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2017/02/10

Orlando Mazeyra: el autor ante el abismo

OMG durante un taller en la Biblioteca Regional Mario Vargas Llosa.
El escritor y periodista Alfredo Herrera escribe en la revista venezolana Letralia sobre mi trabajo narrativo. Agradezco una lectura tan atenta.

La ciudad de Arequipa, al sur del Perú, es ahora una urbe metropolitana que alberga las historias de más de un millón de personas, con sus esperanzas y frustraciones y con los problemas propios de una capital agobiante que acaba de dejar en la historia sus cualidades de localidad tranquila, reposada, rodeada de un paisaje andino singular. Como cualquier otra ciudad, sus hijos y visitantes se han inspirado en su ambiente y personajes para manifestar su arte. Sin necesidad de mencionar, por ahora, a una larga lista de excepcionales artistas y pensadores, vale recordar que la denominada “ciudad blanca” es cuna de autores tan influyentes en la literatura peruana como Oswaldo Reynoso o Mario Vargas Llosa, de protagonistas de la historia nacional como el prócer y poeta Mariano Melgar, y de autores fundacionales de la novela peruana como María Nieves y Bustamante.
En las últimas décadas, luego de que entre las décadas ochenta y noventa del último siglo se manifestara una importante presencia de poetas, obteniendo premios nacionales y publicando libros de alta calidad, se ha producido un fenómeno que algunos críticos locales han denominado como un “petit boom” de la narrativa. Una nueva hornada de escritores ha publicado interesantes títulos de novela y cuento que han obligado a la crítica nacional a poner atención en el proceso. En este nuevo grupo de escritores destaca Orlando Mazeyra (1980), quien con cinco volúmenes de cuentos y relatos no sólo ha marcado una clara diferencia temática y formal con sus contemporáneos sino que además está en proceso de consolidarse en el ámbito narrativo nacional.  
Los dos últimos títulos de Mazeyra publicados casi al mismo tiempo, Bitácora del último de los veleros (Aletheya, 2016) e Instrucciones para saltar al abismo (Doce Ángulos, 2016), no sólo confirman que su proceso de aprendizaje literario está alcanzando niveles notables sino que además parece concretar una temática que ha sido común desde sus primeros relatos, no como un hilo conductor, sino como una fuente, una cantera de materia prima para crear su universo literario personal.
Varios autores peruanos, principalmente jóvenes, y seguramente como otro tanto de latinoamericanos, han publicado en los últimos años historias basadas en sus propias experiencias vitales, sin llegar a la autobiografía, en lo que se ha dado en denominar equivocadamente “autoficción”. En estricto este término resulta incoherente y la técnica no es nueva. Casi todos los autores han volcado en sus páginas de ficción hechos de su propia vida, ya sea a través de un personaje álter ego o prestándoles a sus personajes anécdotas, nombres, fechas o características de su propia personalidad. Nadie puede hacer “autoficción”, si quisiéramos acuñar un concepto para explicar una historia fabulada de una propia experiencia real, pues la ficción es eso, fábula, falsedad, mentira, o ambigüedad, que son a su vez algunos de los elementos básicos de la novela. En todo caso, como Onetti o García Márquez, el autor se convierte en un supremo creador de personajes que a su vez crean mundos y personajes en el ámbito de la literatura: la ficción.
Pero la experiencia vital es una buena y efectiva fuente de inspiración. Mazeyra ha visto en su propia experiencia una rica veta de anécdotas que fácilmente parecen poder saltar de la realidad a la ficción. El personaje Orlando Mazeyra pasea sus demonios, alegrías y desgracias a través de sus relatos y se encuentra con sus padres, amigos y novias, desahoga sus desgracias, resuelve sus frustraciones y supera sus infortunios. Los relatos, breves en general, llevan una carga dramática que linda con la tragedia, contagiando en el lector una emoción pesada, violenta, pero que no lo lleva a identificarse con el personaje, sino a sentir, como él, lástima y pesadumbre.
Mazeyra ha hecho de sí mismo un antihéroe literario. Su mundo narrativo es cerrado, se circunscribe a la familia y amigos, no crea mundos paralelos ni ámbitos abiertos donde los personajes puedan explayarse o experimentar otros panoramas, pero esto no es negativo, el espíritu introvertido del personaje así lo requiere, no podría resolver su vida en un espacio más amplio. El anecdotario parece inacabable: el recuerdo de un profesor de la escuela genera un cuento, de la misma manera que la actitud de su padre respecto a un insulto o una frase escuchada en el trabajo o la experiencia íntima del consumo de drogas y alcohol.
Y de aquí se desprende otra característica de la temática de Mazeyra que se explica por los títulos de sus libros: la cercanía del suicidio. Tanto en Bitácora… como en Instrucciones… el personaje Mazeyra, cargado de males y desgracias, entre ellos el ser escritor, está siempre cerca del desenlace fatal. Toca fondo e intenta salir de las drogas, el alcohol, la depresión, la frustración y las malas relaciones con sus padres; atormentado por un amor perdido precisamente por no poder superar o sortear estos males, deambula de un suceso a otro y se enfrenta a la decisión final, pero algo sucede que desvía sus intenciones, aunque no se sabe si para bien o para mal. Esta fatalidad se ilustra en uno de los relatos en que un personaje se burla del amigo Mazeyra jugando con su apellido y llamándolo “Miseria”. Y tal vez esta sea la palabra que mejor ilustre el espíritu humano de Mazeyra autor, abrumado por el albur de su personaje Mazeyra.
Pero este “traslado” de la anécdota real a la ficción no sería posible si Orlando Mazeyra no dominara el lenguaje, o por lo menos no alcanzara a ordenar y adecuar su lenguaje para estructurar y desarrollar sus historias. Su propuesta formal parece sencilla: un inicio inquietante, un conflicto cotidiano con tensiones violentas y un desenlace imprevisto. El personaje Mazeyra adopta la primera persona para manifestar su trance, lo que da al relato una fuerza que rápidamente contagia al lector el drama. Acierto técnico del autor para establecer una relación emotiva entre personaje, lector y autor.
Mazeyra no es un autor oscuro ni subterráneo, tampoco indaga en los vericuetos de la condición humana, pero la muestra y la cuestiona, y de esta manera manifiesta su cuestionamiento a la realidad, al sistema en el que se desenvuelve. Esta temática se une a sus anteriores títulos, que en conjunto ilustran el espíritu de su narrativa: Urgente: necesito un retazo de felicidad (2007), La prosperidad reclusa (2009) y Mi familia y otras miserias (2013).
Pero Mazeyra es un autor violento, que, parafraseando a Cortázar, rápidamente te arrincona contra las cuerdas y golpea hasta dejarte tambaleando. De seguro que pronto la “fama” de chico malo de la literatura que Mazeyra parece construir traspasará fronteras; por lo pronto, algunos lectores que hacen listas y críticos que elaboran su ranking anual, han coincidido en calificar los libros de Orlando Mazeyra entre los más importantes publicados en el año que acaba de pasar.

