2013/10/02

Los nueve cuentos de Nena

Una niña, mientras maquina la venganza perfecta contra su hermano, se pregunta por qué él es tan matón y, sobre todo, consentido. Eso, al parecer, es lo que más la confunde e irrita: ¿Por qué la madre de ambos nunca lo riñe o castiga como sí lo hace con ella? Este primer cuento (de los nueve en total que trae el libro Nena), es un «plan maestro», no sólo por el título que eligió el autor, sino por cómo éste dosifica la información, algo que Ernest Hemingway llamaría el «dato escondido». En esta historia apenas accedemos a la punta del iceberg cuando la madre le pide al muchacho que le diga de una vez quién era aquel señor que lo abordó. ¿Quién era? ¿Qué le dijo? ¿Qué le hizo a su hijo ese extraño sujeto? El lector se encuentra con más de un plan maestro: venganzas, traumas y desdicha; todo sazonado con una prosa sobria que muestra, pero que también sugiere, esconde.
El segundo cuento se titula «La captura». El personaje principal se llama Leopoldo, y no ve la hora de llevar a cabo la captura de una escoria social. El narrador, a través de los ojos de Leopoldo, escudriña al mesero, un sujeto de unos sesenta años al que los clientes ignoran o, en todo caso, miran con desprecio. Leopoldo llega a la conclusión de que aquel mesero refleja perfectamente lo que era ese huarique: algo mísero, sombrío, toda una ruina (p. 24). Adjetivos válidos para describir, en muchos casos, a los personajes que desfilan en los nueve cuentos de Rivera de los Ríos: seres sombríos, miserables, en fin: ruinas humanas que general repulsión, y a la vez, gracias al pulso narrativo del autor, nos seducen.
En «El puente y la ardilla», tercer cuento del libro, Klaus acude a una fiesta en el ex club Alemán (hoy restorán El Montonero). Allí tiene una cita con el destino: será, pues, una noche de ajustes de cuentas con un amor contrariado: Sofía. Aquí es preciso resaltar la buena disposición de los diálogos en este libro, pues siempre dan un paso adelante en la historia, enriqueciéndola, y nunca funcionan como un mero relleno, ni mucho menos como un estorbo. Sofía sabe algo de las imposturas de Klaus, un mitómano que, según ella, «inventa mentiras para hacerse el importante, el misterioso, el sufrido» (p. 42). Este cuento habla sobre las mentiras piadosas y también las otras: las escabrosas. Personalmente, vuelvo a confirmar que todos somos mentiras, empezando por Alex Rivera de los Ríos, por supuesto. Y las mentiras que hay en este libro nos sacuden. 
«Invencible y sanguinario», el cuarto relato del volumen, aborda tormentosas relaciones homosexuales, en este caso, entre un turista y alguien que no llegaría a calificar como «brichero». Para la gran mayoría de los seres humanos, igual que para el gringo de la historia, la vida es una confusión total, y la escritura de ficciones como las de Nena constituyen viajes sin un destino exacto, huir de los demonios o comparecer ante ellos. 
Para Álex Rivera de los Ríos su escritura es un amuleto, una satisfacción, y quizá, como ocurre con el gringo, su forma de ocultar la congoja y la cólera por una vida frustrada. Decía Mario Vargas Llosa que todo escritor peruano es, al fin y al cabo, un frustrado, un fracasado.
Me detengo en este cuento, porque una concisa pero bastante pedagógica mirada del foráneo nos remite a ese país que para algunos prospera y para otros, entre los que me incluyo, se está yendo al demonio: «A Richard lo conocí en alguna ciudad del Perú, ese país que ha dejado de ser el profundo y bello lago de historias, leyendas y riquezas que al comienzo me provocó conocer, y que pasó de pronto a convertirse en una horrible amalgama de urbanizaciones y edificios deprimentes, vomitados por la contaminación y subdesarrollo» (p. 49). Este último es un magnífico brochazo para describir a nuestra caótica Ciudad Blanca: una horrible amalgama de urbanizaciones y edificios deprimentes, vomitados por la contaminación y el subdesarrollo.
Entiendo que «Nena», el cuento que le da título al primer libro de Álex Rivera de los Ríos, es quizá su ficción predilecta. No lo sé, pero la dedicatoria ya nos da algunas luces: «A la memoria de Edmundo de los Ríos». El narrador de la historia cuenta que alguna vez le dijo a la Nena: ¿nos ayudas a inventar un nuevo juego?, sin imaginar que ella ya era experta en esas lides. Es decir, jugar a las mentiras, ficciones orales que, contrabandeadas como reales, le otorgaban a la Nena muchas vidas, muchos pasados, o para ser precisos, muchas madres. Los inofensivos juegos de la niñez, como policías y ladrones, bata o la pesca-pesca son reemplazados por las mentiras, nunca gratuitas y jamás inocuas de la ficción: la Nena solía inventar historias de todo tipo y este cuento duro, triste y sobrecogedor, habla sobre nosotros, nuestros más ocultos secretos y de los miles de antifaces que, a medida que crecemos, utilizamos no sólo para soportar la vida, sino para evitar que los demás accedan a nuestras vergüenzas, o puedan hacernos daño.
