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2013/04/30

Pedro Salinas: «cuando fui sodálite me creía dueño de la verdad y tenía una visión fascista del mundo»

Pedro Salinas confiesa que cuando fue sodálite pergeñó "los textos más aburridos y sosos e insustanciales que ha escrito en su vida. Eran enjuiciamientos a temas de coyuntura desde la perspectiva de la doctrina social de la iglesia y de la moral cristiana, y cosas así. Cojudeces, o sea".

  
Por Orlando Mazeyra Guillén
Entrevista publicada en Lima Gris
Pedro Salinas (Lima, 1963) es periodista y escritor. Ha dirigido diversos programas de radio y televisión. En 1994 obtuvo, con César Lévano, el Premio Nacional de Periodismo y Derechos Humanos, otorgado por la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos. Es autor de novelas como Mateo Diez y Álbum de fotos, y de ensayos periodísticos como Rajes del oficio. En esta amena entrevista recuerda su etapa como sodálite (experiencia que supo llevar a la novela precisamente en Mateo Diez). Ha terminado un libro que recopila una serie de artículos y ensayos sobre temas eclesiales cuyo título tentativo es Dios es homofóbico.


¿Qué libro está leyendo ahora?
  
Acabo de terminar Danza de Dragones, de George R. R. Martin, el quinto libro de una saga monumental que coctelea la literatura fantástica con el género épico y los sazona con intrigas y juegos por la captura del poder. Debo reconocer que me he enganchado como un adicto. Su estilo folletinesco es sumamente efectivo. Y el autor ha demostrado no tener ningún empacho ni apego en deshacerse de personajes que han cautivado al lector. Ya no veo la hora de tener en mis manos el siguiente libro, Vientos de invierno, que es el penúltimo. Pero supuestamente recién debe estar listo para el 2014.

Ahora, para variar un poco, acabo de tomar entre mis manos La tumba de Lenin, del periodista David Remnick, que aborda la caída y declive de la Unión Soviética. Es una magnífica crónica.

¿Qué libro le recomendaría leer a Alberto Fujimori?

La democracia en América, de Alexis de Tocqueville. Pero no sé si lo entienda.

¿Cuál fue la última película que lo hizo llorar?

Hace poco volví a ver Big fish (El gran pez), del genial Tim Burton. No hay manera de escapar de las lágrimas. Se trata de un relato maravilloso y conmovedor y estimulante. Si te gusta escribir o contar historias no puedes dejar de ver esta película.

¿Cuál es la primera imagen que se le viene de la época en que vivió en Arequipa?

El Misti. Me parece un volcán imponente. Recuerdo que, la primera vez que fui al Colca, en los ochentas, había un camino distinto al actual, que pasaba por detrás del Misti. En ese recorrido nos detuvimos para mirarlo con calma, de abajo hacia arriba, desde otra perspectiva totalmente distinta a la que se le conoce cuando se le observa desde la ciudad. Era como estar parado sobre la uña del pie de un coloso. Te sentías como una hormiga al lado de un elefante. O una jirafa. O algo así. La sensación era acojonante.

¿Era parte de la bohemia en la Ciudad Blanca?

De la bohemia arequipeña de los ochentas, definitivamente no. Del establishment católico, sí. Yo vivía en una comunidad religiosa del Sodalitium Christianae Vitae (SCV) cuando estuve en Arequipa. Nuestra Señora de Chapi, se llamaba la casa donde vivía y quedaba en Vallecito.

¿A qué profesores de la UNSA recuerda?

No recuerdo a ninguno por sus nombres, la verdad. Ya han pasado demasiados años desde que estudié ahí, en la facultad de Psicología, que quedaba a unos metros de la plaza de armas. Lo que recuerdo nítidamente es que en todas las clases, incluyendo en las que estudiábamos sobre las sinapsis o sobre la médula espinal o sobre los pliegues del cerebro y sobre las funciones del cerebelo, siempre había referencias recurrentes al materialismo dialéctico. O al histórico. O a Marx. O a Engels. En serio. Era así. Era alucinante el nivel de ideologización que había en esa universidad. Y claro. Uno que no era de izquierdas, se sentía en minoría. Como era mi caso, obvio.

También era impresionante cuando entraban a clase los encapuchados de Pukallacta a hacer proselitismo, y los profesores, bien gracias. Y era divertido que, cuando uno quería conversar con algún profesor sobre un tema de notas o de trabajos, o lo que sea, a veces había que buscarlo en la mismísima plaza de armas, que era el epicentro de las revueltas, y donde siempre estaban presentes nuestros profesores protestando contra algo, o estaban encadenados a una banca, o estaban recibiendo chorros de agua o palazos de la policía. Me pasó en más de una oportunidad que la policía pensó que yo también era un manifestante.

