2012/08/02

Diccionario de arequipeñismos

Por Orlando Mazeyra Guillén

En La civilización del espectáculo, el último libro de Mario Vargas Llosa, el escritor arequipeño atiende la idea del poeta, dramaturgo y crítico literario estadounidense T. S. Eliot de que es indispensable que existan culturas regionales que nutran a una cultura nacional y, a la vez que formen parte de ella, existan con su propio perfil y gocen de cierta independencia: «Es importante sentencia Eliot que un hombre se sienta no sólo ciudadano de una nación en particular, sino ciudadano de un lugar específico de su país, que tenga sus lealtades locales. Esto, como la lealtad con la propia clase, surge de la lealtad hacia la familia».
El Diccionario de arequipeñismos ha sido escrito, creo, azuzado por esa genuina identificación que Juan Guillermo Carpio Muñoz siente con su tierra natal, sus raíces, su familia, es decir: Arequipa.
Yo había leído, hace algunos meses, una versión bastante resumida, cuando el autor le regaló un ejemplar a mi madre luego de degustar, cómo no, un sabroso adobo preparado por ella. No podrían imaginar (o quizá sí) lo placentero que fue el retar a mis hermanos a pasar la prueba de saber cuán arequipeños eran, preguntándoles el significado de algunas palabras que consideraba «rebuscadas» y, a su vez, la fruición que me producía el reencontrarme con vocablos que parecía exhumar de los sótanos de la memoria, recordando, así, los domingos, en la casa de la Mamá María, mi abuela materna, en Cerro Colorado: correteando en su gran huerta, escuchándola hablar y sintiendo un secreto orgullo por no sólo ser nieto de arequipeños de pura cepa, sino porque había un valor agregado: ¡eran chacareros!
Valga aclarar que la lectura de este libro ha servido para enmendarme la plana y, así, descubrir que el habla arequipeña es mestiza y, por lo tanto, se forjó por contribuciones tanto de los chacareros como de los citadinos. En consecuencia, no sólo es un absurdo el sentirse más arequipeño porque uno es descendiente de chacareros mistianos, sino que, como nos lo dice el autor del diccionario, hay que erradicar el equívoco de llamar loncco, al hablar típico, tradicional, característico o ancestral del arequipeño.
Esta publicación no sólo nos acerca a terminologías locales, sino que también a definiciones sobre lo que es ser arequipeño. Ahora, a puertas de un nuevo aniversario de la Ciudad Blanca, vuelve a plantearse la pregunta de siempre: ¿quién o qué es un arequipeño?
En esencia, un arequipeño es un mestizo que no tiene complejo de inferioridad frente a los demás, no reniega, no se avergüenza, ni se siente tributario de sus ascendientes indios o españoles, porque se siente un ser nuevo y diferente y, algunas veces, equívocamente, hasta se cree superior a ellos.
Hace algunas semanas, le comenté a don Juan Guillermo que quizá muchos de estos arequipeñismos están condenados (y disculpen por utilizar este término que puede sonar despectivo o desafortunado) a convertirse en antiguallas para el arequipeño del siglo XXI; sin embargo, eso sólo lo dirá el tiempo. Pongo como ejemplo, lo que tengo más a la mano, mi familia. O, para ser más preciso, mi familia paterna. Los hermanos de mi padre tenían la costumbre de poner apodos muy arequipeños: a la hermana mayor, por ser muy beata y llorona, una solterona pertinaz, señorita que ya frisa los ochenta años, le decían «sor cariche»; y a una de las últimas tías del clan, por ser la de piel más blanca y de ojos claros, le decían, con cierto retintín, «la carulla». Cariche y Carulla, dos arequipeñismos que, entiendo, para el arequipeño promedio deben sonar a términos, si no extraños, poco usuales. Ojalá me equivoque.
Además, el doctor Carpio Muñoz nos advierte, para mi espanto, que una de las características del habla de los arequipeños (la correcta pronunciación de la «ll»), se está perdiendo producto del agobiante centralismo limeño. Entonces lo que se viene no es muy alentador, aunque todo depende del cristal con que se observe. Julio Cortázar afirmó que «las novedades del habla popular son la creación de poetas anónimos que precisamente crean nuevas formas porque las usuales están gastadas, han perdido filo».Yo no creo que estos términos hayan perdido filo. Es simple, o desolador: ha dejado de interesarnos lo propio, lo que nos distingue de los demás.
A contrapelo de todo lo expuesto, esta bella publicación atiza la llama de una esperanza. Espero, pues, que la difusión del Diccionario de arequipeñismos sea un primer gran paso: una tarea pertinente, porque además el esfuerzo de galeote de su autor lo merece y, tal como lo señaló el poeta cusqueño Odi Gonzáles, estamos ante un hombre que «ha cargado un puma vivo». Este libro es parte de nuestra historia, pasado y presente, anidándose para construir un futuro que cumpla con la promesa de nuestro amado himno: renovar los laureles de ayer.
Como arequipeño me siento agradecido y es mi deber compartir esta emoción con todos los lectores, la emoción de sentirme ciudadano de esta tierra.
Orlando Mazeyra Guillén
01 de agosto de 2012.

  Pa’ Juan Guillermo

Por Sara Guillén Camargo

Esta noche se reúnen
los lonccos y los ccalas
en la biblioteca del Nobel Don Mario Vargas Llosa
para atingir lo que ha escrito el Juan  Guillermo,
después de muchas jornadas de esjuerzo;
paiso le ha dau  el tatito
bastante caycumen.

Seguritito que se ha quedau chocni
y se ha tocpiu el celebro pacer este nuevo  libro;
que más  parece una lloglla de palabras;
que me han cercenau el corazón,
recórdándome  que bonito  hablaba
en antaño mi aguelo Fernando y la mamitá Juana.

Veyo en su libro una pucuna
que servirá para soplar cultura
a tanto mocotecte y badulaque
Lue estau leyendo y me guelto loca  de alegría,
 una tarabilla contando, y recordando a mi familla
 arequipeñismos de  tanta maravilla.

Juan Guillermo, ¿cuánto te habéis demorau
para escribir tanto?
Por Diosito seguro que has estau
como gallina tocta encerrau en San Lázaro;
¿Cuántos días encerrau? Y ahora:
¿Cuántos riales por revainarte el celebro?
¡Eso no importa!
Seguro  cuatro riales por el esjuerzo.

