Advertencia para el lector

«Rechazado o aceptado, perseguido o premiado, el escritor que merezca este nombre seguirá arrojándoles a los hombres el espectáculo no siempre grato de sus miserias y tormentos.»
Mario Vargas Llosa, La literatura es fuego.

2004/12/17

MALDITA TERNURA

BETO ORTIZ POR ÉL MISMO
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Hace diez años, Jaime Bayly causó descomunal revuelo con la aparición de su polémica ópera prima, “No se lo digas a nadie”; novela de corte autobiográfico donde se abordaba con soberano desenfado un tema que, para salud de nuestra sociedad, parece haber escapado de las entrañas de ese puritano baúl que en sus lóbregos interiores oculta todo aquello que consideramos tabú: la homosexualidad.

Hoy, en las postrimerías del 2004, el controversial periodista Beto Ortiz (Lima, 1968) nos entrega su publicitada novela –o, habría que llamarla, biografía novelada– “Maldita ternura” donde, aparte de salir del clóset y aceptar (con la ayuda de su alter ego homónimo) su condición de homosexual y pederasta, parece llevar a cabo, con recargada suspicacia, ese oscuro ejercicio que algunos llaman “ajuste de cuentas”.

Vargas Llosa afirma que cada cual corrige el pasado en la memoria en función del presente, de su propia historia, o para justificarse o afear la actuación del adversario. Y es muy cierto, uno puede corroborar con creces esta afirmación luego de someterse a la lectura de los 17 capítulos que trae consigo esta novela de 296 páginas. Ortiz no sólo busca justificarse y afear la actuación de los variopintos y poderosos adversarios que se cruzaron por su intrincado camino, también pretende demostrarles desde el saludable anonimato y el forzado exilio (desde Miami, “la capital hispana de la desesperación”), que, a pesar de todos los cachetazos que le propinó la vida, sigue vivo y que, por sobre todo, sigue siendo él mismo, como lo delata ese final donde los deseos de revancha y el ímpetu se funden y forman el mejor acicate para seguir adelante: “Olvídate del tiempo. Límpiate el rostro de escupitajos. Desinféctate. Descaráchate. Cicatrízate. Pero regresa. Todavía eres tú, rey del despecho, todavía eres tú”.
Maldita ternura” es la historia de un tipo que, desde muy temprana edad, descubrió que tenía una inatajable vocación por el relumbrón: “Siempre quise ser famoso”, confiesa el personaje principal al aperturar la novela. Logró serlo: se hizo famoso. Pero, la mirada retrospectiva lo lleva a tener que aceptar que lo suyo, ante todo, es “mala fama”. Pues hay, a saber, varias maneras de ser famoso: hay caminos largos y tediosos, hay golpes de suerte y hay, por supuesto, muchos atajos. Lo suyo fue un atajo. Una ruta simplona que hasta hoy le pasa la factura a ese, otrora, desconocido reportero de programa dominical nocturno que pasó a convertirse en celebérrima figura de la televisión peruana.
Pero –hay que ser justos–, no todos los capítulos están impregnados de arribismo, pedofilia, sodomizaciones y ajustes de cuentas (ojo: ajustes de cuentas, poniendo énfasis en los casos de personajes que, entre otros, se parecen mucho a Magaly Medina, Ernesto Pimentel, Alejandro Toledo, Eliane Karp y el desaparecido Alex Brocca); hay, también, capítulos emotivos, como es el caso de “Nadie debe morir solo”, donde la historia que se cuenta es muy símil a la del fallecido periodista (e íntimo amigo del autor) Bruno de Olazábal (quien, según nos narra Ortiz, soñaba en convertirse en el nuevo Julio Ramón Ribeyro y, ¡oh jugarreta del destino!, terminó pareciéndose a uno de sus más patéticos personajes. Esos que condenados a una existencia sin sintonía ni voz, mueren sumidos en el silencio, el olvido y el fracaso).

