Advertencia para el lector

«Rechazado o aceptado, perseguido o premiado, el escritor que merezca este nombre seguirá arrojándoles a los hombres el espectáculo no siempre grato de sus miserias y tormentos.»
Mario Vargas Llosa, La literatura es fuego.

2013/06/02

14 apuntes sobre Asu Mare (o aquí nació un país... pero ya no vive)

Te vendo un país... te prometo que te va a gustar.

I. QUERERSE UN POCO MÁS... EN ESTA MOLEDORA DE CARNE

Vengo leyendo Cinépata, bitácora de Alberto Fuguet para todos aquellos que amamos el buen cine. En el libro hay una frase que resume lo que sentí luego de ver Asu Mare, la película peruana que ha motivado una mesa redonda a la que fui invitado por la Asociación Cultural La Casa de Cartón. Confiesa Fuguet: «He visto cosas tan malas que lo único afortunado de la experiencia es que he terminado queriéndome un poco más». Agrego otras palabras que también hago mías: «Ya no acepto basura industrial latinoamericana: cintas hechas para ganar dinero y ser internacionales». No se olviden de que Carlos Alcántara ya dio el salto a Los Ángeles, es entrevistado en CNN y coquetea con la Warner Bros. ¡Asu mare! ¡No nos ganan, otro gol de Promperú! A  mí me no me vengan con cuentos, porque algunos habré logrado escribir más o menos bien (o hice el intento). Acá, no hay sueños sino insomnios. No puedo olvidarme de cómo trata este país a sus talentos: «El Perú, en muchos casos, es una moledora de carne. He visto a gente así: frustrarse, amargarse y, luego, aceptarse». Lo dijo César Hildebrandt.  

II. EL SUEÑO PERUANO O LA HISTORIA DE UN AUTOGOL

Salgo del cine y me pregunto: ¿quiénes fueron los culpables de esta farsa, quiénes tuvieron la idea de realizar este faenón cinematográfico, «un negocio de la patada», diría Alberto Químper con ese tonito de rufián consumado. Asu Mare no es más que un comercial de Brahma,  pero de largo aliento, por supuesto. En suma: una película menor y fácilmente olvidable que, en vez de homogenizarnos —y en esto espero equivocarme— nos va a confundir más con esa monserga enclenque del sueño peruano que ya probó Waldir Sáenz, goleador histórico de Alianza Lima, que, hoy por hoy, no tiene permiso para ingresar al estadio de Matute que es (o, digo mejor, era) como su segunda casa (florón de la corona: el propio Sáenz estuvo vinculado a un robo a las arcas del club de sus amores). Un fuego fatuo y… nada más.

III. APOYAR LO NUESTRO… LO QUE VALE LA PENA

Fui a ver Asu Mare porque me gusta aquello de apoyar a nuestro cine nacional. Pero cuando voy al cine quiero conmoverme, sentir que algo, una frase, una escena, una imagen que me estremezca, me sacuda, me turbe, me haga reír… en el mejor de los casos: que me invite a escribir. Todavía recuerdo cuando vi, con la sala vacía,  Días de Santiago en el Cine Planet de Saga: salí tocado, angustiado, con ganas de llegar a casa para escribir algo. Esa película, entre otras cosas, hablaba de mí, de mi país, y de los seres que no se encuentran, de una sociedad tan caótica y patética como el personaje. Asu mare, en cambio, es algo parecido a los cómicos ambulantes que llegaron a la televisión para alborotar el cotarro con la grosería y el humor más barriobajero. Y lo dice un rendido admirador de Pablo Villanueva, Melcochita. 

IV. ¿EL BOOM DEL CINE LORCHO?

¿Y ahora qué viene?, se preguntan en la web del diario El Comercio. El decano de la prensa nacional indaga sobre qué personajes peruanos deberían dar, de una vez, el salto a la pantalla grande. Pues, acá el abanico de posibilidades: ¿La menopáusica madre de Carlos Galdós? ¿La paisana Jacinta? ¿Al fondo hay sitio? ¿Esto es guerra? ¡Asu mare! Repito: ¡Asu mare!

V. LA «CARNECITA» DE LA PELÍCULA

Casi al inicio de Asu Mare, un mocoso toca pésimamente el cajón peruano y un tío para mandarlo a su cuarto le da una propina: «Ese día recibí mi primer sol y, así de fácil, me empecé a enamorar del mundo del espectáculo». Si hubiera dicho «de la civilización del espectáculo», Vargas Llosa se hubiera sentido menos infeliz.

VI. EL CHORRI NO SE VA...

El año pasado, asistí, en el estadio Nacional, a la despedida del que para los que tenemos menos de 35 años fue el mejor futbolista que se haya puesto la camiseta de nuestra selección nacional (que, para un señor llamado Manuel Burga, también es una marca). Hablo de Roberto Carlos Palacios Mestas, más conocido como el Chorri, quien en un programa televisivo confesó días después que cuando iba a los semilleros, a las escuelas de fútbol donde se intenta formar (o descubrir) a nuevos talentos, él se sentía muy mal:

Los padres les dicen a sus hijos: tienes que ser como Pizarro o Guerrero —contaba el Chorri—. Tú nos vas a sacar de la pobreza.
El Chorri recordó con nostalgia que, cuando él era un niño, en lo que menos pensaba era en el dinero y en la fama, sino en vestir la camiseta de la selección nacional. Permítanme ser romántico: ¿se acuerdan del máximo sueño de ese crack argentino nacido en una villa miseria llamada Fiorito? Hay sueños... y hay sueños, ¿verdad?



VII. EL CONSEJO DE TUS VIEJOS

El  escritor Rodrigo Fresán nos cuenta que ha quedado documentado que cuando John Cheever era un niño, para ser exactos, cuando tenía once años le comunicó a sus padres la decisión que había tomado: sería escritor. Sus progenitores se limitaron a responderle que «les parecía bien; siempre y cuando no lo moviera a ello la búsqueda de la fama o fortuna». «Buen consejo», concluye Fresán. «Ese día recibí mi primer sol —confiesa Cachín— y, así de fácil, me empecé a enamorar del mundo del espectáculo». No es amor al chancho, señores, sino a los chicharrones.

VIII. UNA CUESTIÓN DE COLOR
«Qué blanquito te ha salido, qué suerte», le dice el personaje que encarna Tatiana Astengo, una arribista profesional que le enseñó al personaje de la película que «billetera mata galán». Si no que lo diga Erick Elera, un famosísimo actor de Al fondo hay sitio que, hace poco, comentó en Twitter, al referirse a su primera hija: «Se parece a ella (a la madre Analía Rodríguez), yo de bebé era distinto, es blanquita, coloradita, parece que va a tener ojos claros». Billetera mata galán, claro, y hay que mejorar la raza, ¿verdad?  Peor, imposible.
IX. EL CULPABLE
Bueno, es preciso recordarlo: la idea fue de Bayly. Acá paso a citar a Carlos Alcántara: «Jaime Bayly el año 2008 me entrevistó. Él empezó a preguntarme sobre mi barrio, mi madre, y le conté sobre mi infancia, cómo me correteaba mi mamá  para castigarme. De pronto lo vi riéndose prácticamente en el piso. A él y a los espectadores. Entre los cortes comerciales me dijo que debía hacer un show sobre esas anécdotas. Me devolvió la confianza. Así fue como me lancé con el unipersonal. Si fue todo un suceso es porque nunca tuve ninguna pretensión con ese espectáculo».
Hay que decirlo, porque para muchos Bayly es un humorista fallido (recordemos su soporíferos monólogos), un escritor de subliteratura, un bufón televisivo y otras perlas más. Para mí, Bayly es un escritor de raza que sufre de una aguda pereza y no explota todo su talento narrativo (que, sin duda, lo tiene; no reconocerlo sería una mezquindad). Y sí, lo leo y lo he leído con atención. También veo Yo soy (porque mucha gente se inicia imitando, emulando, haciendo covers y luego procurando encontrar lo más difícil (en la música, poesía, narrativa, etcétera): su propia voz; y, por supuesto, prefiero un concierto de Ricardo Arjona que una velada de trova con Silvio Rodríguez. Ya he dado entonces suficientes razones para que no se me tome en cuenta, pues no soy un intelectual, sino un contador de historias (o al menos pretendo serlo). 
X. LIMA
Salgo del aeropuerto. Son las diez de la mañana y un letrero me advierte algo:
—¿Acá es, no? —le pregunto al taxista señalando el letrero.
—Ah, Mirones, el barrio de Cachín, ¡claro!
—Entiendo que ya vio la peli —indago.
—¡Claro! A los dos días del estreno.
El taxista se detiene en un semáforo en rojo y pide el diario que piden 9 de cada 10 taxistas limeños:
—Deme un Trome.
No solo los taxistas limeños compran El Trome —que es el diario más leído de Lima— también los microbuseros y aprovechan no sólo con la nave detenida, sino también en movimiento. Y nadie dice nada. Yo no digo nada. En suma: soy un cómplice de esta nueva Lima, de esta marca que es de la capital y no del Perú (si pudieran llevarse en peso Machu Picchu a La Molina, pues lo harían; si pudieran llevarse la selva a Chosica… también). Aunque, agárrense, pues ya he visto a un microbusero en plena avenida Ejército, de Arequipa, lanzar por la ventana su Trome luego de darle una última repasada a la malcriada de la página final.
XI. CUALQUIER SERRANO…
—¿Y qué le pareció la película? —retomo el diálogo con el taxista cuando ingresamos al cercado de Lima.
—Bueno, pe, no tiene esos efectos especiales de las películas extranjeras… o sea, no es algo así inolvidable. Pero me gustó.
—¿Por qué le gustó?
—Porque a nosotros, la clase popular sobre todo, nos hizo recordar nuestros años de infancia, del barrio, pe. La Lima que ya se fue y ahora… más es un recuerdo.
Le comento al taxista que lo peor de todo fue el final, Alcántara en su camioneta cuatro por cuatro, llegando a jugar pichanga con sus amigos… como dando a entender que, a pesar de la fama, seguía siendo el mismo… Y Juan Manuel Vargas sigue chupando con sus amigos del barrio antes de los partidos de la selección.
—En Lima hoy cualquier serrano tiene una cuatro por cuatro: no es cosa del otro mundo —me enmienda la plana el taxista—. No saben ni hablar bien pero tienen su camioneta.