Recuerdo que decía el abuelo: Si no vivís pa servir
no servís pa vivir.
Por eso no  permitáis que te domine el cansancio…
Vos seguí en la faina, creyando cultura
para tanta criatura.
Ya viene la fiesta de la Asunción voy a pedir que
La mamita linda te bendiga
y te ilumine la Santisma Trinidá;
Tu no dejís de mirar pal cielo dando
gracias por el bendito  caycumen que te  ha
dau el Tatito.
Esta noche recibe  una quepiñada de felicitaciones
de todos los que te acompañan.  
Gracias Juan Guillermo por seguir construyendo cultura,
para tu Arequipa, a la que amas y conoces con locura.

Sara Guillén Camargo
1 de agosto de 2012

ALGUNOS AREQUIPEÑISMOS Y SU SIGNIFICADO
(fuente Diccionario de J. G. Carpio Muñoz)


1. Guardacho: dinero, comida, o en general cosas que se guardan o esconden con mucho celo, de tal suerte que los demás no tienen idea de su existencia. Por ejemplo: hijito, te voy a comprar una computadora con un guardacho que tengo, pero no se lo digas a nadie.

2. Guato: cordón ordinario o gastado por el uso, algunas veces hecho con una tira de tela, que sirve para amarrar. Por ejemplo: amárrate los guatos de los zapatos.

3. Toncori: Garganta, tráquea. Por ejemplo: se le atracó un hueso en el toncori.

4. Mistiano: natural, perteneciente o relativo a Arequipa. Literalmente hijo(a) del Misti, el volcán tutelar de Arequipa. Por ejemplo: las mistianas, además de atractivas, son trabajadoras y exigentes.

5. Misquirichi o Misquiriche: avaro, miserable, tacaño, el que se engolosina con su dinero o con las cosas de su propiedad. Por ejemplo: ella no te convidará ni un pan, es una misquirichi.

6. Chajualla: perro chico y ladrador y bullicioso; por extensión, persona bulliciosa y parlanchina; por extensión: algo o alguien sin importancia, insignificante.

7. Trica: el conjunto de las tres porciones en que se divide la bebida preparada con la mezcla de los líquidos de una botella de licor de alto contenido alcohólico y una botella de gaseosa (de uno a dos litros de capacidad). La medida es: una de licor por dos de gaseosa. De uso reciente entre los jóvenes.

8. Cotimbear: mentir o decir cotimbas (mentiras, embustes). Esta acepción está en desuso. Generalmente se le confunde con quetimbear.

9. Forata: expulsar a alguien, botarlo, echarlo, arrojarlo, ponerlo fuera. Por ejemplo: ya les dimos forata a esos intrusos. Romper unilateralmente una relación o un compromiso. Por ejemplo: Elenita le dio forata a su enamorado. Parece provenir del español fuera.

10. Chilicuto: Grillo. Apodo de varón bajito y casi volátil por su poco peso.

11. Tolina: Marisco difundido en la costa del Perú y en el norte de Chile. En Arequipa se conoce más con el nombre de tolina, pero también algunos le llaman: casco de burro, y otros abalón (que no es palabra del español). Nuestro plato típico en que es protagonista es la sarza de tolinas. En Chile le llaman loco y lo comen con mayonesa. Es también muy difundida su acepción: vagina (por el parecido del marisco al órgano femenino ya mencionado).

12. Diana: bebida caliente que se prepara con leche, agua, castañas, almendras, coco rallado, canela, clavo de olor y pisco (o en su defecto coñac), y que es tradicional tomar "para el frío" y por las noches en los lugares públicos donde se verifican festividades populares. Posiblemente este arequipeñismo se haya formado de manera figurada a partir del vocablo español diana, que como sabemos nomina a ese toque de corneta que se hace en las madrugadas en los cuarteles para levantar a la tropa.
 

2012/07/28

Jamás leí a Onetti

"Yo te vuelvo a repetir, bajo palabra de honor, que jamás leí a Onetti."
J. C. Onetti
 

—Porque la quería toda, señor juez: ella con su pasado, ella con su último pensamiento para siempre oculto. ¿Qué estaba pensando cuando murió?
—No pensaba. Usted la mató mientras dormía.
—Eso, señor juez: su último sueño.

Juan Carlos Onetti


Sábado, 27 de marzo de 1993.

Tal vez mi sensación luctuosa nazca del hecho de que al escribir las últimas palabras de mis libros experimenté siempre una sensación de adiós. Que se las arreglen, nunca los leeré ni corregiré pruebas de imprenta.

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Discúlpenme que los reciba con dos dientes, pero los otros se los presté al Vargas Llosa...
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Si Beethoven hubiera nacido en Tacuarembó hubiera llegado a ser director de la banda del pueblo.
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"Mirá, en este libro, en este adiós, él habla de vos. Si querés te leo lo que dice. Y Onetti me dijo: sí, sí, léeme lo que dice. Y enfrentó bien la cosa y yo le leí que José María Arguedas decía: ahora estoy en Santiago de Chile y no tengo fuerzas para hacer lo que quiero y lo que quiero es irme a Montevideo y encontrar a Onetti para apretarle la mano con que escribe. Y se lo leí y Onetti simuló, por unos segundos nomás, que podía poner cara de estatua, pero no podía y yo bajé la mirada, por pudor, no sé, para no ver el tajo de humedad que le atravesaba la cara" (Eduardo Galeano).

2012/07/24

Al terrorismo hay que derrotarlo desde la civilización


“Al terrorismo hay que derrotarlo desde la civilización. Porque si el terrorista, aunque derrotado, consigue que sus métodos sean los que emplea la sociedad que combate, pues el terrorista habrá ganado.” 
Mario Vargas Llosa entrevistado por César Hildebrandt 

El sanguinario grupo Colina de Fujimori y Montesinos practicó terrorismo de Estado.

