Advertencia para el lector

«Rechazado o aceptado, perseguido o premiado, el escritor que merezca este nombre seguirá arrojándoles a los hombres el espectáculo no siempre grato de sus miserias y tormentos.»
Mario Vargas Llosa, La literatura es fuego.

2007/07/14

América y su Copa



En Venezuela, desde hace un buen tiempo atrás, el centro de la atención es, de lejos, el extravagante Hugo Chávez Frías, militar y político que preside el gobierno de su país desde el siglo pasado (1999). Uno puede estar a favor o en contra: tildarlo de " Mussolini tropical", como lo catalogó en alguna oportunidad el escritor mexicano Carlos Fuentes; o admirarlo sin reparos, como ocurre con el presidente boliviano Evo Morales. Pero tanto defensores como detractores son conscientes de que él es algo así como el ojo del tornado, pues el fundador del Movimiento Bolivariano Revolucionario sabe arreglárselas a diario –con pintorescos improperios contra " mister Bush" y el imperialismo, por ejemplo; o con vigorosas loas a Fidel y a su "revolución"– para ganarse flashes, portadas y titulares que traspasan las fronteras de su país y forman parte de la recargada agenda noticiosa de América Latina y el resto del Mundo.
Pero, desde el pasado martes 26 de junio, Chávez ha pasado a segundo plano, cediendo con gentileza los reflectores antes de rendirse ante los encantos de Su Majestad El Fútbol: "Venezuela será el campeón", dijo el presidente venezolano, notoriamente inundado por una inusual -pero comprensible- fiebre futbolera. Y es que así es el fútbol en esta parte del continente: el deporte de las masas, el Deporte Rey. Ergo, la Copa América es, hoy por hoy, el monotema que está en la cresta de la ola en tierras llaneras, y es por eso que los principales medios informativos del planeta están diseminados en cada una de las sedes escogidas para alargar la vigencia esta vieja lid deportiva.
Perú dio el puntapié inicial sorprendiendo a propios y extraños al golear al equipo uruguayo de Oscar Tavárez (3-0); y después Chávez y Evo se repartieron los honores en la tribuna: Bolivia le empató a Venezuela en la cancha (2-2). La inauguración de la edición número 42 del torneo futbolístico más antiguo de América tuvo como invitado de excepción al máximo referente de toda la historia del deporte argentino, Diego Armando Maradona (quien, paradójicamente y al igual que Pelé, nunca pudo ganar este título).

Un poco de historia: desde 1916 hasta nuestros días

Si hacemos una apretada revisión de la historia, descubriremos que este torneo se remonta al año 1916, cuando por primera vez Argentina organizó el Campeonato Sudamericano de Naciones que ganaron sus vecinos, los uruguayos. Hay que recordar, también, que a lo largo de su vida esta justa ha sufrido muchas modificaciones y recién pasó a llamarse oficialmente "Copa América" en el año 1975. O sea, que se podría decir, sin temor a equivocarnos, que Perú fue el primer ganador de la "Copa América" pues, ese año el equipo incaico derrotó, con gol del 'Cholo' Sotil, al equipo colombiano en un luchado partido extra que se jugó justamente en Venezuela.
En cuestión de coronas, más de la mitad del palmarés es abarcada por los del Río de La Plata: tanto argentinos como uruguayos levantaron la copa en catorce ocasiones, razón por la cual ambos comparten el primer lugar. Tercero, y muy rezagado, aparece Brasil con sólo la mitad de conquistas: siete. Perú y Paraguay campeonaron (1) en dos oportunidades. Cierran el pelotón, bolivianos y colombianos con una solitaria conquista. Los únicos países sudamericanos que no han levantado la copa son Chile, Ecuador y el anfitrión Venezuela que acaba de hacer historia a costa de Perú: los dirigidos por Richard Páez alcanzaron la victoria luego de ¡cuarenta años! y pasaron por primera vez en su historia a cuartos de final, lo que, desde ya, convierte al entrenador de la 'vinotinto' en el estratega más exitoso en la historia del fútbol del país de Rómulo Gallegos.
Aunque no todo es color de rosa, pues en la última década este torneo se ha visto mermado a causa de motivos que –para los amantes de los eufemismos– podríamos llamar extrafutbolísticos. Si me apuran, me atrevo a decir que talvez la última gran Copa América fue la de 1995, cuando Uruguay hizo valer su condición de local en un abarrotado Estadio Centenario de Montevideo, derrotando por definición de penales a Brasil (por ese entonces flamante campeón del mundo, recordemos que Dunga, hoy entrenador del scratch, jugó esa final, llevó la cinta de capitán y anotó uno de los penales de los cariocas).
En 1997, el anfitrión Bolivia, tuvo que sacar adelante una Copa donde sólo algunos países llevaron a algunas de sus figuras (talvez desde ahí se puede avizorar un soterrado desdén por la altura y sus inconvenientes que están tan de moda por estos días). Y así, la vieja y querida Copa América, empezó el lento -¿irreversible?- camino hacia su devaluación. En 1999, el fantasma de la altura altiplánica ya no estaba, y en Paraguay las cosas mejoraron en algo, Ronaldo y Brasil brillaron.
Ya en este siglo, el año 2001, el anfitrión era el país de García Márquez y la Copa América fue una verdadera caricatura: Argentina renunció a participar (Canadá también rechazó una invitación de la CONMEBOL). Lo cierto es que pocos querían ir a Colombia por los problemas políticos que hasta hoy persisten. Muchos seleccionados asistieron con equipos alternos. Ganar la Copa América dejaba de ser un inapreciable anhelo para los futbolistas del continente, había otras prioridades… Además, Europa y sus millonarias ligas empezaron a poner trabas, ya no querían ceder a sus futbolistas.
El año 2004, Perú fue el anfitrión, y Brasil, menospreciando el torneo, asistió con un equipo alterno, aunque a pesar de eso le alcanzó para derrotar a Argentina en una animada final jugada en el estadio Nacional de Lima.
Por fin llegamos a Venezuela 2007, y hay una pregunta que queda rebotando cual balón que pega en el horizontal del arco: ¿por qué a algunos futbolistas sudamericanos que triunfan en Europa ya no les interesa participar en la Copa América? Porque no es rentable. Es cierto: si eres futbolista profesional, cruzaste el charco, y ya estás jugando en el Viejo Continente, entonces ya no necesitas mostrarte, ¡ya te conocen! Cuando ya eres parte de las grandes ligas europeas, regresar a América a disputar su Copa no sólo es sinónimo de perder plata. Tampoco se puede descansar. ¿Lo dudan? Pregúntenle a dos figuras estelares de Brasil: Kaká (AC Milán) y al mismo Ronaldinho Gaúcho (FC Barcelona), quienes, a libre albedrío –y desaprovechando la oportunidad de resarcirse de la pobre actuación brasilera en el último mundial-, se exoneraron de participar de la Copa América. Pero Dunga, entrenador del pentacampeón, no entiende. Quizá sea porque él es un romántico… de esos que cuando se ponen los colores de su país dejan la piel en la cancha hasta en los partidos amistosos.
Seguramente Kaká y Ronaldinho piensan que el pensamiento de Dunga es obsoleto, por eso no los comprende. "Respeto la decisión de ellos –dijo el director técnico, hace pocos días–, pero eso crea un desgaste innecesario. Tenemos que servir a la selección con orgullo. Dentro de la cancha es preciso mantener el espíritu de aficionado. Al final, (al jugar en la selección) usted está realizando un sueño de niño".
¿Quién tiene la razón, Dunga o los autoexcluidos? No hace falta responder. Sólo puedo añadir humildemente que yo soy un aficionado que, como muchos, siempre soñó jugar por su país.

