos hecho el mismo ridículo que en España 82, cuando los polacos nos barrieron 5 a 1. Habríamos dado la misma pena que dimos cuando los muchachos de Videla nos ganaron 6-0 en Argentina 78.
            Sólo no dimos pena en México 70. Curiosamente, a pesar de lo que la derecha aterrorizada dijera, en ese momento, con todos nuestros errores, éramos un país, un proyecto entusiasta, una aspiración colectiva de ser mejores y superar nuestras miserias.
            Miren a un equipo de fútbol auténtico. Es, antes que nada, una idea, una estética, un punto de vista táctico. No es una oncena de ambulantes mendigándole al azar una oportunidad.
            Qué bueno que Brasil 2014 no se dé el lujo de reírse de nosotros.
  

* Artículo aparecido en Hildebrandt en sus trece Nro. 169 (viernes 13 de septiembre de 2013).


 
Esa prensa capitalina que, como dice Hildebrandt, suele convertir empates en triunfos. Acá el patético festejo luego de empatar como locales, y sobre la hora, contra una de las peores selecciones argentinas de los últimos años. Festejamos un empate como local ante los albicelestes que luego serían goleados por Chile en Santiago. Acá la narración de quizá el peor narrador deportivo de la prensa deportiva limeña: Daniel Peredo. "Es el mejor final que me ha tocado narrar", dice Peredo. Sin comentarios.

2013/08/10

Simplemente Orlando

Diario Correo de Arequipa, sábado 10 de agosto de 2013
Por Yudio Cruz Mendoza

Ese flaco que me espera, puntual como pocos, en una esquina de la plaza de Arequipa es el escritor Orlando Mazeyra. Nunca antes lo vi en persona, pero lo reconozco en el acto. Es más alto de lo que imaginé, más que yo, o sea, y quizá ese rasgo acentúe su delgadez. Su corte de pelo, casi al rape, es idéntico al que lleva en las fotos que aparecen en las solapas de sus libros, en su Facebook y en su blog. Nuestra cita era a la 1:00 p.m. La concertamos, vía Face, hace sólo un par de horas.
Pucha, llego tres minutos tarde.
Me hablaron por primera vez de Orlando Mazeyra Guillén (Arequipa, 1980) en el 2010, cuando aún vivía en Puno. Valió la pena pagar 15 soles por estos cuentos, me dijo un escritor puneño, gran amigo mío, quien había comprado La prosperidad reclusa (2009), el segundo libro de Mazeyra, únicamente  para no desairar al vendedor, un célebre poeta de la Ciudad Blanca. Otro amigo, en aquel entonces estudiante de Derecho de la UNSA, me contó que el viaje de Arequipa a Puno (en bus económico), que en otras ocasiones le parecía insoportable, ahora, increíblemente, con el texto de Mazeyra entre manos, le había resultado hasta placentero. Me bastó leer los primeros relatos de La prosperidad reclusa para darles la razón.
Estamos en el segundo piso de una cafetería de la calle Mercaderes; Orlando ha pedido, para los dos, unos helados deliciosos. He derribado el mío, no sé si por nerviosismo o distracción, pero —oh, sorpresa— no se ha derramado ni una gota. Mazeyra quiere obsequiarme  Mi familia y otras miserias (2013), su último libro de cuentos, pero ya tengo mi ejemplar, recién compradito de la Libunsa, y se lo alcanzo para que me lo firme. Hago lo propio con Urgente: necesito un retazo de felicidad (2007), su ópera prima, pero ocurre que ya está autografiada por el autor y tiene una dedicatoria tremebunda. Le confieso, avergonzado, que la acabo de adquirir en una librería de viejo.
Orlando arranca esa página, la dobla en cuatro, se la guarda en el bolsillo del pantalón y estampa su rúbrica en la segunda hoja.
Enciendo mi reportera digital… A Mazeyra le apasiona el fútbol. Era un niño cuando su padre lo llevó por primera vez al estadio. Desde ese momento se quedó encandilado con el balompié. Su contacto inicial con la escritura se lo debe, quién lo diría, a este deporte. Cuando era colegial leía las crónicas deportivas de El Gráfico, de Argentina, y escribía cuentos futbolísticos. Uno de sus personajes era un arquero imbatible que tenía el mismo apellido que el director de su colegio y defendía, qué duda cabe, el arco del Melgar, equipo del que Orlando se declara hincha acérrimo.
Ingresó a Ciencias de la Comunicación en la UNSA, pero su madre le advirtió que, si no quería morirse de hambre, debía seguir, además, una carrera con futuro. Así que se fue a estudiar Ingeniería de Sistemas a la UCSM. Sin embargo, nunca se alejó de la prensa. Actualmente, publica crónicas y entrevistas en distintos medios locales, nacionales e internacionales. Incluso fue corrector de estilo en la edición sureña de un conocido diario. Su gran referente en el periodismo es su amigo César Hildebrandt.
Su escritor predilecto es Mario Vargas Llosa. Dice que devoró todas sus obras, menos La guerra del fin del mundo, que dejó a medio leer. Lo admira tanto que, cuando tuvo la oportunidad de visitar la biblioteca del Nobel, en Lima, estuvo a punto de besar su escritorio. El libro de Mario Vargas Llosa que lo marcó y con el cual se siente identificado es El pez en el agua, ya que el niño Orlando, al igual que el niño Mario que aparece en esas memorias, tuvo una relación muy tormentosa con su padre.
Formulé poquísimas preguntas —breves, sencillas, obvias—, en la hora y media que duró nuestra reunión. Mazeyra se anticipó a casi todas las que había planeado y me las absolvió como si hubiese ensayado las respuestas. Por eso me despedí feliz, presto a transcribir el audio.

Nunca imaginé, Orlando, que un virus, compadecido tal vez mi torpeza periodística, borraría esa entrevista.

2013/07/20

Presentación de "Mi familia y otras miserias" en la FIL de Lima

Comparto con ustedes un fragmento del texto que José Luis Martín le ha dedicado a mi último libro Mi familia y otras miserias (Tribal, 2013). Este libro de narrativa breve se presentará el día domingo 21 de julio, a las 3 p.m. en el auditorio José María Arguedas de la Feria Internacional del libro de Lima (parque de los próceres, altura de la cuadra 17 de la avenida Salaverry, Jesús María). Los presentadores serán Oswaldo Reynoso y Guillermo Giacosa.
Sobre algunas de estas narraciones aparecen comentarios de Michael Cunningham, Carlos Granés, César Hildebrandt, Raúl Bueno Chávez, entre otros. El Premio Herralde 2007, Martín Kohan, ha dicho: «Los cuentos me parecen impactantes; resulta realmente muy perturbadora la manera en que el autor une los ámbitos familiares con la más absoluta sordidez. El relato "Es mejor hacerlo con agua mineral" me pareció estremecedor». Por Otro lado, Fernando Ampuero señala: «Orlando Mazeyra tiene el nervio de los escritores de raza. Su relato Mi primera máquina de escribir es intenso y conmovedor, y dejará en el lector una huella imborrable».

MI FAMILIA Y OTRAS MISERIAS

Por José Luis Martín*
Los cuentos de Orlando Mazeyra Guillén** caminan siempre sobre la frontera entre la locura y la cordura. Como un coche que ha perdido la dirección, sus personajes entran y salen de ambas zonas a toda velocidad, perplejos por el hecho de que allí, en el límite, es imposible determinar de qué lado está la verdad. Por ello, a menudo se dejan caer voluntariamente del lado de la locura, no sólo para acabar con el sufrimiento, sino también para reencontrarse con el verdadero ser de las cosas.

(…) Porque los personajes de Orlando Mazeyra Guillén se reconocen siempre en la locura y ese reconocimiento los empuja de vuelta al hogar, a batallar estérilmente contra una locura originaria, metafísica, y por tanto invencible. La familia y sus desequilibrios significan entonces la naturaleza en su conjunto: sabemos que no saldremos del caos porque venimos de él, porque la vida entera es un caos que sólo podemos controlar por períodos limitado (…) Los personajes de Mazeyra viven siempre en el filo, y a cada vuelta de la vida acecha la tentación de dejarse caer en las grandes negaciones: la enfermedad, la locura, la muerte... los grandes noes que nos definen como seres humanos.

* José Luis Martín (Ph.D. Princeton University, 1996) ha impartido clases de lengua y cultura españolas en los EstadosUnidos (Ohio StateUniversity) y ha escrito sobre la construcción del sujeto humano en la obra de Baltasar Gracián y sobre otros temas relacionados con el Renacimiento español. Es uno de los fundadores del Proyecto Sherezade de la Universidad deManitoba (Canadá) que, desde 1996, promueve la difusión de narraciones de escritores hispanohablantes como el mexicano Alberto Chimal y el peruano Iván Thays, entre otros.


**Orlando Mazeyra Guillén (Arequipa, 1980) Es Editor Cultural de la Universidad La Salle de Arequipa y colaborador de Hildebrandt en sus trece, semanario donde publica relatos y crónicas.

Más información acá:
http://mifamiliayotrasmiserias.blogspot.com/

2013/07/14

Amamos a Mafalda...

Y aunque no pretendemos imitarla, sí nos vamos a tomar unas vacaciones.

