Advertencia para el lector

«Rechazado o aceptado, perseguido o premiado, el escritor que merezca este nombre seguirá arrojándoles a los hombres el espectáculo no siempre grato de sus miserias y tormentos.»
Mario Vargas Llosa, La literatura es fuego.

2013/05/26

Culpables de tu locura


Mi narración Culpables de tu locura aparece en la Edición Nro. 156 de Hildebrandt en sus trece
(...) Apelando a la honestidad, debo decir que lo mejor que me pudo pasar en la vida fueron el rock argentino, algunas películas europeas y muchos libros que, en algún momento, me hicieron creer que yo también podía. Eso fue lo peor: escribir sin pudicia sobre mi vida

(...) Yo no quiero ya verte tan triste, 
yo no quiero saber lo que hiciste, 
yo no quiero esta pena en mi corazón...

2013/05/20

"Radiografía del alma" en Hildebrandt en sus trece

En la edición Nro. 155 de Hildebrandt en sus trece aparece mi Radiografía del alma.
El viernes 17 de mayo apareció mi narración Radiografía del alma que es casi un estado de ánimo frente a la vida (en realidad, frente a mí mismo). La búsqueda cotidiana de lo inasible... o algo más o menos así.

2013/05/18

Almuerzo de perros

Hace un año, el 18 de mayo de 2012, pude conocer  

la biblioteca de Mario Vargas Llosa. (Foto: Orlando Mazeyra Guillén)


«O comes o te comen, no hay más remedio.
A mí no me gusta que me coman»
Mario Vargas Llosa, La ciudad y los perros

Me gusta estar al lado del camino
fumando el humo mientras todo pasa…
Fito Páez, Al lado del camino

