Advertencia para el lector

«Rechazado o aceptado, perseguido o premiado, el escritor que merezca este nombre seguirá arrojándoles a los hombres el espectáculo no siempre grato de sus miserias y tormentos.»
Mario Vargas Llosa, La literatura es fuego.

2004/12/17

MALDITA TERNURA

BETO ORTIZ POR ÉL MISMO
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Hace diez años, Jaime Bayly causó descomunal revuelo con la aparición de su polémica ópera prima, “No se lo digas a nadie”; novela de corte autobiográfico donde se abordaba con soberano desenfado un tema que, para salud de nuestra sociedad, parece haber escapado de las entrañas de ese puritano baúl que en sus lóbregos interiores oculta todo aquello que consideramos tabú: la homosexualidad.

Hoy, en las postrimerías del 2004, el controversial periodista Beto Ortiz (Lima, 1968) nos entrega su publicitada novela –o, habría que llamarla, biografía novelada– “Maldita ternura” donde, aparte de salir del clóset y aceptar (con la ayuda de su alter ego homónimo) su condición de homosexual y pederasta, parece llevar a cabo, con recargada suspicacia, ese oscuro ejercicio que algunos llaman “ajuste de cuentas”.

Vargas Llosa afirma que cada cual corrige el pasado en la memoria en función del presente, de su propia historia, o para justificarse o afear la actuación del adversario. Y es muy cierto, uno puede corroborar con creces esta afirmación luego de someterse a la lectura de los 17 capítulos que trae consigo esta novela de 296 páginas. Ortiz no sólo busca justificarse y afear la actuación de los variopintos y poderosos adversarios que se cruzaron por su intrincado camino, también pretende demostrarles desde el saludable anonimato y el forzado exilio (desde Miami, “la capital hispana de la desesperación”), que, a pesar de todos los cachetazos que le propinó la vida, sigue vivo y que, por sobre todo, sigue siendo él mismo, como lo delata ese final donde los deseos de revancha y el ímpetu se funden y forman el mejor acicate para seguir adelante: “Olvídate del tiempo. Límpiate el rostro de escupitajos. Desinféctate. Descaráchate. Cicatrízate. Pero regresa. Todavía eres tú, rey del despecho, todavía eres tú”.
Maldita ternura” es la historia de un tipo que, desde muy temprana edad, descubrió que tenía una inatajable vocación por el relumbrón: “Siempre quise ser famoso”, confiesa el personaje principal al aperturar la novela. Logró serlo: se hizo famoso. Pero, la mirada retrospectiva lo lleva a tener que aceptar que lo suyo, ante todo, es “mala fama”. Pues hay, a saber, varias maneras de ser famoso: hay caminos largos y tediosos, hay golpes de suerte y hay, por supuesto, muchos atajos. Lo suyo fue un atajo. Una ruta simplona que hasta hoy le pasa la factura a ese, otrora, desconocido reportero de programa dominical nocturno que pasó a convertirse en celebérrima figura de la televisión peruana.
Pero –hay que ser justos–, no todos los capítulos están impregnados de arribismo, pedofilia, sodomizaciones y ajustes de cuentas (ojo: ajustes de cuentas, poniendo énfasis en los casos de personajes que, entre otros, se parecen mucho a Magaly Medina, Ernesto Pimentel, Alejandro Toledo, Eliane Karp y el desaparecido Alex Brocca); hay, también, capítulos emotivos, como es el caso de “Nadie debe morir solo”, donde la historia que se cuenta es muy símil a la del fallecido periodista (e íntimo amigo del autor) Bruno de Olazábal (quien, según nos narra Ortiz, soñaba en convertirse en el nuevo Julio Ramón Ribeyro y, ¡oh jugarreta del destino!, terminó pareciéndose a uno de sus más patéticos personajes. Esos que condenados a una existencia sin sintonía ni voz, mueren sumidos en el silencio, el olvido y el fracaso).

Balada en el parque Kennedy” es otro capítulo que marca al lector. Allí evoca a ese parque miraflorino de los años ’80. Y cuenta cómo se encontró y tuvo un idilio con un personaje de ficción que, al parecer, se corporalizó: “Cara de Ángel”, aquel recordado imberbe de “Los Inocentes” de Oswaldo Reynoso (a quien, dicho sea de paso, Ortiz también le dedica la novela: “maestro y chochera”). Y se me antojaría decir que el estilo y sobre todo los diálogos impregnados de jerga (o habría que decir ‘jeringa’), tienen mucha influencia del escritor arequipeño. (Por otro lado, la estructura de la novela tiene un hálito del chileno Alberto Fuguet.)
Si a Bayly le han reconocido un oído portentoso para retratar con palabras la forma de hablar de la clase media-alta limeña; habría que reconocer que todas sus experiencias como reportero marginal le han dado a Ortiz un oído que está al día con el habla popular. Y ese es un gran mérito, recordemos que Cortázar decía que las novedades del habla popular son la creación de poetas anónimos que precisamente crean nuevas formas porque las usuales están gastadas, han perdido filo. Es, pues, otro punto a favor de la novela de Ortiz: nos empapa con el lenguaje popular y lumpenesco, algo que pocos han hecho con tan buena mano.
Por todo lo antes dicho, el hecho de sólo intentar poner esta novela dentro del mismo saco en donde descansan auténticos mamarrachos ‘literarios’ como el de Martha Vásquez (“Yesabella al desnudo”), Carlos Vidal (“La Señito”) o del mismo Alex Brocca (“Canto de dolor”), sería incurrir en un imperdonable disparate; porque “Maldita ternura” muestra la destreza y el talento suficientes como para poder augurarle a Ortiz un buen futuro como escritor si, en vez de pensar en el relumbrón, intenta exorcizar a sus (en algunos casos, malditamente tiernos) demonios personales.

2004/12/15

UNA IMAGEN VALE (¿VALÍA?) MÁS QUE MIL PALABRAS

Para empezar, habría que lanzar una interrogante que a muchos les puede parecer fatua: ¿qué es el napalm? Yo no lo sé a ciencia cierta, aunque, en repetidas oportunidades, esa complicada palabra visita mis erráticas lecturas y se cuela en la algún poema de Benedetti, en un artículo de Saramago o, en todo caso –y con mayor persistencia–, en esa tortuosa maraña de páginas web que tienen como cáustico tema central esos estólidos inventos del ser humano que no tienen otro fin que deshumanizarlo a pasos agigantados: las armas químicas y biológicas. (Sí, esas armas que George W. Bush no encontró en Irak, pero que le sirvieron como impresentable coartada para devastar y someter a un, ahora, ruinoso y caótico territorio que, otrora, albergó a las más imponentes civilizaciones asiáticas, como lo fueron la babilonia y la asiria.)

Pero, retomemos la pregunta inicial: ¿qué es el napalm?
Si, primero, reviso el diccionario de la R.A.E. encuentro una definición que me parece infelizmente fría (y, ojo, no estoy ironizando): “Sustancia inflamable, a base de gasolina en estado de gel, usada en lanzallamas y en bombas incendiarias.”