Balada en el parque Kennedy” es otro capítulo que marca al lector. Allí evoca a ese parque miraflorino de los años ’80. Y cuenta cómo se encontró y tuvo un idilio con un personaje de ficción que, al parecer, se corporalizó: “Cara de Ángel”, aquel recordado imberbe de “Los Inocentes” de Oswaldo Reynoso (a quien, dicho sea de paso, Ortiz también le dedica la novela: “maestro y chochera”). Y se me antojaría decir que el estilo y sobre todo los diálogos impregnados de jerga (o habría que decir ‘jeringa’), tienen mucha influencia del escritor arequipeño. (Por otro lado, la estructura de la novela tiene un hálito del chileno Alberto Fuguet.)
Si a Bayly le han reconocido un oído portentoso para retratar con palabras la forma de hablar de la clase media-alta limeña; habría que reconocer que todas sus experiencias como reportero marginal le han dado a Ortiz un oído que está al día con el habla popular. Y ese es un gran mérito, recordemos que Cortázar decía que las novedades del habla popular son la creación de poetas anónimos que precisamente crean nuevas formas porque las usuales están gastadas, han perdido filo. Es, pues, otro punto a favor de la novela de Ortiz: nos empapa con el lenguaje popular y lumpenesco, algo que pocos han hecho con tan buena mano.
Por todo lo antes dicho, el hecho de sólo intentar poner esta novela dentro del mismo saco en donde descansan auténticos mamarrachos ‘literarios’ como el de Martha Vásquez (“Yesabella al desnudo”), Carlos Vidal (“La Señito”) o del mismo Alex Brocca (“Canto de dolor”), sería incurrir en un imperdonable disparate; porque “Maldita ternura” muestra la destreza y el talento suficientes como para poder augurarle a Ortiz un buen futuro como escritor si, en vez de pensar en el relumbrón, intenta exorcizar a sus (en algunos casos, malditamente tiernos) demonios personales.

2004/12/15

UNA IMAGEN VALE (¿VALÍA?) MÁS QUE MIL PALABRAS

Para empezar, habría que lanzar una interrogante que a muchos les puede parecer fatua: ¿qué es el napalm? Yo no lo sé a ciencia cierta, aunque, en repetidas oportunidades, esa complicada palabra visita mis erráticas lecturas y se cuela en la algún poema de Benedetti, en un artículo de Saramago o, en todo caso –y con mayor persistencia–, en esa tortuosa maraña de páginas web que tienen como cáustico tema central esos estólidos inventos del ser humano que no tienen otro fin que deshumanizarlo a pasos agigantados: las armas químicas y biológicas. (Sí, esas armas que George W. Bush no encontró en Irak, pero que le sirvieron como impresentable coartada para devastar y someter a un, ahora, ruinoso y caótico territorio que, otrora, albergó a las más imponentes civilizaciones asiáticas, como lo fueron la babilonia y la asiria.)

Pero, retomemos la pregunta inicial: ¿qué es el napalm?
Si, primero, reviso el diccionario de la R.A.E. encuentro una definición que me parece infelizmente fría (y, ojo, no estoy ironizando): “Sustancia inflamable, a base de gasolina en estado de gel, usada en lanzallamas y en bombas incendiarias.”

Después de esto, mi creciente descontento me lleva a explorar alguna que otra página de Internet; y, con estas pesquisas simplonas, me voy acercando un poco más a lo que estoy buscando. “Napalm: Gasolina pegajosa, que simboliza el horror y los crímenes. El napalm arde a unos ¡3000 grados centígrados!; se pega en la piel y puede quemar hasta el hueso”.
Suficiente: ya sé que el napalm me puede volatilizar en instantes y, desde luego, no deseo experimentar sus efectos. Ahora sólo quiero saber por qué simboliza el horror y los crímenes; y para disipar esta duda no tengo que hacer el mínimo esfuerzo pues la Superpotencia, arrogante y fiel a su costumbre, se presenta sola: “Estados Unidos descargó siete millones de bombas sobre Vietnam, Camboya y Laos –EL TRIPLE DE LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL–: armas químicas como el napalm, bombas incendiarias de fósforo blanco, ‘Agent Orange’, y gas lacrimógeno y neurotóxico”.
En la absurdamente desigual guerra de Vietnam, Estados Unidos puso de moda el napalm. Pero a pesar de su mefistofélica bestialidad no ganó la guerra, porque –como bien sabemos– en la guerra no hay ganadores: en la guerra perdemos todos... Y, también, en la guerra (como en todo, o casi todo) una imagen vale (¿valía?) más que mil palabras; tal como lo demostró Nick Ut, un fotógrafo de la agencia noticiosa AP que tomó la célebre foto de la niña vietnamita Kim Phuc (quien, junto a otros párvulos, corría desnuda-espantada-enloquecida-atribulada con quemaduras de napalm). El autor de la foto, recuerda: "Había napalm en todos lados y saqué muchísimas fotos de ataques con napalm. Ese día, saqué una foto de un niño que murió frente a la cámara. Minutos después saqué la foto de Kim Phuc".