Del mismo venero que «Nena» parece haber brotado el relato titulado «Mi cualquiera», el sexto de la colección: amores lésbicos. «¿Y por qué no te has ido con uno de esos galanes que se te insinúan a cada rato?», le pregunta una a la otra, y la respuesta nos mantiene pegados a la historia: «Porque me gustas tú. Porque me miras y me haces sentir más mujer que todos los hombres con los que he estado. Porque contigo no me siento impresionada, sino libre, completa» (p. 72). Es mediante estas historias que el autor escapa de las presiones sociales, para ser un espíritu libérrimo.
Ya que hablamos de la libertad del creador, podemos acercarnos a «Simoné», así se llama la esposa del narrador, ella sufre de migrañas y cuando habla de un viaje a la playa exuda otro viaje más intenso y envolvente, el viaje a la ficción, aquél que nos hace ser auténticamente libres: «Ahora ya no siento más tormentas en mi mente», le confiesa Simoné a su marido: «Ya no siento rencor ni asco de mis defectos. Estamos juntos y ahora sé que nunca más te dejaré. Somos una familia, y tú dependes de mí. Eres mío» (p. 83). Un comentario, en apariencia grato, trasunta la relación entre el autor y acto creativo, la única forma en que uno encara sin rencor ni asco sus defectos: los cuentos son como nuestros hijos y estos nueve vástagos de Alex Rivera de los Ríos revelan a un autor con una propuesta auspiciosa.
«El beso», es la penúltima narración de este libro y quizá el menos interesante de las nueve historias de la colección. No por eso debemos dejar de reconocer la solvencia de los diálogos para contar una historia sobre la vocación por la figuración: el sueño de ser artista a toda costa y «triunfar»… siempre entre comillas.
«Better man», cierra con broche de oro esta magnífica primera entrega de Rivera de los Ríos. Y confieso que tengo una vieja predilección por los personajes desadaptados, aquellos que ocultan anomalías mentales, para decirlo con cierto decoro (o quizá no tanto). Serafín quiere ser un hombre bueno pero la vida lo supera y el infierno está empedrado de buenas intenciones. ¿Hay mejor manera de disfrutar de un cumpleaños que viendo un excelente partido de fútbol? Seguro que sí. Pero Serafín no es normal. Es una bomba de tiempo que entraña reacciones descomunales. Si me permiten una confesión: siempre he creído que el fútbol es una locura efímera y benigna (si uno no termina convirtiéndose en barrabrava, por supuesto). El fútbol «nuestra pavada insigne», sentencia Martín Caparros nos roba el cerebro durante noventa minutos y un poco más y, si nuestro equipo gana, como hoy lo hizo el FBC Melgar en Moyobamba, entonces acariciamos el cielo.
Álex Rivera de los Ríos, a través de estas nueve historias, me ha hecho disfrutar de más de noventa minutos de placentera lectura.
La relectura de Nena de esta mañana me ha permitido corroborar que estamos ante un autor que ha debutado con el pie derecho (yo, que soy zurdo, acudo a ese lugar común que discrimina a los mejores del mundo como Maradona y Messi): aquí no hay goles de media cancha, pero sí jugadas bien elaboradas, paredes y gambetas, recursos narrativos que hacen gala de la pericia y el buen oficio del autor: la prosa es segura y las imágenes logradas, algo inusual en un narrador tan joven como él. Claro que hay algunos errores que antes se llamaban «mecanográficos» y que el editor, Arthur Zevallos, debió corregir para evitar los gazapos que aparecen en buena parte de las historias. Sin embargo, esto no desmerece en absoluto la calidad de Nena. A través de la lectura de estas ficciones he descubierto a un verdadero hermano de las letras (es difícil encontrar hermanos de sangre en esta comarca literaria plagada de laureados posetas): la narrativa de Rivera de los Ríos coquetea con la tentación del fracaso y, algunas veces, le abre las piernas… cuando le da la gana se va a la cama con él.
Como ya dije, la ficción cumple las funciones de un amuleto para que, así, el autor pueda conjurar las desgracias que persiguen a los personajes de sus historias: hombres violentos, individuos castigados por el destino, mujeres tan intrigantes como mentirosas. La mentira al servicio de un fabulador. En muchos casos, hay un soterrado ejercicio de ficción sobre la ficción, es decir, metaficción, si me permiten el término.
Como se habrán dado cuenta, no soy académico ni mucho menos crítico literario. Lo único que soy (o intento ser) es un contador de historias. Y acá estoy tratando de contarles que este libro es apenas el cimiento donde seguramente se erigirá una catedral.






