2013/02/25

"Por una frase bien lograda soy capaz de traicionar hasta a mi perro"

«Un individuo rapado es el único con capacidad de encontrar al Dios que hay dentro de uno mismo»
Mario Bellatin, Flores.
En el blog  Lee por gusto  publiqué mi entrevista a Mario Bellatin. Acá la comparto:

El peruano-mexicano Mario Bellatin (México, 1960) es uno de los escritores latinoamericanos más singulares y fecundos («raro», le llaman muchos). En esta nueva entrevista que presentamos confiesa que jamás sacrificaría lo que él considera un buen libro por razones de orden personal. Además cuenta que se prepara para empezar a dirigir el largometraje basado en su celebrada novela Salón de belleza.  
Por Orlando Mazeyra Guillén

I

Cuando leí Flores, me llamó mucho la atención el epígrafe del inicio (un supuesto fragmento del diario del Premio Nobel de Física de 1960), pues, en vida, mi abuelo paterno fue un defensor acérrimo de la homeopatía y, cómo no, de los famosos globulitos que él tomaba reemplazando la medicina tradicional (nunca se curaba las ampollas porque entendía que eran fugas naturales de las toxinas del cuerpo...). Mi abuelo tuvo una vida muy larga y saludable. Yo, en cambio, alguna vez me burlé de los homeópatas y los llamé, en su propia cara, vendedores de sebo de culebra.

-No te preocupes -me dijo el médico naturista de aquella vez que, por supuesto, tenía una Biblia abierta reposando en un lugar privilegiado de su consultorio-. Es más: me haces recordar a mí cuando era joven: era un incrédulo y un rebelde...

Hoy por hoy, asisto a donde un homeópata para curar una adicción (y mi insomnio crónico). La primera vez que fui donde el doctor C., tenía un dolor en la rodilla izquierda que, sin embargo, me permitía caminar con normalidad. Él me pasó corriente por los dedos de las manos con unos cables y, sin que yo pronunciara una sola palabra sobre lo que me aquejaba, me dijo: "Esa rodilla izquierda está mal, te diste un golpe muy fuerte". No acababa de salir de mi sorpresa cuando me clavó la mirada para escudriñarme y, luego de anotar algo, me dijo: ¿El genio de tu padre es muy fuerte, grita mucho? Asentí con la cabeza. "Te fascinan las películas de terror aún a sabiendas de que te turbarán y no te dejarán dormir, esa es una de las razones del insomnio que sufres, ¿no es cierto?", acertó otra vez sin que yo haya tenido la necesidad de abrir la boca:

-Es una especie de masoquismo, doctor  -le confesé.
-Lo sé -añadió el médico.



Por eso, Mario, mi primera pregunta para ti sería: ¿crees en la homeopatía? ¿Has recibido tratamiento homeopático?
Yo creo que la homeopatía es para las personas sanas. Pero no creo que interese mucho mi opinión, ni en ese ni en otro tema que se trate en alguno de mis libros. Las cosas que se van narrando son pretextos para ejercer la escritura, y como no quiero que se convierta en una actividad vacía -con la que estaría muy feliz, pero llegaría el momento en que se comería a sí misma si no pudiera ser compartida con el otro- aparecen temas que son, en realidad, una suerte de pretexto. Pero esa escena en particular que mencionas ocurrió cuando era niño. En la trastienda de una farmacia en la avenida Grau (en el distrito de Barranco, en Lima), había un señor muy anciano que curaba con yerbas, y es cierto que le tomó el pulso a mi brazo artificial y no se dio cuenta del material del que estaba fabricado, y como un poseso dictaba nombres de plantas que un ayudante iba anotando en un papel. No sé si creo en la homeopatía, pero sí en la parafernalia que suele acompañarla. Ahora me quedo con la duda de cuál puede ser la adicción de la que te tratas.



Flores, como tu obra en general, resulta inclasificable: parecen relatos sueltos aunque unidos por el cordón umbilical del título, sin embargo podría ser una novela disfrazada de reflexiones breves (¿mini-ensayos?). ¿Tu intención es desmarcarte de las etiquetas o quizá tentar un nuevo género literario? ¿Cómo llamarías a ese género made in Bellatin y cuáles son sus principales características?
Nunca tengo antes de escribir una intención determinada, salvo la de escribir. Trato entonces de nombrar nuevamente el mundo que me rodea o que imagino, y lo intento de una manera que sienta que sea mía y no de otro. Ese deseo hace que la escritura se retuerza de tal modo que aparece como que hubiera alguna intención de cuestionar el género,  cuando en realidad lo único que he buscado es ser honesto conmigo mismo. Con mi tiempo y con mi espacio propios.



Oswaldo Reynoso me contó en su casa, cuando le pasé unos borradores de mis primeros relatos que, hace muchos años, tú también compareciste ante él con el borrador de tu notable Salón de belleza. Él me dijo que te ayudó a corregirla y que te aseguró que sería un éxito. ¿En verdad ocurrió esto? De ser así, ¿cómo te animaste a ir donde Reynoso si, a primera vista, pareciera que sus creaciones son tan disímiles que, a parte del innegable talento de ambos, cuesta encontrar algo en común? ¿O estoy equivocado?
No sé si seguirá ocurriendo lo mismo, pero cuando vivía en el Perú advertía la costumbre en el medio literario de pensar que si el otro no escribía o entendía la literatura como lo hacía esa persona quedaba descartado de inmediato. No sólo descartado sino acusado o víctima de una serie de improperios. Claro, me refiero a los mediocres que abundan en todas partes. Supe que Oswaldo Reynoso, desde que lo conocí, no pertenecía a esa clase de autor. Es fácil advertir en él a un artista que está más allá de las circunstancias. Tan seguro de su escritura que no necesita el aval de los demás para seguir. Yo ya era su amigo antes de escribir ese libro, y recuerdo que lo encontré en una presentación y me quejé de que debía revisar las pruebas de Salón de belleza. En ese momento me dijo las sabias y dadivosas palabras: "un autor jamás debe revisar sus propias galeras". Se las entregué, auguró el éxito, e hicimos una apuesta, que trato de cumplirla cada vez que nos vemos.



¿Por qué decidiste estudiar en el Seminario de Santo Toribio de Mogrovejo? ¿Había en ese tiempo una búsqueda de Dios? ¿Crees en algún Dios?
Ese es un error del que nunca lograré librarme. El que algunos crean que estudié en un seminario. Lo que sucedió es que una vez alguien llamó a casa de mis padres para recabar datos sobre cierta enciclopedia de escritores que se estaba formando. Contestó mi padre, quien de manera entusiasta contestó el cuestionario a mi nombre sin tener mucha idea de lo que era mi vida en realidad. Yo hice los Estudios Generales en Humanidades en la Facultad de Teología de Lima para después trasladarme a una carrera que me interesara. Estudié allí filosofía y psicología, para después pasar a cine. Lo curioso es que --a diferencia de muchos de mis compañeros-- yo iba a la universidad sólo como un testigo privilegiado, con la única intención de estar dentro de un ambiente universitario y tener de ese modo material para mi escritura, pues desde los diez años no he hecho más que escribir. Mi carrera de cine fue bastante sui generis, porque a lo único que me dediqué mientras duró fue a ver cine desde la mañana a la noche. Hay que recordar que en esa época no había la oferta de películas caseras de hoy, y uno sabía del trabajo de los grandes directores sólo por referencia. Cuando llegué a la escuela de cine casi me desmayo ante los cientos de DVD con la historia completa del cine a mi disposición.




