Advertencia para el lector

«Rechazado o aceptado, perseguido o premiado, el escritor que merezca este nombre seguirá arrojándoles a los hombres el espectáculo no siempre grato de sus miserias y tormentos.»
Mario Vargas Llosa, La literatura es fuego.

2007/04/24

Los peligros del betún


Tengo miedo de embetunar mis zapatos, soy muy torpe como mi padre (a él no lo conozco, pero eso es lo que me repite mi mamá cuando hago algo mal, o sea, casi siempre). Si yo pudiera, desaparecería mis zapatos, porque cada vez que intento lustrarlos, algo malo pasa, y termino con las medias grasientas, manchadas. Y, así trate de ocultárselo, mi madre parece bruja: siempre me descubre. Me da dos cachetadas antes de perseguirme con el chicote. Ahí no acaba todo: cuando regreso de la escuela, me castiga haciendo lavar mis medias y también la ropa de todos... A veces pienso que me gustaría ser como Fabricio, el limpiabotas de la plazuela que hay a media cuadra de mi quinta... sus medias son viejitas, pero son las más limpias del mundo. Además, él no va a la escuela y, lo mejor de todo, tampoco tiene mamá.
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Los peligros del betún apareció en la edición de Abril de La Siega, revista de literatura, arte y cultura.

2007/04/09

SE PROHÍBE ESTAR TRISTE (*)



En el portal literario chileno Letras.s5.com aparecen los comentarios de Erick Tejada acerca de URGENTE: Necesito un retazo de felicidad.

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Hace ya varias décadas, algún audaz poeta adosó una severa advertencia entre las métricas páginas de su obra mayor, padeciendo quizá, aún con optimismo, las agonías del mundo contemporáneo. Aquel –a todas luces– ignorado letrero decía tajantemente: “SE PROHÍBE ESTAR TRISTE”.

Ya entre nosotros, otro aviso, acaso de la misma especie, es el que preside desde la tapa esta colección de cuentos ensamblada por Orlando Mazeyra Guillén; uno que dice: “URGENTE: NECESITO UN RETAZO DE FELICIDAD”. Este llamado impaciente, podría ser tranquilamente, el coro de las multitudes de todos los tiempos, y así, podría ser también el hilo de continuidad de las historias escogidas para esta compilación.

Estas lecturas, que discurren entre lo cotidiano y lo recurrente (la soledad, el cuerpo, el amor, la locura, la muerte, la violencia, lo absurdo, la “primera vez”…), acusan casi siempre un ritmo sereno, tensionado sólo a veces por el contrapunto de una prosa exacta y una trama obscena.

Los profusos discursos introspectivos de personajes y narradores, recrean esa facultad que, según han dicho los sociólogos optimistas, distingue a la modernidad tardía: la reflexividad, esto es, la capacidad de los individuos de posicionarse crítica y reflexivamente frente a las instituciones, frente a las totalidades heredadas de la modernidad. Para los menos complacientes, a los que personalmente me suscribo, se trata simplemente del reino postmoderno de la incertidumbre.

Con todo, en estas historias se ensayan caminos hacia la felicidad que, como ha dicho Alfredo Bryce, “no es más que la condición natural ‘óptima’ de nuestro ser terrenal”. O bien, en su defecto, se testimonia su ausencia. Así, por ejemplo, una puta que se llamará Infancia puede ser un buen pretexto para intentar ser feliz cuando no se es más un infante; mientras que un ojo izquierdo trastornado y vidente, evoca sin filtros visiones tan íntimas y tan ajenas, que resultan graciosamente tormentosas.

Las ficciones de Orlando Mazeyra Guillén, como él mismo sugiere con el epígrafe que toma de Ernesto Sábato, brotan de un mundo defectuoso e imperfecto. La postmodernidad es, pues, un tiempo definido no por lo que es, sino por lo que ha dejado de ser, y donde, como ya se ha dicho, lo único que se da por descontado, es decir, las únicas certezas, son la inseguridad y la incertidumbre.