2012/07/13

"La derrota política Vargas Llosa la convirtió en triunfo literario"

Por estar casi dos meses radicando en Lima no he podido actualizar este blog de una manera constante. Mi entrevista al biógrafo de Mario Vargas Llosa fue replicada en Moleskine Literario de Iván Thays. Dice su nota (http://ivanthays.com.pe/post/22863561241):

El escritor español Juan José Armas Marcelo, uno de los hombres que más sabe de Mario Vargas Llosa, amigo suyo y biógrafo, estuvo por Lima -y viajó a Arequipa también para entregas el premio Vargas Llosa a Pedro Novoa- hace unos meses. Orlando Mazeyra Guillén lo entrevistó en ese momento para revista Corónica sobre temas muy atractivos para los seguidores de Vargas Llosa, como la relación con su padre, la historia del premio Nobel, el altercado con García Márquez y la derrota electoral de 1990.
Aquí algunas respuestas:
Usted, como un exhaustivo investigador de la vida y obra de Mario Vargas Llosa, qué piensa de esa distancia que tuvo hasta el final con su padre, he leído en algunos textos que Ernesto Vargas Maldonado, terminó como portero en un edificio en Pasadena (California), ¿esto, al autor de La Casa Verde, le era totalmente indiferente?—Creo que era portero de una sinagoga, pero no me informé nunca cerca de Vargas Llosa por este asunto. Sé, de eso sí hemos hablado muchas veces, que jamás perdonó a su padre. Cuando se publicó la noticia de la muerte de Ernesto Vargas Maldonado, yo lo llamé a Lima desolado. Era noche en Lima, y mañana en Madrid, donde yo estaba. Bueno, me contestó al teléfono, me dijo que, en realidad, no estaba muy afectado y que eran las cosas de la vida. No es que yo me hubiera olvidado de la distancia enorme que se había abierto entre su padre y Vargas Llosa, pero así eran las cosas. Creo que, al final, a Mario le era indiferente el destino vital de su padre; otra cosa era lo que Mario sentía por Dorita, su madre, ahí sí que está la memoria de Mario y todos sus sentimientos domésticos; pero con su padre, nada de nada, no hubo nunca ni vuelta atrás, ni paz ni reconciliación. Creo que toda esta situación continúa ya irresolublemente. Durante las ceremonias del Nobel le pregunté, en Estocolmo, qué es lo que hubiera pensado su padre. «Nada, no hubiera entendido nada. Se mostraría perplejo y muy molesto…», me contestó con una sonrisa. Yo pienso lo mismo, que no hubiera entendido nada, pero en su fuero interno Ernesto Vargas Maldonado se sentiría orgulloso de la aventura vital de su hijo, de su tenacidad, de su obstinación en el trabajo, de su triunfo social, de su gloria literaria; aunque, efectivamente, no hubiera entendido nada de lo sucedido. Creo que en Ernesto Vargas Maldonado hay un personaje de novela que se va repartiendo en detalles y episodios a lo largo y ancho de la novelística del Nobel peruano. ¿Ves? Ahí hay un gran tema para un doctorado, si es que ya no se ha hecho.
(…)
Se decía y se sigue diciendo que Mario Vargas Llosa era —hasta en su forma de entender la literatura— muy circunspecto. Incapaz también de reírse de sí mismo, quizá su primer intento de demostrar que no era así fue La tía Julia y el escribidor. Sin embargo, si leemos sus memorias, uno vuelve a notar que no se ríe de sí mismo y que, incluso él mismo lo ha reconocido, le tiene un terror al ridículo, ¿qué interpretación le da a esto?—Yo no soy un psiquiatra argentino, ni siquiera soy psiquiatra ni argentino. Si lo fuera tendría seguramente capacidad exegética para todo y su contrario, ¿verdad? Hubo un tiempo joven en que Vargas Llosa se tomaba en serio literariamente todo lo que hacía y sucedía a su alrededor, pero sí, siempre tuvo humor, ya lo creo, y una carcajada muy contagiosa. Todo lo que digo ocurre no en un mundo secreto, sino en un mundo privado. Vargas Llosa es muy suyo, muy celoso de su privacidad, lo que me parece bien. Le he oído contar a carcajadas chistes sobre sí mismo, errores terribles que ha cometido, cosas ridículas que nos pasan a todos y él interpreta como que le pasan sólo a él, olvidos del nombre de su anfitrión en una cena, olvido del nombre de un amigo en el momento de la firma de uno de sus libros, en fin, tonterías. En cuanto a la escritura de El pez en el agua, un libro de memorias que a mí me fascina, porque ahí está el Vargas Llosa más serio y literario reflexionando sobre sus dos pasiones vitales: la literatura y la política, hay que tener en cuenta cuándo y en qué condiciones anímicas fue escrito, tras salir del país después de las elecciones presidenciales. En principio, no aceptó la derrota, que fue injusta y un error histórico para el Perú; pero se reencontró así con la escritura y se reencontró con el escritor que llevaba por dentro y por fuera. Ese combate lo perdió, felizmente, el político Vargas Llosa y lo ganó el Vargas Llosa escritor para toda la vida. Como dijo Octavio Paz en aquella ocasión, lo siento por el Perú y me alegro por Vargas Llosa. Yo también, que conste. Es posible que, en su fuero interno, al perder las elecciones frente a un epifenómeno suyo, el gamberro Fujimori, que nace y vive sólo para que Vargas Llosa no gane esos comicios presidenciales, Mario se haya sentido ridículo. Sus memorias limpian esa interpretación y me parece que es una escritura, la de ese libro, de una perfección vengativa más que absoluta.
En su teatro siempre está presente en forma latente o explícita la homosexualidad, muchos críticos asocian esto al hecho de sus traumáticas experiencias infantiles como ocurrió con el hermano Leoncio en el colegio La Salle que intentó practicar malos tocamientos, ¿cuánto hay de verdad y de mentira en esto?—No sólo en su teatro, también en algunas de sus novelas está el asunto de la homosexualidad, un tabú en su tratamiento en America Latina, tan triste y horrorosamente machista y homófobo. Desde antes de su primera novela, Vargas Llosa incorpora a algún personaje homosexual en sus cuentos y después en sus novelas. Recuerda el profesor Fontana y Mayta, y el Bolas de Oro y tantos otros. No sé si tiene que ver con esa experiencia que usted dice, pero me sospecho que su padre, Ernesto Vargas, lo veía como un señorito afeminado, un adolescente al que había que hacer un hombre antes de que las mujeres de la familia Llosa lo convirtieran en una mujercita. Craso error, fueron las maulees de esa familia, a mí entender nada humilde, por cierto, quienes lo convirtieron en escritor. En todo caso, nada de esto es raro, quiero decir, lo de esas experiencias en colegio de curas. Yo estuve diez años con los jesuitas, no tuve ese tipo de experiencia, pero vi cómo la sufrieron amigos míos. Yo estaba desde niño muy maleado, nunca fui un angelito, ni cuando infante, felizmente.
(…)
¿Cuánto de cierto hay en que el tema del Nobel (antes de octubre del año 2010) se había vuelto tabú? Un tema que sus amigos íntimos sabían que no debían tocar… —Nunca representó para mí un asunto ni un tema tabú. Hablé muchas veces con él del Nobel, del que no le habían dado a él todavía y se lo dieron a otros escritos inferiores, como Darío Fo y otros y otras escritoras europeas. Siempre me dijo lo mismo: «y no se lo dieron a Borges», que se lo negó, en mi opinión, Artur Lundkvist, que se creía que sabía español, y yo creo que también impidió, mientras vivió, a Vargas Llosa. Otrosí, un día de 2007, en Estocolmo, paseábamos los dos por la ciudad y pasamos delante del edificio donde entregan el Nobel todos los años. Le dije que era ahí. Que pronto tendría que venir a recogerlo. Me dijo que opinaba que ya había pasado su tiempo. «Estás loco», le dije, «ya pasó el tiempo de Lundkvist», premio Lenin para más señas, y que se dejaba llevar en literatura, como tantos, por su superstición ideológica, un señorito rural de izquierdas.