2013/09/20

Así como me lo hacían a mí, yo también podía hacer daño a los demás

[A propósito de Mi familia y otras miserias de Orlando Mazeyra]

Por Daniel Rojas Pachas*

«A los hermanos Ted y Jorge Robledo, esa extraña pareja del fútbol chileno, venida de Inglaterra, de quienes aprendí a temprana edad, al leer las crónicas de sus vidas, la vocación del fracaso. Ted terminó en África, cansado de vivir, dedicado, según se dice, al alcohol, si bien otras fuentes indican que, tras servir como agente de inteligencia, fue asesinado en Omán. Jorge repitió los días, en el pueblo de Rancagua, en un empleo burocrático, acabando como guardián de puerta en el colegio Mackay de Viña del Mar.»
Germán Marín, Carne de Perro

Orlando Mazeyra Guillén, joven autor arequipeño de trayectoria creciente, nos entrega una nueva colección de cuentos intitulada Mi familia y otras miserias (Tribal, Perú, 2013). El libro, precedido por el respaldo de la crítica y prensa tanto nacional como extranjera, se estructura de 32 relatos, todos autónomos, escritos con una prosa ágil que no desperdicia ritmo y cierto tono poético en sobre adjetivaciones y descripciones vanas. El lector enfrenta historias breves pero profundas que le impactan por su dureza y por tocar fibras que están primordialmente ligadas a la nostalgia, la violencia implosiva que entraña la sangre y el crecimiento en esos espacios de sordidez, mundanidad y rutina que lindan con la locura, falta de épica y necesidad de normalidad, que han ido edificando la clase media y la vida suburbana.
Comparto la opinión de Raúl Bueno Chávez, que nos dice: «El lenguaje narrativo me parece impecable. Digo maduro, narrativamente cabal, lingüísticamente preciso, a menudo poético, con un desarrollo sin vacilaciones y siempre sugerente».
Respecto a la estructura de Mi familia y otras miserias, considero válido mencionar que parte de la obra funciona como una breve novela fragmentada, sobre todo si pensamos en aquellos textos centrados en el devenir del hijo escritor, su vida al interior del hogar, la niñez y adolescencia atravesada por la presencia de un padre excesivamente recto y con una superioridad moral explosiva frente a una figura materna pasiva y condescendiente, artífices de los primeros estigmas que forjarán la sensibilidad del personaje como artista y las trabas que irá arrastrando en sus escarceos dentro de una escena literaria caníbal y centralista, la limeña.
Estas historias me recuerdan cierta anécdota ligada a Freud: «En su notable ensayo sobre las relaciones de Sigmund Freud con Viena, Marthe Robert subrayó que el odio que éste sentía por la ciudad en que vivió la mayor parte de su  vida era, en último trámite, inseparable de la figura del padre. Freud la llamaba justamente, la ciudad paterna ("vaterstädtisch"), a raíz de haber sido llevado a ella por su padre cuando tenía sólo cuatro años. Jamás logró sentirse en casa, chez soi, pero la abandonó sólo cuando, después del Anschluss, se sintió directamente amenazado.»
Como señala José Luis Martín en su texto El hijo odia la locura del padre, pero se reconoce en ella: «El hijo lucha denodadamente contra la locura de su padre y decide cortar con todo, huir de casa para acabar con la locura. Pero la locura lo sigue a todas partes, y el acaba regresando. (…) Los personajes de Orlando Mazeyra Guillén se reconocen siempre en la locura y ese reconocimiento los empuja de vuelta al hogar, a batallar estérilmente contra una locura originaria, metafísica y por tanto invencible ».
Mazeyra en ese sentido, explora la psiquis del escritor con detención y desde múltiples ángulos, los primeros enamoramientos, la dependencia de fármacos o vicios que están arraigados en la piel junto a los cuentos de niñez y las primeras palizas, especial mención merecen los objetos, aquellas inusitadas armas contra la realidad, un balón de cuero de chancho, el libro o la máquina de escribir Olivetti.
Si consideramos tan solo los dos últimos, los escritores, incluido el propio Mazeyra, se convierten en materia prima, una ficción más para su galería en que transitan otros tipos humanos afines, otras miserias si queremos seguir el juego del título y si es que uno pretende hilar fino estrechando vasos comunicantes con por ejemplo el cineasta autodestructivo que mide su vida y talento arrojado a la borda en función de la filmografía de Scorsese y las clásicas citas de Taxi Driver, y por sobre todo el intertexto vital con el ascenso y fracaso del boxeador Jake LaMotta, siguiendo el curso de estas analogías, no puedo dejar de lado a los dementes o enfermos mentales que aparecen como una especie de heterotopía, un encuadre o negativo de la foto familiar perfecta, un veneno congénito que va revelando desde su supuesta inmadurez o inadecuación al mundo, la locura y vileza de los sanos, esos que disponen del destino de los más débiles tan solo para acallar los rumores o la molestia de los vecinos.
El desgarro en la comunicación es medular, en el relato «Las antenas del diablo», el tío Julio, declarado enfermo mental le confiesa a Alonso, el narrador: En esta casa ¡nuestra casa!, he aprendido cómo es el mundo.
Es un poco más o menos así me dijo y se agachó para arrancar una margarita—. Así empezamos: Nos arrancan de buenas a primeras… y, poco a poco, nos vamos deteriorando… Al final quedamos de esta manera: una mutilación, una maldita mutilación, ¿comprendes?
Este pesar se acrecienta si nos referimos a los sujetos que forman parte de historias como «Expiaciones Epistolares» y «Cartas Cerradas», hablo de seres que no pueden establecer una relación efectiva con sus pares y sentimientos, si no es mediante la escritura. No importa que esta no tenga un destinatario o respuesta inmediata, el fetiche del escritor es revelado en estos relatos, desde la óptica de quien sólo debe completar el acto testimonial, arrojar su mensaje al mundo sin mayor aspiración que la posibilidad de ser leído/escuchado.
Mazeyra en definitiva, construye diálogos, momentos y vidas que nos llevan a reflexionar e interrogarnos del mismo modo que él en calidad de autor indaga en la cuarta dimensión de su oficio y los procesos de escribir… porque, por si no lo saben, en la ficción la ficción genuina, por supuesto, que es la que aspiro a escribir cada golpe va sobre uno mismo.


*Daniel Rojas Pachas (Lima, 1983). Escritor, Magíster en Ciencias de la Comunicación y Profesor de Literatura egresado de la Universidad de Tarapacá. Reside en Arica (Chile) donde ejerce la docencia universitaria. Actualmente edita la revista literaria virtual y editorial impresa Cinosargo. Ha publicado el poemario Gramma en el 2009 con Ediciones Cinosargo, en investigación ha publicado Realidades Dialogantes, ensayo por el cual fue beneficiado el 2008 con el Fondo Nacional de Fomento del Libro que otorga el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes de Chile. Actualmente sus publicaciones aparecen periódicamente en revistas literarias nacionales e internacionales, en la "Linterna de Papel" del diario El Mercurio de Antofagasta y ha sido seleccionado para formar parte de numerosas selecciones de poesía. Además ha sido beneficiado con la beca de perfeccionamiento, modalidad apoyo a tesis de postgrado en Chile o el extranjero 2010 del Fondo del Libro de Chile a fin de realizar su investigación sobre la novela ariqueña: Proyección y recepción dentro del canon nacional. 

Lea el comentario de Gabriel Ruiz-Ortega: "El Demonio del Sur" acá: http://mifamiliayotrasmiserias.blogspot.com/2013/09/el-demonio-del-sur.html



2013/09/18

Akira y Nadia en el parque

Un nuevo cuento en el semanario Hildebrandt en sus trece.
Nadia se maquilla demasiado. Exagera, sobre todo con el rímel. Nunca me han gustado las mujeres que ocultan su verdadero rostro (intuyo que esconden cosas aún peores) 
[...] Le dije que no quería tener nada serio pues seguía enamorado de mi expareja, que no tenía ojos para nadie. No le importó. A muchas mujeres eso no les importa. Me dijo para ir a un hotel. Cuando nos desnudamos ella notó en mi pecho una cadenita de la que colgaba un dije.

            —Y, ¿qué más? ¿Qué tenía ese dije?
            —Una promesa, Nadia, una promesa…
            —¿Cuál?
            —«Siempre estaré a tu lado», y su nombre al final: «Micaela»

Fragmento del cuento Akira y Nadia en el parque publicado en Hildebrandt en sus trece Nro. 169 (viernes 13 de setiembre de 2013).

2013/09/14

Qué bueno que Brasil 2014 no se dé el lujo de reírse de nosotros

LOS CUATRO FANTÁSTICOS. Una ficción a cargo de la prensa deportiva local.
Qué placer produce leer a alguien que no sólo sabe de fútbol sino que lo ama. Para nadie es un secreto que César Hildebrandt fue, en sus inicios, periodista deportivo: “yo he sido redactor deportivo. Recuerdo que una vez Bernardo Ortiz de Zevallos me dobló el sueldo por comentar el partido de fútbol entre Estudiantes de La Plata e Internazionale de Milán que sólo había visto por televisión”. Sírvase y provecho.