Después de esto, mi creciente descontento me lleva a explorar alguna que otra página de Internet; y, con estas pesquisas simplonas, me voy acercando un poco más a lo que estoy buscando. “Napalm: Gasolina pegajosa, que simboliza el horror y los crímenes. El napalm arde a unos ¡3000 grados centígrados!; se pega en la piel y puede quemar hasta el hueso”.
Suficiente: ya sé que el napalm me puede volatilizar en instantes y, desde luego, no deseo experimentar sus efectos. Ahora sólo quiero saber por qué simboliza el horror y los crímenes; y para disipar esta duda no tengo que hacer el mínimo esfuerzo pues la Superpotencia, arrogante y fiel a su costumbre, se presenta sola: “Estados Unidos descargó siete millones de bombas sobre Vietnam, Camboya y Laos –EL TRIPLE DE LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL–: armas químicas como el napalm, bombas incendiarias de fósforo blanco, ‘Agent Orange’, y gas lacrimógeno y neurotóxico”.
En la absurdamente desigual guerra de Vietnam, Estados Unidos puso de moda el napalm. Pero a pesar de su mefistofélica bestialidad no ganó la guerra, porque –como bien sabemos– en la guerra no hay ganadores: en la guerra perdemos todos... Y, también, en la guerra (como en todo, o casi todo) una imagen vale (¿valía?) más que mil palabras; tal como lo demostró Nick Ut, un fotógrafo de la agencia noticiosa AP que tomó la célebre foto de la niña vietnamita Kim Phuc (quien, junto a otros párvulos, corría desnuda-espantada-enloquecida-atribulada con quemaduras de napalm). El autor de la foto, recuerda: "Había napalm en todos lados y saqué muchísimas fotos de ataques con napalm. Ese día, saqué una foto de un niño que murió frente a la cámara. Minutos después saqué la foto de Kim Phuc".





Aquella niña de tan sólo nueve abriles le ganó la guerra a la abyección humana (que la estragó, pero que no pudo matarla): estuvo en estado de coma durante muchos días, deambuló por hospitales vietnamitas de campaña; después estuvo en una clínica germana, y, posteriormente, fueron unos médicos cubanos los que lograron, milagrosamente, ponerla en pie. Estudió la Universidad de La Habana; hoy es una mujer comprometida con su tierra y es Embajadora de Buena Voluntad por la Cultura de la Paz.
La aparición de la estremecedora foto en pleno conflicto bélico, fulminó a la opinión pública internacional y la acercó –lo más que pudo– al holocausto que desangraba al pueblo vietnamita. No cabe duda de que la imagen obtenida por Nick Ut pasará a la posteridad y servirá para documentar en el futuro (en el supuesto de que nuestra civilización tenga un futuro), los más execrables atributos de la condición humana. Pero, a la vez, esa atroz postal bélica nos servirá para cotejar la alarmante pérdida de sensibilidad del ser humano: cada vez, nos volvemos más insensibles, la televisión crea una barrera infranqueable que adormece, minimiza e extingue nuestra capacidad de conmiseración... Tal vez en Irak hubieron (hay, habrán) instantáneas peores que la de aquella niña (que hoy en su madurez sigue curándose las viejas heridas del napalm); lo que pasa es que esas imágenes, vía TV, ya no nos estremecen, ya no nos chocan, pues nos parecen parte de la rutina diaria, un condimento más del recargado menú televisivo. El argentino Ernesto Sábato afirma que: “Lo paradójico es que a través de esa pantalla [Televisión, computadora] parecemos estar conectados con el mundo entero, cuando en verdad nos arranca la posibilidad de convivir humanamente, y lo que es tan grave como esto, nos predispone a la abulia”.
Hay una vieja frase sacada de un personaje de Shakespeare: “Soy humano y, por lo tanto, nada de lo humano me es ajeno”. ¿Pero seguimos siendo humanos? ¿En qué nos hemos convertido? Nuestra indiferencia parece excomulgar nuestra condición humana y nos da, de paso, un oscuro hálito que nos pone más cerca del monstruo que del ser humano. Y como dijo Simone de Beauvoir: “nadie es monstruo si lo somos todos”. ¿Estoy exagerando? No lo creo. Antes, cuando todavía la humanidad portaba los últimos resquicios de sensibilidad y conmiseración, una imagen valía más que mil palabras; hoy una imagen vale menos que mil palabras: poco menos que nada. Somos unos monstruos.
Bah, qué importa saber qué es el napalm. Podemos hacer un sesudo tratado sobre los efectos de esta sustancia inflamable (con la valiosa colaboración de la propia Kim Phuc), pero eso sólo servirá para darle más alas a la imbecilidad humana... Sí, está más que claro: nos podemos documentar, devorar textos sobre el napalm, ojear y re-ojear la fatídica foto; pero la respuesta a la mórbida pregunta –¿qué habrá sentido, en ese mismo instante, esa niña vietnamita?–, siempre permanecerá lejana e inasible.
Y creo que a Kim Phuc le importa nada que tratemos de ponernos en su pellejo. Porque, en realidad, esa instantánea forma parte de larga lista de fotos que le dan forma al más genuino de los mensajes: mientras alguien encarne la resistencia, siempre habrán nuevos horizontes para la humanidad. Esa niña vietnamita cocida por el napalm, encarnó (y sigue encarnando) la resistencia: ¡podrán estragarla pero no matarla!
Para muchos, hoy, en Irak, hay una resistencia nacional contra la ocupación extranjera. Sólo alguien tan obtuso como G. W. Bush podría intentar tapar el sol con un dedo: Irak es un interminable caos, imágenes de esto hay muchas y por doquier; pero, como ya dijimos, en estos tiempos una imagen vale menos que estas mil palabras.

2004/12/11

LA PLUMA LIBÉRRIMA

I
«Sin usted la sociedad funcionaría bastante mejor de como funciona ahora. Pero sin usted aquí, emputeciendo, envenenando y recortando la libertad humana, ésta no sería tan apreciada por mí, ni volaría tan alto mi imaginación, ni mis deseos serían tan pujantes, pues todo eso nace como rebeldía contra usted, como la reacción de un ser libre y sensible contra quien es la negación de la sensibilidad y del libre albedrío. De modo que, fíjese, por dónde, a través de qué vericuetos, resulta que, sin usted, yo sería menos libre y sensible, mis deseos más pedestres y mi vida más hueca.»

MARIO VARGAS LLOSA, Los cuadernos de don Rigoberto
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I

Para nadie es un secreto que Mario Vargas Llosa (Arequipa, 1936) es, desde hace un buen rato (y a pesar de muchos estultos), uno de los más preclaros paladines de la libertad: su admirable vocación, su esencia intelectual, sus grandes preocupaciones, sus mayores desencantos, sus más viscerales compromisos, están subordinados a esa palabra vital que, todos nosotros, en algunas ocasiones acariciamos y arropamos denodadamente, y en otras, denostamos y maldecimos con infatigable fervor: la libertad.

Porque si, para la lúcida pluma de Mario Vargas Llosa (MVLL), la vocación literaria “no es un pasatiempo, un juego refinado que se practica en los momentos de ocio. Es, más bien, una dedicación exclusiva y excluyente, una prioridad a la que nada puede anteponerse, una servidumbre libremente elegida que hace sus víctimas (de sus dichosas víctimas) unos esclavos”; entonces debemos inferir que él considera a la libertad como el valor supremo –¡el ente rector de cada uno de los actos!– de todos los seres humanos.
Por lo tanto, para entender la ideología vargasllosiana es necesario rumiar con detenimiento el significado de la ‘libertad’, pues, el individuo MVLL, con sus aciertos y errores, es el fiel reflejo de la libertad en movimiento, de la edificante metamorfosis, del constante e insobornable cotejo entre lo real –actual– y lo ideal.
Para ser realmente libres debemos tener un aprendizaje intelectual de la libertad. Y como decía Nietzsche, aprender nos transforma; entonces el ejercicio pleno de la libertad nos mantendrá, como en el caso de MVLL, en incombustibles transmutaciones de toda índole... ¿Y qué es la libertad? La libertad es una palabra que está irremisiblemente atada a una paradoja: porque es, a la vez, una bendición y una maldición (pero es nuestra mejor garantía); y dentro de esta enrevesada contradicción debemos descubrir su esencia, como trata de hacerlo el librepensador español Fernando Savater cuando afirma: “ser libre implica equivocarse y aun hacerse daño a sí mismo al usar la libertad: si por ser libres jamás puede pasarnos nada malo o desagradable… es que no lo somos.

