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2015/01/09

Realismo extremo en narrativa peruana actual


Escribe: Javier Ágreda
Las tendencias dominantes en la producción literaria suelen tener un movimiento pendular, pasando de un extremo a otro cada cierto tiempo. Esos extremos pueden ser de diversos tipos (por las técnicas, el lenguaje, los temas, etc.), pero la oposición que ahora nos interesa subrayar es narrativa fantástica – narrativa realista. Si hace diez años los más interesantes narradores jóvenes peruanos escribían relatos fantásticos (Luis Hernán Castañeda, Carlos Gallardo, Alexis Iparraguirre, etc.) ahora parece haber llegado nuevamente la hora del realismo extremo, tal como lo encontramos en los más recientes libros de narradores de todas las generaciones, desde Jeremías Gamboa (Lima, 1975) hasta Fernando Ampuero (Lima, 1941), pasando por Carlos Villacorta (Lima, 1976), Orlando Mazeyra (Arequipa, 1980), Cecilia Podestá (Ayacucho, 1981) y Christian Reynoso (Puno, 1978), entre muchos otros.
Autobiografías
Pero incluso dentro de este realismo extremo es posible encontrar diferentes tendencias. La primera es la de las autobiografías, cuyo mejor ejemplo es la novela Contarlo todo, de Jeremías Gamboa, en la que el autor hace un extenso y detallado recuento de su formación como periodista y su paso por los principales diarios y revistas locales. Incluso aparecen conocidos periodistas, con nombres apenas cambiados, protagonizando historias reales. Literariamente mucho más interesante, dentro de esta veta autobiográfica, resulta el libro Mi familia y otras miserias de Orlando Mazeyra, un libro de “autoficción” que mezcla la autobiografía y la ficción narrativa. Así, en más de treinta relatos breves nos presenta diversas versiones de una familia disfuncional en la que en la que el padre es un militar retirado (autoritario y alcohólico), la madre una mujer sumisa y el hijo un inadaptado aspirante a escritor.
Historias reales
En algunos casos, es el afán de contar interesantes historias reales el que ha llevado a estos autores al realismo. Y debido a la proximidad de este tipo de narraciones con el trabajo periodístico, suelen ser protagonizadas por periodistas. Esto sucede en El rumor de las aguas mansas, la novela de Chistian Reynoso, que narra un trágico suceso reciente: el linchamiento del alcalde de Ilave ocurrido en 2004. Detrás de ese asesinato había una vasta y poderosa red de contrabandistas, narcotraficantes y autoridades corruptas que el periodista protagonista tiene que descubrir. En el caso de Loreto de Fernando Ampuero, se trata de la historia de un peligroso pandillero del Callao; un intento de este escritor de radicalizar la propuesta de sus “novelas callejeras”.
Ficciones hiperrealistas
Por último, hay una serie de relatos que, a pesar de ser ficticios apelan, para su verosimilitud, al realismo extremo. Ese es el caso de Alicia, esto es el capitalismo de Carlos Villacorta, que pretende ser un retrato fidedigno de la Lima de los años noventa y de los inicios del llamado “capitalismo salvaje”. Por eso, las paupérrimas condiciones de trabajo de los protagonistas son descritas con una minuciosidad que remite al más radical realismo de los años cincuenta. Por otra parte, Cecilia Podestá reúne en La orina tibia de tu cuerpo un conjunto de relatos que nos llevan a un mundo de sexo, violencia, miseria y crueldad extrema. Son textos breves y de carácter experimental, que muestran apenas una o dos escenas —terribles, propias de la más amarillista crónica policial— de historias no contadas, pero que el lector puede reconstruir mentalmente.
Javier Ágreda (crítico literario)
Fuente: EL MONTONERO

2013/11/27

Mundo urgente

Hoy, miércoles 27 de noviembre, en el diario El Pueblo aparece una reseña sobre Mi familia y otras miserias.
Un narrador hiperrealista
Por José Gabriel Valdivia*