Hildebrandt en sus trece anuncia a sus lectores que reaparecerá el próximo 9 de agosto. Hace más de tres años que estamos con ustedes y esperamos acompañarlos en esto de la irreverencia y el pisotón de callos muchos años más. Pero necesitamos tomarnos un descanso, y el hecho de que el fallo de La Haya recién se dé en setiembre nos ha envalentonado. No nos vamos a perder la noticia del año. Y estaremos de vuelta con más ganas que nunca de hacer lo nuestro, que es fregar con información, desarmar con razones y recordar siempre que somos un país de olvidadizos. Solicitamos vuestra indulgencia. No es este un adiós sino un hasta luego. Hasta el 9 de agosto. Muchas gracias.

2013/03/26

Vargas Llosa según Vargas Llosa

Una entrevista de César Hildebrandt publicada en Caretas hace más  de cuarenta años (1972)

VARGAS LLOSA SEGÚN VARGAS LLOSA
Mira, tengo un borrador terminado (otro magma), sí, un magma que tiene la ventaja sobre  los otros de ser considerablemente más corto (¿cuántos miles de páginas?), no, no, éste no tiene sino trescientas y pico de cuartillas, de tal manera que si ocurre, como ha ocurrido con mis otros libros, que el resultado final sea un recorte bastante grande de ese magma, será una historia bastante corta, para felicidad de muchos. Cada vez me cuesta más trabajo escribir, cada vez me resulta más difícil. Ese primer borrador es el que más trabajo me da, el que me hace sentir más inseguro, el que me produce más angustia, (¿no exageras un poco?), no, no, es muy curioso pero creo que a muchos escritores nos pasa que mientras más escribes no obtienes un mayor dominio del oficio, al contrario, a medida que progresas más en tu trabajo y en tus ambiciones lo que va surgiendo son mayores complejidades y dificultades. Mira, cada libro ha significado respecto del anterior una complejidad creciente (una complejidad proporcional a tu ambición), bueno sí, es posible que sea eso. Yo creo que La Casa Verde es mejor que La Ciudad y los Perros y que Conversación en La Catedral es mejor que La Casa Verde. Conversación en La Catedral me importa más porque es una experiencia más reciente, pero ya me importa menos que Pantaleón y las Visitadoras. Es decir, me siento muchísimo más comprometido con lo que estoy haciendo que con lo que hice. Sin duda que Conversación en La Catedral es mi libro más ambicioso, el que me costó más trabajo. Ahora,  es el libro más logrado, pues eso no lo puedo saber tanto yo sino los lectores o los críticos, (¿cuál es tu sensación frente al lenguaje ahora?), mira es una enorme incertidumbre, una terrible inseguridad, el lenguaje es algo que yo nunca he sentido totalmente sometido, yo envidio a escritores que pueden escribir directamente, sé que por ejemplo Alfredo Bryce puede escribir sus novelas así, eso para mí es totalmente inconcebible , la primera versión de un texto mío es algo realmente impresentable, es un mundo de deficiencias y caos, incluso creo que hasta en un nivel sintáctico, es un poco mi manera de trabajar, desarrollar primero una historia, a galope tendido, para que surja el monstruo. Y la dificultad mayor tiene que ver siempre con el lenguaje, incluso te diría que tiene que ver más con los diálogos que con las descripciones, es cuando yo tengo que hacer hablar a un personaje cuando siento la mayor inseguridad, y es cuando corrijo y rehago más. Y esta novela, Pantaleón y las visitadoras, me cuesta muchísimo trabajo, porque está principalmente centrada sobre las voces de los personajes, es una historia que está más dicha que descrita, hay muchos diálogos plurales, (lasitud, saturación…), bueno, mira, Conversación en La Catedral tiene un lenguaje mucho menos llamativo o espectacular que el de La Casa Verde,  es incluso deliberadamente monocorde, pero eso es bastante premeditado, mi idea era la siguiente: como la historia que cuenta Conversación en La Catedral es esencialmente truculenta, desmesurada, llena de desbordamientos —crímenes, robos, violencia—, entonces, si esa materia tan excesiva era formulada con un lenguaje espectacular, desmelenado, eso hubiera sido totalmente irresistible para un lector, hubiera tenido los vicios de un radioteatro o una telenovela, mi idea era que ya que la historia era explosiva el lenguaje debía cumplir un papel de contrapeso, que debía apaciguar esos excesos y esa violencia, (una opacidad), sí, que fuera antídoto a la desmesura, (aunque hay excesos contados excesivamente, García Márquez), sí, pero él utiliza otros contrapesos, el humor, por ejemplo, que es disolvente, (La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada: juego, pirotecnia, ¿tú qué piensas?), mira, yo creo que el problema principal que tiene ese libro es Cien años de soledad, su cercanía con un libro de semejante riqueza, pero yo no creo que esos relatos deban ser confrontados con Cien años de soledad, creo que ellos son como residuos de ese mundo magnífico, una energía sobrante de Macondo, es un libro que no tiene excesiva importancia pero que está hecho con brillantez, con facilidad, con un cierto tono juguetón, (pero hay algo simbólico: los cuentos se trasladan a un aldea costera, anfibia, una especie de búsqueda de García Márquez por abandonar la mediterraneidad de Macondo, por saltar el charco hacia El otoño del patriarca), bueno, yo creo que ese  es su propósito, salir de Macondo y entrar a otro mundo, (tú no has sufrido ese problema, el problema de la historia-lastre, tú has saltado de un mundo a otro con una facilidad irritante), es verdad, bueno, creo por lo menos no tener un tema (una pluralidad de fantasmas envidiable), aunque eso sea algo que podrá juzgarse mejor cuando esté muerto y pueda ser juzgado orgánicamente, pero tengo la impresión que escribo sobre cosas distintas, que no soy escritor de temas recurrentes. Y además lo que me ha pasado es que yo he empezado a escribir una novela cuando le estaba poniendo el punto final a la anterior, así que no tenía tiempo de sentirme aplastado. Sí, en lo que se refiere a mi trabajo sigo bastante disciplinado, bastante ordenado porque es la única manera como puedo escribir (según Bryce, tú te cuadras antes de escribir), sí, García Márquez decía que tocaba una corneta, pero en lo demás no soy nada ordenado, mira, mi mujer me dice todo el día que soy un caos, desordenado, impuntual. (¿El teatro?), me sigue gustando mucho, me gustaría escribir para el teatro, tengo notas, proyectos, pero es difícil, no sé, siempre estoy metido en novelas que me toman años, pero no descarto la idea de escribir para el teatro. (Leímos hace poco un cable), no creas en los cables, (con declaraciones tuyas sobre la situación económica de Cuba, muy bien explotadas por ciertas agencias de prensa), sí, que me han irritado mucho. Mira, te voy a decir exactamente cómo fue: fue un reportaje que apareció en El Nacional de Caracas y en el que yo fui particularmente detallista en explicar por qué me sentía solidario de la revolución cubana, por qué creo que es tan decisiva para América Latina, dije cuánto me había alegrado ahora que el Perú había restablecido relaciones con Cuba, y luego, después de dejar muy en claro mi adhesión a Cuba, indiqué que eso no significaba que no tuviese discrepancias y que consideraba mi obligación expresarlas cuando las sintiese. Bueno, pues ahora resulta que lo único que se publican en lo cables son mis discrepancias con la revolución cubana, eso es muy irritante, (tu posición sobre lo que está pasando en el Perú no ha sufrido variaciones…), no ha cambiado, no, parto de la base de que este proceso significa un progreso considerable, que en muchos campos se han hecho reformas muy profundas que favorecen al país —la reforma agraria, nuestra política internacional, que ahora sí me parece respetable—, ahora, al mismo tiempo, ciertas reticencias que tenía se mantienen porque no ha habido cambios en eso, creo que el régimen tiene una estructura cerradamente militar, que la participación civil es prácticamente nula —es de segundo orden—, que no existe ningún mecanismo de fiscalización popular civil de lo que se hace —de las medidas que aplaudo y de las que me siento solidario— y eso para mí es sumamente preocupante, porque da a todos esos procesos de cambio una precariedad indiscutible. El día de mañana puede haber una revolución en Palacio, de la cual nosotros seamos ignorantes, que cambie unas personas por otras en los puestos de mando del régimen, y todo ese proceso de reformas se puede venir abajo, puesto que no hay una participación popular que lo garantice y active. (¿Miedo a que los temas se agoten?), no, no creo, yo creo que un escritor deja de ser escritor no cuando se le acaba el tema sino cuando resuelve su problema. Insisto en que uno es escritor por infeliz, porque le han pasado ciertas cosas. Yo nunca he sentido esa especie de temor al vacío que sienten algunos escritores. Al contrario, yo siento una especie de nostalgia premonitoria, tengo la sensación de que me voy a morir dejando muchos proyectos de historias que nunca podré escribir, yo creo que aun si no me ocurriese nada más en mi vida y viviera uso 30 años más, tendría material reunido, es decir experiencias suficientes como para seguir escribiendo hasta mi muerte. En todo caso, mi temor es más universal, es de no poder escribir con rigor, con profundidad. Eso sí, pero la posibilidad de encontrarme un día frente a una página en blanco lleno de angustia, eso estoy seguro que no me va  ocurrir jamás. Mi problema es al contrario, que tengo un exceso de temas que quisiera desarrollar, y no sé si voy a tener tiempo para hacerlo. Los problemas con el lenguaje claro que existen, como te decía al principio de la conversación: mis dificultades crecen con cada libro, hay una angustia creciente. No hay nada garantizado, cada libro es una aventura nueva, hay escritores que fueron muy buenos en el primer libro, muy malos en el segundo y pésimos en el tercero, (eso, Mario, me hace recordar a alguien que decía el otro día  que no debería haber primer libro, que debía empezarse por el segundo, ahora la pregunta es: qué pasaba si el segundo era peor que el primero salteado), una de las cosas para mí terribles, tu sabes, es esos escritores que se instalan cómodamente en una especie de puesto alcanzado, que a partir de cierto éxito  se empiezan a repetir, a degustarse, esa es una imagen que me resulta muy penosa. (Como escritor de moda, por lo tanto constantemente allanado por los críticos, me imagino que te habrás preguntado  si las influencias que te han atribuido son ciertas o no, me imagino que después de 10 años de lucha con tantas especulaciones habrás llegado a reconocer definitivamente cinco o seis vertientes de tu obra), bueno, sí, indiscutiblemente, creo que esas vertientes son bastante evidentes. Creo que debo muchísimo a Faulkner, creo que si no hubiera leído a Faulkner no hubiera escrito como he escrito, creo que debo mucho a Sartre, no sé si en el plano de la técnica o del lenguaje narrativo, pero sí en una cierta visión de las cosas, y de algún modo más genérico creo que debo mucho a la novela del siglo XIX. Y hay otros escritores que han influido e influyen en mí, menos constantemente tal vez. Ahora, por ejemplo, estaba leyendo la obra de George Bataille, incluso releí algunos libros que había leído hace muchos años, y para mí fue una verdadera revelación descubrir cómo muchas cosas que he dicho en Historia de un deicidio proceden indiscutiblemente   de Bataille, de su Literatura y el mal, que yo leí con gran entusiasmo hace unos diez o doce años y que creía haber olvidado. Ciertas concepciones, una cierta visión maldita de la vocación literaria, fue descubierta en mí por la lectura de Bataille. Yo no tengo ningún temor a denunciar mis influencias. Lo que pasa es que un autor no es muchas veces consciente de sus influencias, de pronto una novela, un poema leídos distraídamente, se fijan e influyen más que las obras que más nos gustan. En todo caso, estoy mucho más cerca de los novelistas que escribieron el Amadís… o La guerra y la paz, que de los jóvenes experimentalistas y estructuralistas contemporáneos (a pesar de que has contrasueleado  el lenguaje tanto como ellos), sí, pero yo con la idea de, a través de esos contrasuelazos, hacer más claras ciertas personalidades, ciertas acciones. (¿No hay un libro que últimamente te haya impresionado sobremanera?), bueno, sí, he releído Madame Bovary (siempre recurrente), pero ahora lo he leído por razones más interesadas que otras veces, porque va a salir una nueva traducción y entonces voy a escribir un prólogo, y ha sido una experiencia muy hermosa, porque el poder de hechizamiento del libro se mantiene intacto……Yo reconozco que uno de mis defectos es una cierta tendencia hacia la proliferación, a mí podría  ocurrirme empezar a escribir una novela  y ya no terminar nunca más, seguir escribiendo, es una especie de amenaza que siento como posible, no solamente como una broma….Bueno, yo sigo siendo optimista en el sentido de que el socialismo tendrá que avanzar hacia formas menos rígidas, hacia formas democráticas, de tolerancia, y que el triunfo de los oscurantistas y de los dogmáticos será siempre pasajero, pienso que el socialismo marcha porque tiene que marchar hacia estructuras más plurales (hacia una situación óptima en la cual tú seguirías siendo el cuestionador repulsivo para los congeladores del sistema), yo creo que esa sería la función de la literatura, sí, creo que dentro de esa sociedad infinitamente mejor que admitiera  la discrepancia, el rol del escritor sería demostrar a sus lectores, que serían todos, que la realidad siempre está mal hecha, que siempre tiene imperfecciones, que siempre se debe exigir más, que la historia debe marchar hacia esa imposible felicidad general, (a propósito de felicidad, tú pareces  haber sobrevivido a la fama), mira, cuando yo empecé a publicar y ocurrió todo, bueno, me sentí inmensamente halagado, un poco mareado. Y ahora que han pasado como diez años te puedo decir con toda sinceridad que eso que se llama la fama no ha hecho sino crearme dificultades y problemas, es una de las cosas que conspira más contra mi trabajo, ha disminuido inmensamente mi libertad de movimiento. Es increíble cómo afecta eso de ser un personaje más o menos público, y lo peor es que uno no sabe si todo eso que se rechaza, que conscientemente se juzga como una tontería, de una transitoriedad total, uno no sabe si en el fondo es afectado, dañado por la persecución. Yo acabo de tener una especie de polémica, tú sabes, en Caracas. Ángel Rama nos acusó públicamente a los escritores del llamado boom de ser unas vedettes, de buscar ser personajes públicos, y eso fue algo tremendamente doloroso, porque yo creo que el malentendido que convierte en personaje a un escritor, que le da la popularidad de un futbolista o de un cantante, es algo que ni por el más frívolo y superficial autor puede ser deseado, porque eso sólo trae complicaciones, y tú no puedes decir nada que inmediatamente no sea manipulado, distorsionado, y tendrías que pasarte la vida desmintiendo, aclarando. Entonces dices no concedo más un reportaje y apareces como un pedante, un soberano creído, y es una imagen que tampoco quiero dar. Ahora, lo que me consuela es que sé que eso es absolutamente efímero, (la imagen de Vargas Llosa es la de un escritor congénito, alguien que trajo al mundo ese defecto de fábrica, pero imagínate —haz un esfuerzo  descomunal— que la literatura no existiese sobre la faz de la tierra), pues sería un hombre de acción, no un científico, no un hombre de gabinete, sino alguien volcado hacia afuera, si hubiera vivido en el siglo XIX me hubiera gustado tener la vida que tuvo Conrad antes de ser escritor, un aventurero, un explorador, tengo una nostalgia de la que no me he librado nunca, quizá cierta frustración de ese tipo es la que hace que para mí la acción sea tan importante en lo que escribo, tan fundamental, eso es lo que me hubiera gustado ser, sí.
César Hildebrandt, Revista Caretas (1972)