Vargas Llosa en una entrevista ha indicado que piensa escribir la segunda parte de sus memorias. Entendemos que pasará por alto la archifamosa escena del puñetazo, ¿pero qué podemos esperar de esta segunda parte de su autobiografía? Es casi un hecho que recurrirá otra vez a los capítulos alternos, ¿verdad?

—Ésta, lo sospecho, es una pregunta-trampa, pero, en fin, contestaré. Si hace esas nuevas memorias, la segunda parte, viene obligado a contar lo del famoso puñetazo, desde luego, para desterrar de una vez las dudas y las incógnitas. Una vez le escuché decir en público que ese asunto oscuro lo dejaba al albur de sus biógrafos. Sé que se están escribiendo algunas biografías y ensayos donde el famoso puñetazo aparece, pero no sé lo que van a decir. Casi seguro que optará por la alternancia en los capítulos, el mismo método del primer tomo de memorias. Creo que además son necesarias. Como sospecho que quiere que le dé mi impresión sobre el asunto del puñetazo famoso, se la daré: cuando alguien que es amigo comete un error voluntario indescriptiblemente negativo y absurdo por puro ego, lo mejor es resolverlo como en el mejor duelo, de repente y de golpe, de frente, con un buen puñetazo. Creo que, sea lo que sea, García Márquez se habrá estado arrepintiendo toda su vida de ese error. No creo que Mario se haya arrepentido de haberlo resuelto de esa manera tan expeditiva.
(…)
¿La gran derrota en la vida de Mario Vargas Llosa fue la de las elecciones de 1990? ¿O su gran derrota es más bien «literaria» (en el sentido que, como siempre lo resalta, tiene muchos proyectos para una vida y no le alcanzará para escribir todos los libros que ansía)? —Ni la una ni la otra, la derrota política la convirtió en triunfo literario después del Chivo. Bueno, y nunca tuvo lo que José Donoso llamó la «seca», esa temporada de nada en la que el escritor no escribe nada porque no se le ocurre nada. Al contrario, en Vargas Llosa gana lo que él llama la «solitaria», esa impaciencia ansiosa y constante por escribir.


http://ivanthays.com.pe/post/22863561241

2012/07/06

Los imperdonables



—¿Cómo era en los viejos tiempos? ¿Todos saliendo a caballo, disparando. . . humo por todas partes, gritos, el zumbido de las balas?
—Supongo.
—Mierda, creía que nos iban a matar. Hasta tenía miedo. ¿Tenías miedo en aquellos tiempos?
—No me acuerdo. Estaba siempre borracho.
—¡Le disparé al cabrón tres veces! Estaba cagando, iba a coger su pistola y le disparé. El primer disparo le dio justo en el pecho. Ese fue el primero.
—¿Primer qué?
—El primer hombre que he matado en toda mi vida.
—¿Sí?
—¿Sabes? Cuando dije que ya había matado a cinco, no era verdad.
—¿El mejicano con la navaja?
—Le rompí la pierna con una pala. No lo maté.
—Bueno, al tipo de hoy sí lo mataste.
—¡Sí! Lo dejé hecho polvo, ¿verdad? Tres tiros cuando estaba cagando.
—Toma un trago, Chico.
—¡Dios! No me parece verdad. Que no volverá a respirar nunca. Que está muerto. Y el otro también. Basta con apretar el gatillo…
—Es algo duro matar a un hombre. Le quitas todo lo que tiene. . . y todo lo que podría tener.
—Supongo que lo tenía escrito.
—Está escrito para todos, Chico.
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Ella era una muchacha guapa que le rompió a su madre el corazón cuando decidió contraer matrimonio con William Munny, un ladrón y asesino conocido. . . un hombre notorio por su carácter vicioso y inmoderado. Cuando ella murió, no fue por él,como esperaba su madre. . . sino por la viruela.
 (...) Unos años más tarde, la señora Feathers hizo el arduo viaje a Hodgeman para visitar el último descanso de su única hija. William Munny había desaparecido con sus hijos mucho tiempo atrás. . . decían que a San Francisco. . . y dicen que prosperó por la venta de provisiones. Y no había nada en la tumba para explicarle a la Sra. Feathers por qué su hija se casó con un ladrón y asesino conocido. . . un hombre notorio por su carácter vicioso e inmoderado.


2012/07/02

César Hildebrandt: una piedra en el zapato

Surco, Lima, 29 de junio. Luego de la tan ansiada entrevista a César Hildebrandt que pronto publicaré.