Aquella niña de tan sólo nueve abriles le ganó la guerra a la abyección humana (que la estragó, pero que no pudo matarla): estuvo en estado de coma durante muchos días, deambuló por hospitales vietnamitas de campaña; después estuvo en una clínica germana, y, posteriormente, fueron unos médicos cubanos los que lograron, milagrosamente, ponerla en pie. Estudió la Universidad de La Habana; hoy es una mujer comprometida con su tierra y es Embajadora de Buena Voluntad por la Cultura de la Paz.
La aparición de la estremecedora foto en pleno conflicto bélico, fulminó a la opinión pública internacional y la acercó –lo más que pudo– al holocausto que desangraba al pueblo vietnamita. No cabe duda de que la imagen obtenida por Nick Ut pasará a la posteridad y servirá para documentar en el futuro (en el supuesto de que nuestra civilización tenga un futuro), los más execrables atributos de la condición humana. Pero, a la vez, esa atroz postal bélica nos servirá para cotejar la alarmante pérdida de sensibilidad del ser humano: cada vez, nos volvemos más insensibles, la televisión crea una barrera infranqueable que adormece, minimiza e extingue nuestra capacidad de conmiseración... Tal vez en Irak hubieron (hay, habrán) instantáneas peores que la de aquella niña (que hoy en su madurez sigue curándose las viejas heridas del napalm); lo que pasa es que esas imágenes, vía TV, ya no nos estremecen, ya no nos chocan, pues nos parecen parte de la rutina diaria, un condimento más del recargado menú televisivo. El argentino Ernesto Sábato afirma que: “Lo paradójico es que a través de esa pantalla [Televisión, computadora] parecemos estar conectados con el mundo entero, cuando en verdad nos arranca la posibilidad de convivir humanamente, y lo que es tan grave como esto, nos predispone a la abulia”.
Hay una vieja frase sacada de un personaje de Shakespeare: “Soy humano y, por lo tanto, nada de lo humano me es ajeno”. ¿Pero seguimos siendo humanos? ¿En qué nos hemos convertido? Nuestra indiferencia parece excomulgar nuestra condición humana y nos da, de paso, un oscuro hálito que nos pone más cerca del monstruo que del ser humano. Y como dijo Simone de Beauvoir: “nadie es monstruo si lo somos todos”. ¿Estoy exagerando? No lo creo. Antes, cuando todavía la humanidad portaba los últimos resquicios de sensibilidad y conmiseración, una imagen valía más que mil palabras; hoy una imagen vale menos que mil palabras: poco menos que nada. Somos unos monstruos.
Bah, qué importa saber qué es el napalm. Podemos hacer un sesudo tratado sobre los efectos de esta sustancia inflamable (con la valiosa colaboración de la propia Kim Phuc), pero eso sólo servirá para darle más alas a la imbecilidad humana... Sí, está más que claro: nos podemos documentar, devorar textos sobre el napalm, ojear y re-ojear la fatídica foto; pero la respuesta a la mórbida pregunta –¿qué habrá sentido, en ese mismo instante, esa niña vietnamita?–, siempre permanecerá lejana e inasible.
Y creo que a Kim Phuc le importa nada que tratemos de ponernos en su pellejo. Porque, en realidad, esa instantánea forma parte de larga lista de fotos que le dan forma al más genuino de los mensajes: mientras alguien encarne la resistencia, siempre habrán nuevos horizontes para la humanidad. Esa niña vietnamita cocida por el napalm, encarnó (y sigue encarnando) la resistencia: ¡podrán estragarla pero no matarla!
Para muchos, hoy, en Irak, hay una resistencia nacional contra la ocupación extranjera. Sólo alguien tan obtuso como G. W. Bush podría intentar tapar el sol con un dedo: Irak es un interminable caos, imágenes de esto hay muchas y por doquier; pero, como ya dijimos, en estos tiempos una imagen vale menos que estas mil palabras.