II


"PARA MUCHOS, ESPECIALMENTE EN UNA SOCIEDAD COMO LA LIMEÑA, DA EXACTAMENTE LO MISMO DESEAR SER ESCRITOR QUE SER UN DROGADICTO CONSUMADO".



¿Qué es lo primero que recuerdas (la primera imagen que se te viene a la mente) de ese taller de creación literaria al que acudían escritores, poetas y periodistas como Iván ThaysBeto Ortiz, Rocío Silva, Alberto Servat?*
¡Cómo íbamos ganando por walkover! Era terrible ir viendo cómo a cada uno de nuestros compañeros la vida los iba ganando y abandonaban la escritura. Al final, no quedamos precisamente los mejores sino los tozudos.



Siguiendo con lo de los talleres de escritura creativa. ¿Crees que sirven de algo? 
Sirven de muchísimo, pero no para lo que los demás creen. Ni para aprender a escribir ni para lucir los trabajos a los demás. Sirve para acompañarse. Para hacer de la literatura un universo propio, habitable. No hay nada más terrible que el tiempo de un joven autor que no puede parar de escribir y no ha publicado. Es en ese periodo una suerte de paria, de yonki, de desecho social. Para muchos, especialmente en una sociedad como la limeña, da exactamente lo mismo desear ser escritor que ser un drogadicto consumado.



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Tu estadía en Cuba revela un amor por el cine. ¿Te ves, más adelante, dándole prioridad a la dirección de largometrajes como Alberto Fuguet o acaso sientes que no es lo tuyo? 
En la escuela de escritores aprendí -aparte de ver cine- a odiar la forma que se tenía en ese entonces de hacer cine. Forma que supongo dio como resultado la cantidad de películas mediocres que produjo la gente de mi generación. Juré no hacer nunca cine, pero ahora casi sin darme cuenta acabo de dirigir un largo, Bola Negra -el musical de Ciudad Juárez-, que fue un éxito no comercial. Esta próxima semana me preparo para comenzar a dirigir Salón de belleza, pero lo que pretendo no es hacer necesariamente una película personal, sino una forma propia de hacer las cosas en cine. Para empezar, todo el equipo de producción, la cámara, el sonido, la edición, luces, está conformado por chicos menores de dieciséis años.



Hablando de Salón de belleza, traigo a colación el epígrafe inicial de esa magnífica novela: "Cualquier clase de inhumanidad se convierte, con el tiempo, en humana" Yasunari Kawabata ). El escritor tal vez, durante el proceso creativo es un ser inhumano. ¿No es preciso despojarse de toda "humanidad"  para crear a ciertos personajes?
Por una frase bien lograda soy capaz de traicionar hasta a mi perro. Jamás sacrificaría lo que considero un buen libro por razones de orden personal. Es que se trata de dos universos incomunicables. Si alguien se ve reflejado en el universo de la ficción es porque tiene un ego no domado o es un débil mental.



¿Alguna vez has criado peces? ¿Guppys Reales quizás?
Sólo una vez. Y ahora que lo veo con el tiempo comprendo que es una afición que va acompañada con la tristeza. El  pretexto para hacerlo fue una pecera que recogí de la casa de mi amiga la escritora Pilar Dughi, una gran autora y persona que murió antes de tiempo.



Precisamente el final de Salón de belleza es muy triste. A mí, mi padre nunca me dejó criar peces porque me decía (y esto se aplicaría al desenlace de tu novela) que traían muchísima mala suerte. ¿Crees en ese tipo de cosas o te parecen absurdas?
Ya sólo de planteárselas hay que creerlo. Cuando era niño mi madre arrojaba al water,  mientras yo dormía, cualquier pez que se me ocurriera llevar a casa. Eso de la mala suerte tendría que ser cierto, al menos para los peces que encontraba por allí. 



En el párrafo final de la novela el personaje principal dice "siento que es extraña en mí la forma como cada día mis pensamientos fluyen más de prisa. Creo que antes nunca me detenía tanto a pensar. Más bien actuaba". ¿Una enfermedad terminal nos obliga a pensar antes de actuar? ¿O, al fin y al cabo, se trata de la madurez? 
Pues, como todo lo escrito por mí, se trata de un lugar común. Creo que mis libros devuelven a las personas lo que ellos ya saben. No creo que nadie descubra nada nuevo después de leer un libro hecho por mí. 





III

«NO PUEDO CREER EN DIOS PORQUE ME PARECE QUE NO ESTAMOS DOTADOS NI PARA IMAGINARLO, PERO SÍ CREO EN LOS MILAGROS COTIDIANOS.»



"Según Poeta Ciego se debían crear peluquerías especiales que dieran respuesta a preguntas de otro orden. Preguntas tales como si el corte obedecía a alguna razón ideológica o si se trataba de un requisito para entrar en una secta de perfil místico. Según teorías rudimentarias la cabeza rapada es como un televisor sin antena. Por eso un individuo rapado es el único con capacidad de encontrar al Dios que hay dentro de uno mismo", dice un párrafo de tu novela Poeta ciego. Tú eres (en apariencia) un televisor sin antena. ¿La escritura te ha ayudado a encontrar al Dios que hay dentro de ti mismo? ¿Cómo describirías a este Dios?
Yo soy sufí, orden a la que ingresé sin ninguna pretensión espiritual sino como si a una escuela de escritores acudiera. Me llamó la atención lo estricto del sistema que impera para demostrar, por ejemplo, que todo forma parte de lo mismo. No puedo creer en Dios porque me parece que no estamos dotados ni para imaginarlo, pero sí creo en los milagros cotidianos. Que estemos ahora entablando esta comunicación entre tú y yo es una prueba de ello.



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Diana Palaversich, en el prólogo de la Obra reunida, publicada por Alfaguara, señala: "En el panorama actual de la literatura latinoamericana, dominado en general por la escritura de corte realista, sea autobiográfico, histórico, sucio, o hiperrealista, la obra de Mario Bellatin surge como un proyecto original y arriesgado cuyo objetivo es crear un universo paralelo que desafía no sólo la lógica del mundo concreto sino también los preceptos de la literatura realista protagonizada por personajes verosímiles y caracterizada por textos que despliegan una trama transparente, fácil de seguir". ¿Cómo decir que no hay autobiografía cifrada (strip-tease invertido, diría Mario Vargas Llosa) en un texto como Rosas de tu libroFlores
Me rehúso a contestar una pregunta que contiene una metáfora tan desagradable y machista como ésa delstrip-tease invertido. Ni que estuviéramos en el Negro-Negro o en el Mocambo.  