Por César Hildebrandt


Escribir sobre lo que vale la pena, lo que no la vale, lo que cree que la vale, lo que suponemos que la vale. Escribir como errar, como aproximación trémula, como ira convertida en dardo, como diagnóstico pretencioso. Escribir desde el vaticano de nuestra vanidad y condenar al infierno a nuestros adversarios, que son los que no piensan como uno y los que nos agreden con su diversidad. Escribir desde las vísceras humeantes, desde el dolor, desde el pesimismo entendido como estética de vida. Escribir sobre el fracaso, que a todos nos incumbe y que habrá de llegarnos elefantiásicamente con la muerte, escribir con la convicción de que jamás lograremos decir lo que nos  propusimos decir.
Si algo reclamo a estas alturas de mi vida es que jamás supuse que el ser humano era una criatura celestial y el centro de todas las cosas. Dura bestia es el ser humano. Y la especie nuestra, de vez en cuando, felizmente, produce errores. Esos errores se llaman Platón, Víctor Hugo, Einstein y algunas pocas decenas más. La humanidad promedio mata el tiempo esperando la muerte en estado de distracción, mastica con brío pedazos de surtidos cadáveres, ve televisión, vota en el tumulto de los voceríos, languidece pagando una casa donde aprendió a sufrir.
No creo en la humanidad. Y, sin embargo, un pobre próximo me sigue conmoviendo, un niño de la calle me grita en el oído, un perro que sufre me condena. No creo en la humanidad cuando veo a los ejércitos del gran dinero apoderarse de países a sangre y fuego y cuando veo correr la sangre de los niños alcanzados por bombas de racimo. Jamás pude ser comunista porque esa era una manera de ser manada y jamás dejé de despreciar a la derecha porque esa ha sido siempre la reivindicación de la avaricia. Ambos, comunistas y reaccionarios, tenían un punto en común: mataban para que el mundo mejore, eran intérpretes de la ley del progreso. Los primeros creían que la igualdad se decretaba, los segundos estaban convencidos de que el egoísmo monstruoso que practican tenía la autorización y el aliento de su dios excluyente. Ambos siguen pensando lo mismo, pero hay una notoria diferencia: no hay comunistas en el poder (bueno, hay un par de excepciones extravagantes y bastante degeneradas) y sí, en cambio, la codicia gobierna al mundo y ha hecho metástasis en lo que fueron una república de soviets y otra de campesinos inicialmente heroicos.
Ser pesimista es una obligación de la inteligencia. Pero ser indiferente es someterse a los valores del sistema mundial de dominación. De modo que somos pesimistas estratégicos y solidarios tácticos. Sabemos que la humanidad, como muchedumbre, es incorregible. Pero eso no nos quita el deber de luchar en las batallas del día a día. Porque quizá, en el fondo y casi a pesar nuestro, el sueño de un mundo mejor, la leve esperanza del hombre ascendido a otros valores, nos mantiene el aliento y el pulso.
Hay otra indulgencia que solicito: podrá decirse cualquier cosa de lo que he escrito, pero nadie podrá encontrar la adulación sagaz que a tantos les permite el progreso personal, el reconocimiento oficial, las palmaditas del agradecimiento cortesano.
He visto a colegas de mi generación doblarse ante el poder y agacharse ante sus migajas. Y los he visto llegar a la abyección con tal de figurar en las invitaciones de ese olimpo social donde los nadie saludan a ninguno y los muertos brindan como si la cerúlea palidez les fuera ajena.
No ha sido mi caso. A mí me han censurado y me han desaparecido inútilmente. A mí el poder me da náuseas porque sé que está en manos de locos y criminales. Y con el poder sólo he podido tener relaciones rotas. Hablo de todos los poderes: desde el de los banqueros hasta el de los prefectos, pasando por el de la Real Academia, esa cueva que, en Madrid, quiere legislar sobre las tildes justas y las uves bárbaras.
Este es mi sueño: una plena anarquía de hombres ilustrados y libres que se autorregulan y conviven en paz y son justos por naturaleza. Se comprenderá cuánto debe amargarse un hombre con ese sueño viviendo en un país como el nuestro. Porque de una cosa sí estoy convencido: desde la perspectiva de lo que podrían llamarse los valores autóctonos, cada día me siento más ajeno y menos peruano. Amo a mi país porque le pertenezco pero, a veces, demasiadas veces, lo odio como se puede odiar a un padre borracho y ordinario o a una madre distante y estúpida. Si alguien me preguntara qué es lo que más me irrita del Perú, tendría que decirlo con brutal sencillez: su vocación por la indignidad, su carácter quebradizo, su resignación ante la podre y los desmanes de la política, su amor por la reincidencia, la canturía de su narcisismo idiota. Me subleva el tono dulzón y acojudado del Perú.
Y quizá haya sido esa niebla estoica el enemigo. De allí, posiblemente, haya surgido el exceso de algunos de mis énfasis y la notoriedad de mis diatribas. No me arrepiento. Para nada me arrepiento. Prefiero mil veces la pasión incendiaria que la mistura del mediopelo y la complicidad.
Escribir es un verbo intransitivo. Cuando leí esa frase en Barthes entendí que lo que había sospechado era cierto: que lo único que importa a la hora de sentarse ante un papel o una pantalla es cómo voy a decir lo que, de algún modo, siempre será repetición y eco. Es la última justicia que demando: más allá de sus contenidos, aciertos y flaquezas, estas columnas fueron escritas amando el idioma que las construyó, la sintaxis que las dispuso, el léxico que pudo matizarlas, la música, en fin, de ese castellano que he sentido siempre que me hablaba, me urgía y me empleaba como escriba. Eso es: como escriba.

