Advertencia para el lector

«Rechazado o aceptado, perseguido o premiado, el escritor que merezca este nombre seguirá arrojándoles a los hombres el espectáculo no siempre grato de sus miserias y tormentos.»
Mario Vargas Llosa, La literatura es fuego.

2011/03/24

Mario Vargas Llosa: arequipeño ilustre

Por Orlando Mazeyra Guillén
En La orgía perpetua, ensayo que Mario Vargas Llosa (MVLL) le dedica a su maestro francés Gustave Flaubert y a Madame Bovary, el novelista arequipeño afirma que “un puñado de personajes literarios han marcado su vida de manera más durable que buena parte de los seres de carne y hueso que ha conocido”.
Es menester que los escribidores en ciernes de la Ciudad Blanca, exonerados por libre elección de un innecesario y obsoleto parricidio literario, nos rindamos ante una pródiga obra narrativa que, desde el áspero Jaguar hasta el complejísimo aventurero irlandés Roger Casement, pasando por el dictador Manuel Apolinario Odría, Los Inconquistables, el atribulado Zavalita, el inefable Pedro Camacho, el sibarita don Rigoberto, el obsesivo Pantaleón Pantoja, la idealista Flora Tristán y hasta el execrable Chivo dominicano, le agradezcamos, al más grande novelista que haya nacido al pie del volcán Misti, por contarnos esas mentiras hechiceras que encubren una profunda verdad. No obstante, cualquier adjetivo o gesto se hundirá en la infeliz ciénaga de los lugares comunes: somos millares los lectores y escritores que hemos dado testimonio de nuestra gratitud por la obra vargasllosiana, por hacernos partícipes de ese devenir salpicado de virtudes, sueños, excentricidades, traspiés y miserias de estos personajes que, como Lituma, si no han hecho nuestras vidas mejores, al menos las han vuelto más intensas, animadas e interesantes.

Reconozcamos en MVLL, antes que a un descollante creador de ficciones, un manual portentoso (leer, para más señas, El pez en el agua) de cómo un ser humano puede entregarse por entero a actividades de una manera corrosiva y estimulante: la escritura como un mandato perentorio; y la lectura como un combustible que se transmuta en un acto fe. El Premio Nobel arequipeño es el icono intelectual por antonomasia en este país tan necesitado de héroes contemporáneos y referentes culturales.
Con MVLL tenemos una deuda simbólica que será saldada cuando volvamos a su obra o, en todo caso, cuando por primera vez la empecemos a degustar con placer. Aunque suene a perogrullada, hay que decirlo: en cada uno de sus personajes habita un pedazo de él; y en algunos (o muchos) de esos pedazos, para bien o para mal, todos nos podemos (nos deberíamos de) reconocer.
En 1967, al recibir el Premio Rómulo Gallegos en Caracas, el autor de La guerra del fin del mundo dejó dicho que la literatura es fuego. Hoy día, que lo nombramos con insondable justicia un Arequipeño Ilustre, es decir: un coterráneo de excepción, venero portentoso del arte literario mistiano; ratificamos su sentencia, y agregamos convencidos que el fuego sagrado está más vivo que nunca en cada una de las historias que cuentan sus novelas. Si la literatura es fuego, entonces esa llama que se enciende en el corazón de cada lector ganado por la ficción, adquirirá un carácter incombustible siempre y cuando la voluntad de crear otros mundos nazca de las entrañas de aquéllos que, como él, tienen la llave maestra que les permite acceder a todas las puertas, buhardillas, sótanos, trastiendas, contrastes y aristas de la variopinta condición humana.
Hoy celebramos al fabulador desasosegado que, aspirando a la quimérica omnisciencia, intenta apresar la realidad a través de la ficción, la estrella fulgurante de las letras peruanas que, cuando alguien le pregunta si, como suele suceder con la mayoría de escritores, acostumbra disuadir a aquéllos que sueñan con ser escritores, él se apresura en responder que no; porque uno siempre –y cueste lo que cueste– debe obedecer a su vocación, y hacer de ésta una dedicación exclusiva y excluyente, una servidumbre libremente elegida, porque la carrera que escogió es hermosísima, pues permite vivir muchas vidas, enfrentar las frustraciones o fracasos de una manera victoriosa, convirtiéndolas en materia prima para crear otras vidas. Pues lo mejor que le ha pasado es dedicar su vida a la literatura.
El éxito es un enorme aliciente –nos dice el arequipeño universal–, pero para un escritor que tiene una vocación muy profunda, al final, la mayor recompensa es poder dedicar su vida a escribir.
Hoy convocamos y evocamos a todos los arequipeños que dedicaron su vida a la literatura, y lo hacemos a través de Mariano Lorenzo Melgar Valdivieso, poeta y prócer, mártir de Umachiri, quien, devorado por una precocidad para las artes, un amor no correspondido y un inconmensurable afán libertario, llenó su breve existencia de una pasión, paroxismos y poemas dignos de cualquier memorable personaje novelesco.
Su sueño se ha cumplido, don Mario, y, si nos lo permite, través de usted rendimos homenaje a todos los que le precedieron. Hoy le decimos que sus libros están por encima de cualquier premio o reconocimiento y que estamos convencidos de que pasarán la prueba del tiempo. Porque, propios y extraños, en Arequipa, Piura, Lima, Tacna y en el cualquier rincón del mundo, habemos lectores que no faltamos a la verdad afirmando que su magia de contador de historias nos cambió la vida. ¡Nadie es el mismo (o nadie debería ser el mismo) luego de leer libros como La casa verde, Conversación en La Catedral, El Hablador o El paraíso en la otra esquina! Día a día, libro por libro, sensibilidad de por medio, hemos adquirido conciencia de lo aburrida y monocorde que puede ser la vida de la mayoría de seres humanos; y, a su vez, en lo rica, edificante e intensa que se puede convertir una existencia que se escinde en muchas.
Gracias a la ficción hemos descubierto que no somos uno, sino muchos. Y hoy somos muchos los que, más allá de nuestro credo, ropaje político, color de piel o nacionalidad, nos ponemos de pie para decirle: ¡gracias, maestro! Gracias por las muchas vidas vividas, gracias por el fuego perpetuo que es la literatura que lleva su firma: Premio Nobel y Ciudadano Ilustre que con el peso de sus libros no sólo podría aplastar a personas, sino a ejércitos de gentes confundidas en esas taras todavía vigentes como los fundamentalismos religiosos, el racismo, el nacionalismo, etcétera. Hoy nuestro himno rejuvenece y se inyecta de fe: pues Mario Vargas Llosa es lava volcánica, la personificación de nuestro carácter revolucionario. ¡Mario Vargas Llosa es Arequipa, baluarte de la libertad!

Nota.- Puede leer el artículo La Casa de Arequipa que Vargas Llosa le dedica a su última visita a Arequipa, donde recuerda a su madre, la casa donde nació y también momentos amargos de la existencia de Dora Llosa (su progenitora). Para leerlo haga clic aquí

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