Advertencia para el lector

«Rechazado o aceptado, perseguido o premiado, el escritor que merezca este nombre seguirá arrojándoles a los hombres el espectáculo no siempre grato de sus miserias y tormentos.»
Mario Vargas Llosa, La literatura es fuego.

2005/12/23

Navidá: una nueva fiesta, una nueva oportunidad

24 de diciembre de 2005 (en el living) 7:00 P.M.
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¿Regalos? ¿Esta navidad? No. Mis esperanzas al respecto eran –si no inexistentes– casi nulas. Sabía que descubrir un par de tarjetas pasadas por debajo de la puerta principal era pedir demasiado. Y, como estaba prácticamente convencido de que nadie me regalaría nada, decidí invertir toda la mañana del 24 en la búsqueda de un regalo. ¿Para quién? Para mí mismo. Sí, lo sé, es un tanto ridículo (pero tengo el consuelo de que nadie tiene por qué enterarse de mis autocomplacencias navideñas).

Después de gastar suela en dos centros comerciales y en una tienda de antigüedades, decidí visitar la librería del gordo Marcos (me atrajo el enorme árbol que anticipaba el surtido bloque de Novedades Editoriales).
Y así, husmeando un anaquel olvidado en una esquina de la librería, encontré este Diario Personal que ahora empiezo a garabatear. Y me salió relativamente barato: Veinte Nuevos Soles.
Nunca tuve un Diario (en realidad, siempre me pareció una cosa de mujeres. Creía que llenar hojas en blanco contándose a uno mismo las experiencias acumuladas durante el día era una actividad casada con las faldas y los corpiños).
No hay panetón (lo detesto), pero acabo de preparar una taza de chocolate. La noche del 24 recién se insinúa. Pienso escribir acerca de mis navidades; recordar, llenar al menos un par de hojas de este Diario. Al filo de la medianoche llamaré a Andrea, dejaré un mensaje en el contestador automático y esperaré a que me responda (no lo hará, pero el amperaje de mi soledad exige ilusiones, por eso esperaré... esperaré hasta el día de su cumpleaños para dejar un nuevo mensaje y seguiré esperando).
Bueno, mientras trato de sacarme a Andrea de la cabeza, podría decir que ya tengo muchas navidades en mi hoja de (mala) vida. Es más: creo, en términos generales, que ya son suficientes (sinceramente con 35 Nochebuenas basta y sobra).
De las diez primeras tengo un recuerdo medianamente borroso. El paso del tiempo desvanece (o altera) sin compasión el manojo de imágenes que todavía guardo de mis navidades infantiles. Sólo podría decir con certeza que lo más importante eran los bienqueridos regalos y ese ritual nocturno impregnado de fósforos marca INTI y los cientos de cohetecillos que alternaban entre los colores rojo y verde.
Lo importante lo aprendí rápido: sin un buen regalo debajo del pequeño árbol artificial, la navidad carecía de significado (o, digo mejor, de valor, para darle deliberadamente un tono monetario). Porque nunca como en Navidad vales lo que consumes.
Talvez yo tengo la culpa. Me adecué sin resistencia a la normativas de un mundo que se construye (y a la vez se destruye) en base a un consumismo inatajable, desaforado. Me volví tempranamente un adepto a esa cultura que sólo busca contar con un abanico de tarjetas de crédito que sean capaces de ocultar (o, en el peor de los casos, maquillar) pobrezas de corte espiritual... porque ser pobre de espíritu sólo se perdona cuando tienes una coraza monetaria lo suficientemente resistente como para fabricar, con utensilios desechables, una felicidad tan artificial como ese arbolito de mi infancia que ya no existe, pues se esfumó junto con mi espíritu navideño.
Una cancioncita algo rimbombante dice que no es lo mismo ser que estar. Es cierto. ¿Cuál es la verdad de la milanesa? PARA SER HAY QUE ESTAR (A LA MODA); y si de modas se trata, se me antoja sentenciar que LA NAVIDAD YA PASÓ DE MODA. Es más: la odio con esa intensidad con que se odia lo que alguna vez se quiso sin medida.
Talvez odio la navidad desde que dejé de ser niño, o quizá desde que mis lecturas izquierdosas me mancillaron el alma anunciándome lo que yo no quería saber: que yo era un burgués de alto vuelo que formaba parte de la comparsa capitalista que oprime a las dos ‘zas’ (naturaleza, raza)...
Recién voy un tres hojitas y ya no sé qué escribir, talvez me amparo en un menosprecio al sistema imperante para olvidarme de lo que en realidad me agobia: estoy más solo que un hongo.
Y es fácil decir que la navidad es una mierda para ocultar algo que me importa más que la justicia social o la ecología: Andrea me dejó por ser algo menos que un pobre diablo, por no estar a la altura de las circunstancias.
Siento bullicio afuera. Siento el timbre de mi vecino. Parece que hay Cena Navideña. Hablando de timbres, hoy sonó el timbre durante toda la tarde. Niños, niños y más niños. Todos pedían “alguna cosita por navidad”. Sólo me animé a entregarle un suéter viejo a una mocosa desdentada que alcanzó a decirme:
–Feliz navidá, caballero.
–Feliz navidá –le respondí y cerré la puerta ilusionado: talvez la navidá era una nueva fiesta, una nueva oportunidad... talvez yo sí estaba invitado... sería genial que Andrea también...