2012/12/01

Estremecimientos

Edición Nro. 133 de Hildebrandt en sus trece (del 30 de noviembre al 06 de diciembre).

En la página 28 de la revista Hildebrandt en sus trece ("Estremecimientos") aparece una historia sobre la infancia y sobre cómo uno deja de ser niño. La escribí temiendo otro "año nuevo", ahora que empieza diciembre. Espero que la lean.
La naturaleza humana anida un monstruo

2012/11/24

Esa vejez en preferirás olvidar

Edición Nro. 132 de la revista de César Hildebrandt
En Hildebrandt en sus trece comparto con todos los lectores del semanario "Esa vejez que preferirás olvidar". Esta historia la escribí con el fin de encontrar al destino, para disuadirlo o, al menos, exigirle una buena explicación.

2012/11/12

En Hildebrandt en sus trece

En la edición Nro. 130 del semanario Hildebrandt en sus trece aparece una historia sobre un trabajo deprimente: "nadie me toma en serio", confiesa el narrador (viciado y vicioso a la vez). Espero que la puedan leer. 
Alguna vez Gabriel García Márquez dijo que actualmente las salas de redacción son laboratorios asépticos para navegantes solitarios, donde parece más fácil comunicarse  con los fenómenos siderales que con el corazón de los lectores”. 

Orlando Mazeyra Guillén

2012/08/20

César Hildebrandt: Oswaldo Reynoso me abrió las puertas y me abrió las ventanas y ventiló mi covacha.




Por Orlando Mazeyra Guillén

César Hildebrandt (Lima, 1948), «lector entusiasta y promiscuo», como él mismo se define, me recibe en la sala de su casa y le parece excelente mi deseo de centrar la entrevista en su travesía como adicto de la ficción (no sólo la lee, también la escribe: ganó el célebre Concurso de Cuento de las Mil Palabras de la revista peruana Caretas en 1986, y es el autor de la novela Memoria del abismo, que apareció en 1994).

Le digo que no quisiera preguntarle nada de política, sino de literatura. Es harto sabido que, sobre todo en las entrevistas, las cosas casi nunca salen como uno las planea. Además con un personaje como él se puede empezar hablando del autor de El fantasma de Canterville y terminar —pasando antes por el Leoncio Prado, Vargas Llosa, Cortázar, Scorza, Reynoso, Lima, el periodismo, Ollanta Humala, el liberalismo, Alan García, Borges, Bryce, la CIA, la vejez y la religión— imaginando, con una mueca de desagrado, su propio obituario. «Mi carrera de lector comienza leyendo a Oscar Wilde. Tomaba apuntes en un cuaderno escolar. Saqué muchas frases porque Wilde es un escritor plagado de frases y aforismos ingeniosos. Yo tenía once años en ese momento. Mi segundo libro, como lector, fue un libro audaz, robado, entre comillas, de una biblioteca familiar, porque me lo habrían negado si hubiese hecho un pedido formal. Se llamaba Buenos días, tristeza de Françoise Sagan que era, en esa época, una novela prohibida para menores; ahora se leería casi como una prosa benedictina, pero fue mi segundo libro. Y, bueno, yo he leído con una voracidad anárquica».
—A los once años, ¿en qué colegio estudiaba? —le pregunto de inmediato.
—En un colegio privado, El buen ángel.

