Advertencia para el lector

«Rechazado o aceptado, perseguido o premiado, el escritor que merezca este nombre seguirá arrojándoles a los hombres el espectáculo no siempre grato de sus miserias y tormentos.»
Mario Vargas Llosa, La literatura es fuego.

2013/04/21

Oswaldo Reynoso, el observador incansable

A propósito del cumpleaños número 82 de este gran escritor arequipeño, compartimos el prólogo que su paisano Orlando Mazeyra Guillén escribiera a su último libro, En busca de la sonrisa encontrada (Cascahuesos Editores, 2012). El autor tituló a su texto "Aladino, la llama de tu lámpara es incombustible". Y esa llama, esperamos, siga ardiendo.

Por Orlando Mazeyra Guillén*


«Volvió a ver, con asombro y hasta con miedo, la divina belleza del adolescente [...] La visión de aquella figura viviente, tan delicada y tan varonil al mismo tiempo, con sus rizos húmedos y hermosos como los de un dios mancebo que, saliendo de lo profundo del cielo y del mar, escapaba al poder de la corriente, le producía evocaciones místicas, era como una estrofa de un poema primitivo que hablara de los tiempos originarios.»  
 Thomas Mann, La muerte en Venecia

«Siempre es él quien pone en marcha el tren del pensamiento; siempre es el pensamiento el que escapa de su control y regresa para acusarle. La belleza es la inocencia; la inocencia es la ignorancia; la ignorancia es la ignorancia del placer; el placer es culpable; él es culpable. Ese muchacho, con su cuerpo nuevo, intacto, es inocente, pero él, gobernado por sus oscuros deseos, es culpable.»
J.M. Coetzee, Infancia: escenas de una vida en provincias.

«¡Gracias, compadre, por haberme enseñado a reír de la muerte!»
Eleodoro Vargas Vicuña



El Profe está de vuelta. Asediado otra vez por aquellos personajes, ambientes y temas que tras la aparición de En busca de Aladino (1993), Los eunucos inmortales (1995) y El goce de la piel (2005) se niegan a darle tregua a sus narraciones: «lo que el  Profe ha escrito es ficción sobre la realidad», apostilla con lucidez Marcos, uno de sus amigos, un vendedor de libros al que Reynoso -juventud ornada con canas- conoce en la calle. Y son las calles y playas de Lima, Arequipa  y el Perú (con sus escuelas, tabernas, iglesias, universidades, burdeles, chinganas, etcétera) las que han educado a este creador que sigue procurando acceder a lo que él llama, y por algo cita a manera de declaración de principios estéticos a Abraham Valdelomar en el epígrafe inicial del libro,  «la belleza de la palabra».



EL CUADERNO DE BITÁCORA DEL OBSERVADOR INCANSABLE DE SU PATRIA

Hace una punta de años, fui a la casa del narrador arequipeño Oswaldo Reynoso y lo conocí. Él  vivía -sigue viviendo- en el distrito de Jesús María, en Lima. Lo atosigué con todas las preguntas que se me ocurrían. Casi al final de la conversación, entre dubitativo y temeroso, por fin me atreví a decirle que si, a sus siete bien vividas décadas, pensaba en la muerte y si acaso le tenía miedo a la llegada de la hora final. El Profe -observador agudo y tenaz de los jóvenes, lo puedo testificar con conocimiento de causa- me salió al frente con una de sus réplicas que nos hacen estimarlo más: «¡No tengo tiempo para eso! -me dijo convencido-. Estoy muy ocupado en vivir como para pensar en la muerte», remató antes de terminar su copa de pisco.


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Después de releer el original de estas narraciones breves, pienso que Reynoso, siguiendo los derroteros de su maestro Thomas Mann, se ha valido de su desbordante imaginación sensorial para pensar la muerte a través de la plácida y edificante«contemplación mística sensual de los rostros: el verdadero paisaje de mi país». No obstante, para morir con todas las de la ley se precisa de una cosa: vivir. Y el autor de estos relatos ha vivido intensamente. La vida se presenta, a través de las páginas de este libro, como una aventura, el riesgo como una irresistible tentación, y el infierno como una delicia.