            El año 2007, Orlando Mazeyra (Arequipa, 1980) me invitó a presentar su primer libro de cuentos Urgente: necesito un retazo de felicidad. En algunos comentarios escritos para tal propósito, avizoré el nacimiento de un genuino narrador por algunos cuentos, aunque breves, que pulseaban la realidad e intentaban traducirla en las historias y personajes inventados, como también en el esfuerzo por elaborar un lenguaje propio, ecuánime y auténtico. 
            Dos años después, publica La prosperidad reclusa, un conjunto de relatos que ya manifiestan con mayor intensidad un espíritu crítico en los temas que aborda o la infeliz realidad que intenta retratar. En este, los personajes -ya menos confusos- exploran sus interioridades y los conflictos del entorno que los anticipa y mantiene ilesos hasta el final, pero con la fuerza del que -en otro momento- espera vengarse para quedar mano a mano.
            Este año 2013, Orlando Mazeyra nos enrostra un conjunto de cuentos, Mi familia y otras miserias, que portan una vestidura trágica y una tesitura dramática. Muchos de ellos son tan patéticos por el tema y atrevidos por la denuncia sensata e inconforme. Además, son una suerte de testimonio de parte frente al oficio de escribir, porque  -propia confesión- el autor no puede desembarazarse de su adicción por la escritura literaria. 
            Desde los epígrafes se desnuda la intención del libro: un afán desmitificador de la familia como la base de la sociedad, una tentación parricida, emancipadora, de la figura aplastante del padre, y también la dignidad del oficio de escribir ante un mundo rodeado de circunstancias miserables.
            En los comentarios de la contra-carátula, el narrador Fernando Ampuero o el  poeta y crítico, Raúl Bueno Chávez, afirman que Mazeyra es un escritor de raza, es decir, que no se conforma con escribir bien sino que aspira a profundizar no solo la realidad literaria sino a explorar los intrincados vericuetos de la condición humana.
            Por allí también se orienta mi primera apreciación. Mazeyra no se inhibe ni se fuerza para decir lo que tiene que decir. No tiene prejuicios al abordar algunos temas inusitados en la actual narrativa peruana, ni teme la censura de los que no comparten ni aceptan la estética del realismo sucio.   
            Hay dos relatos que expresan –en este, su tercer cuentario– la poética de la narrativa de Orlando Mazeyra: Los libros malditos y La compañía de Jesús. En el primero, se narra la historia de un aborto que un adicto por la lectura se empecina en descubrir. En el segundo, una versión callejera de los “fletes” humanos que concluye con un arrepentido y tímido muchacho, incapaz de hacer favores sexuales.
En ambos, lo abyecto y protervo, lo moralista y realista, se estrechan con el impulso de una escritura firme, crítica y rebelde. En ellos también se percibe una denuncia lacerada de lo íntimo, de lo privado, frente a un espacio público, temible y deplorable.
Mi familia y otras miserias confirma el arribo de un escritor que ha logrado con dosis de descarnada realidad y virtuosos mecanismos narrativos, construir relatos conmovedores que sujetan al lector y lo impelen a comprender que entre la ficción y el mundo urgente que lo rodea, no existe más que un segmento invisible de distancia, de frontera o confusión. Realidad y fantasía son las caras de una misma moneda.

*Escritor, crítico y docente de la Escuela de Literatura de la UNSA

 También aparece en el portal de El Búho:

2013/10/05

Mi familia y otras miserias: un excelente anti-manual de cruda realidad


Escenificación del cuento "Solosín". Dirección: Héctor Cornejo Belón. Actuaron Martha Rebaza y Rody Núñez.
Por Iván Montes Iturrizaga[1]
Publicado en Lima Gris:http://www.limagris.com/?p=12915

Debo confesar —y antes de comenzar con mis comentarios— que no soy un literato ni mucho menos un crítico especializado de este mundo; soy solamente un psicólogo que publica estudios sobre el tema educativo y con una ferviente vocación por escribir crónicas, breves relatos y artículos de opinión.
Me centraré en solo tres grandes dimensiones acerca de esta obra de Orlando Mazeyra Guillén: el estilo, el contenido y las implicancias de este texto.