Fuente: Letralia
http://letralia.com/ciudad-letralia/el-barco-ebrio/2017/02/06/orlando-mazeyra-el-autor-ante-el-abismo/


2014/12/10

La prosperidad inconclusa

Alguna vez, César Luis Menotti, al referirse a Andrés Iniesta, dijo que tenía «cara de oficinista». Ahora, al referirse a mí, Juan Carlos Valdivia Cano dice que bien puedo pasar por «cajero de la SUNAT». Claro que la comparación es mala —torpe— porque el talento futbolístico de Iniesta es inmenso. En cambio, el mío (si se le puede llamar literario) es muy escaso o nulo. No obstante, agradezco esta generosa lectura.


 ORLANDO MAZEYRA GUILLÉN:  LA PROSPERIDAD  INCONCLUSA
Por Juan Carlos Valdivia Cano
Nadie niega su tremebundo talento, más que su talante, literario. Si no lo conociera y me dijeran  que es  un cajero de  la SUNAT no me sorprendería.  Pero nadie encarna como él en su vida y en su pequeña gran obra, eso que los de la farándula culturosa de los setenta, en casa de Rolo, llamábamos y vivíamos como «la muerte del padre», en este caso a través del privilegio de la literatura, de la pasión literaria que todo lo transfigura,  todo lo transforma, todo lo recrea.  Poquísimas  obras han sido tan  atrevidas, tan crudas y sinceras en nuestras letras peruanas como La prosperidad reclusa. ¿Cuántos escribas han roto «el pacto infame de hablar a media voz» que denunció don Manuel?
En  la setentera Casa de Rolo eso se vinculaba a la capacidad para mirarse uno mismo hasta la crueldad, llámese autocrítica, autoconocimiento, autoanálisis,  o como se llame, sin asco ni piedad,  más allá de la negación y el nihilismo, por supuesto,  o según  advierte Vila-Matas citado por Orlando Mazeyra Guillén, más allá del «mal endémico de las letras contemporáneas, la pulsión negativa o la atracción por la nada que hace que ciertos creadores , aun teniendo una  conciencia literaria  muy exigente (o precisamente por eso) no lleguen a escribir nunca; o bien escriban uno o dos libros  y luego renuncien a la escritura;  o  bien, tras poner en marcha una obra, queden, un día, literalmente  paralizados».
 ¿No se supone que un buen cristiano busca la verdad hasta donde ésta lo lleve y caiga quien caiga?  Es la  fe, la fuerza del mito, aunque sólo se exprese como amor obseso por la literatura. Pero aquí, como en todas partes, no basta con romper las tablas,  aunque sea a través del enorme privilegio de la literatura, no basta con matar la ley. Es menester escuchar  de nuevo  a Zarathustra. «He matado la ley,  y si no voy más allá de ella seré el más réprobo de los réprobos».
El apellido  Mazeyra es para mí personalmente muy significativo porque está ligado a mi vida desde la adolescencia y no de manera casual o pasajera. Esto lo explico en el libro de homenaje al doctor Eusebio Quiroz Paz Soldán cuando confieso que, en cierta manera, fui iniciado a la vida ciudadana y a la participación cultural activa gracias a la institución que Orlando Mazeyra Ojeda fundó y dirigió con el nombre de Víctor Andrés Belaúnde y a la que tuve el honor de pertenecer  como socio voluntario  (aunque jamás vuelva a inscribirme en una institución que acepte a un tío como yo).  Y cómo gracias también  a ello  asistí a  la primera conferencia en mi poco santa vida, a cargo del joven historiador Eusebio Quiroz Paz Soldán, que se ocupaba de José Carlos Mariátegui, nada menos.  Ahora veo que lo que me inoculó fue su admiración.
Si la crítica y autocrítica han parido la civilización europea moderna, como recordaba Octavio Paz, eso es mucho más decisivo en el caso del  escritor. Por eso espero que  Orlando Mazeyra Guillén no pare, que no se detenga, que  no crea que ha encontrado, que siga buscando,  que siga «matando al padre», que no necesita de apoyos ni dependencias de ningún tipo  y tal vez sea muy conveniente literariamente independizarse también de esos padres, de esos modelos tradicionales por los que apuesta, porque todo lo demás lo tiene de sobra.
 Necesitamos nuevos mitos. Los mitos de nuestros padres son muy respetables, pero ya no generan nada de pasión entre las nuevas generaciones, sino indiferencia en la mayoría  y fanatismo en algunos casos. Y necesitamos, al revés,  más libertad, más dignidad, menos discriminación y más tolerancia, los mitos de San Martín y Bolívar, más que los de Abraham, el hijo de Yahvé. 
Sólo alguien  que tiene la fuerza y el carácter necesario puede  arrogarse el derecho a escribir con su sangre lo que le viene de la sangre como «mandato vital». Lo cual  no tiene que ver con la descripción de escenas para los lectores sexualmente reprimidos sino con la  práctica de un arte. El arte de Orlando Mazeyra Guillén:   
«La idea del sexo como única verdad  se había presentado ante mí desde que conocí a Camila, una muchacha de apenas catorce abriles. Todavía no recuerdo si leí Lolita antes o después de conocerla. Aunque, a la luz de los hechos acontecidos, eso era lo de menos. Lo que de veras importaba era el nuevo trayecto: los juicios, las insidias, las calumnias de gente que juzga, pero  no vive. Un trayecto repleto de ignorantes que ahora  me miran  perplejos sin saber que ella y yo siempre estuvimos por encima del resto.» (p. 100).

No son sólo las cosas sino, sobre todo, las palabras lo que importa. El cómo se dice es inseparable  de lo que se dice. Y Orlando Mazeyra Guillén sabe contar  muy bien lo que cuenta. 