2012/06/22

Si ser peruano…

"Los testigos falsos", acuarela del arequipeño Teodoro Núñez Ureta

Por César Hildebrandt

Si ser peruano es aceptar que la mentira prestigia, el robo premia, la barbarie se aguanta, los muertos no importan, entonces renuncio a mi nacionalidad y me declaro apátrida.
Si ser peruano es rendirle honores al ladrón que se hizo rico en el poder y volvió a gobernarnos para seguir robando (“aunque no hay ninguna prueba de eso”, como dice Velásquez Quesquén), entonces me declaro senegalés.
Si ser peruano es resignarse a que las promesas electorales sean basura y a que el honor no exista, entonces aspiraré a ser un NN sin país de procedencia.
Si ser peruano quiere decir que los periodistas lean, con engolado entusiasmo, anuncios comerciales en la radio (los de “Claro” son los más insistentes) y recomienden, batea en mano, algún detergente (buenos días, señora Delta), o pretendan, con éxito, que nos olvidemos de su sordidez y nos digan ahora qué es bueno y qué es malo en este valle de lágrimas, entonces prefiero tener el estatuto seminacional de un cisjordano.
Si ser peruano es creer que la miseria es inexorable, que las barriadas son “pueblos en crecimiento” (hace décadas que lo siguen siendo), que la fealdad arquitectónica y la falta de agua es “promesa de un futuro mejor”, entonces que me borren del censo.
Si ser peruano es construir la autoestima nacional sobre las mesas de nuestra gastronomía, la ilusión del fútbol, la creencia de que somos únicos y mejores en casi todo, que el RENIEC me proclame inexistente.
Si ser peruano es aceptar la dictadura de la prensa y la televisión que dicen lo que el dinero quiere que digan y callan lo que el dinero quiere que callen, argelino de Orán quisiera ser.
Si ser peruano es creer que la debilidad ante el poderoso es una virtud, el abuso ante el débil una oportunidad de desquite,  la explotación un derecho divino, Dios un compinche, la supervivencia a como dé lugar una absoluta prioridad, los valores unas cuantas palabras y la hipocresía una obra maestra, entonces quemaré mi DNI.
Si ser peruano es ocultar la cobardía del pasado para no hablar de la cobardía del presente, suplicaré ser bengalí.
Si ser peruano es decir que se cree en el mercado mientras se amarran las licitaciones y se ensucian las proveedurías (y las consultorías), digo, sencillamente, que ya me cansé.
Si ser peruano es decir de la boca para afuera que se cree en la democracia mientras se piensa, sin abrir la boca, que la democracia es buena siempre y cuando sirva para perpetuar a los de arriba en su cima y a los de abajo en su desdicha, entonces reclamo mi prudente extranjería.
Si ser peruano es no tener patria (como lo demostraron tantos en el siglo XIX, por ejemplo), no tener compasión, no tener ideales pero sí deudas por cobrar, entonces ¿por qué no, de una vez, ser un suizo adoptivo?
Si ser peruano supone oír las imbecilidades de la radio y ver las procacidades de la tele –y asentir y reírse, respectivamente–, entonces mejor ser catarí.
En suma, que el Perú no puede ser esta chanfaina que quiere pasar por paraíso, este crecimiento que no es desarrollo, esos liberales tramposos, este ocultamiento de las causas de la crisis mundial, estas mentiras estadísticas que disminuyen el número de los pobres poniendo la cifra  240 soles mensuales como límite entre pobres y expobres, estos partidos políticos que aceptan todo (ladrones y mentirosos incluidos), este Estado que saquea a los modestos que trabajan pero es benévolo con los dueños de los emporios, esta burocracia pensada para mortificar, esta subordinación al imperio del norte y a los mandatarios de la Europa en crisis. El Perú no puede ser este desgano sin ley pero con balas, este sometimiento a la inmoralidad, este viejo desmán en el que los ofendidos son los mismos de siempre.

2012/05/13

Mi madre no me leía cuentos

Mi madre no me leía cuentos. Ella misma los inventaba. No sólo para mí, sino también para mis otros tres hermanos. Esas historias de sobremesa marcaron con fuego nuestra vida. No exagero: mi primera mascota —un can chusco y enorme que fue ultimado por el balazo de un infeliz oficial de la Fuerza Aérea que estaba cansado de verlo vagabundear por la base militar… o simplemente recostado debajo del viejo carro de mi padre, esperándolo para perseguirlo y, así, tratar de volver a casa; cosa que, en efecto, logró hacer en más de una ocasión— fue bautizada con el nombre de uno de los personajes más memorables que ella inventó: Solosín. Algunos suelen bautizar a sus perros o gatos con nombres (o apellidos) de sus autores preferidos o los de los personajes que estos inventaron. Yo, sin embargo, me quedé prendado, desde muy chico y para siempre, con el que fabuló la mujer más importante de mi vida. Contar historias es algo que, más allá de los resultados, me produce un tremendo placer y me ayuda a sentirme vivo. Me hace feliz reconocer que lo aprendí de la persona que más amo y necesito: mi madre, la vela que nunca se debe apagar.

2012/05/10

Historia del ruido - El Malpensante







Me quedé mirándolo atentamente, como si hubiera sido la primera vez, esperando que se me presentasen los pensamientos. Pero no hubo ninguno más, excepto la recomendación que me hice de fijarlo en la memoria cuando él estuviera muerto. Quizá pudiera evitarse, así, que con el paso de los años mi padre se trocase en algo atenuado y etéreo. «Tengo que recordar con precisión», me dije. «Tengo que recordarlo todo con precisión, para poder recrear en mi mente el padre que me creó, cuando él ya no esté.» No hay que olvidar nada.

Philip Roth, Patrimonio. Una historia verdadera

Mi HISTORIA DEL RUIDO aparece en la revista El Malpensante  de Bogotá, Colombia.

2012/05/06

Armas Marcelo: «Creo que en Ernesto Vargas hay un personaje de novela»





Hoy en el diario El Pueblo de Arequipa aparece una entrevista a Juan José Armas Marcelo (España, 1946), quien es un escritor y periodista experto en la obra de Mario Vargas Llosa y amigo muy cercano del novelista arequipeño. Ha publicado, entre otros, Vargas Llosa. El vicio de escribir (1991) y este año apareció su última novela La noche que Bolívar traicionó a Miranda (2012). Y también aparece una pertinente Nota del editor: "las preguntas fueron formuladas vía internet y las respuestas llegaron desde Nueva York", esto debido a la pifia que apareció en Hildebrandt en sus trece donde se señala que la entrevista se dio en España. Léanla, vale la pena.

2012/04/06

Alonso Cueto: una novela es una épica de la conciencia

Por Orlando Mazeyra Guillén

Alonso Cueto (Lima, 1954), gracias a una obra prolífica (novela, cuento, teatro, ensayo, artículos), es considerado uno de los escritores peruanos más representativos de la actualidad. Su primera novela El tigre blanco se hizo acreedora al premio Wiracocha en 1985. Veinte años después se consagraría a nivel internacional con La hora azul, obra que lo hizo merecedor del prestigioso Premio Herralde de novela.