¿Eres de los que motivan a los escritores en ciernes o, más bien, perteneces a los que disuaden? 
¡Sabe dios!, no creo que exista esa distinción, pero de haberla me gustaría pertenecer al bando de los que los que disuadan. Escribir es un estado, no proviene de una intención. Es imposible hacer algo, salvo acompañarlo y no tratarlo como un estropajo, con un escritor.  

¿Cuál fue la última película que te hizo llorar?
Bola Negra -el musical de Ciudad Juárez-. Es la única película de la que puedo ver no sólo su piel sino también sus intestinos.


¿Te gusta participar de congresos de escritores?
No. Los detesto, sobre todo aquellos donde se establece de inmediato una suerte de jerarquía entre los invitados. Sin embargo, asisto a ellos con regularidad, porque con tal de seguir escribiendo soy capaz de hacer casi cualquier cosa, como publicar, asistir a congresos y contestar preguntas. 


¿A qué escritor muerto te hubiese gustado conocer? ¿Y qué le preguntarías?
A Dostoievski. Le preguntaría cuánto tiempo le llevaba revisar, por ejemplo, las comas de Los Hermanos Karamázov o de El príncipe idiota


Philip Roth ha decidido dejar de escribir ficciones. ¿Te ves tomando esa decisión en algún momento de tu vida o eres de los que piensan que escribirán ficciones hasta su último día de vida?
Yo no he tomado nunca la decisión de escribir, como consecuencia no estoy en la capacidad de decidir no hacerlo. 


¿Qué libro te recomendarías a lea a Alberto Fujimori?
Ninguno. Es posible que un libro le demuestre de una manera más clara el horror en el que está metido.


¿Qué libro le recomendarías a Mario Vargas Llosa?
Como gran lector que es, me gustaría que él me recomendara qué leer. Siempre y cuando sea un libro de literatura.


Hablando de Vargas Llosa. En algunas declaraciones tuyas uno llega a notar que no te cae bien (o no compartes muchas de sus opiniones). ¿Qué te parece su obra?
Pues es difícil compartir las opiniones con otro. ¿Su obra? Creo que pienso lo de muchos: algunos libros excepcionales, otros pésimos; y su parte política, aburridísima, no por su contenido, que sería lo de menos, sino por la forma tan poco creativa que tiene de repetir sin modificarlas un ápice ideas de manual.


¿Qué segunda parte de memorias te gustaría leer, en el supuesto de que fuera posible, pues al parecer Gabriel García Márquez sufre de Alzheimer: las de GGM o Vargas Llosa?
Nadie sabe lo que sucede con García Márquez y tampoco debía importar. No leería ni primeras ni segundas partes de ninguno de los dos, porque están muy cercanos en el tiempo --vivos, para no ir más lejos-- y lo que puedan contar entraría dentro de una lógica de lo que ya sé o puedo intuir. 


¿Te interesan las memorias como género literario? ¿Por qué?
Eso  de los géneros literarios lo veo como una convención en creciente desuso, y cuando leo algo lo hago por excepción, es decir porque se trata de un libro que, por alguna razón -que va variando según sea el caso-,  una vez que lo empiezo no lo puedo soltar. 


¿Si pudieras reencarnar en alguno de tus personajes a cuál elegirías y por qué?
En todos, porque creo que ellos sí viven la verdadera realidad y no la aburrida de la cotidiana. 


¿Con qué selección te hubiese gustado disputar un 'mundial' de narradores? ¿México o el Perú? ¿Y qué mundial?
Odio el fútbol. No me es indiferente. ¡Lo detesto! Porque no le encuentro el sentido, y por las interminables horas perdidas en mi infancia buscándoselo o tratando de que me interesara porque era un medio, lo sabemos, de inclusión social. Ah, pero jugaría por la selección mexicana, sin lugar a dudas, aquí nací y aquí vivo.   


(*Nota: En una entrevista a la revista Somos, Beto Ortiz, refiriéndose a Iván Thays, dice: "El iba de zampón al taller de poesía de nuestro amigo Carlos López Degregori en la U. De Lima, adonde también asistía Rocío Silva Santisteban, Mario Bellatin, entre otras luminarias. Allí nos hicimos amigos")



2013/02/12

Correr, placer intelectual

Ahora, dada su edad, Mario Vargas Llosa ya no corre. Pero, hasta hace algunos años, correr fue una de sus grandes pasiones.  Revisar, para más señas, el inicio de Historia de Mayta.

Comencé a correr hace cinco años, cuando me di cuenta de que mi único ejercicio diario consistía en cruzar una docena de veces los cinco metros que mediaban entre el escritorio y la cama. Un amigo deportista me convenció de que los resultados de ese régimen de vida serían la obesidad, para empezar, y el ataque de miocardio para terminar, pasando por variados anquilosamientos. Fue sobre todo lo de la obesidad lo que me persuadió, pues siempre he creído que la gordura es una enfermedad  mental.

Corrí al principio en un estadio que estaba cerca de mi casa. El primer día intenté dar una vuelta a la pista de atletismo —cuatrocientos metros— y tuve que pararme a la mitad, asfixiado, con las sienes que reventaban y la certeza de que iba a escupir el corazón. Poco a poco, sin embargo, fui saliendo de ese estado físico calamitoso y alcanzando los niveles aceptables establecidos por un método conocido. Llegué a correr mil seiscientos metros, en menos de ocho minutos. Corría cuatro o cinco veces por semana, temprano y aunque los primeros meses sentía un aburrimiento y pereza, luego me fui acostumbrando, después apasionando y ahora soy un adicto al deporte.
Los resultados de las carreras matutinas fueron múltiples, todos benéficos. Es cierto que se trata del más rápido sistema para adelgazar sin hacer esas dietas que destrozan los nervios y ennegrecen la vida y una cura fulminante contra el cigarrillo —fumar y correr son vicios incompatibles— y también que toda persona que corre se ríe a carcajadas de los humanos que sufren de insomnio o de estreñimiento porque duerme a pierna suelta y tiene un estómago que funciona como reloj suizo. Pero no son esos los principales méritos.
Superado ese periodo inicial en que el cuerpo se pone en condiciones y adapta la rutina, correr deja de ser algo que se hace por obligación, terapia, vanidad, etcétera, y se convierte en un formidable entrenamiento, en un placer que, a diferencia de los otros, casi no exige riesgo ni causa estropicios.
Aunque las cosas han cambiado algo, todavía subyace en nuestros países la convicción de que los seres humanos se dividen en inteligentes y deportistas, que el desarrollo de la mente exige, o poco menos, el sacrificio del cuerpo (y viceversa).
Este fantástico prejuicio llevó a cabo, en efecto, una disociación real. Desde hace siglos, en Occidente, el hombre es orientado desde la cuna en una dirección o en la otra, al extremo de que ha llegado a tener cierta justificación el que los atletas piensan en los intelectuales como unos risibles mamarrachos físicos y el que para estos aquellos carezcan de sesos. Reintegrar esos dos aspectos de la experiencia humana, que nunca debieron escindirse, es una de las cosas que están por hacerse. Costará trabajo, pero hay indicios —a medida que las pistas, parques, playas, carreteras se llenan de corredores— de que no es imposible.
Tarde o temprano la gente tendrá que convencerse que, como leer un gran libro, correr —o nadar, patear una pelota, jugar al tenis— es, también, una fuente de conocimiento, un combustible para las ideas y un cómplice de la imaginación.