2014/12/08

Presentación de la reedición de "La prosperidad reclusa" en la FIL Arequipa


Este lunes 8 de diciembre, a las seis de la tarde, se presentará la reedición del libro “La prosperidad reclusa” de Orlando Mazeyra Guillén.
Legisprudencia.pe es la editorial que reedita este libro que apareció a finales del año 2009 y en esta ocasión será presentado por Juan Carlos Valdivia Cano, Carlos Rivera y el editor Roger Vilca en el auditorio Oswaldo Reynoso de la FIL Arequipa.
Acerca de este libro, ha escrito Francisco Melgar Wong, en el diario El Comercio:
“Esquizofrénicos, obsesivos, perdedores y desadaptados de toda clase son los personajes que pueblan las prosas y relatos de La prosperidad reclusa, rotundo libro del joven escritor Orlando Mazeyra Guillén. Nacido en 1980, Mazeyra viene ganando premios desde hace varios años gracias a sus relatos enardecidos y precisos, muchos de ellos editados por revistas y publicaciones de universidades de distintos países latinoamericanos. En “La prosperidad reclusa” hallamos varios de ellos, quizá las mejores narraciones de este escritor, en que las neurosis cotidianas se convierten en el motor de una existencia que lucha por sobreponerse a un destino oscuro, siempre fracasando en el intento. Guiado por un lenguaje que refleja una necesidad urgente de expresión, Mazeyra asoma como una de las mayores promesas de la narrativa local”.
También, el novelista arequipeño Jorge Eduardo Benavides, Premio Torrente Ballester, ha dicho:
“Los relatos de Mazeyra nos ofrecen personajes descarnados, irremediable e inútilmente insumisos respecto a una realidad de la que no pueden escapar: verdaderos outsiders del siglo XXI. Con un estilo seco, de frases intensas y composiciones vibrantes, el fresco cotidiano que nos presentan los cuentos reunidos en La prosperidad reclusa, anuncian un nuevo autor a tener en cuenta en las letras peruanas.”


2014/06/09

Este 10 de junio estaremos en "Martes literarios" de la Alianza Francesa

El martes 10 de junio a las 7 de la noche en la Alianza Francesa.
Gloria Mendoza Borda tuvo la gentileza de invitarme a los Martes Literarios de la Alianza Francesa. Recuerdo que la primera vez que fui invitado a este evento recién estaba terminando mi segundo libro de narrativa, La prosperidad reclusa. Era junio del 2009. Cinco años después, y con otro libro publicado, vuelvo a conversar, esta vez con Carlos Rivera, sobre mi obra narrativa y a leer algún texto inédito. Están todos cordialmente invitados.

Lugar: Alianza Francesa de Arequipa 
(calle Santa Catalina 208).
Día: martes 10 de junio. Hora: 7 p.m.
INGRESO LIBRE.

2013/11/27

Mundo urgente

Hoy, miércoles 27 de noviembre, en el diario El Pueblo aparece una reseña sobre Mi familia y otras miserias.
Un narrador hiperrealista
Por José Gabriel Valdivia*

