Advertencia para el lector

«Rechazado o aceptado, perseguido o premiado, el escritor que merezca este nombre seguirá arrojándoles a los hombres el espectáculo no siempre grato de sus miserias y tormentos.»
Mario Vargas Llosa, La literatura es fuego.

2006/09/21

La muerte siempre está

La muerte es, para mí, una de esas obsesiones tenaces que sabes que, hagas lo que hagas (y como Reyna a Maradona en 1985), siempre van a estar soplando tu nuca. Y, en cierto sentido, estoy agradecido por eso. Sólo quien valora la vida tiene miedo de morir.

No sé cómo hacerlo -talvez este relato sirva en algo-, pero hay muchas cosas que tengo que agradecerle a la vida, y, a su vez, tengo muchas cosas que agradecerle a la muerte (a mis pequeñas muertes personales y a las grandes muertes ajenas). Vida y muerte: de ambas aprendo… y a ambas estoy atado desde que nací (¿y hasta que me muera?).

Intuyo, como en el relato que es motivo de este post, que la muerte nunca es buena: es fría y oscura, es invierno eterno que entumece músculos y es, también, aura ponzoñosa que, en realidad, nos mata a todos. De a poquitos o de a pocazos, pero nos mata a todos. Porque la muerte de tu padre te mata un tanto, la muerte de tu abuela te agota otro poco y así sucesivamente… hasta que la muerte grande –la definitiva– disuelve a las pequeñas… para morir con ellas.
¿Hay que temerle a la muerte? Desde luego. Hay que temerle amando a su contracara -la vida, la que nos permite ser conscientes de nuestra finitud-; hay que temerle con un temor que, en el fondo, abrigue una esperanza. La esperanza de que también ella sea buena como esa suerte de sediciosa ingravidez que desvanece los sentidos... tan buena como esa sensación que me empujó a escribir LA MUERTE SIEMPRE ESTÁ, relato dedicado a María Jesús, mi abuela.
Lee el relato haciendo clic aquí.

2006/09/15

SE ARRIENDA: Bienvenidos a la cordura

El pasado es un país extranjero.
Allí hacen las cosas de otro modo

L.P. Hartley




Luego de saborear como el que más la victoria de Coronel Bolognesi sobre el Colo Colo de Chile (por la Copa Sudamericana, en el estadio Jorge Basadre de Tacna), decidí conseguir el primer largometraje del escritor chileno Alberto Fuguet. Antes ya había visto –más de cinco veces, solo y acompañado– Tinta roja (dirigida por Pancho Lombardi, tacneño hincha del ‘Bolo’) y leído la novela en cuestión.

No he visto película latinoamericana que esté en tanta consonancia con Escribes.

Gastón Fernández no quiere ser escritor. Es compositor: un artista que, soñando y soñando, se quedó en sueños (ensueños). El personaje es el típico joven clasemediero con debilidades artísticas, quien, en primera instancia, recibe el apoyo familiar (paterno, para ser específicos). Un apoyo que con el tiempo se va desgastando porque Gastón no produce, y para pertenecer al sistema hay que producir (dinero, obviamente, otra cosa no sirve… como no sirve lo que no tiene precio, lo que no puede arrendarse o subastarse).
El problema es que Gastón se ha hecho viejo, quizá sin darse cuenta. Lo peor de todo es que no hay el menor asomo de coherencia entre su vanidad y su realidad (y no es bueno “pasarse la realidad por la raja”, como dijeron sus camaradas, aquellos que supieron ingresar al sistema en el momento correcto… porque no se puede vivir “haciendo poemitas o vendiendo artesanías”).