Mario Vargas Llosa (1979)

2013/01/30

Tributo a Maradona: 10.6 segundos


Tuve la suerte de entrevistar a Hernán Casciari  el año pasado en Lima. Ahora leo con emoción 10.6 segundos,  una historia donde se recuerda el ‘antes’, el ‘durante’ y el ‘después’ del que seguramente es el gol más famoso en la historia del fútbol mundial: el segundo tanto de Maradona a los ingleses (cuartos de final de México 1986).

“Hay una desesperación de vivir al mejor de todos los tiempos, y hay gente que ya dice que Messi es mejor que Maradona. Ya lo dijo Bianchi, lo dijo Grondona…”, le dije casi al final de la entrevista.
Casciari me respondió: “Hay una necesidad, primero, de estar ahí, de haber visto al mejor de todos. Y al mismo tiempo, creo que Maradona con su impronta, con su personalidad, ha generado en muchas personas la necesidad de matarlo en vida también. Entonces hacen como grandes esfuerzos semánticos para que Maradona sepa que ya no es el mejor, para que no muera pensando que es el mejor. A mí, esas cuestiones me parece que no tienen nada que ver con el fútbol, lo que me interesa del fenómeno fútbol son los 90 minutos, lo que me interesa es la belleza del fútbol. Y tengo la suerte geográfica de haber nacido en un lugar que ha parido a los mejores y con eso me conformo. El otro día leí en España una encuesta sobre cuáles habían sido los tres mejores jugadores que habían jugado alguna vez en España. Primero salió Messi, segundo Maradona y tercero Di Stéfano”.

Acá un fragmento de 10.6 segundos publicado en Orsai:

 Antes de tocar por última vez el balón con su pie izquierdo, a las trece horas, doce minutos y treinta segundos del mediodía mexicano, el jugador argentino ve que ha dejado atrás a Peter Shilton; ve que Jorge Valdano arrastra la marca de Terry Fenwick; ve que Peter Raid, Peter Beardsley y Glenn Hoddle han quedado en el camino; ve a Terry Butcher que se arroja a sus pies con los botines de punta; ve a Jorge Burruchaga que frena su carrera con resignación; ve a Héctor Enrique, todavía clavado en la mitad del campo, que cierra el puño de la mano derecha; ve a su entrenador que salta del banquillo como expulsado por un resorte y al otro entrenador, el rival, que baja la mirada para no ver el final del avance; ve a un hombre pelirrojo con una pipa humeante en la primera bandeja de las gradas; ve la línea de cal de la portería contraria y recuerda el rostro del empleado que, durante el entretiempo, la repasó con un rodillo; ve nítidamente a su hermano el Turco que, con siete años, le echa en cara un error que cometió en Wembley en un jugada parecida, ve los labios sucios de dulce de leche de su hermano cuando dice:


«La próxima vez no le pegues cruzado, boludito, mejor amagále al arquero y seguí por la derecha».


Ve el rostro de su hermano con la luz de la cocina donde ocurrió la escena, ve la picardía con que lo miraba; ve, detrás del arco, un cartel que dice Seiko en letras blancas sobre fondo rojo; ve las uñas pintadas de verde de su primera novia, el día que la conoció, y ve a esa misma chica, ya mujer, amamantando a una niña; ve una pelota desinflada y se ve a él mismo, con nueve años, que intenta dominarla; ve a su madre y a su padre que arrastran, con esfuerzo, un enorme bidón de kerosén por una calle de tierra en la que ha llovido; ve una taquilla, en un vestuario de La Paternal, que lleva su nombre y su apellido en letras flamantes, ve su orgullo adolescente al leer por primera vez su nombre y su apellido en la taquilla; ve un estadio, sus tablones de madera, y ve también que un día el estadio entero, y no solo la taquilla, llevará su nombre.
El jugador argentino ha controlado el aire de sus pulmones durante nueve segundos, y ahora está a punto de soltar todo el aire de un soplido.
Al revés que todos los rivales y compañeros que ha dejado atrás, él puede respirar con su pierna izquierda, y también puede intuir el futuro mientras avanza con el balón en los pies.
Ve, antes de tiempo, que Shilton se arrojará a la derecha; ve la intención segadora de Terry Butcher a sus espaldas, se ve a él mismo, muchos años más tarde, con un nieto en los brazos, visitando la entrada del Estadio Azteca donde se levanta una estatua de bronce sin nombre: solo un jugador joven con el pecho inflado, un balón en los pies y una fecha grabada en la base: 22 de junio de 1986; ve una rave en Londres donde dos chicos de quince años escapan de una multitud que se burla; ve un departamento en penumbras donde solo hay una mesa, dos amigos y un espejo sobre la mesa; ve a una muchacha en una playa del trópico que se deja besar por un chico que lleva puesta una camiseta argentina; ve un enjambre de periodistas y fotógrafos a la salida de todos los aeropuertos, de todas las terminales, de todos los estadios y de todos los centros comerciales del mundo; ve a un niño embobado con un videojuego en la ciudad de Leicester, mientras su hermano vigila por la ventana que no aparezca el padre; ve el cadáver de un hombre viejo que ha muerto en Ginebra ocho días antes de ese mediodía, un hombre que también ha visto todas las cosas del mundo en un único instante.
Ve Fiorito de día; ve Nápoles de tarde; ve Barcelona de noche.
Ve el estadio de Boca a reventar y él está en el medio del campo pero no lleva un balón en los pies, sino un micrófono en la mano; ve a un anciano en el aeropuerto de Cartago, que espera a su hijo en el último vuelo desde México, para abrazarlo y consolarlo; ve un tobillo inflamado; ve a una enfermera de la Cruz Roja, regordeta y sonriente; ve todos los goles que ha hecho y los que hará; ve todos los goles que ha gritado y los que gritará en su vida entera; se ve, con cincuenta y tres años, mirando desde el palco la final del mundo en el estadio Maracaná; ve el día que verá a su madre por última vez; ve la noche en que verá por última vez a su padre; ve crecer a todos los hijos de sus hijos; ve los dolores de parto de una mujer que está a punto de parir un niño zurdo en Rosario, un año y dos días más tarde de ese mediodía mexicano; ve un espacio mínimo, imposible, entre el poste derecho y el botín de Terry Butcher.
Cierra los ojos. Se deja caer hacia adelante, con el cuerpo inclinado, y se hace silencio en todo el mundo.
El jugador sabe que ha dado cuarenta y cuatro pasos y doce toques, todos con la zurda. Sabe que la jugada durará diez segundos y seis décimas. Entonces piensa que ya es hora de explicarle a todos quién es él, quién ha sido y quién será hasta el final de los tiempos.  (Hernán Casciari).