El estilo

He leído con grata sorpresa este texto que pinta de cuerpo entero a Mazeyra como un escritor maduro con características propias y una identidad particular a pesar de sus influencias «vargallosianas» que él mismo ha explicitado en varias ocasiones. Pero, bueno, el estilo es un sello personal y la única forma en que sea posible que dos personas tengan el mismo estilo es que hayan transitado por la vida de la misma manera, o mejor dicho, que la hayan sufrido igual. Algo realmente imposible.
Orlando Mazeyra Guillén es lingüísticamente preciso, lo cual es diferente a ser un economizador de palabras. Cuando alguien hace economía está siendo avaro. Cuando se es preciso, simplemente uno es justo. Pero, para alcanzar esa justicia en términos literarios, es necesario narrar como fotógrafo, lanzar las palabras sin divagar y ponerse en el lugar de quien leerá el texto. A esto último, Daniel Cassany denominó como el estilo del lector y no es más que una forma de empatía, donde quien escribe asume una  intención comunicativa permanente y, por ende, se preocupa por ofrecer detalles, información y alcances suficientes para lograr la tan ansiada comprensión (la antítesis de este estilo, digamos, entendible, la encarnó el psicoanalista francés Lacan, quien, con mucho esfuerzo, desarrolló un estilo esotérico solo comprensible por él mismo). En este caso, Orlando Mazeyra escribe con un refinado estilo de lector y me imagino —ya que no he conversado acerca de esto con él— que su responsabilidad no está tanto en que si causará heridas a alguien, sino más bien, en dejarse entender.
Es limpio en la expresión y a eso le podemos sumar la musicalidad con que remata sus párrafos, a través diversas cadencias que lo hacen un narrador que invita a la lectura sostenida. No encontramos baches comprensivos a pesar de apelar a recursos muy propios del habla coloquial limeña y arequipeña. Igual, de haber unos cuantos —me refiero a esos baches— no hay nada que no se pueda arreglar con una pizca de «cayetano».
Otro valor importante en esta obra es la honestidad. Pero no en el sentido de que lo cuenta todo y no se calla nada. No, eso no es, al menos para mí. Esa no creo que sea la intención. No es crónica, pues no es 100% autobiográfica; tiene, por supuesto, componentes autoreveladores expresados por él mismo, pero en una amalgama armónica con la ficción. Esta obra es honesta, pues estos relatos nos dejan perplejos con algo que nos parece totalmente real y, además, muy sentido por quien narra.  Solo él sabrá qué es ficción y qué es realidad. No obstante, todo es tan honesto que, hasta lo más estremecedor o nublado, configura una posibilidad en el autor, en nosotros o en los otros. Es honesto, pues se percibe que está escribiendo desde él, desde su historia y desde su sentir íntimo: desde ahí es muy honesto incluso transitar por la ficción.

El contenido

El primer contenido es el título Mi familia y otras miserias. Bastante sugestivo y que sintetiza muy bien cada uno de los relatos. De hecho, que si me hubiera pedido consejo, nunca Mazeyra habría recibido un: suaviza, hermano, suaviza un poquito la cosa. Al contrario, lo más probable es que le haya ayudado a subir el octanaje al rótulo de su obra.
Ya en los relatos tenemos así de sugerentes a cada uno de sus títulos y sus respectivos desarrollos. No me gustaría entrar en alguno de ellos en detalle; quizá me vaya de boca y se los termine contando del todo. Eso no pasará, pues me encantaría que disfruten como yo de la totalidad sin perderse de nada. Solo, a vuelo de pájaro, hablaré de algunos momentos que me cautivaron como lector. 
Esta obra se inicia con el relato «Mi primera máquina de escribir». Ahí retrata a un padre en su lado más oscuro y sin dejar un solo espacio para ver una luz de bondad. Así somos, pues, los seres humanos: tan complejos que tendemos a simplificar la vida y a las personas por aquello que los destaca. Aquí citaré una parte para que me entiendan:
Nunca ocurrió: mi padre nunca me enseñó a conducir. Lo que sí me regaló —y hasta el hartazgo— fue una vida en tinieblas: por las noches bajaba la palanca de la luz cuando la ira lo exoneraba del llanto. Nos cortaba el servicio eléctrico solo para descargar en nosotros —su esposa e hijos— toda su rabia e impotencia: «Esta es mi casa y aquí mando yo. Ahora pues, díganle a su madre, que tanto los engríe, que les dé luz» (p. 16).
Para mí, este fragmento grafica y es el hilo conductor de la obra. Las tinieblas del hijo que sufre, la madre querendona y sobreprotectora —en posible acto compensatorio—, el padre telúricamente autoritario y, por supuesto, el marco familiar que en ocasiones sostiene el caos que desea evitar. No hay nada muy diferente a nuestras familias, así somos, o así hemos sido, aunque sea en algo pequeño. Nadie se escapa de no identificarse. La ventaja es que ahora el valiente Orlando Mazeyra Guillén nos hace el trabajo más fácil: simplemente reconocernos o reconocer a los otros.
El relato «Cartas cerradas» ilustra con claridad las confesiones de amor y el diálogo interior de quien inició estas misivas: un tal Castañeda, cuarentón y, al parecer, invicto en los quehaceres amatorios. Esta parte me pareció fenomenal y es la que prepara al lector para un final inesperado que, por razones obvias, no les contaré:
Estuve a un tris de abrir esta carta de marras, cuando se me encendió el foco; no era azar, sino más bien una extraña superstición. En estas cartas había (o empezaba a haber) un juego secreto. Un acertijo. Algo subrepticio. Me convencí de buenas a primeras de que si rompía alguna de las cartas todo se evaporaría para siempre. «No me puedo permitir otra decepción amorosa». ¡Y menos con Esther! Estoy segurísimo que ella es la indicada” (p. 61).
El monólogo interior, la confabulación consigo mismo y la riqueza psicológica de los personajes están presentes en toda la obra de Mazeyra. Pero no todo en sentido penoso. Hay pasajes realmente hilarantes y que abundan en lisuras —o «voces mal sonantes», según la Academia— que, para quienes tenemos pocas ataduras moralistas, resultan ser en contexto muy graciosas. Por ejemplo, en «La Compañía de Jesús» encontramos a Martín; un «amigo» consejero que ilustra al protagonista —necesitado de dinero—  acerca de cómo incursionar en el mundo de los «fletes» —una forma de prostitución varonil mayormente nocturna que se caracteriza por su esencia «todo terreno» en pro de una buena paga.
Así tenemos:
Un flashback perentorio acudió en mi ayuda. Claro, ¡era Martín!, recordándomelo: «Para ser un flete de veras, un flete con todas las de la ley, tienes que estar dispuesto a abrir tu mente. En otras palabras: jugar con las dos piernas, ¿captas o te la paso en limpio? A veces son tíos, viejos arriolas que se plantan para que te los atores y con los que puedes sacar hasta un sueldo básico en una noche. No te estoy exagerando, esos son los más regalones. Mente abierta, loco, lo demás se arregla conversando» (p. 110).