La repelencia es recíproca: de él hacia el Sistema y del Sistema hacia a él. Pero todo tiene un tiempo límite. Es hora de insertarse, de pedir disculpas agachando la cabeza, de acceder a él.
Ya no podía ser siendo el inútil de la familia y su padre le dio el empujón necesario. Gastón entró al negocio familiar (arriendos, una inmobiliaria que pertenece a su progenitor). Empezó a arrendar casas, habitaciones, departamentos… y, sin darse cuenta, empezó, también, a arrendar su esencia, sus convicciones e ideales.
Para sentirnos menos mal, o para adormecer al abogio con coartadas eficaces, hay que buscar a alguien que esté peor que nosotros. Escapar -gracias a otros- de nosotros mismos y de la puntillosa retrospección es un medida estimable. Eso hizo Gastón. Arrendó su insatisfacción. El pretexto perfecto: una confesión de uno de sus clientes que tuvo un padre desquiciado que casi lo mata a punta de balazos.
Gastón descubrió que tenía un buen padre y quiso empezar de cero. ¿Arrendando? Talvez.
La batalla, en este caso, la ganó la cordura, pues, como dice Hildebrandt, “La cordura gana casi siempre por unanimidad. Consiste en un adiestramiento del olvido. O sea, debes olvidar que el mundo podría cambiar, que no fue siempre este hervor de hormigas adictas a las figuritas. Debes olvidar tu cólera e integrarte. Y por último, debes olvidar que has olvidado.”
Gastón Fernández debe empezar por olvidarse de su pasado… ese país extranjero que lo acusa, lo seduce y también lo ensalza; porque está impregnado de ese odio afectuoso que nadie podrá arrendar.