"¡Quiero llorar! ¡Dios Santo, viva el fútbol! ¡Golaaazooo! ¡Diegoooool! ¡Maradona! Es para llorar, perdónenme... Maradona, en una corrida memorable, en la jugada de todos los tiempos... Barrilete cósmico... ¿De qué planeta viniste para dejar en el camino a tanto inglés, para que el país sea un puño apretado gritando por Argentina? Argentina 2 - Inglaterra 0. Diegol, Diegol, Diego Armando Maradona... Gracias Dios, por el fútbol, por Maradona, por estas lágrimas, por este Argentina 2 - Inglaterra 0" (Víctor Hugo Morales).

2013/01/14

Taller de Escritura Creativa 2013: Las sombras de las palabras

Volveremos a dictar un taller de Escritura Creativa en el Cultural de Arequipa.

“LAS SOMBRAS DE LA PALABRAS: LA ESCRITURA COMO CONFESIÓN”


Dirige: Orlando Mazeyra Guillén (Arequipa, 1980). Escritor y cronista. Ha dirigido un Taller presencial de escritura creativa en el Centro Cultural Peruano Norteamericano (2012) y un Taller acelerado en la Escuela de Literatura de la UNSA (2012). También dirige, desde el año 2010, el taller virtual de escritura creativa Cuando ya no tengas secretos.Ha publicado Urgente: necesito un retazo de felicidad (2007) y La prosperidad reclusa (2009). Es editor cultural de la Universidad La Salle. Publica ficción y no ficción en El Malpensante (Colombia), Hildebrandt en sus trece (Perú) y en revistas literarias virtuales como Proyecto Sherezade (Canadá), Hermano Cerdo (México), Badosa.com (Barcelona), Destiempos. Ha sido incluido en las antologías Disidentes 2: los nuevos narradores peruanos 2000-2010 (Ediciones Altazor, Lima, 2012) y 17 cuentos peruanos desde Arequipa (Biblioteca Regional Mario Vargas Llosa, Arequipa, 2012).

Organizan:
Asociación Cultural La Casa de Cartón
Cascahuesos Editores

Coorganizan:
Centro Cultural Peruano Norteamericano de Arequipa
Biblioteca del CCPNA
Colegio de Periodistas del Perú - Filial Arequipa

Auspicia:
Universidad La Salle

Lugar:
Centro Cultural Peruano Norteamericano (Melgar 109, Arequipa)

Inicio:
1 de febrero

Duración del taller:
1 mes

Certificación a nombre de:
Centro Cultural Peruano Norteamericano de Arequipa /Colegio de Periodistas Filial Arequipa/Cascahuesos Editores /Asociación Cultural La casa de cartón
Informes o inscripciones a: ciudadanocarlosrivera@hotmail.com mazeyra@gmail.com o a los celulares, 958240729-958235433

«Mazeyra asoma como una de las mayores promesas de la narrativa local.» (El Comercio)
«Parece que cualquier perversión o subversión fuera magnífica plastilina en manos de Mazeyra para diseñar personajes y someterlos a situaciones poco felices.» (Caretas)
«Mazeyra me parece un magnífico cuentista.» (Oswaldo Reynoso)
«Es un relato poderoso.» (César Hildebrandt acerca de su último trabajo publicado en Hildebrandt en sus trece)
  «Los relatos de Orlando Mazeyra Guillén nos ofrecen personajes descarnados, irremediable e inútilmente insumisos respecto a una realidad de la que no pueden escapar: verdaderos outsiders del siglo XXI. Con un estilo seco, de frases intensas y composiciones vibrantes, el fresco cotidiano que nos presentan los cuentos reunidos en La prosperidad reclusa anuncian a un nuevo autor a tener en cuenta en las letras peruanas». (Jorge Eduardo Benavides)

2013/01/07

El Puma y sus cachorros



Siempre me gustaron los almuerzos anuales de ex-alumnos. Los entendía como una imperdible oportunidad de volver al colegio. Inclusive, y hasta ahora no sé por qué, me llegaron a elegir presidente de mi promoción. Recuerdo que en aquella oportunidad di un breve discurso citando, de memoria (y seguramente mal), un hermoso prólogo de un libro de cuentos de Gabriel García Márquez, en donde el colombiano contaba que, a través de un sueño que le permitió presenciar su propia muerte —habría que decir, su propio entierro—, cayó en la cuenta de que morir era no estar más con los amigos. Pocos de mis compañeros tomaron en serio ese mensaje. Quizá porque no supe dar ese mensaje. No me importó en ese momento. Lo que sí me apena, ahora y mucho, es que cada vez me importa menos volver a encontrarme con la gente con la crecí en las altas aulas de sillar de un colegio que sólo está en mis recuerdos, pues un terremoto —el del 2001— se lo llevó para siempre…
Apenas un grupo de los más de cien que terminamos en cole en 1997... algunas cosas no cambian.

«Desde muy niño tuve que interrumpir mi educación para ir a la escuela.»

