Advertencia para el lector

«Rechazado o aceptado, perseguido o premiado, el escritor que merezca este nombre seguirá arrojándoles a los hombres el espectáculo no siempre grato de sus miserias y tormentos.»
Mario Vargas Llosa, La literatura es fuego.

2008/01/03

Ganas de ti (*)



"El mal está sólo en tu mente y no en lo externo.
La mente pura siempre ve solamente lo bueno en cada cosa,
pero la mala se encarga de inventar el mal".
Goethe




El Piraña, echando prosa y con ínfulas de gran conocedor, te había advertido que para dar vueltas de noche por la avenida San Juan de Dios había que estar medio entonado, aunque, eso sí, sin pasarse de la raya. «Suave nomás con el trago: ni mucho, ni poco. Lo suficiente como para tomar valor y saber mandarse, porque, cuando las encaras, esas perras sabidas castigan con la mirada, y sientes un no sé qué que te arrocha, te delata. Si te quedas callado ahí sí perdiste, porque se ríen en tus propias narices hasta sacarte de quicio. Escucha: en San Juan de Dios el silencio es de los giles, de los aguantados, de los que nunca han tirado, ¿estás parando la oreja, Matías?». Sí, por supuesto. Buscar mujer no era tarea fácil, pero tu cuerpo era un hervidero de hormonas que ya exigían, te turbaban, y tú no podías esperar más. «Hagan deporte para descargar toda esa energía», les decía con parsimonia el Hermano Gabriel y tú, malpensado, te reías en silencio escudriñando las arrugas de sus manos, convencido de que ese viejo cascarrabias era más pajero que toda tu patota junta.
Es cierto que en tu barrio había mocosas simpaticonas por todo lado. Pero cuando, paciente, empezabas a trabajártelas, la mayoría se hacían las ya no ya, las interesantes; y al final no soltaban ni siquiera la jeta. Otras, en cambio, te excitaban de arranque haciéndote ojitos; entonces comenzaba el floreo y, si no querían hacerse pasar por santurronas, al ratito se dejaban besuquear… Todo iba a pedir de boca hasta cuando, pulpo desesperado, proponías con las manos cosas más arriesgadas. Ahí sí se echaban para atrás como quien no quiere la cosa. La última vez, la Mayra ––la que te trae loco, Matías–– te cacheteó cuando intentaste sobarle las nalgas: «¿Qué te pasa, aguantado? ¿No sabes respetar a una mujer?». Indignada, se acomodó el cabello con un movimiento brusco y te miró asqueada, esperando una respuesta que la desagravie. «Te tengo ganas, pues, ¿me vas a decir que no te gusta?», disparaste, contrariado, lo primero que se te vino a la cabeza. Diste un respiro y proseguiste, todo meloso: «Déjate nomás, yo sé que a los dos nos gusta, Mayrita».
––Si quieres hacer cochinadas entonces búscate una puta ––te fulminó la chiquilla, casi silabeando cada palabra y adoptando afectadas maneras de mujer ultrajada. Luego, se fue y te dejó con los crespos hechos, caliente, ansioso y desconcertado. Lo de siempre, lo de todos los días, Matías. Para bien o para mal, ella tenía razón: las chibolas eran muy complicadas, entonces tenías que buscarte callejeras como el Piraña. Por un momento recordaste lo que muchos te habían advertido: que él era muy hablador y que, en realidad, tenía tanta experiencia con las mujeres como tú; pero esta vez no pensabas echarte para atrás.
Lo decidiste mordiendo tus labios: tomarías valor e irías por fin a San Juan de Dios a sacarte el clavo de una vez por todas.
«Creo que con dos jarras será suficiente», te dijo el Piraña, explorando con indiferencia las mesas contiguas. «Este ron es bien trepador, así que tómalo despacio, nadie nos apura. Todavía es temprano». Casi las cinco de la tarde. Afuera, los últimos vestigios de sol todavía alcanzaban a iluminar el centro de la Plaza España. Viejos feos y barrigones embutidos en tristes ternos decadentes entraban y salían del extenso local. Todos te parecían iguales, como cortados por la misma tijera: ruinosos, viciosos y repelentes. ¿Acaso así serías de viejo?, ¿tendrían familia esos tipos?, ¿quiénes eran y de dónde habían salido tantos personajillos?
––Así son todos los viernes ––te dijo el Piraña rezumando cierto desdén en sus palabras, y escupiendo al suelo sin ganas––. Casi todos son abogados, leguleyos… Salen de la Corte y entran a la cantina, y salen de la cantina y entran a la Corte. Esa es su vida… vida hasta el culo…
«¿La Corte?», preguntaste inspirado por una viva curiosidad. «Sí, la Corte. Mi viejo es magistrado, ¿no te acuerdas que te lo conté? Y él siempre dice que es una mierda, ahí reina la corrupción, que todos los jueces se venden, que todos tienen un precio.» Tú escuchabas en silencio mientras persistías en tu afán de comprender. «¿Y tu viejo también se vende?», indagaste con candidez ––eres cándido, Matías––, y casi sin darte cuenta.