—¿Quieres uno?
—Gracias —le respondí y alargué la mano para sacar un cigarro de la cajetilla. Luego, Boris me alcanzó la cajita de fósforos Inti y empezamos a fumar mientras contemplábamos la inmensidad del mar barranquino. Se me vinieron a la mente algunas historias de Hemingway. Recordé su suicidio: había terminado siendo el cazador de sí mismo, la presa definitiva. Tal vez la literatura consistía en eso: ajusticiarse, ir de safari tras de uno mismo (exhibir grandezas y miserias, méritos y vergüenzas). Quise inmortalizar esa fecha: no todos los días se podía realizar turismo literario: acceder al refugio de alguien que, como el autor de París era una fiesta, había ganado un asiento en el gran teatro de la posteridad.         
—¿Me puedes tomar una foto? —pregunté. Al fin y al cabo, yo, por suerte, en Lima siempre seré un turista.
—Claro —me dijo y lanzó el pucho del cigarro—. ¿A qué hora vamos a subir?
—Me citó a las diez en punto —le informé—. Todavía faltan cinco minutos.
Me volví a acomodar el cuello de la camisa y le señalé la puerta del edificio: «vamos». El portero nos miró con desconfianza:
—¿Qué desean?
—Tenemos cita con la secretaria de Vargas Llosa.
—Un momento —y apretó un intercomunicador—. ¿Sus nombres?
—Orlando Mazeyra, reportero; y Boris Mercado, fotógrafo.
—Ya pueden pasar —nos informó señalando el ascensor.
La noticia del momento era la represión policial contra los manifestantes que rechazaban las minas en Conga, allí muchos cajamarquinos se resistían a entregar su agua a cambio de la falaz prosperidad minera. El presidente de la República, durante la campaña electoral, les había dicho a aquellos incautos: «Chugur, Bambamarca y Hualgayoc son una cicatriz en el rostro de Cajamarca, la cicatriz de los pasivos medioambientales. He visto un conjunto de lagunas y me dicen que ustedes las quieren vender. ¿Ustedes quieren vender su agua?»
—No.
—Porque, ¿qué es más importante? ¿El agua o el oro?
—El agua —respondían al unísono. Al asumir el poder, el camaleón había tenido buenas migas con las transnacionales mineras. «¡Vendepatria!», lo llamaban.
Un poblador de Conga le había preguntado a un iracundo policía:
—¿Por qué nos golpean? ¿Acaso somos sus enemigos? ¿Por qué se abusan de nosotros?
—¡Porque son perros! —había respondido el hombre con su vara en la mano.
Fuimos recibidos por la secretaria de Vargas Llosa, una señora muy educada y formal:
—¿Cuál es tu plan?
—Sólo queremos investigar, conocer la biblioteca, sus libros favoritos, y de paso tomar algunas fotografías.
El archivo personal de Vargas Llosa era inmenso. Tomé al azar a uno de los portafolios y examiné la primera página. Databa de noviembre de 1964. Un artículo del escritor cubano Ambrosio Fornet, publicado en la revista de La Casa de las Américas de La Habana, que hacía especial énfasis en un instante de la novela, una pregunta cruda, definitiva:
¿Usted es un perro o un ser humano?
No importaba. El dilema no existía: muerto el perro se acababa la rabia y a otra cosa, mariposa. Éramos una peste rabiosa para el presidente, un cero a la izquierda en las encuestas «prepago». Pero esa  biblioteca, atestada de anaqueles con libros forrados en cuero, parecía otro país, el descansillo de los ensueños. El sobrio escritorio de Vargas Llosa tenía una vista espléndida de los acantilados que asedian las costas de Lima.
Mientras pasaba revista a la lista de autores, perdí de vista a Boris, el fotógrafo, y éste se colgó de la ventana con su enorme cámara fotográfica a cuestas e intentó hacer una toma panorámica para contrastar el paraíso libresco con el océano Pacífico. Fue muy temerario, pues estábamos nada menos que en el sexto piso del edificio:
—¡Por Dios Santo! —exclamó espantada la secretaria—. ¿Qué haces ahí? ¡Te puedes matar!
Corrimos a sujetarlo. La señora lo amonestó de una manera incontestable:
—Tu vida vale más que toda biblioteca de Vargas Llosa, hijo —reflexionó y, luego de insistir con la comprensible reprimenda, gentilmente nos invitó a retirarnos para no pasar más sobresaltos, mientras Boris lanzaba otra ráfaga de flashes. Me quedé pensando en aquella frase cuando regresábamos a la revista en la unidad móvil:
—Boris.
—¿Qué hay?
—¿Crees que tu vida valga más que toda esa biblioteca? —indagué, provocador, consciente de la invalidez de mi pregunta.
Me mostró un gesto reluctante y siguió revisando las fotos.
—¿No me vas a responder? —insistí y aguardé en silencio.
Cuando llegamos a la revista, Boris por fin habló: «¿Quieres uno?». Acepté y fumamos antes de pisar la redacción. Al mediodía llegó el director: el Negro Cano.
—¿Qué novedades, Mazeyra? ¿Cómo te fue en la casa de Vargas Llosa?
—Creo que muy bien.
—Vamos a comer un chifa, ¡yo te invito!
Lo acompañé y disfrutamos de un pantagruélico almuerzo. Le conté mil y un anécdotas de lo que pasó en la biblioteca, había libros autografiados por el propio Cronopio argentino. Aproveché para decirle que Boris casi se mata por conseguir una foto digna del bronce: «La secretaria nos dijo que la vida de Boris valía más que toda la biblioteca». A Cano la aseveración de  la dama le supo a helado de arvejas. Se quitó la cuchara de la boca y me miró con desdén y aires de suficiencia:
—¿Sabes una cosa?
—Dígame, señor Cano.
—La vida de Boris no vale nada. No vale ni mierda.
—¿Y por qué lo dice?
—Boris es un perro, ya te vas a dar cuenta.
Seguimos comiendo en silencio. El bocado me resultó amargo cuando entendí que para él, todos sus empleados (periodistas, diseñadores, correctores y fotógrafos) éramos perros. Al parecer nuestra patria era una enorme y caótica perrera y yo recién la estaba conociendo. «¿Quieres uno?», me preguntó Cano apenas ganamos la avenida Gregorio Escobedo: eran Pall Mall, los mismos que fumaba Boris. Antes de responder, sentí un ladrido. No era Batuque —el perro de Zavalita en Conversación en La Catedral—, sino una ciudad y ciertas gentes que ya me estaban engullendo.
«Algún día escribiré sobre esto», pensé mientras le daba la primera calada al cigarrillo.



Jesús María, Lima, 2012.


2013/05/10

“Puto el que lee esto.”

Roberto Fontanarrosa humorista y escritor rosarino. Un capo.

Nunca encontré una frase mejor para comenzar un relato. Nunca, lo juro por mi madre que se caiga muerta. Y no la escribió Joyce, ni Faulkner, ni Jean-Paul Sartre, ni Tennessee Williams, ni el pelotudo de Góngora.