Fútbol y política
Por César Hildebrandt*

El problema del fútbol es que tiene reglas y exige esfuerzos, metas comunes, solidaridad, carácter. Si el fútbol fuera anarquía, salvajismo, incivismo, negación del otro, cutra en mancha, flojera y ningún carácter, seríamos campeones mundiales.
            Un país que ama el desorden, la plata fácil, y que engorda una vanidad con pies de barro, ¿por qué habría de tener una buena selección de fútbol?
            Una país que se ha vendido a pedacitos, que ahuyenta el patriotismo como si de una plaga medieval se tratara, que se desarma industrialmente pero muestra a sus cocineros como vanguardia del progreso, que no tiene ni aerolínea propia ni aeropuerto suyo ni Callao que le pertenezca, ¿por qué habría de esperar que Claudio Pizarro sienta la camiseta embanderada como una causa?
            Si el Perú no existe, si somos un gran restaurante con aduanas, si llamamos crecimiento de la ciudad a la proliferación de “asentamientos humanos” que habrían inspirado a Poe y hecho salivar de gusto a Bela Lugosi, ¿por qué queremos tener una selección de fútbol moderna y competitiva?
            Si practicamos la debilidad internacional como virtud y el acomodo de vasallos como norma, ¿por qué queremos que Guerrero se la juegue?
            Si desalentamos el nacionalismo bien entendido y nos llenamos de basura china a precios de ganga, ¿a quién le solicitamos entusiasmo por “la bicolor”?
            Nuestro campeonato futbolero es un asco. Es un torneo de fracasados en trance de gordura. Apenas sale alguien con talento, resulta que lo venden, a precio prematuro y vil, a algún club de segunda de Turquía. Dos interventoras de Sunat que no saben dónde están paradas gerencian los clubes más importantes del fantasmal “fútbol peruano”. Somos el hazmerreír crónico de la Copa Libertadores. Tenemos casi el monopolio del fracaso.
            ¿Y la prensa deportiva? ¿Puede haber algo más hediondo que esa mezcla de optimismo tóxico (previo a los partidos) y de alharaca deprimida (posterior a los partidos)?
            Corrompida por las entradas y los canjes, las amenazas y los enredos turbios, la prensa deportiva peruana es parte del problema y muchas veces parece escrita por Burga y corregida por Markarián.
            Dos millones doscientos mil dólares ha ganado Markarián en estos últimos tiempos de derrotas cuantiosas. Y ahora se va. Y la gusanera de la prensa deportiva le pide que se quede.
            Claro, le piden que se quede, para empezar, los chicos de CMD, que ven peligrar el negocio que tanto les ha rendido: el del embuste, las expectativas infladas con bromuro, las lecturas benévolas que convertían empates en triunfos, las derrotas en deslices pasajeros y los pocos éxitos en apoteosis catalanas.
            Qué bien que no estemos en el Mundial. Habríamos hecho el mismo ridículo que en España 82, cuando los polacos nos barrieron 5 a 1. Habríamos dado la misma pena que dimos cuando los muchachos de Videla nos ganaron 6-0 en Argentina 78.
            Sólo no dimos pena en México 70. Curiosamente, a pesar de lo que la derecha aterrorizada dijera, en ese momento, con todos nuestros errores, éramos un país, un proyecto entusiasta, una aspiración colectiva de ser mejores y superar nuestras miserias.
            Miren a un equipo de fútbol auténtico. Es, antes que nada, una idea, una estética, un punto de vista táctico. No es una oncena de ambulantes mendigándole al azar una oportunidad.
            Qué bueno que Brasil 2014 no se dé el lujo de reírse de nosotros.
  

* Artículo aparecido en Hildebrandt en sus trece Nro. 169 (viernes 13 de septiembre de 2013).


 
Esa prensa capitalina que, como dice Hildebrandt, suele convertir empates en triunfos. Acá el patético festejo luego de empatar como locales, y sobre la hora, contra una de las peores selecciones argentinas de los últimos años. Festejamos un empate como local ante los albicelestes que luego serían goleados por Chile en Santiago. Acá la narración de quizá el peor narrador deportivo de la prensa deportiva limeña: Daniel Peredo. "Es el mejor final que me ha tocado narrar", dice Peredo. Sin comentarios.

2013/09/13

¿Por qué no seguiste tu vocación?

            —Es que hay algo que no entiendo aventuró Fonchito, incómodo. Sobre ti, papá. Siempre te gustó el arte, la pintura, la música, los libros. Es de lo único que hablas con tanta pasión. ¿Y, entonces, por qué te hiciste abogado? ¿Por qué has dedicado toda tu vida a trabajar en una compañía de seguros? Debiste hacerte un pintor, un músico, en fin, no sé. ¿Por qué no seguiste tu vocación?
            Don Rigoberto asintió y reflexionó un momento antes de responder.
            Por cobarde, hijito murmuró al fin. Por falta de fe en mí mismo. Nunca creí que tuviera talento para ser artista de verdad. Pero tal vez eso era un pretexto para no intentarlo. Decidí no ser un creador, sólo un mero consumidor de arte, un diletante de la cultura. Fue por cobarde, es la triste verdad. Así que, ya lo sabes. No vayas a seguir mi ejemplo. Cualquiera que sea tu vocación, síguela a fondo y no hagas como yo, no la traiciones.


Mario Vargas Losa, El héroe discreto
(fragmento de la página 208)

2013/09/10

Cierra los ojos y muere

En la edición Nro. 168 de Hildebrandt en sus trece (6 de setiembre al 12 setiembre) aparece mi relato Cierra los ojos y muere.
(...) En realidad la amo, sé a lo largo de mi vida la muerte –su presencia– ha sido un estímulo vital. La muerte me seduce, ocultándome sus secretos, me dice: “te estoy esperando” y yo la evito. Quiero conocerla mejor pero sólo hay una forma.

