Advertencia para el lector

«Rechazado o aceptado, perseguido o premiado, el escritor que merezca este nombre seguirá arrojándoles a los hombres el espectáculo no siempre grato de sus miserias y tormentos.»
Mario Vargas Llosa, La literatura es fuego.

2004/11/16

LA HISTORIA SE VUELVE A REPETIR

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Antes el pisco y el ceviche... Ahora la lúcuma y la chirimoya
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En el diario EL PUEBLO

Dicen, los expertos en la materia, que existe una barrera infranqueable entre el patriotismo y el nacionalismo; porque el primero es el innato amor por la tierra donde uno nació, el otro, en cambio, es una mera doctrina desfasada que a veces linda con la estupidez. Se dice, también –y se dice bien–, que hay “que ser mansos pero no mensos”; lamentablemente los peruanos, muy a menudo, parecemos hacer oídos sordos ante estas sabias recomendaciones.

El acto de defender (a rajatabla) los alimentos, manjares, bebidas y en general cualquier cosa oriunda de nuestro país no es, en ningún caso, una acción que nos condena –a los que lo hacemos– a ser vistos como nacionalistas trasnochados; porque éste es un acto de justicia, un deber bien cumplido, pues así salvaguardamos los intereses de la tierra que nos vio nacer.



Los peruanos somos mansos; pero esa peligrosa mansedumbre nuestra ha llevado a que se catalogue mundialmente al pisco como una bebida de raigambre chilena, a la papa como tubérculo oriundo de Rusia –otros despistados dicen que es de ¡Irlanda!–, y, ahora último, se está divulgando otro disparate más grande que los dos anteriores. En Estados Unidos se ha generado un delirante duelo entre ecuatorianos y mexicanos, el motivo: ¡El ceviche! ¡Se pelean por la paternidad del ceviche!
Ya es harto conocido que el asfixiante capitalismo tiene como irrenunciable estigma a la productividad. Esta última, aunada a una fuerte y oportunista propaganda publicitaria, ha hecho que bebidas y alimentos de estirpe peruana sean considerados en todo el planeta como originarios de otras naciones.
Al pisco, tan sólo su (peruanísimo) nombre lo amarra insoslayablemente al Perú. El pisco es la bebida bandera de nuestra nación; es un excelente trago que, lamentablemente, no es explotado por nosotros en la debida magnitud que se merece. Chile, sin embargo, produce y exporta pisco –un pisco de segundo nivel, un pisco bastardo– en cantidades industriales y lo difunde, abusivamente, como bebida chilena.
Con la papa pasa algo similar, porque quien no sabe que este tubérculo es peruano no ha ojeado un libro de historia. Pero, las estadísticas dicen que Rusia es el primer productor mundial de este alimento; por tal motivo se asocia falazmente a la papa con el país de León Tolstoi, aunque también aletean por allí otras alarmantes aberraciones que afirman que la papa es de Irlanda.
Así tendríamos para mencionar una inacabable lista de aleccionadores ejemplos sobre lo que pasa debido a ese marasmo de los peruanos que es aprovechado por foráneos oportunistas. Pero este punible atropello no sólo se comete con bebidas o tubérculos, también hay frutas y platos típicos que tratan de ser falseados, porque el nuestro al ser un país tan rico y diverso –como muy pocos en el mundo–, ostenta una dilatada cantidad de alimentos e invenciones gastronómicas autóctonas.
La lúcuma y la chirimoya son frutas peruanas. Pero nuestros vecinos del sur nos las quieren hurtar con sus famosas malas artes; nuevamente las marcadas diferencias de productividad y difusión –a favor de los chilenos– han hecho que se crea erróneamente que la lúcuma es chilena. (En el caso específico de la chirimoya, los chilenos han llegado al extremo de manducarle la segunda sílaba para trastocar el nombre y darle, arteramente, un aliento nacionalista: ¡chilemoya!)
¿Qué estamos esperando? No podemos seguir con las manos cruzadas. Nadie pide que adoptemos una postura nacionalista. Simplemente, debemos, de una vez por todas, defender lo que nos pertenece. Dejemos de lado el marasmo y actuemos: rescatemos esa peruanidad que tanto exaltó nuestro extinto coterráneo Víctor Andrés Belaúnde.
ORLANDO MAZEYRA GUILLÉN

2004/11/11

MARADONA versus BORGES

SOBRE MAYORÍAS Y MINORÍAS
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Es muy cierto que la cultura parece estar condenada a ser patrimonio de abrumadoras minorías. Pero, si uno se olvida de esto, puede caer en la tentación de preguntarse si ¿habrán alguna vez fabulado, con esa prodigiosa capacidad ficcional que los inmortalizó, Cervantes, Shakespeare o Dostoievski, un mundo en el que el arte de los 'pies' subyugue al arte de la 'testa'?

