Advertencia para el lector

«Rechazado o aceptado, perseguido o premiado, el escritor que merezca este nombre seguirá arrojándoles a los hombres el espectáculo no siempre grato de sus miserias y tormentos.»
Mario Vargas Llosa, La literatura es fuego.

2006/09/15

SE ARRIENDA: Bienvenidos a la cordura

El pasado es un país extranjero.
Allí hacen las cosas de otro modo

L.P. Hartley




Luego de saborear como el que más la victoria de Coronel Bolognesi sobre el Colo Colo de Chile (por la Copa Sudamericana, en el estadio Jorge Basadre de Tacna), decidí conseguir el primer largometraje del escritor chileno Alberto Fuguet. Antes ya había visto –más de cinco veces, solo y acompañado– Tinta roja (dirigida por Pancho Lombardi, tacneño hincha del ‘Bolo’) y leído la novela en cuestión.

No he visto película latinoamericana que esté en tanta consonancia con Escribes.

Gastón Fernández no quiere ser escritor. Es compositor: un artista que, soñando y soñando, se quedó en sueños (ensueños). El personaje es el típico joven clasemediero con debilidades artísticas, quien, en primera instancia, recibe el apoyo familiar (paterno, para ser específicos). Un apoyo que con el tiempo se va desgastando porque Gastón no produce, y para pertenecer al sistema hay que producir (dinero, obviamente, otra cosa no sirve… como no sirve lo que no tiene precio, lo que no puede arrendarse o subastarse).
El problema es que Gastón se ha hecho viejo, quizá sin darse cuenta. Lo peor de todo es que no hay el menor asomo de coherencia entre su vanidad y su realidad (y no es bueno “pasarse la realidad por la raja”, como dijeron sus camaradas, aquellos que supieron ingresar al sistema en el momento correcto… porque no se puede vivir “haciendo poemitas o vendiendo artesanías”).

La repelencia es recíproca: de él hacia el Sistema y del Sistema hacia a él. Pero todo tiene un tiempo límite. Es hora de insertarse, de pedir disculpas agachando la cabeza, de acceder a él.
Ya no podía ser siendo el inútil de la familia y su padre le dio el empujón necesario. Gastón entró al negocio familiar (arriendos, una inmobiliaria que pertenece a su progenitor). Empezó a arrendar casas, habitaciones, departamentos… y, sin darse cuenta, empezó, también, a arrendar su esencia, sus convicciones e ideales.
Para sentirnos menos mal, o para adormecer al abogio con coartadas eficaces, hay que buscar a alguien que esté peor que nosotros. Escapar -gracias a otros- de nosotros mismos y de la puntillosa retrospección es un medida estimable. Eso hizo Gastón. Arrendó su insatisfacción. El pretexto perfecto: una confesión de uno de sus clientes que tuvo un padre desquiciado que casi lo mata a punta de balazos.
Gastón descubrió que tenía un buen padre y quiso empezar de cero. ¿Arrendando? Talvez.
La batalla, en este caso, la ganó la cordura, pues, como dice Hildebrandt, “La cordura gana casi siempre por unanimidad. Consiste en un adiestramiento del olvido. O sea, debes olvidar que el mundo podría cambiar, que no fue siempre este hervor de hormigas adictas a las figuritas. Debes olvidar tu cólera e integrarte. Y por último, debes olvidar que has olvidado.”
Gastón Fernández debe empezar por olvidarse de su pasado… ese país extranjero que lo acusa, lo seduce y también lo ensalza; porque está impregnado de ese odio afectuoso que nadie podrá arrendar.

1 comment:

Anonymous said...

hmm... 10x for thread )