Advertencia para el lector

«Rechazado o aceptado, perseguido o premiado, el escritor que merezca este nombre seguirá arrojándoles a los hombres el espectáculo no siempre grato de sus miserias y tormentos.»
Mario Vargas Llosa, La literatura es fuego.

2013/08/04

Aires de familia

"I feel that life is divided up into the horrible and the miserable" (Woody Allen).
Por Carlos Rivera

Las disidencias de la vida a veces nos distancian: insalvables discrepancias  de gustos, color de equipo, película favorita o confusiones propias a nuestra humanidad. La literatura siempre termina reuniéndonos, afinando complicidades o superando  majaderías personales. Y es que este gran pretexto  literario nos  exige poner a un lado  las ojerizas y olvidar prejuicios para hablar —o escribir, como es el caso— de lo que representa este libro de Orlando Mazeyra Guillén: Mi familia y otras miserias.  Sé que jamás coincidiremos en un concierto de Arjona o del Gran Combo,  bebiendo  en un bar viendo la final del programa Yo Soy. Pero un libro siempre será un gran pretexto  de reconciliaciones y  dulces venganzas.
Quiero leerles unas breves líneas  de El túnel, de Ernesto Sábato:

«—¡ Insensato! —aulló el ciego con una voz de fiera y corrió hacia mí con unas manos que parecían garras.  
Me hice a un lado y tropezó contra una mesita, cayéndose. Con increíble rapidez, se incorporó y me persiguió por toda la sala, tropezando con sillas y muebles, mientras lloraba con un llanto seco, sin lágrimas, y gritaba esa sola palabra: ¡insensato!».

Yo puedo decirle a Orlando (y estoy seguro que muchas y muchos tienen ganas de hacerlo) impostando ser  una mala copia de Juan Pablo  Castel: «¡insensato!». Si bien es cierto, él no ha matado a nadie, pero ha saldado cuentas con la vida, con su destino, con su genealogía y lo hace con lucidez poética; desgarrándose, anunciando redenciones  y desquites  a través de estos relatos.
La típica división que se suele hacer —para efectos de un mejor estudio de  un texto— es aquella que separa la hojarasca personal de la obra; el autor, de la creación; la ficción, de la vida real; las andanzas de los  personajes,  de la  existencia del creador. La coartada del escritor es conocida: «Todo es culpa de la ficción».
Orlando no se somete a este apotegma. No escribe porque es un escritor profesional, ordenado, con horario de entrada y salida (es decir, no marca tarjeta), hacedor de historias que no lo incriminen y que se lava las manos luego del compromiso que asuma el lector con los relatos.
«Mi primera máquina de escribir» resulta una extraña catarsis de calvario personal ensalzado en las quimeras literarias. Pero el relato no se queda en el grito lacrimógeno, pues está lleno de una poesía, de una estética que deslumbra y una  construcción sólida, superior a los cuentos de  anteriores  libros.  Cada palabra del relato está escrita con sangre,  alma y  llanto. Con la sacrosanta devoción de un pío de la buena prosa, de alguien que siente la literatura como su alimento o droga.
El autor convive con sus infiernos: se amamanta de ellos, consume su fuego y se regodea en sus brasas  sufrientes y, luego, aborta las  historias. Por eso estoy seguro que para él, escribir  y vivir, son actos de dolor y de miseria (para estar a tono con el libro que presentamos) que no le otorgan ninguna salvación o pasaporte hacia la felicidad, solamente le conceden  un valioso tiempo extra.
Orlando Mazeyra ya no es el adolescente de Urgente: necesito un retazo de felicidad, o la joven promesa literaria que asomaba con temperamento infernal en La prosperidad reclusa, con Mi familia y otras miserias nos  demuestra que de las necesidades de ternura, de calorcito humano, de felicidades  truncadas, de amores idos y esperanzas y desesperanzas filiales, ha podido construir una obra  original y sólida  que seguramente muchos no comprenden o recusan de tono intimista y yo les pregunto: ¿cuál es el problema? Si se hace bien —es decir, con pericia nos debemos  tragar  los sapos de nuestra inconformidad o tal vez envidia.  
En el cuento «Sueños sucios»  totaliza en unas palabras  ese resquemor que  actúa como clave escatológica y delirante:  
«Nunca he sido capaz de imaginar con nitidez (describir con detalle) a mi madre suicidándose . Con mi padre, pasa todo lo contrario: imagino su muerte, hasta a veces me imagino defecando sobre su tumba… esas pesadillas son horrendas, pues luego de zurrarme, descubro que la tumba era la mía. ¿Quién sueña con defecar sobre su propia tumba?»
Felicitaciones a Orlando Mazeyra Guillén por el hijo o por el libro, que es, a fin de cuentas, la misma cosa. Todo queda en familia. 

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