El grandilocuente efecto Maradona -que, como en otras ocasiones similares, tuvo en vilo a todo el planeta hace unos meses- no hizo más que confirmar que en estos tiempos de la globalización (o, como diría el escritor uruguayo Eduardo Galeano, de 'la bobalización') importa más lo que hacen, o dejan de hacer, los inagotables y desechables ídolos de barro, que lo que hacen nuestros maltratados e ignorados intelectuales de carne y hueso que profundizan y sostienen la cultura del planeta.

Todos sabemos cómo la Argentina arropó a su máximo referente futbolístico y, en contrapartida, nos sorprende la brutal indiferencia a la que fue sometido, cuasi de por vida, el inigualable Jorge Luis Borges (que tuvo que esperar el reconocimiento del Viejo Mundo para no morir en el olvido. Y que, dicho sea de paso, era un insobornable enemigo del fútbol).

¿No es acaso desconcertante que Maradona sea más famoso que Borges o Cortázar? Es incomparable, también, la fama del goleador madrileño Raúl González con la del autor de El Quijote, y ni qué comentar de Beckham (que es todo un éxito editorial en todo el planeta con su autobiografía... Muchos de sus acérrimos lectores tal vez no ojearon nunca a Charles Dickens o al mismo Shakespeare: ¿cosas del fútbol?).

Durante el mundial que consagró a Diego Armando Maradona como el mejor futbolista del mundo (México '86), le preguntaron a Mario Vargas Llosa, qué era Maradona. Nuestro más prestigioso intelectual, respondió: "Es una de esas deidades vivientes que los hombres crean para adorarse en ellas". Cabría preguntarnos quién tiene más culpa: el fetiche fabricado por el pueblo o, quizás, los fetichistas mediáticos que, sometidos por la parafernalia de los medios, lo elevan a las cimas inalcanzables.

El propio Mario Vargas Llosa, afirma: “Me gusta el fútbol por mí mismo, no por razones colectivas”. Él descalifica abiertamente ese gregarismo que está atado por antonomasia a la multitudinaria afición futbolera: porque todo lo que nos colectiviza –regionalismos, nacionalismos, fanatismos– en cierto sentido (o, quizás, en muchos) nos embrutece, nos resta libertad individual y nos hace volver (consciente o inconscientemente) a esas remotas épocas tribales.

El mensaje final no rechaza –no debiera rechazar– ciegamente al fútbol (que, desde luego, tiene sus pro y sus contra), sino que exalta la necesidad de darle a la cultura el lugar preponderante en el que nunca estuvo, pero, sin duda, merece estarlo para el beneficio de todos.