Sé que ha colaborado en el diario El Pueblo cuando vivió en Arequipa. A mí me censuraron muchos textos. ¿A usted cómo le fue?

Pues muy bien. A mí nunca me censuraron nada porque yo estaba ahí como columnista envarado y recomendado por el entonces arzobispo de Arequipa, monseñor Fernando Vargas Ruiz de Somocurcio. Un jesuita muy simpático. Muy conservador también, es verdad. Pero monseñor con cuatro whiskies encima era demasiado divertido. Tenía un sentido del humor muy arequipeño.

En una novela relato la historia en que monseñor Vargas, luego de salir tarde de una reunión algo pasado de copas, le pide a su chofer que detenga el auto para orinar. El chofer trata de persuadirlo de que aguante hasta su casa, que quedaba en un malecón frente al Club Internacional. Pero monseñor, con tono enérgico, le señala que pare, carajo, en el arzobispado, cuando estaban atravesando el casco viejo de la ciudad. Por supuesto, con la turca que se había metido, monseñor Vargas nunca encontró las llaves de la puerta principal, por lo que ahí mismo, en la calle, se levantó la sotana, se bajó la bragueta y se puso a orinar al lado del portón del arzobispado. El chofer, sumamente nervioso por la situación y preocupado porque alguien apareciera por ahí, empezó a apurar al arzobispo. Y monseñor, a voz en cuello le espetó, arrastrando las palabras: «Oye, ¡carajo!, ¿acaso no puedo orinar en mi casa?».

La historia parece que ocurrió realmente. Me la contaron el propio chofer y el asistente de monseñor. Y conociendo a monseñor Vargas, me lo imagino tranquilamente en ese trance. Era un personaje muy querido y muy popular en Arequipa. A mí me caía muy bien. 

De sus primeros artículos publicados, ¿cuál recuerda con más cariño?

Ninguno, para ser honestos. Y deben ser los más aburridos y sosos e insustanciales que he escrito en mi vida. Eran enjuiciamientos a temas de coyuntura desde la perspectiva de la doctrina social de la iglesia y de la moral cristiana, y cosas así. Cojudeces, o sea. Fueron los tiempos en que me creía el dueño de la verdad y tenía una visión fascista del mundo y de todo lo demás. Mejor la pasaba en radio San Martín, donde tenía un espacio semanal en una radioemisora medio destartalada, que estaba ubicada al lado del parque Duhamel. Ahí pasaba música y a veces comentaba la coyuntura política local y hacía entrevistas. Por supuesto, el espacio también me lo consiguió el entrañable monseñor Fernando Vargas Ruiz de Somocurcio, que en paz descanse.

Si pudiera conocer a un escritor muerto, ¿a cuál escogería?

Se me ocurren varios. Pero si tengo que elegir a uno, supongo que a Mark Twain. Junto a Verne y Salgari, Twain es uno de los que leí desde temprana edad. Y es uno de los que he vuelto a leer de adulto, ya no en su faceta de escritor de aventuras e historias fantásticas, sino como escritor satírico en materia religiosa. Era un tipo muy agudo y perspicaz. Y muy valiente.

El mejor lugar para escribir es…

… en mi casa y al final de las tardes. Vivo solo (soy separado), por lo que puedo concentrarme y enfocarme en el tema que captura mi atención. Sin embargo, no dejo de extrañar la bulla que hacían mis hijos, cuando vivía con ellos.

¿Está escribiendo una nueva novela?

No. Me encantaría decir que sí, que estoy en algo así, pero no. Acabo de terminar un libro que recopila una serie de artículos y ensayos sobre temas eclesiales, que abordan diversos temas, como la eutanasia, el aborto, los matrimonios gay, los escándalos de la pederastia por parte de los ensotanados católicos, y así. Tiene un corrosivo prólogo de César Hildebrandt y un epílogo de la periodista Paola Ugaz, quien reclama con firmeza un Estado laico para el Perú. El título tentativo del libro es: Dios es homofóbico.

En el supuesto negado de una segunda vuelta entre Vargas Llosa y Keiko, ¿quién cree que ganaría?

Keiko, sin duda. En este país nunca elegimos bien. 

¿Qué cosas son las que le producen mayor placer?

