Advertencia para el lector

«Rechazado o aceptado, perseguido o premiado, el escritor que merezca este nombre seguirá arrojándoles a los hombres el espectáculo no siempre grato de sus miserias y tormentos.»
Mario Vargas Llosa, La literatura es fuego.

2011/10/05

Cuero de chancho

Cuero de chancho es un fugaz retorno a la infancia. Escrito de un tirón, intenta establecer una cierta (peligrosa, antojadiza) semejanza entre el dedicarse a la escritura o al fútbol. Un pequeño homenaje a mi primera pasión.

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—Toma —me dijo él—. Es de cuero de chancho.
—Toma —me dijo él—. Es de cuero de chancho.

—Toma —me dijo él—. Es de cuero de chancho.

Cuando cumplí diez años, mi padre por fin me regaló una pelota de fútbol. Parecía torpemente barnizada y los colores de sus paños me resultaban algo chocantes. Sin embargo, mi alegría no cabía en la alcoba.

Estuve tentado de hacer un par de piques para probar su peso y calidad, pero él me había prohibido, de manera tajante, «patear cualquier objeto dentro de la casa».

—La compré en la tienda del viejo Melquiades —informó con una sonrisa complaciente, que era muy rara en mi progenitor—. ¿La conoces, no? Queda casi llegando al puente Bolognesi.

—Voy al parque —dije, entusiasmado—, se la tengo que mostrar a mis amigos.

—No te vayas a quedar hasta muy tarde —me ordenó levantando la voz—. Y cuidado de que no se caiga al río…

Vivíamos en La Arboleda, debajo del puente de fierro, diseñado en el siglo XIX por el mismo Eiffel de la torre de París, con acero traído en barcos desde el lejano Detroit norteamericano. En alguna ocasión quisimos retar a esa bestia que se alargaba por la campiña, atravesando el río Chili, y disparamos el balón hacia el cielo, intentando hacerlo pasar por encima de su estructura: ¡éramos una patota pelotera! El fútbol absorbía buena parte de nuestras vidas y de nuestros sueños (de ser futbolistas, por supuesto).

Léelo todo en: http://www.badosa.com/bin/obra.pl?id=n363

Cuero de chancho


—Toma —me dijo él—. Es de cuero de chancho.

Cuando cumplí diez años, mi padre por fin me regaló una pelota de fútbol. Parecía torpemente barnizada y los colores de sus paños me resultaban algo chocantes. Sin embargo, mi alegría no cabía en la alcoba.

Estuve tentado de hacer un par de piques para probar su peso y calidad, pero él me había prohibido, de manera tajante, «patear cualquier objeto dentro de la casa».

—La compré en la tienda del viejo Melquiades —informó con una sonrisa complaciente, que era muy rara en mi progenitor—. ¿La conoces, no? Queda casi llegando al puente Bolognesi.

—Voy al parque —dije, entusiasmado—, se la tengo que mostrar a mis amigos.

—No te vayas a quedar hasta muy tarde —me ordenó levantando la voz—. Y cuidado de que no se caiga al río…

Vivíamos en La Arboleda, debajo del puente de fierro, diseñado en el siglo XIX por el mismo Eiffel de la torre de París, con acero traído en barcos desde el lejano Detroit norteamericano. En alguna ocasión quisimos retar a esa bestia que se alargaba por la campiña, atravesando el río Chili, y disparamos el balón hacia el cielo, intentando hacerlo pasar por encima de su estructura: ¡éramos una patota pelotera! El fútbol absorbía buena parte de nuestras vidas y de nuestros sueños (de ser futbolistas, por supuesto).

—Toma —me dijo él—. Es de cuero de chancho.

Cuando cumplí diez años, mi padre por fin me regaló una pelota de fútbol. Parecía torpemente barnizada y los colores de sus paños me resultaban algo chocantes. Sin embargo, mi alegría no cabía en la alcoba.

Estuve tentado de hacer un par de piques para probar su peso y calidad, pero él me había prohibido, de manera tajante, «patear cualquier objeto dentro de la casa».

—La compré en la tienda del viejo Melquiades —informó con una sonrisa complaciente, que era muy rara en mi progenitor—. ¿La conoces, no? Queda casi llegando al puente Bolognesi.

—Voy al parque —dije, entusiasmado—, se la tengo que mostrar a mis amigos.

—No te vayas a quedar hasta muy tarde —me ordenó levantando la voz—. Y cuidado de que no se caiga al río…

Vivíamos en La Arboleda, debajo del puente de fierro, diseñado en el siglo XIX por el mismo Eiffel de la torre de París, con acero traído en barcos desde el lejano Detroit norteamericano. En alguna ocasión quisimos retar a esa bestia que se alargaba por la campiña, atravesando el río Chili, y disparamos el balón hacia el cielo, intentando hacerlo pasar por encima de su estructura: ¡éramos una patota pelotera! El fútbol absorbía buena parte de nuestras vidas y de nuestros sueños (de ser futbolistas, por supuesto).

—Toma —me dijo él—. Es de cuero de chancho.

Cuando cumplí diez años, mi padre por fin me regaló una pelota de fútbol. Parecía torpemente barnizada y los colores de sus paños me resultaban algo chocantes. Sin embargo, mi alegría no cabía en la alcoba.

Estuve tentado de hacer un par de piques para probar su peso y calidad, pero él me había prohibido, de manera tajante, «patear cualquier objeto dentro de la casa».

—La compré en la tienda del viejo Melquiades —informó con una sonrisa complaciente, que era muy rara en mi progenitor—. ¿La conoces, no? Queda casi llegando al puente Bolognesi.

—Voy al parque —dije, entusiasmado—, se la tengo que mostrar a mis amigos.

—No te vayas a quedar hasta muy tarde —me ordenó levantando la voz—. Y cuidado de que no se caiga al río…

Vivíamos en La Arboleda, debajo del puente de fierro, diseñado en el siglo XIX por el mismo Eiffel de la torre de París, con acero traído en barcos desde el lejano Detroit norteamericano. En alguna ocasión quisimos retar a esa bestia que se alargaba por la campiña, atravesando el río Chili, y disparamos el balón hacia el cielo, intentando hacerlo pasar por encima de su estructura: ¡éramos una patota pelotera! El fútbol absorbía buena parte de nuestras vidas y de nuestros sueños (de ser futbolistas, por supuesto).

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