EL DICCIONARIO DE LOS RECUERDOS

“La mejor manera de librarse de una tentación es caer en ella.”
Oscar Wilde

I

Ayer, hasta antes de ese inédito suceso (que motivó el parto de este verídico e íntimo relato), mi estado corporal arrojaba una terna de breves diagnósticos: mi atolondrada cabeza lucía exenta de inquietudes, mi estómago vagamente irritado y mis pies bastante fatigados. Acababa de regresar de la soporífera misa dominical a la que asisto, puntualmente, todos los fines de semana, en compañía de mi inefable abuelo Santiago… Y tengo que confesar que los domingos no son nada generosos conmigo: después de empujarme no menos de cincuenta minutos escuchando de pie la impetuosa prédica de un curita rollizo, me tengo que someter a una maratónica caminata que me deja, literalmente, hecho añicos.
«Las caminatas me ayudan a sentirme vivo», me repite varias veces mi abuelo, mientras intenta trotar sin éxito. Vivimos exactamente a trece extensas cuadras de la acogedora parroquia que regenta el padre Nicanor Escudero; y, gracias a este proverbial y saludable vicio de mi añoso abuelo, ya me conozco de paporreta hasta las más sutiles imperfecciones de las maltratadas aceras que nos conducen a casa... Pero (recalco nuevamente que) ayer no fue un domingo común y corriente… Fue más bien un domingo sui géneris, un día que me trajo remembranzas que parecía tener olvidadas por entero; pero que siguen allí: revueltas en alguna caprichosa esquina de mi empolvado e intangible baúl de recuerdos.
Los domingos, lo común es que, apenas llegados a casa, tomemos una pequeña siesta para recuperar las fuerzas (y las ganas de vivir). Pero, ayer al abuelo se le ocurrió inventar una actividad de índole cultural. «A partir de hoy vamos a enriquecer nuestro vocabulario», me dijo mientras me entregaba un pesado mamotreto de color rojo. Cuando le eché una ojeada a la tapa –que presentaba unas raquíticas letras de color mármol–, lo identifiqué al instante: era el diccionario Karten que muchas veces utilicé para desarrollar las tormentosas tareas que me dejaba en el colegio mi exigente profesor de Lengua y Literatura, Pedro Torres.
«He notado que te expresas con mucha jerga», me dijo señalándome y frunciendo el ceño con ínfulas inquisidoras. Luego me advirtió que utilizando un lenguaje vulgar no llegaría muy lejos en la vida, y me invitó a aprender una nueva palabra cada día para robustecer mi vergonzosa dicción. «Esto va a ser como un jueguito educativo –me dijo, levantando ligeramente la voz–. Tomas el diccionario, abres una página al azar y lees el significado de la primera palabra sobre la que descansen tus ojos, ¿entendido?» Cuando estaba a punto de decirle que su juego me parecía bastante idiota, me sacó el libro de las manos y empezó a efectuar las tareas que me había indicado: tomó el libro, abrió una página al azar y me preguntó:
–¿Tú sabes el significado de la palabra ilibio?
–No –le dije rascándome la cabeza y sintiéndome un completo ignorante.
–Ilibio es un insecto coleóptero, que habita en las aguas estancadas –me dijo calmosamente, luego cerró el diccionario con una energía innecesaria, me lo entregó y dictaminó–: Ahora te toca a ti.
Hasta ahora no entiendo por qué me asusté: sí, sentí que un insondable miedo se apoderó de mí. Parece absurdo, pero cuando tuve el diccionario en las manos no quise abrirlo. Creo que mi abuelo no lo percibió en mi rostro, porque hizo tronar los dedos de su arrugada mano y me apuró:
–¿Qué es lo que estás esperando? –me preguntó con inocultable molestia.
–Nada, sólo estaba pensando… –alcancé a murmurar.
Abrí el diccionario casi a la mitad, y la primera palabra que mis ojos auscultaron ¡ya la conocía! Me sentí sabio, invencible, infinitamente feliz.
–¡Ya la conozco! –le dije sonriendo a mis anchas.
–No importa –me dijo moviendo la cabeza–. Lee su significado de todas maneras.
–Paja: caña de trigo, cebada y otras gramíneas, una vez seca y sin grano.
Apenas terminé de leer el significado de la palabra me empecé a reír. Al abuelo le desagradó mi descontrolada y copiosa hilaridad y, por eso, resolvió cortarla al instante:
–¡Silencio! –me dijo, enervándose y deformando la cara–. Me puedes decir cuál es el motivo de tu risita.
–Ninguno –le dije un poco atemorizado–. Lo que pasa es que ése no es el único significado de la palabra paja.
No sé si el abuelo alcanzó a asimilar lo que traté de darle a entender; pero me consuela saber que mi inútil comentario sirvió para ponerle fin a la adormecedora actividad en la que nos habíamos enfrascado. «A veces no te entiendo, muchacho del Señor...», me dijo antes de encender su puro. Empezó a fumar y a comentar sobre lo mal que andaba el país por culpa de todos sus desbrujulados compatriotas.
«La paja es la masturbación», pensé mientras oía al abuelo despotricar contra el país y los politicastros. A los pocos minutos, dejé al abuelo con el pretexto de ir al baño. Fui al escusado con el diccionario en las manos. Quería masturbarme, hacía semanas que no lo hacía.
«¿Sabrá el abuelo lo que es ‘correrse la paja’? –me pregunté inocentemente–. ¡Claro que lo sabe!… Es más, estoy seguro que todavía se masturba…»
Muchas preguntas frívolas acerca de la masturbación empezaron a aletear por mi cabeza y me quitaron las ganas de tocarme. Ese diccionario me había traído viejos recuerdos. Y por eso, en vez de masturbarme, recordé como se gestó mi primera masturbación.