2005/12/14

URGENTE: Busco un retazo de felicidad (*)


Después del almuerzo siempre hace lo mismo: prepara, a fuego lento, una infusión de anís con ramitas de apio en un viejo jarro de porcelana; mientras espera que enfríe “su mate digestivo” (así lo llama en las esporádicas tertulias familiares), se calza morosamente las abrigadoras pantuflas de lana que se compró en Juliaca durante las vacaciones del invierno pasado; y, conteniendo un ligero bostezo, se envuelve en una gruesa bata azulina que, tibia, siempre lo espera oreando en el cordel que atraviesa el jardín contiguo a su recámara; luego vierte la infusión en una rústica taza de arcilla que lleva su nombre con letras de imprenta: RAÚL RAMÍREZ; limpia sus gafas con un borde de la manga izquierda de su misma bata, se hunde en su sofá de descanso vespertino, y gasta al menos dos horas leyendo un par de periódicos (uno ‘serio’ que llega desde la capital, otro ‘informal’ que es del ámbito local).
(*) Fragmento de mi cuento inédito (155 palabras de 1139).

2005/12/09

ELLA SE SABE GORDA

Ella se sabe gorda. Quiere a toda costa estilizar su fofa figura. No cree en pastillas milagrosas ni tampoco en dietas asesinas. Entiende que si alguien quiere adelgazar debe, diariamente, terminar jadeando en un gimnasio.
Siempre que el almanaque se deja alcanzar por el mes postrimero, se inscribe en el concurrido gimnasio que queda a un par de cuadras de su casa.
Todos los años. Todo diciembre. Todas las mañanas. La ración oscila entre una hora y una hora y media. Primero aeróbicos, luego máquinas y más máquinas. A veces se exige demasiado: eso es peligroso, ella es consciente de eso... pero, cuando descubre que casi siempre ella resulta siendo la más gorda de la extensa sala, se arma de fuerzas, recuerda el aterrador guarismo que le muestra la temida balanza todos los días, y así renueva su ímpetu y persiste en su vano intento de alcanzar un físico de bandera... Cuando empieza a sentir que algo le oprime el pecho, para. Inhala y exhala. "No te rindas, cojuda", se llena de coraje mientras contempla angustiada a las chicas de envidiables figuras. El cuerpo de Francesca —su vecina— es despampanante. Todos los machos del gimnasio la miran: unos lo hacen disimuladamente, pero otros lo hacen sin el menor reparo. Siente envidia, ella daría la vida por tener un cuerpo así. Por eso se esfuerza, por eso empapa su buzo, por eso exige a su corazón hasta el límite. Pero algo que proviene de su interior le dice que nunca podrá alcanzar esa meta.
"Es tu contextura, hija ", le dice su madre. " Todos los hombres babean por Francesca, babean por su cuerpo ", alega ella.
—¿Y eso qué importa? —la cuestiona su madre.
—Me importa, mamá. Me importa mucho. Yo quisiera que ellos también me miren. No pido que me miren todos, siquiera uno. Con uno me conformo.
—Estás mal, hija.
—Sí, claro que estoy mal. Estoy muy gorda... A este paso me voy a quedar soltera... soltera y amargada como la tía Sonia.
—No hables adefesios. Tu tía Sonia no es ninguna amargada.
—Claro que lo es, mamá. Todas las solteras lo son, y a mí ya se me está yendo el tren.
Su madre sonríe. La acaricia. La besa en la mejilla y mientras la consuela con argumentos simples, siente una ligera conmiseración. Quisiera poder ayudarla, pero ya no sabe cómo: dietas babélicas, nutricionistas, fajas, cremas reductoras, etcétera. Muchos intentos, todos fallidos. Muchas lágrimas, muchas decepciones. Muchos veranos con su hija encerrada en casa.
—Así no voy a poder ir ni siquiera un día a la playa —afirma antes de dibujar un puchero—. Estoy hecha una vaca. ¡Mi cuerpo es un asco!
—Siempre es lo mismo. Hija, tienes que tener personalidad.
—¿Personalidad? Ya me tienes harta con esa palabra, mamá.
—Mejor no discutamos. Ya te dije que siempre es lo mismo. Corre a descansar. Mañana tienes que ir temprano al gimnasio.
—¿Para qué? ¿Para qué voy?
—La respuesta la tienes tú, hija. Corre descansa.
Sube a su cuarto. Se mira en el espejo de su tocador. Se asquea de su cuerpo. Corre al baño. Mira la taza. Se le acelera el ritmo cardiaco. Junta su dedo índice con su dedo medio. Los introduce con violencia en su boca. Llega a rozar su campanilla. Le viene una arcada, y otra y otra. Está a punto de vomitar pero se contiene. "No, no, no", se repite en silencio. Unas cuantas lágrimas se pierden en el fondo de la taza. Se persigna y se limpia las lágrimas con un trozo de papel higiénico.
Un nuevo día de diciembre.
Ella se sabe gorda. Quiere a toda costa estilizar su fofa figura. No cree en pastillas milagrosas ni tampoco en dietas asesinas. Entiende que si alguien quiere adelgazar debe, diariamente, terminar jadeando en un gimnasio... El verano la espera, el verano le tiende una extensa alfombra que se llama carretera, pero ella —que se sabe gorda— se encerrará en su cuarto y esperará a otro diciembre, a un nuevo diciembre que se burle de su figura (y de sus batallas perdidas).