Bernard Shaw
  

I
—Así que eres profesor —dijo Manuel Pomareda durante el almuerzo en el que celebrábamos quince años de egresar de La Salle. El comentario estaba revestido de una truculenta amalgama de mofa y desdén.
           —Sí, profesor —asintió con orgullo Aníbal Mendiola—. ¡Por eso nunca me olvido del colegio!
            La mirada bronca, furiosa, de Aníbal puso sobre el mantel postales de la secundaria (aquellas que condiscípulos como Manuel preferirían meter debajo de la alfombra). Aníbal era un embetunado humilde y estudioso. Manuel, en cambio, un blanquiñoso vago, lenguaraz, la imagen perfecta del ignorante patán (y orgulloso de su condición): admirador confeso de José Luis Carranza (un futbolista cuasi analfabeto que era respetado por los barrabravas por su estilo de juego violento y su lenguaje primitivo, pues todo lo que había aprendido lo resumía con una sola frase: «La U es la U»). En algún recreo lo escuché filosofar: «El Puma debería de ser el presidente del Perú. ¡Es más macho que Fujimori!».
            Asomó entonces, en los extramuros de mi imaginación, el ídolo crema con la banda presidencial. Un desvarío improbable hasta para Kafka. O quizás no. Tampoco podía sacarme de la mente aquella vez en que nos hicieron ir a todos con terno para tomarnos, en la fachada del colegio, la foto promocional que todavía tengo pegada en la pared de mi habitación. Cuando Aníbal apareció con un terno sobrio y una corbata algo envejecida —probablemente de su padre—, Manuel lo aplaudió con sorna:
            —Mendiola, por primera vez en tu vida pareces gente —exclamó—. Pero no te olvides de que a la mona, aunque la vistan de seda, mona se queda…
            Todos celebramos el comentario. Aníbal permaneció en riguroso silencio.
            —Dime, Pomareda, ¿por qué nunca estudias? —le increpaba el profesor de literatura—. Después estás sudando en los exámenes. Tienes que esforzarte y ser como tu padre, ¿entiendes?
            —Claro, no quiero ser un simple profesor —murmuraba y otra vez la algarabía generalizada se hacía del aula: Pomareda estaba batiendo sin temores a uno de nuestros maestros.
            —Tú y yo sabemos por qué los Hermanos no te echan del colegio —volvía a la carga el profesor Torres—. Tu padre es el médico de cabecera del Hermano Bejarano, si no fuera por él ya estarías en un cenecape… si es que te aceptan en alguno… cosa que yo dudo.
II
            Terminaba el recreo y dos mocosos llorando entraban a nuestra clase acompañados del temido prefecto de disciplina, Telésforo Galdos:
            —Ya, de una vez resolvamos esto —ordenaba furioso—: señálenme al infeliz que les quitó su refrigerio.
            No hacía falta. Era obvio: Manuel Pomareda, el hijo del médico de nuestro director, el fanático de Universitario de Deportes que tenía claro que sólo un fracasado podía ser profesor de secundaria. A los ganadores los aguardaba un futuro promisorio: ser futbolistas de la «U», por supuesto.
            A propósito de la «U». Una vez fui a ver un clásico a su casa y me percaté de cómo jugueteaba con Aquilino, su empleado, un muchacho puneño dos años menor que nosotros que, en aquel tiempo, ya teníamos quince. Un pellizco furtivo en el trasero y luego bromas obscenas sobre el tamaño de los colgajos de los jugadores de Alianza Lima:
            —Todos estos son como el Mendiola: negros, pingones y huevones…
            Sí, Manuel Pomareda se las daba de machito, de matón y pelotero nato (florón de la corona: un racista sin fisuras que no era serrano, «como todos los arequipeños de la promo», pues había nacido en un puerto moqueguano: «soy de Ilo, ¡costeñazo!»… Años después mostraría orgulloso su DNI en donde se señalaba que residía en la capital: «ya soy limeño, serranos envidiosos»). Menudas apariencias y nada más: en la intimidad de su casa era una loca desatada que le tocaba el traste —y algo más— a un serrano de Pomata. Salvajes ironías de la vida.
III
Muchos años después, volvió a la ciudad un compañero de clase, Serafín Lunarejo, que pensaba implantarse senos y trasero en Italia, en donde estudiaba teatro.
            —¿Con cuántos de la promo te acostaste? —le pregunté, lo confieso, con morbo y malicia.
            —Con pocos —dijo luego de contarlos mentalmente—. Eso sí, hay uno al que nunca le di bola… y esto que me persiguió hasta en la universidad…
            —¿Quién?
            —Manuel Pomareda —disparó—. Es un acosador, siempre me hacía propuestas enfermas y yo lo ignoraba. ¡Es un asco!
            Recordé el colegio y sentí eso: asco. Paradójicamente la comida sabía exquisita y, en ese instante, una imagen me supo a regalo de los dioses: quince años después Manuel Pomareda no le pudo empatar la mirada a Aníbal Mendiola en la mesa de la picantería. Para bien o para mal, muchos habíamos cambiado… aunque no todos. Por eso Pomareda se puso de pie para unirse de prisa a otro grupo. Había un gran ausente en la reunión: Lucho Carrizo, el más acudido, en aquellos años de la secundaria, por eso que ahora todos llaman bullying. Se comentaba que el colegio —es decir, ese «nosotros» que era, y es la promoción— lo había vuelto misántropo, inestable y bastante loco.
            —¿A quién crees que mataría primero el Carrizo? —me deslizó la pregunta Aníbal con una mirada que me hizo dudar mucho al momento de dar mi respuesta.
            —No sé —le dije—. Ya pasaron quince años: muchas heridas se cierran, ¿no crees?
            —Ésta yo la tengo bien abierta y sé que tú también lo matarías a él primero. No lo niegues.
            No lo negué. Tampoco lo reconocí (quizá este texto sea un poco amable, aunque bastante expeditivo, reconocimiento). Manuel sigue encarnando para mí lo peor de la especie: un semental de lo sombrío, un desatinado pertinaz que, con más de treinta años encima, seguía convencido de que un maestro era (o podía ser) peor que él:
            —¡Salud, carajo, por el Puma! —tronó desde la otra mesa la construcción más sesuda que podía formular su humanidad, aquella que me recuerda por qué festejo tanto cada vez que me entero de que ha perdido un partido el equipo crema—: ¡La U es la U!
           
Orlando Mazeyra Guillén
 6 de enero de 2013  
 “El puma y sus cachorros” fue publicado previamente en Lima Gris

2013/01/05

El vuelo (Flight): "por primera vez en mi vida me siento libre"

Denzel Washington en una película de Robert Zemeckis, director de Forrest Gump y Náufrago.


¿Estaba borracho?
Estoy borracho ahora. Me emborraché ahora porque soy un alcohólico.


Eso fue todo. Estaba terminado. Terminado. Fue como si hubiera llegado a mi límite: no podía decir ni una mentira más. Y tal vez soy un idiota. Porque si les digo una mentira más no podré salir de todo esto. Mantuve mis alas y mi sentido del orgullo. Y más importante hubiera sido evitar estar preso aquí con ustedes: los buenos tipos durante los últimos trece meses. Pero yo estoy aquí. Y estaré aquí los próximos cuatro o cinco años. Y eso es justo. Traicioné la confianza pública. La FAA me quitó mi licencia de piloto. Y es justo. Mis opciones de volar de nuevo son nulas. Y lo acepto. He tenido mucho tiempo para pensar en todo. He escrito cosas. He escrito cartas a cada familia que perdió a alguno de sus seres queridos. Algunos no querían oír mis excusas. Algunos nunca lo harán. También he pedido disculpas a todas aquellas personas que trataron de ayudarme en el camino. Pero yo no pude o no quise escuchar. Gente como mi esposa, mi ex-esposa, mi hijo… Y de nuevo, como dije, ustedes saben que algunos nunca me perdonaron, pero al menos estoy sobrio. Y le doy las gracias a Dios por eso. Y esto puede sonar muy tonto viniendo de un hombre que ahora está preso: pero por primera vez en mi vida me siento libre.