MVLL –sus más logradas novelas lo demuestran– es un hombre de contradicciones: donde él identifica una contradicción, allí mismo encuentra los gérmenes de una nueva ficción. Revisemos, por ejemplo, su última novela “El paraíso en la otra esquina” (2003): el deseo de escribir una obra sobre la feminista y pionera del socialismo Flora Tristán, nació en su juventud, cuando terminó de leer “Peregrinaciones de una paria” (recordemos que en esos tiempos MVLL era más sartriano que el propio Sartre, y se exaltaba con los nuevos vientos que soplaban en Cuba gracias a esos ‘barbudos’ idealistas que defenestraron al dictador Fulgencio Batista); pero, luego, cuando empezó a indagar sobre la vida del nieto de Flora Tristán, el pintor Paul Gauguin, encontró una historia diametralmente opuesta que le podía servir para expresar, mediante una ficción, sus preocupaciones (y, desde luego, sus posiciones) de carácter político e ideológico. Revisemos, para más referencias la contratapa de su última novela, publicada por editorial Alfaguara el año pasado: “¿DÓNDE SE ENCUENTRA EL PARAISO? ¿En la construcción de una sociedad igualitaria o en la vuelta al mundo primitivo? Dos vidas: la de Flora Tristán, que pone todos sus esfuerzos en la lucha por los derechos de la mujer y de los obreros, y la de Paul Gauguin, el hombre que descubre su pasión por la pintura y abandona su existencia burguesa para viajar a Tahití en busca de un mundo no contaminado por las convenciones. Dos concepciones del sexo: la de Flora, que sólo ve en él un instrumento de dominio masculino, y la de Gauguin, que lo considera una fuerza vital imprescindible puesta al servicio de su creatividad. ¿Qué tienen en común esas dos vidas desligadas y opuestas, aparte del vínculo familiar por ser Flora la abuela materna de Gauguin? Esto es lo que Vargas Llosa pone de relieve en esta novela: el mundo de utopías que fue el siglo XIX. Un nexo de unión entre dos personajes que optan por dos modelos vitales opuestos que develan un deseo común: el de alcanzar un Paraíso donde sea posible la felicidad para los seres humanos.” (Desde luego que si pudiéramos volver a los años sesenta, ese Mario Vargas Llosa joven y con mostacho, nos diría que el paraíso se encuentra en el socialismo. Pero ahora él es un convencido de que el paraíso no existe, y que la mejor manera de caminar hacia el progreso es mediante el liberalismo).
Es importante resaltar ese espíritu contradictorio de Vargas Llosa, porque a así comprenderemos de dónde nace ese desmedido e insaciable amor por la libertad (y, como consecuencia de esto, por el liberalismo): si uno lee sus memorias –El pez en el agua– inmediatamente descubre a su ‘demonio’ mayor.
Si el bardo César Vallejo tuvo el momento más difícil de su existencia en prisión; Mario Vargas Llosa lo tuvo cuando –frisando los diez años– descubrió que su padre no había muerto. Este exaltante hecho es fundamental en su vida: lo echó para siempre del paraíso... Cuando aparece su inefable padre –Ernesto Vargas Maldonado–, el niño Marito siente la presencia del más grande e indoblegable ‘demonio’ que haya podido germinar en su individualidad. La relación conflictiva con su progenitor lo invitará lenta e inevitablemente a gestar su espíritu de contradicción: “Y es probable que sin el desprecio de mi progenitor por la literatura, nunca hubiera perseverado yo de manera tan obstinada en lo que era entonces un juego, pero se iría convirtiendo en algo obsesivo y perentorio: una vocación. Si en esos años no hubiera sufrido tanto a su lado, y no hubiera sentido que aquello era lo que más podía decepcionarlo, probablemente no sería un escritor.”Así se gesta su vena contradictoria, y, así, también, MVLL empieza a considerar a la libertad como el valor más preciado de los seres humanos. Él está convencido de que si no hubiera sido por su padre (y, por supuesto, por sus sinuosos días en el colegio militar Leoncio Prado), nunca hubiera sido consciente de la importancia de la libertad individual. (En esto del ‘demonio paterno’ se parece mucho a Franz Kafka. Ver, para más referencias, la desgarradora “Carta al padre”.)
II
En la primera parte se habló más del artista MVLL que del ciudadano MVLL. Lo hemos hecho para dejar en claro cuál es la más grande preocupación vargasllosiana (y que, como veremos, abarca tanto al artista como al ciudadano). En MVLL es imposible disociar la convicción y la responsabilidad, el pensamiento y la acción. Él es ante todo libre: MVLL es lo que escribe, y él elucubra lo que piensa. Y en ello pone toda su sangre, entrega toda su pasión. Esta plausible coherencia lo ha llevado a la selectiva palestra donde se encuentran los intelectuales comprometidos con su tiempo.
MVLL siempre ha sido consecuente con sus ideas, no ha traicionado nunca a su pensamiento. Lo que pasa es que por diversos motivos muchos no entienden (o no quieren entender) su prédica democrática: “Yo reprocho a quienes creen que la responsabilidad de un intelectual de izquierda consiste en ponerse al servicio incondicional de un partido o un régimen de esta etiqueta, no es que fueran comunistas. Es que lo fueran de una manera indigna de un escritor: sin reelaborar por cuenta propia, cotejándolos con los hechos, las ideas, anatemas, estereotipos o consignas que promocionan; que lo fueran sin imaginación y sin espíritu crítico, abdicando del primer deber del intelectual: ser libre”.

El garrafal error parte de haber encasillado a MVLL en la “izquierda”; decir tajantemente que él era socialista, progresista, sobre todo en los años 60, justamente cuando aparece como una grata realidad literaria (ganando el Premio Biblioteca Breve en 1962 con La ciudad y los perros, y el Premio Rómulo Gallegos en 1967 con La Casa Verde). Cuando se gesta el ‘boom’ de la literatura hispanoamericana MVLL fue partidario de las revoluciones (ver sus novelas Conversación en La Catedral y la quijotesca Historia de Mayta), también celebró la revolución cubana encabezada por Fidel Castro, y fue seguidor incondicional de Sartre (tan así que sus amigos lo apodaban ‘el sartrecillo valiente’), hizo planteos de insurrección a partir de la literatura, etcétera y etcétera. Pero el punto de quiebre lleva el nombre de un desaparecido poeta cubano: Heberto Padilla.

El célebre ‘caso Padilla’ hizo que varios intelectuales –Octavio Paz por citar un ilustre nombre–, desencantados, se alejaran para siempre de la revolución cubana. Padilla fue premio Nacional de Poesía de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba y su ‘delito’ fue ser demasiado crítico con el régimen castrista. Este escándalo desembocó en su encarcelamiento en 1971, año en el que editó ‘Provocaciones’. Además fue obligado a retractarse públicamente de sus opiniones. Fue en ese año que MVLL, decepcionado de la revolución cubana, reevalúa a la democracia (lo que muchos llaman obtusamente ‘derechizarse’, abdicar ante la burguesía), y llega a la conclusión de que, como ya lo dijo una vez el Nobel W. Churchill, era el menos malo de los sistemas políticos inventados por el hombre.
Lo cierto es que MVLL fue siempre un liberal (como afirman jóvenes críticos): no estuvo consciente de ello cuando era un novel escribidor. Moral, éticamente, él se comprometió con el socialismo, pero cuando descubrió que en el socialismo no se respetaba la libertad individual (caso Padilla) y mucho menos los más elementales derechos humanos, se divorció de inmediato de esta ideología.
Su alejamiento del socialismo se robustece cuando advierte que programas capitalistas de simientes liberales comienzan a tener éxito en varios países, sacándolos del subdesarrollo… Descubre, entre otros, a Karl Popper, Hayek, Isaiah Berlin, grandes difusores de la ideología liberal: defensa de la libertad individual y social en lo político y de la iniciativa privada en lo económico.
Así, MVLL, se lanza “Contra viento y Marea” en defensa de la libertad y la democracia: “Defender la opción democrática para América Latina no es excluir ninguna reforma, aun las más radicales, para la solución de nuestros problemas, sino pedir que se hagan a través de Gobiernos nacidos de elecciones y que garanticen un estado de derecho en el que nadie sea discriminado en razón de sus ideas. Esta opción no excluye, por supuesto, que un partido marxista-leninista suba al poder y, por ejemplo, estatice toda la economía. Yo no lo deseo para mi país, porque creo que si el Estado monopoliza la producción, la libertad tarde o temprano se esfuma y nada prueba que esta fórmula -y su alto precio- saque a una sociedad del subdesarrollo. Pero si es éste el modelo por el que votan los peruanos lucharé porque se respete su decisión y porque, dentro del nuevo régimen, la libertad sobreviva”.MVLL nunca fue de izquierdas ni de derechas. El es un inclasificable, una pluma libérrima, rebelde e insaciable que sabe muy que –y parafraseando a Albert Camus– la libertad no está hecha de privilegios, sino que está hecha sobre todo de deberes.