2004/12/11

LA PLUMA LIBÉRRIMA

I
«Sin usted la sociedad funcionaría bastante mejor de como funciona ahora. Pero sin usted aquí, emputeciendo, envenenando y recortando la libertad humana, ésta no sería tan apreciada por mí, ni volaría tan alto mi imaginación, ni mis deseos serían tan pujantes, pues todo eso nace como rebeldía contra usted, como la reacción de un ser libre y sensible contra quien es la negación de la sensibilidad y del libre albedrío. De modo que, fíjese, por dónde, a través de qué vericuetos, resulta que, sin usted, yo sería menos libre y sensible, mis deseos más pedestres y mi vida más hueca.»

MARIO VARGAS LLOSA, Los cuadernos de don Rigoberto
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I

Para nadie es un secreto que Mario Vargas Llosa (Arequipa, 1936) es, desde hace un buen rato (y a pesar de muchos estultos), uno de los más preclaros paladines de la libertad: su admirable vocación, su esencia intelectual, sus grandes preocupaciones, sus mayores desencantos, sus más viscerales compromisos, están subordinados a esa palabra vital que, todos nosotros, en algunas ocasiones acariciamos y arropamos denodadamente, y en otras, denostamos y maldecimos con infatigable fervor: la libertad.

Porque si, para la lúcida pluma de Mario Vargas Llosa (MVLL), la vocación literaria “no es un pasatiempo, un juego refinado que se practica en los momentos de ocio. Es, más bien, una dedicación exclusiva y excluyente, una prioridad a la que nada puede anteponerse, una servidumbre libremente elegida que hace sus víctimas (de sus dichosas víctimas) unos esclavos”; entonces debemos inferir que él considera a la libertad como el valor supremo –¡el ente rector de cada uno de los actos!– de todos los seres humanos.
Por lo tanto, para entender la ideología vargasllosiana es necesario rumiar con detenimiento el significado de la ‘libertad’, pues, el individuo MVLL, con sus aciertos y errores, es el fiel reflejo de la libertad en movimiento, de la edificante metamorfosis, del constante e insobornable cotejo entre lo real –actual– y lo ideal.
Para ser realmente libres debemos tener un aprendizaje intelectual de la libertad. Y como decía Nietzsche, aprender nos transforma; entonces el ejercicio pleno de la libertad nos mantendrá, como en el caso de MVLL, en incombustibles transmutaciones de toda índole... ¿Y qué es la libertad? La libertad es una palabra que está irremisiblemente atada a una paradoja: porque es, a la vez, una bendición y una maldición (pero es nuestra mejor garantía); y dentro de esta enrevesada contradicción debemos descubrir su esencia, como trata de hacerlo el librepensador español Fernando Savater cuando afirma: “ser libre implica equivocarse y aun hacerse daño a sí mismo al usar la libertad: si por ser libres jamás puede pasarnos nada malo o desagradable… es que no lo somos.