            El año 2007, Orlando Mazeyra (Arequipa, 1980) me invitó a presentar su primer libro de cuentos Urgente: necesito un retazo de felicidad. En algunos comentarios escritos para tal propósito, avizoré el nacimiento de un genuino narrador por algunos cuentos, aunque breves, que pulseaban la realidad e intentaban traducirla en las historias y personajes inventados, como también en el esfuerzo por elaborar un lenguaje propio, ecuánime y auténtico. 
            Dos años después, publica La prosperidad reclusa, un conjunto de relatos que ya manifiestan con mayor intensidad un espíritu crítico en los temas que aborda o la infeliz realidad que intenta retratar. En este, los personajes -ya menos confusos- exploran sus interioridades y los conflictos del entorno que los anticipa y mantiene ilesos hasta el final, pero con la fuerza del que -en otro momento- espera vengarse para quedar mano a mano.
            Este año 2013, Orlando Mazeyra nos enrostra un conjunto de cuentos, Mi familia y otras miserias, que portan una vestidura trágica y una tesitura dramática. Muchos de ellos son tan patéticos por el tema y atrevidos por la denuncia sensata e inconforme. Además, son una suerte de testimonio de parte frente al oficio de escribir, porque  -propia confesión- el autor no puede desembarazarse de su adicción por la escritura literaria. 
            Desde los epígrafes se desnuda la intención del libro: un afán desmitificador de la familia como la base de la sociedad, una tentación parricida, emancipadora, de la figura aplastante del padre, y también la dignidad del oficio de escribir ante un mundo rodeado de circunstancias miserables.
            En los comentarios de la contra-carátula, el narrador Fernando Ampuero o el  poeta y crítico, Raúl Bueno Chávez, afirman que Mazeyra es un escritor de raza, es decir, que no se conforma con escribir bien sino que aspira a profundizar no solo la realidad literaria sino a explorar los intrincados vericuetos de la condición humana.
            Por allí también se orienta mi primera apreciación. Mazeyra no se inhibe ni se fuerza para decir lo que tiene que decir. No tiene prejuicios al abordar algunos temas inusitados en la actual narrativa peruana, ni teme la censura de los que no comparten ni aceptan la estética del realismo sucio.   
            Hay dos relatos que expresan –en este, su tercer cuentario– la poética de la narrativa de Orlando Mazeyra: Los libros malditos y La compañía de Jesús. En el primero, se narra la historia de un aborto que un adicto por la lectura se empecina en descubrir. En el segundo, una versión callejera de los “fletes” humanos que concluye con un arrepentido y tímido muchacho, incapaz de hacer favores sexuales.
En ambos, lo abyecto y protervo, lo moralista y realista, se estrechan con el impulso de una escritura firme, crítica y rebelde. En ellos también se percibe una denuncia lacerada de lo íntimo, de lo privado, frente a un espacio público, temible y deplorable.
Mi familia y otras miserias confirma el arribo de un escritor que ha logrado con dosis de descarnada realidad y virtuosos mecanismos narrativos, construir relatos conmovedores que sujetan al lector y lo impelen a comprender que entre la ficción y el mundo urgente que lo rodea, no existe más que un segmento invisible de distancia, de frontera o confusión. Realidad y fantasía son las caras de una misma moneda.

*Escritor, crítico y docente de la Escuela de Literatura de la UNSA

 También aparece en el portal de El Búho:

2013/08/10

Simplemente Orlando

Diario Correo de Arequipa, sábado 10 de agosto de 2013
Por Yudio Cruz Mendoza