2005/12/01

Condón: preservativo. Funda fina y elástica para...

Condón: preservativo. Funda fina y elástica para cubrir el pene durante el coito, a fin de evitar la fecundación o el posible contagio de enfermedades.

SEXO, IGLESIA Y CONCIENCIA

El hecho de que la Iglesia, ciega y necia, siga prohibiendo el uso del condón me resulta de una necedad -¿estolidez?- tan grande como la de aquéllos que se entregan a los seductores placeres de la carne sin tener una pizca de respeto por su cuerpo... y mucho menos por el de su(s) pareja(s) de turno.
Cada vez que el Vaticano se niega a dar el visto bueno para que su -cada vez más delgada- hilera de seguidores utilice el preservativo me imagino a Jesucristo, tan sorprendido como desfalleciente, reeditando aquel ancestral ruego: “Padre, ¡perdónalos porque no saben lo que hacen!”; y cada vez que una pareja –sea ésta hetero u homosexual– decide conjuntar sus cuerpos sin ningún tipo de protección (ni conciencia de lo que van a llevar a cabo), también me imagino al diablo (“el maldito cachudo”, como diría el Padre García de La Casa Verde) refocilante de alegría.

Se trata de SEXO. Se trata de CONCIENCIA. De tener un conocimiento claro de lo que es bueno y de lo que es malo cuando algo tan importante como el sexo está involucrado. Pero, para adquirir ese conocimiento reflexivo de las cosas que envuelven el mundo de lo sexual, la INFORMACIÓN es lo primordial. Pues no se trata de informar sino de INFORMAR BIEN. La calidad de la información es sumamente vital (recuerdo ahora, para dar más señas, que en no sé qué rincón del planeta algún malnacido o alguna secta había difundido el descabellado mito de que todo aquel macho que lograra desflorar a una mujer resultaba vacunado contra el temido virus del SIDA... Se dice -¿hasta dónde llega la ficción y hasta dónde la realidad? ¿en qué momento se entrecruzan y confunden?- que la información corrió como reguero de pólvora y las violaciones se incrementaron geométricamente... y toda aquella adolescente virgen corría muchos peligros... ¿Madres necesitadas que ofrecían el himen de sus hijas al mejor postor? Seguramente...).

Resulta increíble –aún para un tercermundista– que gente pueda creer en ese tipo de disparates. Porque ya no se trata de incautos que son desinformados por sujetos abyectos, sino que se trata de congéneres, de masas de seres humanos, con un nulo conocimiento de cosas elementales (cosas que marcan la diferencia entre la salud y un virus que asegura el arribo de la muerte).
Es fácil notar esa brecha que separa a unos de otros. Si pensamos en el mundo, el dedo señala al continente africano (y Africa ruge cada segundo... ruge de dolor pero nuestra indiferencia es tan grande como el océano que los separa del Primer Mundo... ese océano que atenúa los rugidos y los hace imperceptibles). Y si pensamos en el Perú los ojos se ponen en Ande peruano y en nuestra selva amazónica.

DERECHO A ELEGIR

En el mundo hay mucha gente que no tiene otra salida: no saben qué es un blog, ignoran qué es internet, no tienen ni la más remota idea de lo que es el SIDA. Ellos no pueden escoger, ellos son los escogidos. Los escogidos de la pobreza, el atraso y el olvido. No son libres, su derecho para elegir está sepultado debajo de esos cerros de cadáveres que deja esta pandemia mortal que crece afiebradamente.

Hay otros que sí pueden elegir: saben qué es el SIDA, tienen pleno conocimiento de su origen, de sus modos de transmisión, de sus mortales consecuencias... pero prefieren burlarse de él, prefieren jugar a la ruleta rusa en la cama. Ésos sí son unos pobres diablos.

EL CONDÓN
El condón o preservativo es una funda fina y elástica que sirve para cubrirnos de muchas cosas: un hijo no esperado, una enfermedad de transmisión sexual o un virus –al menos hasta ahora- invencible como lo es el SIDA. El condón es una funda que nos separa de aquello que no deseamos, es una funda que está al servicio del hombre. Todos los que tenemos la suerte de saber qué es un condón y para qué sirve, somos privilegiados... Ojalá algún día éste (como tantos otros) deje de ser un privilegio de sólo un sector de seres humanos. Y para lograr eso no tenemos que luchar contra el sida, debemos, primero, antes erradicar la desinformación y, después, crear CONCIENCIA (conciencia sexual, si se quiere)... No se trata de paraísos, tampoco de utopías... es algo posible: un mundo donde la SALUD sea patrimonio de todos.