MVLL –sus más logradas novelas lo demuestran– es un hombre de contradicciones: donde él identifica una contradicción, allí mismo encuentra los gérmenes de una nueva ficción. Revisemos, por ejemplo, su última novela “El paraíso en la otra esquina” (2003): el deseo de escribir una obra sobre la feminista y pionera del socialismo Flora Tristán, nació en su juventud, cuando terminó de leer “Peregrinaciones de una paria” (recordemos que en esos tiempos MVLL era más sartriano que el propio Sartre, y se exaltaba con los nuevos vientos que soplaban en Cuba gracias a esos ‘barbudos’ idealistas que defenestraron al dictador Fulgencio Batista); pero, luego, cuando empezó a indagar sobre la vida del nieto de Flora Tristán, el pintor Paul Gauguin, encontró una historia diametralmente opuesta que le podía servir para expresar, mediante una ficción, sus preocupaciones (y, desde luego, sus posiciones) de carácter político e ideológico. Revisemos, para más referencias la contratapa de su última novela, publicada por editorial Alfaguara el año pasado: “¿DÓNDE SE ENCUENTRA EL PARAISO? ¿En la construcción de una sociedad igualitaria o en la vuelta al mundo primitivo? Dos vidas: la de Flora Tristán, que pone todos sus esfuerzos en la lucha por los derechos de la mujer y de los obreros, y la de Paul Gauguin, el hombre que descubre su pasión por la pintura y abandona su existencia burguesa para viajar a Tahití en busca de un mundo no contaminado por las convenciones. Dos concepciones del sexo: la de Flora, que sólo ve en él un instrumento de dominio masculino, y la de Gauguin, que lo considera una fuerza vital imprescindible puesta al servicio de su creatividad. ¿Qué tienen en común esas dos vidas desligadas y opuestas, aparte del vínculo familiar por ser Flora la abuela materna de Gauguin? Esto es lo que Vargas Llosa pone de relieve en esta novela: el mundo de utopías que fue el siglo XIX. Un nexo de unión entre dos personajes que optan por dos modelos vitales opuestos que develan un deseo común: el de alcanzar un Paraíso donde sea posible la felicidad para los seres humanos.” (Desde luego que si pudiéramos volver a los años sesenta, ese Mario Vargas Llosa joven y con mostacho, nos diría que el paraíso se encuentra en el socialismo. Pero ahora él es un convencido de que el paraíso no existe, y que la mejor manera de caminar hacia el progreso es mediante el liberalismo).
Es importante resaltar ese espíritu contradictorio de Vargas Llosa, porque a así comprenderemos de dónde nace ese desmedido e insaciable amor por la libertad (y, como consecuencia de esto, por el liberalismo): si uno lee sus memorias –El pez en el agua– inmediatamente descubre a su ‘demonio’ mayor.
Si el bardo César Vallejo tuvo el momento más difícil de su existencia en prisión; Mario Vargas Llosa lo tuvo cuando –frisando los diez años– descubrió que su padre no había muerto. Este exaltante hecho es fundamental en su vida: lo echó para siempre del paraíso... Cuando aparece su inefable padre –Ernesto Vargas Maldonado–, el niño Marito siente la presencia del más grande e indoblegable ‘demonio’ que haya podido germinar en su individualidad. La relación conflictiva con su progenitor lo invitará lenta e inevitablemente a gestar su espíritu de contradicción: “Y es probable que sin el desprecio de mi progenitor por la literatura, nunca hubiera perseverado yo de manera tan obstinada en lo que era entonces un juego, pero se iría convirtiendo en algo obsesivo y perentorio: una vocación. Si en esos años no hubiera sufrido tanto a su lado, y no hubiera sentido que aquello era lo que más podía decepcionarlo, probablemente no sería un escritor.”Así se gesta su vena contradictoria, y, así, también, MVLL empieza a considerar a la libertad como el valor más preciado de los seres humanos. Él está convencido de que si no hubiera sido por su padre (y, por supuesto, por sus sinuosos días en el colegio militar Leoncio Prado), nunca hubiera sido consciente de la importancia de la libertad individual. (En esto del ‘demonio paterno’ se parece mucho a Franz Kafka. Ver, para más referencias, la desgarradora “Carta al padre”.)
II
En la primera parte se habló más del artista MVLL que del ciudadano MVLL. Lo hemos hecho para dejar en claro cuál es la más grande preocupación vargasllosiana (y que, como veremos, abarca tanto al artista como al ciudadano). En MVLL es imposible disociar la convicción y la responsabilidad, el pensamiento y la acción. Él es ante todo libre: MVLL es lo que escribe, y él elucubra lo que piensa. Y en ello pone toda su sangre, entrega toda su pasión. Esta plausible coherencia lo ha llevado a la selectiva palestra donde se encuentran los intelectuales comprometidos con su tiempo.
MVLL siempre ha sido consecuente con sus ideas, no ha traicionado nunca a su pensamiento. Lo que pasa es que por diversos motivos muchos no entienden (o no quieren entender) su prédica democrática: “Yo reprocho a quienes creen que la responsabilidad de un intelectual de izquierda consiste en ponerse al servicio incondicional de un partido o un régimen de esta etiqueta, no es que fueran comunistas. Es que lo fueran de una manera indigna de un escritor: sin reelaborar por cuenta propia, cotejándolos con los hechos, las ideas, anatemas, estereotipos o consignas que promocionan; que lo fueran sin imaginación y sin espíritu crítico, abdicando del primer deber del intelectual: ser libre”.