Ese flaco que me espera, puntual como pocos, en una esquina de la plaza de Arequipa es el escritor Orlando Mazeyra. Nunca antes lo vi en persona, pero lo reconozco en el acto. Es más alto de lo que imaginé, más que yo, o sea, y quizá ese rasgo acentúe su delgadez. Su corte de pelo, casi al rape, es idéntico al que lleva en las fotos que aparecen en las solapas de sus libros, en su Facebook y en su blog. Nuestra cita era a la 1:00 p.m. La concertamos, vía Face, hace sólo un par de horas.
Pucha, llego tres minutos tarde.
Me hablaron por primera vez de Orlando Mazeyra Guillén (Arequipa, 1980) en el 2010, cuando aún vivía en Puno. Valió la pena pagar 15 soles por estos cuentos, me dijo un escritor puneño, gran amigo mío, quien había comprado La prosperidad reclusa (2009), el segundo libro de Mazeyra, únicamente  para no desairar al vendedor, un célebre poeta de la Ciudad Blanca. Otro amigo, en aquel entonces estudiante de Derecho de la UNSA, me contó que el viaje de Arequipa a Puno (en bus económico), que en otras ocasiones le parecía insoportable, ahora, increíblemente, con el texto de Mazeyra entre manos, le había resultado hasta placentero. Me bastó leer los primeros relatos de La prosperidad reclusa para darles la razón.
Estamos en el segundo piso de una cafetería de la calle Mercaderes; Orlando ha pedido, para los dos, unos helados deliciosos. He derribado el mío, no sé si por nerviosismo o distracción, pero —oh, sorpresa— no se ha derramado ni una gota. Mazeyra quiere obsequiarme  Mi familia y otras miserias (2013), su último libro de cuentos, pero ya tengo mi ejemplar, recién compradito de la Libunsa, y se lo alcanzo para que me lo firme. Hago lo propio con Urgente: necesito un retazo de felicidad (2007), su ópera prima, pero ocurre que ya está autografiada por el autor y tiene una dedicatoria tremebunda. Le confieso, avergonzado, que la acabo de adquirir en una librería de viejo.
Orlando arranca esa página, la dobla en cuatro, se la guarda en el bolsillo del pantalón y estampa su rúbrica en la segunda hoja.
Enciendo mi reportera digital… A Mazeyra le apasiona el fútbol. Era un niño cuando su padre lo llevó por primera vez al estadio. Desde ese momento se quedó encandilado con el balompié. Su contacto inicial con la escritura se lo debe, quién lo diría, a este deporte. Cuando era colegial leía las crónicas deportivas de El Gráfico, de Argentina, y escribía cuentos futbolísticos. Uno de sus personajes era un arquero imbatible que tenía el mismo apellido que el director de su colegio y defendía, qué duda cabe, el arco del Melgar, equipo del que Orlando se declara hincha acérrimo.
Ingresó a Ciencias de la Comunicación en la UNSA, pero su madre le advirtió que, si no quería morirse de hambre, debía seguir, además, una carrera con futuro. Así que se fue a estudiar Ingeniería de Sistemas a la UCSM. Sin embargo, nunca se alejó de la prensa. Actualmente, publica crónicas y entrevistas en distintos medios locales, nacionales e internacionales. Incluso fue corrector de estilo en la edición sureña de un conocido diario. Su gran referente en el periodismo es su amigo César Hildebrandt.
Su escritor predilecto es Mario Vargas Llosa. Dice que devoró todas sus obras, menos La guerra del fin del mundo, que dejó a medio leer. Lo admira tanto que, cuando tuvo la oportunidad de visitar la biblioteca del Nobel, en Lima, estuvo a punto de besar su escritorio. El libro de Mario Vargas Llosa que lo marcó y con el cual se siente identificado es El pez en el agua, ya que el niño Orlando, al igual que el niño Mario que aparece en esas memorias, tuvo una relación muy tormentosa con su padre.
Formulé poquísimas preguntas —breves, sencillas, obvias—, en la hora y media que duró nuestra reunión. Mazeyra se anticipó a casi todas las que había planeado y me las absolvió como si hubiese ensayado las respuestas. Por eso me despedí feliz, presto a transcribir el audio.