2004/11/16

LA HISTORIA SE VUELVE A REPETIR

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Antes el pisco y el ceviche... Ahora la lúcuma y la chirimoya
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En el diario EL PUEBLO

Dicen, los expertos en la materia, que existe una barrera infranqueable entre el patriotismo y el nacionalismo; porque el primero es el innato amor por la tierra donde uno nació, el otro, en cambio, es una mera doctrina desfasada que a veces linda con la estupidez. Se dice, también –y se dice bien–, que hay “que ser mansos pero no mensos”; lamentablemente los peruanos, muy a menudo, parecemos hacer oídos sordos ante estas sabias recomendaciones.

El acto de defender (a rajatabla) los alimentos, manjares, bebidas y en general cualquier cosa oriunda de nuestro país no es, en ningún caso, una acción que nos condena –a los que lo hacemos– a ser vistos como nacionalistas trasnochados; porque éste es un acto de justicia, un deber bien cumplido, pues así salvaguardamos los intereses de la tierra que nos vio nacer.



Los peruanos somos mansos; pero esa peligrosa mansedumbre nuestra ha llevado a que se catalogue mundialmente al pisco como una bebida de raigambre chilena, a la papa como tubérculo oriundo de Rusia –otros despistados dicen que es de ¡Irlanda!–, y, ahora último, se está divulgando otro disparate más grande que los dos anteriores. En Estados Unidos se ha generado un delirante duelo entre ecuatorianos y mexicanos, el motivo: ¡El ceviche! ¡Se pelean por la paternidad del ceviche!
Ya es harto conocido que el asfixiante capitalismo tiene como irrenunciable estigma a la productividad. Esta última, aunada a una fuerte y oportunista propaganda publicitaria, ha hecho que bebidas y alimentos de estirpe peruana sean considerados en todo el planeta como originarios de otras naciones.
Al pisco, tan sólo su (peruanísimo) nombre lo amarra insoslayablemente al Perú. El pisco es la bebida bandera de nuestra nación; es un excelente trago que, lamentablemente, no es explotado por nosotros en la debida magnitud que se merece. Chile, sin embargo, produce y exporta pisco –un pisco de segundo nivel, un pisco bastardo– en cantidades industriales y lo difunde, abusivamente, como bebida chilena.
Con la papa pasa algo similar, porque quien no sabe que este tubérculo es peruano no ha ojeado un libro de historia. Pero, las estadísticas dicen que Rusia es el primer productor mundial de este alimento; por tal motivo se asocia falazmente a la papa con el país de León Tolstoi, aunque también aletean por allí otras alarmantes aberraciones que afirman que la papa es de Irlanda.
Así tendríamos para mencionar una inacabable lista de aleccionadores ejemplos sobre lo que pasa debido a ese marasmo de los peruanos que es aprovechado por foráneos oportunistas. Pero este punible atropello no sólo se comete con bebidas o tubérculos, también hay frutas y platos típicos que tratan de ser falseados, porque el nuestro al ser un país tan rico y diverso –como muy pocos en el mundo–, ostenta una dilatada cantidad de alimentos e invenciones gastronómicas autóctonas.
La lúcuma y la chirimoya son frutas peruanas. Pero nuestros vecinos del sur nos las quieren hurtar con sus famosas malas artes; nuevamente las marcadas diferencias de productividad y difusión –a favor de los chilenos– han hecho que se crea erróneamente que la lúcuma es chilena. (En el caso específico de la chirimoya, los chilenos han llegado al extremo de manducarle la segunda sílaba para trastocar el nombre y darle, arteramente, un aliento nacionalista: ¡chilemoya!)
¿Qué estamos esperando? No podemos seguir con las manos cruzadas. Nadie pide que adoptemos una postura nacionalista. Simplemente, debemos, de una vez por todas, defender lo que nos pertenece. Dejemos de lado el marasmo y actuemos: rescatemos esa peruanidad que tanto exaltó nuestro extinto coterráneo Víctor Andrés Belaúnde.
ORLANDO MAZEYRA GUILLÉN

2004/11/11

MARADONA versus BORGES

SOBRE MAYORÍAS Y MINORÍAS
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Es muy cierto que la cultura parece estar condenada a ser patrimonio de abrumadoras minorías. Pero, si uno se olvida de esto, puede caer en la tentación de preguntarse si ¿habrán alguna vez fabulado, con esa prodigiosa capacidad ficcional que los inmortalizó, Cervantes, Shakespeare o Dostoievski, un mundo en el que el arte de los 'pies' subyugue al arte de la 'testa'?

El grandilocuente efecto Maradona -que, como en otras ocasiones similares, tuvo en vilo a todo el planeta hace unos meses- no hizo más que confirmar que en estos tiempos de la globalización (o, como diría el escritor uruguayo Eduardo Galeano, de 'la bobalización') importa más lo que hacen, o dejan de hacer, los inagotables y desechables ídolos de barro, que lo que hacen nuestros maltratados e ignorados intelectuales de carne y hueso que profundizan y sostienen la cultura del planeta.

Todos sabemos cómo la Argentina arropó a su máximo referente futbolístico y, en contrapartida, nos sorprende la brutal indiferencia a la que fue sometido, cuasi de por vida, el inigualable Jorge Luis Borges (que tuvo que esperar el reconocimiento del Viejo Mundo para no morir en el olvido. Y que, dicho sea de paso, era un insobornable enemigo del fútbol).

¿No es acaso desconcertante que Maradona sea más famoso que Borges o Cortázar? Es incomparable, también, la fama del goleador madrileño Raúl González con la del autor de El Quijote, y ni qué comentar de Beckham (que es todo un éxito editorial en todo el planeta con su autobiografía... Muchos de sus acérrimos lectores tal vez no ojearon nunca a Charles Dickens o al mismo Shakespeare: ¿cosas del fútbol?).

Durante el mundial que consagró a Diego Armando Maradona como el mejor futbolista del mundo (México '86), le preguntaron a Mario Vargas Llosa, qué era Maradona. Nuestro más prestigioso intelectual, respondió: "Es una de esas deidades vivientes que los hombres crean para adorarse en ellas". Cabría preguntarnos quién tiene más culpa: el fetiche fabricado por el pueblo o, quizás, los fetichistas mediáticos que, sometidos por la parafernalia de los medios, lo elevan a las cimas inalcanzables.

El propio Mario Vargas Llosa, afirma: “Me gusta el fútbol por mí mismo, no por razones colectivas”. Él descalifica abiertamente ese gregarismo que está atado por antonomasia a la multitudinaria afición futbolera: porque todo lo que nos colectiviza –regionalismos, nacionalismos, fanatismos– en cierto sentido (o, quizás, en muchos) nos embrutece, nos resta libertad individual y nos hace volver (consciente o inconscientemente) a esas remotas épocas tribales.

El mensaje final no rechaza –no debiera rechazar– ciegamente al fútbol (que, desde luego, tiene sus pro y sus contra), sino que exalta la necesidad de darle a la cultura el lugar preponderante en el que nunca estuvo, pero, sin duda, merece estarlo para el beneficio de todos.