De los siete pecados capitales, me quedo indubitablemente con dos: la lujuria y la gula. Pero también disfruto mucho de escribir, de leer, de montar a caballo y de la vida en el campo. O viajar, que esa es otra. Por último, estar con mis hijos no es que me produzca placer, sino me produce momentos de felicidad que valoro muchísimo.

¿Qué personaje de ficción marcó su vida para siempre?

Supongo que Spiderman. Un personaje de los cómics. Gracias a las lecturas de los cómics se me hizo más fácil leer libros. Y los libros te abren la mente y te cambian la vida.

¿Tiene alguna fobia?

A las alturas. Cosa curiosa. Porque esto viene desde hace pocos años atrás. Nunca antes había sentido los vértigos que siento ahora.

¿Cuál es el mejor cuento de Julio Ramón Ribeyro?

No sé si es el mejor, pero «Los Gallinazos sin plumas» es el que más recuerdo, y es el que, cuando lo leí por primera vez, podía visualizar nítidamente en mi imaginación. A los dos hermanos. Al abuelo explotador. Y al chancho.

¿Qué es lo que más le jode del Perú?

La indiferencia ante la corrupción. La convivencia pacífica con el chanchullo. La tolerancia y excesiva permisividad hacia la pendejada criolla.

En la película Tinta Roja, un personaje afirma: «El periodismo como la prostitución se aprende en la calle». ¿Dónde cree usted que se aprende?

El personaje de Tinta Roja tiene razón.

Si volviera un programa televisivo sobre libros, como Vano oficio, ¿a qué escritor le gustaría verlo conduciendo?

Si es como Vano oficio, ¿por qué se lo vas a quitar a Iván Thays? Ese era su programa. El chileno Antonio Skármeta tampoco lo hacía mal.

Si estuviera preso, ¿a qué compañero elegiría para estar en la celda: a Marco Aurelio Denegri o a Martha Hildebrandt?

Si vamos a compartir baño en la celda, entonces que sea con Denegri y no con Martha Hildebrandt. Por razones obvias, ¿no? Y si ya está ahí Marco Aurelio en la misma jaula, le pediría que me hable sobre gallos de pelea y criollismo y Vallejo y todo lo que quiera. Es muy entretenido.

Para usted, ¿qué personaje de la obra de Vargas Llosa es el más perdurable?

Supongo que, para mí, el más perdurable siempre será el Jaguar. Quizás porque La ciudad y los perros fue no solo la primera novela que leí de Mario Vargas Llosa, sino la que más he releído. Y el Jaguar es realmente un personaje enigmático y muy bien construido. Recuerdo una frase que dice uno de los personajes del Leoncio Prado (que creo que fue el Poeta) sobre él. «Si el diablo se parece a alguien debe parecerse al Jaguar».

¿Qué opinión tiene de los plagios de Bryce?

Me da mucha pena lo ocurrido con Bryce.
¿Cuál sería la primera pregunta que le haría a Abimael Guzmán?

¿De qué se arrepiente y de qué no?

¿Cuáles son sus periodistas favoritos?

Pues varios de los que entrevisté en mis libros Rajes del oficio 1 y 2. Y otros que no están. Ricardo Uceda, Rafo León, Guido Lombardi, César Lévano, entre otros. Y otras.

2012/09/25

Chismografía y escándalo: CARTA ABIERTA A CARLOS MENESES CORNEJO (director del diario El Pueblo)

Esta foto de una ex prostituta brasilera que se desnudó en la FIL Arequipa fue la portada del diario El Pueblo de Arequipa del lunes 24 de setiembre. El día anterior se había homenajeado a Edgardo Rivera Martínez y, además, había presentado un nuevo libro de cuentos el ancashino Óscar Colchado Lucio. El diario El Pueblo no sólo no los menciona en la portada, sino que no aparecen en ninguna página interior. Lamentable. 

Arequipa, martes 25 de setiembre de 2012.