El garrafal error parte de haber encasillado a MVLL en la “izquierda”; decir tajantemente que él era socialista, progresista, sobre todo en los años 60, justamente cuando aparece como una grata realidad literaria (ganando el Premio Biblioteca Breve en 1962 con La ciudad y los perros, y el Premio Rómulo Gallegos en 1967 con La Casa Verde). Cuando se gesta el ‘boom’ de la literatura hispanoamericana MVLL fue partidario de las revoluciones (ver sus novelas Conversación en La Catedral y la quijotesca Historia de Mayta), también celebró la revolución cubana encabezada por Fidel Castro, y fue seguidor incondicional de Sartre (tan así que sus amigos lo apodaban ‘el sartrecillo valiente’), hizo planteos de insurrección a partir de la literatura, etcétera y etcétera. Pero el punto de quiebre lleva el nombre de un desaparecido poeta cubano: Heberto Padilla.

El célebre ‘caso Padilla’ hizo que varios intelectuales –Octavio Paz por citar un ilustre nombre–, desencantados, se alejaran para siempre de la revolución cubana. Padilla fue premio Nacional de Poesía de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba y su ‘delito’ fue ser demasiado crítico con el régimen castrista. Este escándalo desembocó en su encarcelamiento en 1971, año en el que editó ‘Provocaciones’. Además fue obligado a retractarse públicamente de sus opiniones. Fue en ese año que MVLL, decepcionado de la revolución cubana, reevalúa a la democracia (lo que muchos llaman obtusamente ‘derechizarse’, abdicar ante la burguesía), y llega a la conclusión de que, como ya lo dijo una vez el Nobel W. Churchill, era el menos malo de los sistemas políticos inventados por el hombre.
Lo cierto es que MVLL fue siempre un liberal (como afirman jóvenes críticos): no estuvo consciente de ello cuando era un novel escribidor. Moral, éticamente, él se comprometió con el socialismo, pero cuando descubrió que en el socialismo no se respetaba la libertad individual (caso Padilla) y mucho menos los más elementales derechos humanos, se divorció de inmediato de esta ideología.
Su alejamiento del socialismo se robustece cuando advierte que programas capitalistas de simientes liberales comienzan a tener éxito en varios países, sacándolos del subdesarrollo… Descubre, entre otros, a Karl Popper, Hayek, Isaiah Berlin, grandes difusores de la ideología liberal: defensa de la libertad individual y social en lo político y de la iniciativa privada en lo económico.
Así, MVLL, se lanza “Contra viento y Marea” en defensa de la libertad y la democracia: “Defender la opción democrática para América Latina no es excluir ninguna reforma, aun las más radicales, para la solución de nuestros problemas, sino pedir que se hagan a través de Gobiernos nacidos de elecciones y que garanticen un estado de derecho en el que nadie sea discriminado en razón de sus ideas. Esta opción no excluye, por supuesto, que un partido marxista-leninista suba al poder y, por ejemplo, estatice toda la economía. Yo no lo deseo para mi país, porque creo que si el Estado monopoliza la producción, la libertad tarde o temprano se esfuma y nada prueba que esta fórmula -y su alto precio- saque a una sociedad del subdesarrollo. Pero si es éste el modelo por el que votan los peruanos lucharé porque se respete su decisión y porque, dentro del nuevo régimen, la libertad sobreviva”.MVLL nunca fue de izquierdas ni de derechas. El es un inclasificable, una pluma libérrima, rebelde e insaciable que sabe muy que –y parafraseando a Albert Camus– la libertad no está hecha de privilegios, sino que está hecha sobre todo de deberes.