EL DICCIONARIO DE LOS RECUERDOS

“La mejor manera de librarse de una tentación es caer en ella.”
Oscar Wilde

I

Ayer, hasta antes de ese inédito suceso (que motivó el parto de este verídico e íntimo relato), mi estado corporal arrojaba una terna de breves diagnósticos: mi atolondrada cabeza lucía exenta de inquietudes, mi estómago vagamente irritado y mis pies bastante fatigados. Acababa de regresar de la soporífera misa dominical a la que asisto, puntualmente, todos los fines de semana, en compañía de mi inefable abuelo Santiago… Y tengo que confesar que los domingos no son nada generosos conmigo: después de empujarme no menos de cincuenta minutos escuchando de pie la impetuosa prédica de un curita rollizo, me tengo que someter a una maratónica caminata que me deja, literalmente, hecho añicos.
«Las caminatas me ayudan a sentirme vivo», me repite varias veces mi abuelo, mientras intenta trotar sin éxito. Vivimos exactamente a trece extensas cuadras de la acogedora parroquia que regenta el padre Nicanor Escudero; y, gracias a este proverbial y saludable vicio de mi añoso abuelo, ya me conozco de paporreta hasta las más sutiles imperfecciones de las maltratadas aceras que nos conducen a casa... Pero (recalco nuevamente que) ayer no fue un domingo común y corriente… Fue más bien un domingo sui géneris, un día que me trajo remembranzas que parecía tener olvidadas por entero; pero que siguen allí: revueltas en alguna caprichosa esquina de mi empolvado e intangible baúl de recuerdos.
Los domingos, lo común es que, apenas llegados a casa, tomemos una pequeña siesta para recuperar las fuerzas (y las ganas de vivir). Pero, ayer al abuelo se le ocurrió inventar una actividad de índole cultural. «A partir de hoy vamos a enriquecer nuestro vocabulario», me dijo mientras me entregaba un pesado mamotreto de color rojo. Cuando le eché una ojeada a la tapa –que presentaba unas raquíticas letras de color mármol–, lo identifiqué al instante: era el diccionario Karten que muchas veces utilicé para desarrollar las tormentosas tareas que me dejaba en el colegio mi exigente profesor de Lengua y Literatura, Pedro Torres.
«He notado que te expresas con mucha jerga», me dijo señalándome y frunciendo el ceño con ínfulas inquisidoras. Luego me advirtió que utilizando un lenguaje vulgar no llegaría muy lejos en la vida, y me invitó a aprender una nueva palabra cada día para robustecer mi vergonzosa dicción. «Esto va a ser como un jueguito educativo –me dijo, levantando ligeramente la voz–. Tomas el diccionario, abres una página al azar y lees el significado de la primera palabra sobre la que descansen tus ojos, ¿entendido?» Cuando estaba a punto de decirle que su juego me parecía bastante idiota, me sacó el libro de las manos y empezó a efectuar las tareas que me había indicado: tomó el libro, abrió una página al azar y me preguntó:
–¿Tú sabes el significado de la palabra ilibio?
–No –le dije rascándome la cabeza y sintiéndome un completo ignorante.
–Ilibio es un insecto coleóptero, que habita en las aguas estancadas –me dijo calmosamente, luego cerró el diccionario con una energía innecesaria, me lo entregó y dictaminó–: Ahora te toca a ti.
Hasta ahora no entiendo por qué me asusté: sí, sentí que un insondable miedo se apoderó de mí. Parece absurdo, pero cuando tuve el diccionario en las manos no quise abrirlo. Creo que mi abuelo no lo percibió en mi rostro, porque hizo tronar los dedos de su arrugada mano y me apuró:
–¿Qué es lo que estás esperando? –me preguntó con inocultable molestia.
–Nada, sólo estaba pensando… –alcancé a murmurar.
Abrí el diccionario casi a la mitad, y la primera palabra que mis ojos auscultaron ¡ya la conocía! Me sentí sabio, invencible, infinitamente feliz.
–¡Ya la conozco! –le dije sonriendo a mis anchas.
–No importa –me dijo moviendo la cabeza–. Lee su significado de todas maneras.
–Paja: caña de trigo, cebada y otras gramíneas, una vez seca y sin grano.
Apenas terminé de leer el significado de la palabra me empecé a reír. Al abuelo le desagradó mi descontrolada y copiosa hilaridad y, por eso, resolvió cortarla al instante:
–¡Silencio! –me dijo, enervándose y deformando la cara–. Me puedes decir cuál es el motivo de tu risita.
–Ninguno –le dije un poco atemorizado–. Lo que pasa es que ése no es el único significado de la palabra paja.
No sé si el abuelo alcanzó a asimilar lo que traté de darle a entender; pero me consuela saber que mi inútil comentario sirvió para ponerle fin a la adormecedora actividad en la que nos habíamos enfrascado. «A veces no te entiendo, muchacho del Señor...», me dijo antes de encender su puro. Empezó a fumar y a comentar sobre lo mal que andaba el país por culpa de todos sus desbrujulados compatriotas.
«La paja es la masturbación», pensé mientras oía al abuelo despotricar contra el país y los politicastros. A los pocos minutos, dejé al abuelo con el pretexto de ir al baño. Fui al escusado con el diccionario en las manos. Quería masturbarme, hacía semanas que no lo hacía.
«¿Sabrá el abuelo lo que es ‘correrse la paja’? –me pregunté inocentemente–. ¡Claro que lo sabe!… Es más, estoy seguro que todavía se masturba…»
Muchas preguntas frívolas acerca de la masturbación empezaron a aletear por mi cabeza y me quitaron las ganas de tocarme. Ese diccionario me había traído viejos recuerdos. Y por eso, en vez de masturbarme, recordé como se gestó mi primera masturbación.