2006/09/12

No te hagas el loco

–¡Ese huevón me quitó a mi mujer!
Su mano apuntaba en línea recta. Hacia allí miré sorprendido, estaba en la vereda de al frente: salía con un gesto adusto de la tienda de alfajores de doña Rosaura. Un sobretodo azul marino lo protegía de la garúa. Al voltear la vista, nos reconoció (mejor dicho, reconoció a Felipe):
–¿No te cansas de perseguirme, vago de mierda?
Felipe, asustado, me tironeó del chaleco:
–¡Vámonos, vámonos!
–Suelta mi chaleco, Felipe, me ha costado un ojo de la cara y es el único que tengo –le dije retirando su mano de mi prenda y empezamos a caminar, de manera desordenada, rumbo a la Plaza de Armas.
La garúa paulatinamente se transformaba en lluvia: caía verticalmente sobre nuestras cabezas (y también nos cayó una amenaza de parte de ese sujeto que yo creía haber dejado atrás):
–Sí, mejor váyanse porque no quiero perder el tiempo rompiéndoles la crisma a ustedes dos, par de ociosos.
Volteé de inmediato y le lancé una mirada resoluta antes de gritar a voz en cuello:
–¿A quién le vas a pegar tú, mojón? Dame dos minutos, nada más dos minutos para cerrarte el hocico a punta de trompadas.
–Mejor haz algo que valga la pena: ¡págale un psiquiatra a tu amigo! –exclamó, con una falsa sonrisa, antes de detener un taxi y subir en él.
–Vámonos, Martín, acabas de llegar a la ciudad: ¡no te ganes problemas! –me dijo Felipe–. Vamos al Cyrano a tomar unas cervezas.
–Ese sujeto nos ha querido cuadrar por tu culpa, te ha dicho vago y luego loco –le dije, molesto, molestísimo–. Y tú, en vez de encararlo, te escapas, ¡arrugas como un cobarde! ¿Qué chucha te ha pasado, Felipe?
–Ando medio loco, eso es lo que me pasa: desde que perdí el trabajo he tenido problemas mentales, estoy enfermo de ésto –me confesó avergonzado, tomándose las sienes–. Claudia me ha dejado… se fue con Florcita. ¡Me dejaron solo, hermano!
Parecía un niño, lloraba a lágrima viva en un estado que, más que pena, provocaba vergüenza ajena.
Saqué un poco papel higiénico de mi pantalón y se lo entregué.
–Toma, límpiate esas lágrimas y no hagas tanto roche que nos están mirando –le dije–.¿Cuándo perdiste la chamba?
–Casi un mes después de que te fuiste –me dijo, tratando de hacer memoria.
Yo, escrutando sus fachas, ahora ya caía en la cuenta. Empecé a entender el por qué de ese traje grasiento y de esos zapatos sin hileras que parecían carecer de zuela... y de decencia.
– ¿Y Claudia se fue con ese sujeto?
–Sí –asintió volviendo a humedecer sus ojos y buscando cigarrillos en sus bolsillos–. Qué mala suerte, no encuentro ni un puto pucho. Dame un cigarro y te cuento cómo se mandó a cambiar con ese tipo que se subió al taxi...
–¿En serio? –le pregunté, incrédulo, imaginando a su esposa con el extraño en la cama: haciéndole toda clase de maromas que el pobre Felipe había visto jamás en su triste vida–. Es un mocoso, podría ser tu hijo.
–Hijo mío no es. Es el hijo menor del doctor Cabrejos.
–¿Y quién miércoles es el doctor Cabrejos?
–Era mi psiquiatra hasta que me enteré de que su hijo se metía con Claudita y…
–¿Claudita? –pregunté, irritado–. ¿Le dices Claudita a esa perra?
–Cállate, Martín, no te permito que hables así de mi mujer
–¿Tu mujer? ¡Será la mujer de ese mocoso que te hizo orinarte en los pantalones! Te pones machito conmigo, con tu pata del alma; pero con ese mojón que se la culea a tu mujer te encogiste como un pichón mojado. Ya no sé qué pensar de ti... Hablemos claro: te me caíste. Yo no volví a esta ciudad para encontrarme con las ruinas de mi amigo. ¿Te acuerdas de que te dije para irnos juntos? No hiciste caso, ahora pues, ahora pues, ¡arrepiéntete!
–Carajo, Martín, no me hagas sentir mal.
–Te juro que yo me siento peor que tú. Todo lo que te digo me sale del alma y si te duele, mejor. Me voy por un par de años y todo se pone de cabeza. Mucha información para un solo día, Felipe… Ahora sólo falta que me digas que el Joselo se ha vuelto cabro.
–¿Qué comes que adivinas? –me preguntó cambiando radicalmente de actitud y de semblante. Antes de continuar, endulzó su voz premeditadamente–: Ha puesto una peluquería al frente del parque Duhamel. Si quieres vamos a verlo, aunque te advierto que ya no le decimos Joselo: todos le dicen Monique.
–¿Monique? –escupí tratando de recordar.
–Sí, Monique, siempre dice que es parte de una promesa de amor.
Cumpliste la promesa, Joselo”, pienso en silencio, “me juraste que de volver a vernos todo sería distinto: serías Monique… mi Monique y para siempre…”
–¿Quieres ir a verlo?
No –respondí, sin terminar de oír la pregunta–. Quiero ir a verla. Me muero por verla.
–¿Se van a casar? –indagó a boca de jarro.
–¿Quiénes? –pregunté haciéndome el desentendido.
–Ustedes dos pues, no te hagas el loco. Monique me lo contó todo. Ojo: sólo a mí ah, a mí y a nadie más… dice que como estoy loco no hay problema… que si me pongo a hablar nadie me haría caso, ¿tu qué piensas? ¡Dime qué piensas, hermano!
Pensaba en cómo pasa el tiempo y en cómo cambiamos todos. Pensaba en desaparecer para siempre. Me arrepentí de haber vuelto, quise estrangularlo antes de escapar de la ciudad, pero, los dos lo sabíamos: no iba a poder hacerlo…
–Ya pues, Martín, ¿Monique y tú se van a casar? –me preguntaba tan recocijado como rejuvenecido–. Responde de una vez y no te hagas el loco, hermano.
© Orlando Mazeyra Guillén, 2006.