El tirano del Deporte Rey

El fútbol, al mover cantidades escandalosas de dinero, ha dejado de ser un deporte y ha pasado a convertirse un negocio. Y no sólo ha perdido el romanticismo de antes ("el amor por los colores de la camiseta ", diría un fanático argentino que entiende perfectamente de lo que habla Dunga); sino que también se ha rendido ante su tirano: el poder. "El negocio del fútbol –ha dicho el escritor uruguayo Eduardo Galeano–, como todos los negocios del mundo, está organizado para recompensar a los más fuertes" y marginar a los más débiles. La recompensa se dará si le haces caso al poder, que quiere ser la voz de tu conciencia: " tú te debes al dinero que, mes a mes, te paga tu club, entonces no pierdas dinero jugando por tu selección, mejor descansa y entrégate a tu club: ¡ahí está el dinero!". Por otro lado, la marginación también se hace patente cuando no le interesas al poder: que lo digan los bolivianos que casi se quedan sin poder jugar partidos internacionales en La Paz… La FIFA, cual Dios omnipotente, decide qué es reglamentario y qué es antirreglamentario… todo, por supuesto, en función del dinero.
Y, entonces, ¿por qué la Copa América sigue viva? Porque, por suerte, no todos los grandes futbolistas son súbditos del poder. Un ejemplo: Hernán Crespo, hábil delantero argentino salido de las canteras del River Plate que hoy brilla en el Inter de Milán. Crespo asistió a la Copa América para campeonar, y gracias a su olfato goleador acaba de superar a Maradona en la tabla histórica de goleadores de la selección argentina. Al delantero gaucho, el Poder le pregunta: ¿Por qué juegas este torneo? Y él responde algo a la medida de Dunga: "Porque tengo hambre de gloria, porque jugar por la selección de mi país es lo máximo". Y lo que pasa es que Crespo no responde como jugador: lo hace como hincha. Porque él siente el fútbol tanto o más que los que se parten la garganta alentando en las tribunas. Crespo quiere gloria y la fue a buscar a Venezuela. La Copa América, entonces, sigue siendo sinónimo de gloria para los que, como Dunga y Crespo –quienes justamente estarán en la final-, seguimos creyendo que la pasión por los colores de la camiseta está por encima de todo y de todos.
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(1) El verbo "campeonar" (salir campeón) es un peruanismo futbolero que, luego, traspasó las fronteras. Como anécdota, puedo añadir que he escuchado de la propia voz de mi cuñado, un catalán fanático del F.C. Barcelona, decir que, en España, por primera vez se percataron de la existencia de ese verbo cuando Hugo "El Cholo" Sotil, emocionado y través del teléfono, le informaba a un familiar en el Perú: " ¡te dije que íbamos a campeonar, y hemos campeonado!". Lo dijo el Cholo Sotil... la Real Academia de la Lengua hizo lo demás.

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