II

Fue en segundo de media, el año en que mi chistoso e inolvidable amigo Marín Medina –apodado «el Cabezón», por su prominente testa–, me preguntó solapadamente después de una anodina clase de Educación Sexual:
– Oye Duarte, ¿tú ya te jalas la tripa?
– ¿La tripa? No hables sonseras Cabezón –le respondí medio atontado. Yo no le entendí nada, creía imposible poder jalarme un órgano que estaba encerrado en las cavidades de mi cuerpo; me pareció una pregunta bastante idiota. «¿Me estará jugando una broma?», me pregunté sin encontrar respuesta.
–No te hagas el gil –me dijo el Cabezón, con una mirada severísima y bajando el tono de su voz–. ¿Alguna vez te has corrido la paja?
Allí recién me di cuenta que se refería a la masturbación. Yo, asustado y más confundido aún, le dije que no, que nunca en mi vida lo había hecho. Pero, de pronto, sentí un irreprimible hormigueo en toda la piel; me invadió una morbosa curiosidad por saber si él lo había hecho, y, casi inmediatamente, le pregunté (notoriamente aturdido):
– ¿Tú sí te has pajeado, Cabezón?
– ¡Claro, es rico! Se siente de puta madre –me respondió orgulloso, y empezó a sonreír pícaramente.
Yo le advertí que eso era malo y que de seguro él era el único de la clase (¡y tal vez del colegio!) que había llevado a cabo tan repudiable acto. El Cabezón me miró con infinito desdén. Me dijo que era un pobre cucufato y que no era digno de ser su amigo, luego me comparó con los más torpes e idiotas de la clase, entre ellos, el mejor exponente era mi lerdo compañero Joaquín Carrillo.
– ¡Me das asco, mierda! ¡Eres un idiota! –recuerdo que me decía muy convencido–. Hasta el imbécil del Carrillo se la corre todos los días.
Me aseguró que yo era uno de los pocos infelices que «no gozaba como los machos jalándome la tripa». Yo traté de aparentar firmeza, quería ocultar mis nervios pero no podía hacerlo: mi bochorno era algo incontenible. Respiré hondo antes de decirle que todo lo que él fanfarroneaba eran puras mentiras y lo amenacé con acusarlo con el profesor:
– ¡Basta! ¡Cállate! –le decía para que ya no me molestase–. Ahorita me paro y le digo al Hermano Gabriel para que te castigue por morboso.
Él, cansado de mi obcecada incredulidad, me dijo que era un pobre maricón y me retó a hacer una rápida encuesta: me ordenó preguntar a todos los de mi alrededor si es que se masturbaban:
–¡Pregunta! ¡Pregúntales pues, estúpido! –me increpaba, alterado, y empezó nombrar a mis circunstantes–: Al Cuadros, al Álvarez o al Rivera. Para que veas que también se pajean, tú eres el único que no se la corre… ¿No te das cuenta? Eres un anormal... Seguro no se te para.
Sentí temor, me temblaban las piernas. En esos insufribles momentos yo acusaba un enorme vacío en el estómago y se me empezó a secar la boca. Crucé nerviosamente los brazos y le dije que yo de ninguna manera efectuaría esa engorrosa pregunta; eso para mí era una total e inaceptable falta de respeto, y que ¡no!, no lo haría. El Cabezón me empezó a hacerme muecas como si yo fuese un ser repelente, algo peor que una carroña viviente… Después, inexplicablemente empezó a reírse con muchos bríos mientras murmuraba que «no se me paraba el payaso». Finalmente, me hizo un movimiento despectivo con su mano derecha (como mandándome, sin preámbulos, directo al tacho de la basura que descansaba en una esquina del aula), y se puso a conversar con Lino Cuadros acerca de lo inepto que yo era.
Mientras lo miraba con un odio creciente, intuí que él tenía la razón y que yo era el único equivocado: me había eclipsado. Me hizo sentirme un infeliz... un cobarde, un triste afeminado.
En esos amargos (o tal vez lúcidos) instantes recordé que cada vez que ojeaba placenteramente la sección de Amenidades –la penúltima hoja– de la revista Caretas, donde siempre aparecían guapas señoritas semidesnudas con enormes traseros y exuberantes pechos, me daban ganas de tocarme el sexo. (Yo trataba de entender por qué el hecho de ver tan rutilantes formas femeninas me hacía sentirme bastante ‘contento’. ¿Eran, tal vez, los primeros indicios de la excitación y del más diáfano placer erótico?)
La caliente e inquietante conversación con el Cabezón, me dio el decisivo empujoncito anímico que necesitaba para tomar la inolvidable determinación: ¡el sábado me la tengo que correr!
Y así fue: una tarde sabatina, encerrado en mi habitación, y en medio de innumerables e insinuantes fotos –que rigurosamente seleccioné y recorté ocultamente de varias ediciones de Caretas–, me corrí, por primera vez (y en forma satisfactoria), la paja… Hasta antes de ese remoto día, el hecho de frotarse el pene con la mano resultaba para mí, un asqueroso acto sólo digno de los peores violadores y de los más repudiables pervertidos sexuales. Pero luego, por pura conveniencia personal, sólo lo consideré un simple y perdonable pecadillo que, entre otras cosas, te condenaba a ir al baño para lavarte las manos (una vez terminada la placentera y solitaria faena).
Parece estúpido, pero ahora (y no sé por qué extraña razón) siento que desde aquel sábado, extinto por el irremisible paso de los años, guardo una relación muy visceral con ese enorme diccionario: siento que cada palabra que hay allí me traerá inmediatamente un recuerdo (o me llevará a hacer cosas que nunca hice por absurdos e inconfesables temores puritanos).
Es, pues, el diccionario de los recuerdos, de mis recuerdos, y nada más.

2004/11/08

DÍAS DE SANTIAGO

El joven cineasta Josué Méndez (Lima, 1976) lleva a la pantalla grande la historia de Santiago, un joven comando de la Marina que, luego de combatir contra el terrorismo, el narcotráfico y el Ecuador, se retira de la azorada vida militar y busca, desesperadamente, volver a encajar en esa Lima amorfa, asfixiante y decadente, que se niega a abrirle un porvenir digerible.
Santiago existe en la vida real: contó su conmovedora historia e inclusive asistió diligentemente a Méndez durante todo el rodaje de la celebrada película; claro que, con los inevitables añadidos y manducaciones del director, la cinta se emancipa de la realidad, la corrige, la altera y le da, con la excelente actuación de Pietro Sibille, una hondura psicológica que, en varias escenas, abruma al espectador.
El protagonista tiene un obsesivo latiguillo que, sin duda, lo aprendió durante su vida castrense: “Todo tiene un orden”. Él trata, a su extravagante manera, de “encontrar la línea”, de arañar el ansiado orden que le permita encajar en una sociedad (que, paradójicamente, no tiene una pizca de ese orden que Santiago persigue tenazmente). Lamentablemente su compleja psicología, empapada de paranoia y desazón, le juega sucesivas malas pasadas y no hace más que perfilarlo rumbo al caos y la confusión. Su vida es, en resumidas cuentas, como su sociedad, semejante a su propio país: una interminable behetría.
Para el ex-comando no hay trabajo a la vista y el haber luchado por su patria resulta siendo una credencial deleznable. El sistema le cierra todas las puertas, cosa que también ocurre con sus estimados camaradas: uno de ellos (el Rata) decide que la vida ya no vale la pena y se ajusticia con una soga, otros deciden aplicar todos los conocimientos aprendidos en la Marina para realizar el robo perfecto (y pasaron de ser casi héroes de la patria a abyectos delincuentes).
La convulsionada familia de Santiago acentúa considerablemente su caos personal: un padre que, con hipócritas maneras, lo echa del hogar (y que, en una de las escenas más intensas del film, resultó siendo un pederasta que abusaba de su propia hija menor), una madre sufrida que, al conformarse con su vergonzante realidad, parecía haberse convertido en poco menos que una deplorable posma, un hermano matón y alcohólico que pelea diariamente con su mujer como si fueran perro y gato. Esta última –y como para ponerle la cereza al pastel familiar– se ofrecía en bandeja a Santiago y lo llevó a explorar límites carnales insospechados.
Días de Santiago” es la película peruana más premiada de la última década. Desde su aparición en el Festival Internacional de Cine de Rótterdam (uno de los más importantes en el campo de la promoción, producción y apoyo a nuevos realizadores), el film ha recibido nada menos que once condecoraciones internacionales y ha participado en más de veinte festivales. El director –que empezó su prometedora carrera realizando cortos de bajo presupuesto en Arequipa–, estudió cine y estudios latinoamericanos en la Universidad de Yale y ha sido seleccionado por la Cinefondation del Festival de Cannes para participar de la Residencia, donde gestará su próximo proyecto cinematográfico: “Dioses”.
El protagonista de la película, Pietro Sibille, fue premiado como el Mejor Actor en el Festival de Cine Independiente de Buenos Aires, Argentina. Este premio no hace más que confirmar su descollante actuación que, a pesar de sus exasperantes paranoias y desencuentros, hacen de Santiago un personaje entrañable. Será, tal vez, que todos tenemos un poco de ese Santiago que pasa sus “días” desplazándose por las calles de una ciudad atestada de ruido, desorden y peligro... de ese Santiago que se somete al caos de transportarse en colectivos y que, solitario, camina por el Jirón de la Unión desconfiando de todo y de todos... porque así son las cosas en la gran ciudad que lo jalona de manera perpetua.

Orlando Mazeyra Guillén

2004/09/10

¿ESTÚPIDOS HOMBRES BLANCOS? (Bush bajo la perspicaz mirada de Michael Moore)

Por ORLANDO MAZEYRA GUILLÉN
Diario EL PUEBLO

Hace algunos años, el polémico cineasta y escritor Michael Moore (MM) habló, por primera vez, con George W. Bush, y recibió de éste una sincera y lacónica recomendación: “¡Compórtate bien! Búscate un trabajo de verdad”. Pasó el tiempo. Bush fabricó una guerra y se tuvo que tragar, en varias dosis, el repudio mundial; Moore, por su parte, acaparó importantes premios y reconocimientos. Conclusión: parece uno de los dos no se comportó bien y, de paso, le dio al otro la invalorable oportunidad de mostrarles a sus compatriotas –y, desde luego, al mundo entero– aquello que no querían (o no podían) ver.