2006/09/04

Travesuras de la niña mala



La reseña que hizo Johnny Zeballos acerca de la última novela de Mario Vargas Llosa, la leí en El Hablador hace una semana y, hasta hoy -que acabo de leer el blog de Gustavo Faverón-, me estuvo dando vueltas por la cabeza. Para liberarnos de algo, a veces no nos queda otra cosa que escribir... una buena oportunidad para volver a postear.
Luego de leer los más de diez extensos párrafos, me sentí decepcionado y hasta quizá estafado (porque no encontré nada de lo que mi lectura personal me dejó; seguramente yo estaba pidiendo demasiado y hacía mal en desestimar una crítica por el simple hecho de no estar en sintonía con, digamos, mi ‘reseña privada’).
A mitad de la reseña me topé con algunas afirmaciones (“en Travesuras de la niña mala, el notable escritor parece rivalizar con Alfredo Bryce Echenique”) que me llevaron a preguntarme si acaso el autor de la misma había leído cabalmente la novela de Vargas Llosa. Me pareció que no. En todo caso, la había leído mal.

Si Zeballos, en primer lugar, hubiera prescindido del autor, su crítica sería distinta a la resultante, que miente, Pero miente mal, porque aborda cualquier novela menos Travesuras de la niña mala.
Soy realista, en mis novelas trato siempre de mentir con conocimiento de causa”, dice el narrador –alter ego de MVLL- de Historia de Mayta. Y creo que eso lo podría suscribir cualquier buen crítico o reseñista, porque la crítica, si es audaz y atrevida (y más allá de su rigor y academicismo), también miente, porque da una visión singular, sesgada, única; en donde también están inmersos los prejuicios, las aversiones, las fobias, pasiones y desencantos del crítico.
La crítica puede ser valiosísima para adentrarse en el mundo y las maneras de un autor, y, a veces, un ensayo crítico constituye en sí mismo una obra de creación. Ni más ni menos que una gran novela o un gran poema”, nos dice MVLL en Cartas a un joven novelista.

Quizá pido mucho y, a su vez, confundo la reseña con la crítica erudita. En realidad, no pido nada: exijo que un reseñista mienta –está en su pleno derecho– con conocimiento de causa. Hablo de argumentos certeros e inferencias edificantes, y no de píldoras para el bostezo y la repulsa.
Yo no soy un crítico, ni cuento con las armas para serlo, pero, a mi manera y para vindicar un libro que he disfrutado de principio a fin, puedo decir que en Travesuras de la niña mala, Vargas Llosa se sirve de una historia de amor para explorar la naturaleza de la ficción y para dar cuenta, subrepticiamente, de sus razones e inseguridades literarias (hablo de lo que lo ha llevado a dedicar toda una vida a la invención de historias): “vivir en esa ficción le daba razones para sentirse más segura, menos amenazada, que vivir en la verdad. Para todo el mundo es más difícil vivir en la verdad que en la mentira (…) todos quienes viven buena parte de su vida encerrados en fantasías que construyen para abolir la vida verdadera, saben y no saben lo que están haciendo”.
Esta novela, más allá de dejarme un testimonio ondulante acerca de la peripatética e insufrible aventura amorosa de Ricardo Somocurcio con su niña mala, me permite comprender que toda una vida no basta para develar de dónde nace, por qué lo hace, y hacia dónde va la voluntad de crear; me da, también, nuevas señas para reinterpretar o mirar de otra manera, libros como El pez en el agua; para entender que apuestas desbocadas por la trashumancia y el cosmopolitismo hacen de los apátridas a rajatabla una especie de seres etéreos, porque están y no están, pues ya no pertenecen a ningún lado: “allá [en Europa] , he terminado por convertirme en un ser sin raíces, en un fantasma. Nunca seré un francés [o un español], aunque tenga un pasaporte que diga que lo soy. Allá seré siempre un métèque. Y he dejado de ser peruano, porque aquí [en Lima] me siento todavía más extranjero que en París”.
Ricardo Somocurcio es, como el autor de la novela, más que un individuo libre, un alma sensible. Envidio mucho esa sensibilidad que muchas veces nos hace falta para poder comprender o reseñar una novela. A veces contamos con muchas armas, pero no con el calibre imprescindible.