Advertencia para el lector

«Rechazado o aceptado, perseguido o premiado, el escritor que merezca este nombre seguirá arrojándoles a los hombres el espectáculo no siempre grato de sus miserias y tormentos.»
Mario Vargas Llosa, La literatura es fuego.

2012/04/11

Y yo me llamo Orlando y, lo peor de todo, es que los entiendo



Para alguien que, en más de una oportunidad, ha participado de una terapia de grupo, ver películas como 28 días resulta algo parecido a estar frente a un pedazo (poco grato, pero pedazo al fin y al cabo) de su vida. Todavía recuerdo —y este recuerdo todavía genera en mí sentimientos encontrados— esa noche, hace muchos años, en que desperté y me vi desparramado en una vereda de la avenida Estados Unidos (años después, vaya paradoja, me resparramaría en el sofá-cama de un amigo atiborrándome con vino y Lexotanes en ese país). Todo daba vueltas a mi alrededor. Sin embargo, hasta se diría que el bochorno me causó gracia (y más gracia le produjo esta escena a mi viejo amigo Aldo). Todavía no lo había comprendido. Pues, cuesta comprenderlo. Cuesta toda una vida. Y duele. Duele.
Hola, me llamo Cornell. Soy un drogadicto, alcohólico, jugador mentiroso compulsivo.

Hola, Cornell.

Para quienes son nuevos esta noche... sé que éste no es su mejor año (…) Y luego me decía a mí mismo: «Esta noche no me emborracharé». Y luego sucedía algo. O no sucedía nada. Y... tenía esa sensación.  Y todos saben qué sensación es. Cuando tu piel está gritando... y tus manos están temblando... y parece que el estómago te va a saltar por la garganta. Y sabes que si alguien tuviera idea de lo mal que se siente estar sobrio... no soñaría en pedirte que te mantuvieras así. Diría: «Ay, caramba, yo no sabía. Toma. Es bueno para ti. Consume esa montaña de cocaína. Toma un trago. Toma 20 tragos. Lo que sea para sentirte como un ser humano normal... hazlo y ya». Y, caray, yo lo hice.  Bebí e inhalé cocaína... y bebí e inhalé y bebí e inhalé. E hice eso día tras día y noche tras noche. Y no me importaban las consecuencias. Porque sabía que no podían ser ni la mitad de malas que el no hacerlo. ¡Ay, Dios! Y entonces una noche ocurrió algo. Me desperté. Me desperté en una acera. No tenía idea de dónde estaba. No podría haber dicho ni en qué ciudad. Me latía la cabeza y tenía la camisa cubierta de sangre. Y mientras estaba ahí tendido, preguntándome qué iba a pasar, oí una voz. Y me dijo: «Señor, ésta no es manera de vivir. Ésta es una manera de morir».

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