Advertencia para el lector

«Rechazado o aceptado, perseguido o premiado, el escritor que merezca este nombre seguirá arrojándoles a los hombres el espectáculo no siempre grato de sus miserias y tormentos.»
Mario Vargas Llosa, La literatura es fuego.

2010/06/05

NO ME OLVIDÉ, ¡CÓMO PODRÍA!

Diego, yo sueño: www.nomeolvide.com

Por Orlando Mazeyra Guillén

Diego Armando Maradona Franco es más que una persona: es el resumen brutal –desproporcionado, afiebrado hasta el cataclismo emocional– de todas las variantes que podemos encontrar en la raza humana (anidan en su alma, engarzándose bajo el imperio de la contradicción, tanto el genio como el negado, el soberbio y el humilde, el coraje y el temor, el modelo a seguir y la imagen a descalificar sin miramientos. Maradona es arte y basura; salud y enfermedad; fe y desesperanza. Pero, el mejor jugador de toda la historia de los mundiales de fútbol, es, por sobre todas las cosas, uno de los personajes más auténticos que nos ha regalado el siglo XX).
El niño misérrimo de Villa Fiorito que con magia, destreza y un corazón sobrenatural, se transformó en un titán dentro del césped de juego y supo acceder a ese parnaso deportivo en donde todos los dioses dejaron de existir; porque sencillamente D10S pasó a ser él: hijo de Don Diego y la Tota, quienes lo aman, lo lloran y lo siguen sufriendo ahora que conduce los destinos del seleccionado argentino en Sudáfrica 2010.
NO ME OLVIDÉ, GENIO. Porque ni el Alzheimer más severo y malhadado me podría hacer olvidar esa final de Italia 1990 (que más parecía el coliseo romano en donde el público exultante quería ver al talento despedazado por los leones). Maradona le puso la cara a la derrota, no quitándose la medalla de plata como hacen los que no saben que ser segundo también es un mérito (y no un deshonor), sino con esa cuota tan suya de emotividad sin parangón: el rostro anegado en lágrimas –cuentan que el doctor Bilardo les pedía a sus dirigidos que lo cubrieran para que las tribunas, y sobre todo las cámaras, no vieran al astro compungido–; y yo, queriendo consolarlo, aunque sin éxito: la pantalla del televisor no me permitiría acceder a mi ídolo caído, que pronto se levantaría.
Porque ésa es la lección más importante que nos dictó Maradona: si te caes, después del trompicón más horrendo –aquel que, producto de los excesos y el desvarío, puede acabar con tu vida misma–, todavía puedes levantarte y seguir soñando (porque, entre otras cosas, «la pelota no se mancha» , como reza uno de sus aforismos más rotundos y celebrados).
Decía que Maradona lloraba, pues, por un segundo lugar que nunca cupo en el corazón de un ganador por mandato de estirpe. Y la mejor forma de estar a su lado era emulándolo: ¡llorando como lo que yo era: un niño!
«¿Por qué lloras, acaso tú eres argentino?», me preguntó mi viejo. Yo no supe qué responder. Corrí a mi habitación y me aferré a la almohada, jurándome ver a Maradona otra vez tocando el cielo con las manos. Es harto sabido que ello no sucedió en Estados Unidos 1994 y jamás volvería a suceder en otra cita mundialista.
Pero Maradona es Maradona. Lo cual quiere decir que si ya no puede entrar a la cancha con la cinta de capitán y con la mítica número 10 en la espalda, todavía se las ingenia para estar en los mundiales de otra manera: como un entrenador resistido, vilipendiado hasta el hartazgo por sus compatriotas (y «bancado a muerte» por sus eternos incondicionales). Su respuesta –aún siendo el descalabro de un corazón a mil pulsaciones por minuto– lo pinta de cuerpo entero: «Que la sigan mamando».
A veces juego a olvidarme, pero no puedo. Mi relación contigo es de un amor-odio tan genuino que puedo decirte: NO ME OLVIDÉ.
NO ME OLVIDÉ que me enseñaste a descubrir que los héroes sí existen: pero no son altos y apuestos como aquellos que inventan los yanquis. Pueden ser chatos y regordetes. Eso sí: premunidos de una magia hechicera, una gambeta atontadora y una zurda celestial que pisó los mejores estadios del planeta.
NO ME OLVIDÉ, Maradona, y por eso sigo contigo. Ver tu barba entrecana me hace ponerme cara a cara con mi propia vejez.
NO ME OLVIDÉ que eres mortal y que te tendrás que agotar como cualquiera de nosotros. Pero seguirás vivo porque todos te recordarán y habrán abuelos que dirán: ¡Yo vi jugar a Maradona!, y con esa frase basta porque, si sigo, la emoción embarga.
NO ME OLVIDÉ, MARADONA, ¡CÓMO PODRÍA, GENIO! Y, lo mejor de todo es que, como dice el video: yo sueño.

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