2013/09/02

En familia

Ilustración de Dorian Estrada Arroyo.
Por Fernando Morote
Publicado en Lima Gris:

Esto no es una crítica literaria, gracias a Dios. Afortunadamente estoy descalificado para ello. Es una alegría comprobar que vuelve a suceder. Reconocer espíritus afines representa siempre, en cierto grado, el fin de la soledad.
Desde que conocí el trabajo de Orlando Mazeyra en el 2009, de inmediato me atrajo su intensidad en la narración, pero sobre todo su falta de afectación. Admiré su arrojo y desfachatez. Celebré cruzarme otra vez en el camino con un escritor que tenía las suficientes agallas para seguir más a su corazón que a su cabeza.
Como cualquier otra actividad en la vida, escribir responde a motivos e influencias, refleja habilidades y tendencias. Si la naturaleza conduce hacia la línea recta, es seguro que las curvas (o rodeos, en este caso) no tendrán lugar. A Mazeyra, en cuestiones de estilo, no le interesa ser fino ni elegante. Mucho menos refugiarse bajo la sombra de ningún autor, digamos, consagrado. Su lenguaje es frontal, duro y crudo. Prescinde de adornos insulsos e inútiles. Ésta es una de sus cualidades más relevantes. Porque, en literatura, no se trata de escribir bonito sino de perturbar, en más de un sentido.
Las historias de Mi familia y otras miserias (en impecable edición de Tribal, salvo pequeños detalles de carácter tipográfico) están colmadas de rabia, agonía y sorpresa. Poseen además la extensión precisa para producir el impacto deseado. No se puede decir que son una ofensiva bofetada en la cara, pero sí un amistoso empujón por la espalda, que sacude al lector, lo despierta y lo mueve a reflexión.
Sus personajes batallan con sentimientos contradictorios: son acosados por adicciones, rencores, ataques de pánico e ideas de suicidio; sus aspiraciones románticas pugnan por vencer simultáneos coqueteos con la promiscuidad; la tentación al ridículo y el permanente conflicto entre vocación y profesión (que en un mundo ideal excluido el de un escritor debieran ser las dos caras de la misma moneda) les corroe el alma.
La trama, en la mayoría de relatos, se desarrolla con tacto y sutileza, proveyendo información en el momento adecuado, reteniéndola cuando es conveniente. En unos pocos, por el contrario, la línea narrativa experimenta un giro demasiado brusco, apurado incluso, dejando la impresión de que salta muy rápido a la conclusión y que un proceso más pausado pudo haber alimentado y enriquecido el contenido.
Ya que no se puede complacer a todos, habrá algunos lectores que se enojarán señalando sólo aspectos de teoría literaria. Los menos sofisticados en cuestiones académicas, seguramente tendrán mejores posibilidades de apreciar la lectura, aprovechando la oportunidad de mirarse en un espejo por fuera y por dentro. Después de todo, si estos relatos no hubieran surgido de las entrañas de su autor sino sólo de su cerebro, no tendrían la fuerza que tienen ni transmitirían la emoción que transmiten. Y ésa es, justamente, la intención del verdadero arte.
Personalmente, me alegro de que Mazeyra haya desoído en su momento el discurso familiar, que asegura entre disfraces cariñosos que la literatura es una pérdida de tiempo, una quimera absurda, un error fatal, y haya optado por la lealtad suicida que le impone su auténtica vocación.
Me alegra también compartir con él los gustos por las películas de Scorsese y De Niro (¡qué dupla genial!), el rock (de Calamaro y compañía), el fútbol (a pesar de la frustración congénita) y, en especial, los esfuerzos diarios por encontrar un camino de cambio y crecimiento (personal).

Hincha a muerte de su arequipeño FBC Melgar, los colores rojo y negro parecen estampados en cada uno de sus textos, que a simple vista en este libro se presentan como una descarga feroz, virulenta, y enconada contra su núcleo familiar. Pero en realidad y en el fondo son mucho más que eso. Son una declaración de amor a sus seres más queridos.

Para leer más comentarios sobre Mi familia y otras miserias:

2013/08/20

Taller de Escritura Creativa en la Universidad La Salle: 27 de agosto




DIRIGIDO A:
Docentes, investigadores, estudiantes, consultores y público en general interesado en conocer de forma práctica el arte de la escritura.

FECHAS: 8 sesiones 
27 y 29 de agosto
3, 5, 10, 12, 17 y 19 de setiembre

HORARIO:
De 16:30 a 18:30 hrs.

LUGAR DE REALIZACIÓN:
Salón 204 Universidad La Salle (Av. Alfonso Ugarte 517 - Cercado)


VALOR:
S/. 100.00 (Cien nuevos soles)

CUPOS LIMITADOS

FORMAS DE PAGO

CAJA DEL CAMPUS ULASALLE
Sito Av. Alfonso Ugarte Nº 517 - Cercado.