Las implicancias

Con sinceridad, les confieso que estoy bastante aburrido de los libros de autoayuda y de superación personal que tratan de inculcarte formas de ser y hacer desde la bondad humana. Estos libros son tan desinfectados que, a la larga, te dejan en el limbo y seguramente peor de cuando empezaste a leerlos. Son muchas veces textos cargados de frases que exaltan las virtudes humanas a tan elevado nivel que al final no sabemos cómo encarnar eso sin ser ángeles del cielo. Por suerte, el libro Mi familia y otras miserias es para mí también uno de autoayuda, pero a la inversa, y con pleno sentido de lo real; pues advierte al lector —padre o futuro padre de familia— de los daños que puede ocasionar si es que asume el desorden tripartito como patrón de vida: pensamientos demandantes y autoritarios; emociones negativas y sobredimensionadas; y, conductas poco ajustadas.
Este libro no juzga a un padre ni tampoco al hijo. Menos aún santifica a una amorosa madre. Solo presenta a una familia con y desde sus «miserias», como dice el título. Podría pecar de atrevido —y creo que en eso también me parezco al autor—, pero en términos psicológicos, y como psicoterapeuta que soy, considero que este es un buen aporte a lo que conocemos como biblioterapia. Una estrategia donde se les entrega a los pacientes o clientes textos que quizá les permitan darse cuenta de las cosas o aprender formas diferentes de ser. Particularmente, yo recomendaría esta obra como un anti-manual de cruda realidad para padres, madres y jóvenes; una especie de: «si haces esto, entonces mira lo que pasará a tu alrededor». O, también, nos puede conducir a la comprensión del sufrimiento interior, la incertidumbre y el vacío que, por lo general, duele más cuando estamos acompañados.
Arequipa, 3 de octubre de 2013




[1] (Lima, 1968). Presidente de la Universidad La Salle de Arequipa. Psicólogo de la Universidad Ricardo Palma y Doctor en Ciencias de la Educación de la PUC de Chile. Desde 1990 ha publicado sus artículos sobre el tema educativo en revistas como Oiga, Signo Educativo, Clase Maestra y Pedagógica, entre otras. Asimismo, ha sido colaborador de periódicos como El Pueblo, Correo, Arequipa al Día, Diario Noticias, El Comercio y  La Voz. También, tiene publicaciones en revistas científicas y en memorias de congresos especializados en Estados Unidos, México, Chile y Perú. Es autor de 13 libros relacionados con las temáticas de los estándares educativos y sistemas de medición. Viene trabajando en su primera novela.

2012/12/27

La prosperidad reclusa... (reincidencias)


Raúl Bueno Chávez, Ganador del Premio Internacional de  Ensayo "Ezequiel Martínez Estrada" de la Casa de las Américas de Cuba, 2012 y Profesor en Dartmouth College (EEUU).

«He leído con sorpresa, primero, luego con admiración y siempre con placer los cuentos de Orlando Mazeyra Guillén. El lenguaje narrativo me parece impecable. Digo maduro, narrativamente cabal, lingüísticamente preciso, a menudo poético, con un desarrollo sin vacilaciones, y siempre sugerente. Como el autor mismo lo dice en uno de sus relatos: sin arborizaciones ni extensiones innecesarias. A eso añado lo inusitado de sus situaciones: trae temas nuevos a nuestra (de pronto a la) literatura, sin importar las convenciones ni el tabú. Mazeyra es un narrador de raza, que siempre es mejor —va más allá— que un narrador por formación.»

Raúl Bueno Chávez 
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