Advertencia para el lector

«Rechazado o aceptado, perseguido o premiado, el escritor que merezca este nombre seguirá arrojándoles a los hombres el espectáculo no siempre grato de sus miserias y tormentos.»
Mario Vargas Llosa, La literatura es fuego.

2006/01/15

El Duque

Tal y como acostumbraba todos los fines de mes, Don Eleuterio –nuestro patrón– juntaba a sus peones, y nos leía alguna historia a la luz de una enorme fogata que, de cuando en cuando, atizábamos con arbustos secos y algunos residuos que a menudo nos dejaba la cosecha.

Los cuentos siempre nos resultaban aburridos; pero, esa noche, desde un inicio, todos quedamos prendados de la historia. La muerte de los Arango, era el título del relato (no podría olvidarlo). Trataba sobre una epidemia de tifus que aniquilaba sin piedad a pueblitos andinos como el nuestro. Recuerdo que ni bien don Eleuterio terminó de leernos la historia, Pancho echó unas lágrimas y, tembloroso, se persignó dos veces mirando al cielo.
Nadie abría la boca. El patrón nos contemplaba en silencio, aunque yo presentía que nos quería decir algo pero como que no se atrevía (o no encontraba las palabras)… Y así permanecimos hasta que la fogata se agotó.

–Ya es tarde –dijo por fin el patrón–. Vayan todos a dormir.

Yo me acerqué a él y casi agachando la cabeza, le pregunté:
–Patrón, ¿eso del tifus es cierto?
–Claro –me dijo y, señalando al Duque, agregó–: así que siempre hay que tener cuidado con los piojos, Teodoro.
Yo lo quería mucho al Duque, lo consideraba el hermano que nunca tuve. Cuando el patrón lo trajo era un cachorrito muy tímido y escurridizo. Me ofrecí a cuidarlo apenas lo vi. Siempre dormía en mi cama y me levantaba temprano lamiéndome la frente. Pero esa noche, después de escuchar a don Eleuterio, no quise dormir con él:
–No vayas a tener tifus –le dije y lo espanté de mi catre lanzándole mis ojotas sobre la cabeza.
El lo comprendió inmediatamente, porque me miró con tristeza y se salió de mi habitación.
***

–¡Teodoro, Teodoro! –me despertó por la mañana Pancho–. ¿Dónde está el Duque?
–No sé –le respondí desperezándome.
–¿Acaso no siempre duerme contigo?
–Ya no –le dije con cierta congoja.
Lo buscamos infructuosamente. Nunca más lo volví a ver… Tampoco volví a ver al patrón, porque el mismo día que desapareció el Duque, don Eleuterio cayó gravemente enfermo.
–¡Yo lo he visto al patrón! –exclamó Pancho, persignándose–. ¡Tiene manchas, manchas como costras en toditita su cara!

–¿Manchas? –pregunté, asustado.
–Sí –me dijo–. Le ha dado tifus. Nos tememos que ir como el Duque.
–¿Adónde iremos?
–Adonde sea –dijo antes de pronosticar una gran calamidad–: ¡si nos quedamos, moriremos!
–¡Cállate! –exclamé–. No va a pasar nada. Te apuesto que el Duque aparecerá pronto… debe andar tonteando por ahí.
Pero lo único que apareció fue esa maldita epidemia. El patrón murió justo a fin de mes. Luego de enterrarlo decidimos quemar el libro de cuentos. Lo buscamos por todo el caserío pero nunca lo encontramos (talvez don Eleuterio ya lo había quemado).
–¿Por qué no me hiciste caso? –me preguntó Pancho, postrado en su catre.
Me puse a llorar y lo abracé desconsolado.
–Al menos el Duque se salvó –me dijo, y se persignó dos veces con los ojos cerrados.

15/I/2006

No comments: