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Otro relato de Jordan Martín Jáuregui Meza |
Mi propia
ley es el roce de tu piel
A. C.
Estaba fumando de espaldas al
suelo, en el techo, mirando las estrellas. Pensaba una y otra vez en mi «lista
de cosas por hacer»: uno, olvidar a Fiorella; dos, dejar de pensar en ella;
tres, dejar de soñar con ella; cuatro, dejar de masturbarme pensando en su
mirada, aquella tarde, a media luz; cinco, dejar de fumar; seis, escribir algo.
Ahora que soy un cenicero humano, creo que puedo comenzar.
No quería ir a la facultad, me
hastiaba fingir ante mi padre. Me regaló una moto cuando ingresé, luego esta
laptop, en la que suelo refugiarme. «Quiero ser escritor», me repetía tontamente. No quería ir a ningún lado, así
que un día me encerré en el hotel Florentino, frente a la universidad.
Salía de casa y me iba directo allí, buscaba algunas putas en el periódico y
las esperaba, una a una, hora a hora, billete a billete, sueño a sueño. Llamaba
a María en la tarde y salía a pasear con ella. Así pasé varios meses.
Ella
todavía estaba en el colegio. Yo le inventaba alguna anécdota exagerada sobre
la vida universitaria. Me creía. Todo iba bien hasta que comenzó a contarme
cómo sus compañeros la manoseaban, cómo le gustaba y cuánto quería que yo
estuviera en clases con ella. Un día le dije: «Ya basta, carajo, deja de contarme esas huevadas». Desde entonces dejó de hacerlo. Pasaba el día en el
hotel, pensando en las manos de algún chico bajo su falda, en sus nalgas
frotándose contra el pantalón de alguno de ellos, en sus labios en los de algún
imbécil de ésos. De todas formas, la llamaba a las seis y nos veíamos. Siempre
lo hicimos en mi cuarto.
Con
mucha cautela, sacaba la tarjeta de la cartera de mi madre. Doscientos soles al
día, rompía de prisa el ticket de la transacción apenas salía del cajero (ni
siquiera quería verlo). Con el dinero en el bolsillo, comenzaba la rutina. Alondra era mi favorita. «Quiero ser tu mujer», me decía: «no importa si algún
día me caso, quiero estar contigo siempre»,
y yo, sin pensarlo, le prometía amor incondicional. Le dejaba el dinero dentro
de un libro, sobre la mesa de la habitación. Así perdí todos los de Cortázar.
Las demás no fueron muy memorables. Cierta vez casi me quedo dormido mientras
la mujer de turno se agitaba sobre mí. Se enojó un poco, no pude venirme —quizá
por la droga—, después de diez minutos se
fue.
Los
sábados salíamos en la moto, sin casco ni condones. Lo que no me gustaba de
María es que no la sabía chupar, sentía sus dientes, me hacía doler y me
retorcía como un gusano, haciendo gestos de placer e incomodidad. El exceso de
Postinores le produjo retrasos en el ciclo menstrual que poco nos importaban.
Nos besábamos en cada semáforo, si es que era necesario detenerse. Cuando iba a
mucha velocidad, comenzaba a bajar sus manos desde mi pecho, hacía mi falo. Lo
sujetaba fuertemente, yo aceleraba más, y ella lo apretaba aún más. A veces,
cuando iba despacio, se me antojaba decirle: «Jala el freno de mano, que quiero detenerme para besarte». A pesar de todo, aquellos fueron los peores días de
mi vida.
Nunca
estuve enamorado de María, sin embargo, entre los amigos era requisito tener
enamorada. Nos encontrábamos en la casa de Alfredo, entre cervezas y Calamaro.
Intercambiábamos nuestros celulares y leíamos los mensajes morbosos que ellas
nos mandaban. Nunca les conté lo de mis putas (tampoco hablábamos de la universidad,
pues creo que a todos nos llegaba al pincho). Un buen día, dejé de verlos. Yo
era el único que iba a la UNSA. Bastó con decirles «Mariátegui» y «marihuana», para
que dejaran de tratarme igual. Así que comencé a tomar solo, con la «Alta Suciedad»
en los audífonos, sentado en algún parque.
María tampoco estaba enamorada de mí,
quizá porque nunca entendí bien los códigos de su entorno. Un mal día supo lo
de Fiorella, fue la primera vez que dijo que me quería. Dejamos de vernos. La
última vez que estuvimos juntos, lloraba mucho, por los ojos y la vagina. Yo
escupí adentro suyo; y ella lo hizo también, meses después, cuando lloraba por
Fiore en algún parque que ya no quiero recordar.
Nunca supe ponerle freno de mano a la
melancolía. Quizá por eso quiero ser escritor.
Jordan Martín Jáuregui Meza
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