En 1954, la ciudad de Flint (perteneciente al estado de Michigan) vio nacer, con comprensible indiferencia, a MM. Hoy, cincuenta años después, el incisivo Moore ha logrado que ese desinterés inicial se torne en una creciente fama que genera sentimientos encontrados: MM habla a diario ante auditorios atiborrados de norteamericanos ansiosos por conocer el lado oscuro de la gestión del inefable presidente Bush; MM es censurado, y tildado de antiestadounidense, por los defensores del régimen; MM, con su última producción cinematográfica, “Fahrenheit 9/11”, está en la cresta de la ola: rebasa la barrera de los cien millones de dólares en taquilla...

Sin duda, la pésima labor presidencial de George W. Bush le dio de comer a este inquisidor: “Bowling for Columbine”, agudo documental donde explora el temor crónico de los estadounidenses y su íntima relación con las armas, alcanzó un premio en el Festival Internacional de Cine de Cannes y un Oscar a la Mejor película documental en el año 2002. Y, este año, “Fahrenheit 9/11”, recibió la Palma de Oro en el festival de Cannes que, siempre es bueno recordarlo, es considerado el certamen cinematográfico más prestigioso del orbe.
“Fahrenheit 9/11”, es un incandescente largometraje que analiza con detenimiento la sinuosa labor de Bush en la Casa Blanca (partiendo de un supuesto fraude en el proceso eleccionario, donde, según MM, derrotó con malas artes al candidato del partido demócrata Al Gore). Pero, el nudo central de la extensa y cruda producción cinematográfica, es el salvaje atentado a las Torres Gemelas del 11 de septiembre del 2001 (9/11) que marcó con sangre y horror el inicio del tercer milenio.
Entre sus célebres producciones librescas, Moore tiene, entre otros, los siguientes títulos: “Estúpidos hombres blancos” y “¿Qué han hecho con mi país?”. El primero de éstos, ya circula en Arequipa hace un buen tiempo y viene acompañado de un escueto prólogo del reconocido periodista argentino Jorge Lanata (que se centra en el niño MM, quien, al parecer, empezó a indagar obsesivamente desde el día en que descubrió que le habían mentido): “No hay nada peor que un niño cuando entra en cortocircuito con el mundo. ¿Por qué le dijeron que todos éramos iguales? ¿Quién le enseñó que la justicia era justa? ¿Quién fue el responsable de meterle en la cabeza que la libertad existe?”
Es harto necesario el reconocer que, todo aquél que se anime a ver o leer alguna producción de MM, percibirá, sin esforzarse mucho, que toda esa bien ramificada maraña de datos (aderezada con abundantes sarcasmos), esconde un peligroso maniqueísmo. Por eso, no podemos –¡no debemos!– tomar a pie juntillas todo lo que Moore nos dice en cualquiera de sus célebres trabajos: hay, antes que nada, que cotejar información para no caer en el despropósito al que, casi siempre, suele llevarnos el poder de persuasión de una producción –sea esta ensayística o cinematográfica– tendenciosa (¿intereses políticos subrepticios?).
Lo cierto es que si “Fahrenheit 9/11” sigue convocando masivamente a los estadounidenses como lo viene haciendo hasta el momento, Michael Moore puede resultar siendo decisivo en las próximas elecciones de noviembre, donde compiten Bush y el senador demócrata John Kerry. Sólo el tiempo dirá si los norteamericanos se animan a darle por segunda vez la banda al actual presidente del país de la tarta de manzana... Por estos días, algunas palabras que pronunció el propio Bush han tomado un efecto bumerán: “Búrlate de mí una sola vez, ¡abochórname! Pobre de ti, probablemente no podrás hacerlo otra vez” (¿será, acaso, esto lo que los estadounidenses le digan en las urnas?).
© Orlando Mazeyra Guillén, 2004.



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LA VERDAD HIRIENTE Y CONTUNDENTE

RÉQUIEM POR PERÚ, MI PATRIA

A través de toda nuestra sinuosa vida republicana, nunca dejó de ser notoria esa inveterada malquerencia nuestra por las grandes y punzantes verdades que, subrepticiamente, atribulan –aparte de condenar– a nuestro irredento país. La historia de este pandemonio que tozudamente todavía llamamos Perú es, querámoslo o no, la historia de la frivolidad hecha patria, del sempiterno escamoteo de nuestras más execrables vergüenzas nacionales (¿para qué mostrarlas? Mejor soslayarlas para evitar contratiempos, ¿no es cierto?).
Perú: país de opereta, país donde todo lo que linda con lo absurdo adquiere de inmediato derecho de ciudad: lo sustancial nos repele, y lo intrascendente nos abruma y atrapa... País de vastas llagas virulentas –revísese, para más señas, el informe de la Comisión de la Verdad y Reconciliación– que preferimos ignorar con olímpica indiferencia.
Herbert Morote (Pimentel, 1935) es uno de los pocos peruanos que, desembozadamente, quiere “enfrentarnos con lo que sí duele, con lo que se ocultó en el sótano de la memoria”. Para él fue trágico descubrir que todo lo que le enseñaron sobre su –¡nuestra!– patria era falso; su desmedido afán por corregir nuestra viciada historia nacional lo llevó a componer un “Réquiem por Perú”, valiosísimo ensayo que, según Alfredo Bryce Echenique, “debería ser lectura obligatoria no sólo para todos los peruanos, sino también para todos aquellos que pretenden penetrar sin anteojeras en las mil y una falsificaciones de la realidad peruana”.
En una sincera nota liminar, el autor confiesa que no pretende agradar al lector (¿desde cuándo las más terribles verdades son agradables para alguien?), sino, más bien, desearía que, este ensayo, al leerlo duela, y duela tanto como a él le dolió escribirlo. Y, en definitiva, el libro cumple su objetivo: ¡duele! Habría que tener sangre de pato para mostrarse indiferente ante esta imperdible pieza ensayística que no rehuye a ninguno de nuestros complejos, vicios ocultos, fobias e inclinaciones perversas. Morote practica una especie de autopsia a una inefable patria que cree irremisiblemente muerta: “lo más seguro será que aquellos que protesten por la autopsia sean los mismos que contribuyeron a su muerte”.
El libro es, también, una vacuna contra la amnesia. Nos recuerda que “hemos olvidado los nombres de los ladrones, embusteros, sinvergüenzas, incapaces y traidores. Queremos recordar lo que no tiene importancia social”. Más adelante, habla sin cortapisas de nuestros “erróneos” símbolos nacionales: “los símbolos de mi patria son el Himno Nacional, la Bandera y el Escudo. Un cínico podría decir que representan fidedignamente nuestra condición hipócrita, superficial y falsa”. Morote llega al extremo de ridiculizar, con atendibles fundamentos, a nuestro Himno Nacional: música bonita con un contenido mendaz (“…libertad en sus costas se oyó” ¿dónde quedaron las primigenias rebeliones andinas de José Gabriel Condorcanqui? Lo peor de todo es que tuvo que aparecer un movimiento terrorista que exhume nuestro convenido olvido para todo lo que tiene ver con el mundo andino. ¿Se merecía eso Túpac Amaru?).
El Perú está muerto. ¿Quién lo mató? En una parte del libro descubrimos que la primera herida mortal provino de una bayoneta: “Uno de los instrumentos legales que hasta hace poco se utilizaba para someter al pueblo era el SMO. La leva sólo la cumplían los indígenas, a quienes arrancaban de sus pueblos en las formas más crueles y violentas, y los jóvenes de humilde extracción. Ninguna persona ‘decente’ servía en el ejército (esto sigue vigente). Los militares se burlaban de los sorteos, de sus propios reglamentos y de cualquier orden legal, sólo escuchaban a su entorno y a todo aquel que podía sobornarlos para rescatar a sus hijitos del SMO”.
La página 64 nos muestra un país plagado de gentes que, dentro de la personalísima taxonomía de Morote, pertenecen a lo que él considera un veneno mortal. Son los “limeñitos de m…” (LDM). El típico LDM se cree poseedor de los derechos inherentes a su estado social. Mira por encima de las cabezas de todo el resto. Para él los otros son cholos o brutos o pobres o indios, y afirmaría con orgullo el malvado dicho de que “el indio nunca es bueno, cuando es bueno nunca es perfecto, y cuando es perfecto siempre es indio” (sería conveniente aclarar que LDM no los hay sólo de la capital; los hay también arequipeños, tacneños, trujillanos, etcétera). Para Morote el impresentable Cipriani, prejuicioso y homofóbico, constituye “la sublimación del LDM, su epítome, su glorificación, es decir su ¡Gloria in excelsis Deo! Él cree que su nivel intelectual lo deja fuera de cualquier parámetro terrenal”. Tan superior se cree que se jacta de haber hecho pública su opinión de que los derechos humanos no son más que una palabra soez.
También pululan los “criollitos de m…” (CDM). Si el LDM habla en voz alta, el CDM puede pasarse callado todo el tiempo esperando que nadie lo vea rayar un auto, romper la luna, robarse cubiertos de su anfitrión, engañar a su vecino, etcétera. “Así como el cardenal Cipriani es el sumo pontífice de los LDM, Vladimiro Montesinos es el más bajo, rastrero, canalla y miserable de los criollitos de m…”.
“Réquiem por Perú, mi patria” (Palao Editores, 2004), es la mirada incisiva de un peruano que aborda todo y no se calla nada: el mito de los ricos, nuestra horrible capital, nuestros pésimos gobernantes, los falsos héroes, el pernicioso racismo, el terrorismo, nuestros intelectuales, los religiosos, los poderes del estado… “Estoy agotado de analizar heces”, confiesa en el último capítulo, y el lector, culto o profano, es copartícipe de ese sentimiento.
Herbert Morote, a lo largo de las 285 páginas de su ensayo, nos trata de mostrar esa verdad que, hiriente y contundente, habla largo y tendido de nosotros; de lo que fuimos, de lo que somos, de lo que algún día –por nuestro propio bienestar, individual y colectivo– debemos dejar de ser.
© ORLANDO MAZEYRA GUILLÉN, 2004