EL COLEGIO COMO MEDIO DE SOCIABILIZACIÓN FORZADA

"¿Recuerdan a Vargas Llosa mirando a su padre por primera vez a la edad de los diez ­años? Si Mario no se hubiese separado, más tarde, de esa figura que profería discursos “panamericanistas” y moralina de la vieja Miraflores, pues no se habría casado con una tía diez años mayor ni habría contraído la ira que le permitió escribir sus tres grandes novelas. Claro que Mario también las escribió para que su padre lo admirase y se rindiese. Porque la sangre, inevitable y felizmente, también llama al amor y procura el reencuentro" (César Hildebrandt, diario La Primera).


—El traslado de esa institución privada al colegio militar Leoncio Prado habrá sido muy brusco para usted.
—El cambio fue brusco, sí. Lo que pasa es que yo era un ermitaño vocacional…
Pertinaz —lo interrumpo.
—Pertinaz y vocacional. Era un huraño gozoso. Y, claro, tenía una serie de rebeldías que acompañaban esa soledad. Mis padres consideraron que una sociabilización forzosa era un buen camino: «así que si no quieres ser sociable, pues aquí vas a ser sociable». Y estuve tres años en el colegio militar llenándome de papeletas y castigos. Llegó un momento en el que no salí durante dos meses seguidos.
Entonces en su caso la razón para matricularlo en el Leoncio Prado fue sociabilizarlo…
—Exacto. Pero lo único que lograron fue confirmar en mí un montón de rebeldías. El colegio me producía tal ira por, digamos, su estructura: un chico de quince años mandando a un chico de catorce y un chico de dieciséis mandando a un chico de quince; es decir, nos tratábamos como militares entre adolescentes, una ocurrencia medio perversa. Entonces yo era el pecador constante: fumaba, usaba prendas antirreglamentarias, no estaba a la hora en la formación, me escapaba de ciertos regímenes…
Pero a su vez era el número uno…
—No, no era el número uno pero sí era un alumno destacado. Siempre fui un cadete distinguido. Se nos llamaba así: «cadete distinguido». Porque siempre tenía un promedio por arriba de 80, o sea, por arriba de 16.
Y dirigía el club de periodismo…
—Ah sí, dirigía el club de oratoria, dirigía el club de periodismo, me dieron la responsabilidad de hacer el anuario. Entonces fue una experiencia inolvidable para mí.

EL AJUSTE DE CUENTAS DE UN GRAFÓMANO

Justifica, como exalumno del colegio militar, la venganza de Vargas Llosa cuando dice, en la crónica que escribió en su semanario luego de que ganara el premio Nobel, que con La ciudad y los perros, entre otras cosas, él había «ajusticiado al colegio que lo había hecho infeliz»…
—Sí, digamos que reducir La ciudad y los perros a un acto de venganza me parece un poco abusivo. ¡La ciudad y los perros es una gran novela! Se nutre del desasosiego que a Mario Vargas Llosa le produjo la disciplina surrealista del colegio militar. Y en el caso de Mario es mucho más entendible porque el padre de Mario mete a Mario en el Leoncio Prado precisamente para que el Leoncio Prado sea la continuidad del carácter del padre: el Leoncio Prado es el padre pertinaz y persecutorio que le exige a Mario Vargas Llosa una serie de disciplinas y una serie de virilidades que Mario no acepta. ¡Mario odia a su padre! Y, por lo tanto, odia al colegio porque es el colegio que ha elegido su padre y que además se parece a su padre en materia de marcialidad, solemnidad y propósitos «grandes», entre comillas. Pero, fundamentalmente, La ciudad y los perros es una extraordinaria novela, posee una de las mejores estructuras, de verdad. Mario tiene tres grandes libros: sus tres primeras novelas. Todo lo demás de Mario es menor: ¡todo, absolutamente todo! Pero con esos tres libros Mario pasó a la historia. ¡No necesitó más! Es un maniaco de la palabra, es un grafómano.

En su caso fue algo muy especial: usted  leyó esa novela siendo alumno del Leoncio Prado. Es más, su profesor de literatura les leía la novela…

—Rubén Lingán, un gran profesor, que era además profesor de teatro, nos lee emocionado y con la voz baja por si acaso no fuera a escuchar algún teniente que paseara por los pasadizos.
Con fruición les leía la novela…
—Con fruición, y nosotros escuchando con una emoción porque era impresionante: una novela sobre nosotros. ¡Increíble! «Cuatro», dijo el Jaguar. Jamás olvidaré esa voz de Rubén Lingán leyéndonos La ciudad y los perros, capítulo por capítulo, ¡en clase!, media hora dedicada a la novela: en fin, fue una manera de reconocernos. Después todos, en la primera salida que tuvimos, compramos el libro. Bueno, no digo todos, pero un buen grupo, y luego de leer la novela intercambiamos impresiones. La leí y la volví a leer y me gustó más porque entendí muchas más cosas.
Al terminar de leer su crónica, don César, uno quiere volver a leer a Vargas Llosa. Por ejemplo, cuando usted cuenta que en la parte en la que el Jaguar defeca frente a su pandilla cerró el libro porque sintió ganas de vomitar está invitando al lector a volver a la novela… 
—Es que soy un lector entusiasta. Entonces la lectura, en mi caso, equivale a más de la mitad de mi vida, me he perdido de muchas cosas en la vida, pero no me arrepiento.
 HACER PERIODISMO DESDE LA REBELDÍA


Usted sabe que hay lectores que, así como perseguimos las novelas de Vargas Llosa, también perseguimos sus columnas, don César, porque al leerlo en el semanario  nos sentimos mejorados.
—Nunca uno piensa que hace el bien. Uno piensa que hace estrictamente su trabajo. Pero, en fin, cuando uno percibe beneficios colaterales como el que usted me acaba de mencionar, y los que recibo a través de los correos también de muchos lectores, bueno uno piensa, ¡caramba!, en qué gratificante resulta el trabajo que uno encara con modestia. Esto está basado en algo fundamental que es la promesa implícita que yo me hice hace muchos años: no renunciar a mi indignación y jamás profesar el estoicismo peruano. En general, el estoicismo global. Un mundo donde se acepta que los asesinos sean los protagonistas, los canallas sean héroes, y la política esté infestada de podridos, como diría Basadre. Yo no acepto ese mundo.  Y quiero morirme desde la rebeldía.
¿Cuál es su receta para no amistarse con el mundo?
—Examinarlo. Leerlo. Padecerlo. Y no permitir que sus mentiras me seduzcan. La mentira de que éste es un sistema que no tiene alternativa, la mentira de que el crecimiento es desarrollo, la mentira de que el desarrollo es civilización, la mentira de que los mercados existen y son libres, la mentira, en fin, de que Europa es un continente agraciado por la democracia y por los valores… la mentira de que los Estados Unidos es una gran potencia, más allá de lo militar; y la mentira de que Latinoamérica es un continente condenado a ser siempre el eco tardío de todo aquello que nos envuelve: todo eso me subleva, y todo eso es mentira, todo eso es tan mentira como decirnos que las culebras hablan.


LOS NERDS ORGÁNICOS QUE LEÍAN A CORTÁZAR

Usted cuenta que empieza escribiendo artículos sobre Julio Cortázar, ¿cómo descubre a este autor?
—Bueno, leyendo el suplemento Dominical de El Comercio que en ese tiempo tenía a José Miguel Oviedo y él recomendaba libros. Y, además, juntándome con dos grandes amigos del colegio militar: Igor Calvo, hermano del poeta César Calvo, que también es poeta, y otro de ellos, mi amigo Cornejo, no sé qué será de su vida, pero era tan inteligente, tan sensible, y tenía tanta voracidad por la cultura. Nosotros éramos lectores precoces, nosotros hablábamos de libros, éramos los raros, los freaks del colegio, nos miraban raro… nos apartaban, éramos los enfermitos…
¿Los nerds?
—Los nerds también. Éramos nerds pero así orgánicos: claro que sí. «Leen, hablan de libros, son idiotas, qué les pasa, no tienen vida, ¡no viven!». Así descubrí tantas cosas. Cortázar fue para mí un mundo revelado. Cortázar me enseñó que la puntuación podía ser aluviónica, y me enseñó que escribir bien no es precisamente una buena medida sino que aceptar el desaliño de la oralidad es literatura también. Cortázar me asomó a ese mundo en donde el castellano no se pavonea ni se engola, sino discurre. Cortázar es un río… ¡Con Cortázar uno viaja! Yo sé cómo era la Maga, conozco casi todo de la Maga. Sus personajes son tan extraordinariamente vivos que uno, de verdad, los asume como auténticos. Cortázar da la impresión de estar escribiendo una crónica más que una novela, hay partes de Rayuela que son casi crónicas por la solidez que tienen sus caracteres.
Usted recuerda que cuando tenía diecinueve años era «un lector profesional y un inútil orgulloso de su inutilidad». Fernando Savater afirma que sería espectacular si nos pagaran por leer… 
—Claro. Y sería maravilloso que los padres se maravillaran por tener un hijo lector y no dijeran lo que dicen: «¡Madre!, éste está mal, éste está por el mal camino, este va al fracaso». No, ¡Dios mío!, la lectura es imprescindible para la cultura y la cultura es imprescindible para los valores.