II

Fue en segundo de media, el año en que mi chistoso e inolvidable amigo Marín Medina –apodado «el Cabezón», por su prominente testa–, me preguntó solapadamente después de una anodina clase de Educación Sexual:
– Oye Duarte, ¿tú ya te jalas la tripa?
– ¿La tripa? No hables sonseras Cabezón –le respondí medio atontado. Yo no le entendí nada, creía imposible poder jalarme un órgano que estaba encerrado en las cavidades de mi cuerpo; me pareció una pregunta bastante idiota. «¿Me estará jugando una broma?», me pregunté sin encontrar respuesta.
–No te hagas el gil –me dijo el Cabezón, con una mirada severísima y bajando el tono de su voz–. ¿Alguna vez te has corrido la paja?
Allí recién me di cuenta que se refería a la masturbación. Yo, asustado y más confundido aún, le dije que no, que nunca en mi vida lo había hecho. Pero, de pronto, sentí un irreprimible hormigueo en toda la piel; me invadió una morbosa curiosidad por saber si él lo había hecho, y, casi inmediatamente, le pregunté (notoriamente aturdido):
– ¿Tú sí te has pajeado, Cabezón?
– ¡Claro, es rico! Se siente de puta madre –me respondió orgulloso, y empezó a sonreír pícaramente.
Yo le advertí que eso era malo y que de seguro él era el único de la clase (¡y tal vez del colegio!) que había llevado a cabo tan repudiable acto. El Cabezón me miró con infinito desdén. Me dijo que era un pobre cucufato y que no era digno de ser su amigo, luego me comparó con los más torpes e idiotas de la clase, entre ellos, el mejor exponente era mi lerdo compañero Joaquín Carrillo.
– ¡Me das asco, mierda! ¡Eres un idiota! –recuerdo que me decía muy convencido–. Hasta el imbécil del Carrillo se la corre todos los días.
Me aseguró que yo era uno de los pocos infelices que «no gozaba como los machos jalándome la tripa». Yo traté de aparentar firmeza, quería ocultar mis nervios pero no podía hacerlo: mi bochorno era algo incontenible. Respiré hondo antes de decirle que todo lo que él fanfarroneaba eran puras mentiras y lo amenacé con acusarlo con el profesor:
– ¡Basta! ¡Cállate! –le decía para que ya no me molestase–. Ahorita me paro y le digo al Hermano Gabriel para que te castigue por morboso.
Él, cansado de mi obcecada incredulidad, me dijo que era un pobre maricón y me retó a hacer una rápida encuesta: me ordenó preguntar a todos los de mi alrededor si es que se masturbaban:
–¡Pregunta! ¡Pregúntales pues, estúpido! –me increpaba, alterado, y empezó nombrar a mis circunstantes–: Al Cuadros, al Álvarez o al Rivera. Para que veas que también se pajean, tú eres el único que no se la corre… ¿No te das cuenta? Eres un anormal... Seguro no se te para.
Sentí temor, me temblaban las piernas. En esos insufribles momentos yo acusaba un enorme vacío en el estómago y se me empezó a secar la boca. Crucé nerviosamente los brazos y le dije que yo de ninguna manera efectuaría esa engorrosa pregunta; eso para mí era una total e inaceptable falta de respeto, y que ¡no!, no lo haría. El Cabezón me empezó a hacerme muecas como si yo fuese un ser repelente, algo peor que una carroña viviente… Después, inexplicablemente empezó a reírse con muchos bríos mientras murmuraba que «no se me paraba el payaso». Finalmente, me hizo un movimiento despectivo con su mano derecha (como mandándome, sin preámbulos, directo al tacho de la basura que descansaba en una esquina del aula), y se puso a conversar con Lino Cuadros acerca de lo inepto que yo era.
Mientras lo miraba con un odio creciente, intuí que él tenía la razón y que yo era el único equivocado: me había eclipsado. Me hizo sentirme un infeliz... un cobarde, un triste afeminado.
En esos amargos (o tal vez lúcidos) instantes recordé que cada vez que ojeaba placenteramente la sección de Amenidades –la penúltima hoja– de la revista Caretas, donde siempre aparecían guapas señoritas semidesnudas con enormes traseros y exuberantes pechos, me daban ganas de tocarme el sexo. (Yo trataba de entender por qué el hecho de ver tan rutilantes formas femeninas me hacía sentirme bastante ‘contento’. ¿Eran, tal vez, los primeros indicios de la excitación y del más diáfano placer erótico?)
La caliente e inquietante conversación con el Cabezón, me dio el decisivo empujoncito anímico que necesitaba para tomar la inolvidable determinación: ¡el sábado me la tengo que correr!
Y así fue: una tarde sabatina, encerrado en mi habitación, y en medio de innumerables e insinuantes fotos –que rigurosamente seleccioné y recorté ocultamente de varias ediciones de Caretas–, me corrí, por primera vez (y en forma satisfactoria), la paja… Hasta antes de ese remoto día, el hecho de frotarse el pene con la mano resultaba para mí, un asqueroso acto sólo digno de los peores violadores y de los más repudiables pervertidos sexuales. Pero luego, por pura conveniencia personal, sólo lo consideré un simple y perdonable pecadillo que, entre otras cosas, te condenaba a ir al baño para lavarte las manos (una vez terminada la placentera y solitaria faena).
Parece estúpido, pero ahora (y no sé por qué extraña razón) siento que desde aquel sábado, extinto por el irremisible paso de los años, guardo una relación muy visceral con ese enorme diccionario: siento que cada palabra que hay allí me traerá inmediatamente un recuerdo (o me llevará a hacer cosas que nunca hice por absurdos e inconfesables temores puritanos).
Es, pues, el diccionario de los recuerdos, de mis recuerdos, y nada más.