Nunca imaginé, Orlando, que un virus, compadecido tal vez mi torpeza periodística, borraría esa entrevista.

2012/12/27

La prosperidad reclusa... (reincidencias)


Raúl Bueno Chávez, Ganador del Premio Internacional de  Ensayo "Ezequiel Martínez Estrada" de la Casa de las Américas de Cuba, 2012 y Profesor en Dartmouth College (EEUU).

«He leído con sorpresa, primero, luego con admiración y siempre con placer los cuentos de Orlando Mazeyra Guillén. El lenguaje narrativo me parece impecable. Digo maduro, narrativamente cabal, lingüísticamente preciso, a menudo poético, con un desarrollo sin vacilaciones, y siempre sugerente. Como el autor mismo lo dice en uno de sus relatos: sin arborizaciones ni extensiones innecesarias. A eso añado lo inusitado de sus situaciones: trae temas nuevos a nuestra (de pronto a la) literatura, sin importar las convenciones ni el tabú. Mazeyra es un narrador de raza, que siempre es mejor —va más allá— que un narrador por formación.»

Raúl Bueno Chávez 
Se pueden leer otros comentarios sobre
 La prosperidad reclusa haciendo clic acá

2010/04/06

La prosperidad reclusa: "crudo naturalismo"

"La prosperidad reclusa de Orlando Mazeyra". Artículo, Diario Noticias 5 Abril de 2010.
"(...) historias que retratan el espíritu juvenil de la delicada y compleja época que nos toca vivir: los problemas de anorexia, escarceos femeninos, infidelidades, descubrimiento sexual, rasgos obsesivos, depresiones sociales, angustias existenciales, la escritura, donde el alcohol y las drogas son estímulos pasajeros de temer".

Leer el artículo completo haciendo clic aquí.