MARCA PERÚ: EL PAÍS MOLEDORA DE CARNE

Pero si uno quiere ser escritor de verdad tiene que escapar del Perú.
—Bueno, pues, hay que largarse entonces. Sin culpas y sin arrepentimientos. Si el Perú obliga a sus talentos a emigrar, pues que emigren, pero que no se conviertan en gacetilleros de algún periódico de provincia, porque ésa sí que es una condena de la que se van a arrepentir toda su vida. ¡Que se vayan pues! Busquen una beca o sin beca, viajen a la aventura y lárguense. No permitan que el país los martirice y luego los haga polvo. El Perú, en muchos casos, es una moledora de carne. He visto a gente así: frustrarse, amargarse y, luego, aceptarse.
¿Por qué quiso ser profesor de Lengua y Literatura en la Universidad Federico Villarreal?
—Sí, escogí mal. Fue una horrorosa opción, lo reconozco. Además ni siquiera llegué a graduarme.
Pero, ¿terminó la carrera?
—No. No la terminé, la dejé al cuarto año. Fui un muy mal alumno, porque mis clases las hacía en el café. Yo hablaba mucho con mi profesor de sintaxis que era un español, un ex cura que se había casado con una boliviana, Fermín Valverde, inolvidable profesor que ojalá que esté vivo y que ojalá le haya ido bien. Y junto con otros tres o cuatro profesores de primera, que sí los había, y que organizaban tertulias fuera del salón. Cuando iba al salón, en cambio, lo que veía era una masa brutal de setenta personas asistiendo a una perorata paporretera, ¡de verdad yo salía corriendo! A mí lo tumultuario me espanta. Entonces también descubrí que no hubiese tenido jamás la vocación y la paciencia que exigen la pedagogía y la educación.
Me ha sucedido, después lo comprobé: he tenido la oportunidad de dar charlas que pretendían ser clases en la Vallejo y en la San Martín, y me di cuenta de que mi intolerancia respecto de la ignorancia sigue intacta, y mi intolerancia respecto de la estupidez sigue invicta, yo soy lo menos apropiado para enseñar, no tengo paciencia alguna, no tolero una pregunta boba, soy un auténtico intolerante, un desagradable intolerante, lo reconozco.
En ese aspecto, podemos decir que se parece mucho a su hermana Martha.
—¡Muchísimo! Tenemos ahí un gen Hildebrandt marcadísimo. Créame que es algo que yo quisiera no tener. Veo a veces a gente amable, dulce, compasiva, con la carencia esa de la persona que no se toma en serio las cosas y siento envidia. Siempre he tenido envidia por esta gente. ¿Por qué nunca he podido ser así? ¿Por qué me sublevan de inmediato la ignorancia, la vulgaridad, la ordinariez, la ingenuidad extrema, la bobada? ¿Por qué no las resisto?


LIMA O LA SUPRESIÓN DEL PRÓJIMO COMO DOCTRINA
Lima, la esperpéntica capital peruana.


Mario Vargas Llosa lo elogia mucho en El pez en el agua pero también habla de su temperamento atrabiliario.
—Sí, lo reconozco. Puedo ser atrabiliario, de eso no tengo ninguna duda. Ahora, es evidente que al margen de una identidad genética, el Perú es un país que excita mucho este tipo de conducta porque es un país que estresa, que provoca, que desafía. Uno sale a la calle y se encuentra con la hostilidad, no la metafórica sino la concreta: el tráfico, la violencia, el desasosiego, la absoluta carencia de modales, la supresión del prójimo casi como doctrina, como concepto, esta aniquilación del otro. Esta es una ciudad invivible: yo vivo en mi casa y me subo a un coche y me voy a la oficina y de la oficina a mi casa, y salgo con mi esposa y con mi hijastra a otros sitios más o menos programados, pero yo no vivo la ciudad por una sencilla razón: porque en Lima no se vive.
Es, creo, una ciudad que condena a la misantropía o al encierro.
—O, por lo menos, a la reclusión selectiva, ¿no? Vivimos en refugios con los que elegimos. Porque, usted se habrá dado cuenta de que en esta zona de Lima no hay veredas. En muchas zonas de este distrito no hay veredas, las veredas se han suprimido: no hay peatones, sólo hay coches. No es broma. Hay zonas donde no hay veredas, salga usted a ver, o las veredas son tan angostas que ya no son veredas. Aquí no tenemos eso que tienen otros países, lugares donde el área verde, el oxígeno se comparte, el ocio se comparte, los columpios se comparten, los niños se entremezclan y hay una mutua fecundación de emociones. ¡Aquí no, aquí no! Que se lo diga la chica que trabaja en la casa de mi esposa, porque debo decirle que siendo mi esposa vivimos, frente a frente, en casas separadas para mantener nuestros espacios, ella fue a el Olivar, vino un sereno y la quiso echar porque no era de ahí, porque no pertenecía a San Isidro ni a la clase que San Isidro cree que debe ser la única que debería poblarlo, ¡es impresionante! Lima es un desastre. Es un fracaso. Es un fracaso humano, arquitectónico. Es una suerte de Babilonia impura.

LA PRENSA PERUANA: ENEMIGA MORTAL DE LA BUENA PROSA

En su devenir como periodista, ¿cuáles han sido sus grandes maestros?
—Escritores. Me he dejado llevar poco por los periodistas porque yo creo que la desdicha del periodismo empieza cuando la literatura y el periodismo se pelean. Primero, se distancian, luego se divorcian, y ahora son enemigos irreconciliables. El periodismo hasta los años treinta, no sólo en el Perú, sino también en otras partes, pero eminentemente en el Perú, era una magnífica asociación de la buena prosa con la comunicación. Y ahí están las pruebas. Ahí está Amauta, uno lee Amauta y se encuentra con literatura, uno lee Mundial y ahí está César Vallejo con sus crónicas, hasta Variedades que era la revista frívola de la época, es un cuaderno de bitácora con mucha literatura… y no hablemos de Valdelomar, de Federico More que era fundamentalmente un escritor, y por supuesto Mariátegui, y por supuesto César Falcón, y toda esa gente que se reunió alrededor de Amauta, incluyendo a César Miró que escribía muy buenas notas. Luego viene, claro, una etapa industrial de la prensa en donde empieza la separación: la literatura por un lado, el periodismo por el otro. La sensibilidad y la inteligencia más o menos arrinconada por un lado; y la eficacia periodística por el otro. Y eso ya es divorcio pleno y luego una enemistad plena. Hoy, el periodismo en el Perú, me refiero al escrito (ya no al oral), es un mortal enemigo de la buena prosa. Uno lee las publicaciones que pueblan el Perú y se da cuenta cuánto odian los periodistas a la literatura y de qué modo la han suprimido y de qué modo demuestran su no procedencia. Yo, en cambio, lo poco que sé, lo aprendí leyendo lo que me gustaba y me gustaba todo, es la verdad. Me gustaba mucho la prosa americana, también los clásicos y también los autores franceses. Mejor dicho, yo soy un lector promiscuo: no tengo nortes definidos. Si a mí me dan un poemario interesante de alguien que no conozco lo leo con el mismo fervor con el que puedo releer una novela de García Márquez.
De repente es usted un escritor ganado por el periodismo que no se retiró a tiempo. Hemingway recomendaba incursionar en el periodismo pero saber retirarse a tiempo…
—Puede ser mi caso, pero no me arrepiento porque creo que también es una opción luchar contra la corriente y hacer lo que modestamente hacemos en el semanario, por ejemplo, ¿no? Que es aportar un poco de belleza a la vida. Decir con cierto profesionalismo lo que la indignación nos suscita.
Con bastante ironía.
—Y con sarcasmos también. 