XII. NACIÓ PERO YA NO VIVE
Yo ya había visto la película. Primero la compré en Arequipa, en versión pirata, sin embargo, Gonzalo Torres, un expataclaun que ahora se dedica a conducir un programa cultural llamado A la vuelta de la esquina, que trata de rescatar los monumentos y lugares históricos de Lima advirtió en una nota del semanario Hildebrandt en sus trece que en la versión pirata se oyen las risas del público. Esto ocurrió cuando Torres llevó a los reporteros de ese semanario a ver en qué se ha convertido la casa de Ricardo Palma: un centro comercial. Un sujeto que oficiaba de seudoguachimán del local hostilizó a la camarógrafa:
—¿Qué tanta foto toman? ¡Les voy a romper la cámara! —le advirtió, gruñendo como Pascual, el chancho de Los gallinazos sin plumas.
—Lo que pasa es que aquí nació Ricardo Palma! —le dijo Gonzalo Torres.
—¡Nació, pero ya no vive! —refutó el sujeto.
¡Asu mare, qué tal respuesta! ¡Viva la cultura chicha! ¡No nos ganan, chocherita!
XIII. TÚ TE SALVASTE, CHOLITO…
Un amigo mío, Carlos Bellatin, se cruzó en Lima con el buen Gonzalo Torres. Lo saludó y lo felicitó:
—Tú eres el único de los Pataclaún que no te has dedicado a hacer estupideces en la televisión.
A lo que Gonzalo Torres, contrariado, repuso de inmediato:
—¡Noooooooooooo! Wendy tampoco.
XIV. EL PERÚ ES LIMA, LIMA ES EL JIRÓN DE LA UNIÓN Y EL JIRÓN DE LA UNIÓN ES… ASU MARE
Decía, pues, que decidí verla en el cine: en el jirón de La Unión, corazón de Lima.
—¿Por qué está así? —le preguntaba un niño de unos ocho años a su madre al ver, en una escena de la película, a Cachín, tirado en el suelo y totalmente drogado.
—Porque no le hizo caso a su madre. ¡Aprende!
Yo me reí más con ese comentario de la señora que con la película. A la que se acude masivamente con menores de edad. No es una película apta para todo público: está repleta carajos, mierdas y otros ajos y cebollas.
—¿Pero cree que los niños pueden verla? —le pregunto al taxista.
—No… está como para de 14 pa’ arriba.
Y no puedo estar más de acuerdo: mejor si ya son mayores de edad y quieren perder el tiempo. O para recordar que aquí nació (o quiso nacer) un país... pero ya no vive...




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