Así, uno puede encontrarse con una hija con sobrepeso para los cánones estéticos dominantes del occidente, a la que Mazeyra hace balbucear entre sus malestares anímicos el discurso postmoderno del cuerpo como el último reducto de la libertad y de la agencia humana. Nótese la paradoja, subrayada por Zygmunt Bauman, donde la libertad supuestamente conquistada por la humanidad en nuestros días, sólo puede redundar en la angustiante sensación de impotencia para modificar nuestro entorno. Así, la preocupación obsesiva por la gordura, y a fin de cuentas el cuerpo, es, como ha explicado este gran pensador contemporáneo, uno de los últimos recursos de la autonomía individual sobre una de esas parcelas del sufrimiento producidas por la condición postmoderna, a través de la cual se canaliza el terror por la desprotección y la disolución del sentido de comunidad y de lo público. Se trata pues, de la privatización también de los miedos, lo que hace imposible enfrentarlos colectivamente.

De manera tal, que en medio de esta orfandad, y tal como indica Bryce, el amor se convierte en el último refugio del sentimiento de pertenencia de hombres y mujeres; de ahí la extraordinaria importancia que, hoy por hoy, la pasión amorosa reviste. Mazeyra también así lo ha fabulado, y por eso uno de sus personajes “sufre en silencio; canta sintiendo que, por culpa de ella, la soledad está adherida a todo su ser”. Y, cuando en el penúltimo párrafo del cuento, el personaje se deshace irreversiblemente de los que mensajes de la mujer que lo desdeña, por lo que llega a sentirse “victorioso, pero también desolado”, Mazeyra ilustra con sutileza esa trágica secuencia, en donde la aflicción de saberse aislado y de correr a solas con las alegrías y las penas, es el correlato inevitable del éxito individualista, de la individualidad privatizada.

En “Ella siempre está”, el cuarto relato de la colección –si es que uno lee el libro como “rollo chino”, “del principio al final, como niño bueno–, Mazeyra nos sujeta a la lectura con un lenguaje amable, elegante y profundo a la vez. La ceguera temida y aborrecida de una abuela al inicio, deja de serlo cuando quien narra descubre la omnipotencia creativa de sólo cerrar los ojos. La sosegada y pacífica belleza de estos párrafos demanda ser contemplada con el propio sentido, por lo que me limitaré a decir que en el diálogo postrero entre la fallecida y el narrador, en el altísimo suceso del “instante eterno” en que ellos saborearon “la Verdad como nadie nunca antes lo había hecho”, estalla, en opinión de este prescindible comentarista, el momento culminante del primer libro que Mazeyra nos entrega. Lo anacrónico del pasaje –recuérdese que la verdad y lo verdadero son rasgos de un tiempo fenecido– le aporta, inmejorablemente, solemnidad a este estadio cumbre de la prosa de Mazeyra.

“Todo comenzó en la Universidad” es el cuento más extenso de la antología, y es también la pieza que más de sociología incorpora en el discurso literario. En esta narración cadenciosa y proporcionada, escrita con el lenguaje preciso para neutralizar quizá la perversidad de sus tópicos, es posible toparse con la peruanidad que nunca fue más que añicos, retazos inconexos de un proyecto fallido. La obscenidad del racismo es contada con la naturalidad con la que aquí es vivida, y a continuación enerva y apasiona al lector. Mazeyra logra su explícito propósito de llevarnos hasta el final de la historia, dejando en el camino bellezas de catálogos, hijitos de papá, bravatas oligárquicas y regionalismos insulsos en clave de humor negro; el poema “La ciudad de los extremos” es un divertido manifiesto postbelaundista del arequipeñismo menguante. Y para el veloz remate, se precipitan una Barbie cornuda, un negro degollado, un arequipeño sodomita, un inmigrante horrorizado y un antihéroe que al final se queda con la mujer.

Orlando Mazeyra Guillén ha dado cuenta en este libro de una vocación suya irrenunciable, cuya determinación puede percibirse con nitidez en la quinta lectura que aquí nos alcanza: “Escribes”, que es, de pronto, un involuntario manifiesto de su propio temperamento. El autor ha creado, ha vivido y ha hecho vivir con categoría esas “vidas alternas” que atribuye a uno de sus personajes, esas realidades paralelas que desde la literatura, el cine o la música es posible inventar para el consuelo del mundo y el alivio de los mortales. La irrupción creadora de Mazeyra ha dejado ya secuelas memorables, y le toca ahora imponerse a la fugacidad de una época que se empeña en hacer perecible y comercial a la virtud. De la resolución de esta historia estaremos al pendiente.

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(*) Erick Tejada Sánchez es estudiante de la Escuela Profesional de Sociología de la Universidad Nacional de San Agustín de Arequipa. Fundador de la Revista de Política y Cultura ESPERGESIA. Obtuvo el segundo premio en la Bienal Nacional de Cuento Mario Vargas Llosa 2003 y, también, el Tercer Premio del Concurso Beca BID América Latina 2005.