En la biografía falaz de Ollanta Humala, por ejemplo, leía «el Programa de la Gran Transformación no era sino el resumen de las ideas necesarias para cambiar a este país de cojudos gobernado por rufianes al servicio de unos pendejos, tal como lo decía el sociólogo Melcochita» (César Hildebrandt ríe con goce mientras le leo el texto), y mientras me desternillaba de risa me preguntaba, al momento de escribir esto, usted se reirá pero, a la vez, sentirá también un punzón
—A mí me divierte mucho hacer esa columna, pero como usted dice, efectivamente, es un bumerán que a uno le cae en la cabeza, siempre. Siempre termina uno con un chichón en la cabeza porque esa columna al final da la vuelta en «u» y le da a uno un bofetón, un golpe, es cierto. Da risa, pero es que damos eso. Es que el Perú da risa. Es que en muchos sentidos somos involuntariamente cómicos, cómicos de la legua. Cómicos con fama mundial. A mí me da mucha risa que nos creamos tan centrales, tan importantes… hemos llegado a decir que estamos ya próximos al primer mundo, Alan García lo ha dicho. Nos consideramos los mejores en casi todo, y los segundos en todo lo que sobra, o sea, es la autoestima de un borracho, es la autoestima de una persona inconsciente. El Perú padece de narcisismo. Me refiero al Perú actual construido por el discurso político que es narcisista: «estamos bien, nos va cada día mejor», pero tenemos un tercio de pobres y en Huancavelica el 47%, ¿qué es esto? A ver, examinemos. La capacidad de autocrítica en el Perú siempre ha sido casi nula. Cuando uno lee la historia del Perú, se da cuenta. Nos hemos jactado de las cosas más atroces que hubiesen avergonzado a muchos otros países. Si hubiese habido una clase dominante con capacidad crítica y con capacidad de convocatoria seríamos muy distintos. Hemos perdido guerras de un modo atroz por miserias, cobardías y desatinos y nunca nos hemos echado en un diván a examinarnos, no tenemos un análisis crítico de lo que nos pasó…
Sería muy devastador, quizá no nos levantaríamos del diván…
—O quizá sí, quizá nos levantaríamos contusos, lesionados, pero con un horizonte. Al final de cuentas la sanación puede ser muy dolorosa y muy lenta, pero por algo hay que empezar. El Perú nunca ha hecho autocrítica. La historia de Basadre es una historia muy esforzadamente construida, sin embargo no tiene pizca de análisis crítico respecto del Perú. Tres o cuatro párrafos dedicados a episodios que hubiesen merecido ensayos enteros sobre por qué fuimos lo que fuimos: en este país hubo peruanos que pelearon en contra de la Confederación Peruano-Boliviana que tanto habría significado para el Perú, en este país hubo peruanos que quisieron a matar a Andrés Avelino Cáceres cuando Cáceres estaba resistiendo. No es que lo desconocieran, es que fueron a matarlo: tropas peruanas se juntaron con las chilenas para asesinar al héroe de la resistencia.
Alguna vez dijo en algún artículo: la derecha chilena, a diferencia de la peruana, sí tiene bandera.
—Tiene bandera y tiene metas. Al final de cuentas, una cosa es ser Portales y otra cosa es ser Riva Agüero. Pero, en fin, no tenemos esa autocrítica y, por lo tanto, vivimos en esta neblina piadosa y mentirosa que nos cubre y, claro, detrás de la cual podemos ser felices, sí, claro. Pero si alguien despejara la neblina vería el espectáculo: vería esta ciudad en donde hay barrios como éste, pero hay cuatro millones de gente que vive en condiciones no humanas, ni siquiera infrahumanas, son no humanas, ¡cuatro millones, usted se da cuenta! Viven sin agua, sin desagüe, en pisos de tierra, con la tifoidea merodeando, con la tuberculosis más o menos cerca, el desempleo o el pluriempleo, o la venta de golosinas para sacar siete soles diarios, el té en la mañana, el almuerzo frugal, la no cena. Y la prensa nos quiere hacer creer que estamos en el camino correcto. Yo jamás voy a aceptar el discurso oficial.

LA AUTOCRÍTICA

Hablando de autocrítica, muchos enemigos suyos dicen César Hildebrandt no tiene autocrítica, opinan que usted cree que está más allá del bien y del mal.
—Bueno, le dejo a mis lectores, o a mis adversarios en todo caso, ese papel. Ocurre que yo no pretendo ser infalible ni pretendo evangelizar. Yo doy mi opinión y mi opinión es una de tantas. Hay gente que me cree y hay gente que rechaza mis opiniones. Pero yo no puedo criticar aquello que no me merece crítica y no puedo estar en este plan de complacer a aquellos que piensan que uno tiene que retractarse constantemente para demostrar honestidad intelectual o bonhomía, ¿yo por qué voy a desdecirme respecto de lo que vengo sosteniendo desde hace años? ¿Por qué debería decir: «no, me he equivocado, el Perú es un gran país»? ¿En nombre de qué voy a decir eso? Para complacer a un señor que cree que la autoflagelación es un rito indispensable para obtener un diploma de humanidades. Yo no quiero ser débil. Yo no quiero ser el monje que se castiga, no me interesa. Yo quiero ser fuerte. Y una manera de ser fuerte es no desdecirse constantemente. Ahora, puedo meter la pata, pero por supuesto que puedo meter la pata, pero lo que firmo, mis columnas, son opiniones,  entonces no puede haber ahí metidas de pata. Puedo meter la pata en el semanario, puedo equivocarme en relación a una crónica que autoricé porque no estuvo bien, digamos, cruzada la información y todo lo demás, pero en cuanto a mis columnas por qué voy a decir que mis opiniones son mudables, deleznables y, por lo tanto, modificables al año o a los dos años. Eso lo hacen los políticos, y yo no quiero hacer eso. Es cierto, no tengo autocríticas respecto a mis columnas porque son opiniones que pueden ser bienvenidas o muy mal recibidas. Pues lo acepto, pero sería el colmo que yo desmontara mis propias columnas y dijera, en fin, como Vidaurre: «me retracto de todo lo dicho sobre el virrey». Probablemente, hay ahí un concepto falso de la probidad intelectual: si uno no acepta que se equivocó entonces uno está más allá del bien y del mal. Falso. Esa humildad judeocristiana, eclesiástica, ciprianesca, es la que nos ha hecho tanto daño, ¿no? Porque, claro, si siento que no me equivoqué, ¿tengo que arrodillarme y decir «perdón por no arrepentirme»?

           
HUMALA O LA PROSTITUCIÓN DE LA DEMOCRACIA

Todavía tengo pegado, en la pared de mi cuarto, su artículo publicado antes de la segunda vuelta electoral del 2011: «Votar por Humala».
—Lo dejé firmado y no me arrepiento de haberlo escrito. Sin embargo, tengo que decir que Humala es una enorme decepción. Pero es que ahí no había alternativa.
Don César, creo que actitudes como las de Humala fomentan la violencia, ¿no mueven a la gente a medidas que son antidemocráticas?
—La respuesta es sí. La violencia en el Perú es la respuesta popular a la prostitución de la democracia. Porque es prostituir la democracia plantear un programa que luego se suaviza y que después desaparece. Y gobernar con aquellos que eran los adversarios y cuyo programa resultaba inaceptable. Eso se llama felonía, está bien claro: la institución que fundó Judas Iscariote, para el Occidente. En ese caso, el desasosiego popular, expresado en violencia, no sólo es necesario, es absolutamente legítimo. Ahora, claro, la siguiente pregunta es: «¿entonces usted propende la anarquía?». No, yo lo que quisiera es la democracia. Que la democracia no fuera un rito fotogénico quinquenal, poner un voto doblado en un ánfora, ¡eso no es la democracia, hombre! La democracia es la aceptación del mandato de la mayoría. En este caso ha habido una burla absoluta del mandato de la mayoría.


ALAN GARCÍA, UN MONUMENTO A LA PENDEJADA

Y también hay impunidad en el caso de Alan García, una impunidad clamorosa que a uno lo enardece.
—Pero es una impunidad que viene de la historia: Nicolás de Piérola, el gran estúpido y traidor, fue presidente dos veces, Manuel Prado, hijo de Mariano Ignacio, el hiper-traidor, fue presidente de la república dos veces. Nuestra historia está plagada de impunidades casi monárquicas. Hay gente que, efectivamente, está más allá de la ley. Y eso tiene que ver con un concepto peruano muy laxo de la virtud. El Perú es un país que no aprecia la virtud, todo lo contrario: el Perú es un país que ensalza el demérito, la criollada, la pendejada. Si pudiésemos hacer un monumento a la pendejada lo haríamos en la plaza San Martín.
El gran pendejo contemporáneo es Alan García.
—Sí, yo creo que sí, es el top, está por encima de todos. Y es curioso, yo conocí a Víctor Raúl Haya de la Torre, lo entrevisté un par de veces, y él tenía muchos defectos y había hecho lo que piden algunos: había hecho una autocrítica pero sin reconocer que era autocrítica y se había convertido en alguien muy distinto a quien había sido. Pero tenía una virtud, era un hombre honesto. ¿Cómo Haya pudo producir un delfín como Alan García, un delfín que resultó un tiburón? ¿Cómo el entorno de Haya pudo proferir a alguien como García? Bueno, no es tan misterioso, porque al final el Apra se transformó en nuestro PRI. Y el Apra era el equivalente de Acción Democrática, el «partido del pueblo» en Venezuela y ya sabemos cómo terminó eso. En realidad, es el proceso de descomposición de la democracia latinoamericana. Claro, dicen: «¡Chávez indeseable!» Pero a Hugo Chávez lo hicieron entre el Copei y Acción Democrática. A Chávez lo hicieron Carlos Andrés Pérez y todos aquellos que se robaron la Venezuela petrolera de los años 60 y 70, los dos grandes partidos: el social-cristianismo del Copei, con Rafael Caldera como ejemplo, y Acción Democrática, con Carlos Andrés Pérez que terminó con una cuenta bancaria de siete millones de dólares en Nueva York, una cuenta a nombre de su secretaria, que era su amante…
BORGES Y LA DEPRAVACIÓN MORAL
Borges y Pinochet

—¿No cree que Vargas Llosa, en su fuero íntimo, aceptó las condecoraciones de Alan García como para contrastar su gloria, su auténtica gloria literaria, con una gloria que García, una escoria política, nunca tendrá?
—Es una interpretación muy generosa la suya, bien amical, yo diría que bien arequipeña. Bien paisana. ¿Usted se imagina a Salinger siendo recibido por Nixon? ¿Usted se imagina a Sartre con Charles de Gaulle? ¡Borges saludó a Augusto Pinochet y a Jorge Rafael Videla! Pero Jorge Luis Borges tenía una depravación moral, Borges era un tipo completamente escindido: brillantísimo escritor y un ser humano deplorable, ¡repugnante! Entonces no mezclemos las cosas. Ir a saludar a Alan García es una canallada, porque es aceptar su autoridad, legitimarlo, aproximarse a García es reconocer en él una suerte de autoridad que puede repartir reconocimiento. ¡No! Ese fue un error monstruoso. No es que se le vio superior a Mario, él se empequeñeció con eso. Nadie le quita lo del gran novelista ni lo del Nobel, pero ése fue un gesto que a mí me produjo estupor.