EL MOTOR DEL PROGRESO UNIVERSAL

Diario EL PUEBLO, 30 de junio de 2004

Para intentar sondear cómo ha influido el libro en la edificación de la sociedad actual, inicialmente tendríamos que formularnos una difícil interrogante: ¿acaso la raza humana hubiera podido alcanzar los niveles de progreso y desarrollo que hoy ostenta, sin tener al libro como la piedra angular de la preservación y difusión del conocimiento? La respuesta que disipe esta duda no debe admitir un no rotundo, porque, si nos imaginamos un mundo exonerado de los libros, necesariamente tendríamos, también, que elucubrar una civilización en la que exista algún otro medio de transmisión del saber, que sea tan práctico y portentoso como lo es el libro.
Hoy, en los albores del siglo XXI, el medio más utilizado para el transporte y enriquecimiento del conocimiento sigue siendo el libro; es cierto que la red de redes (internet) se va erigiendo como el canal fundamental para la obtención, procesamiento y distribución de la información, y, por tanto, el libro parecería estar condenado a una lenta e inminente extinción. Pero, de ninguna manera debemos olvidar que éste tan sólo ha cambiado de forma: ese conjunto de páginas acondicionadas con textos e ilustraciones, ahora adopta un formato electrónico que le permite mostrar ese conocimiento a través de las pantallas de un ordenador. Al fin y al cabo, este necesario devenir no es en desmedro del libro en sí. Antes bien, es su afirmación en su espacio y en su tiempo.
Y, ¿cómo podemos valorar la importancia del libro en nuestra vida diaria? De infinitas maneras. Pero hay una muy sencilla: si queremos, por ejemplo, saber el significado exacto de la palabra ‘libro’ tenemos necesariamente que consultar un libro que, en la lengua de Cervantes –cuya obra capital, El Quijote, lo inmortalizó gracias al libro en el que plasmó sus profusas fabulaciones–, conocemos como diccionario. El ‘mataburros’ es un inmejorable exponente de la necesidad de los libros en la construcción de las sociedades cultas y en la destrucción de las sociedades ágrafas.La aparición del libro no sólo ha ayudado (y aún, todavía ayuda) en gran medida a la alfabetización de los seres humanos y a la desaparición de esa pérfida oposición sistemática a la difusión de la cultura en las clases populares que es el oscurantismo; el libro, en sus diversos rubros, ayuda a algo fundamental e irrenunciable en el ser humano: ¡ser libre! El aprendizaje intelectual de la libertad y su difícil –pero muy necesario– ejercicio sólo se logra gracias a los libros que uno lee en el transcurso de su vida. Acá entra a tallar la literatura, que no sólo nos ayuda a cultivar la libertad, también nos hace ser conscientes de nuestras limitaciones e imperfecciones.
Mario Vargas Llosa nos dice que las buenas ficciones pueden, en muchos casos, generar una actitud de rebeldía ante la autoridad, las instituciones o las creencias firmemente establecidas. Por eso la Iglesia –cuya fe descansa sobre las páginas de, quizás, el más famoso de los libros: la Biblia– siempre desconfió de las novelas e inventó a la Inquisición, oprobiosa institución que sometió a estricta censura a muchos libros y llegó al extremo de prohibirlos en sus colonias durante centurias.Al igual que la Inquisición, todos los gobiernos que tienen como objetivo controlar la vida de los ciudadanos han desconfiado de muchos libros –en especial de las ficciones– y los han defenestrado de sus territorios mediante la censura.
A MVLL también le parece persuasiva la tesis de que los incas no quisieron conocer la escritura –y mucho menos los medios de transmisión del conocimiento como lo son los libros–, porque constituía un peligro para su “sociedad regimentada y burocrática, de hombres hormigas, en los que el rodillo compresor omnipotente anuló toda personalidad individual”. ¿Cuántos de nosotros estaríamos dispuestos a sacrificar nuestra libertad personal en pos de la justicia social? ¿Cuán imperfecta era la vida durante el Incario?
Es inútil pretender cuantificar la relevancia que ha tenido el libro como herramienta al servicio del hombre, porque sus bondades son tan profusas como insoslayables. El libro es el mejor medio que se ha inventado para difuminar la cultura y el progreso en las diversas generaciones de seres humanos. Sería útil, y sobre todo aleccionador, pensar en la no existencia de libros capitales: ¿cómo sería el mundo si no existiese la Biblia? ¿Cómo hubiese sido el mundo si Marx no hubiera elucubrado “El capital”, Cervantes “El Quijote”, Adam Smith “La riqueza de las naciones”? La respuesta más huidiza e inconveniente sería aseverar que el mundo sería distinto, pero, ¡nunca!, jamás la respuesta involucraría un adjetivo benevolente. Porque si somos conscientes de que vivimos en un mundo plagado de antípodas, de extremismos bárbaros que nos escarapelan, de fanatismos inútiles y diferencias abismales; debemos ser conscientes también de que la mejor herramienta para mejorar el mundo o hacerlo menos imperfecto es el libro.
Los más encumbrados intelectuales van afianzando sus diversas posturas gracias a los libros: en sus insaciables lecturas descubren a sus mentores. (Fueron los libros los que permitieron que Mariátegui conozca y emule a Friedrich Nietzsche, lo mismo pasó con Vargas Llosa y los galos Sartre, Camus y Flaubert.) Pero, si el libro es uno de los grandes motores del progreso universal, ¿por qué la gente cada vez lee menos? “Porque… no hay tiempo para leer”, murmurará algún despistado (con un control remoto en la mano).
© ORLANDO MAZEYRA, 2004