Sr. Don Carlos Meneses Cornejo
Director Periodístico del diario El Pueblo de Arequipa
Presente.-

Quien le dirige esta misiva, sabido es por usted, colabora periódicamente en su medio periodístico con entregas de índole cultural —artículos, entrevistas, crónicas y ficciones; sólo por citar a algunos de los personajes que he incluido hasta el momento en mis notas: entrevista al periodista César Hildebrandt, al cantautor Daniel F, la actriz Tatiana Astengo, el periodista Guillermo Giacosa, el escritor arequipeño Oswaldo Reynoso, el historiador Juan Guillermo Carpio Muñoz, al biógrafo de Mario Vargas Llosa, J. J. Armas Marcelo, los escritores limeños Alonso Cueto y  Fernando Ampuero, etcétera—, y no he percibido (ni percibo) por éstas ninguna retribución (ni siquiera un ejemplar de cortesía del diario). Y, si me lo permite, lo seguiría haciendo, pues para quien la literatura y el periodismo (o una bienhechora amalgama de ambos) constituyen un placer, no espera nada a cambio… pues en el ejercicio de ambos ya encuentra la mejor recompensa.
            Así como he publicado diversos textos —¡ay!— también he sido censurado en no pocas publicaciones como, por ejemplo, una nota nocturna sobre los fletes arequipeños o algún relato autobiográfico que apareció en el semanario limeño Hildebrandt en sus trece. Sin embargo, hay que hacer de tripas, corazón, y seguir para adelante: escribir, escribir y escribir.
            En no pocas ocasiones se me ha dicho que El Pueblo es un diario conservador y poco afecto a los escándalos o noticias morbosas que busquen herir susceptibilidades y, por lo tanto,  hay que tener cuidado con las notas que uno pretende publicar. Y todo esto es comprensible (quiero decir, respetable): uno no puede imponerse por sobre la línea editorial de un medio periodístico, pues es ésta la que lo sostiene y define. Esto viene a cuento porque me sorprendió sobremanera que el día viernes 21 de setiembre no se informara nada sobre la inauguración de la IV Feria del Libro de Arequipa, la cual es el evento cultural más importante de la ciudad que ningún medio de prensa puede (ni debe) permitirse pasar por alto. El día domingo, en cambio, apareció una nota firmada por el señor José Carlos Mestas, bajo el desafortunado título «Brasilera enseña cómo no dar un mal “polvo”», se le dedicó casi media página para contarnos la historia de una ex puta brasilera que se presentó en el recinto ferial del Parque Libertad de Expresión (de la presentación, en simultáneo, del consagrado escritor arequipeño Oswaldo Reynoso no se dijo ni pío).
            Un enemigo de la censura como yo celebra esta inesperada, y ojalá no fugaz, apertura del diario El Pueblo; aunque sí, vale aclararlo, considero que la actividad que llevó a cabo la hermosa señorita brasilera era más acorde para ejecutarse en una zona rosa (de la que todavía carecemos) que en una feria libresca (la compatriota de la  desaparecida escritora Clarice Lispector decidió mostrar sus tetas en un lugar al que acuden padres de familia con su hijos, muchos menores de edad, para buscar algún libro y, ¡oh, sorpresa!, se encuentran con un show putañero gratuito).
            Hay un viejo dicho que reza: está bien culantro… ¡pero no tanto! El día lunes 24 de setiembre la dama de compañía jubilada prematuramente apareció en la portada de El Pueblo que, considerándola una de las noticias más importantes de la ciudad, informó: “Vanessa de Oliveira se desnudó ayer (sic) en el estrado principal del auditorio José Ruiz Rosas de la Feria Internacional del Libro (…) antes de que se produjera la espectacular acción, la escritora autora de siete libros sobre sexo cayó del estrado sin hacerse daño”.
¿Qué quiere decir civilización del espectáculo?, se pregunta Mario Vargas Llosa y, de inmediato, él mismo nos da su respuesta: “la de un mundo donde el primer lugar la tabla de valores vigente lo ocupa el entretenimiento, y donde divertirse, escapar del aburrimiento, es la pasión universal. Este ideal de vida es perfectamente legítimo, sin duda. Sólo un puritano fanático podría reprochar a los miembros de una sociedad que quieran dar solaz, esparcimiento, humor y diversión a unas vidas encuadradas por lo general en rutinas deprimentes y a veces embrutecedoras. Pero convertir esa natural propensión a pasarlo bien en un valor supremo tiene consecuencias inesperadas: la banalización de la cultura, la generalización de la frivolidad y, en el campo de la información, que prolifere el periodismo irresponsable de la chismografía y escándalo”.