 Vivir es también tomar conciencia: «A todos -afirmó Octavio Paz-, en algún momento, se nos ha revelado nuestra existencia como algo particular,intransferible y precioso. Casi siempre esta revelación se sitúa en la adolescencia. El descubrimiento de nosotros mismos se manifiesta como un sabernos solos; entre el mundo y nosotros se abre una impalpable, transparente muralla: la de nuestra conciencia». Es durante su primera aventura de collera en el Puerto Bravo de Mollendo, y contemplando a sus iguales, cuando el adolescente Reynoso se asombra de ser (de descubrirse a sí mismo a través de los otros): «sentado sobre la arena gustando de lejos la delicia de los rostros adolescentes entre la llamarada azul del mar». ¿Qué buscaba? ¿Acaso ya lo sabía? «Caminaba por las calles estrechas de mi adolescencia buscando lo que no sabía que buscaba». Vivir es un continuo aprendizaje: Patria no es más que el rostro de la gente que uno ama; la armonía y la salud se pueden recobrar abrazando un árbol en China; y es de sabios el saber escuchar a los demás con suma reverencia. 


Reynoso constata que la ficción -su ficción- es un viaje que siempre conduce a la misma ciudad«Arequipa de mi adolescencia donde un viento feroz quiso apagar para siempre la llama de la lámpara de Aladino que ardía en mi piel». Y el descubrimiento de la belleza puede ser una tarea larga y dolorosa, pues hay que ir «destruyendo, poco a poco, las pautas de la belleza que me habían inculcado desde que abrí los ojos». El narrador de este libro es hedonista y rebelde, sensible y marginal, siempre nadando contra la corriente: dando cuenta de su propia concepción de la belleza y de la misma pregunta que el premio Nobel sudafricano John Maxwell Coetzee se hace en Infancia: escenas de una vida en provincias: «Se sorprende al comprobar que los chicos más guapos están en la clase de los afrikáners, al igual que los más feos, los que tienen las piernas velludas y la nuez de la garganta pronunciada y pústulas en la cara. Encuentra a los niños afrikáners muy parecidos a los niños de color: crecen medio salvajes, descuidados y nada mimados, y de repente, a cierta edad, se malean, y la belleza se muere en su interior. Belleza y deseo: le inquietan las sensaciones que las piernas de esos chicos, lisas, perfectas e inexpresivas, provocan en él. ¿Qué más se puede hacer con las piernas aparte de devorarlas con los ojos? ¿Para qué sirve el deseo?».


Las páginas más emotivas de estas memorias son aquellas en las que dialoga con los muertos -hitos en su vida y obra-: su íntimo amigo y gran narrador Eleodoro Vargas Vicuña, y con su admirado Rafael (Martín Adán), para recitar juntos: no quiero ser feliz con permiso de la policía.



MALTE: VOLVER A LAS FUENTES

Se me hace necesaria una confesión que vendría a ser una suerte de torpe homenaje. Cada vez que me invade la depresión, y siento que el acto creativo carece de sentido, vuelvo al Rosquita y, como la primera vez, me emociono; y, en algunas ocasiones, disculpen la endeblez, hasta lloro. Yo leo a Reynoso para recordarme cómo quisiera estimular al lector, apoderarme de sus emociones: cómo quisiera llegar a escribir algún día. El Profe es un clásico contemporáneo y creo que, a estas alturas del partido, eso ya nadie lo discute. No obstante, en el corazón de este escribidor -como es el caso de muchísimos otros, lo sé-, es un mentor y un maestro en el sentido más estricto del término: aquel que nos abre las puertas de su casa o al menos accede de buena gana a recibir nuestros escritos. Él siempre presto para corregirnos y alentarnos, acicatearnos en medio del brindis con vasos repletos de oro líquido con espuma, y decirnos que lo importante es la imagen, ¡la belleza de la palabra! Por eso, cuando leo al Rosquita, pienso en el Profe y, ahora, me atrevo a decir: 


Oswaldo, aunque no lo creas, te conozco demasiado. Desde aquel remoto y fáustico verano de Mollendo en que decidiste matar a Dios para celebrar la sediciosa eucaristía de la piel. Pero sé que eres bueno y que persistes en tu quimérica búsqueda de Aladinoporque entiendes que es, quizá, el único que cumple con el requisito postrero: tener un corazón a la altura de esa inocencia robada a la que acudes cada vez que escribes. 


Y, ¿en qué consiste morir, Oswaldo? De seguro André Gide nos ayudará a resolver la interrogante. ¿Qué quisiéramos ver al momento de morir? ¿Nuestra libertad? ¿La felicidad? Oswaldo, algún día exclamarás: «¡Gentil Malte! Tu risa divertida, tu júbilo en la arena de las playas de Mollendo, es lo que quisiera ver en mi lecho de muerte». Entonces te habrás reído de la muerte como lo hizo Eleodoro en su día. Y será tu día. Y estarás con Aladino. Para siempre.


La llama de la lámpara de Aladino permanecerá incombustible en tus libros. Tu patria -nuestra patria- te lo agradece.

*Publicado en Lee por gusto:

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