2004/11/08

DÍAS DE SANTIAGO

El joven cineasta Josué Méndez (Lima, 1976) lleva a la pantalla grande la historia de Santiago, un joven comando de la Marina que, luego de combatir contra el terrorismo, el narcotráfico y el Ecuador, se retira de la azorada vida militar y busca, desesperadamente, volver a encajar en esa Lima amorfa, asfixiante y decadente, que se niega a abrirle un porvenir digerible.
Santiago existe en la vida real: contó su conmovedora historia e inclusive asistió diligentemente a Méndez durante todo el rodaje de la celebrada película; claro que, con los inevitables añadidos y manducaciones del director, la cinta se emancipa de la realidad, la corrige, la altera y le da, con la excelente actuación de Pietro Sibille, una hondura psicológica que, en varias escenas, abruma al espectador.
El protagonista tiene un obsesivo latiguillo que, sin duda, lo aprendió durante su vida castrense: “Todo tiene un orden”. Él trata, a su extravagante manera, de “encontrar la línea”, de arañar el ansiado orden que le permita encajar en una sociedad (que, paradójicamente, no tiene una pizca de ese orden que Santiago persigue tenazmente). Lamentablemente su compleja psicología, empapada de paranoia y desazón, le juega sucesivas malas pasadas y no hace más que perfilarlo rumbo al caos y la confusión. Su vida es, en resumidas cuentas, como su sociedad, semejante a su propio país: una interminable behetría.
Para el ex-comando no hay trabajo a la vista y el haber luchado por su patria resulta siendo una credencial deleznable. El sistema le cierra todas las puertas, cosa que también ocurre con sus estimados camaradas: uno de ellos (el Rata) decide que la vida ya no vale la pena y se ajusticia con una soga, otros deciden aplicar todos los conocimientos aprendidos en la Marina para realizar el robo perfecto (y pasaron de ser casi héroes de la patria a abyectos delincuentes).
La convulsionada familia de Santiago acentúa considerablemente su caos personal: un padre que, con hipócritas maneras, lo echa del hogar (y que, en una de las escenas más intensas del film, resultó siendo un pederasta que abusaba de su propia hija menor), una madre sufrida que, al conformarse con su vergonzante realidad, parecía haberse convertido en poco menos que una deplorable posma, un hermano matón y alcohólico que pelea diariamente con su mujer como si fueran perro y gato. Esta última –y como para ponerle la cereza al pastel familiar– se ofrecía en bandeja a Santiago y lo llevó a explorar límites carnales insospechados.
Días de Santiago” es la película peruana más premiada de la última década. Desde su aparición en el Festival Internacional de Cine de Rótterdam (uno de los más importantes en el campo de la promoción, producción y apoyo a nuevos realizadores), el film ha recibido nada menos que once condecoraciones internacionales y ha participado en más de veinte festivales. El director –que empezó su prometedora carrera realizando cortos de bajo presupuesto en Arequipa–, estudió cine y estudios latinoamericanos en la Universidad de Yale y ha sido seleccionado por la Cinefondation del Festival de Cannes para participar de la Residencia, donde gestará su próximo proyecto cinematográfico: “Dioses”.
El protagonista de la película, Pietro Sibille, fue premiado como el Mejor Actor en el Festival de Cine Independiente de Buenos Aires, Argentina. Este premio no hace más que confirmar su descollante actuación que, a pesar de sus exasperantes paranoias y desencuentros, hacen de Santiago un personaje entrañable. Será, tal vez, que todos tenemos un poco de ese Santiago que pasa sus “días” desplazándose por las calles de una ciudad atestada de ruido, desorden y peligro... de ese Santiago que se somete al caos de transportarse en colectivos y que, solitario, camina por el Jirón de la Unión desconfiando de todo y de todos... porque así son las cosas en la gran ciudad que lo jalona de manera perpetua.

Orlando Mazeyra Guillén