MVLL en campaña.
LA CAMPAÑA POLÍTICA DE 1990 COMO GERMEN DE UNA NOVELA QUE NO SE ESCRIBIÓ

«Vargas Llosa no es político —me dice convencido César Hildebrandt, quien estuvo muy cerca de él durante  buena parte de la campaña de 1990—. Mario es una persona que incursionó en la política para tener una aventura. Mario hizo una novela cuando fue candidato. Después la iba a escribir. Y, bueno, no le salió, así que tuvo que escribir sobre la frustración, El pez en el agua. Pero Mario no es una persona que tenga convicciones políticas, lo que él tiene es un monotema, liberal, ultraliberal, que adquiere cuando tiene que matarse intelectualmente al renunciar a su izquierdismo. Mario incurre en un acto de inmolación, de haraquiri, entonces Mario mata a Mario el año 1971. La mejor manera de matarse, en este caso, de abolir el pasado, de renunciar a la identidad, desaparecer como lo que era, fue precisamente yéndose a las antípodas. Se compró el liberalismo con todo y se tuvo que comer un montón de sapos, porque el liberalismo no es sólo una doctrina agradable, simpática, acogedora, llamativa y casi fascinante para un intelectual: sí, la libertad; sí, el estado mínimo que apenas regule. No, el liberalismo es mucho más: es una estructura económica de poder que está apadrinando ese discurso sobre la libertad y ofendiéndolo. Vargas Llosa construye una muy complicada, muy sofisticada coartada intelectual: pasa de la Casa de las Américas al castillo del liberalismo. El problema es que el liberalismo, como le decía, no es sólo esa doctrina de la libertad. Es la aldea global, las grandes corporaciones y, ahora lo sabemos, en muchos casos es la CIA. Ahora estoy leyendo un libro sobre la Historia Cultural y la CIA, escrito por una norteamericana muy rigurosa, en donde entre otras cosas se demuestra que el Congreso por la Libertad Cultural era un organismo financiado por la CIA. El congreso por la Libertad que fue tan extraordinariamente famoso en la posguerra, y hasta los años 60. Aquí hubo una filial del Congreso por la Libertad que la dirigió Jorge Luis Recabarren.  Era todo, absolutamente todo, financiado por la CIA. Ahora sabemos que la CIA ayudó muchísimo a edificar el mito sobre el impresionismo abstracto de Nueva York de los años 50-60. Ese estallido extraordinario de la pintura norteamericana estuvo financiado por la CIA. Entonces, claro, el liberalismo es también eso. El liberalismo es Carlos Slim proponiendo un estado pequeño. El liberalismo es Ronald Reagan, un vasto asesino, proclamando un estado pequeñito y la no regulación de los bancos, ya sabemos cómo terminó eso. El liberalismo es Bankia de España quebrando y pidiéndole al gobierno español plata cuando quiebra y la Unión Europea dándole esa plata para que no quiebre mientras hay 45% de parados entre la juventud española, ¡eso es el liberalismo!, y esos sapos se los tragan aquellos defensores del liberalismo».
Guillermo Giacosa me decía que al escribir sus artículos producía mucho cortisol, ¿usted siente o cree que le pasa lo mismo?
—No, yo no siento eso. En todo caso envidio la perspectiva deportiva de mi amigo Giacosa a quien leo frecuentemente y que me parece un gran tipo. Yo no siento eso. Yo siento que elaboro mi sublevación constante. Pero mi construcción es más bien morosa. No escribo con la pasión, con la intensidad de un tipo que está, efectivamente, vomitando adrenalina. No.
¿Escribe sus artículos semanales de un tirón?
—Sí, de un tirón. A veces muy rápido, a veces no tan rápido. A veces con correcciones, y otras sin correcciones, dependiendo de la tiranía del tiempo. Pero trato de calmarme cuando escribo, no escribo al calor. Al contrario, yo siento que me enfrío cuando escribo, porque si yo pusiera en el papel —en el papel hipotético y virtual de la computadora en este caso— lo que siento y la desazón que me gobierna a veces, si yo pusiera eso, sería una columna onomatopéyica y procaz, sería coprolalia con onomatopeya, ¡sería algo de la puta madre! Lo que tengo que hacer precisamente es ponerme hielo en la cabeza.

REDOBLE DE RECUERDOS DE UNA ACALORADA ENTREVISTA: SCORZA
En la foto superior Hildebrandt entrevista a Manuel Scorza.
Abajo: a la izquierda a Haya, y a la derecha a Borges
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«Scorza fue un personaje tan complejo. Ahí, por ejemplo, puedo decirle, y haré felices a aquellos que me piden autocrítica, que yo me excedí, traté mal a Scorza, lo traté como no se merecía. Mi vargasllosismo de esa época me empujó a una visión, digamos, formalista en exceso y Scorza no se mereció esa entrevista. Creo que yo tampoco me la merezco».
Fue usted injusto con él.
—Fui extraordinariamente injusto con Manuel Scorza. Me gustó mucho Historia de Garabombo el invisible, me gustó casi más que Redoble por Rancas, había un encanto en él. Ahora, lo que pasa es que Manuel dejaba demasiadas huellas de sus filiaciones: estaba García Márquez metido en su lenguaje. Pero, cuando pasen los años y esas deudas ya no se mencionen, Scorza va a sobrevivir. No tengo ninguna duda de que va a pasar la prueba del tiempo.

UN MUNDO NUEVO: OSWALDO REYNOSO VENTILÓ MI COVACHA
Oswaldo Reynoso

«Oswaldo Reynoso, que posee una producción muchísimo menor, ha tenido un mérito que ha sido el de abordar desde la entidad la Lima urbana, y pocos lo han hecho bien. Congrains quiso hacerlo, tiene muchos méritos, pero creo que no lo logró. Luis Loayza no escribió la novela que todos esperábamos de él. A mí, Ribeyro me gusta con muchas intermitencias: la verdad, no es un escritor que me fascine. Pero a mí me gustó mucho Los inocentes: me descubrió un mundo, un lenguaje y una violencia que yo no conocía, que mi aislamiento me había impedido conocer…»
Había un mundo allá, afuera de su alcoba.
—Exactamente. Y Reynoso me abrió las puertas y me abrió las ventanas y ventiló mi covacha. Y metió un montón de ruido. Es contundente, coral, callejero, eso es lo que más me gustó. Al final de cuentas es lo que puede a uno gustarle de un escritor tan raro como Bukowski: justamente esa turbidez primaria y casi salvaje de la calle, ¿no?
Muchos escritores le hacen ascos a Bukowski, está de moda…
—¡Bueno, allá ellos, no saben lo que se pierden! No tienen la menor idea de lo que se pierden. Para amar a Góngora hay que leer a Bukowski.

EL OBRERO QUE SE CONVIRTIÓ EN ARQUITECTO DE BRASILIA
La segunda gran novela de MVLL.

Justamente un gran amante de la poesía de Góngora es Mario Vargas Llosa, usted sigue siendo un vargasllosiano rendido.
—Respecto a sus tres novelas fundacionales, sí, sin lugar a dudas.  Y si tuviera que escoger, y si me dijeran que es de vida o muerte que escoja, me quedaría con La Casa Verde que es una novela espléndida, a la que no le sobra una palabra.
Pero considera que las entrevistas que le hizo a Vargas Llosa han sido fallidas.
—Sí, muy amigueras, muy devotas. Había mucha admiración, complicidad, yo he sido muy próximo a Mario como lector, como amigo, y así no se puede hacer entrevistas, así se puede hacer tertulias.
¿Qué pregunta incómoda le haría ahora?
—Bueno la que usted mencionó con esa pregunta: qué sintió al darle la mano a Alan García. Y estoy hablando en términos literales y metafóricos: qué sintió al darle una mano a Alan García, porque le dio una mano. Ayudó a García a que se luciera con el mayor escritor del Perú, ¡cosa que García no habría ni soñado! Esa fotografía la va a ocultar Mario y la va exhibir siempre Alan García jactándose de su poder de convocatoria.
Pero tampoco duda de que va a quedar Vargas Llosa y no va a quedar García…
—Hombre, imagínese, ¡cómo voy a dudar de eso! En doscientos años, ciento ochenta años, Alan García será otro Piérola, otro Prado, ¿me entiende? Vamos a ver, a mí cuando me hablan del futuro, siento que la mezcla de humanidad con eternidad siempre me parece ridícula, no sé cuánto duraremos ni qué seremos…
Quizá un libro se convierta en un objeto en obsolescencia.
—Un libro siempre, no sólo hoy, no olvidemos eso. No olvidemos cuántos libros quemó la iglesia. Los libros siempre fueron amenazas contra el poder. Pero para responder a la pregunta de si Mario prevalecerá: sin lugar a dudas. Prevalecerá por lo que hizo, no por el Perú, sino por la literatura. Las tres primeras novelas de Vargas Llosa son universales y son de una calidad extraordinaria, sinceramente. Y además es más extraordinario si uno piensa que Mario era un escritor muy mediano cuando empezó, o sea, los Los Jefes es horrrible, ¡un libro horrible! Es decir, si uno lee Los Jefes no puede asociar Los Jefes con La ciudad y los perros. Es imposible: parecen dos personas distintas, dos estilos distintos. A Mario le ha costado una enormidad aprender a escribir.
Es un obrero, ¿verdad?
—Sí, pero es un obrero que se convierte en el arquitecto de Brasilia, es increíble, ¿no?, o sea, ¡es el albañil más esforzado del mundo! Porque llega a escribir extraordinariamente bien en esas  tres novelas. A partir de allí produce industrialmente.