Él entiende que el oficio de escritor es «por definición un acto de negación del orden social porque supone mirar más allá de la superficie». En esta entrevista, el autor de La venganza del silencio reconoce que el acontecimiento más importante de su vida fue el de descubrir el poder devastador de la muerte. Sin embargo, «el arte no es un consuelo contra la muerte, sino un refugio para nuestra aspiración natural a lo eterno».
Antes que nada, recordarle que Mario Vargas Llosa ha decidido donar su biblioteca personal a la ciudad de Arequipa. Este es, sin duda, un acontecimiento de gran envergadura en la vida cultural arequipeña. Nos corresponde a todos estar a la altura de las circunstancias. El premio Nobel nos ha regalado lo que más ama: sus libros. No puede haber una muestra más genuina de amor por la tierra en la que uno nació. Y, de paso, que esto sirva también para todos aquellos —hablo de muchos arequipeños— que, hasta el día de hoy, siguen dudando de no sólo «si se siente arequipeño», sino de si se siente identificado con Arequipa. ¿Qué les podría recomendar a las autoridades para que esta biblioteca se transforme en un centro cultural que funcione cabalmente?
La donación de la biblioteca es un acontecimiento de enorme importancia y no es casual. A lo largo de su vida, Mario Vargas Llosa siempre ha tenido el talante de los arequipeños para la protesta, el tesón y el compromiso con sus ideas. Es algo que siempre he admirado en él y creo que viene de su raíz arequipeña. Creo que es urgente el contratar bibliotecarios de primer nivel y  poner los libros en el contexto de un centro cultural.
Octavio Paz cuenta que él perdió el paraíso cuando descubrió que la guerra mundial no le era ajena; Mario Vargas Llosa lo perdió cuando supo que su padre no estaba muerto, ¿quizá a usted se le acabó el paraíso al revés: es decir, cuando su padre muere? He leído que en esa dolorosa etapa de su vida usted leyó con fervor a César Vallejo. ¿Cómo perdió el paraíso? ¿Intenta vencer a la muerte a través de la literatura?
Creo que el acontecimiento más importante de mi vida fue el de descubrir el poder devastador de la muerte. Mi padre era el centro de mi universo y el hecho de que desapareciera de un modo tan repentino e inexplicable, resultó tan perturbador que de pronto el mundo no tenía sentido. Cuando leí la poesía de Vallejo descubrí que el único antídoto que los hombres hemos construido contra la contingencia y el deterioro es el arte. Mi descubrimiento de la muerte, sin embargo, fue simultáneo al de su antídoto. Al leer a Vallejo sentí que lo que yo sentía, es decir la orfandad, la soledad, el abandono, estaban expresados en esos versos. Me sentía muy solo y al mismo tiempo, gracias a Vallejo, muy acompañado. Me di cuenta entonces del poder de las palabras por vencer el tiempo. Las palabras, a diferencia de la pintura, la escultura o la arquitectura, no dependen de ningún soporte físico. Pueden existir al margen de la materia que se deteriora. El arte no es un consuelo contra la muerte sino un refugio para nuestra aspiración natural a lo eterno. El ser humano rompe la consigna biológica de reproducirse y morir. Quiere sobrevivir y el arte expresa ese anhelo.  
Su caso, como narrador, muestra precisamente de aquello que Mario Vargas Llosa llama la perseverancia. Si bien ha sabido hacerse de premios desde muy joven y desde su primera novela, su trayectoria muestra una tenacidad resaltable: usted ha publicado con fecundidad antes de dar ese gran salto hacia los lectores en el extranjero con el Premio Herralde por La Hora Azul que incluso llegó ser considerada la mejor novela en idioma español en China en el año 2005. ¿De eso se trata? ¿De persistir? ¿Cómo ve a la distancia su devenir creativo?
Cuando uno escoge ser escritor, ya está siendo un transgresor. Se trata de un oficio que no tiene un lugar fijo en la sociedad. Los escritores trabajan en sus casas, no en oficinas, y en horarios que ellos escogen. Es por definición un acto de negación del orden social porque supone mirar más allá de la superficie, a la verdadera identidad de los seres humanos. Por eso es que su mirada puede ser más profunda y su poder de comunicación más permanente. Quizá pensar en esto sea la razón por la que me levanto todos los días: pensando sólo en que voy a escribir y que es urgente hacerlo, aunque sólo lo sea para mí. Y sé que lo seguiré haciendo siempre. 
A mí, El susurro de la mujer ballena me parece un libro que debería ser recomendado para los lectores escolares, sobre todo de la secundaria, porque aborda un tema muy en boga: el bullying.Si la literatura sirve para algo más que entretener y hacernos pasar un buen rato, es también para hacernos tomar conciencia de cómo podemos dañar al otro (y regresar a la realidad con armas para evitar este tipo de sucesos). ¿No habla quizá esta novela de daños que a veces son irreparables?
Decidí escribir esa novela con algunos recuerdos de colegio y también después de ver un programa de televisión que reunía a antiguos compañeros de colegio. Me di cuenta que un salón de clase es un espacio social, donde existen los líderes, los humillados, los que no toman partido, etcétera. El poder se ejerce con frecuencia de la manera más cruel entre los jóvenes. Es una novela, sin embargo, sobre el poder de la amistad, sobre todo de la amistad femenina. Me interesaba mucho la comunicación entre las mujeres y la capacidad de Verónica y de Rebeca por revelarse a sí mismas ante la otra. Creo que, en general, las mujeres son más capaces de comunicarse que los hombres.
Hablando de daños irreparables. El personaje principal de La hora azul, Adrián Ormache, ¿no intenta reparar lo irreparable? ¿Hay una visión más amplia, apuntando a vernos como país, para reconciliarnos y dejar atrás el pasado?