Lo leí en un baño público en una estación de servicio de la ruta. Eso es literatura. Eso es desafiar al lector y comprometerlo. Si el tipo que escribió eso, seguramente mientras cagaba, con un cortaplumas sobre la puerta del baño, hubiera decidido continuar con su relato, ahí me hubiese tenido a mí como lector consecuente. Eso es un escritor. Pum y a la cabeza. Palo y a la bolsa. El tipo no era, por cierto, un genuflexo dulzón ni un demagogo. “Puto el que lee esto”, y a otra cosa. Si te gusta bien y si no también, a otra cosa, mariposa. Hacete cargo y si no, jodete. Hablan de aquel famoso comienzo de Cien años de soledad, la novelita rococó del gran Gabo. “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento...” Mierda. Mierda pura. Esto que yo cuento, que encontré en un baño público, es muy superior y no pertenece seguramente a nadie salido de un taller literario o de un cenáculo de escritores pajeros que se la pasan hablando de Ross Macdonald.

Ojalá se me hubiese ocurrido a mí un comienzo semejante. Ese es el golpe que necesita un lector para quedar inmovilizado. Un buen patadón en los huevos que le quite el aliento y lo paralice. Ahí tenés, escapate ahora, dejá el libro y abandoname si podés.
No me muevo bajo la influencia de consejos de maricones como Joyce o el inútil de Tolstoi. Yo sigo la línea marcada por un grande, Carlos Monzón, el fantástico campeón de los medio medianos. Pumba y a la lona. Paf... el piñazo en medio de la jeta y hombre al suelo. Carlitos lo decía claramente, con esa forma tan clara que tenía para hablar. “Para mí el rival es un tipo que le quiere sacar el pan de la boca a mis hijos.” Y a un hijo de puta que pretenda eso hay que matarlo, estoy de acuerdo.

El lector no es mi amigo. El lector es alguien que les debe comprar el pan a mis hijos leyendo mis libros. Así de simple. Todo lo demás es cartón pintado. Entonces no se puede admitir que alguien comience a leer un libro escrito por uno y lo abandone. O que lo hojee en una librería, lea el comienzo, lo cierre y se vaya como el más perfecto de los cobardes. Allí tiene que quedar atrapado, preso, pegoteado. “Puto el que lee esto.” Que sienta un golpe en el pecho y se dé por aludido, si tiene dignidad y algo de virilidad en los cojones.

“Es un golpe bajo”, dirá algún crítico amanerado, de esos que gustan de Graham Greene o Kundera, de los que se masturban con Marguerite Yourcenar, de los que leen Paris Review y están suscriptos en Le Monde Diplomatique. ¡Sí, señor –les contesto–, es un golpe bajo! Y voy a pegarles uno, cien mil golpes bajos, para que me presten atención de una vez por todas. Hay millones de libros en los estantes, es increíble la cantidad alucinante de pelotudos que escriben hoy por hoy en el mundo y que se suman a los que ya han escrito y escribirán. Y los que han muerto, los cementerios están repletos de literatos. No se contentan con haber saturado sus épocas con sus cuentos, ensayos y novelas, no. Todos aspiraron a la posteridad, todos querían la gloria inmortal, todos nos dejaron los millones de libros repulsivos, polvorientos, descuajeringados, rotosos, encuadernados en telas apolilladas, con punteras de cuero, que aún joden y joden en los estantes de las librerías. Nadie decidió, modesto, incinerarse con sus escritos. Decir: “Me voy con rumbo a la quinta del Ñato y me llevo conmigo todo lo que escribía, no los molesto más con mi producción”, no. Ahí están los libros de Molière, de Cervantes, de Mallea, de Corín Tellado, jodiendo, rompiendo las pelotas todavía en las mesas de saldos.