SCOTIABANK
Cuenta Corriente en Soles N° 0009564713

BANCO DE CREDITO BCP
Cuenta Ahorros Soles Nº 215-26681988-0-98

Más información acá:
http://investigacio0.wix.com/escrituracreativa

2013/08/17

Me gustas porque eres distinto

Foto: Boris Mercado Mar

«San Martín está que se cae, que se cae del caballo», mientras la curia celebra, con cautelosa solemnidad y sotanas maculadas de semen, sus atroces porquerías: «¡Ya era tiempo! Sentado en veranoinvierno, primaveraotoño. Siempre, siempre mirando: mirando al mar». Esta tarde-noche la estatua ecuestre del Libertador contempla a Juan Carlos Ferrando, exudando su homosexualidad con el torso desnudo —ella se sabe gorda, no cree en pastillas milagrosas ni en dietas asesinas— mientras Coco Marusix, histriónico, les sonríe a los fanáticos apoyado en su bastón. No todos tienen razones para festejar. Las cosas claras: los años no pasan en vano.
            El día de San Pedro y San Pablo, 29 de junio, se realizó la marcha del orgullo gay. El movimiento homosexual del país —que reúne a gays, lesbianas, bisexuales y transexuales— literalmente tomó la plaza San Martín. Llegaron, entre otros, activistas argentinos y chilenos, quienes se aunaron a su viejo reclamo de igualdad: «No quiero ser feliz con permiso de la policía», dejó dicho Martín Adán. Podríamos recordar también a Abraham Valdelomar, Juan Gonzalo Rose y siguen firmas.
            Oswaldo Reynoso nunca quiso que se lo encasillara como gay u homosexual, sino como ‘homosensual’. Y ‘homosensualidad’ es precisamente lo que destila Jessica Rosas —en realidad su nombre artístico es Jessie Xtravaganza; trabaja haciendo shows en discotecas y es voluntaria en el Ministerio de Salud apoyando en las campañas de prevención del VIH— mientras imita a Madonna en el escenario: «¿Te gustó?», me pregunta con un gesto seductor no exento de ternura y me escudriña con sus lentes de contacto. Le digo que sí, que estuvo bueno y le pregunto su edad. Treinta. Pienso que si bien nació con sexo masculino, sabe mentir (o le gusta mentir respecto a la edad) como mujer. Lleva realizando estos espectáculos apenas tres años.
            «¿Eres homosexual o bisexual?», pregunto. «¡Transgénero! —aclara con énfasis mientras nos alejamos del ruidoso escenario; y palomillas y curiosos me miran con ojos traviesos como si pensaran que le estoy sacando plan—. Hay mucha confusión al respecto. Ojo, no sólo en el público en general, sino dentro del mismo ambiente gay. Pocos tienen en claro las categorías o el tipo de gay que son. Transgénero es toda persona que se siente identificada con el género opuesto a su género biológico. Tú, por ejemplo, has nacido con un pene, ¿no? Eso significa que perteneces al género masculino, pero no necesariamente tiene que ser así. En el caso de las mujeres ocurre igual: nacen como mujeres biológicas, es decir, con vagina; pero no se sienten mujeres para nada: en su forma de vestir o en su forma de hablar… Son apenas dos ejemplos cuando me refiero a la forma de hablar o vestir. Y entonces se comportan como hombres y su identidad de género es masculina».
            —¿Por qué hay tanta desinformación al respecto?
            —Porque en el Perú no se aprueba la ley de identidad de género y quiero aprovechar esta oportunidad para pedirle a los legisladores peruanos que aprueben de una vez por todas esta ley porque yo no tengo un DNI que me represente. ¡Mi DNI miente! No te tengo que poner como ejemplo el Primer Mundo, acá nomás en Argentina los gays tienen leyes que los reconocen como tales. No es necesario que te operes, ah. O sea, simplemente es cómo te sientes, cómo quieres ser tratado por la sociedad y punto. Se acabó.
            —Entiendo que tú quieres que en tu DNI aparezca que tu sexo es femenino.
            —¡Claro! Mi género es femenino. Y no tiene nada que ver con la orientación sexual.
            Jessica me explica que tiene varios amigos  transgénero: es decir, personas que son biológicamente varones pero que se visten como mujeres. Algunos de ellos, sin embargo, a pesar utilizar maquillaje, prendas femeninas y comportarse como mujeres —en la calle, en discotecas, en la vida pública o nocturna—,  no gustan de tener sexo con hombres. Ergo, en la cama sí respetan su género biológico: «la identidad de género es muy relativa, muy flexible».
            ¿A qué edad se dio cuenta de que se sentía más mujer que hombre? «Desde los seis años, más o menos. Me gustaba jugar con muñecas, jugar a la cocinita, ese tipo de juegos que no son precisamente masculinos. Me sentía una niña, tal cual como en la película Mi vida en rosa del director Alain Berliner».
            —¿Eso les habrá preocupado mucho a tus padres, no?
            —No. A mi mamá. Yo no me crié con mi papá.
            —¿Y nunca te has puesto a pensar que ha influido mucho en ‘esto’ la ausencia de la figura paterna en casa?
            —De ninguna manera. Yo pienso que es algo biológico: naces con esto. Así nací.
            «Mi madre me llevó a un montón de psicólogos y me hizo hacer terapias. Pero eso no es nada. Lo más difícil fue aceptarme yo misma, en la soledad, mirándome frente al espejo: qué importa si los demás te aceptan o no, si tú no eres capaz de aceptarte tal y como eres. Yo creo que por eso hay tantos suicidios y tanto dolor. Es cierto: la sociedad te discrimina, entonces es como nadar contracorriente, ¡algo muy duro!».
            —¿Sientes que Lima es una ciudad cada vez menos represiva con los gays?
            —No se puede generalizar. Aunque sí, ¡todavía estamos un poco atrasaditos, ah! La mentalidad machista es todavía muy dominante en el Perú.
            —¿Sueñas con que algún día se pueda celebrar el primer matrimonio gay en el Perú o lo ves muy remoto?
            —Yo pienso que sí, ya estamos en camino. Se ha avanzado mucho.
            —¿La experiencia más traumática por la que has pasado?
            —El poderme aceptar. Es horrible el tener esa vergüenza, ese temor de que tu familia se entere, de que te pongas a pensar cómo van a reaccionar. Es un cambio radical: toda una vida te comportas como hombre y, de pronto, un día apareces convertido en mujer, con el cabello largo, con maquillaje y diciendo: «¿saben qué? Ahora quiero que me llamen Jessica». No te puedes imaginar: te afecta mil veces más a ti que a los demás.
            —Me hablaste del suicidio. ¿Alguna vez contemplaste esta posibilidad?

            —No —responde con seguridad—. Yo creo que estoy acá cumpliendo una misión. Ahora soy más feliz que nunca, pues he asumido la identidad de género con la que siento bien que es la femenina y realizando mis shows artísticos que es lo que más me gusta.
Foto: Boris Mercado Mar