En realidad, el llamado de Adrián es a conocer la verdad. Es en cierto modo un tipo que ha vivido en un paraíso y que recibe la noción de que hay una realidad que él desconocía en su sociedad, su familia y en él mismo. Por eso creo que la novela es un cuento de hadas al revés, pues parte de la fantasía y se va acercando al mundo real. Creo que el Perú ha avanzado mucho en la conciencia de su diversidad. En los años que tengo de vida, he visto actitudes muy violentas y racistas que veo que ahora van amenguando. Sin embargo, el camino que tenemos es muy largo. Me interesaba explorar la posibilidad de que Adrián pudiera efectivamente renunciar a su clase social, al mundo del que viene. Lo logra, pero sólo en parte.
Usted ha dicho que todo escritor es esquizofrénico. Cuando Alonso Cueto está metido de lleno en la creación de una nueva novela, ¿le cuesta salir de esos mundos ficcionales y volver a la realidad? ¿Es común que esa esquizofrenia de la que usted habla de alguna manera trastorne nuestro entorno afectivo (esposa, hijos, familia) o estoy exagerando?
Me cuesta mucho. Ahora escribo una novela con cuyos personajes he soñado. Eso me asusta un poco y me alegro que esté a punto de terminarla. Sólo espero que no los vea aparecer delante de mí. Mi familia no se preocupa demasiado.
¿Qué cine consume? ¿Cuáles son sus películas favoritas y por qué?
Las películas de mi vida, tal como las recuerdo ahora, son “Muerte en Venecia” de Visconti, “Vértigo” y “Psicosis” de Hitchcock, “Diario íntimo de Adele H.” de Truffaut, “El último tango en París” de Bertolucci y “Ese oscuro objeto del deseo” de Luis Buñuel. Me parece que no se puede renunciar a la historia. No hay nada más difícil que contar una buena historia. Pero el cine (y la narrativa) es mucho más.
Usted conoce a Juan Carlos Onetti tan a fondo que el tema de su tesis doctoral fue sobre su obra. Ésta luego se transformó en un libro: Onetti: el soñador en la penumbra. Recuerdo una entrevista que leí y que me marcó con fuego. Se la hizo Alfredo Barnechea, y Onetti le confiesa: “En mí, creo que se trata de un pesimismo natural; natural y radical. En el fondo, creo que soy una de las pocas personas que cree en la mortalidad. Eso influye mucho. Sé que todo va a acabar en fracaso. Yo mismo. Vos también. De todos los escritores del boom se ha dicho que son pesimistas, que en ellos los personajes siempre se frustran. Quizá. Pero en García Márquez o en Vargas Llosa, yo noto una gran alegría de vivir. Sinceramente, no creo que vean la muerte como un problema. Y no se trata de que ahora yo tenga 64 años y que pueda morirme esta noche. No. Es algo que he sentido desde la adolescencia. Así como se descubre que yo soy yo, así se descubre la muerte, se marcan sus linderos. Uno de los descubrimientos más terribles, el más terrible, que tuve de muchacho, fue que todas las personas que yo quería se iban a morir algún día. Eso me pareció absurdo, y de esa impresión no me he repuesto todavía. No me repondré nunca”. ¿Comparte Alonso Cueto esa idea del absurdo que tiene toda existencia humana?
No la comparto porque creo que la percepción que tenemos del mundo no depende sólo de las razones sino también del ánimo natural que tiene nuestra carga genética. Lo que cuenta no es comprobar que todos nos vamos a morir, sino lo que vamos a hacer mientras llega ese momento. Creo que todos los escritores son dichosos porque al menos han gozado con la creación personal. No hay nada más gratificante que encontrar una expresión adecuada a lo que queríamos decir. El escritor más pesimista cree en la comunicación, porque no se imagina una vida sin lectores al otro lado del silencio.
¿Qué descubrimiento lo marcó de una manera tan drástica como le pasó a Onetti?
El descubrimiento simultáneo de la muerte y del poder del arte.
En la narrativa de Alonso Cueto, yo no noto una alegría de vivir como la notó Onetti en la obra de García Márquez o la de Vargas Llosa, sino más bien una especie de introspección, tratar de entender qué somos, de qué estamos hechos pero hacia adentro, a dónde nos dirigimos a partir de una suerte de intimismo…
Sí, siempre me ha interesado lo que pasa al interior de los personajes. Creo que los hechos no cuentan sino en la medida en que repercuten en las conciencias. Henry James fue quien mejor sintetizó los temas narrativos. Para él, la conciencia era el asunto esencial. Decía que no interesa que una pared sea blanca sino que alguien vea que lo es. Lo interesante es el drama de la relación entre los seres humanos y su entorno. Una novela es una épica de la conciencia.
¿Tiene alguna manía o gimnasia previa antes de escribir?
Mucho café, antes durante y después.
Aparte de la lectura y la escritura, ¿cuáles son sus otros grandes placeres?
La música. Creo que se parece mucho a la literatura. Ocurre en el tiempo y se dice que empezó al mismo tiempo que el lenguaje. Sin música el mundo es mucho más pobre. No se puede vivir.
Mario Vargas Llosa propone en García Márquez: historia de un deicidio que uno se hace escritor porque ha llevado una «relación viciada» con la vida. ¿Es su caso?
Sí, creo que la literatura expresa una fractura con la vida. Es un modo de cerrar un vacío, de hacer una pregunta. Si una persona fuera feliz, nunca escribiría y nunca leería. Si Adán y Eva se hubieran quedado en el paraíso sin morder la manzana, no hubiera habido nada que contar. La narrativa tiene que ver con la curiosidad. Una persona feliz es una persona sin curiosidad. No es una persona interesante.
Como lector devoto de la obra vargasllosiana le comento que observo que, en sus memorias y en su obra en general, subrepticiamente me dice: No temas, ¡juega a ser Dios! Pero, ojo, cuidado con que te guste, porque podrías terminar lastimado. No es sólo un juego: es un arte, un estilo de vida. ¿La literatura es fuego? ¿En qué medida este fuego puede «quemar» a los escritores en ciernes?
Sí, siempre es fuego. Es asomarse a los abismos, explorar el fondo de las conciencias, entregar todo de uno mismo a las historias, no tener miedo de mostrarse, de comunicarse: creer en el poder del lenguaje para nombrar lo oscuro, lo incierto. Un escritor debe proteger tesoros personales como el dolor, la duda, el silencio. Sus materiales están hechos de humillaciones, vergüenzas y fracasos. Sólo quien conozca estos últimos puede aspirar a escribir algo bueno algún día.