JULIUS FRENTE AL PELOTÓN DE FUSILAMIENTO


Mi pregunta sobre si Mario Vargas Llosa va a quedar o no viene a cuento también por el sarcasmo que apareció en su semanario acerca de la novela inédita de Alfredo Bryce Echenique que, según la nota, será el acontecimiento literario de la década. La primicia venía con un fragmento del comienzo de la novela de Bryce: «Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía, había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo»
—¡Bueno! —exclama con sorna.
¿No cree que a pesar del tropezón de los plagios va a quedar Un mundo para Julius u otra novela de Bryce?
—Yo creo que de Bryce no va a quedar nada. Un mundo para Julius no es una gran novela, es una novela querendona, simpática, tierna, dable y ta, ta, ta… pero, digamos, es la presentación proustiana de una derecha, de una clase conservadora, que no se parece en nada a lo que pinta Alfredo ahí: un mundo relativamente casto en donde gente bien distraída, generalmente de procedencia inglesa, vive y se entreteje, ¡no! No es un testimonio y no es una gran novela y a mí lo que no me gusta de Bryce es su estilo: los diminutivos reiterados, su falsa oralidad. No niego que Un mundo para Julius tiene méritos. No lo niego, desde luego. Estoy hablando de mi gusto, porque usted me ha preguntado por mi gusto y yo creo que de Alfredo no va a quedar nada, pero, en fin, es una opinión. Me puedo equivocar y creo que, en este caso, quisiera equivocarme.
Pero hay una actitud muy condescendiente con él, perdonavidas
—No. Es que ahora resulta que es la víctima, es increíble. El hombre que plagia dieciséis textos, y es descubierto, multado y comprobadamente castigado, ahora resulta ser la víctima de una conspiración más o menos truculenta y diabólica y de lo más perversa. Es que eso es el Perú, ¿no? Y lo que he hecho ahora es responderle con ironía, o con sarcasmo, o con crueldad, pero yo creo que se lo merece porque me parece que es el colmo que se presente como víctima. Claro, ¿a qué apela? Al viejo tic peruano de la amnesia. El Perú tiene una vocación enorme por la amnesia. Hace tres años la condena era más o menos clara, ya prescribió desde el punto de vista de la memoria, y ahora es una víctima. Hombre, ya, por favor, ¡que viva tranquilo sus últimos años y que deje de fastidiar!

TODOS NOS CREEMOS DORIAN GRAY


Don César, ¿cómo se aprende a ser viejo?
—¡No se aprende! No se aprende. Y lo peor de todo es que la vejez existe para los otros, pero los viejos nunca creen que son viejos. Y los viejos vivimos en la ficción de Dorian Gray. Todos los viejos nos creemos Dorian Gray y creemos que nuestra juventud es eterna.
Lo recuerdo citando a Juan Gonzalo Rose: «deberían haber catedrales para los que no creen». ¿No le vienen raptos o ansias de buscar a Dios? Yo creo, por ejemplo, que en la poesía de Vallejo hay un afán desesperado de encontrar a Dios.
—Sí, es una opinión debatible. Me parece interesante. Pero yo practico un agnosticismo sin fisuras. Yo no puedo creer en ese Dios inventado, interesado en matar, en elegir a algunos como privilegiados y a los demás como réprobos. En el Dios judeocristiano no creo en absoluto, y no creo en el Dios mahometano, ni en el Dios budista, no creo en ninguna divinidad, no creo en el dios Sol ni en los Apus, no creo en el Dios católico y menos creo en sus vicarios, en sus mensajeros, en sus embajadas, no creo en la chacana y no creo en la primera comunión. La mayor tragedia es que la vida no tiene sentido y sin embargo es maravillosa.

UN OBITUARIO, POR FAVOR…

—¿Usted cree que la vida no tiene sentido al estilo onettiano?
—Y, sin embargo, es maravillosa. Quizá porque no tenga sentido es maravillosa. Porque es un destino que tenemos que obedecer. La vida es un mandato y al final la muerte es el fracaso absoluto. Entonces yo soy un agnóstico doctrinario. No es que Dios se portó mal conmigo y dejé de creer. Es que nunca creí, es que nunca pude, es que jamás pude aceptar esta mitología hirsuta, esta mentira absolutamente canalla. Un Dios que manda a matar, que manda a degollar, que manda a exterminar. ¡Pero qué rezago neardental tenemos que tener para inventar un Dios así! ¡Un Dios asesino! Quizá por eso dicen que somos hechos a su imagen y semejanza, probablemente.
Pero Dios, o la idea de Dios está por encima de eso, de los errores humanos
—No, no creo. Creo que somos un producto inexplicable del azar y de la química y navegamos hacia la nada en un planeta extraño, anómalo.

¿Ha leído la Biblia?
—No, no he leído la Biblia. He podido leer capítulos de la Biblia algunas veces, pero la Biblia completa jamás.
¿Le aburre?
—No, no me aburre. Quizá sea fuerte lo que le voy a decir: me deprime y a veces me asquea. Me asquea porque pretende ser una mentira con impunidad y no puedo aceptarlo.
En un programa de televisión invitó a Marco Aurelio Denegri. Ambos parecían dos escépticos del amor occidental. Sin embargo, ahora resulta que usted se ha vuelto a casar. Quizá ha vuelto a tener fe pero en el amor
—Sí, es algo privado, personal. Pero yo creo que sí he vuelto a tener fe en la felicidad, en la profundidad de ser feliz en compañía de alguien afín, interesante y además, en este caso, bella. Pero el consuelo de la religión nunca me ha tentado. Será porque nunca he aceptado el miedo como gobernador de mi vida.
Nunca le ha tenido miedo a la muerte.
—No le temo a la muerte, pero lo mejor de todo es que no le temo a la vida. Creo que eso es lo más importante. No le temo a la vida, por lo tanto no tengo esa propensión a creer en un gran Señor Celestial de todas las comarcas, que va a influir en mi vida y va a hacer que obtenga la fortuna que no se me dio y de todos aquellas cosas que se piden en el pozo de los deseos de Santa Rosa…
¿Tiene alguna frase o máxima que lo haya marcado en su vida?
—En ese sentido, no. Como le digo, la religión es la más grande construcción del miedo, el gran templo del miedo. Se basa en eso: el miedo. No significa que yo sea un envalentonado, un héroe o un laico que desee la muerte, ¡no! Significa que jamás he podido sobornar a mi razón para abrirle las puertas a la religión. Mi razón es insobornable. Hay algo en mí, racional, que no cede, que no puede ceder, y eso me ha evitado la religión. ¿Y sabe qué? Agradezco eso porque si yo fuese religioso, entonces creería que Dios me ampara y, cuando hablo con usted, imaginaría que yo, de algún modo, interpreto a Dios, y que usted, desde su réproba crítica, es un adversario o es un perdido o es una oveja descarriada. Tendría la falsa superioridad de los profetas.
¿No visita a sus parientes muertos en los cementerios?
—A mi madre. Pero la verdad es que tampoco creo en el asunto de la permanencia de las almas. Somos lo que somos y la valentía consiste en aceptarlo. La religión es una cobardía multitudinaria, gigantesca, planetaria. Tenemos miedo, por lo tanto: «Diosito, ayúdame». No, hombre, no. Venimos de la nada y vamos a la nada.
¿Qué le gustaría que pusieran en su obituario?
—Bueno, es una pregunta bastante desagradable pero, dado que es usted, le contestaré: «no creyó en casi nada por pura convicción».
¿Y qué cree que pondrían sus enemigos?
—No me interesa —y, abruptamente, se pone de pie dando por terminada la entrevista.
Por favor, ¿me firmaría su libro Una piedra en el zapato?
—Cómo no —accede y, mientras me autografía la publicación, lo reitera con convicción—: no me interesa, es la verdad.

Antes de despedirme, pido un último instante para tomarme una fotografía con el periodista. Le indico a su ayudante de casa que «aprete» el botón del medio de mi equipo MP4 para la captura de la imagen. César Hildebrandt, antes de posar, me mira, algo contenido, intentando no amonestarme: «en estos momentos voy a hacer de Martha Hildebrandt: no se dice “aprete”, sino “apriete”». Y yo, en efecto, siento que, a manera de colofón, acabo de recibir una amonestación de su temperamental —y atrabiliaria— hermana.