            Chismografía y escándalo. ¡Lo que vende! Si el pueblo quiere circo, pues no seamos cortos ni perezosos: ¡hay que dárselo! ¿Verdad? El día domingo por la mañana se presentó un escritor imprescindible en la narrativa peruana: Edgardo Rivera Martínez, autor de la celebrada novela País de Jauja, finalista del premio Rómulo Gallegos y considerada la mejor novela peruana publicada durante la década de los noventa. Más tarde presentó su primera publicación en Arequipa (Travesía Editora) otro escritor peruano de primera fila como el ancashino Óscar Colchado Lucio, autor de la novela Rosa Cuchillo y de La casa del cerro El Pino (cuento ganador del premio Juan Rulfo 2002, organizado por Radio Francia Internacional). Fue lamentable, decepcionante, triste, no encontrar el día lunes 24 de setiembre ni una sola mención a estos autores peruanos. Ni una sola mención en el diario que usted dirige (pero sí la foto en portada de una brasilera con las tetas al aire, un evento que había ocurrido ya dos días atrás). Los libros no importan, sin embargo, un par de senos —sobre todo si son importados de Brasil— se venden como pan caliente. Mejor que mejor si salen en portada.
            Acierta otra vez el Premio Nobel de Literatura, MVLL, cuando nos informa que “en nuestros días, en que lo que se espera de los artistas no es el talento, ni la destreza, sino la pose y el escándalo, sus atrevimientos no son más que las máscaras de un nuevo conformismo. Lo que era antes revolucionario se ha vuelto moda, pasatiempo, juego, un ácido sutil que desnaturaliza el quehacer artístico”. No he presenciado ese triste espectáculo de la ex-hetaira pues, a la misma hora, estuvimos presentando el nuevo libro del escritor arequipeño Oswaldo Reynoso, no obstante, sí sabíamos a qué venía la brasilera.
Luego de todo esto, esfumado el estupor y la contrariedad, también me siento estafado. Sobre todo si el día viernes 21 de setiembre, tres conocidos periodistas que han trabajado con usted (Jorge Turpo, Christian Ticona, Carlos Rivera) junto a escritores como Giovanni Barletti y quien le escribe, participamos de una mesa sobre “La bendita (o maldita) manía de contar historias” en el auditorio de la Biblioteca Regional Mario Vargas Llosa. Un auditorio que lucía casi en tinieblas. “No tenemos micrófonos”, nos dijo uno de los jóvenes colaboradores de la FIL. Nosotros insistimos y, a pesar de todos estos percances, llevamos a cabo el evento. Luego nos empezaron a cortar la luz. Cualquier incauto hubiera pensado de que se trataba de un boicot. No, no era eso: desorden, caos… y no habíamos prometido un show de calatos.
            En  aras de la pluralidad y de la libertad de expresión tan manoseadas espero que usted publique esta protesta que quiero hacer pública a través de su medio. Las autoridades tienen mucho que ver en esto: el señor Juan Manuel Guillén Benavides que sólo aparece en las fotitos cuando el Nobel nos visita y mejor ni mencionar a nuestro alcalde que no pierde el tiempo en lanzarse a las piscinas de Tingo para buscar portadas o entregar medalla de la “cultura” a todo aquel que aparezca en la televisión (no local, el requisito es aparecer en canales limeños, por supuesto). Alfredo Zegarra Tejada que le pone Palacio de Bellas Artes Mario Vargas Llosa a un coliseo horroroso que más parece un platillo volador (pero, claro, no se puede hablar mal del señor alcalde porque pone publicidad en el diario, por eso también sacaron las columnas del reconocido sociólogo José Luis Vargas Gutiérrez).
¿Es cultura todo este embeleco? No, es una farsa montada con la aquiescencia de todas nuestras autoridades locales. La culpa también es nuestra, porque los elegimos (¡y hasta reelegimos al impresentable Guillén tapándonos las narices!). En esta provinciana ciudad también somos presas de la civilización del espectáculo que en todo se entromete y lo deforma. Hoy por hoy, en nuestro país, el periodista más influyente de nuestra televisión es Beto Ortiz (si no que lo diga nuestro presidente regional que también tiene  varias fotitos con él en la biblioteca regional, pero coloca a gente inepta a cargo del auditorio que lleva el nombre de nuestro mejor novelista en la Feria del Libro del parque Libertad de Expresión). Todos sabemos el por qué. La culpa es nuestra: de todos los lectores y televidentes que no reclamamos y mantenemos un silencio cómplice. Como leí hace mucho en un libro de Eduardo Galeano: HEMOS GUARDADO UN SILENCIO BASTANTE PARECIDO A LA ESTUPIDEZ. ¡Basta ya! ¿En qué momento se jodió Arequipa, don Carlos Meneses?

            Atentamente,
ORLANDO MAZEYRA GUILLÉN
DNI 40764299