2012/12/27

La prosperidad reclusa... (reincidencias)


Raúl Bueno Chávez, Ganador del Premio Internacional de  Ensayo "Ezequiel Martínez Estrada" de la Casa de las Américas de Cuba, 2012 y Profesor en Dartmouth College (EEUU).

«He leído con sorpresa, primero, luego con admiración y siempre con placer los cuentos de Orlando Mazeyra Guillén. El lenguaje narrativo me parece impecable. Digo maduro, narrativamente cabal, lingüísticamente preciso, a menudo poético, con un desarrollo sin vacilaciones, y siempre sugerente. Como el autor mismo lo dice en uno de sus relatos: sin arborizaciones ni extensiones innecesarias. A eso añado lo inusitado de sus situaciones: trae temas nuevos a nuestra (de pronto a la) literatura, sin importar las convenciones ni el tabú. Mazeyra es un narrador de raza, que siempre es mejor —va más allá— que un narrador por formación

Raúl Bueno Chávez 
Se pueden leer otros comentarios sobre
 La prosperidad reclusa haciendo clic acá

2012/12/23

Mi cerebro y mi corazón ya muertos...



Ya nunca volverá el otoño y yo estoy cansado de todo. Sigo aquí porque estoy demasiado débil para marcharme. Sigo arrastrándome porque es más fácil que dejar de hacerlo. Me asomo a la ventana, y sólo veo la oscuridad y oigo el ruido de la lluvia. Ni siquiera cuando cierro los ojos puedo ver ninguna otra cosa. Estoy solo (…) En mi mundo no hay nada, sólo mi cerebro y mi corazón ya muertos dentro de mí, y afuera la lluvia.

Edward Thomas

2012/12/09

Sueños de fuga: sensibilidad y desacato...


En esta memorable escena el reo Andy Dufresne, comparte con toda la prisión la canzonetta sul'aria de las bodas de Fígaro de Mozart. Podría tratarse del gesto más elocuente, la personificación de la más elevada sensibilidad y el más ciego desacato. Una mezcla portentosa y, en verdad, privilegiada.
No podías tocar algo bueno como Hank Williams?
Ellos rompieron la puerta antes de que pudiera tomar pedidos.
—¿Valió las 2 semanas en el calabozo?
Lo más fácil de mi vida.
Nunca se lo pasa bien en el calabozo.
Una semana allí es como un año.
Ya lo creo.
Mozart me hacía compañía confiesa Andy Dufresne.
¿Te permitieron llevar el tocadiscos?
La tenía en la cabeza. Aquí. Es lo bueno de la música. Nadie te puede quitar eso. ¿Nunca han sentido la música así?
Tocaba la armónica cuando era joven. Pero perdí el interés. Aquí no tiene sentido.
Aquí es donde tiene más sentido. La necesitas para no olvidar.
¿Olvidar?
Olvidar que hay... lugares... en el mundo que no están hechos de piedra. Hay algo... dentro que no pueden alcanzar... que no pueden tocar. ¡Es tuyo!
¿De qué estás hablando?
La esperanza.
La esperanza. Déjame decirte algo, amigo mío: la esperanza es peligrosa. Puede hacerte enloquecer. De nada sirve aquí adentro. Mejor que te hagas a la idea.
 ___________________
  


Amigo Red: Si lees esto, es que ya saliste y si has llegado hasta aquí, podrás ir más lejos. ¿Recuerdas el nombre del pueblo? (Zihuatanejo) Necesitaría un buen hombre para que me ayudara a lanzar mi proyecto. Te espero y tendré listo el tablero de ajedrez. Recuerda, Red: la esperanza es algo bueno. Quizás sea lo mejor. Y lo bueno nunca muere. Espero que esta carta llegue a tus manos y que estés bien.
Tu amigo,
Andy.

"Dedicarse a vivir...o dedicarse a morir".  Menuda verdad. Por segunda vez en mi vida soy culpable de un crimen. Violación de libertad condicional. Supongo que no van a cortar el tráfico por esto. No por un viejo ladrón como yo. Estoy tan emocionado que no puedo estar quieto o concentrarme. Es la emoción que sólo un hombre libre puede sentir. Un hombre libre al comienzo de un largo viaje con destino incierto. Espero que pueda cruzar la frontera. Espero ver a mi amigo y darle la mano. Espero que el Pacífico sea tan azul como en mis sueños. Espero.


 

2012/12/08

Arequipa y el escribidor

Arequipa y el escribidor (Cascahuesos, 2012)
Este lunes 10 de diciembre, a las 6 de la tarde, se presentará en la Biblioteca Regional Mario Vargas Llosa el libro Arequipa y el escribidor. Una compilación de Carlos Rivera. Están todos cordialmente invitados.

2012/12/07

Llegar lejos: bitácora de un arequipeño en Lima

Edición 133 de El Malpensante de Bogotá, Colombia.
En El Malpensante apareció mi crónica Llegar lejos: un arequipeño deambula por Lima. Espero que la puedan leer haciendo clic acá... 


“Fírmamelo, por favor”, me dice, y me ofrece la última hoja de mi libro. Es la primera vez que voy a autografiar un libro por detrás. Tampoco he firmado muchos que digamos, pero la experiencia cuenta.
–No tengo un bolígrafo a la mano –le digo revisando mis bolsillos.

2012/12/05

Henry Pease: “Amo todo lo que somos y hasta nuestros defectos son parte de ese nosotros que llamamos Perú”

Foto: diario El Comercio
Publiqué en Lima Gris  mi breve entrevista a Henry Pease García. Acá la nota.

Henry Pease García nació en Lima en 1944. Es docente y político. Fue candidato presidencial en las elecciones de 1990 y ha sido presidente del Congreso de la República.

 Por Orlando Mazeyra Guillén

¿Cuándo fue la última vez que fue a un cine?
—Creo que en 1990, en que jóvenes amigos que me apoyaron en esa campaña [presidencial] me llevaron sorpresivamente. Es una de las cosas bellas que hacía con Mary [su esposa]  y que he dejado de hacer cuando partió.
¿Volvería a postular a la presidencia del Perú?
—Nunca busqué ser candidato a la presidencia. Sí quise ser alcalde de Lima. Creo que le toca ahora a gente más joven.
En la segunda vuelta de 1990 entre Mario Vargas Llosa y Alberto Fujimori, ¿por quién votó?
—En toda segunda vuelta, el elector está forzado a votar por lo que en ese momento le parece menos malo y eso pareció ofrecerlo Fujimori, aunque mintió.
Cuando le menciono el nombre de Alberto Fujimori, ¿cuál es la primera palabra que se le viene a la mente?
—Mentiroso, ladrón, autócrata y asesino.
¿Qué opinión tiene del voto en blanco?
—Puede usarse como signo de protesta o como opción que significa no optar.
¿Qué libros anda leyendo y escribiendo en estos días?
—Acabo de terminar La conducción del plan de desarrollo concertado de Lima, leyendo todos sus documentos. Y estoy concluyendo un libro sobre Historia política del siglo XX que debo entregar al Fondo Editorial a fin de mes. Todas mis lecturas han estado dedicadas este año a esos dos temas.
¿Qué escritores peruanos le parecen imprescindibles?
—Todos. Pero, en particular, los que describieron el Perú oligárquico mejor que los sociólogos.