––¡Estás tú bien huevón! ––vociferó exaltado y poniéndose de pie––. A ver repite, repite tu pregunta para que veas cómo me desconozco y te saco todos los dientes de un solo sopapo.
Algunos tipos se quedaron mirándolos con gestos alunados. Te sonrojaste. El bullicio de la cantina se apagó por unos segundos. Atinaste a apurar el vaso de ron de un solo trago y te dirigiste a tu amigo: «siéntate, Piraña, déjame explicarte porque no has entendido mi pregunta». «Ah ya, más te vale, compadre», te dijo bajando los humos. Tomó asiento y todo volvió a la calma: raídas mesitas de madera, otras de plástico, racimos de bebedores anónimos con sacos rancios y corbatas chocantes. Una atmósfera indigesta y un perro gris sin alma que lamía los escupitajos que encontraba a su paso. «Ya quiero que anochezca, carajo, para irme de acá de una vez», pensaste volviendo la mirada hacia afuera. Ahora, la triste Plaza España te parecía el paraíso al lado de esta chingana abogadil que jurabas no volver a pisar: «la gente de este bar me está llegando al pincho».
La noche cayó y las jarras de ron se fueron acumulando hasta multiplicarse. « Casi las once, Matías, ya es hora de probar carne». Sentiste una opresión en el pecho, un sacudón emocional que caminaba por tus entrañas y, de súbito, te embriagaba más que el licor: «¿ya nos vamos?», preguntaste dibujando el semblante de un soberano papanatas. El cigarrillo se te cayó de la mano. «¡Tranquilo! Recoge eso y vámonos», te ordenó el Piraña, poniéndose de pie. Y, mientras te agachabas y mirabas al suelo, tomaste conciencia de lo que pasaría en un rato. Quisiste decirle que ya no, que querías regresar al barrio porque te orinabas de miedo. Pero no abriste la boca porque, aunque por dentro morías, temías terminar siendo el hazmerreír de toda tu cuadra.
Él, para hacer hora, te hizo dar una vuelta por los alrededores del parque Duhamel advirtiéndote de que era un lugar engañoso: «tienes que mirar bien, la mayoría son maricas, la voz y las manos los delatan». Tú no mirabas nada, por momentos hasta entrecerrabas los ojos.
––Al toque se nota que no tienes cancha, Matías ––te dijo encendiendo un cigarrillo.
No le dijiste nada. Lo que menos querías era entablar una conversa.
––Cuéntame algo para que te relajes. Un secreto, algo que no le hayas contado a nadie.
––No tengo nada que decir ––repusiste.
––Todos tenemos secretos ––apostilló algo turbado––. De mí, por ejemplo, se dicen tantas cosas: que soy puro floro, que soy medio chueco. A veces la gente no cuenta sus cosas simplemente para ahorrarse problemas. La gente no entiende, nunca entienden. Pero yo sé que tú sí entiendes, Matías.
Luego, bajaron raudos a la Plaza de Armas. «A medianoche esto es nido de locas», te informaba mientras tú te percatabas de cómo esa pileta que tanto te gustaba contemplar de día se podía convertir en un paraje escabroso de noche. «El Tuturutu es un rosquete», te dijo sonriendo mientras señalaba la cima de la fuente en donde descansaba esa enigmática figura del soldado de bronce: «Toca la trompeta a medianoche para que los maricas lo vengan a ver». Se acercaron a la fuente y el Piraña metió la mano al agua y fue más libre que nunca: «Está heladita, Matías, ¿te tirarías a la pileta conmigo?». Lo miraste callado, dejándolo ser: ahora, camaleón nocturno, impostaba la voz y jugaba con el agua como chiquilla enamorada, forzando los movimientos. ¿En verdad eso estaba pasando o, acaso, soñabas, Matías? ¿Era posible cambiar tanto de golpe?
––¿Cómo mierda sabes tanto de los maricas, Piraña? ––le preguntaste asustado, para ese momento eras un nudo de palpitaciones––. ¿No que íbamos a ir a San Juan de Dios a buscar putas? ¿Qué te está pasando, hermano?
––Te tengo ganas, Matías, déjame chupártela, nadie se va a enterar ––rogó con ojos de yegua en celo––. Al que hable se la parto. Vamos, a una cuadra hay un sitio, ¡te juro que yo mañana te ayudo con la Mayra!
«Mayrita», pensaste en un rapto de lucidez que, de pronto, te desalojó de la Plaza de Armas, «¿ya ves por lo que me haces pasar, mamacita?». Empezaste a correr con todas tus fuerzas. Dejabas atrás calles que no conocías. ¿Sabías en dónde estabas? No. Pero seguías corriendo. Y no pensabas parar hasta la casa de Mayra .


(*) Este relato ocupó el recibió el 3er. Premio en la IV CUENTATÓN DE LIMA.
Publicado en http://hermanocerdo.anarchyweb.org/


1 comment:

Anonymous said...

Estaba buscando otra cosa en yahoo y di con tu sitio.Por cierto muy buenos articulos

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