Sabios eran los faraones que se enterraban con todo lo que tenían: sus perros, sus esposas, sus caballos, sus joyas, sus armas, sus pergaminos llenos de dibujos pelotudos, todo. Igual ejemplo deberían seguir los escritores cuando emprenden el camino hacia las dos dimensiones, a mirar los rabanitos desde abajo, otra buena frase por cierto. “Me voy, me muero, cagué la fruta –podría ser el postrer anhelo–. Que entierren conmigo mis escritos, mis apuntes, mis poemas, que total yo no estaré allí cuando alguien los recite en voz alta al final de una cena en los boliches.” Que los quemen, qué tanto. Es lo que voy a hacer yo, téngalo por seguro, señor lector. Millones de libros, entonces, de escritores importantes y sesudos, de mediocres, tontos y banales, de señoras al pedo que decidían escribir sus consejos para cocinar, para hacer punto cruz, para enseñar cómo forrar una lata de bizcochos. Pelotudos mayores que dedicaron toda su vida, toda, al estudio exhaustivo de la vida de los caracoles, de los mamboretás, de los canguros, de los caballos enanos. Pensadores que creyeron que no podían abandonar este mundo sin dejar a las generaciones futuras su mensaje de luz y de esclarecimiento. Mecánicos dentales que supusieron urgente plasmar en un libro el porqué de la vital adhesividad de la pasta para las encías, señoras evolucionadas que pensaron que los niños no podrían llegar a desarrollarse sin leer cómo el gnomo Prilimplín vive en una estrella que cuelga de un sicomoro, historiadores que entienden imprescindible comunicar al mundo que el duque de La Rochefoucauld se hacía lavativas estomacales con agua alcanforada tres veces por día para aflojar el vientre, biólogos que se adentran tenazmente en la insondable vida del gusano de seda peruano, que cuando te descuidás te la agarra con la mano.

Allí, a ese mar de palabras, adjetivos, verbos y ditirambos, señores, hay que lanzar el nuevo libro, el nuevo relato, la nueva novela que hemos escrito desde los redaños mismos de nuestros riñones. Allí, a ese interminable mar de volúmenes flacos y gordos, altos y bajos, duros y blandos, hay que arrojar el propio, esperando que sobreviva. Un naufragio de millones y millones de víctimas, manoteando desesperadamente en el oleaje, tratando de atraer la atención del lector desaprensivo, bobo, tarado, que gira en torno a una mesa de saldos o novedades con paso tardío, distraído, pasando apenas la yema de sus dedos innobles sobre la cubierta de los libros, cautivado aquí y allá por una tapa más luminosa, un título más acertado, una faja más prometedora. Finge. El lector finge. Finge erudición y, quizás, interés. Está atento, si es hombre, a la minita que en la mesa vecina hojea frívolamente el último best-seller, a la señora todavía pulposa que parece abismarse en una novedad de autoayuda. Si es mujer, a la faja con el comentario elogioso del gurú de turno. Si es niño, a la musiquita maricona que despide el libro apenas lo abre con sus deditos de enano.

Y el libro está solo, feroz y despiadadamente solo entre los tres millones de libros que compiten con él para venderse. Sabe, con la sabiduría que le da la palabra escrita, que su tiempo es muy corto. Una semana, tal vez. Dos, con suerte. Después, si su reclamo no fue atractivo, si su oferta no resultó seductora, saldrá de la mesa exclusiva de las novedades VIP diríamos, para aterrizar en algún exhibidor alternativo, luego en algún estante olvidado, después en una mesa de saldos y por último, en el húmedo y oscuro depósito de la librería, nicho final para el intento fracasado. Ya vienen otros –le advierten–, vendete bien que ya vienen otros a reemplazarte, a sacarte del lugar, a empujarte hacia el filo de la mesa para que te caigas y te hagas mierda contra el piso alfombrado.

No desaparecerá tu libro, sin embargo, no, tenelo por seguro. Sea como fuere, es un símbolo de la cultura, un icono de la erudición, vale por mil alpargatas, tiene mayor peso específico que una empanada, una corbata o una licuadora. Irá, eso sí, con otros millones, al depósito oscuro y maloliente de la librería. No te extrañe incluso que vuelva un día, como el hijo pródigo, a la misma editorial donde lo hicieron. Y quede allí, al igual que esos residuos radioactivos que deben pasar una eternidad bajo tierra, encerrados en cilindros de baquelita, teflón y plastilina para que no contaminen el ambiente, hasta que puedan convertirse en abono para las macetas de las casas solariegas.

De última, reaparecerá de nuevo, Lázaro impreso, en la mano de algún boliviano indocumentado, junto a otros dos libros y una birome, como oferta por única vez y en carácter de exclusividad, a bordo de un ómnibus de línea o un tren suburbano, todo por el irrisorio precio de un peso. Entonces, caballeros, no esperen de mí una lucha limpia. No la esperen. Les voy a pegar abajo, mis amigos, debajo del cinturón, justo a los huevos, les voy a meter los dedos en los ojos y les voy a rozar con mi cabeza la herida abierta de la ceja.

Puto el que lee esto.