“DE NIÑO, NUNCA ME PUSE UNA CHOMPA QUE NO HUBIERA TEJIDO MI MADRE”

Su padre fue almirante dela Armada peruana. ¿Cómo fue la relación con él? ¿Difícil?
—No, él era muy cariñoso y cercano. De genio fuerte como yo: a veces chocamos. Siempre nos amistamos y cada día que pasa me siento más parecido a él.
¿Cuál es el primer recuerdo que aflora cuando le menciono a doña María García Yrigoyen?
—Ternura hacendosa.  Nunca me puse, de niño, una chompa que ella no hubiera tejido con sus manos, la pude acariciar hasta los 93 años y ella estuvo a mi lado en todas mis peripecias.
Usted estudió en un colegio jesuita. ¿Qué recuerdos de esa etapa de su vida? ¿Nunca dudó de la existencia de Dios?
—Muy buenos recuerdos. Todos dudamos en algún momento. Yo vivo abrazado de Jesús.
¿Fue edificante su paso por el colegio bonaerense El Salvador?
—Sí, pero difícil.  Llegué a los diez años, viniendo del Colegio dela Inmaculada, de la misma Compañía de Jesús. Pero 1955 fue un año de crisis con la caída de Perón y varios jesuitas perseguidos y al año siguiente hubo una terrible epidemia de poliomielitis, con miles de chicos muertos en esa ciudad. Nos encerraron en el departamento porque no estábamos vacunados y cuando, tres meses después, reabrieron las clases ya no vivían más de diez de compañeros de  mi clase.
Usted es doctor en ciencia política, sociólogo, profesor universitario y también periodista. ¿Cómo se definiría a secas?
—He hecho dos cosas en mi vida: enseñar (y para eso he tenido que investigar y escribir) y hacer política (en la Municipalidad de Lima y en el Parlamento).
¿Qué es lo que más ama y lo que más detesta del Perú?
—Amo todo lo que somos y hasta nuestros defectos son parte de ese nosotros que llamamos Perú.
Algunos comentan que dado el alto porcentaje de popularidad de Nadine Heredia, se puede coludir que el Perú no es un país machista.
¿Qué opina al respecto? ¿Por qué la gente ve con buenos ojos a la señora del presidente Ollanta Humala?
—Nadine Heredia es una persona simpática y tiene importancia mediática. Tiene los mismos derechos que usted y yo para actuar en política.
De ganar en el 2016 las elecciones la señora Heredia, ¿sería una reelección?
—Sí, por eso la ley lo prohíbe.
Borges decía que la política es una de las formas del tedio. Para usted, ¿qué es la política?
—Una manera de servir a los demás.
¿El Movadef es un claro síntoma de nuestra vieja amnesia colectiva o de las escuálidas bases en las que se funda nuestra democracia?
—Muchos han combatido la construcción de una memoria colectiva sobre los años de la violencia y se ciegan ante la verdad de lo que hemos vivido.  Por eso y por desestructuración de la política partidaria crece el Movadef y la legión de jóvenes que se sienten excluidos y sin un rumbo claro.
¿Qué cosas siente que le falta hacer en la vida?
—Todo lo que pueda hacer para que desarrollemos un régimen democrático con justicia social y sin excluidos.
¿Piensa a menudo en la muerte?
—Siempre y con tranquilidad y confianza.  Tuve un cáncer a los 29 años y soporto los efectos de un año de cobalto y dos de quimioterapia. Perdí a mi esposa en 1988, pero sigo en pie con la mirada puesta en todo lo que nos hace trascender.
¿Qué opina de la eutanasia y el matrimonio homosexual?
—La vida hay que defenderla. Hay que respetar todas las opciones, con tolerancia, pero yo tengo otra idea del matrimonio y tengo derecho a defenderla.
¿Qué música es su predilecta?
—Vivaldi, en música clásica, y toda la música criolla
¿Qué intelectuales deberían postular al congreso?
—Al congreso debe ir cualquier ciudadano que quiera representar a los demás, sea intelectual o no.
¿La presidencia del congreso peruano es insufrible?
—Nada es insufrible y yo tuve experiencias muy gratas.
¿Cuál de todos sus libros quisiera que los jóvenes peruanos leyeran?
La Autocracia Fujimorista.  Para que no dejen que la historia se repita.
¿Cuál o cuáles fueron los primeros poemas que se memorizó?
—No recuerdo muchos…
¿Cuál es su lema de vida?
—No lo sé, no soy especialista en propaganda...
¿Qué hay después de la muerte?
—Jesús y la plenitud del amor.

2012/12/03

Padre e hijo




PADRE:
No es tiempo de cambiar:
sólo relájate y tómalo con calma.
Aún eres joven, ese es tu defecto,
te faltan tantas cosas por aprender…
Encuentra una chica, sienta cabeza,
si lo quieres, puedes casarte…
Mírame: estoy viejo, pero soy feliz.
Una vez yo fui como tú eres ahora, y sé que no es
fácil calmarse cuando descubres que
algo que está pasando…
Pero, tómate tu tiempo,
piénsalo mucho, piensa en todo lo que tienes,
ya que aún estarás mañana,
pero puede ser que tus sueños no…


HIJO:
¿Cómo puedo intentar explicarlo?
Cuando trato, él me rechaza de nuevo.
Esto siempre ha sido igual:
la misma vieja historia...
Desde el momento en que empecé a hablar
me obligaron a escuchar...
Ahora hay un camino y sé que tengo que marcharme.
Sé que tengo que hacerlo.

PADRE:
No es tiempo de cambiar:
sólo relájate y tómalo con calma…
Aún eres joven, ese es tu defecto,
te faltan tantas cosas por aprender…
Encuentra una chica, sienta cabeza
si lo quieres, puedes casarte…
Mírame: estoy viejo, pero soy feliz.


HIJO:
 Todas las veces que lloré,
guardando todo lo que sabía dentro de mí
Es difícil, pero más
difícil es ignorarlo
Si ellos estuvieran en lo cierto,
yo estaría de acuerdo, pero es a ellos a quien conoces
y no a mí
Ahora… hay un camino y sé que tengo que
marcharme. Sé que tengo que hacerlo.

2012/12/01

Estremecimientos

Edición Nro. 133 de Hildebrandt en sus trece (del 30 de noviembre al 06 de diciembre).

En la página 28 de la revista Hildebrandt en sus trece ("Estremecimientos") aparece una historia sobre la infancia y sobre cómo uno deja de ser niño. La escribí temiendo otro "año nuevo", ahora que empieza diciembre. Espero que la lean.
La naturaleza humana anida un monstruo