2007/04/02

Palabras de Oswaldo Reynoso

En el portal Libros Peruanos aparecen algunas de las palabras que pronunció Oswaldo Reynoso, la noche que presentó mi libro de relatos URGENTE: Necesito un retazo de felicidad.

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Mazeyra: Autor de raza
Por Oswaldo Reynoso

La narrativa de Orlando Mazeyra Guillén es muy fresca. "Urgente: necesito un retazo de felicidad" es un libro bien escrito. Aunque hay que aclarar qué significa "escribir bien", porque la gente cree que basta con tener un buen argumento para escribir un cuento; pero no se trata de eso. La literatura es un arte que se hace con palabras, y lo que se le debe exigir a un cuentista es que maneje bien su lenguaje y le dé sentido artístico a sus historias. Si no hay ese sentido artístico, el autor nos puede contar las historias más maravillosas del mundo (con las mejores técnicas narrativas del mundo), pero no es un creador.
En el libro de Mazeyra sí hay belleza: belleza en el uso de la palabra. ¿Y cómo se adquiere esa belleza? Es un misterio que, hasta el momento, ninguna ciencia –ni la psicología ni la sociología ni nadie– ha descubierto. ¿Por qué Picasso comienza a pintar y sus obras tienen ese valor? No se sabe. Y belleza es lo que yo he encontrado en los relatos de este libro.
Hay que recordar que cuando un escritor publica un libro con varios relatos, el lector puede toparse con diversos temas, en donde, por más esfuerzo que se haga, no se encuentra, no se identifica al escritor: es lo que yo llamo "florilegio" (la lectura del relato no nos dice nada en relación con el autor). Ésta no es una propuesta –consciente– del autor, sino, más bien, es el resultado de la concepción que el autor tiene del mundo, de su vida y del arte: lo que da unidad a un libro de cuentos con diferentes temas. Y, ¿cómo podríamos señalar esta concepción del mundo de Orlando Mazeyra? Repito, el autor no es consciente; pero, de pronto, en un relato aparece una frase que le da significado a todo el libro, y dice lo siguiente: "… si me pongo en su lugar, pienso que sería genial estar loco… para no ver la realidad o para verla con otros ojos…" (pág. 26). Este el fundamento del autor: sería genial estar loco para no ver la realidad o para verla con otros ojos. Y, efectivamente, en estos cuentos se ve la realidad (o con locura, o con otros ojos).
Pero, también, hay un relato corto que nos da la clave íntegra de la concepción del autor, de lo que quiere transmitir en este conjunto de historias, pues una lectura un poco ligera puede dar la impresión de que él toma diferentes temas. Pero, en el fondo, todo buen autor, toma temas centrales (con diferentes personajes y con diferentes situaciones). Ese otro relato que nos da la clave de lo que el autor nos quiere decir a través de todas las historias se llama "La Talega", y dice:


"Ese anciano de mirada perdida siempre camina arrastrando una pesada talega color cereza. Los cuentistas del vecindario dicen que adentro lleva tres enormes espejos. Dos de ellos ya están rotos: el primero lo rompió cuando descubrió su primera arruga; y el segundo fue a parar al suelo cuando contempló su primera cana. El tercer espejo sigue intacto… algunos arguyen que su avanzada ceguera le impide dar cuenta del último espejo. Yo creo que se romperá cuando el viejo esté cara a cara con la Muerte" (pág. 57)

"La Talega" es un hermoso y muy profundo relato corto, en el cual se sintetiza la intención artística de Orlando Mazeyra; intención que los lectores podrán encontrar al leer los otros relatos. Y, porque, además, hay historias que a uno, efectivamente, lo dejan en suspenso: son relatos abiertos (en donde el uno puede encontrar diferentes finales). No todos los cuentos de este libro tienen un argumento cerrado, sino que la historia se abre y es un estímulo para la imaginación del lector.
En este libro hay historias con algunos elementos absurdos –aparentemente absurdos– que le dan sentido a una vida; como en el caso específico del último relato, que es el que le da título al libro: "Urgente: necesito un retazo de felicidad". Cuando se lee ese relato, se siente, al final, una gran conmoción; que es precisamente lo que logra un autor de raza cuando se introduce en esta aventura de la escritura.

Oswaldo Reynoso
Lima, 8 de marzo de 2007