John Irving es una mentira, pero al menos no juega a ser repugnante como Bukowski ni atildadamente pederasta como James Baldwin. Y dice algo interesante uno de sus personajes por ahí, creo que en El mundo según Garp: “Por una sola cosa un lector continúa leyendo. Porque quiere saber cómo termina la historia”. Buena, John, me gusta eso. Te están contando algo, querido lector, de eso se trata. Tu amigo Chiquito te está contando, por ejemplo en el club, cómo al imbécil de Ernesto le rompieron el culo a patadas cuando se puso pesado con la mujer de Rodríguez. Vos te tenés que ir, porque tenés que trabajar, porque dejaste la comida en el horno, o el auto mal estacionado, o porque tu propia mujer te va a armar un quilombo de órdago si de nuevo llegás tarde como la vez pasada. Pero te quedás, carajo. Te quedás porque si hay algo que tiene de bueno el sorete de Chiquito es que cuenta bien, cuenta como los dioses y ahora te está explicando cómo el boludo de Ernesto le rozaba las tetas a la mujer de Rodríguez cada vez que se inclinaba a servirle vino y él pensaba que Rodríguez no lo veía. No te podés ir a tu casa antes de que Chiquito termine con su relato, entendelo. Mirás el reloj como buen dominado que sos, le pedís a Chiquito que la haga corta, calculás que ya te habrá llevado el auto la grúa, que ya se te habrá carbonizado la comida en el horno, pero te quedás ahí porque querés eso que el maricón de John Irving decía con tanta gracia: querés saber cómo termina la historia, querido, eso querés.

Entonces yo, que soy un literato, que he leído a más de un clásico, que he publicado más de tres libros, que escribo desde el fondo mismo de las pelotas, que me desgarro en cada narración, que estudio concienzudamente cómo se describe y cómo se lee, que me he quemado las pestañas releyendo a Ezra Pound, que puedo puntuar de memoria y con los ojos cerrados y en la oscuridad más pura un texto de setenta y ocho mil caracteres, que puedo dictaminar sin vacilación alguna cuándo me enfrento con un sujeto o con un predicado, yo, señores, premio Cinta de Plata 1989 al relato costumbrista, pese a todo, debo compartir cartel francés con cualquier boludo. Mi libro tendrá, como cualquier hijo de vecino, que zambullirse en las mesas de novedades junto a otros millones y millones de pares, junto al tratado ilustrado de cómo cultivar la calabaza y al horóscopo coreano de Sabrina Pérez, junto a las cien advertencias gastronómicas indispensables de Titina della Poronga y las memorias del actor iletrado que no puede hacer la O ni con el culo de un vaso, pero que se las contó a un periodista que le hace las veces de ghost writer. Y no estaré allí yo para ayudarlo, para decirle al lector pelotudo que recorre con su vista las cubiertas con un gesto de desdén obtuso en su carita: “Éste es el libro. Éste es el libro que debe comprar usted para que cambie su vida, caballero, para que se le abra el intelecto como una sandía, para que se ilustre, para que mejore su aliento de origen bucal, estimule su apetito sexual y se encame esta misma noche con esa potra soñada que nunca le ha dado bola”.

Y allí estará la frase, la que vale, la que pega. El derechazo letal del Negro Monzón en el entrecejo mismo del tano petulante, el trompadón insigne que sacude la cabeza hacia atrás y hacia adelante como perrito de taxi y un montón de gotitas de sudor, de agua y desinfectante que se desprenden del bocho de ese gringo que se cae como si lo hubiese reventado un rayo. “Puto el que lee esto.” Aunque después el relato sea un cuentito de burros maricones como el de Platero y yo, con el Angelus que impregna todo de un color malva plañidero. Aunque la novela después sea la historia de un seminarista que vuelve del convento. Aunque el volumen sea después un recetario de cocina que incluya alimentos macrobióticos.

No esperen, de mí, ética alguna. Sólo puedo prometerles, como el gran estadista, sangre, sudor y lágrimas en mis escritos. El apetito por más y la ansiedad por saber qué es lo que va a pasar. Porque digo que es puto el que lee esto y lo sostengo. Y paso a contarles por qué lo afirmo, por qué tengo autoridad para decirlo y por qué conozco tanto sobre su intimidad, amigo lector, mucho más de lo que usted nunca hubiese temido imaginar. Sí, a usted le digo. Al que sostiene este libro ahora y aquí, el que está temiendo, en suma, aparecer en el renglón siguiente con nombre y apellido. Nombre y apellido. Con todas las letras y hasta con el apodo. A usted le digo.

2013/05/04

Yo también quiero ser un poseta

En la edición Nro. 153 de Hildebrandt en sus trece unicornios mágicos y posetas.