Aunque, al fin y al cabo, ella se sabe distinta, singular. ¿Qué es lo más bonito de ser distinta? «¡Ah, qué bonita pregunta! —y se acomoda el pelo con una mano, con la otra sostiene una corona parecida a las que usan las reinas de belleza—. Pues todos somos distintos y todos somos únicos. Es como la naturaleza: tú puedes encontrarte con plantas que son hermafroditas y en el reino animal hay muchos casos también. Esto es algo natural y todos, absolutamente todos, somos distintos».
Le pregunto sobre los hombres que dicen tener repulsión hacia los gays: «yo creo que en el fondo es temor, miedo a conocerse. Tienen miedo a lo nuevo, a lo diferente y que, sin embargo, les puede gustar: todos tenemos algo de hombre y algo de mujer».
            —Tú que eres voluntaria en el Ministerio de Salud, ¿cómo ves el panorama del VIH? ¿La gente se está protegiendo más?
            —Estamos adquiriendo conciencia. Hay mucha campaña e información. Y la mejor lección te la da la vida: cuando ves que tus amigos, familiares o conocidos se enferman. Primero son portadores y luego llegan a etapa Sida. Eso sí es lo más fuerte que nos puede pasar. La gente, en general, inclusive los heterosexuales, deben tomar conciencia de esto. He visto a muchos amigos caer en etapa Sida y los he visto morir. Esto fue lo que me animó a formar parte del voluntariado del Ministerio de Salud y además me gusta hacerlo. Es una forma de sentirme bien ayudando, sobre todo a mis pares que son gays, ‘trans’, etcétera.
            Tuvo una pareja estable hasta hace un par de años. Aunque, por ahora, está sola: dedicada a su trabajo al cien por ciento. ¿Sueña con casarse en un futuro? «No», responde sonriendo con escepticismo. «Me gustaría tener una pareja ideal como, creo, a todo el mundo… ya llegará». ¿Adoptar? Vuelve a reír: «por ahora no pienso en eso. Vivo el presente y haber sido convocada a este evento para mí significa muchísimo, no te imaginas: he imitado a Madonna en la Plaza San Martín y con harta gente como puedes ver».
            Admira mucho a Madonna, quizá porque la artista norteamericana tiene todo lo que ella ansía (esta afirmación es muy arriesgada, atrevida e indecorosa, lo sé). Jessica viajó hasta Buenos Aires para poder estar en un concierto de expareja de Sean Penn. Cuenta que estuvo en primera fila y la cantante le dijo: I like you. Jessica asistió trajeada con un corsé muy parecido al de la reina del pop. «I like you because you laugh at everything I say. Mejor te lo digo en español: me gustas porque tú te ríes de todo lo que yo digo».         Y yo me río —como aparentemente lo hizo Madonna—, pienso que Jessica es una persona muy ganada por la ficción. O yo un incrédulo. Quién sabe. «¿No me crees, no? Fue como éste: uno de los mejores días de mi vida».

Orlando Mazeyra Guillén
Plaza San Martín
Lima, 29 de junio de 2013
        

Foto: Boris Mercado Mar

2013/08/10

La cima del Himalaya

Volvimos en la edición Nro. 164 de Hildebrandt en sus trece (viernes 9 de agosto) con otro relato.

Para ti que te llevaste marzo y te rendiste en febrero.
O.M.G.
«Flaca, no me claves tus puñales por la espalda, tan profundo: no me duelen, no me hacen mal. Lejos, en el centro de Arequipa, las raíces del amor donde estaban, quedarán…»

Simplemente Orlando

Diario Correo de Arequipa, sábado 10 de agosto de 2013
Por Yudio Cruz Mendoza

Ese flaco que me espera, puntual como pocos, en una esquina de la plaza de Arequipa es el escritor Orlando Mazeyra. Nunca antes lo vi en persona, pero lo reconozco en el acto. Es más alto de lo que imaginé, más que yo, o sea, y quizá ese rasgo acentúe su delgadez. Su corte de pelo, casi al rape, es idéntico al que lleva en las fotos que aparecen en las solapas de sus libros, en su Facebook y en su blog. Nuestra cita era a la 1:00 p.m. La concertamos, vía Face, hace sólo un par de horas.
Pucha, llego tres minutos tarde.
Me hablaron por primera vez de Orlando Mazeyra Guillén (Arequipa, 1980) en el 2010, cuando aún vivía en Puno. Valió la pena pagar 15 soles por estos cuentos, me dijo un escritor puneño, gran amigo mío, quien había comprado La prosperidad reclusa (2009), el segundo libro de Mazeyra, únicamente  para no desairar al vendedor, un célebre poeta de la Ciudad Blanca. Otro amigo, en aquel entonces estudiante de Derecho de la UNSA, me contó que el viaje de Arequipa a Puno (en bus económico), que en otras ocasiones le parecía insoportable, ahora, increíblemente, con el texto de Mazeyra entre manos, le había resultado hasta placentero. Me bastó leer los primeros relatos de La prosperidad reclusa para darles la razón.
Estamos en el segundo piso de una cafetería de la calle Mercaderes; Orlando ha pedido, para los dos, unos helados deliciosos. He derribado el mío, no sé si por nerviosismo o distracción, pero —oh, sorpresa— no se ha derramado ni una gota. Mazeyra quiere obsequiarme  Mi familia y otras miserias (2013), su último libro de cuentos, pero ya tengo mi ejemplar, recién compradito de la Libunsa, y se lo alcanzo para que me lo firme. Hago lo propio con Urgente: necesito un retazo de felicidad (2007), su ópera prima, pero ocurre que ya está autografiada por el autor y tiene una dedicatoria tremebunda. Le confieso, avergonzado, que la acabo de adquirir en una librería de viejo.
Orlando arranca esa página, la dobla en cuatro, se la guarda en el bolsillo del pantalón y estampa su rúbrica en la segunda hoja.
Enciendo mi reportera digital… A Mazeyra le apasiona el fútbol. Era un niño cuando su padre lo llevó por primera vez al estadio. Desde ese momento se quedó encandilado con el balompié. Su contacto inicial con la escritura se lo debe, quién lo diría, a este deporte. Cuando era colegial leía las crónicas deportivas de El Gráfico, de Argentina, y escribía cuentos futbolísticos. Uno de sus personajes era un arquero imbatible que tenía el mismo apellido que el director de su colegio y defendía, qué duda cabe, el arco del Melgar, equipo del que Orlando se declara hincha acérrimo.
Ingresó a Ciencias de la Comunicación en la UNSA, pero su madre le advirtió que, si no quería morirse de hambre, debía seguir, además, una carrera con futuro. Así que se fue a estudiar Ingeniería de Sistemas a la UCSM. Sin embargo, nunca se alejó de la prensa. Actualmente, publica crónicas y entrevistas en distintos medios locales, nacionales e internacionales. Incluso fue corrector de estilo en la edición sureña de un conocido diario. Su gran referente en el periodismo es su amigo César Hildebrandt.
Su escritor predilecto es Mario Vargas Llosa. Dice que devoró todas sus obras, menos La guerra del fin del mundo, que dejó a medio leer. Lo admira tanto que, cuando tuvo la oportunidad de visitar la biblioteca del Nobel, en Lima, estuvo a punto de besar su escritorio. El libro de Mario Vargas Llosa que lo marcó y con el cual se siente identificado es El pez en el agua, ya que el niño Orlando, al igual que el niño Mario que aparece en esas memorias, tuvo una relación muy tormentosa con su padre.
Formulé poquísimas preguntas —breves, sencillas, obvias—, en la hora y media que duró nuestra reunión. Mazeyra se anticipó a casi todas las que había planeado y me las absolvió como si hubiese ensayado las respuestas. Por eso me despedí feliz, presto a transcribir el audio.

