Advertencia para el lector

«Rechazado o aceptado, perseguido o premiado, el escritor que merezca este nombre seguirá arrojándoles a los hombres el espectáculo no siempre grato de sus miserias y tormentos.»
Mario Vargas Llosa, La literatura es fuego.

2008/11/17

¿Por qué se entregó Rómulo León?


Alan García dice que lo de los petroaudios es un simple escandalete. ¡Todo un pelmazo! Él sabe muy bien que si uno quiere ponerle nombre a todo este desmadre, “Nido de ratas” sería la opción más pertinente. Y al parecer las ratas eligen –siguen eligiendo– el número 13 para realizar sus nuevos “faenones”. El Apra, como en los toros de Acho, tiene tardes de muy buenas faenas en donde el astado, el que siempre pierde, es el país, la gente que en una tarde afiebrada de decisiones desesperadas los puso en el poder creyendo que eran “el cambio responsable”. ¿Por qué se entregó León? ¿Quién ‘arregló’ su situación? ¿A quiénes ‘aceitó’ o ‘ablandó’ durante estos días? ¿Al propio presidente? Eso sólo lo saben el propio Rómulo, sus hijitos (énfasis en la actoral Luciana) y la cúpula del partido aprista. Aun así, nos siguen despertando mucha curiosidad los entresijos de esta historia truculenta que, salpicada de verdades y mentiras, no es otra cosa que la historia oficial del Perú… la que casi nunca llega a los libros de Historia que leen nuestros escolares.
No hay que ser muy malpensados para saber que esta larga espera, de más de un mes, es el resultado de un arreglo por debajo de la mesa. Es muy claro Augusto Álvarez Rodrich al afirmar que la entrega de León “es clave para identificar a los responsables del intento de establecer un red mafiosa en el país. Ojalá, nomás, que los 38 días que demoró en hacerlo no obedezcan a alguna negociación turbia”. Por otro lado Hildebrandt sabe (y saben los pesos pesados del Apra): León no hablará, “pero, si por alguna razón, hablara, el terremoto de Pisco quedaría como una leve sacudida. El problema de este gobierno no es Canaán ni es León. El problema de este gobierno es que un amplio sector del Apra ha vuelto a las andadas. Y con el doctor García a la cabeza”.
Estamos ante una puesta en escena planificada sin apresuramientos desde la cima del poder –la verdadera red mafiosa–, todo muy bien orquestado, no hay roles principales ni tampoco secundarios: insistimos en un nido de ratas que sólo se lanzarán del barco cuando éste se empiece a hundir (“el efecto Titanic”) o cuando el 2011 les diga: ¡basta a la porquería! Cuando creemos que nuestros gobernantes no pueden ser más corruptos, la realidad nos desmiente con un cabezazo en la sien. Creímos (o jugamos a creer) que los vladivideos eran el punto de partida, porque ya no se podía descender más. La vieja escuela aprista se viene con la fuerza de un tornado. Rómulo León, digámoslo sin dudarlo, es un peón más que toda esta caterva de ladrones que no van a parar la mano. Lo sabe García, lo sabe Hildebrandt, lo sabemos todos. Lo que no ignoramos es en dónde vamos a terminar…
Hoy más que nunca uno puede estar orgulloso de su memoria. Mi memoria me impidió votar por Alan García. Sabía que llevar otra vez a ese sujeto a Palacio de Gobierno sería el tiro de gracia para nuestra moribunda dignidad nacional. Estaba convencido de que si García volvía a alzarse como presidente del Perú nuestra bandera quedaría percudida para siempre y no habría “lavado de bandera” o revuelta popular que nos la devuelva. Porque no hay desvarío peor que el desvarío de la memoria. Juan Pablo Castel, aquel mítico personaje de Sábato, sabía muy bien de desvaríos. De esos desvaríos que atenazan al peruano de a pie, a todos aquellos compatriotas para quienes la democracia es una palabra inasible, para aquellos a quienes el presente (democrático) es tan horrible como el pasado, para quienes por suerte todavía recuerdan tantas calamidades, tantos rostros cínicos y crueles, tantas malas acciones… porque la memoria es, para nosotros los peruanos, como la temerosa luz que alumbra un sórdido museo de la vergüenza. Porque los cínicos y crueles como Fujimori, Montesinos y García sólo nos deben servir para documentar nuestro pasado tenebroso. Para que se pudran juntos en el sórdido museo de la vergüenza. Y para acudir a ellos cada vez que la memoria lo requiera tanto o más que el día de mañana, cuando Rómulo León resulte siendo un niño de teta al lado de otros (sus jefes, sus primos, sus progenitores y hermanos políticos… aquéllos con quienes maquinó esta farsa que es su entrega).
Desde el 28 de julio del 2006 no entono el Himno de mi país. No lo haré hasta que todos ellos se vayan, ¡ojalá para siempre!

Orlando Mazeyra Guillén
Publicado en El Pueblo, hoy

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