2010/02/15

«Atrapados en la noche», reseña de mi libro en El Comercio

«Atrapados en la noche», es una magnífica forma de resumir el drama por el que pasan mis personajes más genuinos. La noche es, para un insomne como yo, el mejor caldo de cultivo que azuza mis mayores fobias y temores. Hoy, leo una generosa reseña de Francisco Melgar en el diario El Comercio y, agradecido, siento que, mientras siga atrapado, seguiré escribiendo… Y, Bergman –mi hermano Ingmar Bergman–, acudirá en mi ayuda una vez más: «La hora del lobo es el momento entre la noche y la aurora cuando la mayoría de la gente muere, cuando el sueño es más profundo, cuando las pesadillas son más reales, cuando los insomnes se ven acosados por sus mayores temores, cuando los fantasmas y los demonios son más poderosos... »


«Esquizofrénicos, obsesivos, perdedores y desadaptados de toda clase son los personajes que pueblan las prosas y relatos de “La prosperidad reclusa”, rotundo libro del joven escritor peruano (arequipeño, para más señas) Orlando Mazeyra Guillén. Nacido en 1980, Mazeyra viene ganando premios desde hace varios años gracias a sus relatos enardecidos y precisos, muchos de ellos editados por revistas y publicaciones de universidades de distintos países latinoamericanos. En “La prosperidad reclusa” hallamos varios de ellos, quizá las mejores narraciones de este escritor, en que las neurosis cotidianas se convierten en el motor de una existencia que lucha por sobreponerse a un destino oscuro, siempre fracasando en el intento. Guiado por un lenguaje que refleja una necesidad urgente de expresión, Mazeyra asoma como una de las mayores promesas de la narrativa local.»

Fuente: El Comercio, lunes 15 de febrero de 2010.
http://elcomercio.pe/impresa/edicion/2010-02-15/eccu150210c8/02

2009/12/11


Según el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, la prosperidad es el curso favorable de las cosas. La prosperidad no es más ni menos que la buena suerte o el éxito en lo que se emprende, sucede u ocurre.
Y, ¿quién de nosotros no busca un curso favorable en todos los proyectos que emprendemos a lo largo de nuestras existencias? ¿Quién no ansía la buena suerte y el éxito? Es obvio que podemos diferir en la forma, aunque no en el fondo del asunto, pues todos tratamos de arañar la prosperidad, de asirla, guarecerla para siempre en los recodos más íntimos e intransitables de nuestras vidas. Pero –siempre hay un pero que lo estropea todo– no todos accedemos a ella (o peor aún, siendo prósperos, no podemos constatarlo porque nuestras anteojeras o la estupidez propia o ajena nos lo impiden… ¡Vaya paradoja! En este mundo tan hipócrita y trivial, para sentirse cabalmente próspero hay que escucharlo de la boca de los otros: de los amigos, y, mejor que mejor, si se trata de los enemigos).
Unos ejemplos al paso, resaltando aquel latigazo sartreano que reza que el infierno no es otra cosa que la mirada de los demás: ¿Es próspero un matrimonio sin hijos? ¿Será posible considerar próspero a un hombre que frisa los treinta años y carece de profesión? ¿Quién rayos encarna la prosperidad? ¿Es próspero un presidente megalómano que recurre a unas buenas raciones de litio para mantener la cordura? ¿O lo será el escritor multipremiado que dice que a pesar de todo siempre se sentirá un insatisfecho? ¿O el flamante jubilado que, esclavo de ese mecanismo inmisericorde que es la rutina laboral, ya no sabe gobernar algo que le pertenece, pero que le supieron quitar: su libertad?
Creo que no somos pocos los que nos azotamos cotejando reiteradamente en dónde estamos y dónde –por ventura– quisiéramos estar. Los que, azorados o acaso impasibles, vemos cómo se ensancha la franja que separa nuestra realidad de nuestros sueños más genuinos. Y, para paliar estas desazones cotidianas, lo que menos nos sobra es el tiempo, que a veces se disfraza de aliado, sin embargo, es siempre pernicioso enemigo, hábil prestidigitador: sí, el tiempo, o lo que a mí más me desbarata: la finitud de la vida. Y después de preguntarnos por qué tenemos que morir (una pregunta que, según Philip Roth, puede sacar de quicio a cualquier persona), intentamos –creo– encontrarle un sentido a la existencia, obviamente antes de morir (y, ahora, recuerdo que un tío dejó en mi casa un papelito que decía que toda adicción es una búsqueda angustiosa de Dios) y, a continuación, acude hacia mí esa frase de Fernando Savater que martilla mi mente: “Sabernos mortales es ante todo sabernos abocados a la perdición. Lo más grave no es precisamente no durar, sino que todo se pierda como si jamás hubiera sido”.