Nunca imaginé, Orlando, que un virus, compadecido tal vez mi torpeza periodística, borraría esa entrevista.

2013/08/09

Nostalgia y desencanto en "Mi familia y otras miserias"

En la mayoría de cuentos de Orlando Mazeyra –cuentos en los que la nostalgia y el desencanto juegan un papel importante– encontramos aquella “oposición irreconciliable” con la Goethe definía la tragedia. Un buen ejemplo de ello es De cómo mi padre se fue al infierno, la ruptura que allí se plantea, producto de esa característica de la personalidad que suele controlar a los hombres, característica a la que los griegos llamaban hybris, no tiene solución, no hay vuelta atrás después de los actos que se cometen dominados por la hybris. Y qué mejor escenario para ello que el familiar.


2013/08/04

Aires de familia

"I feel that life is divided up into the horrible and the miserable" (Woody Allen).
Por Carlos Rivera

Las disidencias de la vida a veces nos distancian: insalvables discrepancias  de gustos, color de equipo, película favorita o confusiones propias a nuestra humanidad. La literatura siempre termina reuniéndonos, afinando complicidades o superando  majaderías personales. Y es que este gran pretexto  literario nos  exige poner a un lado  las ojerizas y olvidar prejuicios para hablar —o escribir, como es el caso— de lo que representa este libro de Orlando Mazeyra Guillén: Mi familia y otras miserias.  Sé que jamás coincidiremos en un concierto de Arjona o del Gran Combo,  bebiendo  en un bar viendo la final del programa Yo Soy. Pero un libro siempre será un gran pretexto  de reconciliaciones y  dulces venganzas.
Quiero leerles unas breves líneas  de El túnel, de Ernesto Sábato:

«—¡ Insensato! —aulló el ciego con una voz de fiera y corrió hacia mí con unas manos que parecían garras.  
Me hice a un lado y tropezó contra una mesita, cayéndose. Con increíble rapidez, se incorporó y me persiguió por toda la sala, tropezando con sillas y muebles, mientras lloraba con un llanto seco, sin lágrimas, y gritaba esa sola palabra: ¡insensato!».

Yo puedo decirle a Orlando (y estoy seguro que muchas y muchos tienen ganas de hacerlo) impostando ser  una mala copia de Juan Pablo  Castel: «¡insensato!». Si bien es cierto, él no ha matado a nadie, pero ha saldado cuentas con la vida, con su destino, con su genealogía y lo hace con lucidez poética; desgarrándose, anunciando redenciones  y desquites  a través de estos relatos.
La típica división que se suele hacer —para efectos de un mejor estudio de  un texto— es aquella que separa la hojarasca personal de la obra; el autor, de la creación; la ficción, de la vida real; las andanzas de los  personajes,  de la  existencia del creador. La coartada del escritor es conocida: «Todo es culpa de la ficción».
Orlando no se somete a este apotegma. No escribe porque es un escritor profesional, ordenado, con horario de entrada y salida (es decir, no marca tarjeta), hacedor de historias que no lo incriminen y que se lava las manos luego del compromiso que asuma el lector con los relatos.
«Mi primera máquina de escribir» resulta una extraña catarsis de calvario personal ensalzado en las quimeras literarias. Pero el relato no se queda en el grito lacrimógeno, pues está lleno de una poesía, de una estética que deslumbra y una  construcción sólida, superior a los cuentos de  anteriores  libros.  Cada palabra del relato está escrita con sangre,  alma y  llanto. Con la sacrosanta devoción de un pío de la buena prosa, de alguien que siente la literatura como su alimento o droga.
El autor convive con sus infiernos: se amamanta de ellos, consume su fuego y se regodea en sus brasas  sufrientes y, luego, aborta las  historias. Por eso estoy seguro que para él, escribir  y vivir, son actos de dolor y de miseria (para estar a tono con el libro que presentamos) que no le otorgan ninguna salvación o pasaporte hacia la felicidad, solamente le conceden  un valioso tiempo extra.
Orlando Mazeyra ya no es el adolescente de Urgente: necesito un retazo de felicidad, o la joven promesa literaria que asomaba con temperamento infernal en La prosperidad reclusa, con Mi familia y otras miserias nos  demuestra que de las necesidades de ternura, de calorcito humano, de felicidades  truncadas, de amores idos y esperanzas y desesperanzas filiales, ha podido construir una obra  original y sólida  que seguramente muchos no comprenden o recusan de tono intimista y yo les pregunto: ¿cuál es el problema? Si se hace bien —es decir, con pericia nos debemos  tragar  los sapos de nuestra inconformidad o tal vez envidia.  
En el cuento «Sueños sucios»  totaliza en unas palabras  ese resquemor que  actúa como clave escatológica y delirante:  
«Nunca he sido capaz de imaginar con nitidez (describir con detalle) a mi madre suicidándose . Con mi padre, pasa todo lo contrario: imagino su muerte, hasta a veces me imagino defecando sobre su tumba… esas pesadillas son horrendas, pues luego de zurrarme, descubro que la tumba era la mía. ¿Quién sueña con defecar sobre su propia tumba?»
Felicitaciones a Orlando Mazeyra Guillén por el hijo o por el libro, que es, a fin de cuentas, la misma cosa. Todo queda en familia. 

2013/07/28

Presentación de "Mi familia y otras miserias" en Arequipa: viernes 02 de agosto

Presentación del libro

Mi familia y otras miserias

de Orlando Mazeyra Guillén

Fecha: viernes 02 de agosto

Lugar: Biblioteca Regional Mario Vargas Llosa
Calle San Francisco 308

Hora: 6:30 p.m.
                                                     

ANTESALA

Conversatorio:

“Panorama de la narrativa joven de Arequipa”

Invitados:

Álex Rivera de los Ríos
Erick Pinto
Giovanni Barletti
Jordan Jáuregui
Renato Amat y León

Organizan:

Círculo de Estudios Contranatura

Universidad La Salle

Cascahuesos Editores